Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.


Capítulo 20

El resto de la semana fue un sorpresivo ejercicio de vergüenza.

Completamente consciente ahora del interés de Edward, solo parecía alimentar las llamas del mío. No era como si no hubiera estado consciente de él antes, pero mi radar era más poderoso que nunca. Era jodidamente inconveniente. Ni siquiera podía pararme para ir a hacer pis sin saber exactamente dónde él se encontraba y qué estaba haciendo. Si él se encontraba en una fila vecina hablando con Seth, o si estaba parado en la oficina de Colin, o si casualmente miraba en mi dirección, lo sentía. Y no importaba lo mucho que intentaba cada vez que tenía que salir de mi escritorio, no podía mantener mis ojos lejos de su oficina. Cada vez, él parecía igual de consciente de mí también.

No sabía cómo era para él, pero si Edward se hallaba a seis metros de distancia, las mariposas invadían mi estómago y mi cerebro entraba en cortocircuito. Todo el vello en mi cuerpo se erizaba mientras que mi corazón se aceleraba, mi mirada saliendo disparada a él. A menudo, a su boca. Mi sentido común había sido reemplazado por una sensación incómoda de percepción a su alrededor.

La primera vez que sucedió fue durante la reunión de estrategia imprevista del miércoles, cuando intenté mantenerme ocupada tomando notas para evitar mirar a Edward. Pero eso solo funcionaba siempre y cuando alguien estuviera hablando. Antes de darme cuenta de lo que sucedía, estaba observando el nudo de su corbata, y entonces más alto. Su mandíbula estaba cubierta con barba incipiente, haciéndome preguntar cómo se sentiría contra las puntas de mis dedos.

Cuando él hablaba, Edward usaba sus manos, como lo estaba haciendo entonces. Las manos de un hombre eran una de mis debilidades, y ver cómo él usaba las suyas —notando lo masculinos y largos que eran sus dedos, que él usaba un reloj de pulsera gruesa en su muñeca, que su pulgar se curvaba ligeramente— no había escuchado cuando alguien me había hecho una pregunta. Afortunadamente, con su boca curvándose hacia arriba en una sonrisa pícara, Edward mismo me cubrió. Con un ligero sonrojo en sus mejillas, él había estado visiblemente entretenido.

Yo había estado terriblemente avergonzada y molesta conmigo misma. Al menos, no había estado mordiendo un bolígrafo mientras lo observaba con inocente adoración.

Otro momento en el que me perdí por completo fue en el viaje en ascensor el viernes por la mañana. Edward llegaba tarde ese día, y se me había aparecido de la nada, así como una vez lo había hecho. Pero Alice también me había estado esperando... y entonces Tanya también había llegado. Las dos habían estado sorprendidas de ver a Edward, y le dieron mucha importancia. Yo no había sido capaz de decir algo—o hacer mucho más que evitar derretirme o explotar por lo sexy que él lucía con su abrigo negro largo y corbata.

Especialmente cuando él logró conseguir un lugar justo detrás de mí en el ascensor. Por supuesto, Tanya había estado parada a mi lado, pero Edward había sido cuidadoso, solo tocándome en la espalda cuando el ascensor se detuvo. Apenas pude sentir la caricia —fue ligera y sobre el grosor de mi abrigo de invierno— pero aún así, lo sentí en todas partes.

—¿Vienes? —Alice me había preguntado con confusión, haciéndome dar cuenta que me encontraba quieta en mi lugar.

Me sentía como si estuviera perdiendo el control.

Hablamos por Skype de nuevo el miércoles y el jueves, siguiendo conociéndonos mejor. Hablamos un poco de relaciones pasadas —él había tenido dos, yo solo había tenido una— y compartimos algunos de los rasgos ideales que buscábamos en una pareja. Un buen oyente era lo principal para los dos, así como la honestidad. Él quería alguien a quien poder cocinarle los domingos por la mañana, y yo quería alguien que me sacara a bailar un sábado por la noche. A él le gustaba Louis Armstrong y Dizzy Gillespie, y a mí me gustaba The Beatles y Fleetwood Mac. Él podía tocar el piano, y yo podía jugar al ráquetbol.

