Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Capítulo 19
Coloqué el cuchillo sobre la pechuga de pollo cocida en la tabla de cortar, imaginando que Edward se encontraba detrás de mí, sus dedos alrededor de los míos mientras me guiaba. En mi mente, escuchaba su voz de la manera que sonaba esta tarde—baja, seductora, peligrosa.
Para mantener la carne tierna, corta contra la dirección de las fibras más cortas.
Él ni siquiera se encontraba aquí, pero recordar la manera en la que él había hablado hoy había enviado olas de calor por mi espalda. Lo más poderoso que su voz eran esos increíbles ojos que tenía. La intensa, y un poco tensa manera en que me había mirado justo antes de haber salido del comedor—se sentía como si él se hubiera metido en mi pecho. Tal deseo puro. No había sido capaz de respirar profundamente por horas. No había sido capaz de pensar en otra cosa. Nadie me había mirado de esa manera antes.
¿Se daba cuenta que me había mirado de esa forma? ¿Era deliberado? Porque parecía que sí, y si lo hacía, qué el cielo me ayudara, me encontraba en problemas. Grandes problemas.
Gracias a Dios que no lo iba a ver en persona esta noche.
Podía lidiar con una llamada.
Creo.
Sacudiendo los brazos nerviosamente, mejor decidí cortar la carne para mi ensalada. Colocando el pollo en un bol, comencé a despedazarlo.
Ser amiga de Edward no era gran cosa, ¿cierto? Las personas eran amigas de sus jefes. No podía ser la primera. O la única. Excepto que parecía estar convirtiéndose en algo más, y eso era lo que me aterraba.
Había llegado a casa y había echado un vistazo al Manual de Empleados. No había términos sobre una política en contra de la fraternización, pero había una sobre informar inmediatamente a un superior de una relación entre empleados. Con temor, y esperando ver una prohibición a las relaciones entre superiores y subordinados, todo lo que encontré fue que ellos requerían un acuerdo de "relación" que protegía a la compañía, y un reconocimiento de anti acoso sexual.
Lo cual me dejaba jodidamente sorprendida.
Smith & Devaney era una compañía joven. Quizás esa era la razón. Quizás ellos no habían sido mordidos en el trasero con una fraternización que terminó mal. Pero de nuevo, ¿acaso Illinois no estaba designada como un estado de trabajo a voluntad? Eso quería decir que podía ser despedida en cualquier momento por cualquier razón, sin aviso previo. Así que, si las cosas no funcionaban con Edward, estaba segura que sería la persona que perdería.
Un minuto después, cuando la aplicación en mi portátil comenzó a sonar, solté un chillido y dejé caer una zanahoria al suelo.
Estás siendo ridícula, me dije a mí misma mientras recuperaba la zanahoria. Soloes Edward.
Con una respiración profunda, presioné un botón y la pantalla de la portátil cobró vida con su rostro: mechones de cabello broncíneo caían sobre su frente, ojos claros bajo cejas gruesas, y una boca bien formada que estaba curvada en una sonrisa. Para nada amenazante, excepto por lo que la expresión en sus ojos le hacía a mi interior.
Tranquilízate, corazón.
—Hola —exhalé.
—Hola —respondió él suavemente.
Nos observamos al otro silenciosamente por unos momentos, hasta que abruptamente me di cuenta que simplemente estaba de pie allí mirándolo. Sobresaltada, comencé a moverme y ajusté la ubicación de mi portátil, ubicándola al borde de la encimera. Ahora, podía verlo mientras cortaba mis vegetales. Con suerte, no perdería un dedo en el proceso.
—Estás en la cocina —dijo, y podía ver el fondo detrás de él cambiar mientras giraba lentamente, las alacenas de madera de cerezo brillaban—. Supongo que tuvimos la misma idea. ¿Qué estás preparando?
Hice una pausa, encogiéndome por dentro.
—Ensalada de pollo.
