-N/A: ¡Hola! Es sábado, así que toca actualización, jeje. De momento el fic avanza lentamente en el tiempo, porque solamente estamos en el primer día de clase, pero creo que es importante mostraros cómo es la vida de Hermione siendo slytherin. Espero no aburriros mucho xD.

Nunca terminaré de agradeceros todo el apoyo que me dais, de verdad. Mención especial a YaroAlex, hadramine, Hanya Jiwaku, Lectora en las Sombras, Natxia Underwood, Love'sHeronstairs, Parisatis, susyDarcy, Rouss Bz, Fergrmz, johanna, Angela-MG, Jazmin Li, luna-maga y tres guests por haberme hecho muy feliz con sus reviews en los capítulos anteriores. Me hacen mucha ilusión leer vuestras opiniones, teorías, etc. ya sabéis lo importante que es para mí saber que estáis ahí. Os quiero mucho. (Responderé a los guests al final del capítulo, ya que no tengo otra manera de hacerlo).

¡A leer! N/A-


Into the Light


III. Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, es un hábito. (Aristóteles)

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—Estás tan contenta por estar aquí que es casi insultante para el resto, ¿no crees?

Hermione borró inmediatamente la sonrisa con la que miraba al frente y torció el gesto. ¿Por qué la gente no entendía que ella disfrutaba aprendiendo? Estaban en la primera clase y tenía muchas ganas de ver qué nuevo método enrevesado tenía Snape de separar a los que tenían talento de los fracasados.

Lanzó una mirada cargada de dignidad a su hermano, con quien compartía mesa.

—Yo no tengo la culpa de que no sepáis aprovechar las oportunidades. No te quejas tanto cuando te dejo copiarte las recetas —le echó en cara.

Theo se mordió el labio inferior para no reírse; tenía el talento de no ofenderse por casi nada, aunque muchos dirían que era un mecanismo de defensa. No podían dañarte con lo que no te importaba.

—Touché.

En ese momento Snape entró al aula con su habitual expresión amargada. Algunos slytherins usaban este hecho para burlarse de él, argumentando que no sabían si le tenía más alergia al sol o al jabón. Por supuesto, esa solo era una broma aceptada entre ellos, porque nadie que no perteneciera a su casa podía meterse con Severus Snape sin enfrentarse a las serpientes.

—Buenos días —dijo con esa voz queda que tenía; no ponía emoción a sus palabras más que para ensañarse con algún alumno cuando respiraba de una manera que no era de su agrado—. Empiezan su séptimo curso conmigo y créanme: el sentimiento de disgusto es mutuo. —El profesor se plantó enfrente de su mesa, en la plataforma elevada que había en la parte delantera de la clase—. Seré breve: voy a darles la oportunidad de demostrarme que no son tan inútiles como yo los recuerdo.

Esbozó una mueca que era lo más parecido a una sonrisa que el hombre podía hacer, aunque bastante malintencionada.

—Cada vez estoy más seguro de que es un dementor disfrazado de humano —murmuró Blaise, sentado detrás de los Nott; su compañero de mesa era Malfoy, a quien se le oyó reír entre dientes.

—¡Silencio! —exclamó Snape, mirando en su dirección. Hermione se irguió inconscientemente—. ¿Me van a obligar a quitarles puntos en los primeros cinco minutos de clase?

Los slytherins no respondieron, porque sabían que Snape odiaba las excusas, pero a la bruja no le hacía falta girarse para saber que su novio estaba apretando los dientes con enfado.

—Bien, lo que suponía —prosiguió el profesor. Se llevó las manos a la espalda—. La clase de hoy será sencilla. Guarden los libros —ordenó. Al ver que varios no se movían, sorprendidos por la extraña petición, empezó a impacientarse—. ¿Qué pasa, aparte de inútiles también están sordos? —Todos los libros desaparecieron de las mesas—. Como es el primer día, seré generoso: ¿quién puede decirme cuál fue la poción que preparamos el curso pasado durante el examen final?

La mano de Hermione se levantó inmediatamente. Ladeó la cabeza durante un momento para comprobar que Draco también sabía la respuesta y sonrió; vio que varios alumnos se esforzaban por recordar cuál había sido, pero Snape no les dio más tiempo para pensar.

—¿Señorita Nott?

—El filtro de muertos en vida, profesor —respondió con su característico tono eficiente. En su opinión, no era muy difícil recordar que Snape los había hecho elaborar esa en concreto para el examen, porque era la poción por excelencia de sexto curso.

—Diez puntos para Slytherin.

Hermione no pudo evitar sonreír con orgullo y mirar a su hermano emocionada, porque acababa de ganar los primeros puntos del curso. Los slytherins de la clase lo celebraron, aunque casi en silencio para que Snape no se enfadara, mientras que los gryffindors, con quienes compartían Pociones, se removieron incómodos en sus asientos. Alguno incluso farfulló una protesta en voz baja a su compañero de mesa, pero calló de golpe al sentir la mirada escrutadora del profesor.

—Bien, cuando decidan volver a comportarse como seres civilizados, pueden levantarse y coger los ingredientes necesarios. —Snape rodeó su mesa y se sentó, no sin antes lanzarles una mirada de advertencia—. Recuerden que, si tienen la desgracia de intentar hacer trampa y consultar su libro o a algún compañero directamente, su casa quedará en puntos negativos. Venga, que no tenemos todo el día —agregó antes de coger su pluma y un trozo de pergamino y empezar a escribir Merlín sabía qué.

Los estudiantes se levantaron y se aproximaron lentamente a los armarios que guardaban los ingredientes e instrumentos varios, mirándose con indecisión los unos a los otros. Hermione también se levantó, pero Draco la sostuvo por un brazo.

—¿Qué haces? —le preguntó ella, frunciendo el ceño.

Su novio sonrió maliciosamente y señaló al resto de la clase. En esos momentos, por su lado pasaron dos gryffindors.

—Yo creo que usamos raíces de jengibre —afirmó Demelza Robins a su compañero—, estoy casi segura.

Hermione miró a la bruja con cara horrorizada y estuvo a punto de corregirla, pero recordó que tenían prohibido ayudarse, así que se contuvo. Sus ojos volvieron a Draco; ya entendía por qué quería que no se moviera todavía.

—Somos los únicos que recordamos los ingredientes —explicó él en tono sumamente divertido.

¿Se había pasado Snape pidiéndoles un ejercicio casi imposible para el primer día? Sí, pero Hermione veía la oportunidad de lucirse y ganar más puntos para Slytherin, así que esperó hasta que los armarios empezaron a despejarse para acercarse, seguida de los otros tres magos. No pudieron hacer nada, sin embargo, en contra de los estudiantes que habían demostrado tener dos dedos de frente esperando a que ella y Draco cogieran los ingredientes correctos para copiarse.

—¿Te he dicho alguna vez que te quiero mucho, hermanita?

Ella lo fulminó con la mirada, pero no pudo evitar sonreír. Dejó lo que cargaba sobre la mesa y cogió un cuchillo.

