Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Capítulo 21
No lo dudes, me dije a mí misma. Permítete disfrutar esto.
—Es nuestro coche —dijo Edward, señalando al automóvil que se detenía junto al bordillo. Abrió la puerta trasera para mí, y me puse cómoda en el extremo opuesto. Él me siguió, y entonces indicó que me acercara con una mirada juguetona de reprobación.
—Te quiero cerca —dijo, y presionó su muslo contra el mío.
Como también quería eso, me coloqué el cinturón de seguridad. Él estiró una mano y tomó la mía, colocándola sobre su pierna, cerca de su entrepierna. Mi mirada subió unos milímetros...
Mierda, detente.
Él se inclinó hacia mí.
—Estás temblando —masculló—. ¿Tienes frío?
Lejos de tener frío, exhalé lentamente.
—Son los nervios. Jamás, eh... Todo esto es nuevo para mí. No estoy acostumbrada a ti de esta manera en persona aún.
Eso era quedarse corto; aún seguía ligeramente jadeante, y sentía mi sangre arder en mis venas. Destellos de nuestro beso —los sonidos que él hizo, la fuerza de sus brazos aferrándome a él, su sabor— no paraban de reproducirse en mi cabeza.
—Pongamoste cómoda entonces —susurró contra mi oído, y mis ojos se cerraron mientras la sensación provocó que un estremecimiento recorriera mi espalda—. ¿Verdad o reto?
Tomada por sorpresa, solté un sonido de incredulidad.
—¿Esta es tu idea?
—Vamos. Sígueme el juego, Bella.
—De acuerdo, pero yo iré primero. ¿Verdad o reto?
—Verdad —dijo—. Siempre verdad.
¿Besas a todas así?
Ni bien la pregunta apareció en mi mente, tragué fuerte. Pero tenía que saberlo.
—¿Usualmente es así... para ti... cada vez que besas a alguien?
¿O solo es así conmigo?
Edward se reclinó y soltó una pequeña carcajada, como si estuviera avergonzado, y entonces deslizó el pulgar de su mano libre sobre su labio inferior.
—No así, no. Creía que seríamos buenos juntos, pero no tan buenos.
Su respuesta hacía que mi interior se retorciera con dulce satisfacción.
—También te tomó por sorpresa —susurré.
—Tenemos una química salvaje, Ojos de Tigre.
Salvaje. Lenguas frotándose, respiraciones mezclándose acaloradamente, húmedas y...
Sacudí la cabeza.
—¿Cuándo te diste cuenta que estabas, eh, enamorándote de mí? —pregunté apresuradamente, ignorando el hecho que era su turno para hacerme una pregunta.
—La noche de la salida al karaoke —respondió de inmediato—. Cuando subiste al escenario con esa expresión desafiante en tus ojos; no me hablabas, pero ellos sí. Supe entonces que siempre ibas a enfrentarme. Me pareció tan jodidamente atractivo.
Recordé la noche con un pinchazo agridulce. Él me había leído bien, pero yo había estado ciega, aún lo estaba.
—Estaba tan molesta contigo entonces —dije con arrepentimiento.
—Lo sé. Es por eso que estaba haciendo todo lo posible para tratar de mostrarte quién era, cómo había cambiado. Es por eso que escogí la canción de George Michael, la canción que obviamente odiaste.
—No la odié. Ese era el problema.
La expresión en su rostro lastimaba mi corazón.
—Pero no escuchaste ni una palabra que dije.
Apoyé mi cabeza contra su hombro en disculpas.
—No estaba lista.
Exhalando suavemente, descansó su cabeza ligeramente sobre la mía, y nos sentamos así por unos instantes, hasta que habló de nuevo.
—¿Verdad o reto?
—Verdad. Siempre verdad —bromeé.
—¿Cuándo te diste cuenta que estabas enamorándote de mí?
Tensándome, negué con la cabeza.
—Eso es hacer trampa. No puedes preguntarme lo mismo que yo te pregunté.
Edward rio, frotando un pulgar sobre el pulso en mi muñeca.
—¿Cuándo hemos seguido las reglas, tú y yo? Responde la pregunta. En verdad me gustaría saber.
—Está bien —dije con una exhalación, incómoda con tener que admitir algo ya que era una cobarde—. Cuando comenzaste a ignorarme. Me dejó jodidamente confundida, porque hasta ese momento, ignorarme era lo que creía que quería que hicieras.
—Pobre Ojos de Tigre —dijo contra el costado de mi cabeza mientras jalaba de mi brazo sobre su pecho en una clase de abrazo—. Realmente tenías unas verdades dolorosas que enfrentar, ¿no? No solo tenías al matón de tu pasado cambiado, sino que fuiste y te enamoraste de él.
Qué bien resumió toda mi tormenta interna.
—Sí. Mi vida apestó un poco por un tiempo.
