-N/A: ¡Hola! ¿Cómo va vuestra vida? La de Hermione en estos momentos está en un lugar complicado con el resto de su casa, así que hoy veremos qué ha pasado con Draco, porque a él tampoco le hace gracia que quiera ayudar a una sangre sucia. Pero ya sabemos que Hermione no se deja apabullar por nadie, ¿verdad? ;)
Muchas, muchas gracias por no abandonarme y seguir dejando vuestros maravillosos comentarios. Me honra que tantas creáis que la historia vale la pena y os toméis unos minutos de vuestro tiempo para dejarme opiniones y demás :3. Estas bellas personas son sofihikarichan, Angela-MG, Between Black and White, Margarite Paroi, Fergrmz, Sally ElizabethHR, Love'sHeronstairs, Lectora en las Sombras, annath06, hadramine, Selene1912, NoraCg, Hanya Jiwaku, Yaro Alex, luna-maga, Effy0Stonem y Natxia Underwood. Os amo, me hacéis muy feliz. (Si he olvidado algún nombre o responder a alguien, me avisáis y con gusto lo haré en cuanto pueda). N/A-
Into the Light
V. La unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo.(Isaac Newton)
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El segundo sábado del mes, el universo se confabuló para que hiciera un día espectacular, por lo que los alumnos se levantaron de mejor humor que nunca: aquel día tocaba salida a Hogsmeade. Los de tercer curso en especial estaban emocionados, porque era la primera vez que tenían permiso para visitar el pueblito mágico.
Los prefectos de las distintas casas terminaron de desayunar diez minutos antes de las once, que era la hora a la que los estudiantes tenían permitido ir a Hogsmeade. Su función ese día era revisar que todos sin excepción tuvieran el permiso firmado por alguno de sus padres o adulto al cargo. Sin él, les tocaría quedarse en Hogwarts y ver cómo sus compañeros disfrutaban del día fuera del colegio. De hecho, Draco Malfoy se había estado burlando de Harry Potter durante tercero porque al chico sus tíos no le habían querido firmar el permiso y no había podido salir ningún sábado del curso.
Y hablando de Draco… Hermione lo miró de reojo. El rubio estaba apoyado contra la valla metálica que delimitaba el gran jardín delantero de Hogwarts y tenía cara de preferir estar en cualquier lugar excepto allí. Su relación no pasaba por su mejor momento desde que, después de discutir con Flint, Hermione también había tenido que discutir con Draco respecto al trato que se daba a la hija de muggles. En ese momento, las cosas entre ellos estaban tensas, por lo que hablaban más bien poco.
La distancia que había entre ellos no pasaba desapercibida para sus compañeros. Los de Hufflepuff se habían adelantado y estaban a medio camino entre Hogwarts y Hogsmeade, para vigilar que no se perdiera o desviara nadie, y los de Ravenclaw estaban en la puerta del Gran Salón para que no la gente no se retrasara, por lo que la tarea de revisar los permisos había recaído en Slytherin y Gryffindor.
Harry Potter y Ronald Weasley cuchicheaban entre ellos y miraban en dirección a Hermione y Draco de vez en cuando. No pasó ni un minuto antes de que este último se incorporara y mirara a los gryffindors con expresión desafiante.
—¿Algún problema? ¿Tenéis alguna pregunta o es que sois tan cortitos que ni disimular sabéis?
Hermione decidió que aquella vez no se metería, por lo que permaneció con los ojos fijos delante de ella. Los primeros estudiantes se aproximaban a ellos.
—Problemas en el paraíso… —oyó que decía Ronald Weasley en tono divertido.
La bruja lo miró de soslayo y después vio por el rabillo del ojo que Draco daba un paso en dirección al pelirrojo con su varita en la mano. Sin embargo, no tuvo tiempo de nacer nada, porque tres estudiantes de Ravenclaw de tercero se aproximaron a ellos con paso vacilante.
—Venga, que no tenemos todo el día. —Draco descargó su frustración en ellos hablándoles en un tono que distaba mucho de ser amable—. A ver esos permisos.
Uno de los estudiantes alargó un brazo tembloroso en su dirección con un papel arrugado en la mano. Draco inspeccionó los de los tres ravenclaws y les indicó con una mano que podían pasar.
