Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
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Capítulo 25
Echar un vistazo a la oficina de Edward era una respuesta pavloviana cada vez que me ponía de pie, pero al parecer no podía evitarlo. Viendo que él estaba distraído en su teléfono, suspiré y colgué mi bolso sobre mi hombro. Él me enviaría un mensaje cuando terminara el día.
Empujando mi silla bajo mi escritorio, noté que Alice también estaba distraída. Simplemente no sabía si era deliberado.
Edward y Colin la habían metido en la oficina de Edward la semana pasada después de nuestra conversación con los socios, así que sabía que ella estaba consciente de nuestra nueva dinámica. Ella también permanecería como mi supervisora directa, y reportaría mi progreso a Colin en vez de a Edward. Pero ella había esquivado mis intentos para hablar de ello con la excusa de que estaba demasiado ocupada. Incluso me hizo dar un paso atrás con Bailey's Bicicletas, aunque había ofrecido mis conocimientos sobre cómo Bailey's podría atraer compradores semi-parapléjicos.
Dolió, perder su confianza en mí, si eso era lo que pasaba. Pero dolía perder su amistad aún más.
—Me iré —dije, deteniéndome junto a la media pared para sonreírle.
Ella me miró y me asintió.
—Por supuesto. Nos vemos mañana, Bella.
Cuando permanecí allí unos segundos más, ella arqueó una ceja en mi dirección.
—¿Podemos almorzar mañana? Solo... ¿para hablar de las cosas?
Preferiría cenar con ella —hubiera sido más sencillo y tendríamos más tiempo para hablar— pero llegados a este punto, no iba a presionar mi suerte.
Alice giró en su silla para enfrentarme.
—Esa probablemente sea una buena idea —dijo con un suspiro—. Lamento mantener la distancia contigo últimamente; estaba pensando en mis nuevas responsabilidades como tu supervisora. Es un equilibrio delicado, una amistad con una subordinada cuyo futuro depende de lo que le reporte a Colin Smith. Va a ser... Simplemente necesito acostumbrarme a la idea.
—Lo entiendo —respondí tristemente—. Estás preocupada de lo cercanas que deberíamos ser tú y yo.
Agrandando los ojos, se enderezó.
—Exactamente, y me sentí estafada también, porque eres una amiga, y no quería perder eso.
—No lo harás —dije suavemente—. Ya sabes cómo opero en la oficina, Alice. Nada va a cambiar, tú eres la jefa. Y de ninguna manera voy a darte una razón para reportar una mala conducta, o un desempeño mediocre.
El incómodo peso de un momento atrás se esfumó cuando ella esbozó una sonrisa.
—De acuerdo. Bien. Podemos hablar mañana —dijo.
Mi alivio hizo que casi me relajara contra la pared.
Mientras Alice regresaba a su escritorio, no pude evitar echar otro vistazo a la oficina de Edward. Esta vez, él estaba mirando en mi dirección. Aunque podía ver que estaba hablando, me dedicó una de sus sonrisas cegadoras. Y no importaba la cantidad de veces que había visto esa sonrisa; su poder aún enviaba una chispa a mi torrente sanguíneo.
Aún afectada por esta, entré al ascensor junto con otros rezagados que se iban diez minutos pasada la hora de salida. La mayoría eran de otros departamentos—rostros que reconocía, pero nombres que no sabía. Con un sobretodo cruzado color rojo y una mirada fría, Tanya difícilmente pasaba desapercibida. Se encontraba parada detrás de mí, mientras Ben se ubicaba a mi lado.
—¿Por qué sonríes? —preguntó él suavemente.
Antes que pudiera contestar, Tanya habló. En los confines del ascensor, su voz era lo suficientemente alta para que escucharan todos.
—Oh, Bella tiene un secreto.
Mi cabeza giró inmediatamente hacia ella, y su mirada era directa y fría, imperturbable.
El hielo repentinamente llenaba mis venas.
Ella sabía.
