-N/A: ¡Sorpresa! (O no tanto, porque avisé por Facebook de que adelantaría la actualización, jeje). He decidido actualizar antes porque la espera de dos semanas se me estaba haciendo larguísima y pensé que si a mí me parecía mucho, quizás a vosotras todavía más. Este capítulo tiene más de 8500 palabras, así que espero que compense la espera y sirva para aguantar hasta la próxima actualización.
Antes de dejarlos leer en paz, quiero daros las gracias por todo el amor que he recibido en el primer capítulo *corazones*. Muchas gracias por todo el apoyo que he recibido en forma de favs, follows e interacciones en Facebook, pero, sobre todo, un abrazo enorme para Caro2728, AliciaBlackM (doble agradecimiento por su paciencia y por estar ahí desde el principio, cuando nació esta idea), LyraDarcyFoy, Tayler-FZ, hadramine, HijaDeFrazel, Alice1420, fergrmz, Cris James, Lirio-Shikatema, Margarite Paroi, Lizeth747, johanna, FlowersBlack, Annath06, Angela-MG, Alexa Roman, Sally ElizabethHR, Effy0Stonem, Lectora en las Sombras, SAKU, Parisatis, Nanu Mlfy, Hanya Jiwaku, karende14 y un guest por haberse tomado el tiempo de comentar. ¡26 ni más ni menos! Ni en mil años me habría imaginado tanto apoyo :D Ahora solo os pido que no decaiga el ánimo, porque la experiencia me ha enseñado que siempre comenta mucha gente en el primer cap y después desaparece, y eso desanima mucho :( Un review = un granito de felicidad para esta autora :)
Recordatorio: he intentado apegarme al canon en muchas cosas, pero otras han sido modificadas para encajar en mi fic.
Próxima actualización: 30 de mayo. N/A-
Capítulo dedicado a fergrmz porque mañana es su cumpleaños. ¡Felicidades, hermosa!
Into the Light
II. Un camino de mil millas comienza con un paso. (Benjamin Franklin)
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La mañana siguiente, poco después del amanecer, Draco se escabulló de la habitación de Hermione para ir a la suya antes de que el resto de los habitantes despertara. La bruja, que solía mantener el mismo horario que en Hogwarts, se levantó a las siete y media, dispuesta a arreglarse para afrontar el día que tenía por delante y comprobar una última vez que en su baúl tenía todo lo que necesitaba.
Entró al baño y vio con satisfacción que la bañera ya estaba llena de agua y espuma de su jabón favorito: rosas y jazmín. Los elfos de la familia eran muy eficientes: en la mayoría de los casos no hacía falta darles órdenes para que supieran lo que tenían que hacer, sin importar el momento del día. De hecho, en cuanto se quitara el pijama y lo dejara caer al suelo, sabía que desaparecería, directo a la lavandería, y para cuando tuvieran que usar la Red Flu para volver a Inglaterra toda su ropa ya estaría limpia y guardada.
Se metió en la bañera y se dejó caer hasta que solo su cabeza estaba por fuera del agua. Cerró los ojos; según sus cálculos, podía recrearse durante un buen rato y le sobraría tiempo para estar lista a las once de la mañana, la hora prevista para volver a casa. Sin embargo, los nervios no le permitían relajarse y veinte minutos después ya estaba envuelta en una suave toalla y se estaba aplicando la Poción para Rizos Rebeldes que tenía que usar cada vez que se lavaba el pelo para asegurarse de que al terminar tendría unos rizos bonitos y no un caos difícil de peinar.
Eligió para ese uno de septiembre una falda hasta las rodillas de color azul lapislázuli y una blusa blanca de manga larga con un lazo en la parte del cuello. Aunque no tenía el cuerpo esbelto de Pansy Parkinson o el desparpajo de Ginevra Weasley, dos de las chicas más atractivas de su curso, podía decirse que ella era bonita. Frunció el ceño y negó con la cabeza: demasiado tiempo con sus padres y los de Draco, había empezado a darle importancia a su aspecto cuando eso nunca había sido importante para ella.
Con dos movimientos de varita, hizo venir a sus pies los dos baúles que se llevaría a Hogwarts y a su mano izquierda la lista que había preparado de los objetos que debían estar guardados. Una pluma y un tintero también flotaron hasta ella.
Hermione cambió de opinión y apartó el baúl de la ropa; su madre ya la había ayudado a elegir los atuendos que llevaría cuando el uniforme no fuera obligatorio, así como el vestido del baile de Navidad, por lo que no necesitaba revisarlo. Abrió el otro baúl y sacó los libros de texto.
—Enfrentarse a lo indefinible, sí —empezó a enumerar. Ese era el libro de Defensa contra las artes oscuras, que la pluma tachó de la lista—. Guía de la transformación, nivel superior. —Transformaciones, tachado—. Árboles carnívoros del mundo —Herbología, tachado—. Una historia de la magia —no pudo evitar poner los ojos en blanco—, otra vez. —Binns llevaba usando el mismo libro desde el principio de los tiempos, probablemente desde cuando todavía estaba vivo. Tachado. Hermione se lo sabía de memoria—. Libro reglamentario de hechizos. —Encantamientos, tachado—. Elaboración de pociones avanzadas. —Era el único libro que Hermione había releído de principio a fin antes de empezar el curso, porque Severus Snape era el único que no parecía plenamente impresionado con sus habilidades excepcionales para el estudio y no quería cometer ningún error en su clase. Tachado—. Y, por último —musitó—, Numerología y gramática.
Aritmancia y Cuidado de Criaturas Mágicas (que no tenía libro de texto) eran las dos optativas que había elegido para séptimo, aunque la primera era de lejos su favorita. Llevaba cursando esa asignatura desde tercero y, cuando sacó un Extraordinario en su TIMO, la profesora Vector la animó a seguir y prepararse para los ÉXTASIS. No había muchos alumnos que hubieran elegido esa asignatura, porque era bastante complicada, pero a la mente estructurada de Hermione le gustaba.
Aparte de los libros, comprobó también que llevaba todos los pergaminos y reposición de plumas, tinteros y tinta suficientes para, al menos, llegar a Navidad. Le gustaba ser previsora y no quería tener que ir a Hogsmeade cada mes solo para comprar eso, como les pasaba a muchos de sus compañeros. Y, si por algún contratiempo necesitaba material, siempre podría coger el de Theo, porque su hermano se esforzaba tanto en sacar buenas notas como Draco en ser simpático con los de Gryffindor: entre poco y nada, y solo dependiendo de sus propios intereses.
En ese baúl también había guardado su uniforme, que se pondría cuando subieran al tren, después de la reunión con los demás prefectos. Pasó una mano por la suave tela de la corbata gris y verde y sonrió con nostalgia: era la última vez que pasaría por este proceso y asistiría a la escuela, y se sentía dividida entre las ansias por terminar y pasar a otra etapa y la añoranza que sentiría por la vida que había vivido durante los últimos seis años.