A él le gustaba tener la ocasional charla seria con Carlisle, y le conté cómo era interesante que él cambió cambiar sus confesiones de Esme a Carlisle. Él dijo que era porque quería que Carlisle lo conociera tan bien como Esme lo hacía, y me derretí. Le conté que usualmente tenía mis conversaciones serias con mi papá mientras pescábamos en el río Sol Duc en Washington. Edward jamás había ido a pescar, pero creía que le gustaría intentarlo.

Pero no creía que podría volver a Forks, ni siquiera quizás algún día. Sus padres aún vivían allí, a las afueras del pueblo, y este aún tenía muchos recuerdos para él. No quería tener nada que ver con sus padres; no quería correr el riesgo de cruzarse con uno de ellos, o quien fuera que pudiera conocerlo; y ciertamente no quería el dinero sobre el que había crecido escuchando de su padre. Y comprendía todas sus razones, pero era el único tema doloroso en nuestras conversaciones porque no creía que mi papá alguna vez vendría a Chicago. Aunque nuestra relación seguía siendo muy fresca, la idea de que papá y Edward nunca se conocieran cara a cara dolía.

Habían pausas en nuestras conversaciones cuando simplemente nos quedábamos mirando al otro, como si ninguno pudiera creer que realmente estábamos hablando con el otro. O, como si pudiéramos sentir lo que sentíamos. Al menos, ese era el caso para mí. Si alguien me hubiera dicho diez años atrás que estaría pensando en tener sexo con Edward Cullen, le hubiera dado un puñetazo a esa persona. Simplemente no parecía posible a veces.

Mientras que sus ojos y su voz aún provocaba cosas locas a mi frecuencia cardíaca, ver a Edward a través de una pantalla era más fácil para mis sentidos. Esperaba que su poder sobre mí se mitigara al llegar el sábado. ¿Cómo iba a reaccionar a su alrededor cuando fuéramos solo nosotros dos, cuando no tuviera que ser consciente de dónde nos encontrábamos o quién estaba mirando?

Mi ansiosa curiosidad también me acompañaba en mis sueños, donde era libre y abierta con él, o huía lejos de él con temor. No era exactamente prometedor para mi estado mental.

El viernes, cada uno teníamos nuestros propios planes. Yo tenía una cena con Rose, y él iría a ver a los Blackhawks con su amigo de la universidad, Donny, y unos amigos de Donny. Pero aunque no vería a Edward el viernes, hablaba sobre él.

Me confesé con Rose. Fue catártico compartir que estaba interesada en Edward. También era una llamada de atención, porque finalmente lo estaba admitiendo en voz alta.

—¿El chico que te atormentó en la secundaria? ¿El que te hizo llorar? ¿Ese Edward Cullen? Quiero decir, sé que es sexy, pero Bella.

—Él es muy diferente al chico que solía ser, Rose. Tuvimos una larga discusión sobre todo. Él me contó su pasado, y le perdoné. ¿El sábado por la noche cuando me fui? Fue con él.

Ella estaba asombrada. Pero también alegre, como si simplemente no pudiera creerlo.

—Es un poco rápido, ¿o no? Pero luces feliz —me dijo.

Y lo estaba. En ese momento, cuando cualquier cosa era posible, me sentía realmente feliz.

Pero ella me recomendó que tuviera cuidado, mayormente porque estábamos yendo muy rápido, y eso me preocupaba porque alimentaba mis propios miedos y dudas. Intenté contrarestarlos recordándome que lo que Edward y yo teníamos —nuestro tipo de amistad, cómo nació— simplemente no pasaba todos los días. Mayormente debido a todo lo que habíamos vivido, habíamos aprendido a comunicarnos abiertamente con el otro. No garantizaba que tendríamos éxito, pero ciertamente incrementaba las posibilidades si decidía dar el siguiente paso.

Fue con esa actitud que me encontré con Edward en el acuario Shedd el sábado. Ni bien mi Uber se detuvo en la zona de recogida y dejada, lo vi parado cerca de la entrada. Bajo los rayos dorados de un descolorido amanecer de otoño, su cabello broncíneo brillaba casi de un color cobre. Él era una figura atractiva e imponente con una chaqueta cazadora negra. Vi más de una persona mirando en su dirección mientras pasaban por su lado.