De alguna manera, ella sabía.
—¿Cuál es tu secreto? —preguntó Ben, pensando que Tanya estaba bromeando.
La boca pintada de rojo de Tanya se curvó en una sonrisa burlona.
—Oh, sí, cuéntale a Ben tu secreto —dijo—. No es como si él no mereciera saberlo.
Te reto a que lo hagas, decían sus ojos.
—¿Bella? —preguntó Ben, un tono de confusión en su voz.
No sabía cómo responder. Estaba demasiado ocupada devanándome los sesos con cómo ella podría haber descubierto lo mío con Edward.
—Creo que Bella está avanzando rápidamente —Tanya le contestó a Ben... y a todos los demás escuchando—. Alguien la está entrenando para una posición de Gerente de Cuentas Senior.
Ante sus palabras, miré adelante de nuevo, afectada ahora por una razón completamente diferente.
Quizás no nos iba a delatar en estos momentos, pero ella aún iba a hacer un poco de daño, aún intentaría hacer que las personas me resientan.
—¿En serio? —preguntó Ben—. Eso es increíble, Bella.
Tenía la entereza de notar que no había ni una pizca de envidia en su voz, que él parecía genuinamente contento por mí. Tratando de apartar el estupor, le eché un vistazo.
—Por lo que sé, no lo estoy. Soy como tú —le dije, aliviada de que mi voz no temblara.
—No lo eres —ronroneó Tanya—. Edward piensa que eres increíble. Cualquiera lo puede ver. Yo aún puedo verlo, incluso desde el otro extremo de la sala.
Un par de personas en el ascensor se movió incómodamente. El sudor comenzó a deslizarse por mi espalda ante sus miradas.
—¿Podemos no hablar de esto, por favor? —rogué—. Es poco profesional.
Escuché un resoplido cuando el ascensor sonó y se detuvo, abriéndose en el piso seis.
—¿Crees que tú, de todas las personas, saben lo que es comportarse profesionalmente? —preguntó Tanya mientras las puertas se abrían y varias personas entraban.
Sintiendo una pelea, dos hombres con sobretodo observaron a Tanya con incomodidad.
Exhalé lentamente, aunque lo que quería hacer era darme la vuelta y derribarla de un golpe. Lo cual probablemente era lo que ella quería de mí—una reacción que mostrara que estaba asustada, molesta, y fuera de control.
Bueno, estaba sintiendo dos de los tres, y cerca del tercero.
—Tanya —Ben se atrevió a decir con desaprobación.
Sin embargo, él no era oponente para ella, y en mi actual estado mental, tampoco lo era yo.
—Creo que tenemos algo que discutir, ¿o no, Bella?
Arriesgando su ira, la ignoré.
Ella solo puede lastimarme si se lo permito, me dije a mí misma mientras mi garganta se cerraba.
El silencio resultante era pesado. Aplastante. A Tanya podría gustarle el sabor de la sangre en este tipo de situación, pero yo estaba impaciente.
Mi corazón estaba acelerándose, y rogaba que llegáramos al vestíbulo de la entrada.
Cuando finalmente llegó y se abrieron las puertas, no fui gentil cuando atravesé los cuerpos frente a mí.
—Lo siento, disculpen —dije sin aliento, haciendo una mueca cuando golpeé mi rodilla contra el maletín de alguien.
—Un poco nerviosa, ¿no? —preguntó Tanya, habiéndome seguido hacia la entrada del edificio.
Giré para enfrentarla, y noté que Ben también había salido.
—¿Qué está pasando? —preguntó, estudiándonos a las dos con confusión.
Tanya inclinó la cabeza.
—Necesitamos tener una charla de chicas, Ben, y es privada. ¿Te molesta?
Él me miró con preocupación, y tímidamente, me pregunté qué pensaría si realmente supiera lo que estaba pasando. ¿Seguiría estando tan preocupado por mí?