Antes de bajar la tapa y pasar los seguros para que no se abriera por el camino, apartó su uniforme para comprobar que la cajita negra seguía ahí. Desde que Draco y ella pasaron a un plano más físico, había empezado a tomar pociones para no quedarse embarazada, pero sus padres no lo sabían, por lo que debía mantener esas diez pociones restantes (una por cada mes en Hogwarts) en secreto. Cogió una, la del mes de septiembre, y se la bebió. Tenía un sabor dulzón y le dejaba la boca pastosa, pero cumplía su cometido a la perfección.
Chasqueó los dedos y una elfina apareció junto a ella, mirándola solícita. Melpy era su elfina de confianza, la que su madre había asignado exclusivamente para ella cuando cumplió los diez años. Hermione sabía que la criatura moriría antes que traicionar su confianza, así que sabía que podía darle la botella vacía y la elfina la haría desaparecer sin decir palabra a nadie.
Cuando ya se había asegurado de que todo estaba en orden, se secó el pelo y se peinó. Después de muchos años, ya tenía práctica; así no tenía que pedirle ayuda a su madre, porque últimamente no tenía fuerzas para casi nada y hacía años que no recurría a los elfos, porque su padre decía que no podía permitir que una criatura tan inferior la tocara.
A las nueve y media bajó a desayunar. Para su disgusto, no era la primera en llegar al comedor, pero tampoco la última, porque oyó los pasos apresurados de su hermano bajando las escaleras. Este le guiñó un ojo y le sonrió.
—Qué guapa, hermanita. Lástima que Dumbledore no te pueda ver y no nos vaya a dar puntos por tu belleza.
Hermione frunció el ceño. Odiaba que su hermano, con esos ojos verdes y esa sonrisa cautivadora, la adulara, porque siempre pensaba que quería reírse de ella.
—No te burles de mí. Venga, que nos vamos a llevar una reprimenda como no nos presentemos ya a desayunar.
Su hermano se encogió de hombros mientras caminaba hacia el comedor con las manos en los bolsillos.
—Pasan dos minutos de y media, te apuesto diez galeones a que padre nos mira mal.
Cuando entraron en la estancia, el resto ya estaban sentados y con del desayuno servido. Hasta la señora Nott había bajado ese día; normalmente desayunaba en su habitación y hacía acto de presencia a media mañana, pero querría pasar la última mañana con sus hijos antes de su marcha al último año de escuela.
—Gracias por esperarnos —saludó Theo con ironía antes de darle un beso en la mejilla a su madre. Después, se sentó al lado de su padre e ignoró su mirada furiosa mientras una tetera le servía un poco de té y él mismo cogía una tostada y empezaba a untarle mantequilla. Cuando terminó, se inclinó hacia Hermione y le susurró—: ¿Ves? Me debes diez galeones.
—Buenos días —la saludó Draco, elevando brevemente las comisuras de los labios. El chico pocas veces se mostraba comunicativo o sentimental cuando había gente presente, se reservaba las muestras de afecto para la intimidad.
Ella sí le sonrió plenamente.
—¿Emocionados, queridos? —les preguntó la señora Malfoy.
—Mucho.
—Sí.
—Bueno.
No era difícil adivinar a quién correspondía cada nivel de entusiasmo. Los tres jóvenes se miraron entre sí por la diferencia de tono en sus respuestas y después rieron.
—Espero que este año no os distraigáis tanto como el anterior. Estuvisteis a punto de perder la Copa de las Casas —señaló Lucius con severidad—. Habría sido patético que Ravenclaw os ganara.
—Íbamos por delante con un margen de cincuenta puntos, padre. Y también ganamos el torneo de Quidditch —argumentó su hijo en defensa de su casa.
—Si no recuerdo mal, también ganasteis eso por poco. ¿Diez puntos? —intervino el señor Nott. Para esos dos hombres, sus hijos nunca daban lo mejor de sí mismos, siempre había margen de mejora.
—Pero ganamos.
—Potter es muy buen buscador —señaló Theo.
—Yo soy mejor.
Draco miró a su amigo con los ojos entrecerrados. Entre él y el capitán-barra-buscador de Gryffindor existía una rivalidad tanto en el aula, como en los pasillos, como en el campo. De hecho, no había nadie en Hogwarts que pudiera afirmar que había presenciado una conversación entre los dos chicos que no terminara en pelea.
—Volveremos a ganar y nos iremos por todo lo grande —dijo Hermione con una seguridad aplastante. Fue a coger su segunda tostada, pero al sentir sobre ella la mirada de Narcissa Malfoy, retiró la mano y se sirvió más café—. Solo tenéis que intentar no discutir con nadie. O no hacerlo delante de algún profesor que no sea Snape —añadió en claro tono de crítica.
—Al menos ellos se preocupan por proteger el buen nombre y honor de su casa, Hermione. Quizás tú deberías hacer lo mismo.
Su padre, fiel defensor de hacer la vida imposible a todos los alumnos que tuvieran una gota muggle en su sangre. La chica lo miró con los ojos entornados.
—Al menos yo me preocupo por ganar puntos. No he perdido ni uno solo en seis años, ¿puede alguien más afirmar lo mismo? —contraatacó.
—Liebe Kinder, me duele la cabeza, ¿creéis que podríamos terminar de desayunar sin discutir por diez cosas diferentes más? —intervino la señora Nott; tenía el codo derecho apoyado en la mesa y los dedos índice y corazón sobre la sien, masajeándose la zona con movimientos circulares. Tenía los ojos cerrados, pero los abrió para mirar a su marido—. ¿Qué impresión estamos dando a los Malfoy?
Su esposo torció el gesto con los labios muy apretados, pero accedió y siguió desayunando en silencio, sin dirigirse a su hija ni una sola vez. Aparentemente, eran incapaces de interactuar sin discutir. En vez de eso, la conversación giró en torno a la cena navideña de los Malfoy a los que acudirían los Nott y una decena más de familias sangre pura.
—Espero que para entonces ya tengamos alguna buena nueva que dar a nuestros amigos —dejó caer Narcissa con mucha sutileza, limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta de lino.
Su hijo, captando la indirecta perfectamente, elevó la mirada al cielo, pero al sentir que Hermione le daba un golpe disimulado por debajo de la mesa, miró a la mujer y sonrió con cinismo.
—Seguro que sí, madre. Aunque echaré de menos que me insistáis casi cada día —agregó con sarcasmo.
Su padre le lanzó una mirada furibunda, con la mandíbula apretada. Cuando hacía eso, Hermione recordaba los comentarios casuales de Draco durante los primeros años de Hogwarts sobre los métodos de castigo de Lucius y sentía un escalofrío. Afortunadamente, ella nunca había dado motivos para que su padre tuviera que castigarla físicamente, aunque nunca le había temblado el pulso al atacarla cuando practicaban con la varita. La parte buena era que, gracias a eso, también se le daba bien curar heridas.