—No me llames así, ya no somos pequeños.

Theo la imitó, atento a sus movimientos.

—Según nuestros padres, yo nací cinco minutos antes, así que técnicamente sí eres mi hermana pequeña.

—La poción es para hoy, señor Nott —lo increpó Snape desde su puesto—. No haga a su casa perder lo que su hermana gana para ustedes. Son mellizos y el talento solo se concentró en una persona, qué lástima —dijo en tono cínico y una sonrisa cargada de mala intención.

Theo torció el gesto y agachó la cabeza, cogiendo el cuchillo, pero sonrió rápidamente cuando sintió la mirada preocupada de Hermione en él.

—No le hagas caso —musitó la bruja.

—Tranquila, yo sé que tú eres la lista; a mí me tocó la belleza —bromeó.

—Repite eso y me encargaré de que duela mirarte a la cara a partir de ahora. —La amenaza llegó de su espalda, de un Draco que ya había empezado a cortar el ajenjo y sujetaba el cuchillo de manera elegante y casual, pero cargada de intención.

Prosiguieron en silencio durante casi una hora. Hermione cortó el ajenjo en trozos del tamaño de su dedo meñique, picó los asfódelos y rompió tres trozos de raíces de valeriana con las manos; los añadió al caldero y observó con satisfacción cómo la mezcla espesaba y se volvía de color negro cuando añadió la pereza cerebral y la judía soporífera. Ahora debía esperar trece minutos y medio para añadir el jugo de los granos de sopóforo. La receta decía que eran doce, pero ella había experimentado un poco en casa (sí, elaboraba pociones por placer) y había comprobado que, con una más, había menos posibilidad de error. Algunos llamarían a esto hacer trampa, pero ella consideraba que todo lo que se hiciera en nombre del aprendizaje no podía ser juzgado.

Snape se paseaba por la clase para evaluar el progreso y, de paso, poner nerviosos a los estudiantes con su mirada penetrante y siempre despreciativa. Cuando pasó por las mesas donde estaban Hermione y Draco asintió brevemente con la cabeza, la máxima expresión de admiración que era capaz de demostrar. Entonces se giró hacia los demás y dijo:

—Como veo que no me había equivocado en mi valoración, les haré el favor de dejarles hablar para ver si entre todos consiguen hacer media poción decente.

Inmediatamente los alumnos se movilizaron, aunque limitándose a sus respectivas casas, para preguntar si lo estaban haciendo bien o si les faltaba algo. Varios slytherins se aproximaron a los prefectos de su casa para consultar el proceso o, directamente, pedirles que intercedieran por ellos y salvaran su primera clase. En los minutos restantes hasta el siguiente paso en la receta, Hermione recitó de memoria en voz baja lo que debían hacer para hacer bien la poción; en más de un caso tuvo que recomendar que empezaran de cero otra vez, porque eran un caso perdido.

Cuando la bruja terminó, el líquido del interior de su caldero podría pasar por agua. Llenó un tubo del tamaño de su dedo corazón, lo tapó y lo llevó hasta la mesa de Snape.

—Muy bien, señorita Nott. Diez puntos más para Slytherin —otorgó antes de etiquetar el tubo con el nombre de la alumna y lo guardó en una caja. A continuación movió su varita en el aire; Hermione sabía que era un hechizo para eliminar la poción restante de su caldero, evitando así accidentes o un mal uso de ella.

Hermione se giró con una gran sonrisa de suficiencia y se encaminó hacia su asiento. Como había terminado rápido, tenía permiso de recoger e irse, así echaría un ojo al libro de Defensa Contra las Artes Oscuras antes de que empezara, ya que era su segunda clase del día. Sin embargo, antes de llegar a su sitio, sus ojos no pudieron evitar clavarse en la llamativa cabellera de Weasley. ¿Cómo sería vivir con ese pelo, sabiendo que todo el mundo te miraba? De su cabellera pasó a sus manos, y observó con horror lo que estaba haciendo. Sin pensarlo siquiera, se acercó a él y a Potter, que era su compañero de mesa, y se plantó delante con una mirada severa.

—Weasley, ¿sabes qué pasará como sigas añadiendo cerebro de perezoso a ese caldero? —Los ojos azules del gryffindor se levantaron hacia ella con sorpresa y se quedó mirándola como si fuera un nuevo fantasma, a lo que Hermione puso los ojos en blanco y empezó a dar golpecitos con el pie en el suelo—. La poción se volverá de un color parduzco, crecerá y, cuando intentes detener que se salga del caldero con un hechizo, lo harás doblar su cantidad hasta que venga el profesor Snape y te quite tantos puntos que tus nietos van a estar en deuda con vuestra casa —respondió a su pregunta ella misma.

La expresión del pelirrojo se volvió de espanto; soltó el ingrediente que tenía en la mano como si de repente fuera venenoso y levantó los brazos. Hermione negó con la cabeza y empezó a alejarse, pero al oír la voz de Potter, se detuvo.

—¿Y ahora qué hacemos?

La bruja resopló y volvió sobre sus pasos. Se cruzó de brazos y enarcó una ceja, pero los vio tan desesperados que decidió que por echarles una mano no pasaba nada:

—Si, cuando añades la judía soporífera, esperas catorce minutos en vez de trece y medio —vio claramente en las caras de los gryffindors que no recordaban la cantidad de tiempo que tenían que aguardar antes de proseguir con la elaboración—, no debería pasar nada.

Dio por terminada la conversación e intercambió una mirada impasible con Draco, que avanzaba hacia la mesa de Snape para dejar su probeta (también perfectamente transparente) y la observaba con severidad. No obstante, no fue él quien protestó porque ayudara a los de la casa contraria.

—¿Confraternizando con el enemigo? —Marcus Flint, que se sentaba detrás de Potter y Weasley, había estado atento a sus indicaciones y ahora toda su expresión denotaba desprecio.

Hermione se paró a su lado y le sonrió con frialdad.

—¿Vas a empezar a decirme lo que puedo o no puedo hacer, Flint? —preguntó a su vez en tono desafiante.

Los ojos del slytherin viajaron rápidamente a algo que había a su derecha; después, le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza.

—¿A Hermione Nott? Por supuesto que no.

Aunque a ella no la respetaba y nunca se habían llevado bien, Marcus era demasiado inteligente como para enemistarse con su hermano y su novio, porque esto significaba que también tendría en contra a Zabini, Crabbe y Goyle. Estos últimos no juntaban un pensamiento lógico entre los dos, pero sentían una lealtad ciega hacia Draco, por lo que se enfrentarían a cualquiera que se opusiera a él. Y todos sabían que Malfoy y Hermione eran uno.

—Bien —replicó la bruja antes de volver a su asiento.

—Tu buen corazón nos va a dar mala reputación, Hermione —le dijo su hermano en tono bromista, aunque sus palabras no estaban exentas de sinceridad.

—La poción de Weasley daba pena de ver, Theo. No he podido resistirme —respondió ella, restándole importancia al asunto.

