Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Advertencia de contenido sensible. Se menciona el suicidio.
Capítulo 15
La noche parecía pertenecer a un cuento de hadas. El dragón —yo— había sido soltado para que mostrara lo peor que tenía, y fue heroicamente calmado por un enemigo que ya no tenía intenciones de lastimar. El dolor y la furia que me había gobernado tan intensamente durante los últimos meses eran solo cenizas ardientes ahora, y el que lo había causado todo, era el bálsamo. Era inexplicablemente confuso, pero al mismo tiempo no lo era.
Porque Edward me había escuchado, y no se había roto. Él había aceptado cada pizca de mi odio y enfado, y él se había disculpado.
Recordaba sus ojos, completamente desnudos en agonía y tristeza, sintiendo lo que yo sentía. Conmigo en cada paso que daba. Y entonces, me había capturado... me había sacado del abismo en el que él una vez me había arrojado. Me maravillaba y me daba una lección de humildad, y aún me tenía conmocionada. No había sabido, no podía siquiera haber sospechado, que mi corazón podía cambiar de esta manera tan dramáticamente.
Él me estaba esperando.
Con pasos ligeros, salí del baño con un brazo envuelto alrededor de mi vientre de manera protectora. A pesar de que sabía que era seguro ahora, mi reciente corazón cambiado seguía dolorido. Y, aún me sentía un poco cohibida.
Edward estaba apoyado contra el extremo de la encimera de la cocina, un tobillo casualmente cruzado sobre el otro. Su mirada aún seguía imposiblemente gentil, y se sentía como una caricia contra mi piel. Esos ojos suyos retorcían algo en mi pecho, dejándome sin aliento. Parecía como si la intimidad de esta noche, de nuestro dolor compartido, seguía meciéndonos en sus brazos.
Él me tendió una taza de café, y entonces buscó mi mano libre como si no fuera nada, sus dedos cálidos y fuertes alrededor de los míos. Y se lo permití, porque quería su contacto. Incluso después de sentarnos, no nos soltamos; suponía porque después de todo, después de mi crisis nerviosa y la suya, ninguno de nosotros parecía querer estar separado del otro.
En silencio, nuestros ojos se encontraron brevemente, hasta que me quedé sin valentía y bajé los míos hacia nuestras manos unidas. Su muñeca seguía apoyada sobre mi rodilla desnuda, y su pulgar estaba frotando suavemente la piel del dorso de mi mano.
Ambos parecíamos reticentes a romper el silencio, a arruinar este delicado momento que me encontraba inhalando como si fuera una droga.
Los largos momentos de suave paz comenzaron a acortarse mientras más permanecíamos sentados allí, mientras la realidad comenzaba a invadir de nuevo. Me ponía triste, porque ya no quería hablar; pero tampoco quería perder estos nuevos sentimientos por él, o decirle adiós aún. Esta tregua en ciernes era todo lo que había necesitado y quería protegerla y contenerla, porque las cosas tendían a cambiar cuando llegaba la luz del día.
—Eres tan valiente —masculló él, rompiendo el silencio. Le dio un apretón a mi mano, trayendo mi mirada de vuelta a él—. Pero siempre fuiste valiente cuando se trataba de lidiar conmigo. Gracias. Por contarme. Fue... todo lo que necesitaba escuchar.
Tomé un sorbo del té que él había hecho; estaba mezclado generosamente con miel, y cubrió mi dolorida garganta.
—Lamento haberme puesto tan emocional —susurré con una mirada apologética.
—No, no te disculpes. Y no hables. —Uno de sus dedos acarició la piel de mi cuello, y lo estiré como un gato, dándole mayor acceso—. No más charla.
Él se inclinó hacia adelante y presionó el calor de su palma contra mi cuello, su pulgar rozando la parte baja de mi barbilla. Con un suspiro irregular, sus ojos bajaron a mis labios.
Un calor inmediato recorrió mi cuerpo. ¿Él... quería besarme?
—No puedo dejar de tocarte —susurró, su rostro confundido.