—No seas impertinente, hijo.
Cuando Draco fue a responder, Hermione se le adelantó y cambió radicalmente de tema:
—Entonces, ¿es verdad que la señora Zabini va a volver a casarse? —preguntó en tono inocente, mostrándose mucho más interesada de lo que realmente estaba. La madre de Blaise se había casado más veces de las que cualquiera era capaz de recordar, aunque todos la llamaban por el apellido del primer marido, que era el que más le había durado; también era más fácil así, no valía la pena aprenderse el del «señor Zabini» de repuesto.
La señora Malfoy decidió seguirle la corriente para aliviar la tensión entre su marido y su hijo.
—En marzo del próximo año. Helena mandó las invitaciones hace dos semanas, si no recuerdo mal.
—¿Sabéis qué me parece increíble? —Theo, que había permanecido en silencio durante demasiado tiempo para ser él, se irguió y los miró a todos con diversión—. Que haya tantos magos sangre pura ricos entre los que pueda elegir. O sea, ya se ha casado con… —hizo un esfuerzo por recordar— ¿cinco? —preguntó.
—Seis. —La rectificación vino de su madre, que intercambió una mirada cómplice con el joven—. Aunque el cuarto era italiano y el sexto austríaco, así que ya está recurriendo al extranjero.
No había nada que uniera más a un grupo de gente conversando que tener un objetivo común al que criticar. Siguieron hablando unos minutos más, hasta que todo el mundo hubo terminado de desayunar. Después, los Malfoy usaron la red Flu para volver a su mansión en Inglaterra. Los Nott harían lo mismo, y los tres adolescentes se verían en el Andén nueve y tres cuartos. Sus padres hacía años que no los acompañaban, alegando que ya no eran niños.
Los primeros en cruzar fueron los más jóvenes, seguidos por su madre y después su padre. Hermione se sacudió el polvo de la falda y se pasó una mano por el pelo para comprobar que seguía en su sitio mientras su padre se aseguraba de que su esposa se encontrara bien. Los elfos domésticos también aparecieron segundos después usando su mecanismo de aparición; unos se presentaron en el enorme salón principal de la casa con los baúles de los hijos y otros en los dormitorios con el equipaje de los padres.
—Bien. —El señor Nott se apartó, tirando de la parte baja de la chaqueta del traje para acomodarla. Se veía a leguas de distancia que ya estaba listo para que sus hijos se marcharan—. Comportaos. —Miró primero a su hijo—. Estudia, no me hagas avergonzarme de ti. Tu madre y yo no hemos criado holgazanes que prefieren quedarse durmiendo a presumir de las cualidades de su familia.
Theo torció el gesto y asintió; evitó la mirada de su hermana, que había tenido que reprimir que la incredulidad burlona se apoderara de su rostro. A su hermano se le daba muy bien mostrarse arrepentido, aunque mentalmente ya hubiera pasado a otro tema.
—Sí, padre, lo intentaré —respondió en tono manso.
—No lo intentes, hazlo. —El tono de su padre se endureció; nunca les permitía un atisbo de duda, que él relacionaba con la debilidad. En vez de martirizar más a su hijo, decidió pasar a su hija—. Y tú… sigue así —le dijo a desgana—. No desaproveches la oportunidad que se te ha dado.
Hermione frunció el ceño ante esta afirmación, pero pensó que debía de referirse al hecho de que la habían nombrado prefecta y Premio Anual, una gran responsabilidad y también un honor. Su madre se acercó a su esposo y le dio un apretón en el brazo y una mirada que solo podía calificarse de advertencia, pero debido a su estado físico terminó siendo de agotamiento.
Cuando le llegó el turno a ella, fue mucho más cálida. Se alejó de su marido y abrió los brazos hacia su hijo. Cuando tuvo al chico abrazado a su cuerpo, le dio un beso en la mejilla y depositó una mano en el otro lado de la cara para mirarlo a los ojos.
—Es increíble lo mucho que has crecido, Theo. Estoy orgullosa de ti —le aseguró con una sonrisa y los ojos empañados.
El joven mago asintió y se apartó, no sin antes pasarse el dorso de una mano por los ojos para retirarse un par de lágrimas con rapidez, antes de que su padre lo llamara débil.
Edelina centró su atención entonces en Hermione. La chica corrió hacia sus brazos y la apretó contra su cuerpo, apoyando la cabeza en su hombro. De inmediato recordó la frágil situación de su madre, por lo que aflojó el contacto. La mujer le acarició el cabello con cuidado de no despeinarla y acercó la boca a su oreja.
—Mi preciosa hija. Mi regalo —le murmuró—. Te quiero mucho. Siempre.
Llegadas a ese punto, Hermione no pudo contener las lágrimas.
—Yo también te quiero, mamá —respondió en voz baja.
Las palabras y actos de su madre compensaban de sobra la actitud distante de su padre. Por mucho que los jóvenes afirmaran que no necesitaban el cariño de sus padres, era un alivio saber que había uno al que no vivían para decepcionar constantemente.
Cuando se separaron, Hermione inspiró hondo para recomponerse y miró a su hermano.
—¿Lista? —preguntó él, empezando a sonreír con anticipación.
La bruja asintió; la sonrisa de su hermano era contagiosa, y su valentía casi temeraria también. Era hora de volver a la normalidad, que para ellos era llevar uniforme y corbata verde y plateada cada día. Vivir con sus compañeros. Las fiestas de los sábados por la noche en la sala común (pese a que una parte de Hermione las desaprobaba). La competición tácita por ser los mejores. Era la última oportunidad que tenían para disfrutar de todo eso, y ninguno de los dos pensaba desaprovecharla.
Dos elfos se acercaron unos pasos a los mellizos; junto a ellos levitaba el equipaje de se llevaban a Hogwarts. Los dos chicos, obviamente, no iban a cargar con los pesados baúles y colocarlos en el tren.
Theo le ofreció una mano a Hermione, que ella aceptó. Ambos intercambiaron una última mirada con sus padres antes de que uno de los elfos chasqueara los dedos. Se hundieron en la negrura antes que aparecerse en otro lugar, a cientos de kilómetros. Ahora estaban en King's Cross, rodeados de alumnos de todas las edades y estatus que esperaban impacientemente el momento de subir al tren, se despedían de los familiares que los habían acompañado o buscaban a sus amigos.
—Ya era hora. —Draco se aproximó a ellos. Había permanecido junto a la pared con las manos en los bolsillos, observando con un rictus de desagrado a las personas allí presentes. El slytherin odiaba esas muestras de afecto sensibleras, le parecían desproporcionadas y patéticas—. ¿Habéis llorado mucho? —preguntó con sorna.
—Al menos a nosotros nuestros padres nos tienen afecto —atacó Theo con certeza.