Él echó su cabeza hacia atrás carcajeándose, y admiré la columna de su cuello y su manzana de Adán. Era grueso y marcado, y jamás había sido tan consciente del cuello de un hombre antes; era una locura.
—¿Qué hay con los restos del pollo parmesano? —preguntó él, sus ojos aún cargando ese calidez de su risa. Verlo de esa manera me hacía sonreír.
—Decidí guardarlo para el almuerzo de mañana. Es demasiado pesado para comerlo dos noches seguidas —dije.
—¿Y si alguien reconoce que el contenedor es similar al mío? —preguntó, dedicándome una sonrisa engreída—. Será mejor que lo cambies a otro.
Le sonreí en respuesta.
—¿Crees que no lo haré?
Porque planeaba absolutamente hacer eso.
—Entonces, ¿qué hay de ti? ¿Qué estás cocinando?
—Tilapia horneada y cazuela de arroz de coco —contestó.
—Vaya. —Estaba celosa.
En la pantalla, veía como él levantaba una cacerola cubierta con papel aluminio de la encimera. Él tenía puesto una camiseta blanca, y mis ojos de inmediato se dirigieron hacia sus brazos musculosos, y las venas que podía ver justo bajo su piel. Santo cielo, él era fornido. Había sentido la firmeza de su cuerpo, pero ver la evidencia era una cosa completamente diferente.
—Sí, la leche de coco es una manera fácil de darle sabor al arroz —estaba diciendo—. Ya nunca cocino arroz sin ella, de hecho.
—Suena increíble —dije, con la boca hecha agua, por él, no por la comida.
Desapareció de la pantalla por unos segundos cuando se inclinó para meter la cacerola en el horno, y entonces me estaba mirando de nuevo con una sonrisa torcida.
—Te llevaría un poco mañana si no estuvieras determinada a mantener nuestra amistad a escondidas —dijo arrastrando las palabras, y amé el sonido de su tono burlón. Me encantaba cómo me miraba suavemente.
Pero me daba una oportunidad.
—Edward —dije gentilmente, con vacilo, mientras soltaba las últimas zanahorias cortadas en mi bol—. Estoy... nerviosa. Aterrada de adónde vamos, ¿sabes?
Aterrada de cómo me estás mirando. Aterrada de cómo me afecta. Aterrada de que alguien más vaya a ver...
En la pantalla, sus ojos se enfocaron al mismo tiempo que su expresión se suavizó.
—Dime —invitó cálidamente.
Sacudí varias veces el bol en mi mano para mezclar el contenido, y entonces me di la vuelta para colocarlo en el refrigerador. ¿Quién podía comer en un momento como este?
Entonces, mirándolo de nuevo, respiré profundo, tranquilizándome. Sabía que no estaba malinterpretando la situación en la cocina esta tarde, pero era una cosa difícil de mencionar—estaba echando luz sobre una situación complicada que podría convertirse en algo muy doloroso. Para mí.
—Tenemos una historia —comencé—. Fuimos a la secundaria juntos. Nos odiábamos. Cuando comencé este trabajo, no estaba segura de por cuánto tiempo iba a lograrlo. Estaba tan molesta contigo, y sé que afectó nuestra relación de trabajo.
Él estaba inclinado, apoyándose casualmente contra una de sus encimeras de granito, su rostro llenando toda la pantalla. En ese momento, sus penetrantes ojos eran enternecedores mientras me observaban.
—Lo cual intenté atenuar todo lo posible —contestó—. Creo que lo logré, ¿tú no?
Recordando nuestra charla siguiendo el altercado con Riley, tenía que estar de acuerdo.
—Sí, pero...
—Tanto Colin como Stuart saben de nuestro pasado —interrumpió suavemente.
Palidecí. ¿Lo hacían?
Él se apresuró a tranquilizarme.
