Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Capítulo 16
El estacionamiento de la secundaria se encontraba casi vacío cuando llegué, pero noté el vehículo de Edward Cullen en su lugar habitual en la última fila.
Supuse que él sería puntual. Él probablemente estaba sentado en nuestra mesa con su lenguaje corporal de «no me mires, no me hables» firme en su lugar, frunciendo el ceño, sus ojos arrojando odio.
No que debería saber eso, porque a él no le gustaba que lo mirara, pero yo dominaba la mirada de soslayo. Y él siempre tenía una cara molesta.
Estacioné cerca al frente del edificio, y mi camioneta petardeó fuertemente mientras apagaba el motor. Hice una mueca, pero no había nadie alrededor para notarlo.
¿Dónde estaban todos? Ya casi era hora de la primera campana, lo cual quería decir que muchas personas iban a llegar tarde. El tiempo era frío, pero despejado para noviembre, así que eso no podía contar para el estacionamiento casi vacío. No había reunión de maestros tampoco, y aún faltaban unas semanas para Acción de Gracias, de todos modos.
Crucé el estacionamiento, escuchando el flameo de la bandera montada en su poste mientras el viento la soplaba de un lado a otro. Se encontraba a media asta.
Mierda, ¿alguien había muerto? ¿Había tipo de feriado que había olvidado? ¿Ellos habían suspendido las clases por alguna razón?
Cuando llegué a la entrada, casi esperaba que las puertas estuvieran cerradas con llave, pero se abrieron fácilmente. Di un paso adentro, fuera del frío y como entrando a una aspiradora caliente, soplando mi cabello hacia adelante y cegándome hasta que las puertas se volvieron a cerrar.
No había nadie en los pasillos, y todo estaba siniestramente silencioso.
Caminé rápidamente hacia mi casillero, mis zapatillas rechinando contra el suelo.
Quizás fueran los nervios, pero mi combinación no estaba funcionando, y comenzaba a entrar en pánico cuando la puerta del casillero de alguien se cerró con fuerza detrás de mí. Me sobresalté y me di la vuelta, pero no había nadie allí.
—¿Hola? —pregunté, y me encogí cuando mi voz hizo eco.
Algo iba mal. Algo no se sentía bien.
Con renovada pasión, volví a mi casillero e ingresé mi combinación. Esta vez, abrió. Metí mi libro de literatura adentro, y entonces tomé mis libros de biología y precálculo. Gentil y silenciosamente, cerré la puerta de nuevo.
Entonces, estaba caminando por el pasillo de nuevo, más rápido esta vez.
A dos minutos de que sonara la campana, entré rápidamente a biología, deteniéndome abruptamente justo cruzando la puerta. Aferré mis libros contra mi pecho mientras estudiaba el salón. Excepto por Edward, estaba vacío.
De ninguna manera.
Levantó la cabeza del libro que estaba leyendo, registrándome con su mirada molesta usual antes de desestimarme.
—¿Solo te quedarás allí parada? —preguntó después de que no me moviera.
—Quizás —dije... y permanecí parada allí de manera rebelde por unos instantes más.
Había un silencio extraño en el aire, como si todo el edificio estuviera conteniendo su aliento. Me hacía sentir consciente de que yo estaba haciendo lo mismo. ¿Me encontraba en la Dimensión Desconocida? ¿Era víctima de una broma?
Pero Edward estaba allí; ciertamente, nadie se atrevería a hacerle una broma a él.
—¿Dónde... dónde están todos? —me atreví a preguntar, teniendo cuidado de no tartamudear.
—Qué demonios sé —respondió secamente.
A regañadientes, porque no quería exactamente estar a solas con Edward, marché hacia la mesa, echando un vistazo detrás de mí como si alguien fuera a aparecer mágicamente.
Nadie lo hizo.
Coloqué mis libros sobre la mesa, y entonces, en vez de jalar mi silla hacia atrás, la levanté así no chirriaba contra el suelo. A mi lado, Edward rio amenazantemente, y fue un sonido tan sorprendente proveniente de él que rompí la regla y lo miré mientras me sentaba.