—Si te hace sentir algo mejor, la mía también. Me encontraba entre la espada y la pared tratando de conseguir tu atención y ganar tu confianza, y temía que nada fuera a funcionar. ¿Debería forzarte a enfrentarme así podíamos dejar todo atrás, o ignorarte con la esperanza de que finalmente despertaras?
—Obligarme a hacer algo no es una buena jugada —advertí, arriesgándome a echarle un vistazo.
Él se encontraba cerca. Lo suficientemente cerca para besarnos.
Inclinando la cabeza, sus ojos se cerraron.
—Como me di cuenta cuando llegamos a tu apartamento esa noche. No podías huir, por lo que tu instinto de lucha se despertó —dijo, y sentí las palabras contra mis labios.
Me acerqué.
—Mmhmm —mascullé contra su boca, haciendo presión, ardiendo por sentir ese dulce calor de nuevo...
Por un corto momento, presionó sus labios suavemente contra los míos, dándole un rápido beso antes de enderezarse. Aunque sus ojos estaban medio cerrados, estaban llenos de gracia y disculpas.
—Simplemente eres muy tentadora —dijo con una sacudida de su cabeza.
Decepcionada, me recliné. Si no fuera por el cinturón de seguridad, hubiera estado en su regazo. Nos estábamos comportando como niños al borde de los besos. También, avanzando tan rápido como una relación joven.
—Hace solo una semana que sucedió todo esto —dije lentamente, al mismo tiempo que la comprensión me invadía una vez más. Nuestras confesiones parecían que hubieran tomado lugar hace una eternidad, pero de nuevo, también parecía que acabara de suceder el sábado pasado—. ¿Estás seguro que no estamos yendo demasiado rápido?
Él me miró fijamente.
—¿Se siente que lo hacemos?
—No. Pero racionalmente, sí. ¿Acaso las relaciones que se mueven demasiado rápido fracasan?
—No hay un manual de instrucciones o un programa para las relaciones —dijo, levantando una mano para llevar un mechón de cabello por detrás de mi oreja—. Las personas forman una pareja cuando se siente correcto. Pero si esto no se siente correcto para ti, podemos bajar el ritmo.
—Solo lo estoy mencionando, eso es todo. Esto se siente tan correcto que es aterrador.
Él sacudió mi mano suavemente.
—Estás pensando las cosas de más nuevamente, Bella. Ya hemos tenido esta conversación —susurró cariñosamente para suavizar el pinchazo—. Nada está en peligro de fracasar para mí. Lo que siento por ti solo está creciendo. ¿Temes que lo que sientes por mí no sea real?
¿Lo hacía?
Me gustaba la manera en que Edward abordaba mis preocupaciones; él era consistentemente paciente y bueno al hacerme hablar, incluso cuando he estado actuando tan agresivamente. Y me agradaba la manera en que él me hacía sentir—escuchada, protegida, cuidada. Nunca había dudado realmente que él había tenido buenas intenciones. Él jugaba un rol fundamental en mis sueños, y consumía todos mis pensamientos despierta. Estar alrededor de él hacía que mi alma cantara; me sentía maravillosamente viva.
Incluso me había sentido así cuando creía que lo seguía odiando.
Estás muy metida, chica.
—No, para nada —admití, y su agarre alrededor de mi mano se aflojó, haciéndome dar cuenta que él había estado nervioso de mi respuesta.
—Soy una persona que se preocupa —le dije, esperando tranquilizar cualquier miedo—. Ya lo verás.
Nos detuvimos junto a una fila de edificios y bajamos a la acera.
Él me sonrió suavemente.
—Yo soy una persona tranquilizadora. Ya lo verás.
Gia's era un edificio de ladrillos marrón y discreto que se ubicaba entre un estudio de tatuajes y un taller mecánico. Por fuera, parecía sombrío y casi abandonado. El nombre del restaurante estaba garabateado en un color dorado soso sobre una puerta que tenía un toldo rojo y gastado.
—¿Aquí? —le pregunté a Edward incrédulamente.
Él mantuvo la puerta abierta para mí con una mirada reservada en el rostro.
Una vez que entré y asimilé la decoración rústica y las vigas pesadas de madera que colgaban con cadenas de luces color ámbar, inmediatamente vi por qué él me había traído. Era como entrar a una guarida de intimidad. A lo largo de dos paredes habían mesas cerradas separadas entre sí con telas color crema suspendidas de varillas. Candeleros de pared brillaban tenuemente en cada mesa, los cuales hacían juego con la vela ubicada sobre cada mantel blanco. No había mesas en el centro del salón, pero realmente no había espacio suficiente para ellas.
Era todo para los enamorados, este acogedor restaurante con su oscuridad y música suave. Tampoco era el tipo de lugar que traerías a una cita a ciegas, o incluso una primera cita, pero como Edward había dicho antes: todas las reglas ya no parecían aplicar. Aún así, casi lo miré boquiabierta.
—Relájate —canturreó, su sonrisa engreída agrandándose—. Sirven el mejor cacciatore aquí.