Nerviosa, pero tratando de ignorarlo, le sonreí ligeramente. Él seguía estando tan cerca, casi a una distancia para besar, y mi temperatura siguió elevándose mientras observaba su mirada insegura. Entonces, di unos golpecitos con mis dedos contra la muñeca de la mano que aún sostenía, recordándole que era igual para mí.
Podría ser que no fuera así entre nosotros mañana, pero se sentía correcto... por ahora.
Con una pesada exhalación, él se reclinó, quitando el calor de su mano de mi garganta. Pero sus dedos se intensificaron alrededor de mi muñeca, su pulgar haciendo presión contra mi errático pulso allí.
—Todo es muy confuso dentro de mí ahora mismo —dijo, sus ojos fijos en mi boca de nuevo... dejando en claro lo que quería decir—. Por lo que acabamos de vivir, me siento cercano a ti. Se... siente como si hubiéramos sobrevivido a una guerra juntos.
Asentí y mantuve mi mirada en la suya, tratando de expresar con mis ojos que comprendía exactamente lo que él quería decir. Mi cuerpo se sentía como si hubiera atravesado una fase del infierno, pero el proceso había sido catártico, y me había dado una nueva perspectiva. Y ahora sentía como si estuviera viviendo una fase de gloria, estoy viva y creo que me gustas. Viendo su confusión, tenía la urgencia de sostener su mejilla, de deslizar la yema de mis dedos a lo largo de esa mandíbula afilada... de presionar un beso en el lugar donde comenzaba a formarse un moretón.
Mis ojos siguieron el camino de sus anchos hombros hacia sus muñecas. Él había enrollado las mangas de su camisa un poco, y vi el vello claro en sus antebrazos. Era muy masculino.
Quería que esos brazos me aferraran de nuevo.
Pero eso estaba mal. Nosotros no éramos... eso. Y no podíamos serlo.
El suave tire y floje de tensión entre nosotros se disparó al encontrarme con su mirada de nuevo, disminuyendo solo cuando la aparté. Él tenía bonitas manos—palmas anchas, dedos largos, uñas limpias y perfectamente cuadradas. Parecían capaces, especialmente desde que mi mano en la suya lucía tan pequeña y delicada.
Sentí la corriente de aire contra mi piel cuando él suspiró, y esperaba que él no notara la piel de gallina que provocó en respuesta. Una esperanza inútil, vi, cuando su pulgar se deslizó sobre ella, tranquilizándome.
Entonces, se aclaró la garganta y habló, su voz baja.
—Jamás preguntaste por qué fui tan imbécil contigo, por qué te traté de esa manera.
La expresión en su rostro era una vergonzosa. Casi desesperada. Como si el dolor lo estuviera comiendo por dentro.
—Nunca has preguntado por qué —repitió en un susurro, su agarre intensificándose alrededor de mi mano, sacudiéndose un poco—. No que hubiera una justificación suficiente para hacer lo que te hice... pero, si estás interesada, me gustaría ayudarte a entender.
Con el ceño fruncido, él estudió mi rostro, esperando mi respuesta.
Preguntándome por qué él había sido así siempre había estado en el fondo de mi mente. Después de las discusiones con Seth y Alice, después de haberme acercado más a Edward, había comenzado a temer un poco sobre saber la razón. Porque la furia pura que él había proyectado en mí tenía que haberle estado comiendo por dentro... tenía que haber estado gobernando sus acciones. Y tenía que haber salido de alguna parte.
¿Era yo lo suficientemente fuerte para escuchar las razones? ¿Era una persona lo suficientemente grande para sentarme a escuchar una explicación sin querer juzgarlo o avergonzarlo?
Inhalé temblorosamente, tragué, y le di un pequeño asentimiento con la cabeza.
Sí, quiero escuchar.
Edward asintió una vez, lento y decidido, antes de que sus ojos bajaran hacia nuestras manos unidas. Mientras hablaba, él comenzó a contraer y aflojar su mano alrededor de la mía al ritmo de sus palabras, algo que estaba segura que él no se daba cuenta que estaba haciendo.
