Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.


Capítulo 14

La pregunta de Edward —tu apartamento o el mío— me tomó por sorpresa al principio, pero no era como si pudiéramos simplemente ir a un restaurante familiar y sentarnos a charlar públicamente mientras bebíamos café. Tenía algunas cosas feas para decir, y tenía el presentimiento que él también.

—No siento que esté ganando, por cierto, pero estoy aliviado de que vengas a mí —comentó Edward—. Te estaba dando espacio, esperando hasta que estuvieras lista para hablar.

—Oh, ¿el comentario sobre ganar te ofendió? Bueno, funcionó de maravilla —contesté, alejándome de él para observar a lo alto del edificio Moxy. Era un hotel...

Edward habló con asombro en su voz.

—¿Quieres...?

—No —grité—. No estaba exactamente preparada para lo que pasaría después de que me crucé contigo.

—Solo vamos a tener una charla completamente necesaria, Bella.

La expresión en sus ojos era casi divertida, como si yo hubiera insinuado algo más.

—Oh, por favor. Eso es lo último que tengo en mente —espeté y comencé a caminar.

Si él me seguía, iríamos a mi apartamento. Se encontraba cerca, y necesitaba aire. Si él no me seguía, aún así necesitaba aire.

Mientras cruzaba la calle hacia LaSalle Norte, escuché sus pasos. En cuestión de segundos, él estaba caminando a mi lado, su rostro inclinado hacia mí. Me ponía... jodidamente nerviosa, porque la realidad estaba comenzando a asentarse. Me obligué a respirar profundo mientras pequeñas chispas de temor y adrenalina empezaban a multiplicarse en mi cuerpo.

—¿Vamos a tu apartamento? —preguntó Edward.

—Ya que no me das otra opción, haremos esto en mi territorio.

—No me importa adonde vamos, mientras que finalmente consigamos hacerlo.

Resoplé ante su elección de palabras, mirándolo una mirada exageradamente furiosa. Queriendo sacudirlo, suponía, porque él parecía demasiado tranquilo, y ¿cómo podía estar tranquilo cuando yo sentía que estaba a punto de reventar?

—Tú piensas que todo fluirá absolutamente sin problemas.

—Espero aclarar las cosas —dijo, para nada afectado por mi actitud—. Quiero ayudarte a liberar tu ira, eso es todo.

—Vas a tener que enfrentarla primero.

Estábamos llegando a Hubbard entonces, a solo dos calles de Wacker Drive, cuando él tomó mi brazo. Me tensé y jadeé, tratando de zafarme.

En vez de soltarme como pensé que haría, el agarre de Edward solo se afianzó. En el mismo instante, se escuchó la bocina de un coche, y di un salto de vuelta a la acera, aterrorizada de que había estado a punto de pararme frente a un vehículo en movimiento.

—¡Mierda! —chillé, llevándome una mano a la cabeza mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

Edward se acercó rápidamente para tranquilizarme.

—Ahora que te tengo, no voy a dejar que algo te pase —dijo, pero yo sentía vergüenza y jalé de mi brazo para liberarlo.

—Gracias, tendré más cuidado —dije y me sorbí la nariz, mi corazón aún acelerado.

Diablos.

Los minutos siguientes transcurrieron en silencio mientras avanzábamos por LaSalle, y estaba aliviada de que otros estuvieran caminando también; aunque ellos eran jóvenes, felices, y despreocupados, no oscuros y tensos como yo.

—Y bien, ¿qué hay con Jacob? —preguntó Edward.

Estaba confundida.

—¿Qué hay con él?

—Los dos lucían muy cercanos allí atrás.

Negué con la cabeza mientras comenzábamos a subir al puente Marshall sobre el río Chicago.

—Él se encontraba con Erik y Emmett, no conmigo. Pero dijo que ustedes dos no se llevaban bien. ¿Así que haces enojar a todos los que conoces?

—Solo si alguien se entromete en algo que quiero —respondió de modo cortante.

Por la manera en que él había preguntado por Jacob y por mí, me preguntaba si... ¿era yo algo que él quería? La idea era incómoda. Podía ser que los dos sintiéramos atracción por el otro— oh, demonios, ¿a quién engañaba? Sentía atracción por Edward— pero trabajábamos juntos. Él era mi jefe.

No seas estúpida, me dije a mí misma.