Tuve que reír.
—Y todo lo que tuviste que hacer fue sostener mi mano, ¿cierto?
—Y quizás robar un beso o dos —dijo, acercándome a él para plantar su boca brevemente contra mi mejilla, la cual se sonrojó bajo sus labios.
Aunque solo una de las mesas estaba ocupada a esta hora temprana, un camarera que vestía una blusa renacentista blanca y una falda amplia nos llevó hacia una mesa en el fondo. Poco después, nuestro camarero —Giorgio— apareció para preguntar si podía comenzar con nuestros tragos.
—Son apenas pasadas las tres. ¿Demasiado temprano para Cabernet? —preguntó Edward.
No pude evitar derretirme por dentro por él; a la iluminación le encantaba su cabello y sus rasgos fuertes. Él lucía como un semidiós de oro.
—No para mí —contesté.
Edward estiró su brazo sobre la mesa, y yo coloqué mi mano en la suya. La música se intensificó, y suspiré, incapaz de apartar la mirada de él.
—Luces incluso más hermosa bajo esta iluminación —dijo con un tono bajo y ronco, su mirada intensa, peligrosa.
—Justo estaba pensando lo mismo de ti. Aunque esta iluminación probablemente haría a cualquiera lucir más atractivo.
En respuesta, su mirada me recorrió como una seda, y me quedé sin aliento.
Y entonces me sentía inexplicablemente curiosa.
—¿Cómo, eh, encontraste este lugar?
Una de sus cejas se alzó, y su voz fue suave cuando habló.
—Crees que he estado aquí antes. ¿Qué te traería a un lugar donde traje a alguien más?
Bajando la mirada hacia la pequeña vela sobre la mesa, me encogí de hombros. Intenté decirme a mí misma que no importaba si él había traído a otra mujer aquí, que no importaba lo que él había hecho antes de mí, pero me estaba mintiendo a mí misma.
—Bella. Un amigo de la universidad solía trabajar aquí —dijo, seriamente, dándole un apretón a mi mano—. Es un lujo clásico que nosotros los locales hemos estado escondiendo de los turistas por más de quince años, creo. Y siempre he querido venir, pero estaba esperando a la persona correcta. Eres la primera... la única mujer que planeo traer aquí.
Todo lo que él decía o hacía, creaba una onda expansiva dentro de mí, y solo se hacía más fuerte. Era aterrador y emocionante.
—Siempre sabes qué decir, ¿o no? —susurré.
Nuestro vino llegó entonces, y él me observó fijamente, uniendo nuestros dedos más fuerte cuando quise quitar mi mano. Mientras él probaba el sorbo de vino que Giorgio sirvió, él solo rompió el contacto visual brevemente. Y mientras Giorgio servía vino en nuestras copas, siguió sosteniendo mi mirada, elevando la tensión. Luché para no apartar la mirada, porque después de todo, yo fui la que había lanzado el guante.
Finalmente, Giorgio se retiró.
Edward jaló mi mano hacia su boca y presionó un beso persistente allí.
—No creo que comprendas por completo mis intenciones aún —comenzó suavemente—. Quizás sea la parte tuya que se preocupa, que duda de que me sienta así. Pero lo diré todos los días hasta que lo asimiles. Me gustas, Bella. No, estoy loco por ti, y quiero estar contigo. No estoy jugando a nada; estoy siendo honesto. Así que si te gusta lo que estás escuchando, debo estar haciendo algo bien.
Estaba muriendo. Muriendo.
—Sí me gusta —susurré—. Me gusta lo que estoy escuchando. Y sí, estás haciendo todo bien... muy bien. Es... No puedo... No parece real. ¿Eres real?
Sus dedos estaban trazando las venas en mi antebrazo cosquilloso, enviando escalofríos por mi cuerpo.
—Soy una persona normal —dijo—. Aprendí por las malas que necesito hacerle dos nudos a mis zapatillas antes de salir a correr. No me gusta hacer la colada. Cometo errores estúpidos, como ser demasiado amigable contigo en el trabajo. Temo ir demasiado rápido para ti. Lo que quiere decir que temo perderte.
Sacudí la cabeza y, estirándome, tomé su mano desplegada en las mías. Curvé mis dedos a su alrededor, acariciando su palma con mis pulgares.
—No me perderás. Si podemos seguir hablando así, no me perderás.
Edward asintió una vez, lenta y decididamente.
—Brindemos por eso.
Así lo hicimos, y entonces brindamos por el día hasta ahora. Pronto, estábamos brindando por mis ojos, por su mandíbula, y el inesperado poder de nuestro beso. Cuando pedimos nuestra cena, me encontraba ligeramente ebria y luchando contra la urgencia de treparme al banco a su lado. Esa lucha duró hasta la mitad de la siguiente copa de vino, hasta que me moví de mi lado de la mesa y me subí al suyo. Él me recibió con los brazos abiertos. Y el calor y la magia sin restricciones se apoderaron de mis sentimientos de nuevo mientras presionaba mi boca contra la suya, hasta que alguien carraspeó delicadamente.
