MUGEN

Nieve

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La nieve siempre me había significado más una molestia que un bienestar. Es fría, húmeda y hace difícil el esconderse en medio de tanto blanco y tanta luz. Sin embargo, desde que estás tú todas aquella cosas parecen irrelevantes; desde que estás tú la nieve tiene otras cosas.

—¡Para! ¡Para! ¡Para! —exclamas y tu espalda se pega con fuerza a mi pecho como si con tus pequeños pies pudieses frenar el trineo de madera que he fabricado y que nos desliza monte abajo.

—¡Qué dices, mujer, esta es la mejor parte! —te animo, mientras mantengo firme la ruta del pequeño vehículo. Tú te sostienes con más fuerza, rodeando mis brazos con los tuyos.

—No puedo mirar, no puedo mirar —repites y escondes la cara a un lado, sobre la manga de mi kosode.

Creo que es momento de parar.

Hago un suave movimiento en la dirección del trineo, algo casi imperceptible que hace que éste comience a frenar poco a poco.

—¿Qué haces? —preguntas, aún oculta entre mi ropa.

—Parar. Es lo que querías ¿No? —respondo.

—Eres lento —te quejas. Aún vamos rápido, aunque mantengo la reducción gradual de la velocidad.

—Te lo dejo a ti, yo me puedo bajar ya —alzo las manos de la conducción y el trineo da un suave bandazo.

—¡¿Qué haces?! —filtras toda tu incredulidad en esa corta pregunta.

Me echo a reír, en tanto vuelvo a asir el manillar.

—Eres malo —te quejas e intentas incorporarte.

—¿Qué haces tú, Kagome? —intento sostenerte sentada entre mis piernas, sin embargo te resistes y comprendo que he jugado contigo en un mal momento— ¡Para! —te advierto y tú me echas una mirada de las que buscan atravesarme.

Entonces el trineo da contra una roca que no he llegado a ver en el camino y ambos salimos despedidos hacia adelante debido a la velocidad. Te rodeo con mis brazos y aseguro tu cabeza hacia mi pecho, consiguiendo con ello ser yo quien amortigüe el impacto contra unos arbustos de hojas puntiagudas como agujas; acebo, creo que se llaman.

Ambos nos quedamos muy quietos durante un momento, respirando agitados el frío aire del monte. Parecemos esperar a que el otro sea el primero en hablar; finalmente lo hago yo.

—¿Estás bien? —me animo a preguntar.

Al paso de un instante te noto asentir.

—Lo siento —murmuras.

—No lo hagas, fui yo quien debió ir más despacio —te aseguro.

—Pero no debí intentar ¿Bajar? —también comprendes que era improbable que saliera bien— Debí confiar más en ti.

—En eso tienes razón —acepto.

—Idiota —dices, con voz risueña, mientras me das un par de golpes con la mano abierta sobre el pecho.

—Ay —me quejo, sin ganas, sabiendo que eso te hará reír un poco más.

Entonces me miras y yo me detengo en el color castaño de tus ojos y en los furiosos tonos de rosa que el frío pone en tus mejillas. Te acaricio el labio con suavidad, fijando en él la mirada, me inclino y te beso en medio de estos arbustos y no me importan ya sus hojas puntiagudas como agujas.

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N/A

Un momento de los tantos probables de ellos.

Espero que les gustase.

Besos

Anyara