—No creas que me he olvidado de tus palabras, Comadreja. Te las haré tragar.
Draco habló en voz baja, pero perfectamente audible para el resto de los prefectos. Cuando se enfadaba sus ojos parecían dos trozos de un espejo roto, y Hermione había visto a más de uno cortarse con su ira.
—¿Ah, sí, Malfoy? ¿Y qué harás? —preguntó Weasley con una sonrisa socarrona.
Hermione le lanzó una mirada de advertencia, pero este, escudado en que allí no podía hacer nada, se había venido arriba. La última vez que había pasado algo parecido, el pelirrojo había terminado en la enfermería con una nariz más grande que su cabeza. Al parecer, vista su recién adquirida valentía, se le había olvidado que Draco era mucho mejor duelista que él. Sin embargo, contaba con la ayuda de su inseparable mejor amigo y con el hecho de que Hermione parecía no querer inmiscuirse.
—Déjalo ya antes de que Draco te haga daño, Weasley —intervino la bruja en tono cansado.
—Tú no te metas. —Las palabras procedieron de quién menos esperaba que las hubiera pronunciado.
Hermione se giró hacia Draco, ofendida. No se esperaba ese desplante, mucho menos de él. Asintió con brusquedad y decidió ignorarlo el resto del día. Empezaba a estar harta de que todo el mundo se creyera con derecho a opinar sobre lo que hacía o dejaba de hacer, así que, hasta que Draco no le pidiera perdón, no pensaba dirigirle la palabra.
Los estudiantes llegaron esta vez en tromba, por lo que se formaron cuatro filas para que revisaran más rápido sus permisos. Durante unos pocos minutos, Hermione estaba absorta en su indignación, por lo que cuando volvió a la realidad, esperaba sinceramente que no se le hubiera colado nadie con una firma falsificada. Por suerte o por desgracia, aquella era la única vez que tendrían que revisarlas, pues el permiso tenía vigencia para todo el curso.
Desde donde estaba, escuchó a Draco descargar su mal humor sobre otro estudiante.
—¿Te he pedido yo que me cuentes tu vida? —le ladró a un alumno—. ¿¡A mí qué me importa que a tu padre se le haya olvidado!? ¡Fuera de mi vista!
Hermione vio cómo una estudiante de Hufflepuff salía de la cola llorando y volvía a entrar en el castillo. Suspiró. Cuando Draco estaba enfadado, su ensañamiento terminaba sobre el primero que hiciera algo ligeramente fuera de lugar, aunque fuera respirar demasiado fuerte en un lugar en silencio.
Finalmente, cuando los últimos rezagados obtuvieron el visto bueno de los prefectos, estos se pusieron en marcha. Por suerte, Draco y Ronald Weasley no tuvieron oportunidad de retomar su enfrentamiento, porque algunos amigos de ambas parejas los habían esperado.
Hermione se puso al lado de Daphne Greengrass y su hermana Astoria para así evitar al rubio. La Greengrass eran bastante agradables y, a diferencia del resto de chicas de su edad y de su casa, no le daban tanta importancia al tema de la pureza de sangre. En otros tiempos, Hermione las habría juzgado por ello, pero en ese momento tenían el tipo de mentalidad que más le convenía.
—Hermione, me encanta tu trenza. —Astoria señaló tímidamente el pelo de la castaña—. ¿Cómo consigues que te quede así?
Hermione se llevó una mano a la cabeza y tocó su pelo. Miró a la bruja más joven con perplejidad.
—Que me quede así, ¿cómo? —quiso saber.
Daphne rio.
—Astoria ha querido tener el pelo rizado toda su vida. Dice que el pelo liso es muy aburrido.
—¡Es que es verdad! Tienes que usar magia sí o sí para que cualquier peinado se te quede o se deshará en media hora —protestó su hermana.
Astoria Greengrass era media cabeza más alta que Hermione, tenía el pelo largo, castaño y lacio. También tenía los ojos verdes, grandes y almendrados y una nariz respingona. Hermione no veía por qué la chica envidiaría nada que ella tuviera, pero nadie se conformaba nunca con lo que le había tocado.