Como su mirada estaba centrada en los coches que dejaban a los pasajeros, él me divisó al instante que pisé el pavimento. Incluso a tres metros de distancia, sentía la poderosa energía de sus ojos. Con una suave sonrisa, caminó hacia mí rápidamente, encontrándome antes de que hubiera llegado siquiera a la mitad del jardín de la entrada. Y entonces sus brazos se encontraban dentro de mi chaqueta abierta y alrededor de mi espalda. Me jaló hacia su cuerpo, y mi nariz encontró el cálido hueco de su cuello.

—Ojos de Tigre —creí escucharlo mascullar contra la parte superior de mi cabeza.

Me abrí camino por su chaqueta abierta también, mis manos encontrando su agarre alrededor de su cintura, mis dedos aferrando la tela de su camisa. A Edward le gustaba abrazar. Mucho, y era inesperadamente maravilloso ser abrazada de esta manera, como si fuera apreciada. Él me había abrazado fuerte antes, pero se sentía diferente esta vez. Yo me sentía diferente, mientras registraba cada lugar en mi cuerpo que lo tocaba, mi cabeza flotando ante su proximidad.

Finalmente, me retiré, pero él no me soltó, no del todo. Me permitió apartar el torso, pero mantuvo un firme agarre de mi cintura baja, lo cual me hizo echarle un vistazo. Su cabeza estaba inclinada hacia adelante, su rostro cerca, y mientras se acercaba aún más, creí que iba a besarme. En cambio, sus labios tocaron mi frente, y no pude evitar estremecerme.

Diablos, sentí eso.

Podía sentir que él estaba sonriendo, podía sentir su boca curvarse. Cerré mis puños donde descansaban contra su pecho, y entonces lo golpeé suavemente.

Soltando unas risitas, él se apartó, dando un paso atrás.

—Extrañé tocarte —dijo, esbozando una sonrisa irónica, sus ojos pesados—. Toda esta semana solo pude mirar, pero no tocar. Fue difícil comportarse.

Puse los ojos en blanco, deseando que mi rostro no estuviera sonrojado.

—Mientras que sigas comportándote, puedes abrazarme cuando quieras.

Él me regaló una sonrisa enorme, la que siempre me dejaba anonadada.

—Me gusta cómo suena eso.

Llevé mi mirada a un lado y vi a una familia de tres mirando en nuestra dirección mientras pasaban por nuestro lado. Bueno, el padre y el niño estaban mirándome a —la mujer estaba observando fijamente a Edward, y casi se topó con el hombre cuando él esquivó el pequeño jardín.

—¿Ojos de Tigre? —pregunté, cambiando mi postura, queriendo retroceder, pero también queriendo acercarme.

Él levantó una mano como si fuera a tocarme, pero entonces la dejó caer.

—¿Recuerdas cómo siempre he estado fascinado con tus ojos? Bueno, te he estado llamando Ojos de Tigre en mi cabeza.

Mi corazón estalló.

¿Él me había dado un apodo?

—Solía llamarte Maldito en la mía.

Él hizo una mueca.

—Con suerte, eso ha quedado atrás.

—Solo te llamo Edward ahora —dije—. Diría que es una actualización.

—Sí. —Sonrió—. Mejor.

Bienvenido el concurso de miradas, el cual él ganó ya que mis ojos se desviaron hacia el edificio detrás de él. Si su belleza no era suficiente para matarme, la suave expresión con la que me miraba definitivamente lo era.

—Vamos a conocer a Wellington —dijo, y me ofreció su brazo.

—¿Wellington? —reí.

—Él es el pingüino más longevo de Shedd. Leí sobre él antes de venir.

—Por supuesto que lo hiciste.

Wellington, y el resto de su familia pingüino, estaban ubicados en el segundo subsuelo, así que decidimos comenzar nuestro recorrido allí. Ni siquiera íbamos por la mitad de las escaleras cuando escuchamos lo que parecía ser el roznido de burros, el graznido nasal de los gansos, y pitidos, de todas las cosas.

La sala con baja iluminación en la que entramos era un semi círculo oscuro con aguas azules detrás de las ventanas de observación, dándole una sensación oceánica y sombría. Casi parecía algo de otro mundo. También noté un ligero olor a pescado en el aire, y escuché el distante zumbido de motores cuando el ruido de las personas y los pájaros brevemente disminuían.