Una pequeña arruga apareció en su frente mientras fulminaba con la mirada a su libro, sus cejas oscuras bajas sobre sus ojos. Su labio superior y su mandíbula estaban ligeramente sombreadas con perillas rubias, dándole un aspecto libertino. Y, por supuesto, él era hermoso, incluso con lo que parecían ser marcas de lágrimas secas en sus mejillas.
Lo miré boquiabierta.
—Puedo sentirte mirándome —dijo entre dientes, y aparté la cabeza.
¿Debería... debería decirle que parecía que él había estado llorando? Quiero decir, ¿no querría saber algo así?
Sonó la campana, sobresaltándome tanto que solté un chillido.
Edward suspiró y levantó la cabeza, y no pude evitar girar y encontrarme con sus ojos. Esperando ver una mirada mortal, en cambio encontré tristeza y algo que parecía agonía.
—Eres un jodido desastre —me dijo en su habitual tono mordaz, pero no coincidía con su mirada. No coincidía con cómo sus ojos se llenaban de lágrimas mientras nos observábamos.
—¿Eh-Edward? ¿Estás... bien?
Las lágrimas caían por su rostro.
—No deberías preguntarme eso —susurró, y se dio la vuelta, dándome la espalda—. Vete al diablo, déjame solo.
Mi boca se abrió y se cerró como un pez. No tenía sentido, cómo lucía, y lo que estaba diciendo. Algo iba muy mal.
Las palabras salieron sin invitación.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué demonios te importa?
—Me importa. ¿Qué pasa?
Mientras volteaba a mirarme, Edward Joven se transformó en Edward Adulto, la expresión llena de angustia en su rostro pasó a una de alivio y cansancio.
—Nadie nunca me ha preguntado eso antes —dijo.
Jadeé y abrí los ojos, mi corazón martillando en mi pecho.
Era solo un sueño. Solo un sueño.
Pero me encontraba al borde de las lágrimas, y había una tensión en mi garganta. Me senté, mi mano yendo hacia mi cuello para sostenerlo.
¿Alguna vez alguien le había preguntado a Edward Joven si había estado bien?
Incliné la cabeza entre mis rodillas, porque sabía... de alguna manera sabía que nadie nunca lo había hecho. Pero también sabía que en parte había sido su propia culpa, porque él había sido tan jodidamente volátil todo el tiempo. Si tan solo él hubiera aprovechado la oportunidad y hubiera bajado la guardia, hablado con alguien, incluso conmigo, podríamos haber sido amigos en vez de enemigos. Y Dios, él había necesitado un amigo...
Echando un vistazo al reloj, vi que eran casi las seis a.m.
Pero en mi mente, seguía viendo la última imagen del rostro de Edward —angustiado, exhausto, con lágrimas en los ojos— y fui invadida por la culpa de no haber notado que algo iba mal con él en ese entonces. A pesar que sabía que lo que estaba sintiendo no era lo correcto, a pesar que sabía que si hubiera notado que pasaba algo, él nunca me hubiera escuchado. En nuestra vida pasada real, Edward me hubiera respondido furiosamente si le preguntaba si se encontraba bien. En la vida real, él jamás hubiera soltado una lágrima frente a mí. O a nadie, probablemente. Así que era inútil tratar de imaginar lo contrario.
Olvídalo, me dije a mí misma. Él ya ha dejado todo eso atrás. Él sobrevivió.
Fue solo por mi nueva relación con él que esta sensación de culpa persistía. Nuestra cercanía estaba abriendo la puerta a sentimientos que no estaba acostumbrada a tener por él, especialmente considerando lo que habíamos compartido. Pero los sueños eran cosas graciosas, en el sentido que estos no tenían que tener sentido para afectar mi humor. Mi instinto era ir a Edward y rogarle que me perdonara, lo cual sabía que era una locura.
Era una locura.