Llegamos a mi edificio en tiempo récord, pero mientras más cerca me encontraba de la puerta principal, más lentos eran mis pasos. Tenía miedo. Miedo de mí misma y de lo que diría. Miedo de lo que él podría decir.

—No te eches atrás ahora —dijo Edward suavemente, su paciencia irritándome.

No lo hago —gruñí mientras ingresaba el código para la entrada—. Solo no me presiones.

Eran pasadas las once, y el edificio estaba en silencio. El ascensor lo estaba terriblemente, y cerré los ojos con un largo suspiro, sintiendo su mirada como una molestia. En los segundos que te llevaba ir de la planta baja al quinto piso, mi cuerpo se tensó por completo, y comencé a jadear.

—Solo vamos a hablar —escuché su voz.

—Cállate —respondí. Respiraba entrecortadamente. Entonces salí del ascensor tambaleándome y caminé por el pasillo la corta distancia hacia la puerta de mi apartamento.

Santo cielo, no vomites.

Con la lengua pegada al paladar, inserté la llave en el picaporte y abrí la puerta. Y entonces me detuve, meciéndome silenciosamente sobre la alfombra de la entrada.

—Bella.

—No sé si puedo hacer esto —susurré mientras mi garganta se cerraba. Mi respuesta de lucha o huida estaba activándose—. Creí que podría hacerlo, pero ahora que estamos aquí, todo lo que pienso es en sacarte de aquí y cerrarte la puerta.

Y huir desesperadamente, porque siento que estoy perdiendo el control de todo ahora mismo.

—Así es como lo hacemos —dijo Edward—. Una palabra a la vez. Estás a salvo, te lo prometo.

Cerré los ojos con fuerza.

Ahórratelo. No eres mi terapeuta, y jamás estuve a salvo contigo.

—No, no siempre —aceptó después de un momento, antes de tentativamente presionar una palma contra mi hombro e intentar guiarme hacia adentro.

Me hizo saltar por dentro como una liebre, y volteé hacia él con la piel erizada.

—¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no me toques?!

Con una mirada de cuidada paciencia en el rostro, como si deliberadamente estuviera procediendo con precaución conmigo, Edward cerró la puerta detrás de él con un suave clic. Mi vestíbulo con su pequeña lámpara encendida en la mesa nos cubría en misterio, y apresuradamente me moví a un lado para encender las luces.

Y estábamos solos en mi apartamento. Con sus platos sucios en la encimera de la cocina, uno en la mesa ratona frente al sofá, los zapatos de ayer a los pies. Mi vida desorganizada, complicada, y desvelada estaba a la vista, todo en brillante tecnicolor, si a él le importaba leer entre líneas.

Dejé caer mi cartera a mis pies con un golpe seco, observándolo estúpidamente. La camisa que él tenía puesta estaba desabotonada en la garganta, y podía ver el cuello de una camiseta negra. Negro sobre negro... sus brazos colgando cómodamente a sus costados. Hermoso y tranquilo. Incluso si él estuviera tan nervioso como yo lo estaba, debía haber estado escondido bajo todo ese no se qué.

Edward y yo inhalamos y exhalamos innumerables veces juntos, durante los cuales un yunque se instaló sobre mis hombros al mismo tiempo que mi corazón se aceleraba. ¿Era demasiado tarde para decir que había cometido un error? Porque esto rápidamente estaba sintiéndose como uno. Siempre fui muy impulsiva; no había pensado bien en esto. ¿Él se daría la vuelta y se iría si se lo pedía?

Entonces, él habló, sus palabras llenas de urgencia y necesidad, y sabía que él se había dado cuenta; que él podía sentir mi temor y mi duda, y que necesitaba un empujón.

—¿Por cuánto tiempo vas a ignorar esta conversación? ¿Seguirías yendo por ahí sin saber la verdad si no te hubiera obligado? No seas una cobarde, Bella. Quiero que me digas lo que sientes. No te cierres ahora.

Una furia cegadora invadió mi cuerpo; cada pizca de dolor que él alguna vez me había hecho sentir se acumuló en un instante. Di un paso hacia adelante, cerrando mi mano en un puño, y entonces levanté mi brazo y lo precipité hacia su rostro. Como él era tan alto, mis nudillos solo apenas rozaron su mentón, pero fue un golpe sólido. El dolor se esparció por el dorso de mi mano ante el impacto, pero no había duda quién estaba más herido; escuché sus dientes chocar entre sí, escuche el sonido de su dolor antes de que él retrocediera, levantando una mano hacia su rostro.