Un pequeño grupo de personas se encontraban paradas frente a las ventanas más grandes, las cuales daban hacia una enorme roca en el agua. Habían algunos pingüinos parados allí, sus picos apuntando al cielo mientras soltaban sus graznidos. Otro pingüino caminaba hacia ellos lánguidamente, como si fuera un niño reticente siendo llamado por sus padres. Una forma ovalada blanca con un cuello extendido pasó por la ventana, sus pies presionados entre sí y moviéndose como una aleta de pez, y me di cuenta que era uno de los pingüinos. Fue seguido por un delfín, el cual saltó fuera del agua juguetonamente entre varios chillidos de emoción de la audiencia, antes de seguir nadando.

Me quedé sin aliento cuando Edward tomó mi mano, y entonces enlazó sus dedos entre los míos. La piel de mi brazo se erizó cuando él presionó nuestras palmas entre sí.

—¿Esto está bien? —preguntó.

Más que bien.

—Sí —contesté, y le di un apretón a su mano.

Cuando fue nuestro turno para pararnos frente al cristal, Edward se ubicó detrás de mí de manera protectora. Él se encontraba tan cerca que si hubiera reclinado mi cabeza incluso un par de milímetros, hubiera estado acurrucada contra su pecho y vientre. Él tenía la mitad de mi atención, la otra mitad la tenía los pingüinos, los gansos y otras aves, los cuales hacían todo lo posible para llamar mi atención.

—Allí está Wellington. —La boca de Edward se encontraba junto a mi oído, su brazo extendido sobre mi hombro mientras señalaba. Su chaqueta de cuero chirrió suavemente y rozó mi espalda—. ¿Ese pequeño pingüino con las cejas amarillas? Cumplirá treinta y cinco años este diciembre.

Un poco deslumbrada, miré donde indicó y encontré un pequeño pájaro con aletas a sus costados. Se encontraba en una cornisa cerca de la cima de la roca, en silencio, su pico torcido ligeramente inclinado hacia arriba, al parecer inspeccionando su dominio de aves acuáticas con una mirada crítica. Edward compartió un poco más sobre él, maravillándome con su conocimiento, y fascinándome con el sonido de su voz. Entonces, con un tono autocrítico, admitió que uno de los hijos de Wellington se llamaba Edward.

—Bueno, su padre es un Wellington, así que no podían exactamente nombrarlo Tom o Flipper —bromeé, mi pecho cálido y liviano. Estar aquí con Edward me hacía sentir así, al parecer reemplazaba mis temores, pero no quería examinar los sentimientos muy de cerca. Para variar, simplemente quería ser.

—Pero no puedo creer que lo hayan nombrado Edward —masculló con una sonrisa dolorosa.

Mientras avanzábamos por las exhibiciones, nos mantuvimos en contacto. Me sentía como una colegiala emocionada que sostiene la mano de un chico por primera vez. Paul no había realmente sido del tipo que tomaba la mano, incluso cuando habíamos estado juntos-juntos. Después, cuando nos convertimos en amigos con derechos, él ni siquiera me abría la puerta. No que hubiera esperado que lo hiciera, pero el gesto hubiera sido bonito.

Me hacía dar cuenta que nunca había tenido el tipo de relación que realmente quería. Me hacía apreciar lo que tenía ahora, mientras paseábamos por las exhibiciones de hermosos peces en sus hábitats naturales de corales vivos, rocas de arrecife, algas, y trozos de madera, charlando ligeramente sobre lo que fuera que se nos ocurría. Él creía que mis zapatillas con plataforma eran ridículas pero sexis. Le pedí que me contara sobre su cazadora—él la compró con descuento tres años atrás en un lugar llamado Ava y los Chicos. Él nunca había visto Buscando a Nemo, lo cual creía que era una aberración; y ambos tuvimos un repentino antojo de pescado para el almuerzo.

Cuando llegamos a la exhibición de medusas con su hábitat completamente oscuro, iluminado con luces escondidas, no pude evitar jadear. Las medusas siempre me habían fascinado, y era lo mismo ahora mientras me acercaba lo suficiente para presionar mi nariz contra el cristal. Mis manos se elevaron para presionar contra la ventana de observación mientras seguía el paso de una campana rosa y translúcida en forma de paraguas con sus tentáculos siguiéndola. En mi mente, escuché los melancólicos primeros acordes de piano de Clair de Lune.