—Está bien —dije débilmente, y ante su mirada dudosa, intenté sonar más convincente.
—Tanya tiene razón, tenemos unas cosas de qué hablar.
Eso era quedarse corto.
—¿Estás segura que no necesitan un mediador? —presionó con una mirada cortante hacia Tanya, quién se rio de su preocupación.
—Oh, no necesitas preocuparte por Bella. Ella está bien protegida.
Ignorando la obvia pregunta sobre qué quería decir eso, los ojos marrones de Ben eran suaves cuando me miró.
—Si necesitas que me quede, lo haré.
Me obligué a sonreírle en confirmación.
—Gracias. Pero realmente es privado, como dijo Tanya.
—Si es tan privado, ¿por qué ella lo está mencionando de manera tan pública? —preguntó él, haciendo que Tanya se riera de nuevo.
Mi mano se cerró en un puño.
—Tendrías que preguntarle a ella.
Pero no lo hagas, por favor. Aún no estoy lista para que sepas esto.
Con los labios presionados entre sí, fulminó con la mirada a Tanya.
—Me estoy quedando sin paciencia —dijo ella con un suspiro, y comencé a alejarme de Ben.
—Te veré mañana —le dije.
A regañadientes, él permaneció donde se encontraba. Sabiendo que algo iba mal, y viendo con fuerte desaprobación como las dos nos alejábamos. No había nada, absolutamente nada, que él pudiera hacer.
Que yo pudiera hacer.
Con la mandíbula apretada, seguí a Tanya hacia el delicatessen Goodwin. Excepto por nosotras y el hombre detrás del mostrador, se encontraba vacío. Apaciguándola, le permití que nos ordenara botellas de agua frente al mostrador antes de que tomemos asiento al fondo.
—Esperemos que nadie de la oficina pase por un café nocturno —masculló con una sonrisa mientras se ubicaba de su lado del banco—. Seguramente no queremos que nadie más nos escuche.
Brevemente, pensé en verter mi botella de agua sobre su cabello perfectamente peinado. Vistiendo un traje de sastre de invierno bajo su abrigo deslumbrantemente rojo, y al sonreír, ella parecía ser una mujer hermosa. Era el feo brillo en sus ojos que sugerían lo contrario.
—¿Qué es lo que crees que sabes? —pregunté tensamente, queriendo terminar con esto de una vez por todas.
Sus finas cejas color caoba se alzaron.
—Cariño, no creo, lo sé. ¿Adivina a quiénes vi caminando tomados de la mano por el Lago Shore unos sábados atrás? —Entonces, negando con la cabeza, chasqueó la lengua—. Con razón Edward te favorece, ¿mhmm? Te está follando.
Las palabras feas y acusadoras resonaban en mi mente, pero era su mirada, cruel y ácida, la que me hacía encoger por dentro. Había creído que ella solo estaba dolida antes, pero ahora veo que era más que eso. Ella estaba extremadamente furiosa.
También era claro que ella esperaba que yo entrara en pánico, pero ya había asumido que lo sabía. Simplemente no había esperado tan evidente ira. Me sacudía hasta el centro de mi ser y me robaba las palabras que podría haber pronunciado en defensa.
—Él es una basura, ¿sabes? —continuó con un tono conversacional, como si estuviéramos hablando del clima—. A Edward le gusta usar y descartar a las mujeres. Sé que estás consciente de los rumores sobre nosotros en el trabajo, tú lo insinuaste la última vez que hablamos. Parece que te encuentras en el mismo camino ahora. Y tengo que preguntar, ¿realmente quieres que tus compañeros de trabajo te consideren una de sus zorras descartables?
Un número de pensamientos pasaron por mi mente rápidamente, el primero siendo que ella no conocía a Edward en absoluto. El siguiente fue de fuerte temor, ella no estaba recordando lo que había pasado con claridad. Ella tenía un sentido de la verdad retorcido y convirtió a Edward en el enemigo. La razón por la que ella estaba haciéndolo hacía que mi estómago se retorciera.