Sorprendida de mí misma y de mi respuesta inconsciente, mis ojos se llenaron de lágrimas mientras Edward se aferraba a la puerta. Él estaba masajeando su mandíbula, mirándome con incredulidad, y entonces con asombro.

—Vaya —dijo después de uno largo instante—. Supongo que me lo busqué.

Mientras las lágrimas caían por mi rostro, solté un sonido—mitad risita ahogada, mitad llanto. Él dio un paso hacia mí de nuevo, y yo retrocedí, llevando mi mano derecha hacia mi pecho de manera protectora.

—Déjame ver tu mano —dijo él—. Necesito asegurarme de que no esté rota.

—No lo está —dije con los dientes apretados, alejándome de él y yendo hacia la sala.

Él me siguió, su rostro lleno de preocupación.

—No voy a lastimarte —dijo, malinterpretando mi movimiento.

Entonces, me reí. Porque esa idea estaba vacía. Porque todo lo que él siempre había hecho era lastimarme.

—¡Demasiado. Tarde. Para. Eso! —grité, sintiendo algo en mi garganta romperse. Dolía. Ardía. Oh, por Dios, mi ira era un dolor físico que me estaba destrozando literalmente ahora. Frente a la peor persona.

—¡La primera vez que nos co-conocimos, arrancaste mi corazón ya roto, lo hiciste pedazos, y entonces me lo hiciste tragar! Frente a tus amigos. No era suficiente con ponerme en mi lu-lugar, oh no, tenías que ser una mierda conmigo frente a los demás, quiénes entonces co-continuaban de donde lo dejabas. ¿Y ahora crees que tienes derecho a tocarme? ¿Solo porque puede que me haya lastimado a mí misma? Por favor. Yo no im-importo. Mi dolor no importa. ¿Recuerdas?

Mierda, había vuelto a tartamudear. Las palabras se escapaban en rápidas explosiones erráticas de sonido confuso mientras luchaba por controlar mi respiración, pero era inútil. Mi cuerpo temblaba con angustia y una corriente de adrenalina, y las palabras también lo hacían, feas y horribles. Darle una voz a mi dolor, frente a él, me hizo llorar aún más fuerte. Era humillante y aterrador, todo lo que siempre había temido, y no podía detenerlo ahora. Los recuerdos y las emociones por los que había luchado tanto para contener estaban siendo liberados más rápido con el poder que tiene sobre mi mente y mi garganta.

—Había estado ta-tan asustada ese día también. Una escuela nueva, una casa nueva, y extrañaba tanto a mamá, pensaba que había cometido un terrible error, a pesar que estaba tratando de ser una adulta tomando decisiones adultas, permitiendo que ella vi-viajara con mi padrastro sin tener que preocuparse por mí y mis estudios. Y mi verdadero p-papá y yo no éramos cercanos, y me sentía fuera de lugar. ¡Qué bueno que t-tú estabas allí para corregirlo!

Escuché movimientos de pies; a través de un caleidoscopio de formas y color, vi el cuerpo oscuro que era Edward avanzando de nuevo.

—¡No! —grité mientras me apartaba, tropezando con uno de mis zapatos, y cayendo fuerte al suelo—. ¡No te acerques a mí!

—Las personas podrían escuchar —masculló, agachándose a unos pasos de distancia—. Alguien podría llamar a la policía. ¿Eso es lo que quieres?

Simplemente bajé la cabeza sobre mi mano herida y lloré, tremendamente avergonzada ante la idea que mis vecinos presenciaran este desastre—que me dejaba casi inútil frente a mi propia furia; apenada de haber perdido tanto el control.

No, eso no era lo que quería.

Quería ser firme, estar tranquila y en control, y darle una reprendida que nunca olvidaría, pero en cambio estaba así. Yo. Llorando, gritando, un espectacular y horrible desastre.

Un momento después, lo sentí tocar mi hombro, y vi su mano frente a mi rostro. Él quería ayudarme a pararme.

Perdida ante la rabia de nuevo, la escupí como él una vez me había escupido, alejándome de él.