Demonios, Giorgio.
Estaba asombrada de encontrarme sentada en el regazo de Edward, mis pies en el banco a nuestro lado, su mano en mi cadera, casi sosteniendo mi trasero. Mis manos se deslizaron por su pecho, más lento cuando encontré el bloque duro de los músculos de su vientre —Dios, si tan solo estuviera desnudo— y entonces Edward estaba aclarándose la garganta. Riendo, me salí de sus muslos y me ubiqué a su costado, colocando mis pies nuevamente en el suelo como la dama que se suponía que era.
Pero me sentía más como una mujer inestable en realidad. Y estaba hambrienta de más maneras que una.
Intercambiamos miradas cargadas mientras Giorgio colocaba nuestros platos frente a nosotros. Me encantaba la fogosidad en la mirada oscura de Edward que él no parecía ocultarme, que su boca estuviera hinchada por mi beso, que mi barbilla picaba por su barba incipiente.
—Compórtate —gesticuló con la boca.
—Tú primero —le respondí de igual manera.
Él comparte bocados de su cacciatore de carne conmigo, y yo compartí bocados de mis raviolis de champiñones con él.
Y descubrí que ofrecer tenedores con comida al otro era como un juego previo. Aunque me ponía caliente e incómoda, me daba una excusa increíble para observar su boca mientras rodeaba sus labios alrededor de los dientes de mi tenedor. Nunca hubiera pensado que observar la boca de un hombre fuera tan fascinante, pero era adicta. Y quería más, pero a él no le gustó mucho mi plato.
—Entonces, déjame que te dé de comer del tuyo —persuadí, absolutamente desvergonzada.
Estaba emocionada de ver que parecía ser igual para él mientras observaba mi boca, y que lucía deslumbrado y definitivamente fuera de sí después de verme aceptar su bocado ofrecido.
Fue entonces que decidimos que quizás, además de besarnos en público, probablemente no deberíamos alimentar al otro en público.
—Pronto, no habrá mucho que podamos hacer —me quejé suavemente.
—Simplemente tendremos que quedarnos en casa —gruñó juguetonamente.
¿Esta tensión sexual sería más fácil de soportar después que finalmente hiciéramos el amor?
De postre, compartimos una porción de tiramisú, y me perdí en la manera que él lamía sus labios; era inconsciente y hecho moderadamente, y por ende, jodidamente sexi. Edward no era alguien que desperdiciaba movimientos, o una palabra. O un momento.
—¿Te quedarás conmigo esta noche? —preguntó.
Calor instantáneo.
Mi boca se abrió y fui inundada de sentimientos e imágenes en mi mente nublada.
—No tenemos que hacer nada —añadió, malinterpretando mi silencio—. Solo quiero que estés conmigo... y quizás tenerte en mis brazos.
Un sonido vergonzoso se escapó de mi garganta.
—Sí.
Sí, sí, sí.
Y quizás él vio esa respuesta en mis ojos también, porque los suyos se suavizaron, y pasaron a cargarse de sensualidad, sus pestañas rozando esos increíbles pómulos.
Entonces su boca se agrandó lentamente y se curvó ante mi cautivada atención...
Me mordí el labio.
Él lo liberó, y entonces deslizó la punta de su pulgar por este de una manera lenta, sus párpados bajando aún más, y la expresión en su rostro hacía que mi alma saliera disparada hacia el techo. Él era tan jodidamente hermoso. Y paciente, amable, considerado, constante, cariñoso y simplemente bueno, considerando todo lo que había superado. Me dolía pensar que nadie nunca vería esos rasgos en él, especialmente sus padres. Mi instinto sobreprotector se unió a mi deseo, y lo llevó a un paseo.
¿Él también es mi indicado?
No hacía mucho frío, así que Edward hizo que el chófer del Uber nos dejara en la bicisenda de la calle Randolph Este, y caminamos un poco. Tomados de la mano, él me jaló gentilmente hacia Lakeshore. Sintiéndome como si estuviera flotando entre velos de gasa, le sonreí mientras compartimos más sobre nosotros. Él me contó sobre cómo una vez había metido un inesperado gol jugando al fútbol con Anthony, y cómo los dos habían peleado y se habían reído de ello. Le conté sobre la vez que mamá había olvidado poner la tapa de la licuadora, y cómo los tomates y los pimientos habían salpicado nuestros cuerpos, haciendo que la cocina fuera la escena de un crimen.
Y entonces... tocamos la escena dolorosa de la cafetería cuando me lastimé el codo después de la muerte de mamá. Cómo los dos habíamos llegado a casa esa noche y habíamos llorado hasta quedarnos dormidos, sin suponer que alguno de los dos podría ser el alivio o una respuesta para el otro, en el futuro.