Una energía nerviosa me hizo salir de la cama como si estuviera saliendo de una madrigera de conejos. Caminé hacia las puertas corredizas del patio y corrí las cortinas a un lado. Sobre los rascacielos en la distancia, el cielo estaba pasando de un azul índigo a uno más claro, con pizcas de tonos naranjas y rosa que se asomaban por las ramas de los árboles abajo. Solo unos coches circulaban por la calle, y alguien estaba trotando en la acera.
Eso era lo que necesitaba: ejercitarme. Ayudaría a tranquilizar mi mente y mis extremidades que no se quedaban quietas. Faltaban horas para tener que estar en el trabajo... lo cual presentaba todo un conjunto nuevo de preocupaciones. El solo pensar en ver a Edward hacía que mi estómago se torciera en un nudo de ansiosa anticipación.
Me dirigí al armario de mi baño, donde tomé mi traje de baño de una pieza de su pinza. Me lo puse, y entonces me cubrí con una bata de toalla que me llegaba a los muslos. Metiendo mi cabello bajo el gorro de natación fue todo un ejercicio en sí mismo.
En vez de tomar el ascensor, bajé las escaleras hacia el sótano, donde se encontraba la piscina. Era un beneficio por el que pagaba cuarenta dólares extra al mes, pero raramente lo aprovechaba, por alguna razón. Esta mañana, necesitaba su paz meditativa.
Larry, el guardavidas de turno, ya se encontraba sentado en la pequeña plataforma. Él levantó la cabeza del periódico y me saludó con la mano.
—Ha pasado un tiempo desde que has estado aquí abajo —dijo—. ¿Dónde has estado?
Retirado temprano de su trabajo como ingeniero de transporte, divorciado, y con dos hijos que siempre estaban demasiado ocupados para venir a verlo, él trabajaba como el guardavidas de la mañana tres veces a la semana. Él era un hombre dulce pero muy charlatán y compartía de más, así que había aprendido a mantener mis respuestas cortas, y a caminar rápido.
—Hola, Larry —respondí—. Solo he estado ocupada.
Había otra persona nadando largos en la parte profunda de la piscina. Decidí elegir un carril al extremo más lejano, lejos de Larry y el nadador sobresaliente. Quitándome la bata, la dejé colgando de un gancho en la pared. Entonces, cubriendo mis ojos con mis gafas para nadar, me ubiqué al borde de la piscina y salté suavemente hacia el hipnotizante agua azul. No estaba calefaccionada, y jadeé al sentir el frío contra mi piel, antes de impulsarme hacia adelante y abajo. Pateé mis pies frenéticamente, nadando libremente y con brazos estirados antes de finalmente emerger en busca de aire. Mis pulmones estaban fuera de práctica, ya que ni siquiera me encontraba a la mitad de la piscina. Cuando alcancé el otro extremo, mis extremidades comenzaron a relajarse, pero mi giro fue jodidamente desprolijo.
Mueve tu trasero, chica.
El agua creaba curvas blancas que se serpenteaban al fondo del suelo mientras la atravesaba en estilo crol. Estaba entrando en calor ahora, mis músculos expandiéndose mientras avanzaba hacia la pared lejana. Brazo izquierdo, brazo derecho, respira, y sigue pateando.
Haciendo a un lado los sentimientos equivocados, me encontraba de buen humor. Me sentía ligera y casi despreocupada, y sabía que era debido a Edward. Porque mi furia con él se había disuelto. Porque él me había confiado su historia. Porque todo entre nosotros había cambiado. Nosotros habíamos cambiado por el otro, y con el otro, y estaba destinado a hacer una diferencia en nuestras interacciones.
Y no podía evitar preguntarme cómo.
Después que él se fuera ayer por la mañana, me había obligado a permanecer despierta así mi patrón de sueño no era interrumpido. Avergonzada de mi apartamento sucio y desordenado, había pasado la mayoría del día limpiando... mientras repetía nuestras palabras y nuestras acciones.
