Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Capítulo 17
El edificio de Edward era un rascacielos de cristal y acero negro casi del doble de altura que mi edificio de apartamentos. Si no fuera por todas las luces en las ventanas, podría haber sido invisible contra el cielo nocturno.
Acorde, pensé, mientras me bajaba del Uber y me dirigía hacia la puerta giratoria del frente. Alto, sexy, un poco imponente frente a los parques Millennium y Cascade, y aún así silencioso y firme contra el viento proveniente desde el lago Michigan.
El portero me guió hacia el interior y hacia un escritorio de mármol de patas altas color gris y negro. Hacía juego con el suelo, dando la apariencia que estaba flotando allí.
—¿Está aquí para visitar a alguien, señorita? —preguntó la empleada detrás del escritorio, estudiándome de cerca.
Ellos no perdían el tiempo aquí.
—Sí. Edward Cullen. Unidad 2913 —contesté, y la mujer comenzó a escribir en un teclado que no podía ver.
Oh, vaya, ¿era esa una tienda la que veía en la esquina más lejana?
—¿Su nombre, por favor?
—Bella Swan.
Ella asintió una vez.
—Tome el ascensor a la izquierda hasta el piso veintinueve. El número trece estará a tu derecha.
Había una pared de espejos dentro del ascensor, y una cámara montada en el rincón. Miré con ojos completamente abiertos mi reflejo, sintiéndome vestida de manera inapropiada, deseando que no hubiera cambiado mi atuendo del trabajo por jeans y un suéter.
El ascensor se movió rápido. Cuando las puertas se abrieron en el piso veintinueve, mi estómago se encontraba en alguna parte alrededor de mis tobillos. Recuperando el equilibrio contra el borde de la puerta, salí hacia un alfombrado de felpa grueso color gris. Aunque estaba usando un par de Converse, sabía que si hubiera estado en tacones, la alfombra hubiera amortiguado todos los sonidos.
A la derecha.
El amplio pasillo con su iluminación decorativa y su moldura ornamentada en el techo olía increíble, indescriptiblemente rico, y me sentí un poco fuera de lugar mientras avanzaba hacia el número trece de la suerte. Antes de que pudiera levantar el llamador pulido de bronce, la pesada puerta de madera se abrió... y allí se encontraba Edward, vistiendo jeans negros y un suéter color verde salvia que hacía cosas increíbles a sus ojos.
Diablos, como si él necesitara alguna ayuda en ese tema.
Él sonrió, y entonces dio un paso adelante y me jaló hacia sus brazos fuertemente, justo allí mientras me encontraba parada sobre el felpudo.
—Bella. —Suspiró contra mi coronilla, como si estuviera aliviado de que yo estuviera aquí. Mis brazos se intensificaron alrededor de su espalda, mi mejilla descansando contra el suave material que cubría su pecho. El abrazo era cálido, firme, e inesperado, pero aún así todo lo que necesitaba en ese momento. Inhalé su aroma profundamente, relajándome al fin; mi cuerpo recordaba su toque familiar y me relajé contra él.
Los amigos podían abrazarse, ¿cierto? Hace solo unos días atrás nos habíamos despedido en mi puerta, y entonces también nos habíamos abrazado.
Él me soltó lentamente, deslizando sus manos por mis brazos hasta alcanzar las mías, y la bolsa que cargaba.
—Te dije que no trajeras nada —masculló, tomándola.
—No podía llegar con las manos vacías —dije—. Es una botella de whisky. Buffalo Trace.
—Buena elección. Gracias —dijo.
Sin soltarme, él me jaló hacia el interior, mirándome como si casi no podía creer que me encontraba allí. Sabía exactamente cómo se sentía también, porque sentía lo mismo—como si fuera a despertar para descubrir que todo esto era un sueño. Tan solo el lunes pasado, él había estado ignorándome deliberadamente.
Cuando las cosas cambiaron, cambiaron rápidamente.
Edward bajó la botella de whisky en una encimera mientras pasábamos por la cocina, y entonces me adentró en la habitación. El piso de parqué color blanco y crema en el pasillo de la entrada daba lugar a suelo de madera de cerezo que llevó mi mirada hacia unas enormes ventanas de techo a piso.
Intenté no tragar mi lengua mientras asimilaba toda la madera, el cristal y la iluminación del ambiente. Había un sillón en forma de L con almohadones dpinturaecorativos, y zonas de alfombra de felpa color crema que me invitaban a quitarme los zapatos y caminar sobre ellas. Un único foco iluminaba una pintura abstracta en la pared. A sus costados había dos bibliotecas integradas con luces empotradas para iluminar los libros y la decoración entre ellos. Se escuchaba música —parecía ser jazz— suavemente proveniente de parlantes escondidos. Un piano Steinway con la tapa levantada se encontraba en el rincón.