—Él me contó sobre la fiesta de Navidad del año pasado, que los dos bebieron demasiado...
—Esas son mierdas —siseó, y había lágrimas de furia en sus ojos—. Yo no bebo, y él no estaba borracho. Él había estado mirándome por meses antes de esa noche. Pasando por mi cubículo por las razones más pequeñas. Soltando indirectas cuando los demás no estaban cerca. Coqueteando conmigo. Él me tomó desprevenida afuera del baño de mujeres esa noche y me metió en el armario del conserje.
A pesar de que sabía que no era verdad, sentí dolor en mi pecho.
Sabía cómo era Edward cuando estaba excitado, y él dejaba que yo tuviera el mando. También no podía imaginar que él descartara su rol de vicepresidente para volverse un cavernícola en un evento de la compañía. Era horrible y doloroso, e intenté quitar las imágenes que ella había dibujado, consciente de que su versión de la verdad estaba distorsionada a su favor. Aunque sabía de primera mano lo coqueto que Edward podía ser en el trabajo —lo cual dolía, demonios— aún creía su versión de la historia.
Y odiaba que ella intentara hacerme dudar de él.
Pero honestamente, era el entusiasmo furioso de Tanya que la volvía tan poco creíble, que hacía que mi instinto protector por Edward se activara.
—A pesar de lo que pasó, fue un error, Tanya. Los dos han seguido adelante desde entonces —dije, a pesar que ella obviamente no lo había hecho.
—Un error. ¿Fue un error que él me follara contra la pared en ese armario?
La observé impasiblemente mientras una lágrima caía por su mejilla.
Es una mentira, Bella. Confía en tus instintos.
—Si él te contó algo diferente y le crees, eres una tonta. Y si no me escuchas, estarás donde yo me encontraba el pasado diciembre, usada y humillada.
Ella estaba demente. Tenía que estarlo.
Inclinándose sobre la mesa, Tanya me estudió con fervor.
—¿Qué crees que estás haciendo con él, de todos modos? ¿Crees que se casará contigo como Stuart lo hizo con su pequeña zorra de oficina?
Santo cielo. Eso ni siquiera se me había ocurrido, considerando que ya creía que Edward y yo estábamos yendo demasiado rápido. Aparentemente, ella me juzgaba basada en sus propios complejos.
—No es de tu incumbencia lo que haga con él —espeté, cada vez más impaciente con sus melodramas, su odio. No podía creer que ella se refería a la esposa de su nuevo jefe como una zorra.
Tanya se echó hacia atrás en su asiento con una corta carcajada.
—Allí es dónde te equivocas. Si te acuestas con el jefe, es el asunto de todos.
Mierda. Había caído en sus manos con esa.
—Así es —dijo, sonriendo ante la expresión en mi rostro antes de que adoptara una falsa mirada de lástima, levantando su voz un octavo—. Me pregunto qué pensará Ben cuando sepa que estás con Edward. Apuesto a que él no estará tan preocupado por ti entonces.
La bilis subió a mi garganta.
Ella estaba en busca de sangre. La mía, la de Edward, no importaba la de quién.
Ahora que Tanya sabía que estaba con Edward, no pasaría mucho tiempo antes que todos los demás lo hicieran.
Gracias a Dios ya le habíamos contado a Colin y a Stuart.
Por la expresión arrogante de Tanya, sin embargo, ella no sabía eso; ella creía que me estaba tomando por sorpresa. Pero ella aún iba a causar problemas. Nada que dijera la detendría, especialmente desde que no estaba poniéndome en contra de Edward de la manera en que ella esperaba. Y cualquier cosa que dijera solo sonaría defensivo para ella.
Necesitaba alejarme de ella.
—Creo que hemos terminado —dije, moviéndome hacia el final del banco.
—Eres más idiota de lo que yo fui —dijo arrastrando las palabras mientras yo me ponía de pie.