—Oh, bueno, es que son muchos años de práctica —explicó Hermione con una sonrisa. Ni muerta confesaría que usaba una poción para el pelo; además, era la primera vez que podía presumir de un rasgo físico en vez de su inteligencia—. Pero no es muy difícil. —Miró no exenta de envidia el pelo de Astoria y también el de Daphne, que era rubio y ondulado. La chica lo llevaba recogido en una coleta alta adornada con un lazo negro—. A mí me encantaría no pasarme media hora peinándome cada mañana —admitió.
Daba gusto hablar de cosas triviales con otras chicas por una vez. Aunque la habían educado para cuidar su imagen, y eso hacía, no se consideraba ni la mitad de vanidosa que muchas otras alumnas. Más de una vez se había burlado de Lavender Brown al verla más maquillada que el cuadro de acceso a la sala común de Gryffindor. Sin embargo, no era tan pretenciosa para afirmar que estaba mal hablar de cosas simples como el pelo.
—¿Siempre nos gusta lo que no tenemos, verdad? —rio Daphne.
Continuaron avanzando, hablando de las asignaturas en las que no coincidían, hasta que Astoria se acercó a Hermione y bajó la voz, diciendo en tono confidencial:
—Nos hemos enterado de lo que pasó con la alumna de primero. Ya sabes, la que tiene padres muggles.
Hermione se tensó.
—¿Y quién no? Parece que se ha convertido en el tema favorito de media Slytherin.
Lo último que quería era otra charla al respecto; si no se la permitía a su hermano y a Draco, mucho menos iba a tenerla con las Greengrass, con quienes no tenía una relación muy cercana. Era una lástima, porque las hermanas le caían bien.
Para su grata sorpresa, la conversación giró por otros derroteros.
—Nosotras también creemos que no es para tanto —explicó Astoria. Su hermana asintió.
Hermione las miró, impresionada. De momento, todas las opiniones expresadas al respecto habían ido desde «Que se las arregle sola» hasta «Esa sangre sucia tendría que besarnos las suelas de los zapatos en agradecimiento por tolerar su presencia aquí».
—O sea, ya es bastante trágico que la hayan mandado al nido de serpientes como para complicarle más la vida a la pobre niña —añadió Daphne en tono comprensivo.
—¡Por fin alguien que me entiende! —exclamó Hermione. Aunque al ver que Theo se giraba a mirarlas, le sonrió para disimular y tomó nota de bajar la voz—. ¿Tan mal está intentar hacerle el curso más fácil? —preguntó. Ahora que había encontrado a alguien que estaba de su parte, necesitaba escuchar que tenía razón.
—Claro que no —corroboró Astoria—. ¿Qué vas a hacer en Hogsmeade? —le preguntó, cambiando súbitamente de tema.
—¿Ya le has comprado el regalo de cumpleaños a tu hermano?
Los ojos de Daphne se clavaron en la figura alta de Theodore y Hermione sonrió: había que estar ciega para no darse cuenta de que la rubia saldría con su hermano encantada si él se tomara la molestia de fijarse en ella. Desgraciadamente, Theo parecía tener la cabeza en otras cosas, porque apenas había demostrado interés en el género femenino en los últimos años. Lo máximo que Hermione había presenciado fue un tonteo con una de Ravenclaw de sexto durante el año anterior que finalmente cayó en saco roto.
—No, tengo su regalo desde junio —contó—. Pero no me hagáis decir más: quiero que sea un secreto.
Cada año, Theo y ella competían para ver quién hacía el mejor regalo. El año anterior ganó Hermione; su regalo fue un pergamino al que le podía hacer preguntas sobre Historia de la Magia y que respondía con datos exactos. Theo estuvo agradeciéndoselo durante una semana, porque así no tendría que tomar apuntes nunca más.
—Pues si quieres puedes acompañarnos a La Casa de las Plumas. He leído en Corazón de bruja que han sacado una pluma con tinta que cambia de color según tu estado de ánimo. Quiero ver si la tienen.
Hermione sonrió y asintió.
—¡Claro!
Cuando llegaron a Hogsmeade, unos minutos después, las tres chicas se encaminaron hacia La Casa de las Plumas. Al acercarse a la tienda, que estaba enfrente de la oficina de correos y al lado de Sortilegios Weasley, vieron que les tocaría hacer cola. Al parecer, las Greengrass no eran las únicas que querían la nueva pluma. De hecho, había un gran cartel en el escaparate de la tienda: «¡Consigue hoy la nueva Pluma Milhumores!».