Asombrada, sacudí la cabeza, y entonces me di la vuelta para encontrarlo mirándome de cerca. Había una sonrisa torcida en su rostro mientras asimilaba mi expresión.
—¿Tocas el piano?
—Cuando estoy de humor —respondió.
—Dijiste que yo vivía en un edificio lujoso —susurré—. Esto es impresionante. Y realmente tienes una tienda en el primer piso —le dije, como si él no lo supiera ya, y él sonrió, agachando la cabeza.
—Jamás me quedo sin artículos esenciales, es verdad. —Entonces, bajó la voz—. Luces bien en mi apartamento.
El silencio se estiró mientras él me observaba, mientras su pulgar seguía acariciando el pulso en mi muñeca. Su mirada inquisitiva estaba sofocándome por dentro, y finalmente, aparté la mirada, nerviosa de lo que él estaba buscando.
—¿Por cuánto tiempo has vivido aquí? —pregunté, soltando su mano y caminando hacia las ventanas.
—Casi un año.
La vista contra el cielo nocturno era increíble—un panorama colorido de luces doradas y blancas en edificios que podía ver a lo lejos, con unas pizcas de rojo y blanco del tráfico del lago Shore abajo. Y más allá de eso, pequeñas luces de los yates que rondaban la suave y oscura superficie del lago. Había mucho qué ver. La torre Willis brillaba de color azul en la cima, mientras un color lavanda iluminaba el costado de otro edificio. Las luces del parque Millennium eran de un verde profundo contra el césped.
Entonces, sorprendentemente, noté que las ventanas reflejaban todo el apartamento detrás de mí. Vi la entrada a una cocina amplia y en forma de arco que daba lugar hacia el comedor. Había una mesa redonda puesta para dos, sobre la cual flotaba un candelabro que iluminaba de manera tenue.
Y Edward, quien se encontraba a unos pasos de distancia. Mi corazón dio un salto cuando nuestros ojos se encontraron en el reflejo de la ventana.
—He querido compartir esta vista con alguien —dijo suavemente—. Por tan hermosa que es, puede ser dolorosamente solitario a veces.
Mi corazón dolió al pensar en su soledad.
Me di la vuelta y le di una suave sonrisa.
—Bueno, estoy contenta de estar aquí. Gracias por pedírmelo. No puedo esperar a ver cómo luce durante el día. La luz que entra aquí debe ser increíble.
Él me miró con ojos pesados, una pequeña sonrisa estirando su boca ante su entusiasmo.
—¿Esa es tu manera de pedir pasar la noche?
Mi boca se abrió en sorpresa mientras que mi rostro se sonrojó.
—No, s-solo quise decir...
—Bella, estoy bromeando —dijo.
—Tendré que anular el comentario de buen tipo sobre ti —gruñí con una mirada burlona—. Además, no estoy segura que el servicio secreto de abajo me permitirá subir de nuevo.
—Una vez que los de seguridad se familiaricen contigo, podrás subir directamente —dijo—. ¿Quieres una copa de vino? ¿O el whisky?
—Traje el whisky para ti —dije—. Pero sí, tomaré una copa de vino blanco si tienes.
Lo seguí a la cocina. Era un contraste de colores con encimeras de granito color marrón claro, electrodomésticos de acero inoxidable, y el suelo de parqué y mármol. Alacenas de madera de cerezo que hacían juego con el suelo de la sala estaban montadas en las paredes. Varias de las alacenas tenían cristales en sus puertas; Edward caminó hacia una sobre el fregadero, tomando dos copas de vino del estante instalado dentro.
—Huele maravilloso aquí adentro —dije. Mi estómago estaba al borde de un gruñido.
—La cena está lista. Se encuentra en el horno. Pero pensé que podríamos beber un trago primero.
—Me gusta cómo piensas.
Me ubiqué en su cómodo sofá con mi copa de vino en mano, y Edward se sentó cerca de mí; había poco más de treinta centímetros entre nosotros. A pesar de toda su confianza en el trabajo, él parecía un poco inseguro ahora, y ansiaba poderle consolar. Así que, inhalé profundo y me tiré de cabeza.