—Será vuestra madre —replicó el rubio sin verse afectado—. Como la mía, que sí que sabe apreciar la suerte que tiene de lo bien que ha salido el hijo que continuará con su linaje.
A veces Hermione estaba segura de que su novio buscaba los contextos adecuados para poder presumir de sí mismo, hasta ahí llegaba su narcisismo. No podía afirmar que le disgustara, porque a veces era divertido herir su orgullo.
En esos momentos, el suelo empezó a vibrar, señal de que el tren estaba entrando en la estación. El imponente vehículo, de un rojo brillante, se detuvo frente a ellos y abrió las puertas de los vagones. Los elfos de los Nott y de Malfoy se apresuraron a entrar al último y buscar el compartimento del que ellos, Pansy Parkinson y Blaise Zabini se habían apoderado en primero y habían clamado como suyo desde entonces.
—Tenemos que ir al compartimento de prefectos —le recordó Hermione a Draco.
Este puso cara de fastidio. Era evidente que había olvidado que tenían que pasar por la primera reunión con sus compañeros. Sin embargo, pronto sonrió con desidia.
—No sé quiénes serán, pero tengo ganas de enseñarles a quién deben obediencia.
—Somos Premios Anuales, no sus dueños —replicó Hermione en tono disgustado.
Que eran mejores que la mayoría de sus compañeros y que eran unos privilegiados porque su familia procediera de un linaje limpio y noble estaba claro, pero a veces sus compañeros se pasaban.
Los tres jóvenes decidieron dividirse en aquel momento: Theo subió al tren y la pareja se encaminó hacia la parte delantera del mismo, porque el compartimento que buscaban estaba en el segundo vagón. Por el camino se cruzaron con muchos alumnos todavía indecisos de en qué punto subirse: a algunos no los conocían, a otros los ignoraron, porque no eran importantes y a unos pocos los saludaron. Slytherin no era famosa por su amabilidad. De hecho, algunos compañeros de casa le habían recriminado a Hermione en un par de ocasiones que mantenía relaciones demasiado cordiales con estudiantes muy por debajo de ellas. «¿Te he pedido tu opinión en algún momento?», era la respuesta que solían recibir, la cual servía para zanjar la discusión.
Cuando llegaron a su objetivo, Draco se apartó para dejarla subir primero. A Hermione al principio no le gustaba que tuviera ese tipo de detalles, como abrirle la puerta, ayudarla a cargar sus libros o acercarle algún objeto que fuera a usar, pero con el tiempo había aprendido que no lo hacía porque la considerara más débil, sino como manera de demostrarle que le importaba lo suficiente como para fijarse en lo que hacía y necesitaba.
El compartimento reservado para los prefectos ocupaba el doble que uno normal, porque en vez de cuatro o seis personas, este debía tener espacio para ocho alumnos. No habían sido los primeros en llegar: desde fuera se apreciaba que ya había tres alumnos dentro. Por el lado contrario del pasillo vieron acercarse a un alumno alto y rubio; Hermione buscó su nombre en su base de datos mental y rescató uno: Ernie McMillan, de Hufflepuff. El chico sonreía con orgullo, como si le hubiera tocado un premio, aunque su expresión perdió entusiasmo cuando los vio frente a él.
—Vaya, el primer inútil de turno —comentó Draco con cierto disgusto. Nunca intentaba disimular la crueldad de sus palabras, a no ser que hubiera algún profesor cerca, en cuyo caso dejaba a su expresión facial la tarea de trasmitir cuánto detestaba a alguien.
El hufflepuff torció el gesto con expresión dolida al escucharlo, pero decidió que era más sabio no empezar una discusión con Malfoy ya el primer día. En vez de eso, al ver que ni él ni Hermione se movían, abrió la puerta del compartimento y entró. Los slytherins lo siguieron.
Las tres personas que ya estaban dentro eran otra alumna de Hufflepuff, Hannah Abbott, que abrazó a su compañero con efusividad; y Padma Patil y Anthony Goldstein, prefectos por Ravenclaw. Al ver a los slytherins, su expresión feliz se agrió, aunque sería más acertado decir que el sujeto de su desagrado era el mago, no la bruja.
—¿Cómo ha ido el verano? —preguntó Hermione en un intento por empezar con buen pie, aunque sabía que nadie tenía la confianza o las ganas de responder con más de un monosílabo.
—¿No tenéis lengua o qué? Os ha hecho una pregunta —espetó Draco al ver que nadie respondía—. Aunque claro…
La puerta volvió a abrirse, interrumpiendo el insulto que tenía preparado. Hermione lo agradeció, aunque ya echaba de menos tener que usar su intelecto de diez formas distintas para que nadie sacara su varita ante una ofensa de su novio.
Sin embargo, los magos que entraron y cerraron tras de sí con desgana no ayudaban precisamente a fomentar la paz. Al parecer, los prefectos de Gryffindor eran Harry Potter y Ronald Weasley. Hermione estuvo a punto de reír: le parecía… interesante que esos dos fueran los que sacaran las mejores notas de su casa. Pobres compañeros.
—Qué bien —murmuró el pelirrojo con sarcasmo, evitando mirar a Malfoy.
—¿Algún problema, Weasley? ¿Quieres que te pague un nuevo cerebro o los medimagos ya han dado tu caso por perdido? —Draco miró al único Weasley chico que quedaba en Hogwarts con los ojos entornados y una sonrisa perniciosa.
—Mide tus palabras, Malfoy —intervino Potter en defensa de su amigo.
Hermione se fijó en que tenía la mano metida en el bolsillo, donde debía guardar su varita. Ese chico era el espíritu de Gryffindor personificado: siempre listo para saltar y enzarzarse en una pelea ante la mínima provocación.
Draco se dejó caer en uno de los tres sofás que había allí dentro, el del centro (el compartimento de los prefectos contaba con uno bajo la ventana, uno en la pared izquierda y otro en la derecha, con una mesa en el centro y compartimentos superiores donde podía intuirse material escolar), no sin antes mirar a su alrededor con desagrado por la pobreza de la decoración y mobiliario. Le dedicó una sonrisa indolente a Potter.
—Mídelas tú y respeta a tu superior.
—Tú no eres mi nada, imbécil —replicó el aludido, dedicándole una mueca de desprecio.
Draco, en vez de responder, miró a Hermione con cara de circunstancias y le indicó con una mano que podía dar las explicaciones pertinentes. Esta fue a sentarse junto a él, se arregló la falda para que no se arrugara y juntó las manos sobre la mesa antes de decir en tono eficiente:
—En realidad, tiene razón. Draco y yo hemos sido nombrados Premios Anuales.
Se permitió una corta sonrisa al ver las reacciones de los demás, sobre todo las de los ravenclaws: eran los alumnos que más se les acercaban en calificaciones, por lo que, tontamente, debían de haber albergado alguna esperanza de obtener ellos el cargo.
Weasley se dejó caer con expresión derrotada en el sofá opuesto a ellos dos.