—Ellos no saben los detalles, solo las líneas generales, y solo porque podría afectar nuestra relación de trabajo. La cual estaba determinado a que triunfara, Bella, de una manera u otra. Te lo debía, y estaba preparado para ser lo que necesitabas que fuera, incluso dar un paso atrás, para que tú tengas éxito.
Parpadeé.
—Pero no eras un jefe ausente —le corregí con confusión—. Porque quería que lo fueras.
Él se paró y el escenario detrás de él cambió mientras caminaba por su apartamento. Vi la parte superior de sus ventanas, el cielo azul por detrás, y los edificios en la distancia. Eventualmente, llegó a su sofá y se reclinó cómodamente en este, cruzando los brazos detrás de su cabeza. Desde mi punto de vista, podía ver que había ubicado el portátil en la parte baja de su vientre.
—Fui mucho menos activo contigo que con los demás —contestó, su tono serio—. Por ejemplo, no tuve una reunión contigo para asegurarme de que comprendieras el mercado de Luxe o las tendencias de sus clientes. No discutimos tu estrategia o el presupuesto, y no supervisé tus materiales de mercadotecnia.
—Pero Alice lo hizo —le recordé.
—Sí, y entonces hice que me lo compartiera todo. Eso es algo que Colin no sabe, por cierto. Él no aprobaría que diera un paso atrás, considerando mi rol. Soy responsable de todo el aspecto de cualquier campaña, se espera que dirija mi Equipo de Gerentes desde su estrategia inicial hasta su implementación final. No solo contigo, sino con el cliente también.
—Oh —dije débilmente, cayendo en cuenta que él me había dado espacio después de todo. Cuando se reducía a ello, me sentía un poco culpable por ser tan difícil. Pero entonces, no le había pedido que hiciera algo especial.
No, simplemente lo había esperado, me di cuenta con vergüenza. Le había dicho que deberíamos comportarnos como extraños.
—Tengo suerte que tú y Alice sean tan buenas, o no hubiera sido capaz de hacerlo —añadió—. Fue jodidamente difícil, considerando lo activo que usualmente soy. No fui ascendido a esta posición por mantenerme en el fondo.
—Gracias —dije—. Gracias por hacer una excepción, por arriesgar tu posición, por mí. Pero ya no tienes que hacerlo.
—¿No? —preguntó, y lo miré inquisitivamente.
—Tú mencionaste el tema ya —dijo gentilmente, y la expresión en sus ojos hacía que mis corazón hiciera locuras—. ¿Tienes miedo de adónde vamos?
Oh, sí. Eso. Porque él me estaba dando imprudentes miradas de pasión en la cocina. Y aunque me había aterrado y emocionado al mismo tiempo, alguien tenía que ser la voz de la razón. No podíamos simplemente ir por allí mirándonos como tontos.
—¿Tú no? —pregunté.
—Sí y no —contestó de inmediato, y entonces continuó con una expresión adolorida en el rostro—. Sí, porque parte de mí se pregunta si siquiera tengo el derecho a sentirme así por ti. ¿Lo hago, Bella? —preguntó enfáticamente, casi susurrando cuando llegó a mi nombre.
Mi corazón estaba martillando en mi pecho ante su pregunta, ante la expresión abierta en sus ojos. Abrumada por el poder que me estaba dando, pasaron unos segundos antes de que pudiera hablar, antes que pudiera atravesar la repentina emoción vulnerable que vi en su rostro.
—Sí —susurré sobre el nudo en mi garganta. "Sí. Una semana atrás, hubiera respondido de manera diferente, pero todo... todo cambió el sábado por la noche." La intimidad que había sentido con él aún me estremecía por completo, y aún me tenía ansiando más—. No eres quién creí que eras, Edward. Eres mucho más. Ciertamente más que los errores que cometiste conmigo en el pasado.
Era otro hito para mí admitir, y quizás, mientras su pecho se desinflaba, otro para él escuchar. Cuando vi sus ojos cerrarse y que necesitó un instante para recuperarse, fue mi turno de consolarlo.