—Como dijiste, fui un privilegiado cuando se trataba de dinero... pero allí es donde terminaba —dijo secamente—. Desde que tuve edad suficiente para aprender lo que era el dinero, mi padre me lo ofrecía como incentivo, como si eso fuera la única cosa que me podría importar. Crecí escuchando que nunca obtendría ni un centavo si lo avergonzaba, o si no lo hacía sentir orgulloso; si no conseguía estar en el cuadro de honor en la escuela; si no anotaba un jonrón; si no conseguía una beca deportiva. "Pedazo de mierda, tienes que intentarlo mucho más que eso para hacerme sentir orgulloso", decía después de mis partidos, después de cada boletín. Y, "Preferiría dárselo todo al Club de Golf Sunland antes de dejártelo a ti, desagradecido inepto." Cuando tenía más o menos ocho años ya, había comenzado a odiar al maldito dinero tanto como a él.
Imaginaba a un Edward joven siendo reprendido injusta y agresivamente, mientras se encontraba parado allí con una mirada triste en su rostro, y mi corazón dolía por él.
—Le gustaba imitar la manera en que hablaba; repetía mis palabras con un horrible tartamudeo. Cuando era más joven, tuve problemas para hablar... y solía tartamudear —dijo Edward, dándome una rápida y apologética mirada antes de hacer una mueca—. Estuve en terapia del habla por años para deshacerme de ello.
Un pizca de dolor atravesó mi pecho al escuchar eso. También una de furia, porque él había conocido esa humillación y me la había impuesto conscientemente.
Él llevó mi mano hacia su boca y presionó un beso allí.
—Lo siento mucho, Bella —masculló—. Cualquiera que pareciera inseguro de sí mismo, o cualquiera a quien escuchaba tartamudear, era un detonante para mí. Fui un bastardo épico.
La compasión que había sentido por él, por lo que él había atravesado con su padre, dolió cuando escuché eso. Sí, fuiste un bastardo épico. Enrollé mis dedos, ligeramente clavando mis uñas en su piel como castigo.
—Lo sé —susurró—. Me merezco eso y más.
Después de un momento, continuó.
—Estaba tan... molesto. Todo el tiempo. Comencé a burlarme de los chicos en la primaria. Pero fui inteligente al respecto, y jamás permití que alguno de mis profesores me atrapara. Cuando alguien se quejaba, siempre era mi palabra contra las suyas... pero era un buen mentiroso. —Sonrió dolorosamente—. Si era malo o de mal gusto, sabía cómo hacerlo bien. En la secundaria, tú y Tommy Garth recibieron lo peor de mí porque los dos tartamudeaban.
No recordaba a Tommy Garth, pero sentí un fuerte lazo y lástima por él. Y aunque no sabía si estaba más aliviada o desconsolada de que no había sido la única, estaba asombrada de que Edward hubiera comenzado su carrera de matón tan joven.
—Me dijo mi psiquiatra que era un comportamiento aprendido.
Negué con la cabeza ante el análisis de mi psiquiatra. Pretextos.
—Imbécil —articulé, hundiendo mis uñas.
—Sí —Edward admitió con el ceño fruncido, las venas en su frente repentinamente prominentes—. Fui eso y peor, actuando cómo habían actuado conmigo en casa. Tenía una ira cegadora con absolutamente todos.
Él llevó la taza de té a su boca, y noté que temblaba.
—Cuando tenía seis, mi madre tuvo otro hijo. Anthony era lo opuesto a mí. De voz suave, callado, emocionalmente fuerte. Jamás... Jamás vi que mi padre o sus acciones lo impactaran como lo hacía conmigo. Aunque, mi padre ciertamente lo intentó. Ser un imbécil era normal para él. No creo que le agradaba nadie, pero de todos, Anthony era el que más se acercaba.