Mayormente, a Edward no le gustaba revivir su pasado. Él no creía en los arrepentimientos, y quería que nos concentráramos en el presente. Pero yo aún tenía momentos de los cuales maravillarme, para reflexionar, o darme cuenta lo mucho que había progresado. Especialmente cuando se trataba de él.
—Eres un milagro para mí —le dije—. Has progresado tanto. Déjame que lo celebre.
Con su cabello despeinado de manera atractiva por el viento, encontró mi mirada con algo que parecía adoración. Esa mirada hacía que mis viejas emociones de odio y furia se sintieran como un sueño, honestamente. El pinchazo había disminuido en poder del ahora. Cada caricia, cada mirada suya, me decía eso en mil palabras. Y podía haber llorado, pero sonreí en cambio mientras aferraba su mano con fuerza, mucha fuerza.
—¿Por qué me miras así? —Quiso saber.
—¿Por qué no lo haría? —pregunté, usando su método de responder una pregunta haciendo otra.
Hombre tonto. Llévame a tu cama. Por favor. Ese era mi único pensamiento mientras entrábamos a su edificio.
~PJE~
Pasamos por el lado del portero, por el frente de seguridad, nuestros abrigos colgando sobre nuestros hombros, tan cerca que nuestros brazos se presionaban firmemente. Era una manera increíble, me di cuenta, de sentir el pulso del otro. Por supuesto que Edward sabría eso. A él le encantaba el contacto físico... lo cual era extraño considerando la falta de éste en su propia vida... lo cual quería decir que quizás, quizás no fuera tan extraño después de todo.
Te tocaré con mucho cariño, lo prometo.
Nos quitamos los zapatos y dejamos nuestros abrigos colgados en el perchero junto a la puerta de su entrada. Los muebles de madera de cerezo, las ventanas piso techo, las alfombras de felpa, todo era un borrón mientras caminábamos por su apartamento. Él era lo único que podía ver: la manera en que su cabello caía sobre sus cejas; sus ojos intensos y soñolientos; el sonrojo por el frío en sus mejillas; cómo tenía que estirar el cuello ligeramente para encontrarme con su mirada.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó.
—No.
Solo te quiero a ti.
—¿No quieres agua? —preguntó de nuevo, roncamente esta vez.
Sacudí la cabeza mientras me acercaba, tomando sus manos en las mías y llevándolas a mis labios, donde coloqué besos a boca abierta a lo largo de sus nudillos. Él se estremeció, cerrando los ojos antes de abrirlos con curiosidad.
Dejé que mis ojos hablaran, así como él hacía los mismo a veces.
Exhaló temblorosamente. Me miraba casi con aturdida incredulidad, lo cual hizo contraer mi corazón en mi pecho. Era como si él no pudiera creer que realmente lo quería. Pero lo hacía, con todo dentro de mí. Esto iba a ser algo bueno, tan bueno. Un bautismo. Otro para nosotros.
—¿Estás segura?
—Estoy segura.
Él giró sus manos en las mías, y entonces me jaló hacia adelante. Sus caricias largas e inquisitivas se elevaron por mis brazos, mis hombros, hasta mi cuello, y bajo mi barbilla. Su frente estaba fruncida en concentración, sus ojos oscuros con deseo, y me encontraba jadeante en anticipación a su beso nuevamente.
Cuando su boca entró en contacto con la mía, esta fue lenta y suave, pero me tomó tan completamente hasta estar en caída libre de nuevo, absorta en su aroma, su calor, y sus caricias. Suspiré de manera entrecortada, mis labios separándose de los suyos humedamente, mi lengua deslizándose contra la suya. Llevando mis manos a sus muñecas, me aferré como si dependiera de mi vida al mismo tiempo que él acercaba y alejaba su boca de la mía, y una sensación de fuego recorrió mi cuerpo. Prendiéndome fuego. Soltando mi agarre en sus muñecas, deslicé mis manos por su pecho, hasta sus hombros. Él gruñó cuando mis dedos encontraron su cabello y jalaron, y entonces estaba siendo alzada en sus brazos.
—Envuelve tus piernas a mi alrededor —susurró, sus palmas sosteniendo mi trasero mientras mis piernas rodeaban su cintura.
En sus brazos, sentía que flotaba. Fuimos torpes mientras nos seguíamos besando, y él tuvo que detenerse a menudo, pero eventualmente, llegamos a su cuarto. Las ventanas piso techo revelaban el sol poniente, pintándonos de un color dorado rojizo mientras él se detenía junto a la cama, sus manos subiendo por mis muslos y las mías tomando su mandíbula. Con un brazo rodeando mi espalda, me abrazó contra su pecho mientras me permitía deslizarme por su cuerpo, sin soltarme aún. Por alguna razón, él parecía haber desacelerado, solo queriendo sostenerme allí contra él mientras compartíamos el mismo aire.
—He querido esto por tanto tiempo —masculló contra mi boca, sus labios moviéndose por mi rostro, erizando mis cejas, y entonces haciendo presión contra mi pómulo—. Te he querido por tanto tiempo.
