Futón

.

En ocasiones me cuesta relacionar lo que siento con cada paso que doy en un día, tropezando con momentos en los que eres como tener un hijo. Supongo, que a pesar de lo mucho que te amo, el querer hundir tu cabeza en una vasija de agua hasta que aletees en busca de aire es una reacción lógica. No lo hago y no lo haría nunca. Aunque claro, también está el considerar como factor para no reaccionar, este enorme amor que te tengo y que sólo me permite mirarte con los ojos creando dos rendijas que buscan fulminarte: Por si eso, por si lo notas.

Sin embargo ahí estás, sonriendo mientras caminas con la ropa que acabo de lavar en el río, haciéndome el favor de ponerla al sol, en tanto arrastras por la tierra la punta de la funda del futón, porque en tu afán por hacer aquello pronto, lo has puesto todo a malas y rápido para que yo descanse. Dime: ¿Cómo puedo descansar así?

He sentido ganas de gritar; creo que lo he hecho. Sin embargo tú has interpretado mi inquietud a tu manera y me has pedido que esté tranquila, que en un momento estará hecho. En ese instante he desistido, no puedo con tu energía: Espero que te sirva para bajar al río y lavar esa funda nuevamente.

Me siento en el bordillo de la entrada a nuestra cabaña; sí, la misma que construiste tú en veintiocho días. Apoyo el mentón sobre mi mano mientras observó el espectáculo. Supongo que en algún momento te darás cuenta de la situación y me mirarás y alzaras ese par de cejas tuyas y ese gesto me transmitirá un oups, venido de ti.

Suspiro.

Comienzas a tomar la ropa, las toallas, un hitoe que ayer manchaste con ceniza de la hoguera y que luego intentaste arreglar con agua. No importa las veces que te diga que eso lo empeora, porque siempre lo haces una vez más. Llegas al futón y lo pones en la madera sostenida por dos soportes, sacudes las manos y además te echas un poco hacía atrás para mirar con orgullo tu obra. Luego me observas y sonríes.

Lo dicho.

A medida que te acercas veo como la sonrisa se va ensanchando. Cuando estás frente a mí te inclinas y ladeas la cabeza ligeramente.

—¿Quién se ha ganado un beso? —preguntas, con ese tono travieso que ya te conozco.

Extiendo mi mano y te pellizco el trasero. Te quejas.

—Y eso ¿Por qué? —el tono de diversión ha dado paso a la perplejidad.

—La funda del futón —indicó. La miras.

—¿Eso? Bah, esperamos a que se seque y la sacudimos.

—¿En serio? —amenazó con pellizcarte ahora por la parte de delante.

Tus ojos se abren enormemente y llevas ambas manos a ese lugar, protegiéndote. No puedo evitar soltar una carcajada.

Sólo me queda por concluir que el amor es una serie de muchas cosas que no siempre son perfectas y que se vuelven únicas porque el amor las sana.

Este día será recordado como: El día del futón.

Sin funda.

.

Besos

Anyara