—Pues es una lástima, habría sido divertido ver quién ganaba: una poción mal hecha o las nulas habilidades de la Comadreja para arreglarla —se burló Blaise.

—Venga, vamos a dejarlo estar ya, que vosotros dos todavía no habéis terminado. —Draco zanjó la discusión, pero no sin dedicar a Hermione una mirada de advertencia—. No los conviertas en tu obra de caridad.

Hermione elevó el mentón ligeramente y su expresión se volvió desafiante.

—¿Quieres tú también que te repita lo que le he dicho a Flint? —Parecía que todo el mundo tenía algo que opinar de sus acciones y empezaba a estar harta.

Draco esbozó una sonrisa ladeada y entornó los ojos. La bruja sabía que a Draco le gustaba cuando le plantaba cara; de hecho, normalmente el mejor sexo que tenían era después de discutir.

Como los Premios Anuales ya habían terminado, recogieron sus cosas, desearon suerte a sus compañeros y salieron del aula. Subieron a la planta baja y esperaron al resto sentados en el muro bajo que rodeaba el patio interior y servía de apoyo a finas columnas que ascendían hasta el techo y servían de separación entre el pasillo semicerrado y el jardín.

Draco había apoyado la espalda en una de las columnas y había subido la pierna al muro, con el brazo apoyado sobre la rodilla. Hermione se había sentado en el espacio libre que había delante de su extremidad, con las piernas perfectamente cruzadas y la espalda recta. La mano de él empezó a jugar distraídamente con uno de los rizos que su nuca que habían escapado del recogido alto que llevaba mientras pensaba en otras cosas. La bruja cerró los ojos momentáneamente, dejándose llevar por la sensación que provocaban los dedos en su piel cuando rozaban su nuca.

—¿En qué piensas? —preguntó Hermione. Tenía el libro de DCAO sobre el regazo, pero se obligó a no abrirlo: a fin de cuentas, ya había memorizado casi todos los capítulos durante el curso anterior y el verano.

—Anoche en la cena no había nadie sentado en la silla del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Era verdad, no había pasado desapercibido para la mayoría de los alumnos, pero Dumbledore no se había pronunciado al respecto y nadie recordó preguntar quién iba a ser.

—Mientras no haya vuelto Lockhart, por mí que sea quien quiera —respondió ella.

Los dedos de Draco detuvieron su movimiento.

—¿Por qué? Con lo guapo que era, todas loquitas de amor por él —se burló.

Hermione le sonrió de forma burlona.

—¿Tienes celos, Draco Malfoy?

—¿Celoso, yo? ¿De ese viejo? —El chico le dedicó una mirada fría y arrogante, aunque su novia sabía que había dado en el clavo.

—No llega ni a los cuarenta años, no es viejo —repuso ella—. Pero sí que era el mayor inútil que hemos tenido —concedió.

Al principio, tener al famoso escritor como profesor había parecido un sueño hecho realidad, pero todo lo que tenía de presumido y atractivo, lo tenía de imbécil. No sabía en qué había estado pensando Dumbledore cuando le había dado el cargo de profesor de DCAO, un puesto que requería destreza, inteligencia y, en opinión de Hermione, algo de experiencia. Tres cosas que, si Gilderoy Lockhart poseía, no había demostrado en los diez meses del curso.

—Peor que Quirrell, y eso ya es decir. —El que había impartido la materia durante sus dos primeros cursos en la escuela había sido un hombre enclenque, asustado de su propia sombra, que desapareció el verano que pasaban a tercero y nunca más se supo de él.

—¿Habláis de la mala suerte que tenemos con los profesores de DCAO? —Blaise y Theo aparecieron en ese momento por el pasillo; era lógico que ya hubieran terminado la clase, teniendo en cuenta que se habían sentado a su lado—. En mi opinión, la mejor fue Umbridge —concluyó Zabini.

—¡Pero si no aprendimos nada! —replicó Hermione.

—Pero odiaba a Potter y Weasley más que nosotros, y eso ya es decir.

La bruja estuvo a punto de decir que ella no los odiaba, simplemente no terminaban de caerle bien.

Dolores Umbridge era uno de los profesores que habían desfilado por Hogwarts para encargarse de Defensa Contra las Artes Oscuras (en quinto año), pero había fracasado, como todos. Y Hermione no la echaba de menos, porque esa mujer tenía algo que le ponía los pelos de punta. Nadie que estuviera bien de la cabeza usaría el rosa como único color para la ropa. Además, había visto los resultados de alguno de sus castigos y no le gustaba nada. Potter todavía tenía en la mano la leve cicatriz de «No debo decir mentiras» que le hizo escribir.

—Pues a mí me gustó Remus Lupin. —Los tres slytherins se quedaron mirando con perplejidad a Theo, que tenía las manos en los bolsillos y una expresión inocente en el rostro.

—¿Esa bestia? Ser licántropo es casi peor que ser sangre sucia —afirmó Draco con contundencia—. Tener que soportar esa impureza todo tercero me pareció una ofensa.

—A algunos también nos parece una ofensa tener que verte el careto todos los días durante siete años y no nos quejamos tanto, Malfoy.

Potter y Weasley, acompañados por Seamus Finnigan y Dean Thomas, también debían de haber terminado la prueba y habían aparecido justo en el momento en el que Draco echaba pestes del profesor favorito del gryffindor de ojos verdes y gafas. Obviamente, había saltado a defenderlo.

—¿Os tengo que restar puntos por insultarme de esa manera, Potter? —Draco se levantó con toda la calma del mundo y miró al otro mago con los ojos entornados mientras se cruzaba de brazos—. Tú tienes la suerte de estar blindado, pero, que yo sepa, tus dos amiguitos no son prefectos —dijo, señalando con la cabeza al irlandés y al chico moreno.

«Ah, no». Hermione también se levantó y se colocó al lado del rubio, pero no para apoyarlo, sino para cogerlo del brazo y tirar de él para alejarse del otro grupo. Su hermano y Blaise los siguieron.

—¿Qué haces? —siseó Draco, zafándose de su mano.

—Ya estoy harta de escuchar vuestras peleas de trolls, y eso que el curso acaba de empezar —fue su respuesta. Lo miró brevemente a los ojos con expresión zalamera y el labio inferior ligeramente subido—. ¿Por favor?

Draco torció el gesto, pero la bruja sabía que no él no podía resistirse a ese gesto suyo. Asintió de mala gana y siguieron avanzando. Sin embargo, cuando solo llevaban cinco pasos, los gryffindors dieron muestra de, una vez más, no tener dos dedos de frente.

—¡Eso, deja que tu novia te proteja, Malfoy, no sea caso que esta noche no quiera jugar con tu varita! —se burló alguien. Sonaba a Ronald Weasley.

Hermione se quedó parada de golpe y, antes de que Draco o Theo volvieran atrás para enfrentarse al grupo de leones, se giró sobre sus talones. Lo que le faltaba, que le faltaran al respeto de esa manera tan descarada. No, ella era Hermione Nott, a ella se la respetaba o deberían atenerse a las consecuencias.