No estando contenta de permitirle dar todos los besos, presioné mis labios a lo largo de su mandíbula.
—Puedes tenerme —jadeé y mordí el lóbulo de su oreja, haciéndolo jadear.
Él se inclinó un poco, bajando mis pies al suelo. Deslizando las palmas de mis manos por su pecho mientras lo hacía, apenas tuve tiempo de sentir su vientre antes de que me acercara a él de nuevo, su brazo curvándose alrededor de mi espalda, sus dedos enterrándose en mi cintura. Suave y cariñosamente, él me abrazó al mismo tiempo que levantaba mi barbilla. La mirada en su rostro —ojos oscuros y desesperados, mejillas sonrojadas profundamente, boca abierta y jadeante— casi fueron mi perdición cuando nuestras bocas se encontraron de nuevo. Mi aliento era irregular, y sus jadeos me alimentaban así como los míos lo hacían con él.
La mano que sostenía mi barbilla bajó a mi pecho, sus dedos trazando la piel de allí, dejando un camino de fuego. Comenzó a desabrochar los botones de mi suéter, y pasé una mano por su pecho hasta su vientre, deslizando mis dedos por debajo de su camisa. Su piel lisa y caliente se erizó bajo mi tacto, y estaba sedienta, tan sedienta, por tener un vistazo. Subiendo mi mano por la dureza de sus músculos, levanté el material, sintiendo mi boca abrirse al ver su abdomen marcado.
Cerrando sus manos alrededor de mis hombros desnudos y temblorosos, él quitó el suéter de mi cuerpo, y entonces se quitó el suyo. Casi jadeando de emoción ante su belleza, mis dedos se extendieron, y moví mis manos por su vientre, subiendo por su pecho. Mis labios y mi lengua le siguieron, adorando cada músculo y cavidad, y podría haber pasado toda la noche haciéndolo. Él me permitió explorar, pero solo por un momento hasta que la puntas de sus dedos se deslizaron por mi estómago, sus nudillos rozando contra mí mientras desabrochaba el botón de mis jeans.
Con ojos intensos, y sus pestañas tocando sus pómulos, él deslizó sus palmas por mis caderas hasta mis muslos, observando cómo pateaba mis pantalones a un lado. Tenía puesto lencería simple, un sostén que no hacía nada para esconder mis pezones duros, pero era como si el solo verme lo destrozaba. Antes de que me jalara hacia él de nuevo, creí ver sus ojos llenarse de lágrimas.
—Está bien —le susurré—. Realmente estamos aquí.
Me aparté, y nuestras miradas se encontraron y se fijaron en el otro. Con una exhalación temblorosa, sus manos se levantaron para tomar mi rostro, su expresión extremadamente cariñosa. Presionó su frente contra la mía, y entonces me besó, y se sintió como una bendición, que crecía gradualmente, hasta que creí que podría haber muerto por su intensidad.
Como si fuera algo que debía ser adorado, sus manos bajaron de mi cuello a mis hombros y espalda para desabrochar mi sostén, dejando mi piel erizada a su paso. Milímetro a milímetro, sus dedos se escabulleron hacia mi trasero antes de tomarlo, llevándome a él con un gruñido. Por unos largos momentos, él me abrazó así mientras nos besábamos y besábamos, mi adoración por él desbordando.
Entonces, la tela áspera de sus jeans rozaron la parte interna de mis muslos mientras me tomaba en brazos y me acostaba sobre el edredón de la cama. Fui lenta para soltarlo entre tanto él llevaba su cabeza hacia el interior de mi sostén. Mientras su boca me cubría allí, me arqueé con un chillido, abrazándolo a mí cuando sus dedos rozaron suavemente mi pezón. Mis muslos se elevaron, mis pies subiendo hacia sus caderas aún cubiertas, queriéndolo desnudo y contra mi cuerpo desnudo.
—Edward, por favor —jadeé.
Él bajó hasta mi estómago, gentilmente obligando a que mis piernas lo soltaran, su aliento haciendo cosquillas cuando giró su lengua sobre mi piel. Sus dedos rodearon mis tobillos, casi masajeando.
—Quiero besarte por completo —susurró cuando llegó a mi cadera.
—Solo si puedo hacer lo mismo contigo —respondí sin aliento, pero no estaba segura de si él me escuchó, y entonces ya no podía importarme cuando presionó un beso en el frente de mi tanga. Continuando, con ambas manos en el interior de mis muslos, deslizó su nariz sobre la parte superior de mi clítoris. Sentía lo húmeda que estaba allí mientras él inhalaba profundamente. Apenas había registrado ese pensamiento cuando sus dientes rodearon mi clítoris, mordiéndome suavemente, y fue como si él hubiera activado una bomba cuando me retorcí de forma espasmódica contra él.