—Joder —gruñó.
El resto de los prefectos ocupó los dos sofás restantes, porque, aunque estaban más apretados, ninguno se atrevía o quería compartir asiento con los slytherins.
—Un solo abuso de poder y te denunciaremos a Dumbledore —advirtió Goldstein con severidad.
Draco rio entre dientes. Se llevó una mano al pecho con dramatismo.
—Te prometo ser un Premio Anual justo y benevolente siempre que vosotros demostréis ser buenos subordinados. —Por mucho que les doliera a los demás prefectos, ellos tenían la última palabra en caso de surgir alguna desavenencia.
—Cuanto antes empecemos antes nos perderemos de vista —masculló Patil.
Encima de la mesa había varios pergaminos enrollados situados entre un tintero sin estrenar y una pluma nueva para que no rodara debido al traqueteo del tren y cayera al suelo. Todos miraron a Hermione, quien rápidamente asumió la voz cantante de la reunión. Desató el lazo de los pergaminos y cogió el primero.
—Tenemos que firmar aquí como que hemos asumido nuestros cargos y estamos presentes en esta reunión —informó. Todos fueron firmando mientras ella revisaba el resto de los documentos—. Horario de los entrenamientos de Quidditch, reparto de rondas nocturnas, normas para dar y quitar puntos…
—Dame el horario de quidditch. —Draco le ofreció a su vez el acta de la reunión para que la bruja la firmara. Hermione lo miró con suspicacia—. Es justo que seamos los primeros en elegir: somos Premios Anuales y Slytherin ganó el año pasado.
—Por poco —replicó Harry Potter—. No es justo que os quedéis con los mejores turnos.
Draco se inclinó hacia atrás, apoyando un brazo en el respaldo del asiento, por detrás de Hermione.
—¿Y por qué no? Ilumíname, Potter —dijo en tono burlón. Señaló a los de Hufflepuff sin dignarse a posar su mirada sobre ellos—. Estos ni entrenando diez horas diarias durante dos años conseguirían distinguir una quaffle de una bludger. —Pasó a Ravenclaw—. Estos lo hacen un poco mejor, pero ¿para qué van a pelearse por el horario si van a terminar haciendo el ridículo como siempre? —En realidad ninguno de los dos equipos de esas casas era tan malo, pero a Draco le gustaba echarlos por el suelo de vez en cuando. Bueno, siempre en realidad.
Hermione puso los ojos en blanco y suspiró. Cogió la pluma y firmó con una caligrafía impecable junto a su nombre mientras se mordía la lengua para no hablar en contra de su novio y compañero de casa.
—Va a ser una reunión muy larga…
El viaje a Hogwarts duraba más de seis horas y la reunión de los prefectos duró unas tres. Para cuando terminaron, a Hermione le dolía la cabeza y solo quería llegar y echarse en la cama, a pesar de que todavía tenían muchas labores pendientes por delante. Aunque claro, Hogwarts le servía como práctica para Relaciones mágicas internacionales, porque ¿qué era un conflicto entre dos países comparado con las peleas constantes en las que tenía que intervenir cada día?
Al final, habían acordado que, como eran ocho, cada prefecto elegiría un turno disponible, sin opción a repetir hora, y el último se lo sortearían, puesto que los entrenamientos de quidditch serían el primer, tercer y cuarto sábado de cada mes, con doce turnos en total. El segundo sábado siempre estaba reservado para las salidas a Hogsmeade.
También habían organizado las rondas nocturnas de esa semana para vigilar que ningún alumno se hubiera saltado el toque de queda. El uno de septiembre era lunes, por lo que esa semana solo vigilarían dos veces: el miércoles y el viernes por la noche. Las normas estipulaban que las patrullas eran de dos en dos, pero no podían hacerlas dos prefectos de la misma casa. Siempre se les ofrecía la posibilidad de dividirse ellos, pero en caso de no llegar a un acuerdo, los jefes de cada casa tendrían la última palabra. Además, debían variar cada semana, no podían ir juntos siempre los mismos. Después de una discusión acalorada en la que Weasley había afirmado que prefería comer babosas a patrullar con Malfoy y este se había ofrecido nada amablemente a hacérselas tragar, las parejas quedaron así: Draco y Padma Patil, Ernie McMillan y Ronald Weasley, Anthony Goldstein y Hannah Abbott, y Hermione y Harry Potter.
Los ocho estudiantes se dividieron para volver cada uno con sus amigos. Draco y Hermione pasaron de vagón en vagón hasta llegar al último; por el camino se cruzaron con varios alumnos de otras casas, pero todos se hicieron a un lado para dejarlos pasar. Finalmente, llegaron a su compartimento.
—¡Ya era hora! —Blaise Zabini, con el pelo más corto que antes del verano y esa sonrisa de cazador que lo caracterizaba, los recibió con esa exageración y exuberancia que lo caracterizaban—. ¿Habéis estado revisando las normas de Hogwarts desde su fundación o qué?
—Ese grupo de mononeuronales se había empeñado en discutirlo todo —explicó Draco con un mohín. Se dejó caer junto a Blaise y ambos chicos se dieron un abrazo—. Pero han sido un buen calentamiento.
Pansy Parkinson rio entre dientes. La chica estaba tan espléndida como siempre: llevaba el pelo negro corto hasta la barbilla, flequillo y los ojos verdes enmarcados por pestañas maquilladas.
—¿Os podéis creer que he echado de menos esto? —Repiqueteó los dedos contra la mesa, largas uñas perfectamente limadas y pintadas de negro—. Aunque se me había olvidado la cantidad de impuros que hay.
Hermione se sentó a su lado y le dedicó una sonrisa que intentó insuflar con calidez, sin llegar a conseguirlo del todo. Cuando entraron en Hogwarts se convirtieron en inseparables, pero con los años la bruja se dio cuenta de que la otra chica era todo apariencias y poca sinceridad. Conservaban algo parecido a una amistad, aunque Hermione tenía claro que no sería en ella en quien confiaría para que le guardara un secreto.
—Hermione, qué guapa te veo —la cumplimentó Pansy, aunque sus ojos fueron directamente a las manos de la castaña, buscando algo que la hizo sonreír brevemente cuando vio que no estaba allí. Aunque Draco no la veía más que como a una amiga, Hermione sabía que la bruja ocuparía su lugar como futura señora Malfoy sin pensárselo dos veces si le surgía la ocasión.
Siguieron conversando sobre cosas triviales hasta que faltaba media hora para llegar a la estación de Hogsmeade, cuando se separaron para cambiarse y ponerse el uniforme de su casa. A Hermione le gustaba llevarlo, sentía que unificaba a todos los estudiantes; aunque todavía existieran diferencias palpables entre ellos, la ropa no sería una.