Al verla acercarse, la sonrisa se borró del rostro de Weasley y empezó a sonrojarse hasta las orejas. Finnigan y Thomas también dejaron de reírse; Potter era el único que había permanecido impasible.

La bruja se plantó a pocos centímetros del pelirrojo y se estiró, elevando el mentón para compensar con desafío lo que le faltaba de altura.

—¿Qué has dicho, Weasley? —El chico empezó a balbucear, pero lo cortó levantando la mano—. No, lo pregunto porque me ha parecido que te crees con derecho a hablar sobre mi vida privada con una vulgaridad de la que tu madre no estaría nada orgullosa. —Al oír mencionar a la señora Weasley, el mago pelirrojo abrió todavía más sus ojos azules con expresión horrorizada.

—Es verdad, Ron, te has pasado —dijo Potter a su amigo.

A esas alturas Ronald Weasley ya había bajado los hombros, se estaba frotando las manos con nerviosismo y miraba hacia otro lado.

—Lo siento —musitó.

Pero Hermione no iba a dejarlo así.

—¿Qué? —preguntó, colocando una mano detrás de una oreja para fingir que así escucharía mejor.

Weasley bufó, pero cedió por una simple razón: de todos los slytherins, Hermione Nott era la única que nunca se había metido con ellos.

—Lo siento —repitió más alto—, no volveré a decir nada parecido sobre ti.

—Acepto tus disculpas —respondió la bruja, asintiendo complacida—. Pero que no vuelva a pasar o la próxima vez que hagas mal una poción me quedaré sentada a mirar cómo incendias la mesa.

—Gracias por lo de antes, por cierto —murmuró Weasley, mirando hacia otro lado.

—De nada.

Hermione se dio la vuelta con una sonrisa de satisfacción y triunfo y vio que los slytherins habían contemplado la escena con expresiones desde sorprendidas hasta orgullosas. Theo, que tenía una mano en el hombro de Draco, porque parecía que su novio había estado dispuesto a intervenir, la retiró e hizo con ella una floritura mientras se inclinaba en una reverencia teatral.

—Nunca había presenciado un asesinato en directo —se rio.

Draco la miraba con una sonrisa ladeada; se inclinó mientras la cogía suavemente por la barbilla y le dio un beso en los labios. Era algo infrecuente, porque no solían darse muestras de afecto en público, por lo que Hermione se sorprendió, pero eso no le impidió ponerse de puntillas para mantener el contacto una vez él empezó a retirarse.

—A partir de ahora puedes encargarte de todas mis peleas.

—Ni en tus mejores sueños —replicó ella contundentemente—. Lo que me faltaba: enfrentarme a todo el colegio todos los días. Tengo cosas más interesantes que hacer.

—A Draco también se le ocurren un par de cosas interesantes que hacer después de verte —señaló Blaise con picardía.

Hermione se sonrojó ligeramente. Sabía que Draco, Blaise y Theo eran mejores amigos y se contaban muchas cosas, pero esperaba que hubiera un límite. Aunque dudaba mucho

—¿Tengo que echarte la misma charla que a Weasley, Blaise? —respondió con frialdad.

El mago levantó las manos en señal de derrota y todos rieron.


—¡Bien, hemos terminado por hoy! —exclamó de repente el profesor de DCAO.

Hermione y Theo intercambiaron una mirada aliviada. La identidad del nuevo profesor al principio de la clase había sido motivo de expectación entre los estudiantes, pero, cuando vieron entrar con su bastón y su ojo de cristal al exjefe de los Aurores Alastor Moody, todos se quedaron perplejos. Entre la comunidad mágica, Ojoloco Moody era conocido, pero no precisamente por cosas buenas, sino por sus… extravagancias.

El aspecto del mago ya era curioso: aparte del ojo de mentira, que parecía tener vida propia y veía cosas que un ojo normal no, también le faltaba un trozo de nariz y una pierna, que había sustituido con una pata de palo, como en las novelas muggles de aventuras.

Pero lo que más asustaba a los alumnos no era eso (y ya tenía mérito, teniendo en cuenta lo que veían), sino su carácter: la clase había empezado con el profesor proponiendo un caso real de su pasado; había dividido a los alumnos en grupos de seis (a Hermione le había tocado con, aparte de Theo, Blaise y Draco, Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode; afortunadamente al profesor Moody le daba igual si las casas se mezclaban o no) y les había dado media hora para pensar una manera de atrapar al supuesto delincuente fugado.

La práctica era, desde luego, innovadora, y habría sido muy instructiva de no ser por el nivel de dificultad, muy superior a su preparación, y porque el hombre los ponía nervioso con sus exclamaciones repentinas de «¡Un descuido y estáis muertos!» o «¡Alerta constante!». Hasta lo habían escuchado discutir consigo mismo. Al final, la conclusión era que todos (excepto Harry Potter, que había demostrado cierto talento policial) eran bastante inútiles.

—¿Me he quejado alguna vez de Lockhart? —musitó Theo mientras guardaba sus cosas—. Pues lo retiro: lo echo de menos, que vuelva.

Hermione también guardó sus útiles, pero a un ritmo mucho más lento, algo que la chica solía hacer cuando quería quedarse la última para hablar con un profesor.

—Te espero fuera —dijo Draco. Su mirada se posó unos instantes en Ojoloco con desconfianza antes de salir del aula.

Hermione, cogiendo su mochila, se acercó al mago mayor. Este estaba examinando el interior de uno de los armarios de caoba que había detrás de la mesa del profesor. Gruñía unas palabras incomprensibles.

—Perdone… —dijo con timidez, pero al no obtener respuesta, probó de nuevo—. ¡Profesor Moody! —exclamó.

El hombre se giró de golpe y se acercó a ella a grandes zancadas hasta quedar a medio metro de distancia y la examinó con el ojo falso.

—Nombre y apellido, casa y motivo de su demora en abandonar la clase, señorita.

Hermione frunció el ceño, perpleja, porque era evidente por su uniforme a qué casa pertenecía, pero obedeció sin rechistar.

—Soy Hermione Nott, de Slytherin. Quería preguntarle si vamos a usar el libro de texto en algún momento.

A Merlín le había pedido antes de empezar DCAO tener en séptimo un profesor funcional y normal, pero el gran mago, mediante Dumbledore (que era quien seleccionaba al cuerpo docente), había ignorado su ruego. Ya que ese año también iban a vivir una demostración constante de extravagancia, qué menos que saber a qué se enfrentarían.

—Nott, Nott… —Moody se llevó el bastón a la barbilla y se quedó pensando—. ¿No participó tu bisabuelo en la Gran Guerra Mágica? —la interrogó.

El semblante de Hermione se ensombreció. Las familias puras de Inglaterra tenían un pasado oscuro: muchos de sus miembros habían jugueteado con la magia negra, durante la guerra europea liderada por Gellert Grindelwald que había enfrentado a los que creían en la supremacía mágica y a los que no, estos cabezas de familia habían mostrado su apoyo al bando de Grindelwald. Cuando este fue derrotado por Dumbledore, la mayoría se retractaron. Ya no existía ninguna organización activa contra los muggles y los hijos de estos con magia, pero sí permanecían los ideales de pureza de sangre.