—Creo que he encontrado una de tus debilidades —dijo Edward.

Mis ojos se abrieron y encontraron su reflejo apenas visible en el cristal.

—Juro que acabo de escuchar a Clair de Lune ahora —susurré, y él se movió lo suficientemente cerca para presionar su mano sobre la mía, insertando sus largos dedos entre los míos. Del otro lado de nuestras manos, una campana azul traslúcida se propulsaba delicadamente.

—Puedo tocarla para ti cuando sea que quieras —masculló, usando los costados de sus dedos para acariciar los míos—. Esta noche. O cuando sea. No quiero presionarte. Simplemente quiero que sepas que estoy aquí.

Podía ver por el tono de su voz que él era terriblemente intenso de nuevo, y estaba patéticamente contenta de no poder ver sus ojos, porque estaba cerca de terminar echa un charco a sus pies. Resistirlo frente a frente cuando él era así iba a ser difícil, por no decir imposible.

—Está bien —susurré, girando mi cabeza hacia él. Algo que él aprovechó de inmediato cuando él deslizó la punta de su lengua a lo largo de mi cabello, su aliento caliente una caricia contra mi mejilla.

—Edward —dije temblorosamente, y él dio un paso hacia atrás lentamente, como si reticente a hacerlo. Cuando volteé a mirarlo, él tenía una sonrisa devastadora y sus manos alzadas.

—No estamos en el trabajo —dijo, pero no había ni una pizca de disculpa en su voz.

—Pero estamos en un lugar público —dije, echando un vistazo al grupo de chicos que se nos acercaban.

Su sonrisa se agrandó, y el suelo bajo mis pies parecía haberse inclinado.

—Entonces, vayamos a un lugar no tan público. Conozco un pequeño restaurante italiano escondido que no estará muy lleno de personas.

Tragué, sintiendo lo grandes que estaban abiertos mis ojos.

—No hemos visto las tortugas aún.

Él inclinó la cabeza y deslizó un dedo por mi mejilla, donde se detuvo para sostener mi barbilla.

—¿Realmente estás interesada en ver las tortugas?

¿Qué tortugas?

Sacudí la cabeza, y él capturó mi mano de nuevo, llevándola a sus labios. Mientras presionaba un beso en mis nudillos, su mirada estaba en mi boca, y sabía... sabía que en su mente, él estaba presionando un beso allí. No pude contenerme, y me lamí los labios, lo cual hizo que su mirada intensa subiera rápidamente a la mía. Y entonces intercambiamos miradas, la energía chasqueaba como un látigo entre nosotros.

Sí, también lo deseaba.

Mierda.

¿Pero qué había esperado? Ya me sentía atraída a él, y sabía lo peligrosamente carismático que era. Sabía antes de haber salido esta mañana que no era lo suficientemente fuerte para resistir sus palabras sedosas, el poder de sus ojos, sus caricias devastadoras. Oh, era muy injusto de su parte usar sus caricias conmigo.

Siguiendo ese pensamiento, un niño que se encontraba cerca comenzó a gritar fuerte, y regresé de vuelta al presente para ver a Edward frotando su nuca con una mano como si estuviera incómodo.

—Vamos —dijo, dándole a la mano que aún sostenía un jalón. Incluso cuando avanzaba, echó un vistazo hacia mí.

—Realmente no deberíamos ir a mi apartamento —dijo de manera distraída.

—¿No?

—No me lo tomes a mal; quiero llevarte a mi apartamento —contestó con una risita sin aliento mientras descendíamos las escaleras hacia la planta baja—. Pero te gustará donde te llevo. Al menos allí, tendrás una oportunidad para comportarte.

Inhalé profundamente mientras salíamos por la entrada, tratando de recuperar el equilibrio, pero en cambio capté un suave olor a su aroma. Ni bien salimos por las puertas, Edward me jaló hacia un lado y me empujó contra el ladrillo, la expresión en sus ojos arrasando mi frágil control. Una mano se ubicó junto a mi cabeza, mientras que la otra sostuvo mi mejilla, su pulgar acariciando la piel de allí. Él lucía divertido, y entonces casi molesto, confundiéndome por completo.