El tren fue frenando hasta detenerse completamente. Los alumnos fueron saltando al andén al aire libre; ya era de noche y hacía frío, por lo que se veía vaho procedente de decenas de bocas elevándose hacia el cielo. Ya había decenas de carruajes tirados por thestrals invisibles esperando para llevarlos al colegio. Los slytherins se apresuraron en buscar uno libre para subirse. Draco le ofreció una mano a Hermione, ya que esta solo tenía disponible una debido a que en la otra llevaba toda la documentación de la reunión con los prefectos, y después se acomodó a su lado. Como eran para seis personas y ellos eran cinco, Theo miró a su alrededor, en busca de alguien que ocupara el espacio vacío. Sus ojos se detuvieron en alguien y esbozó una sonrisa incrédula.
—No sabía que Marcus Flint repetía curso. —Los demás se giraron hacia donde Theodore señalaba con la cabeza y vieron que, efectivamente, Flint, que era de un curso superior, también había vuelto a Hogwarts—. Otra vez. —El mago tenía dos años más que ellos y había repetido quinto curso, después de que los TIMO le salieran peor que a Neville Longbottom la elaboración de una poción cualquiera.
—¿Tan mal le salieron los ÉXTASIS? —preguntó Hermione en tono estrangulado. Era su mayor miedo, prefería sufrir otra vez un Cruciatus que sacar algo por debajo a un Extraordinario.
—Ahora lo sabremos —le respondió Zabini en tono divertido . Como estaba en la esquina, en el lado opuesto al que estaba el alumno repetidor, se levantó y movió un brazo—. ¡Eh, Flint, ven!
Mientras el chico se aproximaba a ellos, Pansy le lanzó una mirada evaluadora y preguntó:
—¿Desde cuándo está tan…grande?
Marcus Flint era alto (aunque no tanto como Theo y, desde luego, no tanto como Draco), pero siempre había tenido una constitución tirando a esbelta; a Hermione le recordaba a una serpiente, siempre con esos ojos que parecían estar buscando a su próxima presa. Su cambio físico quedó patente cuando subió al carruaje y Pansy tuvo que pegarse a Blaise para que pudiera sentarse.
—Hola —saludó. Era una persona hosca e incluso entre los de su casa despertaba antipatías. Más de una vez había mandado a algún alumno con el que se había peleado a la enfermería con un par de huesos rotos.
—No esperábamos verte por aquí.
El tono de Draco fue neutral, aunque Hermione sabía que a su novio no le hacía ninguna gracia que estuviera allí, porque eso significaba que conservaría el puesto de capitán del equipo de Quidditch, algo que Draco llevaba años codiciando y que ya creía suyo ahora que nadie se atrevería a disputárselo.
—No ha sido voluntario —respondió el otro con el ceño fruncido—. Pero mi madre dice que o termino mis estudios o me deshereda. —Flint tensó la mandíbula, clara señal de que estaba enfadado. Se le marcaban también las venas del cuello. Era impresionante cuánta masa muscular había ganado en solo tres meses.
—Desventajas de no ser hijo único —Flint tenía una hermana casi diez años mayor, ya casada y viviendo en Albania—: cuando tus padres no tienen a nadie más, te perdonan casi cualquier cosa. —Blaise siempre estaba dispuesto a bromear, pero a su compañero de casa no parecía hacerle gracia.
—No pasa nada, tengo que solucionar un par de temas pendientes —dijo, aunque sus ojos no miraban a nadie en su carruaje, sino a otro que iba por detrás de ellos.
El año anterior, durante la final de Quidditch, Marcus Flint había tenido un enfrentamiento importante contra Potter y los cuatro Weasley más jóvenes, porque los gemelos Fred y George, como él, habían repetido curso y estaban en el equipo de Gryffindor. Aunque Hermione no había querido saber por qué había sido la pelea exactamente, todos sabían que los principales participantes habían sido estos últimos y Flint. Como ahora ellos no estaban, Marcus tendría pensado desquitarse con los Weasley que quedaban en el colegio.
—Cuidado, Potter y Weasley son ahora prefectos —advirtió Hermione. A ella tampoco le caía bien su compañero (por no decir que pensaba que era un gilipollas), por lo que no le apetecía tener que defenderlo ante sus compañeros de cargo.
Flint rio entre dientes.
—¿No suelen nombrar a un chico y una chica? ¿Cuál de los dos va a empezar a llevar uniforme femenino? —se burló.
Hermione le dedicó una mirada letal.
—¿Qué pasa, Flint? ¿Te parece gracioso el hecho de ser mujer?
El otro la miró con mofa, pero entonces Draco se movió ligeramente hacia delante, sin despegar los ojos de él, como retándolo a responder afirmativamente. Flint prefirió no decir nada; sin embargo, cuando el rubio miró hacia otro lado, Hermione sintió la fría mirada de Marcus clavada en ella. La bruja se la devolvió con el mentón levantado, porque no iba a dejar intimidarse y menos por un energúmeno como él. Por suerte, su hermano salió al rescate y sacó el tema del Quidditch, que sirvió para entretenerlos durante el camino.
La silueta imponente del colegio de magia iba haciéndose más y más grande, hasta que el carruaje se detuvo frente a las puertas del gran patio delantero, que tenían que cruzar para llegar a la gran entrada. Las dobles puertas estaban abiertas y los alumnos las cruzaron, algunos tranquilamente, otros casi corriendo de la emoción.
Cuando el grupo de seis slytherins entró en el Gran Comedor, se dirigieron a la izquierda, a la mesa sobre la cual colgaban las banderas verdes y plateadas con la serpiente. Fueron hacia la primera mitad de la mesa y con una sola mirada de Draco hicieron que los alumnos ya sentados se apartaran para hacerles sitio. Draco, Hermione y Theo se sentaron mirando hacia la pared y los otros tres, de espaldas. Desde allí tenían una vista óptima tanto de la plataforma elevada donde comían los profesores y el atril de Dumbledore como del resto de las mesas. Este detalle no importaba durante la mayor parte del año, pero a Hermione le gustaba ver la Ceremonia de Selección. A los demás, aunque siempre se hicieran los duros, los desapegados, también les parecía interesante, más que nada porque de ello dependía mantener el buen nombre y la pureza de su noble casa.
Cuando todos los alumnos estuvieron sentados, aparecieron los profesores y ocuparon sus lugares entre un educado aplauso. Dumbledore fue el último en aparecer, con una de sus extravagantes túnicas (esta era de un morado brillante que dañaba a la vista), gorro puntiagudo y una sonrisa benevolente encima de esa larga y blanca barba. El hombre fue a su atril dorado con forma de ave fénix y carraspeó. Era posiblemente la única persona de Hogwarts que nunca necesitaba usar un Sonorus para ser escuchado, porque era bastante respetado entre los estudiantes de Hogwarts. O, en el caso de algunos slytherins, simplemente callaban, porque cuanto antes empezara, antes terminaría.