—¿Lo que compatí contigo el sábado por la noche? Ni siquiera fui tan lejos con mi propio psiquiatra. Creo que fue porque te golpeé primero —dije con un pesado suspiro—. Ese puñetazo se llevó todas mis inhibiciones. Lo siento mucho.
Sus dedos fueron a su mentón, a las pequeñas manchas marrones que mis nudillos dejaron allí.
—Me tomaste por sorpresa, pero como dije, estoy muy seguro que me lo gané. Estaba deliberadamente presionándote, Bella. Aunque lamento eso, no lamento lo que pasó luego.
Nuestras miradas se encontraron y se quedaron conectadas en comprensión.
No, jamás me arrepentiría de la noche que habíamos compartido juntos.
—Fuiste tan maravillosamente paciente conmigo —mascullé—. ¿De dónde salió eso? Quiero decir, considerando lo horrible que fue tu infancia cuando no te mostraban paciencia o importancia...
Su mirada era firme mientras contestaba.
—Anthony. Era lo que hubiera hecho por Anthony. Te desmoronaste... debido a mí y a cómo te traté. Dolió escuchar tu dolor, pero hubiera hecho lo que fuera para ayudarte a lidiar con ello. Y no quería que te sintieras sola en ese lugar dónde te encontrabas.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos al escuchar su respuesta, algo que no me molesté en esconder. Él ya me había visto en mi peor momento.
—Jamás lo hice, ni por un segundo —susurré.
—Quería agradecerte por perdonarme —dijo, su voz baja y sincera—. Sé que no fue fácil, y no me lo merecía, pero significó todo para mí.
—Sí, sí te lo merecías —le dije—. Perdonarte después de todo lo que compartimos fue tan fácil como respirar. Simplemente deseo... Solo deseo...
Él se inclinó para captar mi mirada.
—¿Deseas qué?
—Que hubiera notado que algo iba mal contigo en la secundaria —dije con voz ahogada—. Que hubiera visto más allá de tu máscara de odio. Necesitabas un amigo, Edward. Y quizás mi padre podría haber hecho algo, quizás él podría haber salvado...
—No, Bella, no.
Él se acercó, buscando la mano que no sostenía una copa de vino, y deslicé la mía en la suya voluntariamente. No era incómodo en absoluto mientras curvaba sus dedos alrededor de mí; por alguna razón, la intimidad que habíamos establecido aún seguía uniéndonos. Haciendo a un lado las previas recriminaciones, aún sentía lástima suficiente por la falta de amigos de Edward Adolescente que mi corazón realmente dolía, y mi fuerte agarre en él lo reflectaba.
—No me encontraba en una posición en ese entonces para admitir que necesitaba ayuda —dijo firmemente—. Y tú no te encontrabas en posición para notar tal cosa, porque era jodidamente horrible contigo. Por favor, no desperdicies tiempo deseando algo así. Yo no lo hago.
Asentí, parpadeé para quitar las lágrimas,
—Lo intentaré. Pero tuve un sueño sobre tu versión adolescente esta mañana, y esos sentimientos han estado conmigo todo el día. Me rompiste el corazón. Te desmoronabas al mismo tiempo que me decías que me fuera al diablo, así como me hubieras dicho en ese entonces, pero no pude. Simplemente no pude.
El pulgar de Edward se deslizaba por el dorso de mi mano de manera tranquilizante, su mirada suave.
—Los sueños son nuestra inconsciente hablándonos sobre nuestras preocupaciones y esperanzas, pero siguen siendo sueños. Me encanta que quisieras estar allí por mí cuando fui un bastardo, pero jamás podría haber sucedido como lo imaginas. Entiendes eso, ¿o no?
Sí, pero mi cerebro racional viaja en una onda diferente a la de mi maldito corazón.
—Me doy cuenta de eso, pero no hace que duela menos. Especialmente sabiendo el monstruo que tu padre es. Quiero estrangular a tu versión adolescente, pero al mismo tiempo, solo quiero abrazarte.
—No me sentía cómodo con que me tocaran en ese entonces —masculló—. Nadie nunca me tocaba excepto para infligir dolor.
Tragando, le di un apretón a su mano.
—Pero te hace bien ahora. Quiero decir, obviamente.
—Me hace bien que me toques —admitió suavemente.
Agaché la cabeza mientras las lágrimas amenazaban de nuevo.
—No sé por qué. He sido tan hostil contigo, y entonces... entonces cuando sí te toqué, te golpeé.
Él dio una sacudida a la mano que sostenía.
—Eso fue diferente. Te incité a que lo hagas. No eres nada como mi padre, Bella. Fui su víctima, pero tú fuiste la mía. Tenías todas las razones para estar molesta conmigo, en cualquier forma que eso tomara.