—Mi bisabuelo no luchó en la guerra, profesor. Y se retractó de sus acciones y palabras después. Nadie en mi familia ha demostrado estar de acuerdo con un genocidio basado en la pureza de sangre desde entonces —agregó.

Lo que su padre y el resto de las familias de noble linaje opinaran en la intimidad era otra cosa muy diferente, pero Hermione se sentía en la obligación de defender a los suyos.

Ojoloco se giró hacia la ventana y chasqueó la lengua.

—Interesante… —Cuando la bruja empezaba a perder la paciencia y estaba a punto de repetirle su pregunta inicial, el hombre se movió de repente, como si tuviera algún resorte—. ¡No, no vamos a usar libros, señorita Nott!

La bruja no pudo evitar torcer el gesto. Acababa de confirmar sus peores sospechas.

—Está bien. Gracias.

—No se lucha contra el mal con un libro —explicó el mago al ver su expresión decepcionada.

¿Contra qué mal iban a enfrentarse un grupo de estudiantes?

—Pero por algún lugar se empieza —repuso la joven antes de darse media vuelta y salir de la clase.

Draco estaba apoyado en la pared contraria, con la planta de un pie sobre la piedra desnuda y los brazos cruzados. Cuando la vio, cogió sus cosas y juntos empezaron a andar hacia las escaleras.

—¿Vamos a comer algo? —preguntó Hermione.

—No puedo, tengo que hacer una cosa. Cuando termine, bajaré a pillar algo rápido antes de la siguiente clase —respondió él con aire misterioso—. Pero te acompaño hasta el comedor.

Su novia lo miró con curiosidad (algunos dirían que estaba obsesionada por saberlo todo).

—¿El qué? —quiso saber.

Draco se limitó a sonreír enigmáticamente y encogerse de hombros.

—Ya lo verás. ¿Después tienes Aritmancia, no? —Ante el asentimiento de ella, añadió—: No sé qué le ves a la asignatura, la verdad. Con lo fácil que es Adivinación.

—Lo absurda que es, dirás.

—¿Y qué? Solo tienes que fingir que te concentras en, yo qué sé, dejar que el universo te hable, y soltar lo primero que se te venga a la cabeza. —La argumentación era buena, pero Hermione detestaba esa asignatura desde que la había tenido en tercero—. Además, Theo, Blaise y yo hemos apostado diez galeones a cuánto tardará Longbottom en romper su bola de cristal.

Hermione no pudo evitar una carcajada. En todo Hogwarts era sabido que Longbottom tenía un talento especial para perder o romper cosas, aunque Seamus Finnigan lo superaba, siempre quemando cosas. Ese chico era una bombarda andante, pero al menos tenía la excusa de ser mestizo. Longbottom, en cambio, tenía padres y abuelos magos, así que era incomprensible cómo podía ser tan negado para… en fin, la vida.

—Da igual, no me compensa tener que escuchar las estupideces de Trelawney durante dos horas seguidas. Se me quedará el cerebro del tamaño de un knut y no, gracias.

—Mejor eso que reseco como una de las cabezas reducidas de Borgin y Burkes de tantas secuencias numéricas.

—No, porque yo aprendo algo útil, no una pseudociencia como la Adivinación —repuso Hermione, dispuesta a no dar su brazo a torcer.

Habían llegado a la planta baja, por lo que Draco se despidió de Hermione con un beso y un «Qué testaruda que eres». Se alejó de ella antes de que pudiera responder, dejándola con el ceño fruncido e indignada por no haber terminado la conversación.

La bruja entró en el Gran Comedor y rápidamente encontró la cabeza de Theo, que estaba comiendo algo con Blaise, Pansy y Daphne Greengrass. Se sentó entre Pansy y su hermano y cogió un sándwich con expresión disgustada.

—¿Qué te pasa? ¿Has discutido con Ojoloco? —la interrogó Theo.

—No lo llames así, podrían oírte y restarte puntos por maleducado —lo reprendió ella—. No, es que Draco se ha ido a un sitio a hacer una cosa y no me lo quiere decir. ¿Tú sabes algo?

Su hermano rio y asintió.

—Y antes de que preguntes: no, no te lo voy a decir. —Pasó un brazo por los hombros de la chica y la zarandeó ligeramente—. Mi hermanita, frustrada porque alguien sabe algo que ella no. Ahora ya conoces el sentimiento —bromeó.

—No es tan importante —respondió Hermione, aunque su expresión denotaba que seguía sin estar conforme.

—A los chicos no les gusta que los agobien, Hermione.

Pansy Parkinson, sentada frente a ella, la miró con suficiencia.

—¿Y tú cómo lo sabes? —La respuesta de Hermione hizo que la bruja morena frunciera los labios en un mohín y se echara hacia atrás, ofendida.

Pansy no había tenido novio todavía. Ella decía que era demasiado exigente y ningún chico cumplía sus expectativas, pero era un secreto a voces que su problema era que sí había un chico adecuado a su exigente criterio, pero él ya tenía novia desde hacía casi tres años.

Cuando la comida terminó, Hermione se despidió de los demás y fue a su dormitorio a por el libro de Aritmancia. Tenía la esperanza secreta de que Draco estuviera allí, pero no había ni rastro de él, así que cogió lo que necesitaba y se encaminó hacia las escaleras, porque tenía por delante un largo camino hasta la séptima planta.

Le gustaba llegar antes de tiempo para repasar el temario antes de que la clase empezara, y en el caso de Aritmancia, saludar a la profesora Vector después del verano. Se llevaban bastante bien, en parte porque el grupo de alumnos de esa clase era bastante reducido y en parte porque Hermione era la mejor, así que siempre le sobraba tiempo entre los ejercicios y a Séptima Vector le gustaba charlar. Además, tenía la suerte de que no asistía nadie más de Slytherin, porque la profesora era hija de muggles y no quería tener que estar justificando su relación cordial con ella cada vez que la vieran dirigirle una palabra amable.

—¡Buenas tardes, profesora! —saludó alegremente.

Vector estaba sentada en su silla, leyendo, pero sonrió en cuanto la vio entrar.

—Señorita Nott, qué sorpresa. Aunque —se miró el reloj de muñeca—, solo faltan quince minutos para el inicio de la clase, así que está siguiendo su pauta habitual.

Hermione asintió. Le gustaba el metodismo y la exactitud de aquella mujer, pero claro, no podía ser de otra manera si enseñaba el arte de los números.

—¿Cómo ha pasado el verano?

—Muy bien. Mi hermano fue padre en julio, así que he estado en Belfast casi todo el verano.

—¡Qué bien, enhorabuena! —felicitó Hermione—. ¿A qué se dedica? —preguntó educadamente.

—Es enfermero.

La sonrisa de Hermione se congeló ligeramente. Un muggle. Aunque dependiendo de cómo lo miraras, era mejor un muggle que un mago hijo de muggles, porque este último no se había apropiado de magia que no le correspondía. Eso decía su padre, al menos.

