Presente
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Te veo nada más salir de entre los árboles del bosque, aunque ya percibía tu aroma desde mucho antes. Estás en el claro junto al río que se usa para extender la ropa. Me quedo durante un instante observándote desde la distancia, complacido de hacerlo después de los cinco días que llevo sin mirarte y olerte. Estás alegre y sonriente y escuchas con atención lo que una de las aldeanas te cuenta. Yo cierro un poco más el puño que sostiene lo que traigo para ti oculto bajo la manga de mi hakama. Quería traer un presente, algo para que sepas que eres una constante y que siempre viajas en mi alma.
Siento el corazón latiendo fuerte en el pecho, sé que es absurdo estar así de ansioso, no es la primera vez que traigo algo para ti, sin embargo siempre, de alguna forma, me lo habías pedido.
Esta vez lo he decidido solo.
Una de las aldeanas indica en mi dirección y te giras con rapidez para mirarme. Otra vez se me salta el corazón.
Comienzas a hacer el camino en mi dirección con una sonrisa radiante que bien podría asemejarse con la luz del sol más alto del día. Avanzo a tu encuentro y nos detenemos en mitad de aquel sendero para mirarnos fijamente. Inhalas profundamente e intentas avanzar para darme ese beso que siempre me espera, sin importar a quien tenemos de espectador.
—Espera —te pido, dando medio paso atrás.
—¿Qué pasa? —muestras tu sorpresa.
—Cierra los ojos —te pido y arrugas el espacio entre tus cejas—, anda —te insto con voz suave y ahora arrugas también la nariz y sé que luego sonreirás; así como terminas haciendo.
—Bueno —me concedes y cierras los ojos.
Saco lo que he conseguido para ti y ejecuto la maniobra necesaria para ponerlo delante. Tras de nosotros las aldeanas liberan risas alegres y cómplices que hacen crecer tu ansiedad.
—¿Puedo abrirlos ya? —preguntas, llena de anhelo.
Sonrío con cierta inquietud que estoy seguro escuchas en el temblor de mi voz.
—Sí.
Abres los ojos y me miras primero a mí, para luego alzar la mirada y observar por sobre tu cabeza.
—Una wagasa…
No dices nada más, sin embargo por la forma en que miras la sombrilla y extiendes los dedos con lentitud para tocar el dibujo sobre el papel aceitado, me da a entender que te ha gustado.
—Es un crisantemo —dices y delineas la flor que decora con su tono amarillo y hojas verdes el blanco del fondo.
—Generosidad y felicidad, al menos eso dijo la mujer que los hace —te explico.
Tus dedos ahora tocan los hilos de seda que permiten el movimiento de abrir y cerrar. Veo que te comienza a temblar el labio y huelo las lágrimas que abordan tus ojos. Me tenso, aun me cuesta mucho aceptar que también hay lágrimas de felicidad. Me miras, pones una mano sobre la que uso para soportar la wagasa y esta unión se queda a un lado de nosotros, mientras recibo el beso que me ofreces. Rodeo tu cintura y te alzo muy poco, sólo lo suficiente como para sentirte más pegada a mi cuerpo.
Tras nosotros, las aldeanas ríen y alguna aplaude. Yo pongo la wagasa entre ellas y nuestro reencuentro.
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N/A
Me encantó escribir este drabble. Cuando casi lo había terminado me encontré con que la wagasa, o paraguas de papel aceitado y bambú, no se comenzaron a fabricar en Japón hasta 1568 (fecha registrada), sin embargo ya existían en China desde mucho antes. Así que lo dejé y le dije a mi mente: Todo ya se ha hecho antes de que alguien lo registre.
Espero que hayan disfrutado.