El rostro de Edward pasó del dolor a la gentileza mientras hablaba de Anthony, y podía ver que admiraba a su hermano. Que a pesar de ser el menor, Edward lo respetaba. Pero me encontraba nerviosa, porque Edward estaba nervioso.
—Mi padre lo toleraba porque Anthony era bueno en todo, y jamás se defendía. Él simplemente... se agachaba y aceptaba los golpes y el abuso, y entonces hacía lo que Padre esperaba de él. No como yo... Yo era un demonio con mi padre, porque al diablo con él. Él obviamente me daría lo peor de él sin importar cómo me comportaba. Anthony solía rogarme que me callara, "Edward, por favor, solo cállate y haz lo que Padre quiere", me decía una y otra vez, así no era golpeado tanto. Pero no podía ser como él —Edward casi susurró, su tono uno de reverencia, y entonces de desesperación—. Y ambos pagamos el precio.
Cubriendo con ambas manos la suya que sostenía, le di un apretón. Los ojos de Edward regresaron a los míos, y le di una mirada tan libre de dolor como pude conseguir.
—Anthony era un estudiante ejemplar, y cuando él creció, comenzó a jugar al fútbol. A menudo era el jugador más valioso de su equipo también. Era naturalmente talentoso; él podía patear un buen tiro libre como David Beckham. Él era increíble de ver. Mi padre solía alardear de él con sus amigos. "Sí, mi hijo menor va a conseguir una beca", decía como si yo fuera deficiente. —Edward rio duramente—. Y lo era, porque no era muy bueno en béisbol. O en fútbol, básquetbol, o fútbol americano. Mis calificaciones eran lo suficientemente buenas para conseguir una pequeña beca, pero eso no era lo suficientemente prestigioso para Wallace Thomas Cullen. Así que, por un tiempo, incluso estuve resentido de Anthony —susurró con dolor en su rostro.
Qué horrible sentirse conflictuado por el hermano que amas y admiras, pensé. Pero, ¿por qué hablar sobre Anthony lo ponía triste?
—En casa, todos, mi madre, Anthony y yo, teníamos que tener el mejor comportamiento cuando Padre estaba cerca. No hablar a menos que se nos hiciera una pregunta, nada de payasadas, y definitivamente, no faltarle el respeto. Por supuesto, lo que creíamos que era mi mejor comportamiento parecía diferir —dijo Edward, curvando su boca hacia abajo amargamente—. Durante la cena, Padre solía patear los travesaños de mi silla hasta que me sentaba lo suficientemente derecho. Una vez, la silla se rompió, y él se molestó tanto que me pateó a mí. Él era un hombre grande, y no se contuvo. Creo que tenía ocho años en ese entonces.
Luché para mantener mi expresión neutra. No ceder y llorar por el niño asustado y abusado que él una vez fue. Para no preguntar donde se encontraba su madre durante todo ese horror. Pero era como si él escuchara mi pregunta silenciosa.
—Mi madre era tan víctima como nosotros. Peor, ella bebía. Ella bebía a menudo en la cena. Probablemente esté borracha ahora mismo —dijo despectivamente, su rostro severo—. Ella sigue con él porque está esperando el dinero. La última vez que la vi, estaba bebiendo media botella de vodka por día. Ella probablemente morirá antes que él, y se lo tendría merecido.
Su tono era frío e impersonal, como si su madre fuera una extraña... y me di cuenta que Edward había crecido con dos monstruos como padres. A pesar que no apruebo su conducta conmigo, o con el resto de sus víctimas, comprendía las razones de su ira. Él esencialmente había estado gritando en busca de ayuda, y nadie lo había notado.
Mi agarre en sus manos se intensificaron de nuevo, trayendo su distante mirada de vuelta a la mía. Su ceño estaba fruncido, sus hermosos ojos oscuros y nublados con el recordado dolor. Y entonces, pareció envejecer frente a mí; su expresión se desarmó y sus hombros cayeron. La mano que él tenía cerrada alrededor de la mía comenzó a apretar, cada vez más fuerte, hasta que casi no podía soportarlo.