—Salvar vidas es una tarea encomiable —respondió finalmente.

—¿Ya ha decidido qué quiere estudiar cuando apruebe los ÉXTASIS?

La última vez que habían hablado del tema, Hermione todavía se debatía entre Leyes Mágicas y Medimagia. Ahora lo tenía claro, pero al recordar las expresiones de sus padres y de los Malfoy cuando hablaron del tema unos días antes, vaciló.

—No, todavía estoy sopesando mis opciones —mintió.

Oyeron pasos aproximándose. Era Padma Patil, que también cursaba esa asignatura desde cuarto. Era casi tan buena como Hermione.

—Hola —saludó tímidamente.

Avanzó por la clase, decidiendo dónde sentarse. Las mesas eran dobles y Hermione le indicó amablemente con la cabeza que podía sentarse con ella si quería, pero la ravenclaw finalmente ocupó la otra mesa que había en la primera fila. Hermione intentó que no le afectara.

Cuando la clase terminó, Hermione recogió y, tras despedirse de la profesora, salió del aula con una sonrisa. Después del despropósito que había sido la clase de DCAO, le daba paz mental haber tenido una clase coherente, donde las cosas transcurrían como debían, con una profesora que no pensaba que en cualquier momento aparecería un enemigo de dentro de un armario para atacarlo.

Aritmancia se impartía cerca de la torre norte, donde estaba el aula de Adivinación, por lo que los alumnos de ambas asignaturas confluían para bajar a las plantas inferiores o, en el caso de los gryffindors o ravenclaws, ir a sus torres si eso querían.

Hermione se cruzó con varios alumnos de otras casas; algunos le sonrieron brevemente, otros la ignoraron, pero la bruja estaba acostumbrada a la guerra fría con las otras casas, así que buscó a los de Slytherin. Draco avanzaba entre Crabbe y Goyle, como si fueran sus guardaespaldas. Hermione a veces se preguntaba cómo esos dos habían llegado tan lejos, porque no daban bate con bludger. Bueno, eso no era verdad, porque quizás el quidditch era lo único donde mostraban un mínimo talento.

—¿Cómo ha ido? ¿Ya os ha hecho analizar posos de té? —se burló.

Él rio entre dientes e hizo una seña a los dos gorilas que lo franqueaban para hacerle sitio a su novia.

—No, ahora estamos analizando el zodíaco. Tengo una mala noticia —la miró con seriedad—: según la profesora Trelawney, no tenemos futuro.

Hermione le dio un golpe en las costillas.

—¡No bromees con eso! ¿Ves? Esa asignatura es un chiste. —Sonrió con suficiencia.

—Un chiste es que Potter y Weasley hayan ganado veinte puntos por soltar cuatro gilipolleces —masculló Draco, mirando a los sempiternos sujetos de su crítica, que caminaban varios metros por delante de ellos.

—No pasa nada, yo he ganado treinta en Aritmancia. Por cierto —no sabía cómo había podido olvidársele—, ¿me vas a decir ya qué has estado haciendo?

—No. —Draco la miró de reojo con una sonrisa ladeada. Antes de que ella tuviera tiempo a protestar, añadió—: Voy a enseñártelo.

Hermione parpadeó varias veces, perpleja. El rubio se llevó un dedo a los labios y sonrió. Después, la cogió de la mano y la guio escaleras abajo, hasta la quinta planta.

—Draco, no sé en qué estás pensando, pero no es momento para… —empezó a decir Hermione en cuanto vio que se dirigían hacia el baño de prefectos.

Sin embargo, pasaron de largo.

—¿En serio pensabas que quería llevarte allí a hacerte cosas dentro de los baños? —le preguntó, aunque llevó una mano a su rostro y le acarició la mejilla, bajando levemente hasta la parte superior del cuello—. Ahora no —susurró, inclinándose ligeramente hacia ella.

Hermione se sonrojó, pero no iba a negarse. No podía ahora hacerse la inocente cuando ya lo habían hecho en su sala común una noche después de una fiesta, cuando todos se habían ido a dormir.

Siguieron avanzando hasta el final del pasillo.

—¡Vamos a la torre de Premios Anuales! —exclamó. No entendía cómo podía haber olvidado ese detalle, teniendo en cuenta que llevaba la chapa enganchada a la túnica. Qué tonta era.

—¡Diez puntos para Slytherin! —respondió Draco de broma. Cuando se pararon frente al muro de piedra, pronunció la contraseña que les permitía el acceso a su torre—: Extraordinario.

—¿Has venido sin mí? ¡Draco, acordamos que…!

Antes de que pudiera echarle en cara que habían roto su acuerdo de entrar juntos para ver cómo era, el mago hizo una pinza con los dedos y le cerró los labios. Ella lo miró con total indignación, pero puso los ojos en blanco, señal de que callaría.

—Antes de que quieras cruciarme, mira lo que he hecho.

La cogió de la mano y la hizo entrar en la que ahora era exclusivamente la sala común de los dos. Era una gran estancia, con grandes ventanas que daban a las montañas y una chimenea en el centro. En la pared en la que estaba el acceso de entrada había varias estanterías, en el centro de la sala un sofá y dos sillones y en un lado, bajo las escaleras de piedra, una mesa con varias sillas. Pero eso no es lo que hizo que Hermione se quedara con la boca abierta.

La bruja se paseó por la estancia, observándolo todo maravillada. Los sillones y el sofá estaban tapizados de varios tonos de morado, su color favorito. Sobre la mesa de estudio había un florero con rosas amarillas, las que más le gustaban, y parecían encantadas para brillar ligeramente. Además, llenaban la sala de un suave perfume.

En la repisa de la chimenea había un objeto que reconoció en seguida, una snitch. Y no una cualquiera: Draco había intentado conquistarla de diferentes maneras, y una de ellas había sido entregarle la snitch que había atrapado en la final de quidditch de tercero. «Esto es lo segundo que más me habrá gustado atrapar. Lo primero serás tú», le había dicho. «Yo no soy un objeto, Malfoy», había replicado ella. Hermione cogió con cariño la cajita de cristal donde estaba guardada la pequeña pelota para que no saliera volando.

—No fue mi mejor movimiento, la verdad —dijo él, acercándose. La abrazó por detrás; la chica se apoyó contra su pecho—. ¿Sabes por qué la guardé? Para acordarme de mi fracaso y lo que no tenía que repetir. Fuiste un hueso duro de roer.

Hermione, aprovechando la posición en que estaban, le dio un codazo flojo y ladeó la cabeza para lanzarle una mirada de advertencia.

—¿Tengo que repetirte lo que te dije aquella vez? No soy un premio —sermoneó.

—Claro que lo eres —repuso él con total tranquilidad.

La soltó para que siguiera investigando. Hermione se acercó a la estantería y comprobó con una sonrisa que Draco había traído todos los libros que le gustaban, tanto literarios como de texto. Había algunos que solo podía encontrar en la biblioteca de Hogwarts, pero ahora podría consultarlos si estaba estudiando allí sin tener que bajar a la cuarta planta.