—Todos esos meses que te mantuve lejos —comenté tristemente—. Si tan solo nos hubiera dado una oportunidad para hablar antes. Lo siento mucho.
Él negó con la cabeza.
—Los arrepentimientos son una pérdida de tiempo. No siempre hay una decisión correcta o incorrecta en cada situación. Tomamos la mejor decisión que podemos con la información que tenemos en el momento. Todo sucedió de la manera que debía —dijo, inclinándose hacia adelante—. Resolvimos las cosas y llegamos a un acuerdo. Estamos aquí ahora, aún hablando. Es un éxito, Bella.
—Cuando lo dices así... está bien. Tiene sentido. Aún así, puede que los arrepentimientos sean una pérdida de tiempo para ti, pero tengo bastante con qué obsesionarme —le dije.
—Tu madre —masculló con una gentil mirada mientras él se reclinaba de nuevo, llevando mi mano a su rodilla—. ¿Sientes que no deberías haberte mudado a Forks para estar con tu padre?
Me encogí de hombros y levanté mi copa de vino a mi boca.
—¿Sabes? Si no te hubieras mudado, no tendrías la relación que tienes con él hoy —me dijo—. No tendrías el trabajo que tienes. Y aún cargarías tu odio por mí.
Bueno, mierda.
—Y no puedo arrepentirme de nada de eso —susurré—. Me encanta la relación que tengo con mi papá. Sin mencionar que no estaría aquí... contigo.
Pedazos de mi vida pasaron por mi mente—sentimientos e imágenes borrosas de mamá y papá, juntos y entonces separados; despidiéndome con lágrimas de mamá en Phoenix; atrapando mi primer pez con papá; Edward y ese horrible día en la cafetería; mudándome de lo de papá para ir a la universidad; la soledad que sentí antes de haber conocido a Rose; el sábado por la noche y toda la emoción que trajo; entonces, desaceleraron hasta llegar al momento en que me encontraba.
No todo era malo. Podría haber perdido a mamá, pero encontré a papá. Y a Rose y a Alice. Y ahora, he encontrado a Edward.
Podía sentir que mi sonrisa era temblorosa mientras hablaba.
—Veo a lo que te refieres. Tampoco me di cuenta lo mucho que mi furia me estaba arrastrando hasta que se fue.
La expresión en sus ojos, como si me adorara, estaba derritiendo mi corazón.
—Es debido a ti que somos amigos ahora, ¿sabes? —le dije.
Él me había ofrecido un trabajo, luego me había buscado, no simplemente porque él había querido que lo perdonara, sino porque él había querido que habláramos de las cosas. Porque él había sabido lo que esa furia le había hecho a Anthony, y quizás, él había querido salvarme de sentir algo similar.
Comprendía todo eso ahora, y me sentía modesta.
—También fue por ti, Bella. No fui el único que habló.
De repente, me sentía cohibida.
—¿Hablar? Te grité y chillé.
—Me hubiera sorprendido si no me hubieras gritado —respondió.
Asentí, y entonces bajé la mirada a nuestras manos, donde descansaban sobre el jean negro que cubría su rodilla. Nuestros dedos estaban enlazados, y por un momento, no podía decir dónde comenzaba él o yo.
—No hiciste nada malo. Dijiste que no habías ido tan lejos con tu propio psiquiatra, lo cual me dice que quizás solo tocaste la superficie de tu dolor. Es por eso que estabas tan molesta. Estoy aliviado de que la liberaras. Aliviado de que estuviera allí para escucharlo.
Y mierda, mis ojos estaban llenos de lágrimas de nuevo.
—¿Cuándo voy a dejar de parar de ponerme sensible sobre esto? —bufé, apartando la mirada con vergüenza.
—Cuando todas tus preguntas sean respondidas —contestó gentilmente—. Puedes preguntarme lo que sea, cuando sea.
Me sorbí la nariz. Me reacomodé en el sofá, pero no solté su mano.
Sí había algo. Algo feo y horrible—y simplemente tenía que saberlo, demonios.
Regresando mi mirada a él, me mordí el labio y lo observé con temor.
Su pulgar se deslizó por el dorso de mi mano, una caricia suave.
—Pregúntame —dijo.
Exhalando temblorosamente, susurré mi pregunta extremadamente rápido.
—¿Ysisiguierasiendogorda?
—Jamás fuiste gorda —contestó de inmediato.