Eso era dudoso.
—Creía que los murmullos sobre mí eran malos. tú vas a ser criticada duramente.
Mierda, no pienses en eso ahora. Solo vete, vete, vete.
—Tienes sexo para avanzar en tu carrera —gritó detrás de mí—. Qué celebración para el credo de las mujeres trabajadoras. Tus padres deben estar muy orgullosos. Tu madre, en especial. ¿Qué hace ella? ¡Oh! ¿También se acostó con su jefe?
Mi corazón se asentó en mi garganta, tratando de ahogarme.
Con los dientes apretados lo suficientemente fuerte para que mi mandíbula doliera, me di la vuelta para ver su victorioso desdén.
—Mi madre está muerta —declaré, solo apenas conteniendo mi temperamento—. Y tu retorcido odio va a destruirte más de lo que a mí.
Al principio sorprendida de mis palabras, vi una pizca de remordimiento en su rostro antes que su expresión se endureciera de nuevo.
Me fui, mis ojos llenos de lágrimas de furia.
~PJE~
Edward me ayudó a quitarme el abrigo, y entonces con un pequeño ceño fruncido, jaló de la camiseta en la parte de mi vientre.
—Ups —dije, observando la costura del borde, dándome cuenta que me había puesto la camiseta al revés. Por alguna estúpida razón, eso hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.
Su expresión se volvió suave y cariñosa, y me jaló hacia sus brazos.
—¿Qué pasa? —masculló contra mi coronilla.
Descansé mi mejilla sobre su pecho, mis brazos intensificando su agarre alrededor de él.
—Necesito un trago. Tú también. Busquemos el whisky —dije.
—¿Tan malo?
—Peor.
Jaló de mi mano hasta llegar a la cocina, y entonces sacó dos vasos de la alacena sobre el fregadero. Cuando volteó para tomar la botella, me subí sobre la encimera de granito negro y observé la biblioteca iluminada del otro lado de la ventana de la cocina. Si tenía que darle malas noticias, al menos podía hacerlo en un ambiente hermoso.
Lo observé y suspiré. Con una sudadera negra que contrastaba vívidamente con su cabello, mi corazón se saltó un latido ante su belleza natural. Él no necesitaba maquillaje o un peinado, solo una vieja sudadera. Era tan injusto.
Estudiándome de cerca mientras servía el líquido color ámbar en nuestros vasos, me guiñó el ojo, cautivándome aún más. Maliciosamente, me preguntaba si él alguna vez le guiñó el ojo a Tanya. Y me preguntaba si estaríamos en este predicamento si ellos jamás hubieran tenido ese momento en la fiesta de Navidad.
—Tanya sabe de nosotros —anuncié.
A mitad de volver a cerrar la botella de whisky, él se detuvo cuando su mirada se encontró con la mía. Aunque parecía disconforme, no lucía tan sorprendido.
—También dijo que te la follaste en el armario del conserje, y que era una tonta por estar contigo.
Fue mínimo, pero se encogió.
Bajó la botella con cuidado, y entonces vino a pararse frente a mí. Su mirada era abierta y vulnerable.
—Está mintiendo —me dijo simplemente—. Jamás la toqué de esa manera. Con respecto a lo segundo... ¿qué piensas tú?
Mis ojos se cerraron mientras sus manos se posaban sobre mis muslos, cálidas y fuertes.
—Puede que sea una idiota por estar contigo —admití mientras cubría sus manos con las mías.
No. Definitivamente lo era.
—Pero quiero estar contigo. Así que, si eso me convierte en una idiota... —Me encogí de hombros—. Ella solo... dibujó unas imágenes feas para mí.
La tristeza oscureció sus ojos.
—No se suponía que esa noche fuera a morder el trasero de alguien más que el mío —dijo lentamente—. Lo siento, Bella. No estoy seguro qué imágenes ella puso en tu mente, pero todo lo que hicimos fue besarnos y tocarnos sobre la topa. Odio incluso que haya llegado tan lejos.