El último detalle era una foto suya enmarcada en la pared. Se la habían sacado en la mansión de los Malfoy las navidades anteriores, durante la cena que siempre organizaban los padres de Draco. Iban excepcionalmente bien vestidos: él, completamente de negro, cosa que resaltaba sus ojos y pelo; y ella con un vestido de azul capri hasta unos dedos por encima de las rodillas y encaje en la parte superior que cubría desde el escote hasta las muñecas. Estaban muy guapos y hacían una pareja ideal.

Hermione se giró hacia Draco con una sonrisa, mordiéndose el labio inferior. Se lanzó a sus brazos y lo abrazó; él también sonreía con satisfacción.

—No tenías por qué molestarte.

Draco Malfoy vivía en los extremos: o soltaba todo el veneno que era capaz o era el más leal y considerado. Esto último se lo reservaba para sus amigos y Hermione, e incluso así ella sabía cuánto le costaba quitarse la coraza, por lo que apreciaba cada detalle que tenía.

—Lo sé. —Se sacó la varita del bolsillo de la capa y la levantó—. Si no te gusta, puedo dejarlo como estaba antes, aunque los sillones eran de un marrón horrible —dijo con cara de asco.

—¡No! —exclamó Hermione rápidamente. Sonrió lentamente. Cogió una mano del mago y tiró de él—. Ven.

Lo llevó hacia las escaleras.

—¿Qué haces? —preguntó Draco, aunque por su expresión complacida empezaba a imaginárselo—. Mi habitación es la de la izquierda —explicó.

Hermione giró hacia la derecha.

—A demostrarte cuánto me ha gustado lo que has hecho —respondió, ladeando la cabeza con una sonrisa sugerente.

Draco la miró con las cejas enarcadas.

—Qué atrevida, Hermione Nott. Aunque es comprensible: soy irresistible, y más cuando me pongo romántico.

Hermione puso los ojos en blanco.

—La arrogancia no va a conseguir que me acueste contigo.

Draco rio.

—¿Ah, no? Yo creo que sí.

Hermione abrió la puerta de su dormitorio. Todavía no había estado, por lo que era una habitación impersonal, con los muebles desnudos y la cama hecha por los elfos. Con este último detalle tenía bastante, al menos por ese día.

Se giró hacia Draco con una sonrisa sugerente en el rostro mientras levantaba los brazos y se soltaba el pelo. Sabía que eso solía encender a Draco y, por cómo el chico sonreía lentamente y se sentaba en la cama para observarla, esa vez también estaba funcionando. Hermione suspiró de placer mientras se pasaba los dedos por el pelo ensortijado; era un gusto llevarlo suelto, sin tener que comprobar constantemente que seguía en su lugar.

Miró a Draco con una ceja enarcada. El mago estaba apoyado sobre los codos y sonreía indolentemente.

—No, por favor, sigue —dijo en voz grave.

Normalmente, Hermione se sentiría demasiado avergonzada para hacer ese tipo de cosas: tenía demasiada templanza y sentido de la vergüenza; pero esa noche estaba inspirada, así que se quitó el suéter negro con el símbolo de Slytherin y lo dejó caer al suelo. También se quitó los zapatos y los calcetines rápidamente, porque esa acción podía ser muchas cosas, menos sensual.

—¿Tú no vas a hacer nada? —le preguntó a Draco, que seguía observándola mientras ella se quitaba la falda y dejaba que cayera a sus pies.

Sus ojos grises recorrieron la piel de los muslos que acababan de quedar al aire. De solo ver su expresión, a Hermione la recorrió un escalofrío de placer; nunca se cansaría de sus caricias, de los roces de sus manos, boca y lengua sobre su piel. Eran una tortura exquisita a la que estaba dispuesta a someterse mil y una veces.

Hermione siguió con los ojos fijos en Draco mientras empezaba a desabrocharse los botones de la camisa de un blanco inmaculado y observó con complacencia cómo la mirada del rubio subía y seguía hipnotizado el movimiento de sus manos. Mientras Hermione se la quitaba lentamente, Draco entreabrió los labios y se los humedeció con la lengua.

La chica se quedó en ropa interior, unas bragas y sujetador de color carne que, pese a no ser nada especial, parecía estar teniendo un efecto especial en los pantalones de Draco. O en lo que había debajo, más bien.

—Ven y te enseñaré lo que quiero hacer —replicó el mago, incorporándose.

Hermione se sentó a horcajadas sobre él y sintió cómo sus manos la apretaban contra su cuerpo, completamente vestido todavía. Este hecho le molestaba, pero la boca de Draco pronto la hizo olvidarse de todo excepto de ese beso húmedo y anhelante que reclamaba su plena atención. Los labios de ambos se chocaban una y otra vez mientras Hermione se movía sobre él. Su húmeda intimidad buscaba encontrarse con el bulto de los pantalones de Draco, pero los pantalones la molestaban, por lo que soltó un gemido frustrado involuntariamente. El rubio rio, pero no hizo nada por desprenderse de su ropa; le gustaba empujar a Hermione al límite para después llevarla a la gloria.

En vez de eso, sus dedos desabrocharon hábilmente el sujetador, del que la castaña se deshizo rápidamente. Draco empezó a trazar un camino de besos desde los labios de Hermione hacia su oreja, donde mordió y lamió su lóbulo. Hermione se mordió el labio inferior para no demostrar cuán necesitada estaba mientras esos labios diabólicos seguían bajando por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos, succiones y algún que otro mordisco. Las manos de Draco no se habían quedado quietos tampoco: su mano izquierda se paseaba por sus muslos, apretando esa carne que tan bien se conocía, mientras la derecha había subido hasta un pecho de Hermione. Acariciaba el pezón erecto con el pulgar, rodeándolo lentamente con el dedo para darle un pellizco de repente; le arrancó un jadeo, pero Hermione decidió vengarse empezando a moverse otra vez contra su entrepierna. A esas alturas su humedad ya debía de haber traspasado su ropa interior y mojado los pantalones de él.

—Joder —gruñó Draco.

Levantó ligeramente las caderas para que el roce fuera más pronunciado. Sin embargo, ese contacto tan superficial no les bastaba, por lo que se pusieron en pie para desvestirse. Hermione bajó las manos a los pantalones de Draco y le desabrochó el cinturón y los pantalones mientras él se ocupaba de la camisa. Pronto estaban los dos en igualdad de condiciones y volvieron a sumergirse en un beso febril. Las manos de ella vagaban por sus hombros, cuello y pelo, deseando poder tenerlo más y más cerca.

Draco le pasó una mano por una pierna y la obligó a subirla para rodearle la cintura. Ambos gimieron, porque en esa posición solo dos finas capas de tela separaban las partes de su cuerpo que más querían unirse. Hermione, sujetándose de los hombros de él, subió la otra pierna y dejó que Draco la cargara hasta la cama a ciegas, porque eran incapaces de hacer que sus labios detuvieran su exploración del otro. El único momento en que la separación se hizo soportable fue cuando cayeron sobre la cama y se apartaron brevemente para deshacerse de la ropa interior, tan molesta.