—¿Y si lo siguiera siendo? —solté, porque sabía que era horrible de mi parte preguntar, pero era algo que no podía evitar preguntar—. ¿Aún hubieras querido mi perdón con tanta desesperación?
Avergonzada, no podía mirarlo entonces. Mi peso había sido una gran preocupación durante la secundaria, y él había retorcido el cuchillo en mi pecho sobre eso más de una vez; aún sentía como si le diera asco.
Diablos, ¿y si seguía siendo gorda?
Él tomó mi copa de vino, colocándola con la suya sobre la mesa ratona. Entonces, sus dedos rodearon mi otra mano y me jaló hacia adelante, hasta que sus brazos se encontraban a mi alrededor, y yo descansaba contra su pecho.
—Es una pregunta justa —masculló contra la parte superior de mi cabeza—. Considerando que me reí de tu peso más de una vez. Pero, Bella, jamás fuiste gorda. Quince kilos de más no es ser gorda. Simplemente buscaba cualquier imperfección con la cual lastimarte. ¿Sabes por qué?
Él levantó mi rostro, obligándome a mirarlo. Si no fuera por la gentil calidez en sus ojos, y el recuerdo de estar en este mismo lugar con él hace un día, hubiera sido antagónico.
—Porque estaba fascinado con tus ojos —dijo, suave como un beso—. Son del color del whisky, del ámbar que se encuentra en el duramen, de la luz del fuego por la noche. Oh, solían hacerme pasar un infierno.
Fruncí el ceño, confundida. Si él había estado interesado en mí, entonces ¿por qué había sido tan horrible?
—Estaba fascinado contigo, punto —dijo mientras levantaba un dedo para acariciar mi mejilla. Podía sentir su aliento contra mis labios, se encontraba tan cerca—. No reaccionabas como los demás; contestabas, y esos ojos tuyos se encendían y me herían en el lugar. Dios, incluso veía tus ojos en mis sueños. Solía enfurecerme tanto.
Sus párpados bajaron, sus pestañas rozando el arco eslavo de sus pómulos, pero su boca estaba torcida con dolor.
—Usé tu peso para castigarte por ser hermosa para mí —susurró con un tono cargado de vergüenza—. Por favor, pérdoname.
Jadeé suavemente en sorpresa, y él volvió a abrir los ojos. El verde oscuro en sus ojos estaba lleno de tristeza mientras me miraba, y mi corazón se hinchó y se rompió de nuevo, porque sufría por él... y por mí misma.
¿Él había estado interesado en mí?
—¿Me perdonarías por hacerte dudar de ti de esa manera? —preguntó.
¿Perdonarlo? ¿Por hacerme dudar de mí misma?
Maldito.
Pero él se encontraba cerca, tan jodidamente cerca de nuevo. Robándome todas mis neuronas.
Santo cielo, él era bueno disculpándose.
Sin aliento, solo pude asentir.
Él me estudió de cerca.
—Puedo ver cada expresión que se cruza por tu rostro; sé que eso te confunde y te enfada. Bella, no sabía cómo actuar alrededor de una chica bonita que me interesaba, especialmente una a la que había tratado con tanta crueldad. Pero aún necesitaría y querría tu perdón, sin importar cuánto pesaras. Créeme —masculló, entonces presionó sus labios ligeramente contra mi mejilla—. Créeme —dijo de nuevo, esta vez contra mi oreja.
Estaba perdida en la sensación, dando vueltas, mientras su mano comenzaba a frotar contra mi espalda tranquilizadoramente. Una gran parte de mí quería hundirse en su abrazo y jamás salir.
—Te creo —susurré finalmente—. Bastardo.
Él rio, su mano yendo a mi nuca, sosteniéndome suavemente.
—Sí, fui un bastardo. Un maldito bastardo que no sabía cómo actuar a tu alrededor.
Bueno, él ciertamente lo había descubierto desde entonces, medité distraídamente. Él había estado tratando de dejar las cosas en claro conmigo gentilmente, para decir que estaba arrepentido, y yo casi había perdido la cabeza ante su manipulación astuta y táctil. Tócame, susurra en mi oído, y terminaría derretida.
Él sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Tratando de recuperar la compostura, me enderecé y me aparté. Su agarre se intensificó al principio, pero entonces me soltó. Mi rostro estaba sonrojado, podía sentirlo, pero estaba aliviada de ver que él tenía una pizca de rosa en sus mejillas también. Su pecho lentamente se deshinfló al exhalar.
No era todo unilateral. No era yo la única sintiendo esta atracción casi abrumadora.
—¿Alguna otra pregunta? —preguntó.
