Beso

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Kagome gesticula y sus ojos se abren mucho como para dar mayor énfasis al relato que está contando. Sé que me está hablando de Souta, de su madre y del modo en que el primer día de escuela para su hermano significó mucho para ella. Sin embargo, lo que ella no llega a comprender es lo mucho que significa para mí tenerla aquí, a mi lado, entre la hierba de esta colina y contándome cualquier cosa; lo que quiera.

No, probablemente ella no es capaz de dimensionar la forma en que mis dedos quieren recorrer el contorno de su rostro cada día a cada momento de éste. O la manera en que sentirme rodeado de su aroma se ha convertido en mi más puro estado de calma. La miro, me habla y yo le sonrío, mientras el viento le mece el pelo, enredando las hebras entre sí y llevándolas hasta su rostro. Ella las ordena una y otra vez en tanto me cuenta más detalles de cosas que parecen inconexas entre sí, pero que consiguen formar un cuadro en mi mente sobre todos los retazos de su vida que no conozco.

¡Quiero conocerlos todos!

—Y entonces ¿Cómo conseguiste esos apuntes? —pregunto, siguiendo el hilo de su historia.

Ella continúa detallando los pasos de aquel momento, que parece una aventura al ser contado a su manera jovial y encantadora.

Sí, Kagome me encanta.

El viento vuelve a remover su pelo, esta vez con más fuerza, arremolinándolo delante de su cara y llenando mi espacio de su aroma. No, ella jamás sabrá lo que fueron tres años sin respirarla, sin escuchar las diferentes entonaciones de su voz o los suspiros que suelta cuando me mira y cree que yo no la veo.

Cierto es que aún llevamos poco tiempo viviendo juntos. Cierto, también, que nuestra intimidad es algo de lo que aún no hablamos y progresa a un ritmo muy de nosotros. No obstante, para mí es un hecho que beberé de ella cada respiración, por cada mañana que ella decida, por tanto tiempo como me regale.

El viento vuelve a cruzarnos con una ráfaga y Kagome busca refugio en mi pecho; así, sentados como estamos en la hierba, uno junto al otro. La escucho reír y hacerlo con una voz tan clara que remueve en mí el deseo de proteger la transparencia de esa risa toda mi vida.

La abrazo, la atraigo con ambas manos en su espalda, y le beso la frente; porque la amo, porque se me llena el pecho con este sentimiento que está colmado de una esperanza que no he llegado a conocer hasta que ella me enseñó que existía.

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N/A

Sin comentarios.