Hermione alargó una mano para volver a enredarla en ese pelo rubio que tanto le gustaba, pero Draco quedó quieto donde estaba unos segundos, con los ojos grises oscurecidos por el deseo embebiéndose del cuerpo desnudo que tenía frente a él. Esto hizo que Hermione se sonrojara y quisiera cubrirse con las manos, pero aquel no era momento de ser cobarde, así que en vez de ocultarse, separó las rodillas. La mirada de Draco se posó en aquel punto entre sus piernas donde tanto le gustaba enterrarse y se mordió el labio inferior. Había pensado que era físicamente imposible estar más excitado, pero acababa de comprobar que siempre podía llegar a más.

Se puso sobre ella, que tenía el pelo esparcido sobre la almohada en una especie de halo angelical y descendió para besarla. No, definitivamente no podía ser un ángel, porque un ángel no levantaría las caderas buscando esa parte de él que tanto ansiaba. Tampoco lo miraría con esos grandes ojos marrones cargados de pasión mientras sus labios hinchados buscaban volver a besarlo y gemir contra su boca.

Sin poder aguantar ni un segundo más, se guio con la mano para buscar su interior. Ambos gimieron cuando empezó a introducirse en ella con una lentitud desesperante. Si por Draco fuera, entraría en ella una y otra y otra vez con fuerza, sin parar, pero ¿qué sentido tendría si solo él disfrutaba al máximo? Quería verla contraerse de placer bajo él, quería que Hermione le suplicara por más y que gritara su nombre.

Sin embargo, Hermione tenía otros planes. Tenía cada aspecto de su vida bajo control, le gustaba ser metódica y no dejar nada al azar. Excepto en el sexo. Ahí cualquier racionalidad quedaba eclipsada por las sensaciones que experimentaba cuando Draco se unía a ella. Por eso, mientras le arañaba la espalda con las uñas, aprovechó el agarre para levantar las caderas e impulsarse hacia delante. Era una súplica muda a la que Draco era incapaz de resistirse ni una sola vez; entró en ella hasta el final, hasta que fue físicamente imposible que sus cuerpos estuvieran más juntos.

Ambos gimieron y a partir de ahí los inundó el frenesí febril de querer disfrutar del cuerpo del otro mientras pudieran aguantar. Hermione subió las piernas y entrelazó los tobillos en la cintura de Draco, permitiéndole tener más acceso a su cuerpo, mientras sus labios besaban su cuello con fuerza, con pasión desmedida, y sus manos acariciaban con fuerza su nuca y espalda. Notaba cómo todos sus músculos se contraían por el esfuerzo, pero al rubio no parecía importarle tener que sudar, al contrario: se adentraba en ella con toques certeros aprendidos a base de decenas de encuentros.

Ambos habían sido el primero y único del otro; sabían qué les gustaba y cómo hacerse enloquecer. Y a Draco le encantaba ver su muda súplica cuando bajaba el ritmo de sus embestidas a uno más lento, más sensual, en el que podía sentir plenamente cómo se apretaba a su alrededor, cómo se movía para acelerar el vaivén y clavaba sus uñas en la espalda.

Se besaron otra vez, sus lenguas peleaban dentro de sus bocas en una lucha eterna por hacerse con el dominio, mientras Draco volvía a penetrarla con premura, como si se les acabara el tiempo.

—Draco… —gimió Hermione, dedicándole una mirada presa del éxtasis que estaba a punto de apoderarse de su cuerpo.

Estaba cerca, muy cerca, por lo que el rubio llevó una mano a la parte externa de su muslo para abrirla más a él y aumentó el movimiento de su cuerpo. La temperatura de sus cuerpos había subido hasta límites inalcanzables y sus gemidos se habían vuelto incontrolables. Ya no había marcha atrás, ambos estaban a punto de tocar el paraíso. Hermione fue la primera y gritó el nombre de Draco mientras llegaba a un furioso orgasmo; él la siguió poco después, sus embistes volviéndose erráticos y más débiles hasta que se detuvieron completamente.

Se dejó caer encima de ella con suavidad para no aplastarla, con la cabeza enterrada en el hueco de su cuello, y ambos permanecieron en esa posición unos minutos mientras su respiración se normalizaba. Pasado el éxtasis, ahora solo les quedaba el placentero recuerdo y la somnolencia que empezaba a apoderarse de ellos.

Draco salió de ella con cuidado y, antes de tumbarse a su lado, los tapó con las sábanas. Atrajo a Hermione hacia sí para besarla y rodearla con sus brazos. Presentía que esa noche le tocaría bajar a la cocina a robar comida, porque ninguno de los dos se sentía con fuerzas de ir al Gran Comedor.


-N/A: Tremenda vergüenza me da escribir lemon, pero bueno, ahí está. Espero que no se os caigan los ojos leyéndolo jajaja Lo siento, no es lo mío. Anyway, en algún momento tenía que aparecer (y si fuera por Draco, 16/7. Las otras ocho horas son para dormir xD).

Antes de dar por terminado mi monólogo, quiero explicar el lío de los profesores de DCAO, por si no ha quedado claro cómo va. He cambiado el canon porque no quería que Snape fuera el profesor en sexto y ya que estaba, podía cambiarlo todo xD.

-Primer y segundo año: Quirinus Quirrell.

-Tercer año: Remus Lupin.

-Cuarto año: Varios. (El curso en el que se celebró el Torneo de los Tres Magos fue un poco caótico y los profesores iban turnándose la asignatura).

-Quinto año: Dolores Umbridge.

-Sexto año: Gilderoy Lockhart.

-Séptimo año: Alastor Moody.

Respuestas a los reviews en Guest:

-Guest 1 (capítulo 1): Gracias, me alegro de que te esté gustando :D La verdad yo también pensé que sería raro ver a Hermione en este contexto, pero ahora ya se me ha hecho muy natural. Me esfuerzo para que, a pesar de estar alejado del canon, no sea todo un gran WTF jajaja.

-Guest 2 (capítulo 2): Me ha gustado mucho tu review, lleno de reflexiones y cuestiones *_* Sí, Hermione sufrirá cuando se desvele que no es quien se supone, pero hay luz al final del túnel ;) y respecto a las preguntas sobre por qué Hermione terminó siendo una Nott, no puedo decir nada todavía, pero en el capítulo 10 empezará a saberse la verdad. Sé que parece que está suuuperlejos, pero antes hay varias cosas que debo explicar y asentar.

-Guest 3 (capítulo 2): Gracias por tu review :D Todavía no tengo escrita la parte de Theo, pero va a vivir un gran conflicto interno y pasar por varias fases.

Para terminar, gracias por haber llegado hasta aquí. Si os ha gustado (o no), dejadme un review. Me hacen mucha ilusión y me motivan un montón.

PRÓXIMA ACTUALIZACIÓN: 6 de junio. N/A-