—Estoy allí contigo. Fascinada de lo fácil que simplemente podríamos caer... pero solo está sucediendo tan rápido, y aún intento comprenderlo todo —le dije, mientras sus ojos se encontraban con los míos. Qué extraño y maravilloso era que solo una mirada de él pudiera robarme el aliento, o tranquilizarme.
—Es un poco diferente para mí —dijo con un tono ronco, luciendo adolorido de nuevo—. Estos sentimientos han estado formándose por un tiempo. Casi siento como si me he estado conteniendo.
—Lo siento —susurré, mis dedos rozando el borde de la pantalla de la computadora. Deseaba que él estuviera aquí así podía tocarlo. Parecía que a él le vendría bien un abrazo.
—No lo sientas. Es suficiente tenerte aquí ahora.
Nos observamos en silencio, y dejo que lo que fuera que estaba sintiendo simplemente me envuelva. Todo lo que podía sentir y pensar era Edward, Edward, Edward. La manera en que él me había abrazado, el sonido de su voz contra mi sien, la manera en que me estaba mirando ahora.
Finalmente, carraspeé.
—¿Dijiste que tampoco estabas nervioso de adónde podríamos ir?
¿Cómo podría no estarlo?
—Así es —dijo—. Y aquí, estoy operando con información que tú no tienes aún. Stuart solía salir con una de sus gerentes de cuenta senior. Ella es su esposa ahora. Debido a su relación exitosa, Smith & Devaney toleran las relaciones de trabajo.
Me llevó un minuto procesarlo. ¿Stuart Devaney, el bullicioso y sociable, y a veces fácil de enojarse, lo cual nunca se molestaba por esconder, había tenido una relación con una subordinada? ¿Y se casó con ella?
—Aunque estamos obligados a anunciar una relación a un superior, y firmar un acuerdo que proteja la compañía —continuó Edward—. Cierto, Olivia ya no trabaja para la compañía. Pero ella y Stuart trabajaron juntos por más de un año mientras salían. Ellos se trataron con profesionalidad. Nadie podía notar que estaban en una relación romántica mientras se encontraban en el trabajo.
—Ella... ¿renunció? —pregunté débilmente.
—Ella se convirtió en una madre de tiempo completo —respondió Edward—. No sé si ella hubiera regresado a la compañía. Probablemente no, si tuviera que suponer.
Su expresión era abierta, casi vulnerable, invitándome a decir o preguntar lo que fuera que necesitaba.
Me sentía débil repentinamente, y me daba cuenta que seguía parada en mi cocina. Necesitaba sentarme. Tomando el portátil, me moví hacia mi propio sofá, copiando su posición mientras me reclinaba en él. Acomodé la computadora sobre mi estómago, tratando de pensar las palabras que necesitaba decir.
—No quiero perderte a ti, Edward. Esta amistad. Acabamos... de encontrarnos. ¿No seguimos conociéndonos? —susurré, sintiéndome frágil ante la idea de no estar cerca de él de nuevo, de no poder hablar así, solo porque apresuramos las cosas.
—Así es —masculló, y entonces suspiró—. Pero después de todo este tiempo y esfuerzo que dediqué tratando de acercarme a ti, no voy a perderte ahora. Solo tengo a algunas personas en mi vida que saben tanto sobre mí como tú. Y después de perder a Anthony, no voy a perderte a ti.
Mi corazón se aceleró ante el calor de su voz y la intensidad en sus ojos. Todo el dolor y la angustia que habíamos compartido estaba escrito en su rostro, así como la esperanza de algo más.
—También me doy cuenta que estoy unos pasos adelante de ti —masculló, bajo y brusco—. Pero como te conté anoche, siempre he estado interesado en ti. Me gustas. Quiero estar contigo. Después de tener una puerta cerrada con llave en frente, siento que finalmente he tenido acceso a la tienda de dulces. A ti.