—Mi primer año en la universidad, volví a casa por Acción de Gracias —dijo en un tono monótono y muerto—. Padre lo había demandado, y aún seguía bajo su mando en ese momento. Pero también quería ver a Anthony; nos turnábamos para mantenernos unidos, y conmigo lejos, él había sido el único foco de atención de mi padre. Él nunca decía por lo que pasaba; no era su forma de ser, pero podía ver que él no había dicho que era malo.
El aliento y las palabras de Edward comenzaron a temblar. La mano que aferraba la mía prácticamente vibraba, y mi corazón comenzó a acelerarse.
—Escuché a mi padre gritar ni bien entré a la casa. "¡Mentiroso pedazo de mierda! Me has mentido todo este tiempo, fingiendo y simulando, ¿o no?"
Entonces, sus palabras comenzaron a tropezarse entre sí porque estaba hablando tan rápido.
—"Te juro por Dios, si sobrevives a esto, me aseguraré de que lo lamentes, diablos. ¿Crees que morirás en mi oficina? ¡Maldito pequeño desagradecido!" Y comencé a correr porque creía que estaba golpeando a Anthony de nuevo, y iba a detenerlo esta vez. Había estado ejercitándome; era más fuerte que él en ese entonces, e iba a hacer que se arrepintiera, que se jodidamente arrepintiera —gruñó Edward, su voz sonando profunda y letal—. Y... Y doblé el rincón hacia su estudio, y no supe lo que estaba viendo al principio.
La mirada de Edward era lejana y en algún trauma recordado con Anthony y su padre, su agonía palpable. Me encontraba completamente tensa y afligida por él, por lo que fuera que iba a decir entonces.
—Parecía que estaban bailando. Como si mi padre hubiera levantado a Anthony y estuviera dando vueltas con él —susurró—. Pero entonces m-me di cuenta que Anthony estaba colgando de una de las vigas del techo y mi padre estaba sosteniendo sus muslos. Y creí que le había dicho a Anthony que se colgara a sí mismo como algún tipo de muestra de alianza, porque ese era simplemente el tipo de cosa enferma que él haría, pero entonces Padre me vio. "Ayúdame a bajarlo", gritó. "¡El maldito idiota está tratando de matarse!" Pero la cabeza de Anthony, su cabeza... —dijo ahogadamente—, estaba torcida. Él estaba violeta. Y sé que está muerto. Él ha muerto, mi hermano está muerto.
Estaba aferrándome a él tan fuerte como él a mí llegados a ese punto, y Dios sabía qué vio en mi rostro, porque estaba horrorizada.
—Pero mi padre no paraba de reprenderlo como si siguiera vivo y escuchando. Así que, le di un puñetazo. Lo golpeé tan fuerte que rompí su nariz. Pero no me detuve allí. Cuando él cayó de rodillas, lo pateé en la entrepierna como él solía hacerlo con nosotros. Y seguí pateándolo hasta que ya no pude y caí a su lado —dijo con dientes apretados—. Y mientras tanto, Anthony simplemente estaba colgando allí... ¡muerto!
Parpadeé para apartar las lágrimas en mis ojos, porque tenía que ser fuerte para Edward como él lo para mí. E intenté jalarlo hacia mis brazos, pero él se resistió, y me di cuenta que él no estaba allí conmigo; él estaba atrapado en ese otro momento.
—Anthony había internalizado todo ese dolor y esa furia, y lo había comido por dentro. Tanto que él... que él se había suicidado. Y no en su cuarto. No, él lo había hecho en la oficina de Padre para hacer una declaración.
Él negó con la cabeza como si incrédulo de que hubiera sucedido, sus ojos cerrados fuertemente, inclinándose sobre nuestras manos.
»—Fue entonces que lo supe —susurró bruscamente—. Finalmente supe lo mucho que mi padre nos había dañado. Y me aterró. Me destrozó. Había perdido a mi hermano, mi mejor amigo, la única persona que me había importado, porque no yo no había sido lo suficientemente fuerte para liberarnos del patrón destructivo de mi padre.