—Este no es el lugar para un beso —masculló, sus ojos cerrándose brevemente de manera adolorida—. Ciertamente no para nuestro primer beso. Tienes que dejar de mirarme así.

Mi mirada fue a su boca. Podía sentir que me encontraba casi jadeante, y ahora que él había mencionado un beso, era todo en lo que podía pensar.

—¿Así cómo?

—De esa manera —gruñó, y entonces dio un paso atrás. Lejos de mí.

Intenté esconder mi decepción; a pesar que sabía que lo que dijo era verdad. Probablemente no era un buen lugar para detenerse a besarse, pero no me hubiera molestado; ni siquiera lo hubiera notado. Enterré mis dientes gentilmente en mi labio inferior, preguntándome cómo se sentiría si este fuera su mordida. Todo lo que quería era sentir su boca sedosa sobre la mía.

Apoyándose contra la pared a mi lado, sacó su teléfono para pedir un Uber.

—Es solo un beso, Edward —dije con una exhalación mientras él volvía a guardar su teléfono.

Por favor.

Entonces, su mano rodeó la mía de nuevo, y él inclinó su cabeza contra la pared con una carcajada.

—No sería solo un beso, Bella. No contigo.

—¿Por qué no conmigo? —¿Qué demonios quería decir eso?

Él volteó la cabeza hacia mí, sus ojos inspeccionando los míos.

—Se supone que yo sea el que no puede comportarse. ¿Qué le sucedió a la chica precavida que quería que fuera tan cuidadoso alrededor de las personas?

Le fruncí el ceño.

—No estamos en el trabajo —repetí su frase previa, y entonces eché un vistazo alrededor nuestro—. Nadie nos está prestando atención, y has estado derribando mis muros como si ni siquiera estuvieran allí.

Algo cercano a una risita se le escapó antes de levantar abruptamente sus manos para sostener y levantar mi rostro hacia el suyo. Su expresión lucía como si estuviera encendida desde adentro, y él estaba conteniendo una sonrisa.

—Anticipación —susurró contra mis labios. Pero antes que pudiera maravillarme de que sus labios estaban rozando los míos, él me estaba apartando de la pared y llevando por el pavimento hacia la calle curva. Enfríaba mi cabeza un poco.

Nos detuvimos junto al bordillo, y me llevó a sus brazos.

—Lamento ser provocador —dijo contra mi cabeza—. Es solo que siento como si he sido liberado de una jaula.

—¡Eres un provocador! —reí—. Y será mejor que no responda del mismo modo.

Él me apartó de los brazos para darme una mirada emocionada.

—Oh, no hagas eso, Ojos de Tigre. Estaría perdido. Completamente a tu merced.

Desafío aceptado.

Hice un puchero.

—¿Estás seguro que no quieres besarme ahora? Quiero decir, si ansías el sabor de mis labios como yo el tuyo... permitiré que lo hagas donde sea.

Sus ojos se oscurecieron y algo en mi vientre se encendió.

—Mierda, Bella. No puedo... no aquí. Diablos —dijo, soltándome para pasar una mano por su cabello. Incluso giró un poco—. Yo me lo pedí.

Cuando su mirada regresó a la mía, me sentía tan abrumada como él lucía.

—No puedes jugar con fuego sin salir quemado —mascullé, y una de sus manos se cerró en un puño.

No aparté la mirada de él, incluso mientras los coches se detenían a nuestro lado para descargar pasajeros. No podía; mi deseo me mantenía firme en mi lugar. Y eso parecía quebrar su vacilo. Un paso lo trajo a mí. Su mano rodeó mi cintura mientras se inclinaba sobre mí, la otra sostuvo mi rostro, su pulgar bajo mi barbilla, levantándola hasta que nuestros rostros se encontraban a solo milímetros. Sus ojos estaban completamente abiertos e intensamente feroces, y parecía que él quería devorarme. Con todo dentro de mí, quería que lo hiciera, y me estiré hacia él al mismo tiempo que él lo hacía hacia mí. Nuestras bocas se tocaron suavemente, y exhalé temblorosamente, mi respiración entrecortada.