Fue difícil ponerme de pie sin aferrarme a algo, pero de alguna manera lo logré. Encogiendo un hombro, quité las lágrimas de mi rostro. Mientras Edward se limpiaba la mano con la pierna de su pantalón, caminé hacia la cocina detrás de la larga encimera que la separaba de la sala. Él permaneció donde se encontraba, su cuerpo girando para seguir mi proceso, y no pude evitar sentir que él intentaba ser un puerto para mi furiosa tormenta. Oscuro y alto, un monstruo perfectamente hermoso y frío, inafectado por los embrollos de la vida, imperturbado por el trauma que aún pintaba mi alma de color rojo y negro, negro, negro.

—Solo mírate. Un regalo del cielo —solté—. Primero en tu clase secundaria, coche elegante, ropa cara, buenas calificaciones. Apuesto que fue lo mismo en la universidad. Todo viene tan fácil para Edward Cullen, ¿o no?

—No, Bella —dijo suavemente—. Ni de cerca.

Bien. P-porque odiaría con cada célula de mi s-ser si todo te hubiera sido perfecto el día que me humillaste en la cafetería frente a todos. ¿Y po-por qué? ¿Por el imperdonable crimen de estar demasiado cerca de ti? ¿Por tener quince kilos de más y no ser tu tipo? ¿Porque tenías algún tipo de historia dolorosa escondida que te hacía reaccionar con furia? —solté sin aliento mientras él caminaba hacia el otro lado de la encimera de la cocina, lenta y cuidadosamente, como uno se acercaba a un perro rabioso. Y era prácticamente cómo me sentía en estos momentos.

Solo pensar en lo que tenía para decir entonces, me tenía tensa de nuevo, mis ojos cerrándose ante la vista de él, perfecto y sin corazón. La emoción hacía que mis rodillas temblaran, y me aferré al borde del fregadero con mi mano dolorida tan fuerte como podía. El dolor me ayudaba a centrarme, lentamente trayéndome de vuelta.

—Y en-entonces me atacaste en la cafetería —susurré, las palabras volviéndose cada vez más altas, más fuertes al continuar—. Cuando llegué a la escuela ese día, habían pasado solo d-días desde que habíamos enterrado a mamá. No paraba de p-pensar que estaban enterrando a una extraña, porque no había forma de que... no había forma de que mi divertida y enérgica m-mamá pudiera haber muerto tan repentinamente en algo tan estúpido como un accidente automovilístico. —Negué con la cabeza, aún perpleja hoy como lo había estado entonces—. Ella era mi m-mejor amiga. Mi animadora en todo. Fue por ella que yo era quién era, y tú int-intentaste quitarme eso. ¡Vete al diablo!

Si hubiera sido capaz de matar solo con mis ojos, él hubiera estado ardiendo hasta convertirse en cenizas en mi alfombra.

No, él hubiera estado muerto mucho antes de siquiera graduarse de la secundaria.

—Un maleducado de la es-escuela que creía que tenía derecho a algo, solo viendo con tus ojos, y nada importaba más que eso. Nada ni nadie parecía importar más que tú —dije de manera entrecortada.

Si tan solo él se hubiera dado cuenta lo mucho que ya había estado sufriendo ese día...

No me di cuenta que me había sumido en recuerdos silenciosos hasta que de repente noté la mirada de Edward de nuevo. Lejanamente, registré que él lucía emocionalmente estremecido, pero había una expresión de curiosidad en su rostro que me daba el valor para continuar.

—Phil, mi padrastro, apenas podía mirarme a los ojos. Verás, él se sentía responsable, ya que él había sido el que la había convencido de viajar con el equipo. Pero él había estado en el autobús... a salvo... en el autobús —dije.

¿Qué tan irónico aún era que el hombre que no había tenido a quién amar más que a mi madre fuera salvado? Porque él nunca me había amado realmente. Porque a menudo él estaba resentido por la atención que ella me daba. Él había tratado de esconderlo, pero lo sabía. Lo sabía.

—¡Y entonces fui a la escuela! —reí amargamente, mi respiración acelerándose de nuevo—. Creyendo que las clases y los l-libros y los otros niños me ayudarían a olvidar todo lo demás. Y ... en el comedor, me acerqué demasiado y me hiciste tropezar de alguna manera. Aún recuerdo lo lejos que la comida en mi bandeja v-voló por la sala. Aún puedo ver todos esos guisantes rebotando por el suelo, veo la manera en que el pastel de carne dejó un camino marrón a su paso. Pero entonces estoy gr-gritando de dolor porque hay algo malo con mi codo y las personas están r-riéndose. Siento que me estoy muriendo por dentro, y las personas están riéndose. Y también estoy gritando por dentro, gritando con todo este dolor que viene de todos lados, y hay una señora del almuerzo que intenta hacer que s-solo me pare.