Cómo Edward había observado mi boca y había admitido que estaba confundido por sus sentimientos hacia mí. Simplemente recordando que envió un temblor por mi cuerpo. Me había preguntado antes si él se sentía atraído por mí, pero que fuera confirmado también me hacía sentir nerviosa. ¿No era raro, poco natural incluso, que él tuviera pensamientos románticos sobre alguien a quien solía aterrorizar?
¿Acaso no era más raro que aún tener pensamientos correspondidos sobre alguien que solía atormentarme? Sin olvidar que él era mi jefe ahora; él solía humillarme deliberadamente. ¿Qué diría Freud sobre eso?
Estaba sintiendo un poco de pánico porque después de mantenerlo a una distancia por tanto tiempo, estar lejos de él ahora me hacía extrañarlo. Como una adicta, ansiaba esa cercanía a él de nuevo. Esa conexión profunda que había aliviado tanto dolor, reemplazándolo con calor y cariño mientras me había observado... haciendo que mi corazón latiera delirantemente fuera de control. Jamás había sentido algo tan abrumador, tan poderoso. Ni siquiera a principios de mi relación con Paul, quién había sido mi novio primero antes de volverse un amigo con derechos, había sentido algo cercano a lo que estaba sintiendo por Edward ahora.
Habíamos sido tan horribles con el otro en el pasado. Nos habíamos odiado con pasión. Ahora sentía que esa pasión había trascendido el odio hacia algo incluso más poderoso. Algo que me hacía extrañar la persona que había visto hace solo horas atrás—alguien cuya mirada podía calmarme, al mismo tiempo que provocaba cosas extrañas en mi pecho. Era como ese proverbio sobre que había una fina línea entre el amor y el odio, pero jamás hubiera pensado que aplicaría a mi propia situación.
No es amor, me dije a mí misma.
Pero era algo cercano. Enamoramiento basado en una experiencia traumática compartida, quizás.
Lo que fuera, me hacía querer escuchar el sonido de la voz baja de Edward contra mi oído de nuevo. Me hacía querer sentir su pecho firme bajo la palma de mis manos. Me hacía querer frotar mi pulgar sobre la curva de su labio inferior.
Me había querer que él ya no estuviera confundido, y eso me aterraba.
Sabía que era demasiado pronto para reaccionar a estos sentimientos, si acaso duraban. Con una pizca de inquietud, me pregunté de nuevo si quizás nuestras interacciones emocionales simplemente me habían sobreestimulado o afectado, y esa era la razón por la que sentía lo que sentía. ¿Podría ser que simplemente estaba malinterpretando sentimientos de una nueva amistad, los cuales habían sido forjado en un momento dramático, por algo más?
No creía que lo sabría hasta que viera a Edward de nuevo, y esa era la parte aterradora.
Mi imaginación y mis preocupaciones hiperactivas me impulsaron a nadar cinco largos más antes de que hubiera tenido suficiente y salido de la piscina. Larry lo notó y se bajó de la plataforma, por lo que apresuré mis pasos. Tomé y me coloqué la bata, y entonces salí por la puerta antes de quitarme las gafas de natación.
Lo siento, pero no estoy de humor para escucharte hoy, Larry. Mi mente ya se encuentra al máximo.
Más tarde, ansiosa y ridícula, me vestí cuidadosamente para el trabajo con una minifalda escocesa de cintura alta color azul y una blusa blanca con cuello alechugado. Era un estilo profesional femenino, pero aún así sutilmente sexy. Con mi cabello recogido en un rodete bajo, creía que lucía como una bibliotecaria o una profesora de secundaria. Todo lo que necesitaba era un par de anteojos.
Antes de irme, levanté el almohadón contra el que Edward había estado sentado hacia mi nariz, inhalando profundo. ¿Por quinta vez? ¿Sexta?
Aún olía a él.
Loca, me llamé a mí misma.
Me encontré buscando a Edward entre la multitud de personas ni bien entré al edificio, pero él no se encontraba entre ninguno de los hombres que vi. Por supuesto, él a menudo llegaba antes que yo. Fue puramente casualidad que ese día hubiéramos llegado al mismo tiempo... ese día que le agradecí por mejorar las cosas con Riley.