Mi pecho jadeó cuando exhalé.
—Demasiados dulces te harán sentir mal —le advertí sin aliento.
La sonrisa pícara estaba de vuelta.
—Me controlaré. Comenzaré con los besos Hershey's. Los bombones de coco los dejaré para el final.
—Oh, por Dios —dije ahogadamente con una risita.
—Sé lo que quiero —contestó simplemente.
Y te quiero a ti, era la evidente implicación.
Nos estudiamos en silencio, y podía ver que él estaba esperando más de mí. Que sabía que yo tenía más para decir. Cuando sus ojos bajaron a mi boca, me di cuenta que estaba mordiéndome el labio.
—Yo... no estoy allí aún —admití con vacilo. Bueno, mi cuerpo lo estaba. Mi corazón aún tenía miedo y no estaba seguro.
Había algo parecido a un beso en el calor de su mirada.
—Lo sé.
—Y... creo que eres demasiado abierto conmigo en la oficina. Demasiado amigable.
Su sonrisa lentamente se disolvió en un ceño fruncido preocupado.
—Yo... De acuerdo. Tienes razón —dijo con un pesado suspiro, sonando inseguro por primera vez—. Puedo explicarlo diciendo que aún no estoy acostumbrado a tener acceso a ti afuera de la oficina, pero eso es solo una excusa. Aunque tengo cuidado de quién se encuentra cerca cuando interactúo contigo. Ese... evidente capricho de Jessica conmigo quiere decir que ella no es exactamente una fuente confiable de información. Si tuviera que hacerlo, probablemente sería fácil desacreditarla. Podría parecer que he perdido la cabeza, pero te aseguro que no es así. No quiero darle a nadie una razón para chismear sobre nosotros.
—Pero es justo eso. Ya lo hacen. Y como sí hay algo entre nosotros, no hay nada que desacreditar —insistí—. ¿No notaste la manera en que Jessica nos observaba? Incluso Alice se pregunta qué pasa conmigo últimamente.
Él me observó pensativamente.
—Quizás si llegamos a cierto punto, podemos reconocer nuestra relación abiertamente para ayudar a reducir parte de la especulación. Aunque en una compañía del tamaño de la que trabajamos, no se puede evitar que hablen. La mayoría son conjeturas infundadas.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Cómo tú y Tanya?
Cerró los ojos brevemente.
—Cierto —dijo arrastrando la palabra—. Me pillas allí. Estaba borracho esa noche, y cometí un error por el cual aún sigo pagando.
Me sentí retorcer. Sentía picazón debajo de mi piel. A pesar de su inteligencia, Edward tenía un historial de cometer decisiones cuestionables: contratarme mientras seguía siendo una enemiga, ser demasiado amigable conmigo abiertamente en un número de ocasiones, y ser demasiado amigable con una subordinada durante una fiesta de empleados.
—¿Qué tan, eh, lejos llegó?
Él me miró de manera penetrante.
—Besos y caricias sobre la ropa.
Por tan feo que fue imaginarlo, el alivio que sentí de que solo haya llegado así de lejos era inmesurable.
—Fue increíblemente estúpido de mi parte, uno de los errores más grandes que he cometido. Afortunadamente, tenía los medios para acudir directamente a Recursos Humanos. Casi me atraganté con las repercusiones de la decepción de Colin. Todo esto es para decir que no estoy entrando a esto contigo a la ligera, Bella.
Asentí de manera distraída, aún luchando contra las desagradables imágenes de Edward y Tanya en mi cabeza. Besos ebrios y apasionados podrían llevar a caricias descuidadas por todo el cuerpo... lo que quería decir que ella ya lo conocía de una manera que yo no lo hacía. Cielos, ella incluso podría conocer la forma de su polla.
Detente, me dije a mí misma. Lo conoces de una manera que ella nunca lo hará.