La mayoría de los futuros compradores eran chicas, pero justo delante de las tres slytherins estaban Potter y Weasley con la hermana de este, Ginevra, y una alumna de Ravenclaw, Luna Lovegood. Hermione no había cruzado ni dos palabras con ninguna de las dos brujas, pero, de la primera, sabía que tenía un carácter más fuerte que un poltergeist y, de la segunda, que era más rara que un unicornio azul.
La menor del clan Weasley no tardó en demostrar esa fuerza que usaba en los partidos de quidditch. Se giró hacia las slytherins y clavó sus grandes ojos marrones en Hermione.
—Dile a tu novio que deje en paz a mi hermano, Nott —le dijo en tono cortante.
Ronald enrojeció hasta las orejas.
—¡Ginny! —exclamó, evidentemente avergonzado de que su hermana pequeña intentara defenderlo.
Hermione se cruzó de brazos y entornó los ojos.
—¿Me ves cara de lechuza, Weasley? Díselo tú misma —respondió—. Yo ya estoy harta de salvarle el culo a tu hermano. Si él y tu novio —señaló a Potter— no se metieran en lo que no es asunto suyo, no se buscarían esos problemas.
Esta vez fue el turno de Ginevra de ponerse roja, aunque en su defensa, ni la mitad que su hermano.
—Harry no es mi novio —negó tajantemente, aunque un rubor empezaba a extenderse por sus mejillas.
—Ya —bufó Hermione con sarcasmo. Era un rumor vastamente extendido por el colegio que la pelirroja estaba colada por su compañero de casa y ella misma acababa de confirmarlo con sus palabras—. Por eso has sentido necesidad de aclarar eso primero en vez del tema de tu hermano, que es por lo que me has hablado —señaló con suspicacia. Se sintió orgullosa de haber dado en el clavo con tan poco.
—Déjalo ya, Gin. No le hagas caso —intervino Potter, cogiendo el brazo de la bruja pelirroja para girarla hacia delante. Después, miró a Hermione con expresión decepcionada—. No hace falta ser cruel.
Hermione se sintió culpable en cuanto oyó esas palabras, pero se limitó a apretar los labios y mirar hacia otra parte. Sin embargo, Ginevra Weasley no había dado el tema por zanjado todavía.
—No, claro que no hace falta, pero es muy divertido, ¿verdad?
Daphne, que se había mantenido al margen hasta ese momento, al igual que su hermana dio un paso al frente.
—También es muy fácil enfrentarse a quien no tiene nada que ver en vez de al verdadero responsable. Si Malfoy os da miedo, lo siento por vosotros, pero no nos contéis vuestros problemas.
Hermione la miró sorprendida. No esperaba tanta franqueza y arrojo de parte de la Greengrass. En seis años, ninguna de las dos hermanas se había visto envuelta en una pelea de ningún tipo.
—Sí, claro, ahora será una santa —musitó Weasley.
Hermione dio varios pasos adelante, hasta que el pelirrojo tuvo que retroceder, incómodo por la cercanía, a pesar de que era mucho más alto y corpulento que ella.
—Mira, Weasley, vamos a hacer un trato: tú te olvidas de mí y yo de ti.
En ese momento, unos saltones ojos azules enmarcados en una cara rodeada de una cabellera rubia y larga aparecieron en su campo de visión. Hermione retrocedió, perpleja, y vio que Luna Lovegood, cuya presencia había olvidado completamente, la miraba con el ceño muy fruncido.
—Tienes que empezar a comer más manzanas rojas.
—¿Y eso por qué?
—Tanto conflicto atrae a los mopatels. Se alimentan de peleas y hacen que no duermas bien por las noches.
Hermione abrió la boca para responder, pero la volvió a cerrar y parpadeó varias veces, sin saber qué decir. Olvidando momentáneamente que estaban discutiendo, se giró hacia el gryffindor de ojos verdes.
—¿Qué le pasa?
Potter, encogiéndose de hombros, sonrió ampliamente.
—Luna ve… criaturas invisibles para los demás.