Sollocé, viéndolo todo de manera estridente en mi mente. Desparratada, dolida y sola en el suelo, queriendo morir, desaparecer, no haber nacido nunca, y todo mientras la señora del almuerzo solo quería que me ponga de pie, jovencita. Como si me hubiera zambullido al suelo a propósito.

—Mientras esté con vida, jamás entenderé cómo el dolor de alguien es gracioso —solté ahogadamente—. Y no quiero. Es inimaginable.

—Nunca es gracioso —masculló Edward—. Ni un poco.

Él había dado unos pasos alrededor de la encimera hacia mí, sus manos levantadas en súplica. Lo vi y lo escuché como parte de mi alrededor, pero él ya no podía lastimarme. ¿Acaso no había hecho lo peor años atrás?

—En casa, papá quería saber qué había pasado.

Agaché la cabeza sobre el fregadero, sintiendo el doloroso rictus de una sonrisa en mi rostro.

—Pero no p-podía contarle la verdad, porque jamás le conté sobre ti o los demás. Quería que él pensara de mí como una adulta. No quería que se preocupara por mí o que intentara algo estúpido con el comité es-escolar que solo me humillaría aún más. Aunque estaba gr-gritando por dentro; solo gritando con todo lo que me prometí a mí misma que jamás diría. Esconder mi dolor se había vuelto un acto reflejo entonces —susurré. Dios, mi garganta duele—. Primero, porque había sido una promesa que me había hecho a mí misma, y entonces porque había querido proteger a mi papá.

Nadie nunca me dijo que esconder el dolor y la ira prácticamente te comía desde dentro. Que podría robarte tu razonamiento. ¿O quizás el terapeuta lo había hecho, y yo lo había pasado por alto? ¿Aún atrapada bajo toda esa pesadumbre? ¿Aferrándome tan fuerte a lo que había conocido?

Un suave sonido me hizo levantar la mirada hacia el rostro de Edward, y podía sentir lo pesados que se sentían mis párpados. Estaba... cansada. Tan exhausta. Y un poco vacía. El aire era pesado, y estaba viendo cosas. Por un segundo, parecía que él estaba arrodillándose.

Oh. Él estaba arrodillándose. Justo allí en el piso de la cocina a mi lado, y me tambaleé hacia atrás en sorpresa, liberando lágrimas frescas.

Su impresionante rostro estaba inclinado hacia el mío, parecía que un infierno ardía dentro de él, sus hermosos ojos abatidos, contritos, y arrepentidos. Todo lo que había necesitado ver, que había querido ver tantos años atrás, él me lo estaba dando ahora, y me estaba haciendo pedazos nuevamente. Y sacudí la cabeza en su dirección porque no quería saber cómo podía soportar su dolor sobre el resto del mío.

—No —sollocé—. No.

Él estiró una mano hacia una de las mías, un movimiento tentativo que podía ver que él creía que iba a rechazar.

—Dije no —lloré—. No puedes.

Él habló, y las palabras eran rotas.

—Lo siento.

—¡No puedes hacer esto, no hagas esto!

—Lo siento.

Mis rodillas cedieron, y caí al suelo frente a él. Apartándome, empujé su mano. No me toques. Lo empujé. Usé mi mano sana para golpear su pecho, pero él no se movía, no se movía.

—Lo siento.

—¡Cállate!

Sus ojos, sus hermosos y angustiados ojos, estaban arrancándome el corazón de nuevo.

—Lo siento.

Estaba rompiéndome en pedazos.

—¡Maldito seas! ¡Te odio! ¡Te odio!

Y podía sentir las palabras —estas salían sin invitación, lastimándome— horribles, espantosas y temblorosas al salir. Las mismas palabras repetidas que tanto había a menudo pensado y tratado de negar, furiosas y oscuras, se las grité y él no cedió nunca. Jamás dio el brazo a torcer. Nunca huyó, sin importar lo feo que se volvió, sin importar que intentaba golpearlo y empujarlo.

Era aterrador, y estaba cayendo de cabeza por el precipicio hacia todo ese dolor, segura de que iba a morir.

Y entonces... y entonces... y entonces, me di por vencida.