Parpadeé, regresando al momento para ver que sus ojos eran suavemente apologéticos. Pero pensar en sus interacciones tensas y frías ahora traía a mi mente lo fea que las cosas podrían volverse. Sin mencionar, todos parecían saber sobre su desacertado ligue, y demonios si quería que se hablara de mí de esa manera.
Cerré los ojos mientras decía lo que necesitaba decir rápidamente.
—Voy a terminar como un romance de oficina que terminó mal si las cosas no funcionan entre nosotros. Ya sé que seré la que tenga que sacrificar, y no quiero perder mi trabajo.
Cuando había comenzado en Smith & Devaney, lo había hecho con una sensación de fatalismo. Jamás iba a tener una larga duración, porque ¿cómo algo con Edward podría funcionar? Pero ahora, el trabajo me importaba. Me importaba mucho.
Pero también Edward. Me asombraba lo mucho que él había llegado a importar en un pequeño tiempo. Los últimos seis meses interactuando con él debieron haber estado trabajando mi psiquis en el fondo, ablandando mis emociones y sentimientos por él, porque la noche de nuestro enfrentamiento era mucho más que solo una discusión sobre nuestros dolorosos pasados. Era un comienzo, ¿pero de qué exactamente?
—Nunca dejaría que pase eso, Bella. Nunca —enfatizó con una mirada intensa, y mi corazón se aceleró en respuesta—. Pero, ¿vas a destruirnos antes de siquiera haber comenzado?
Desconcertada, sacudí la cabeza.
—Tú... estás tan seguro de ti mismo, de que esto va a funcionar, que no has dejado lugar para el fracaso —susurró.
—Siempre opero con el éxito en mente.
—No soy una campaña o una estrategia para ser negociada —le dije—. Soy una persona.
—Eres mi persona —contestó firmemente con una expresión seria en su rostro—. No veo que eso vaya a cambiar.
Él me robó el aliento. Y su resuelta seguridad era casi suficiente para apaciguarme.
—Pero, ¿y si no lo hace, Edward? —presioné—. ¿Y si lo peor sucede? ¿Voy a perder mi trabajo? ¿Perderte a ti?
Él abandonó su posición y se sentó, su expresión pasando de firme a considerada.
—Bella, lidiaremos con ello como hemos estado teniendo esta discusión ahora. Lo hablaremos juntos. Tomaremos las decisiones al mismo tiempo juntos. Si todo sale mal, no te lanzaría a los lobos más de lo que tú lo harías conmigo. Y si uno de nosotros tiene que sacrificar, lo decidiremos juntos —dijo con un tono tranquilo y seguro—. Pero no veo que eso suceda. Eres mi indicada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —susurré.
Observé las puntas de sus dedos rozar la pantalla, como si estuviera tocando mi rostro.
—¿Cómo tú puedes no estarlo? —preguntó, y sentí un fuerte pinchazo en mi pecho. Abrí la boca para decir algo, pero él continuó con un pesado suspiro—. No estás allí aún, lo entiendo. Pero es lo que yo siento. Cuando te miro, veo la manera en que tus ojos lucían después de que compartiera mi peor secreto. Era como si estuvieras quitando todo el dolor a besos sin siquiera tocarme. Eso no es algo que alguna vez vaya a olvidar.
Inhalé temblorosamente, parpadeando para quitar las lágrimas en mis ojos. Tenía razones para estar genuinamente preocupada, pero su certeza era cautivadora. Sus palabras, el tranquilo sonido de su voz, sus ojos increíblemente expresivos... diablos, mi alma estaba asomándose de su escondite.
—Eres Peggy Carter y yo Steve Rogers —dijo con una sonrisa enorme—. Él la amó por más de once años antes de viajar al pasado para estar con ella.
Me reí de manera dolorosa, porque alrededor de once años atrás habíamos estado en la secundaria.
—Estoy segura que no has estado añorándome durante todos estos años —resoplé.