«Invisibles» debía de ser la palabra clave para «imaginarias». Muy a su pesar, Hermione soltó una carcajada. La discusión terminó ahí, y ambos grupos decidieron tácitamente ignorarse durante el resto de la espera hasta que los atendieran. Hermione y las Greengrass salieron de la tienda media hora después con sendos paquetes de las nuevas plumas que cambiaban de color.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Astoria—. ¿Os apetece una cerveza de mantequilla?
—Venga ya, Tori, ya sabes que no me gusta —alegó su hermana, frunciendo los labios en un mohín de desagrado.
Hermione fue a proponer otro lugar, pero sus ojos conectaron con otros grises clavados en ella y se quedó con la mente en blanco. Draco cruzó la calle y se aproximó al trio.
—Hola —saludó brevemente a las Greengrass. Era todo el reconocimiento que iba a darles—. Llevo más de media hora buscándote —le dijo a Hermione.
Esta elevó el mentón y se cruzó de brazos, pero internamente sonrió porque fuera él quien la hubiera buscado y no al revés.
—Estábamos comprando una pluma, por si te interesa. Aunque supongo que no.
—Claro que me interesa. ¿Podemos hablar un momento?
Con un suspiro, Hermione se despidió de sus amigas de la mañana. Las hermanas intercambiaron una mirada cómplice y entraron en Sortilegios Weasley.
—¿Y bien? —preguntó Hermione con una ceja enarcada.
Draco resopló.
—No vas a ponérmelo fácil, ¿verdad? ¿Te he dicho alguna vez lo testaruda que eres?
—Muchas veces. Y no.
Su novio se colocó a su lado y le ofreció su brazo.
—Vamos a Madame Pudipié.
No era un ofrecimiento, más bien una sugerencia con aires de orden, pero Hermione decidió que no era muy prudente añadir eso a la lista de motivos para discutir. Era un rasgo característico del mago que la bruja había aprendido a no asociar con la mala educación.
Caminaron en silencio hasta allí. Iban separados por más de un metro, porque la cabezonería de Hermione no le permitía aceptar el brazo de Draco. En la esquina que giraron para ir a la tetería, se cruzaron con Blaise, Pansy y Theo y su hermano la miró con expresión de «No te hagas la dura, anda». Hermione puso los ojos en blanco y torció el gesto; ¿por qué tenía que ceder si era Draco quien había actuado mal? No le parecía justo ni lógico.
Cuando entraron en el salón de té, la dueña, Madame Tudipié, se apresuró a recibirlos.
—¡Oh, mis enamorados favoritos! —exclamó. La mujer, aún más baja que Hermione y de curvas voluptuosas, se deslizó entre el estrecho espacio del lugar para llevarlos a la mejor mesa del salón, junto a la ventana principal—. ¡Sentaos, queridos! —dijo con alegría, ajena a la tensión de la joven pareja—. ¡Marchando una tetera de té rojo con frutos del bosque y vainilla! —Era el que Hermione siempre pedía cuando Draco y ella iban allí.
Era bastante gracioso ver al mago, con su casi metro noventa, sentado en la pequeña silla, con las rodillas golpeando la parte de debajo de la mesa, pero en esos momentos a Hermione no le apetecía reír. Draco y ella se midieron en silencio durante los segundos que tardó la regente del lugar la tetera y las tazas. Cuando los dejó solos, Hermione observó cómo el té se servía solo y después se puso dos cucharadas de azúcar y empezó a remover la bebida.
—¿Planeas estar enfadada todo el curso por una tontería? —preguntó él.
En ningún momento había despegado los ojos grises de Hermione. Ahora los había entornado y sus labios se fruncían levemente.
—No lo sé —respondió ella sarcásticamente—. ¿Piensas dejar que haga lo que crea más justo o vas a seguir intentando controlarme?
Él torció el gesto y cogió su cucharilla para imitarla y echarse azúcar en el té. Hermione se dio cuenta de que todavía no había parado de remover el suyo, así que soltó la cuchara de golpe y llevó las manos a su regazo.
—Si quieres que me disculpe lo haré —dijo él antes de llevarse la taza a los labios. Hermione suprimió una sonrisa cuando lo vio apartársela rápidamente: se había quemado la lengua—. ¡Joder!