Sí. ¿Cómo te volviste tan bueno con las mujeres?
Resoplé y jalé del cuello de mi suéter.
—Honestamente, no creo que pueda tener más respuestas tuyas ahora mismo.
Su sonrisa en respuesta era pícara.
—No quería que mi sinceridad sea malinterpretada.
—Sí. Bueno, deberíamos tener al menos parte de nuestra charla frente a la mesa —contesté—. La sinceridad a menudo no requiere de tocar. Además, no estoy acostumbrada a casi besar a mis viejos enemigos.
—Eso espero —replicó sarcásticamente con una ceja arqueada—. ¿Tienes muchos entonces?
—¿Enemigos? ¡No! Le agrado a las personas —le dije, ofendida—. Excepto por Tanya, supongo. Ella obviamente tiene un interés personal. Me pone nerviosa.
Él se puso de pie, tomando nuestros tragos de la mesa, y lo seguí hacia el comedor.
—El comportamiento de Tanya es únicamente debido a mí y a mis acciones. Sin embargo, Stuart le hará una oferta de trabajo este viernes. Viene con un incremento de sueldo, así que apuesto a que ella aceptará. Su departamento está ubicado en el otro extremo del piso, así que nuestras interacciones deberían ser mínimas en el futuro.
—No me gusta que ella esté siendo recompensada por querer crear problemas para ti, pero espero que tengas razón.
—Es el menor de dos males —contestó.
En la cocina, me tendió un bol de madera con ensalada con pinzas a juego, y entonces me siguió hacia la mesa con una botella de vino y un cesto de pan.
Él había colocado nuestros platos juntos. Con una sonrisa, deslicé un salvamantel con un plato y cubiertos hacia el lado opuesto a él, lejos de la tentación. Quería poder hablar con él con una mente clara. Acababa de decidirme que podíamos ser amigos; algo más que eso era desaconsejable. Él ciertamente lo sabía, a pesar que no parecía importarle.
Edward regresó a la mesa con una cacerola. Viendo lo que yo había hecho, él sacudió la cabeza y me sonrió, y entonces colocó la cacerola sobre una tabla. Porque, por supuesto, él tenía todos los accesorios de cocina.
—Eres un Martha Stewart, ¿o no?
—Me gusta cocinar. Hubiera asistido a la escuela de cocina, pero mi padre lo prohibió, no era lo suficientemente masculino para él, así que opté por Gestión Empresarial.
—Bueno, nunca es muy tarde —le dije, mientras nos acomodábamos en nuestros asientos—. Quizás podrías ir a tiempo parcial ahora.
—He tomado una clase de cocina por aquí y por allí, mayormente para llenar el tiempo, pero he renunciado a la idea de un título. Disfruto de mi trabajo. Mientras tanto, soy feliz de cocinar para personas como tú.
Llené mi bol de ensalada, y entonces le eché un vistazo.
—¿Personas como yo? ¿Hay otras personas para las que cocinas?
¿Quién, además de mí, podía tener él?
—Tengo un amigo de la universidad con el que sigo en contacto, Donny. Él estaba conmigo el sábado por la noche.
—¿Él... sabe de tu pasado?
Edward hizo una mueca.
—No. No le cuento a las personas sobre mi pasado.
Sentí una puntada en mi pecho. Yo tenía razón; él no tenía a nadie con quién hablar sobre Anthony o sus padres.
—Esme y Carlisle lo saben —dijo suavemente mientras llenaba su bol de ensalada—. Esme fue mi terapeuta. Era —enfatizó, viendo mi sorpresa—. Después que nuestras sesiones terminaron, ella y su marido, Carlisle, me acogieron bajos sus alas. Comenzó con una cena por aquí y por allí. Nunca era fácil estar a su alrededor.
Él sonreía mientras vertía aderezo sobre su lechuga.
—Carlisle es un pediatra, y tiene algo sobre él que... invita a la confianza. Llegué a respetarlo y confiar en él, y eventualmente le compartí mi historia. Después de eso, se convirtieron en mis padres no oficiales. Aunque ellos tienen dos hijos adoptados, me llaman su tercero. Ellos, eh, viven en el piso cuarenta aquí.
La expresión en su rostro era una de vergüenza mezclada con gentil felicidad. Mi corazón se derritió.
—Estoy tan contenta —susurré.
—¿Lo estás?
—Edward, estoy aliviada de que tengas a alguien que se siente como familia. Te mereces eso y más. Me encantaría conocerlos en algún momento.
Miró en mi dirección con una expresión satisfecha.