Él estaba susurrando de nuevo, palabras que no podía escuchar, antes que su lengua se aplanara y me lamiera allí. Colores rojos y rosas explotaron en mi mente mientras una sensación calurosa se expandía por mi columna. Mis dedos se enredaron en su cabello, mis talones enterrándose en el colchón. Él comenzó a besarme allí, provocándome al retener su lengua, y solo cuando solté su nombre con un chillido sus besos se desintegraron en algo que realmente sentí. A través de la fina tela de mi tanga, sentí el calor de su lengua, y quise más.
Mis dedos soltaron su cabello para jalar de las tiras de mi tanga, tirando hasta que se rompieron a los costados.
—Por favor —imploré, y él me contestó haciendo el trozo de tela a un costado.
Vi la mirada de completa concentración en su rostro, la expresión de triunfo en sus ojos pícaros, antes de que él volviera a bajar la cabeza. Él seguía mirándome antes de dar su primera lamida, y me estremecí y me sacudí ante la sensación húmeda de su lengua caliente moviéndose contra mí. Su aliento también era entrecortado, y me sentía cada vez más tensa mientras me provocaba suavemente, y entonces fuerte. Él de alguna manera sabía por cuánto tiempo lamer, cuándo detenerse, cuándo provocar.
Estaba vibrando, acercándome a una liberación estremecedora cuando uno de sus dedos entró en mí justo debajo de donde me estaba besando. Jadeé cuando él fue más profundo, y entonces más, y comenzó a moverse fuerte y rápido.
Y me encontraba luchando contra su agarre, mi cuerpo retorciéndose y elevándose mientras una pulsación comenzó a palpitar en la parte baja de mi vientre. Una marea creciente se avecinaba, y estaba temblando, incapaz de parar de moverme, incapaz de hacer algo más que sentir la ola. Atravesó mi cuerpo, expandiéndose y volviéndose más fuerte mientras avanzaba. Intenté apartarme, pero Edward permaneció firme, forzando la marea, forzando su lengua y sus caricias en mí hasta que la ola colisionó dentro de mí y grité.
Disminuyó lentamente en poder, retrocediendo como una onda... trayéndome de vuelta a mí misma poco a poco mientras temblaba y jadeaba bajo el cuerpo de Edward.
—Calma, calma —me dijo al mismo tiempo que acariciaba mi mejilla.
Sollocé, sin comprender sus palabras al principio, sintiéndome destrozada y como si hubiera renacido. Quería decirle, pero mi boca estaba temblando junto con mi cuerpo, y no podía hablar.
Él presionó sus labios contra los míos, y me saboreé a mí misma—terroso, almizcleño, pringoso. Me aferré a él, mis dedos hundiéndose en sus fuertes hombros, tratando de encontrar firmeza y razón.
—Dios. Nunca he... Nunca he... Qué...
—Solo soy yo haciéndote el amor —dijo, sus labios contra mi sien, y luego mi mejilla.
Mi mano temblorosa se elevó para alisar una de sus cejas, y sus ojos se cerraron, pero no antes de ver lo intensos, valientes y hambrientos que lucían. Encendió mi deseo de nuevo.
Una parte de él ya estaba allí, pero...
—Te quiero dentro de mí —susurré.
Con su rostro tenso, apartó su cuerpo, y sus ojos estudiaron mi desnudez con una mirada ardiente que quemaba mi piel. Nuestros ojos se mantuvieron fijos mientras sus manos trabajaban para desabrochar sus jeans y bajarlos por sus firmes muslos. Mientras más piel mostraba, con más dificultad comencé a respirar.
Él era absolutamente perfecto, parado allí bajo los rayos del sol, permitiéndome mirarlo por completo. Él era alto, deliberadamente masculino con un pecho ancho, musculoso, pero no exageradamente. Las líneas marcadas de la V en su abdomen bajo daban paso a sus bóxers negros, lo cuales estaban curvados. Él era tan largo que su punta se asomaba por detrás de la banda, y me lamí los labios, algo que lo hizo gruñir.
—Ojos de Tigre —susurró, y su voz tenía un tono tembloroso y oscuro.
En respuesta, permití que mis muslos se separaran de forma sugerente, y él tragó fuerte.
Se movió rápido después de eso. Enganchando sus pulgares en la cintura, jaló de sus bóxers y su polla se liberó. Esta era larga y recta, ligeramente curvada en la punta, y sentía que ardía de nuevo.
Torpemente, él se estiró hacia la mesa de noche, donde abrió un cajón.
—Estoy limpia —dije—. Y tengo un DIU.
Él tragó visiblemente.
—¿Estás segura?
—Mientras que también estés limpio. Sí.
—Lo estoy. No he estado con nadie en más de un año.
—Yo tampoco —dije, y él se arrodilló entre mis piernas en la cama.
Tomando los restos de mi tanga, me la quitó y la lanzó a un lado. Hice lo mismo con mi sostén, y entonces los dos estábamos completamente expuestos al otro, en todo sentido.