Sonreí ante el recuerdo; incluso entonces, él había estado cuidándome.
Cuando entré a Smith & Devaney, mi mirada fue directamente hacia la oficina de Edward. La luz estaba encendida, pero estaba vacía.
—Buenos días, Bella —dijo Jessica. Como recepcionista de la compañía, su escritorio se ubicaba justo al cruzar las puertas de cristal, y mi mirada obsesionada la había ignorado.
—Oh, hola, Jessica. ¿Cómo estás?
Jessica comenzó a dar detalles sobre su cita de sábado por la noche con su novio, y me detuve frente a ella con una sonrisa cortés. Momentos después, divisé un traje formal color gris oscuro por el rabillo de mi ojo. La manera en que mi vello se erizó en todo mi cuerpo gritaba que era Edward.
Jessica lo notó un segundó después que lo hiciera la reacción de mi cuerpo, y se detuvo a mitad de palabra.
—Lamento interrumpir —dijo él, su voz baja y apologética.
Él se encontraba justo a mi lado, y entonces estiró un brazo y colocó una mano sobre el escritorio de Jessica, lo suficientemente cerca que la manga de su traje rozó mi brazo. Cada gota de sangre en mi cuerpo se encendió.
—¿Te molestaría escoltar a Johnathon Tate a la sala de conferencias cuando llegue a las nueve treinta?
Él podría haber llamado a Jessica por teléfono. O enviarle un mensaje vía Teams. O haberle hablado a unos metros de distancia, pero él se hacía acercado a mi lado en cambio.
Giré mi cuerpo ligeramente y encontré un par de ojos con pestañas casi tan pesadas como las mías. Estos eran hermosos, suaves, y de color verde grisáceo claro hoy. Junto con su sonrisa amable, me sentí mareada ante su cercanía.
—Hola, Bella —dijo, retirando su brazo, con cuidado de no rozarme de nuevo. Desafortunadamente. O quizás afortunadamente, considerando que ya estaba sufriendo de sobrecarga táctil.
Un par de segundos pasaron.
¡Oh!
—Buenos días, Edward —dije, y mi maldita voz, la cual aún seguía un poco ronca y notoriamente jadeante.
La sonrisa de Edward se agrandó, y entonces se retiró rápidamente, tan rápidamente que no vio mi sonrisa en respuesta.
—Sí, él tiene ese efecto en mí también —dijo Jessica con un suspiro.
Me paré derecha rápidamente, asintiendo con la cabeza como una marioneta. Entonces la sacudí, dándole a Jessica una mirada como si ella estuviera loca.
—Él es mi jefe —dije, recordándome a mí misma tanto como a ella.
—Lo sé —ronroneó, apoyando su barbilla en la palma de su mano—. ¿Es uno bueno?
—Él es un buen jefe —le dije firmemente y me retiré.
La oficina estaba vibrando con voces y personas que se apresuraban a sus escritorios mientras yo caminaba hacia el mío.
Tranquilízate, me reprendí.
—Hola, Bella —dijo Ben mientras me acercaba—. ¿Cómo estuvo tu fin de semana?
Explosivo. Emocional. Desgarrador, pero aún así algo sexy.
—Estuvo bien, gracias —respondí con una sonrisa.
—Oye, ¿quieres almorzar conmigo hoy? Ha pasado un tiempo —añadió cuando vio mi vacilo—. Es hora de que nos pongamos al día.
Asentí.
—De acuerdo, claro. ¿A las doce treinta?
—No vemos entonces —contestó con su guiño distintivo.
—Buenos días, Bella —dijo Alice, mientras colocaba mi cartera en el último cajón de mi escritorio—. ¿Cómo estuvo tu fin de semana?
Era un tema recurrente de lunes por la mañana.
Repetí lo que le había dicho a Ben.
—Estuvo bien.
Alice entrecerró los ojos en mi dirección, y recordé con temor que a ella no le agradaban las respuestas triviales.
—¿Bien? ¿Bien cómo?
Hice una pausa.