Era lo mismo que él me había dicho una vez, pero un pequeño pinchazo aún así atravesó mi corazón cuando mi mente traicionera reprodujo el escenario. Y era una estúpida por sentirme de esa manera por algo que pasó antes de que nos hubiéramos encontrado de nuevo. Estúpido, estúpido, estúpido.
Estudié el movimiento de su manzana de Adán, y entonces tomé uno de los vasos.
—¿Solías, eh, coquetear con ella también? —pregunté, y entonces bebí un trago.
Ardió agradablemente al bajar por mi garganta, y esperaba que ayudara a calmar el dolor.
—Sé que tienes razones para dudar de mí con respecto a esto, ya que lo hice contigo, pero no coqueteé con ella —dijo firmemente, y el agarre alrededor de mis muslos se intensificó—. Excepto por la noche de la fiesta. Había estado bebiendo demasiado, y ella estaba justo allí. Me había estado sintiendo solo también, y sé que eso jugó una parte.
Él me observó abiertamente, firmemente, sus dedos masajeando los músculos de mis muslos. El hecho que él estuviera cómodamente siento tan directo sobre esto me consolaba un poco. Aún así, serví un poco más de whisky porque no habíamos terminado aún.
—Creía que ella solo estaba dolida, pero, Edward, ella está más que eso. Está resentida y vengativa. Si puede, va a causar problemas para nosotros en el trabajo.
No me di cuenta que mis ojos se habían cerrado hasta que sus manos estaban sosteniendo mi rostro. Dando un paso más cerca, él llevó su frente a la mía.
—Le haré saber a Stuart lo que ella planea hacer. Tenemos una política de tolerancia cero al acoso en el trabajo. Quizás ella necesite recordarlo.
Sacudí la cabeza contra la suya.
A ella no le importaría.
—¿Es acoso decirle a alguien más que ella nos vio juntos, que ella cree que nos estamos acostando? Porque eso es lo que ella va a hacer. ¿Cómo puede la compañía controlar eso?
Él se reclinó, y entonces presionó un beso en mi frente.
—Ya es acoso, simplemente por las razones que ya has dado. Y si la persona a la que le cuenta la reporta con Stuart, ella podría ser despedida.
—Probablemente se lo dirá a Jessica —susurré—. Y ambos sabemos que ella no reportará a Tanya, porque a Jessica le encanta el chisme. Después de eso, todos lo sabrán.
Me sacó de la encimera y me llevó hacia sus brazos.
—Recuerda el consejo de Stuart —dijo—. Necesitamos permanecer profesionales y por encima de cualquier reproche. No vamos a darle a nadie algo de qué hablar.
—Será un consejo trivial cuando me enfrente a ello.
Me abrazó con más fuerza, pero él no podía protegerme de lo que sabía que iba a pasar.
—Odio lo que voy a decir —dijo y se estremeció—. Pero tienes experiencia lidiando con este tipo de cosas, Ojos de Tigre. —Haciendo una pausa, lo escuché tragar nerviosamente—. Yo fui mucho peor de lo que cualquiera va a ser.
Sorprendida de que él lo estuviera mencionando, solté una risita ahogada.
—Eso es... verdad, de hecho.
Recordando lo dolorosamente horrible que él había sido una vez, cómo había soportado sus ataques, hizo que me tensara en sus brazos. Diablos, no quería volver a aprender ese comportamiento, o sentirme de esa manera de nuevo.
Casi fervientemente, él comenzó a presionar besos por el costado de mi rostro, hasta que él se apartó ligeramente para encontrarse con mi mirada. Honesto y devoto, él me observó por tanto tiempo que mi corazón comenzó a acelerarse. Cuando él inclinó la cabeza, me paré de puntitas de pies para encontrar su boca, y nos besamos profunda y lentamente. Sus manos se elevaron para tomar mi rostro, para sostenerme contra él, y comencé a relajarme bajo todo ese cariño. Mientras sus pulgares acariciaban mis mejillas, sollocé bajo su tacto.