—Queridos estudiantes, bienvenidos al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Me llena de emoción veros una vez más y espero que compartáis mi alegría por haber vuelto a esta escuela que os considera su familia —empezó su discurso como todos los años; Hermione podría pronunciarlo de memoria si se lo pidieran. El viejo director calló para pasear su mirada por el Gran Comedor antes de proseguir—: Pronto podremos cenar y acomodarnos en los dormitorios, pero antes tenemos que dar la bienvenida a los nuevos magos y brujas que empiezan sus estudios mágicos con nosotros. —Miró a un lado, indicándole a Rubeus Hagrid, el guardabosques y profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, que colocara en su lugar el taburete que usaban los alumnos de primero para sentarse y ser clasificados. Minerva McGonagall también se acercó con el Sombrero Seleccionador en la mano y un pergamino flotando frente a ella. Dumbledore levantó los brazos y exclamó—: ¡Que empiece la Ceremonia de Selección!
Otro aplauso, esta vez más entusiasta, se adueñó del silencio del Gran Comedor antes de volver a callar para que McGonagall llamara al primer estudiante. La mujer carraspeó y dijo:
—Alistair, Ernest.
Un niño de pelo negro ensortijado y piel oscura cruzó las puertas dobles del Gran Comedor con rapidez, sin mirar a nadie. Era tierno ver el nerviosismo de los nuevos estudiantes, y más todavía si eran hijos de muggles, completamente ajenos al mundo mágico; pero, por supuesto, este hecho Hermione nunca lo admitiría en voz alta.
—¡Ravenclaw! —El Sombrero Seleccionador no tardó ni dos segundos en decidirse.
La casa que había ganado al primer alumno estalló en aplausos, seguidos de las restantes, aunque mucho menos contentos.
A partir de ahí, los alumnos se fueron sucediendo, unos seleccionados en pocos segundos y otros que tenían al Sombrero deliberando durante varios minutos. Hermione estaba atenta a todos los que eran enviados a Slytherin, porque los demás confiaban en su archivo de datos mental para confirmar su estatus de sangre, al menos los de la sangre pura, porque los mestizos eran más difíciles de rastrear. Sin embargo, el problema surgió cuando llegaron a Smirnova, Maria.
—¡Slytherin!
—¿Alguna idea? —le preguntó Draco, analizando con suspicacia a la niña, que claramente procedía de algún país eslavo, probablemente Rusia.
Hermione se encogió de hombros, pero observó con preocupación cómo los ojos azules de la alumna de primero miraban a sus nuevos compañeros de casa con una curiosidad desbordante.
—Llevará poco tiempo en el país, por eso está así —intentó argumentar, a pesar de que Reino Unido era un país con gente procedente de muchos países, por lo que tener un nombre extranjero y haber nacido en suelo británico no eran excluyentes.
Sin embargo, pocos minutos después se extendió de boca en boca por la mesa de las serpientes que los padres de su más reciente adquisición eran dos rusos que habían venido con su hija a Inglaterra para buscar trabajo. Ni una gota conocida de magia corría por las venas de esa niña.
—No sé en qué pensaba el Sombrero Seleccionador —le dijo Theo a su hermana en tono confidencial.
—Yo tampoco —secundó esta, torciendo el gesto. Vio cómo los alumnos que tenía Maria Smirnova cerca empezaban a separarse de ella; pronto había espacio para alguien más a ambos lados de la niña—. Le esperan siete años muy duros.
—Me ha dicho Daphne —Pansy intervino en la conversación, inclinándose hacia delante para compartir la información que acababa de obtener— que el Sombrero estaba entre mandarla aquí con los ratones de biblioteca, pero ella ha preferido venir a Slytherin.
—Tendría que haber ido a Ravenclaw, aunque al menos podemos concederle a la pequeña sangre sucia rusa que tiene buen gusto —repuso Draco.
Una vez el último alumno de la lista fue mandado a Hufflepuff, Dumbledore dio su típico discurso de armonía y colaboración dentro y entre las casas y anunció que podían empezar a cenar. En ese mismo instante, las cuatro mesas se llenaron de manjares de todo tipo. Se oyeron expresiones de sorpresa y grititos maravillados; algunos procedían de los nuevos alumnos, otros, de los demás, como si fuera la primera vez que vivían esa experiencia.
Después de cenar, casi todos los alumnos salieron del Gran Comedor y se despidieron para ir a sus respectivos dormitorios. Solo quedaron los prefectos, los jefes de cada casa y los alumnos de primero. Hermione y Draco se acercaron a Severus Snape, que los esperaba en el primer escalón de la parte elevada donde estaba la mesa de los profesores. El mago tenía su habitual expresión agria en el rostro y tenía varias cosas en la mano.
—Señor Malfoy, señorita Nott —los saludó sin una pizca de calidez—. Les daría la enhorabuena, pero todavía tienen que demostrar que son dignos merecedores de su doble cargo. Merlín sabe que Dumbledore estuvo a punto de dar a otros el Premio Anual.
—¡Pero si tenemos las mejores notas del colegio! —protestó Hermione.
Snape la miró con impasibilidad.
—Ya saben cómo es su situación en el colegio y el poco apoyo que tenemos de parte del resto de profesores. —Slytherin nunca había despertado pasiones en Hogwarts—. Así que no les toleraré ni un fallo.
—No vamos a cometer ninguno —aseguró Draco con arrogancia.
—Bien. —El jefe de su casa abrió su mano derecha, donde tenía cuatro chapas: en dos de ellas estaba escrito «Prefecto» y «Prefecta», y en las otras dos, «Premio Anual»—. Pueden ponerse las dos o solo las de Premio Anual, dejo la elección en sus manos.
Draco y Hermione cogieron sus chapas y se las engancharon en el jersey del uniforme, sobre el pecho, así podrían recordarles a todos que eran los mejores solo con que los miraran. Cuando hubieron terminado, Snape les dio el pergamino enrollado que llevaba en la otra mano.
—La lista de los nuevos alumnos. —Miró entre los dos jóvenes con un ligero mohín de asco; todos sabían que al profesor de Pociones le disgustaban profundamente los niños. Ni Draco, que era su ahijado, se había librado de sus desplantes durante los dos primeros años de escuela—. Será mejor que se los lleven antes de que les dé un síncope. —Miró los pergaminos que Hermione había guardado desde que bajaron del tren—. Yo se los entregaré a Dumbledore. ¿Ha habido algún problema con los demás? —Aquí su desagrado se hizo más que evidente, seguramente porque sabía quiénes eran y sentía una antipatía especial hacia Potter y Weasley.
Draco abrió la boca, pero Hermione fue más rápida.
—Ninguno. Gracias.
—La contraseña de este año es «Basilisco» —fue lo último que les dijo Snape antes de retirarse con su pelo grasiento y sus ropas siempre de un negro más oscuro que el resto.
Los Premios Anuales se giraron hacia sus recién incorporados compañeros de casa.
