MUGEN

Crear

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Noto la cálida brisa de verano que me toca la piel de las mejillas, mece mi pelo con suavidad y se filtra por los pliegues de la yukata que llevo. No sé muy bien cuánto he descansado y quizás sea esa una de las cosas que más amo de estas siestas de verano; el tiempo se detiene en ellas. Respiro con suavidad, aunque hondamente, y me lleno del aroma de los árboles que van madurando sus frutos y algunas de las flores que decoran la entrada de nuestra cabaña, en la que nos encontramos tú, yo y Moroha.

Abro los ojos, a lo lejos toda nuestra ropa habitual se distingue secándose al sol.

Te observo sentado a poca distancia de mí. Tienes el pelo recogido en una coleta alta, que da forma a un moño desorganizado. Llevas la yukata negra que te regalé hace un par de años, con las mangas sostenidas para no mancharte. Probablemente ya sabes que he despertado, aun así continúas con el hábito que has comenzado este verano: escribir haikus.

He notado, estos últimos días, cierto deleite en mirar cómo sostienes el pincel desde lo alto, para crear con delicadeza trazos que luego en el papel resultan firmes y definidos.

Escucho hablar a nuestra hija, que está junto a ti, aunque no consigo verla tras tu cuerpo.

—¿Así, otōsan?

Moroha también está intentando dibujar los kanji que le has enseñado.

—Sí, muy bien —la animas, ella cuenta con apenas cuatro años de vida.

Extiendo mi mano para tocar tu espalda en un acto de total ternura y amor. Me miras por sobre el hombro y un rayo de luz atraviesa el iris dorado de tu ojo, dejándome sin aliento y consiguiendo reafirmar mi fe en la magia.

—¿Qué tal esa siesta? —preguntas, sonriendo con cierta picardía. Ya sabes que la última noche me permitiste dormir escasamente.

—Bien —te devuelvo la sonrisa traviesa, aunque en mi caso va acompañada del sonrojo que se me sube a las mejillas.

Siento que pones tu mano sobre la parte alta de mi muslo, a escasa distancia de la cadera, en un gesto posesivo que con el tiempo se ha convertido en nuestro.

—Deberías poner la mesilla —te digo, acariciando la parte baja de tu columna—, si te arqueas demasiado se te cansará la espalda.

—¡Feh! —exclamas de esa forma habitual en ti— Demasiado trasto.

—¿Trasto? —repite Moroha.

Sonrío y tú lo haces también.

—Sí, trasto —dices, girándote hacia ella—. Se escribe así.

Le dibujas el kanji sobre el papel que ella tiene y me vuelves a mirar.

—¿Has escrito algo? —pregunto y asientes con suavidad, para volver la mirada al papel sostenido por pequeñas piedras para que la brisa no lo mueva.

Entonces, comienzas a leer:

Pálido es el

Sol en mitad del cielo

Bajo tus luces

Me vuelves a mirar y sólo puedo pensar en la hermosa poesía que creas cuando estás centrado y en lo mucho que lo que acabas de leer representa mi sentir por ti. Sin embargo son tus palabras las que me desarman.

—Así eres para mí.

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N/A

Espero que lo hayan disfrutado

Besos

Anyara