—Lo siento —susurró.
—Shh —dije—. Está bien.
Su boca era intensa contra la mía, sus manos duras contra mi espalda y cintura.
—Jamás va a estar bien —susurró bruscamente—. Dios, si tan solo pudiera meterte en mi bolsillo para mantenerte a salvo.
—Pero no puedes —contesté entre sus besos, sin aliento por la manera frenética que él intentaba consolarme—. Y estaré bien. Te tengo a ti, ¿cierto?
Un sonido ronco salió de su boca.
—Me tienes a mí. Soy tuyo —dijo con un tono tenso—. Soy todo tuyo, cada parte de mí.
Enterró su rostro en mi cuello, y aferré su cabello. Suave y salvaje, se curvaba entre mis dedos.
—¿Eres mía? —preguntó, su aliento caliente contra el mío—. Por favor, di que eres mía.
Sosteniéndome firmemente en sus brazos, me inclinó hacia atrás. Me derretí contra él cuando su boca bajó a mi pecho, sus dedos jalando del cuello de mi camiseta así podía alcanzar la piel allí. Bajo sus caricias, mi cuerpo comenzó a estremecerse.
—Sí —jadeé—. Soy tuya.
—Mi Ojos de Tigre —dijo, con una aspereza en su voz—. Desde la punta de tu cabeza a los dedos de tus ridículos zapatos, eres toda mía.
Era tan dulce, la suave sensación de sus dedos curvados alrededor de mi cintura y sosteniéndome contra él. Gemí mientras sus labios se deslizaban por mi piel, su aliento provocándome mientras seguía susurrando.
—Cada... milímetro... de ti... es tan hermoso. Te amo.
Sus caricias fascinantes, sus besos, estaba volviéndome absolutamente loca. Estaba escuchando cosas.
Cuando llegó a mi pecho, me estremecí de nuevo, perdida en la sensación del calor placentero que cosquilleaba mi garganta. Me arqueé contra él, mi cabeza echada hacia atrás mientras él continuaba su hipnótico y embriagante ataque.
—Te amo —dijo, ya no era un susurro, y hubo una simple certidumbre en su voz antes de cerrar ese anuncio presionando un beso sobre mi corazón.
Bueno, eso no fue mi imaginación.
Mientras se enderezaba, vi que su ceño estaba fruncido y sus ojos seguían medio cerrados, como si estuviera perdido en un momento. Lentamente, sus ojos subieron para encontrarse con los míos, y vi la verdad escrita a mano allí.
¿Cada milímetro de mí? ...se prendió fuego.
Él me amaba.
Podía verlo con claridad, ahora que él había puesto en palabras la emoción que teñía su mirada. De hecho, mientras los últimos días de esa misma mirada se reproducían en mi mente, me di cuenta que él me había amado entonces también.
—Sé que el momento no es el correcto. Sé que puede ser demasiado pronto —masculló, mirándome sin parpadear al mismo tiempo que llevaba una de mis manos a sus labios. Sus mejillas estaban sonrojadas, su boca hinchada, su cabello un desorden, pero jamás me había parecido más hermoso—. Pero ya no podía no decirlo.
Aún sin palabras, sacudí la cabeza. Viéndolo, sus ojos se oscurecieron con resolución.
—Amo que enfrentas cada desafío —comenzó con un tono suave pero fría que no daba lugar a la duda—. Amo que devuelves lo mismo que recibes, que te preocupes de más e intentes ver cada escenario posible. Amo el sonido de tu voz cuando intentas decirme por qué estoy equivocado sobre algo. —Su mirada se volvió extremadamente cariñosa—. Y Dios, amo tus ojos, y cómo me miras como si estuviera loco ahora mismo.
Su rostro, oh... estaba jalando de las fibras de mi corazón, desenredando todas y cada una.