—En pie. —Todos se habían apelotonado en el lado contrario a la pared, pero obedecieron al mago en cuanto habló y clavó en ellos su mirada metálica—. Me llamo Draco Malfoy y ella es Hermione Nott. Somos los prefectos de vuestra casa: esto significa que, si tenéis algún problema con otro estudiante o alguna duda, debéis acudir a nosotros.
—Los primeros días pueden ser un poco confusos —añadió Hermione en tono suave—, así que no tengáis miedo de preguntar.
—También somos Premios Anuales, lo que significa que si tenéis un problema con alguno de los otros prefectos, también tenéis que buscarnos a nosotros —siguió Draco. Llevó las manos a la espalda y cuadró los ojos, mirándolos uno a uno antes de seguir. Cuando quería, su novio podía ser muy intimidante—. Habéis sido seleccionados para Slytherin, lo que significa que estáis en la mejor casa, la más noble y pura de Hogwarts, por lo que tendréis que comportaros en consecuencia. Ahora sois serpientes, y a las serpientes no nos gusta la deslealtad. —Varios asintieron, delatando que eran ellos los procedentes de familias puras que ya habían instruido a sus hijos en el tema.
—Ahora os acompañaremos a nuestra sala común y os diremos qué dormitorio os ha sido asignado. Allí encontraréis vuestro equipaje. —Hermione tomó la palabra, para aliviar un poco la tensión y el temor que había visto en varios estudiantes—. Seguidnos.
—Nosotros nos alojamos en las mazmorras —les contó Draco con una sonrisa maliciosa; varios tragaron saliva con dificultad, aunque para su admiración ninguno protestó o demostró tener miedo en voz alta.
Salieron del Gran Comedor los primeros, porque el resto de los prefectos todavía estaba con su discurso de bienvenida.
—¿De qué estarán hablando durante tanto tiempo, de cómo han conseguido que salga una foto suya al lado de la definición de «mediocridad»? —se burló Draco en voz alta.
Varios de los de primero se rieron y, cuando el resto los miró sin comprender, Hermione oyó cómo les hablaban de lo que habían escuchado en sus hogares sobre las otras casas, perpetuando así la enemistad que había existido siempre y siempre existiría.
Giraron a la derecha por el pasillo principal y siguieron todo recto hasta el final, donde bajaron unas amplias escaleras; allí, el camino se bifurcaba en dos, pero ellos siguieron por la izquierda y torcieron el pasillo. Allí abajo hacía más frío y había más humedad, pero para Draco y Hermione esto era estar en su ambiente natural. No se detuvieron hasta llegar al final del pasillo, que no estaba muy lejos de la bifurcación.
—Para entrar, necesitáis pronunciar la contraseña en voz alta —informó la bruja—. Basilisco. —El muro de piedra frente a ellos empezó a moverse hacia un lado.
—Si hacéis amiguitos de otras casas, no les podéis decir la contraseña. Si me entero de que alguien que no es de Slytherin ha entrado aquí sin nuestro permiso, me encargaré personalmente de que el culpable reciba su castigo —advirtió Draco con tintes amenazantes.
Al otro lado de la apertura de piedra estaba la sala común de Slytherin, un amplio espacio en el que había una gran chimenea, varios sillones y sofás, una mesa con sillas y un par de estanterías casi vacías. Hermione sonrió cuando escuchó la reacción de los alumnos ante la visión que tenían frente a ellos, ya que una de las paredes estaba hecha de vidrio y daba al Gran Lago. Algunos tachaban la luz verdosa que esto aportaba a la sala común de tétrica, pero a ella le parecía relajante.
—Podréis estar aquí cuando no estéis en clase, y hasta la hora que queráis —informó Hermione.
—Excepto hoy, porque está establecido que —empezó a elevar el tono, sus palabras dirigidas a los pocos alumnos que todavía deambulaban por aquí— el día de llegada todos los alumnos tienen que ir a sus dormitorios después de cenar. —Estos pillaron la indirecta y se apresuraron a subir por las escaleras que les tocaban.
—Ahora nos dividiremos: los chicos irán con Draco por allí —la bruja señaló las escaleras de la derecha—, y las chicas conmigo por la izquierda.
Acto seguido, Hermione sacó su varita, hizo levitar el pergamino que Snape le había dado y lo cortó perfectamente por la mitad con un hechizo para darle a Draco su parte de la lista. Antes de separarse, el mago, aprovechando que los alumnos estaban extasiados explorando con la vista sus alrededores, se inclinó hacia Hermione con una sonrisa en los labios.
—¿Estrenamos después la Torre de los Premios Anuales? —su pregunta era de todo menos inocente, y la bruja estuvo tentada de morderse el labio, pero terminó negando con la cabeza.
—Mañana. —Bajó todavía más el tono para agregar—: Recuerda que solo podemos dormir allí dos veces a la semana.
Draco torció el gesto, pero asintió finalmente.
—Está bien, pero me debes un beso de buenas noches.
Su novia puso los ojos en blanco antes de llamar a las brujas de primero para dejarlas en sus dormitorios.
—Sé que son muchas emociones el primer día —dijo mientras subía las escaleras seguida de siete pares de piernas. Ladeó la cabeza brevemente para comprobar que todas estuvieran escuchándola y se encontró con catorce ojos clavados en ella. Sonrió: le gustaba ser admirada y tomada en consideración—, pero intentad dormiros a una hora razonable —continuó—. Mañana empiezan las clases y más os vale estar preparadas para lo que viene.
-N/A: ¡Y hasta aquí! Sé que hay fics por ahí con capítulos mucho más largos que este, pero para mí es toda una novedad escribir tanto para uno solo, por lo que me veo en la obligación moral de pediros perdón si creéis que ha sido demasiado. Hay muchas cosas que debo contar para asentar bien las bases de la historia, porque estamos ante una Hermione que nos trae ecos de otra vida, pero a la que no conocemos realmente; quiero darle un contexto y una personalidad formada antes de pasar al problema y origen del fic. Además, no puede pasar todo de repente, primero voy lanzando migas de pan. Por eso, aviso ya: faltan varios capítulos para que Hermione descubra que no es quien cree realmente. Os pido un poco de paciencia y que seáis buenas conmigo.
Como he mencionado antes, el número de reviews en el segundo capítulo siempre baja significativamente. ¡No permitamos que eso pase! Si os ha gustado o disgustado algo, si ha habido una escena que os ha hecho reflexionar, reír, enfadaros... ¡dejadme un review! Os estaré eternamente agradecida y prometo responderos (excepto a los guests: a esos, desgraciadamente, FF no me deja).
Un abrazo y fuerza en esta época tan difícil. N/A-
MrsDarfoy
Posdata: Si queréis leer un gran fic ambientado en la guerra, os recomiendo Thánatos, de AliciaBlackM. Leedlo, no os arrepentiréis, sobre todo si amáis tanto como yo el drama y las historias excelentemente escritas. (Advertencia: no apto para gente extremadamente sensible).