Bueno, tuve una charla con Edward el sábado por la noche que cambió mi vida.
Pero no quería compartir eso con ella, me di cuenta. Al menos, aún no, y quizás no por un tiempo. Aún seguía siendo muy delicado, demasiado privado. Ahora mismo, quería mantenerlo entre Edward y yo.
—Me puse al día con mi amiga Rose, le presenté a Emmett el sábado por la noche cuando nos topamos con él. Creo que se llevaron bien, por cierto, y me ejercité esta mañana. Las endorfinas están fluyendo —le dije—. ¿Qué hay de ti?
Ella me contó que ella y Jasper habían salido a un restaurante del centro, y que era caro pero que te cambiaba la vida, lo cual me pareció raro y entretenido, considerando mis propios pensamientos sobre eventos que te cambiaban la vida.
—¿Qué hay para hoy? —preguntó.
—Bueno, esta mañana, voy a editar el contenido para las redes sociales de Lyon & Healy, y buscar arte para su tema festivo —dije mientras abría mis notas de la semana pasada. Ellos hacían arpas, las cuales ofrecían como obras de arte y sonido majestuosas. Como algunas arpas estaban hechas de oro de más de veintitrés quilates, tenía que estar de acuerdo.
En algún momento más tarde, tomé mi taza de café y la llevé hacia la cocina. Me encontraba frente al fregadero lavándola cuando el vello de mi cuello se erizó.
—¿Cómo estuvo el resto de su domingo? —preguntó Edward mientras se apoyaba contra la encimera a mi lado, sus brazos cruzados sobre su pecho, su mirada fija en mí.
Mi mirada bajó hacia las marcas decoloradas bajo su mentón donde le había golpeado, e hice una mueca por dentro. ¿Qué le estaba contando a las personas sobre eso? Pero vaya, ese rostro impresionante suyo... y la suave expresión en sus me hicieron olvidar lo que estaba haciendo. El agua rebalsaba mi taza y mojaba el extremo de mi manga.
Nos habíamos topado en la cocina antes, pero nunca nos habíamos detenido a charlar. Bueno, yo nunca me había detenido a charlar con él. Una vez que él entraba a la cocina, yo usualmente me iba de inmediato.
—Eh, lo pasé limpiando —contesté después de un momento—. Jamás sabes cuándo alguien puede aparecer inesperadamente. Me sentiría avergonzada si alguien veía cómo que se encontraba antes.
Él inclinó la cabeza, y entonces giró para tomar una servilleta del rollo antes de tendérmela.
—Creo que cualquiera difícilmente notaría algo más que tú en tu apartamento, Bella.
Resoplé con una risita sorprendida.
—Oh, genial. ¿Acaso no eres un encantador poco observador?
—Soy muy observador, pero definitivamente estaba ocupado.
Sin palabras, hice una cara ante su respuesta persuasiva, y entonces llevé mi taza hacia la cafetera. Detrás de mí, escuché la alacena siendo abierta y cerrada, y entonces él se encontraba a mi lado de nuevo con su propia taza. Era como si hubiera un lazo invisible entre nosotros, como si él también quisiera estar cerca de mí, y un suave calor se esparció por mi cuerpo.
Después de llenar mi taza, giré hacia la suya, sintiéndome extrañamente cariñosa.
—Gracias —dijo, y sonó dulce. O quizás era solo mi imaginación—. ¿Cenarías conmigo esta noche?
Bueno, eso no fue mi imaginación.
Lo miré con asombro.
—¿Realmente estás...? ¿Realmente estás...?
—Como amigos —interrumpió—. Los amigos pueden cenar, ¿o no?
Él realmente lucía nervioso mientras esperaba mi respuesta, y arrepentida de haberlo causado, me apresuré a calmar su preocupación.
—Sí —dije, y fui recompensada con su sonrisa maravillosa completa.
Y aquí venían las mariposas.
Mierda, esa sonrisa debería ser prohibida.
—Buenos días —alguien dijo arrastrando las palabras, y volteé para ver a Tanya, despampanante con una blusa de seda color esmeralda, parada en la entrada—. ¿Acaso no lucen íntimos?