Él me amaba.
Mientras la última fibra se liberaba, mi mirada se volvió borrosa cuando demasiadas emociones abrumadoras aparecieron al mismo tiempo. Era demasiado pronto para sentir lo mismo, porque solo habían pasado unas semanas... pero una repentina conciencia, pesada y creciente, se abría paso por la parte trasera de mi cuello y por mis hombros, hasta que me encontraba jadeante debido a su poder.
También lo amaba.
No tenía sentido, ¿pero tenía que tenerlo?
Él me estaba abrazando fuerte contra él de nuevo, la palma de su mano presionando contra mi nuca. Me aferraba a la espalda de su camiseta con un agarre mortal, aún atravesando mi propia revelación... lenta para escuchar lo que él estaba diciendo.
—...no dije eso así tú lo correspondías —dijo suavemente—. Sé que es demasiado pronto para ti, y eso está bien, pero ya no podía no decirlo. He estado tragándome las palabras, tratando de contenerme por ti porque no quería asustarte.
Demasiado tarde, demasiado tarde, pero no quiero que te sientas solo en esto.
—Edward —reí ahogadamente, liberándome de su agarre para sostener ese precioso rostro que tenía—. También te amo.
Él me observó, y su boca se abrió, pero no salió ninguna palabra. Él estaba evidentemente maravillado, mirándome con incredulidad.
—Te amo —susurré, permitiendo que mis ojos se suavizaran y se relajaran.
Transcurrieron segundos antes que su boca abierta comenzara a curvarse en una sonrisa que se agrandaba cada vez más, y vi su mirada brillar con lágrimas.
—Me amas —dijo, apenas un susurro, su rostro brillando con alegría juvenil.
—Te robaste mi corazón cuando no estaba mirando —sollocé—. No debería estar sintiendo esto aún, pero lo hago. ¿Cómo no podría? Tú... Tú eres... Eres... Tú. Tan relajado y paciente conmigo, y sé que conmigo se necesita de mucha paciencia. Te podrías haber deshecho de mí meses atrás, era tan horrible y estaba tan molesta...
—No —dijo, interrumpiendo mis pensamientos de remordimiento mientras me llevaba de vuelta a su pecho—. Necesitabas que te persiguiera, que te probara que era digno de ti y de tu perdón. Pero tú... más que cualquiera, eres digna de ser amada, Ojos de Tigre. —Sus labios acariciaron mi sien, deslizándose hasta detenerse junto a mi oído—. Y lo hago.
Mi corazón estaba saliéndose ante sus palabras, ante la seda melosa de su voz. Me presioné aún más contra él, sintiendo como si yo fuera algo apreciado.
Sus caricias estaban llenas de amor y sanación; lo habían sido desde el comienzo, desde que él me había jalado hacia su regazo y había unido cada uno de mis pedazos.
Él me hacía sentir completa de tantas maneras.
—Comencé a enamorarme de ti... la noche en que te perdoné —confesé, reclinándome así él podía verlo en mis ojos.
—Me amas —dijo de nuevo, y el asombro aún seguía en su voz. Seguía en sus ojos, tensando mi garganta. ¿Él no sabía lo realmente especial que era? El niño perdido y molesto que había sido se había convertido en el hombre más hermoso. Él hacía que mi alma doliera con ternura.
—Te amo —repetí, tan suave como un beso, sintiéndolo en cada rincón de mi corazón.
Él llevó su frente a la mía, y suspiré mientras la exhalación temblorosa de su aliento acariciaba mi nariz y mis labios.
Permanecimos parados de esa forma por un largo momento, simplemente intercambiando alientos y estando enamorados, antes de que él me llevara a su cuarto. Entonces, nos turnamos para desvestirnos, cariñosamente explorando cada nueva extensión de piel que era revelada.
Semanas atrás, él había dicho que yo era su indicada. Y por ende, de manera silenciosa y clara, me aseguré de que él supiera que él era mi indicado también.