—A ellos les encantaría conocerte también. Les he contado sobre ti, que trabajo con alguien de mi pasado. Es por ellos, por su apoyo, que soy cómo soy contigo hoy.
—Eres cómo eres debido a ti —le dije firmemente—. Puede que ellos haya influenciado tu comportamiento, pero tú haces que suceda.
Intercambiamos sonrisas suaves.
—Gracias —dijo.
Me encogí de hombros.
—¿Sería cursi o inapropiado de mi parte decir que soy cómo soy ahora debido a ti?
—Definitivamente cursi —contestó con una sonrisa dolorida.
—Es algo bueno que tengamos vino entonces.
Lo mantuvimos ligero por el resto de la cena, hablando sobre todo y nada en particular. Haciendo a un lado nuestros pasados similares y dolorosos, estaba sorprendida de aprender que teníamos más en común de lo que había pensado. Ambos nos hacíamos responsables de desempeñar bien nuestros trabajos; ambos disfrutábamos de ejercitarnos y ser saludables; y ambos éramos fanáticos sin remordimientos de Sobreviviente.
—La temporada ocho fue la mejor —discutí—. ¿A quién no le gusta una historia de amor? Y Rob y Amber siguen casados hoy.
—Estuvo arreglado —Edward rio—. Cuando los productores se enteraron de que ese romance estaba formándose, comenzaron a resaltarlo. Rob o Amber ganaban todos los desafíos. Ignoraron al resto de los participantes.
Me enderecé con fingida molestia.
—Rupert ganó un millón de dólares con el voto del público. Él era mayor, tenía barba y sobrepeso, no exactamente una figura romántica, así que no me digas que los productores ignoraban a los demás.
También nos sumíamos en el ocasional silencio incómodo.
—Enamorarse frente a la cámara tiene que ser lo peor —declaró mientras negaba con la cabeza—. Imagina que el público siga todos tus movimientos, y la presión de permanecer juntos.
—Concuerdo. Enamorarse, estar enamorado, debería ser algo privado —dije, encontrándolo difícil de apartar mi mirada de sus ojos; estaba cayendo en su hermosa y persuasiva mirada sin un paracaídas.
Solo amigos, Bella. Detente.
Después de terminar de cenar, lo ayudé a levantar la mesa a pesar de sus protestas. Había suficientes restos de pollo parmesano para dos comidas más. Edward lo guardó en dos platos de cristal con tapas rojas a juego, y entonces dijo que uno era mío.
—Increíble —respondí, porque había estado así de bueno. ¿Y qué si tendría que correr otra hora en la cinta para quemarlo?—. Pero los dos no podíamos llevarlo para el almuerzo mañana, o toda la oficina sabría que pasaba algo.
Él me miró con exasperación.
—Cenar conmigo no está prohibido, Bella.
—Quizás no. —Me encogí de hombros—. Pero me sentiría obvia, así que, ¿podríamos mantener esto en secreto?
Se cruzó de brazos.
—¿Quieres esconder nuestra relación?
Hice lo mismo.
—No quiero promocionarla, no.
—No tengo la costumbre de escabullirme por ahí.
—Yo tampoco. Entonces, no hagamos eso.
—¿Entonces nada de almuerzos? ¿Solo cenas?
—Eh...
—Porque vi que saliste con Ben hoy. —Arqueó sus cejas juguetonamente—. ¿Cómo es eso diferente?
No quiero treparme al regazo de Ben. Y él no es mi jefe.
—No quiero que de repente cambies tu comportamiento a mi alrededor —dije con un suspiro—. Usualmente comes solo en tu escritorio.
—Nadie sostiene una pistola a tu cabeza —dijo arrastrando las palabras, y me di cuenta que lo había lastimado—. No tienes que hacer nada conmigo.
—Pero esa es la cuestión —dije suavemente, y su expresión se relajó—. Quiero hacerlo.
El agarre de Edward alrededor de uno de los contenedores se intensificó mientras nos envolvía un silencio incómodo. Me moví nerviosamente cuando vi sus nudillos volverse blancos.
—¿Quién llevará su pollo parmesano para almorzar mañana? —preguntó—. Así podemos planificarlo acorde.
—Guardaré el mío para la cena —dije—. Creo que es más fácil salir de mi escritorio qué del tuyo. Además, Alice y yo usualmente vamos a Goodwin's los martes.
Él asintió con una sonrisa sarcástica en su rostro.
—Y no queremos cambiar el status quo.