—No, pero nunca te olvidé. Jamás olvidé esos ojos —masculló—. O tu insolencia.
Por alguna razón, no podía dejar de sonreír. Aunque no estaba cien por ciento satisfecha con su dispute de mis preocupaciones, me encontraba un poco apaciguada por sus respuestas. Parecía haber un plan. Aunque ninguno podía garantizar que no fracasaríamos, cada palabra y mirada que él me daba parecía solidificar cómo él se sentía, y había consuelo en eso.
Edward respiró profundo, repentinamente serio.
—Jamás te lastimaré deliberadamente, Bella. Si no crees algo más, puedes creer eso.
Me perdí a mí misma en su mirada, sintiendo como si estuviera cayendo y cayendo.
Respira, Bella, respira.
—No es que no crea en ti —logré decir—. Supongo que soy un poco pesimista.
—No lo eres —dijo, sacudiendo la cabeza—. Eres más realista. Eres honesta y directa. Solo saltarás a esto después de que te hayas asegurado de que hay beneficios comprobables que sobrepasen los riesgos.
—Vaya. —Me estaba riendo de nuevo—. Haces que suene calculadora, como si me encontrara a los costados, retorciendo mi bigote como una villana.
—Quizás, pero te acepto de esa manera, con bigote y todo.
—Entonces... en el trabajo... ¿tendrás más cuidado a mi alrededor? —pregunté, con vacilo, porque no quería ofenderlo; él estaba tan seguro de que había sido cuidadoso—. ¿No más coqueteos? Temo que alguien nos vea, Edward. Por favor.
Su boca se curvó hacia arriba con una sonrisa apologética.
—Lo voy a moderar. Tener esta charla contigo ha ayudado a calmar parte de lo que he estado sintiendo. Al menos, estoy adentro de la tienda de dulces ahora.
—Deja en paz a los bombones de coco —advertí.
Después de una pausa impactada, soltó una risita.
—Estaré demasiado ocupado metiendo mis dedos en los Niggly Wigglys.
—¿Los qué?
—Esa pequeña cola que sobresale de un beso Hershey —dijo, y ambos estallamos en carcajadas. Una vez que nuestras risas disminuyeron, estábamos observándonos en silencio de nuevo. Era como si hubiera un campo magnético atrayendo mis ojos a los suyos, y no podía apartar la mirada. No quería apartar la mirada.
—Tienes una sonrisa preciosa —me dijo con voz entrecortada.
La expresión en su rostro me hacía querer lamerme los labios.
—Nadie nunca ha admirado mi sonrisa antes —le dije.
—Lo han hecho —contestó de inmediato—. Confía en mí.
Su cronómetro comenzó a sonar entonces, y él me llevó con él de vuelta a su cocina. Mientras comíamos, él se burló de por qué estaba comiendo pollo. Por impulso, googleé pescado, contándole con una carcajada que tenía incluso más triptófano que el pollo. Decidimos que sería cuestión de cincuenta-cincuenta quién iba a estar más sexualmente frustrado, y se nos ocurrieron soluciones interesantes, como hacer el niggly wiggly contra las partes más húmedas nuestras, lo cual me tuvo riendo y sonrojándome como una virgen.
Antes de darme cuenta, las horas habían pasado.
—¿Quieres que pasemos el sábado juntos? —preguntó—. Jamás he ido al acuario Shedd. ¿Y tú?
No lo había hecho. Y sí, a pesar que parte de mí temía cómo reaccionaría a su alrededor, alrededor de todo ese carisma, quería pasar el día con él.
—No puedo esperar a verte mañana —dijo justo antes de terminar la llamada, y su voz era ronca, baja y sexy—. Sé que te estoy viendo ahora, pero Isabella Swan en tres D es incluso mejor.
—Estás loco —susurré, mi corazón martillando.
Pero él ya no se contenía más. No con sus palabras, gestos, o la expresión sensual en sus ojos.
—Loco por ti —susurró en respuesta.