Sus caderas eran cálidas contra la parte interna de mis muslos mientras se acercaba más, y era incapaz de apartar la mirada de él. De sus ojos. De la valiente y pura intensidad que me decía una y otra vez lo mucho que era apreciada.
Ambos gemimos ante el primer contacto de su piel deslizándose carnalmente contra la mía, nuestras manos luchando por el control del cuerpo del otro. Sus dedos se curvaron, moviéndose para sostener mi trasero, acomodándome mientras avanzaba, oh Dios, entre mis labios húmedos. Apoyando mis palmas contra su cálida seda, las deslicé por sus costados, hasta su trasero, enterrando mis uñas en él. Por favor.
Su boca abierta estaba presionada contra la mía de nuevo, nuestras lenguas, nuestra respiración, no tan amables ahora. Intenté acercarme más a él, queriendo todo su peso sobre mí y dentro de mí. De repente, él estaba allí, la suave punta pesada, cálida y presionando ligeramente.
—Mírame —masculló.
Tomó mis manos en las suyas, entrelazando nuestros dedos, sujetándome a la cama. Entonces, con el ceño fruncido en concentración, entró en mí con un gruñido gutural. Me arqueé debajo de él con mi propio chillido mientras él me llenaba.
—Mierda —susurró sin aliento, sus ojos cerrados como si adolorido.
Cuando los abrió un momento después, deslumbrados, vulnerables, y en llamas, los míos estaban llenos de lágrimas. Estaba aterrada de lo arruinada que me sentía. No sabía que esto sería así con él. No sabía que se sentiría tan íntimo, tan correcto. La expresión en su rostro, en sus ojos—él me estaba dando algo que jamás había sentido antes.
Viendo mi emoción lo puso emocional también, y nos besamos de nuevo mientras él comenzaba a embestir lenta y dulcemente en mí. Éramos un conducto de electricidad que completaba al otro, que alimentaba al otro. Un calor cubría mi cuerpo desde el interior, y era como si yo fuera un infierno incontrolable que crecía cada vez más en tanto se movía en mí.
—Te sientes tan bien —dijo, mientras tomaba una de mis piernas por detrás de la rodilla y la dobló, levantándola aún más.
Mis sueños sobre este momento palidecían. No había esperado la conexión que se acumulaba en mi garganta. No había esperado los movimientos fáciles y hábiles de sus caderas, o la manera correcta en la que encajaba dentro de mí. No había esperado cómo me miraría, cómo me haría sentir; todo se sentía tan poderoso, casi abrumador.
La expresión en sus ojos me contestó—él estaba allí conmigo, y me atrapó, y entonces se movió más profundo con otro giro de sus caderas que me tenía arqueando contra él.
Sus movimientos estaban tocando ese lugar dentro de mí de nuevo. Y él lo sabía, lo sentía y lo veía en mi rostro, porque comenzó a moverse de la misma forma una y otra vez. Era mucho más de lo que alguna vez me había sentido con alguien, pero podría morir esta vez, podría morir. Cada movimiento dentro de mí me acercaba cada vez más al borde. Era casi aterrador, mi desintegración.
—No puedo, no puedo, no puedo —comencé a balbucear.
—Sí, puedes —masculló pesadamente contra mi oído, y gemí fuerte y profundamente—. Suéltalo.
Presionó un beso contra mi sien, y entonces colocó mi tobillo sobre su hombro. Jadeé y me atraganté mientras sus embestidas se volvían más fuertes, su fuerza provocando una reacción descontrolada por dentro. El húmedo calor de él, el imposible aumento de placer, hizo que mi pie libre revoloteara contra la cama, empujándome hacia la ola. Podía ver que él comenzaba a perder el control también. Intentaba concentrar toda esa increíble intensidad en mí, pero estaba perdiendo el control. Y Edward perdiendo el control era todo un espectáculo—mejillas sonrojadas, ojos oscuros y volviéndose borrosos, su boca abriéndose por la pasión.
Me empujó al límite, la mirada en su precioso rostro, y me contraje y retorcí bajo su agarre. El placer vibraba profundamente a través de mi cuerpo, su fuerza borboteando sobre mí, dejándome seca por dentro. Si estaba muriendo, moría feliz. Grité su nombre porque se sentía tan bien.
Él comenzó a temblar conmigo, dentro de mí, su voz un barítono y la mía un alto mientras sucumbíamos al éxtasis. Nuestros cuerpos temblaban contra el otro, calientes y húmedos por el sudor. Y entonces nuestras posturas tensas se disolvieron; nos acurrucamos juntos, nuestras bocas abiertas mientras jadeábamos contra la piel del otro. Girando, él me llevó hacia su pecho. Aún sintiendo las vibraciones de la réplica, acaricié su cuello con la nariz, presionando mis labios contra él.
Poco a poco, regresamos del éxtasis y a nosotros mismos, para darnos cuenta que nos reíamos suavemente entre lágrimas de cansancio y liberación.
Y fuimos rotos y reconstruidos por el otro nuevamente.