¿Cuánto tiempo había estado ella allí? Me sentía vulnerable, como si mis sentimientos por Edward se encontraban expuestos vívidamente. ¿Estábamos muy cerca del otro? Mierda, ¿ella lo había escuchado invitarme a cenar?
—Solo entablando amistad mientras bebemos café —dije rápidamente, y escuché a Edward reír.
—Buenos días, Tanya —dijo él fríamente; y entonces a mí, no tan fríamente—. Te enviaré los detalles.
Él me enviará los detalles.
Con el corazón martillando con nervios hiperactivos, di un paso al costado y añadí crema y azúcar a mi café. Diablos, mi mano estaba temblando. Solté el palillo para revolver en mi taza, y entonces con una mirada a Edward, me fui.
Él seguía observándome de cerca, y sentí el poder de su mirada como una corriente eléctrica.
No me mires así cuando Tanya está cerca, quería decirle.
Después de eso, fue un desafío seguir trabajando. Durante el resto del día, en realidad. Y después que Edward me envió un mensaje de texto a mi teléfono, mi cerebro se tomó un autobús directo a Distracciolandia.
Es justo ya que he estado en tu apartamento que vengas y veas el mío. North Harbor 155, unidad 2953. Son los condominios Harborpoint cerca de DuSable. Hago un pollo parmesano increíble. ¿Qué tal suena eso?
Vaya. Ya sabía que él podía cocinar, pero ¿vivía en un apartamento con vista al lago?
A las siete suena increíble. No puedo esperar a probar tu increíble pollo parmesano. ¿Puedo llevar algo?
Vi los puntos bailar mientras él escribía su respuesta.
Solo a ti. Eso es todo lo que necesito.
Mordiéndome el labio, estudié su respuesta como si fuera un código a resolver. ¿Él quiso decir que no necesitaba algo más, como pan francés o vino... o estaba insinuando que él solo me necesitaba a mí?
Intenté no leer entre líneas algo que no era, y regresé a mi trabajo.
Si Lyon & Healy cambiaban al programa en el que estaba pensando para su nueva campaña para las festividades, los ayudaría a monitorear los datos de sus clientes.
Tenía que ser mi imaginación hiperactiva. Obviamente estaba sintiendo el lazo de haber abierto tu alma. Era solo la novedad de todo.
Podría configurar una cuenta prueba para Lyon & Healy, solo para mostrarles lo fácil que era.
Pero él obviamente también sentía ese lazo. Se lo podía ver en sus ojos, en su postura corporal.
Pero entonces, la compañía no quería que yo hiciera que Lyon & Healy fuera demasiado fácil de usar, porque podrían decidir que ya no nos necesitaban. Quizás no debería optar por ese camino.
Podríamos ser amigos, como él había dicho. Yo... podría ser amiga de la persona que una vez me atormentó tan agresivamente. Estoy segura que ha pasado cosas más extrañas.
No, mi consciencia no permitiría que descartara el programa. Se lo debía a Lyon & Healy que lo compartiera. Ellos solo tenían una pequeña base de clientes, y el programa les ayudaría a crecer.
¿Extraños amigos que sentían atracción por el otro? Eso no es complicado en absoluto. Pero él necesita un amigo, porque ¿a quién tiene él ahora? Él perdió a su hermano, a su mejor amigo.
Ese pensamiento doloroso me detuvo en seco, y me hizo girar y echar un vistazo a su oficina antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. ¿Quién, además de mí, su psiquiatra, y sus padres de mierda, sabían de su doloroso pasado?
Edward tenía puesto sus audífonos; vi su hombro moverse como si estuviera gesticulando mientras hablaba. Entonces, como si sintiera mi mirada, de repente miró en mi dirección.
Nuestras miradas permanecieron unidas por un largo momento, hasta que me obligué a voltear de nuevo.
Él ya no estaba solo. Podía ser una amiga.
Por tan extraño, raro y probablemente loco que fuera.
