Cerezos

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Caminas por delante de mí, ya hemos andado varios kilómetros en los que me guías de la mano como si conocieras este bosque y este territorio mejor que yo. Me parece irónico que quien nació en esta época haya sido yo, aunque no debería de extrañarme, de los dos tú eres la que trae consigo la facultad de integrar. Lo hiciste con Shippo, nada más encontrarlo y con Miroku, a pesar de su enrevesada presentación, con Sango y hasta con el lobo ese. Suspiro porque reconozco que conmigo lo conseguiste primero, por mucho que intenté resistirme. Luego comprendí que me era difícil aceptar lo que no conocía y que tu forma de amar irrumpió en mí, impetuoso, destrozando mis conceptos y mis miedos para formar otros.

—Es una pena, creo que lloverá —mencionas.

Siento que sostienes mi mano aún con más fuerza y decisión, como si esa convicción fuese capaz de detener la lluvia.

—Si me dices a dónde vamos llegaríamos antes —igualo tu paso para mirar tu expresión.

Me observas de reojo y oprimes los labios un instante. Noto el modo en que se fortalece tu determinación.

—Podría decírtelo, y llegaríamos antes, pero me privarías de la oportunidad de ofrecerte algo que he descubierto.

—Y ¿Cómo sabes que no lo conozco? Me he recorrido este bosque muchas veces, durante mucho tiempo.

Me vuelves a mirar de reojo y otra vez oprimes los labios en ese gesto que he aprendido a reconocer como un momento de introspección para ti.

—Esta vez te llevaré yo y verás el lugar conmigo —aclaras.

Acepto que me da igual, que tomado de tu mano iría a donde me llevaras, bajo la tormenta incluso. Sin embargo, y a medida que nos acercamos, puedo oler el lugar. Me mantengo en silencio, siguiendo la ruta que tú has resuelto.

De pronto sueltas un suspiro.

—Ya lo hueles ¿Verdad? —tu voz suena resignada.

—No sé de qué me hablas.

Sonríes ante la resolución en mi tono y tomas mi brazo con tu otra mano, afianzando tu agarre. Ahora yo resguardo una sonrisa.

Al poco de andar se abre ante nosotros un campo de cerezos cuyas flores de tonos rosa acaban de abrir, probablemente hace dos días, creando un estallido de sutileza que anuncia nuestra primera primavera como compañeros.

Comenzamos a caminar por entre los cerezos y aunque mi olfato es sensible, el aroma me resulta tolerable. Cuando estamos en mitad del campo empezamos a sentir las gotas de lluvia que traspasan las ramas. Me quito el kosode de dentro del pantalón para cubrirte con él. Tus manos se detiene sobre las mías.

—No, si te lo quitas te mojarás.

Quiero replicar, sin embargo te giras y noto el calor de tu espalda a mi pecho. Sostienes los extremos de la prenda y nos encierras a ambos con ella y yo te abrazo. Nos mantenemos en uno de esos delicados silencios que hemos ido descubriendo.

No mires la flor

Vislumbra el pétalo

Sueña su danza

Recito y me miras hacia arriba.

—Mi madre escribía haikus —digo.

Alzas una mano y tocas mi mejilla.

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N/A

La delicadeza de la inminente primavera.

Besos

Anyara