Me di por vencida por unos minutos o una hora o días.

Y lloré...

Y lloré...

Y lloré...

Y pasaron minutos o una hora o días antes de regresar a mí misma... en los brazos de Edward. En su regazo. En el suelo frente al fregadero de mi cocina. Cálida contra su pecho, su camisa mojada con mis lágrimas y mis mocos, sus dedos sosteniendo mi nuca contra él, sus brazos fuertes, reales y alrededor de cada milímetro tembloroso de mí. Sosteniéndome, sanándome, ayudándome a pegar los pequeños pedazos de mí de vuelta.

Él. De todas las personas. El que realmente había necesitado.

El espantoso temblor que había sido parte de mi miedo y mi ira gradualmente comenzó a disminuir, mi respiración se calmó, y colapsé agradecidamente contra su calor, finalmente contenta que él estuviera aquí y cerca.

—Lo siento —canturreó de nuevo, su voz baja y como la miel. Tranquilizante, haciéndome suspirar de los pies a la cabeza, mientras que sus dedos se deslizaban por el cabello en mi nuca.

Él nos mecía suavemente atrás y adelante, y era reconfortante. No quería moverme. Pero entonces, fui consciente de mi mano contra su hombro. De mi incómodo rostro mojado. Que tenía que sonarme la nariz. Carraspeé e intenté enderezarme, y él se resistió, sus manos presionando fuerte donde un momento atrás habían estado relajadas.

—No —mascullé contra mi sien—. Déjame abrazarte.

Como también quería eso, cedí por unos minutos más. Era un alien, irreal, y todo lo que nunca había esperado, pero extrañamente... feliz.

Cuando me tensé de nuevo, él me soltó lentamente, y me recliné para ver que él lucía tanto como un desastre pacífico como probablemente yo lo hacía. Nuestros ojos eran pesados y exhaustos, conformes por la cálida proximidad, y creía ver rastros de lágrimas en sus mejillas también.

Maniobrar para salir de su regazo necesitó de mucho esfuerzo con una mano herida, y le permití tomarla, observando con fascinación mientras su ceño se fruncía, y presionaba un beso en lo peor de mi dolor allí.

—No está rota, no creo, pero deberías hacerte una radiografía por si acaso.

—Quizás —dije con voz ronca, estudiando la zona roja en la parte baja de su mandíbula. Él iba a tener un moretón horrible—. ¿Crees que rompí tu mandíbula?

Él se puso de pie con un movimiento ágil, llevándome fácilmente con él; sus ojos iluminados por velas internas mientras me observaba. Sus manos eran cálidas y se encontraban alrededor de mis antebrazos; él aún no quería soltarme, no que me importara ya.

—Ni de cerca, aunque lo intentaste.

A pesar que tenía una gran urgencia de acercarme a él, de apoyarme contra su pecho de nuevo y sentir sus brazos reconfortantes alrededor de mí de nuevo, los nervios se apoderaron de mí. Aparté la mirada y di un paso atrás, obligándolo a soltarme, lamentando la pérdida de contacto de inmediato.

Y los nervios se apoderaron de él también, lo vi; él deslizó su mano por las ondas en su cabeza, peinando la melena ansiosamente mientras estudiaba el espacio detrás de mí.

—¿Tienes té y miel? —preguntó.

Caminé hacia la alacena que contenía los suministros de té y café, y entonces tomé dos tazas y las llené con agua.

Edward se acercó detrás de mí entonces.

—Yo me encargo desde aquí —mascullé, y podía sentir su aliento caliente contra mi hombro desnudo—. Ve a asearte.

Con una mirada tímida en su dirección, me retiré hacia mi cuarto. Mis pasos eran seguros y ligeros, pero se sentía como si estuviera caminando por un lugar diferente de camino hacia allí, a pesar que era mi apartamento. Mi manta afgana tejida color crema y marrón que había comprado en una feria de manualidades años atrás aún seguía cubriendo mi viejo sofá de gamuza color borgoña; varias fotos de mamá, papá, y yo aún colgaban en la pared sobre la pequeña mesa rinconera; aún había mucho polvo sobre la consola del televisor; y mis zapatos aún seguían tirados en el suelo junto a la puerta de entrada.

Pero la chica en el espejo del baño era nueva. Así como el hombre en mi cocina.

Y me preguntaba qué pasaría con nosotros.