Edward se enderezó, y su rostro estaba pálido, sus ojos agonizantes y brillantes con lágrimas.
—Y Anthony tenía trece años en ese momento. Solo trece.
Jadeé y me mordí el labio, incapaz de contener las lágrimas en mis ojos ya. Edward levantó una mano temblorosa para seguir el camino, como si recibiera la distracción. Él ignoraba las lágrimas que caían por su propio rostro.
—Le fallé a Anthony de muchas formas —me dijo de manera avergonzada, como si se estuviera confesando ante un sacerdote—. Deberíamos haber buscado ayuda. Yo debería haberle buscado ayuda.
—Tu madre —susurré de manera entrecortada, incapaz de mantenerme en silencio—. Ella te falló. ¡Ella debería haber luchado por sus hijos, por ti y por Anthony!
Él sonrió tristemente, su pulgar secando mi otra mejilla.
—Mi madre es un fantasma borracho. Incapaz de permanecer en el presente. He intentado muchas veces llegar a ella, pero está demasiado dañada. Demasiado ida.
En respuesta, llevé la mano que aún sostenía hacia mis labios, presionando un duro beso contra su palma. Él me observaba como si fuera... algún tipo de ángel, y dolía. Quería decirle que no me mirara de esa manera, pero él estaba hablando de nuevo.
—Yo... no fui el mismo después de eso. Sabía... Sabía que tenía que lidiar con mi ira. Así que, busqué ayuda. Aprendí sobre el ciclo del abuso, sobre cómo puede afectarte. Destruirte. También aprendí sobre el daño que podía hacer a los demás —dijo, tragando fuerte—. Pasé por un programa de cinco pasos que me llevó años. Y quise suicidarme también, por todo el dolor que le había causado a tantos... por todas las maneras que tan evidentemente había fracasado.
Él seguía acariciando mi rostro, seguía quitando mis lágrimas, seguía mirándome de esa manera que hacía retorcer mi corazón en mi pecho. Y podía sentir que estaba mirándolo de la misma manera, porque ¿cómo no podría? Desde que me había levantado de su regazo, habíamos sido un reflejo de las emociones del otro.
—Con la ayuda de mi terapeuta, confronté mi pasado. Lo deconstruí para poder darle sentido a todo lo que sucedió, y por qué. La muerte de Anthony... salvó mi vida —susurró, y más lágrimas cayeron por su rostro. Por el mío también, porque era completamente desgarrador y trágico que hubiera sido el impulso para que Edward hubiera buscado ayuda.
—Escribí cartas de disculpas a mis víctimas —dijo, las lágrimas alcanzando sus labios—. A ti.
Entonces, él sostuvo mi mejilla, sosteniéndome en su palma.
—Mi pasado, cómo lastimé a otros, cómo te lastimé a ti, es algo con lo que tengo que vivir. Algo que tengo que perdonarme todos los días. Siempre será un proceso en desarrollo, y estoy de acuerdo con eso. Estoy de acuerdo con mostrarte lo realmente arrepentido que estoy todos los días. Todo el tiempo que te tenga, Bella —dijo simplemente, con su corazón en sus ojos.
De todas las declaraciones de disculpas que había, era la más poderosa que alguna vez había escuchado. Él ya había dicho que estaba arrepentido muchas veces —algo que mi corazón y mi alma había escuchado— pero estaba escuchándolo esta vez con mi cabeza.
¿Alguna vez podría perdonarlo?
Analicé mi propio dolor y mi propia furia. Los recuerdos que aún seguían allí; aún seguían doliendo, pero carecían del fuego y el odio que usualmente les acompañaba. Porque ahora que Edward había compartido su historia conmigo, tenía razón, contexto, y comprensión.
La soga que me había atado a toda mi angustia ya no me ahogaba.
—Edward —susurré, y su mirada saltó a la mía, y entonces sus ojos se enfocaron. Su boca se abrió.