Él se retiró un poco y mis ojos se abrieron para encontrar los suyos curiosos esta vez, como si incrédulos. Sus dedos estaban aferrándome ahora, fuertes contra mi mejilla y mi barbilla. Aún respirando irregularmente, presionó su boca contra la mía de nuevo, otro roce de labios, antes de inclinar su cabeza y deslizar su boca contra la mía. Todo dentro de mí respondió entonces, siguiéndolo movimiento a movimiento. Cuando él jadeó y abrió la boca, abrí la mía. Nuestras lenguas se tocaban y estábamos gimiendo, y era frenético y devastador, y finalmente comprendí por qué él no quería besarme justo allí. Este beso—jamás sería suficiente para mí. Él se sentía bien, tan correcto, y tenía que tener más. Mis manos se deslizaron por sus hombros en un intento por acercarme aún más, y me presioné contra él, aplastando mis pechos contra su pecho. Él se estremeció, levantando su brazo de mi cintura a mi espalda baja, abrazándome con más fuerza.

Jamás había sido besada así, como si yo fuera el aire que él necesitaba, como si no pudiera conseguir lo suficiente. Él levantaba mi cabeza, inclinándola para lo que él quería, y me hacía querer darle y darle. Lo que fuera. Él era suave y lento, entonces demandante, jalando de mi alma al mismo tiempo que sus dedos tiraban de mi cabello, y ahora yo me estremecía. Gemí y llevé mis dedos a su cabello. Era suave y abundante...

—Agh, asqueroso —dijo la voz de un niño fuertemente junto a nosotros, y nos separamos como si alguien acabara de echar una cubeta de agua sobre nuestras cabezas. Las mejillas de Edward estaban sonrojadas, sus labios húmedos por los míos, su cabello desordenado de manera incluso más atractiva.

A unos metros de nosotros, un joven niño jalaba de la mano de una mujer que nos estaba mirando furiosa. Mientras avanzaban por el pavimento, alejándose de nosotros, me sentía desorientada y como si hubiera despertada de un buen sueño. También me sentía horrorosamente avergonzada, molesta y como si estuviera a la deriva.

—Estás bien —susurró Edward y acarició mi mejilla, trayéndome de vuelta, y mis manos se elevaron para sostener sus antebrazos. Necesitaba algo firme a que agarrarme, y aunque lucía un poco conmocionado, su expresión era abierta y reconfortante.

—No lo sabía —comencé débilmente, sintiendo extrañamente como si pudiera llorar cuando me encontré con su amable mirada. No sabía que un beso podía ser así de fuerte, así de abrumador, que se sentiría como si él estuviera llenando las partes vacías dentro de mí.

—Está bien —repitió, jalándome en un abrazo—. Creo que yo , y no debería haberlo hecho. Pero oye, al menos, nos quitamos el primero del medio, ¿cierto?

Con la nariz acurrucada dentro de su chaqueta, mis sentimientos aún desequilibrados, me reí débilmente. ¿Qué hubiera hecho si hubiera sabido que nuestro beso sería así? ¿Hubiera hecho algo diferente?

Probablemente no, pensé mientras jadeaba contra su pecho. Porque ahora que lo había experimentado, ya ansiaba otro, incluso aunque era un poco aterrador cómo me había perdido en él.

—Será bueno, muy bueno —masculló Edward, meciéndonos suavemente de un lado a otro—. Solo imagina cómo será cuando lo hagamos sin ropa.

Una vez que sus palabras se registraron, se desató un infierno en mi cuerpo, provocando que me ahogara y me sacudiera contra él.

—Cuando estemos listos —tranquilizó, riéndose temblorosamente. La sonrisa que me dedicó era torcida y temblaba levemente.

—No más besos en público —dije con voz ronca, apenas reconociendo mi voz.

Él presionó su boca contra el costado de mi cuello, y jadeé ligeramente.

—No, los guardaremos todos para cuando estemos solos —susurró.

Presioné mis palmas contra su pecho y me aparté.

—Tampoco nada de esos. Nada de tocarse con los labios.

Mientras un coche se estacionaba frente a nosotros, él tomó una de mis manos. Llevándola a sus labios en su movimiento distintivo, me dio una mirada.

—No puedo prometer eso —dijo, su aliento cálido contra mis nudillos.

Simplemente tragué y parpadeé porque estaba ahogándome en él.


¿Estamos vivas después de ese beso? Hace calor, ¿no? Jaja

Gracias por leer :)