—Es demasiado tarde para eso, creo. Ya he sido vista en tu oficina demasiadas veces para que las personas no lo hayan notado, pero no quiero darles más chismes sobre ello tampoco.
Sus ojos se volvieron distantes mientras pensaba en las implicaciones.
—De acuerdo, veo tu punto. Aunque estoy preparado para refutar cualquier acusación. No tengo que explicar mis acciones a nadie más que Stuart o Collin.
—Bueno, tú no. Yo podría. Alice ya ha preguntado al respecto.
—La próxima vez que lo haga, envíala a mí.
—No debería haber una próxima vez —le dije enfáticamente—. Edward, no quiero ser tratada de forma diferente a los demás en la oficina.
—Si mal no recuerdo, las pocas veces que no estuvo puramente relacionado con el trabajo fue debido a la mala comunicación entre nosotros —dijo—. Pero como nos hablamos ahora, no debería haber más incidentes.
Karaoke y Riley, pensé, haciendo una mueca.
—Cierto —dije—. Entonces, ¿estamos de acuerdo?
—Si necesito hablar contigo sobre algo relacionado al trabajo, puede que aún seas llamada a mi oficina.
—Eso está bien —dije, cruzando mis muñecas a mis espaldas, y entonces me paré sobre los dedos de mis pies—. Mientras que siga relacionado al trabajo.
Él arqueó una ceja y sonrió engreídamente, y entonces me dio una palmadita bajo mi barbilla.
—¿Acaso no fue eso lo que dije?
Le hice una cara, y entonces caminé hacia el fregadero y comencé a enjuagar los platos. Él luchó conmigo al principio, pero fui insistente. Gruñendo de buena manera sobre que era un dolor en el trasero como invitada, él comenzó a apilar los platos que le tendía en el lavavajillas. Pero tenía la sensación que él disfrutaba de tenerme allí a su lado.
—¿Tomas otra copa de vino conmigo? —preguntó luego, su voz baja y ronca. ¿Cómo podía hacer que una simple pregunta sonara tan seductora?
Estaba tan tentada. Pero se estaba haciendo tarde, y desconfiaba de la creciente intimidad... porque ambos caíamos tan fácilmente en ella... así que llamé a un Uber.
Aunque él parecía reticente a soltarme, se puso de pie y salió conmigo, y bajamos juntos en el ascensor. Nuestros ojos se encontraron en la pared de espejos, y fue como si una descarga eléctrica atravesara mi cuerpo.
Aparté la mirada, retorciéndome internamente. Esos ojos penetrantes que tenía...
Se sintió como una eternidad antes de que el ascensor llegara a la planta baja. Caminando cerca detrás de mí, Edward me siguió a través de la puerta giratoria y hacia el pavimento. Mi Uber, un Kia Sportage negro, ya estaba esperando junto al bordillo.
Giramos hacia el otro.
—Tuve una...
—Gracias por...
Sonreímos mientras hablábamos al mismo tiempo que el otro, pero entonces él dio un paso adelante y me jaló hacia un abrazo. Chillé cuando él me levantó del suelo, sus brazos a mi alrededor, manos firmes alrededor de mi cintura mientras mis pechos se estrellaban contra su pecho. Chispas de conciencia recorrían mi cuerpo donde nos tocábamos. Mi maldito corazón se aceleraba al mismo tiempo que cerraba mis manos de forma espasmódica sobre sus hombros, y entonces lentamente lo rodeé con mis brazos.
Él me abrazó firmemente, y por unos segundos dementes pero aún así dichosos, me relajé contra él.
—Solo dulces sueños esta noche —me susurró al oído antes de bajarme de nuevo.
Estaba.
Derretida.
No creía que lo que sentía podía llamarse dulce. Los amigos no se abrazan así, pensé. A juzgar por sus mejillas enrojecidas, él también sabía eso.
Asentí tontamente, y entonces me tambaleé hacia la parte trasera del vehículo y sobre el asiento.
Tomando la puerta del coche, él se inclinó y asomó su cabeza por el espacio abierto, mechas broncíneas cayendo juvenilmente sobre su frente. Una esquina de su boca de levantó, sus ojos verdes oscuros y penetrantes.
—Nos vemos mañana —masculló, y entonces cerró la puerta del coche.
Miré boquiabierta la parte trasera del reposacabezas mientras el coche se apartaba del bordillo.
¿Cómo iba a mantener nuestra relación como solo amigos y compañeros de trabajo si él me afectaba de esta manera?
¿Cómo es que puede resistirse a él? Yo no podría jaja. Ya besenseee
Gracias por leer :)