—Dijiste mi nombre —masculló, y en su voz había un sonido de admiración.
Asentí e inhalé. Esto era importante. Lo suficientemente importante para llamarlo por su nombre.
—Edward —susurré de nuevo, y levanté mi mano hacia su mejilla, y nos encontrábamos lo suficientemente cerca para besarnos—. Te perdono.
Por un momento, él lucía anonadado, abrumado. Entonces, su rostro comenzó a colapsar.
—¿Me perdonas? —susurró de manera entrecortada.
Lo jalé hacia mis brazos, y él vino de inmediato, como si él fuera un niño necesitando consuelo. Él convulsionó una vez, su rostro presionado firmemente contra mi pecho. Como él lo había hecho conmigo, intensifiqué mis brazos a su alrededor, tratando de abrazarlo mientras él soltaba sus propias lágrimas de absolución. Encorvado y a mi alrededor, su peso me empujó hacia atrás, cada vez un poco más, hasta que me encontraba acostada sobre el sofá. Le permití venir, su cuerpo temblando contra el mío, simplemente tratando de resistir.
Él no permaneció roto por mucho tiempo; no como yo lo había hecho. Por lo que él me había dicho, sabía que Edward se había hecho pedazos y había vuelto a sanar hace mucho tiempo, y esto —mi disculpa— era un cierre extra para él. Pero también lo había deseado tan ardientemente, y conseguirla parecía que le importaba demasiado a él. Quizás tanto como se sintió para mí finalmente perdonarlo.
Había pensado que sería difícil; había creído que habría estado pateando y arrastrando mis pies sobre perdonarlo; pero sentirlo, decirlo, había sido casi natural. En alguna parte entre el momento que había caído al suelo frente a él y trepado a su regazo, había soltado mi agarre en todo ese dolor. Haberme aferrado a este no me había hecho bien, y sabía eso ahora.
Y se sentía bien, perdonarlo. Se sentía bien envolver mis brazos a su alrededor, abrazarlo; se sentía correcto. Aunque nada hacía que el abuso fuera aceptable, Edward también había sufrido. Incluso más de lo que yo lo había hecho.
Cuando eventualmente se retiró, me dio una sonrisa hermosamente avergonzada, jalándome de los antebrazos para sentarme. Sus manos bajaron hacia mis muñecas, a mis manos, donde me soltó gentilmente. Entonces con un pesado suspiro, él frotó sus palmas contra sus ojos.
—Mierda —dijo.
Y entonces nos estábamos riendo. Riendo a través de las lágrimas. Rotos y reconstruidos por el otro. Más fuertes por haber sobrevivido al dolor. Más fuertes por ser lo suficientemente valientes para compartirlo, para atravesarlo juntos.
Después que las risas murieron, nuestras sonrisas persistieron. Nos reclinamos contra el sofá, de frente al otro, simplemente mirándonos. Nuestros traumas compartidos habían derribado los muros. No había manera de esconderse. Ni necesidad para hacerlo. Ya habíamos descubierto nuestras peores verdades.
—Di mi nombre de nuevo —pidió él suavemente.
Obedecí inmediatamente en un tono ronco de voz.
—Edward.
Como si fuera el sonido más hermoso del mundo, él me regaló una de sus sonrisas majestuosas.
—Edward Cullen —dije suavemente—, resulta que eres un tipo muy bueno.
¿Adónde íbamos después de eso?
A mi cocina. Tenía todos los ingredientes para un omelete de queso suizo y champiñones. Hicimos tostadas y café también, charlando y riendo entre nosotros, y entonces nos sentamos en mi mesa en el porche y comimos todo.
—Por un nuevo comienzo —dije, y levanté mi taza de café.
—Por ti —dijo él, y sacudí la cabeza en su dirección.
Él se fue justo después de las cinco de la mañana, después de abrazarnos por un largo tiempo frente a mi puerta. Fuimos lentos al separarnos, lentos para soltar nuestra nueva intimidad encontrada.
Lentos para despedirnos de quién éramos para el otro en ese momento.