—No me mires así. ¿O ahora vas a culparme también por tu impaciencia? —replicó la bruja al ver la mirada que le dedicó Draco.
Este puso los ojos en blanco y se inclinó hacia delante, entornando los ojos.
—¿Por qué tienes que ser siempre tan difícil?
Hermione abrió mucho los ojos y lo miró con expresión dolida.
—¿Soy difícil? Bueno, perdóname entonces. ¿Por qué no empiezas a salir con Pansy Parkinson, por ejemplo? Seguro que ella no tiene problema en eliminar su personalidad y crearse una nueva a tu antojo —espetó.
Draco suspiró. Se había dado cuenta de que sus palabras le habían hecho daño, por lo que cambió su comportamiento en seguida. Alargó un brazo por encima de la mesa, pero Hermione cogió su taza en vez de la mano de él y se la llevó a la altura de los labios para soplar sobre el líquido caliente.
—Lo siento —susurró el mago.
—¿Qué has dicho? Lo siento, no he podido escucharte, tu incapacidad para asumir que no eres perfecto grita demasiado alto.
Hermione sabía que estaba empujándolo al límite de su paciencia, pero estaba realmente molesta. Su novio llevó la mano que había alargado hacia ella a su cabeza y se pasó los dedos entre el pelo. Normalmente era un gesto que a ella la derretía, pero ese día no pensaba dejar que nada que él hiciera para ablandarla le afectara. Draco apretó los dientes, haciendo que su perfecta mandíbula se marcara aún más, e inspiró hondo antes de volver a hablar.
—Vale, tienes razón. Lo siento —repitió, esta vez en un tono normal—. ¿Contenta?
Hermione dejó su taza sobre la mesa, porque con el disgusto ni siquiera estaba pudiendo disfrutar del té. Tenía dos opciones: ir por el camino fácil, que consistía en responder afirmativamente y guardárselo para ella hasta que se le pasara de verdad, o ir por el camino de Hermione Nott, que era el complicado.
—No. —Se inclinó hacia delante, porque veía que los ocupantes de las mesas más cercanas estaban demasiado interesados en su conversación y a nadie le importaba lo que tuvieran que discutir—. Me dijiste que tuviera cuidado, porque empezaba a parecer que sentía más cariño por los inferiores que por mi casa —repitió sus desafortunadas palabras—. A mí, que soy la que más puntos ha ganado para Slytherin a lo largo de los últimos años. —Draco la observaba con los labios convertidos en una fina línea; al parecer había decidido que lo más inteligente era dejar que se desahogara—. ¿Y todo por qué? ¿Por no querer que una alumna de primero lo pase mal?
El mago rubio se cruzó de brazos delante del pecho y levantó el mentón ligeramente. Sus ojos volvían a ser escarcha.
—¿Qué más te da?
Esa pregunta hizo que Hermione se quedara callada. Era una gran pregunta que no se había planteado hasta ese momento.
—No lo sé, sinceramente —confesó. Sin embargo, su mirada se endureció—. Supongo que no me gusta ver cómo varios alumnos de séptimo se meten con una niña de once años a la que superan en número y habilidades mágicas.
—Es verdad, Flint no tiene mucho mérito en ese aspecto —concedió Draco a regañadientes—. Si va a haber desigualdad numérica, que sea en tu contra.
La sonrisa que pasó por su rostro se debía a que al rubio le encantaba lucirse cuando peleaba contra estudiantes de otras casas. Para desgracia de los demás, nadie podía superar las habilidades con la varita de Draco Malfoy.
—¿Ves? No era tan difícil de entender —dijo Hermione en un tono más relajado—. Si nos casamos, no quiero que pienses que voy a callarme y darte la razón en todo, porque te llevarás bastantes decepciones —dijo con testarudez.
La expresión de Draco se ensombreció y Hermione abrió mucho los ojos, dándose cuenta de su error. Ya era demasiado tarde.
—¿«Si nos casamos»? —repitió él, diciéndolo entre dientes—. ¿Te lo estás pensando?
La bruja comprendió que esta vez era ella quien no se había expresado bien y le tocaba rectificar. Se inclinó hacia delante y alargó una mano. Contrariamente a cómo había actuado ella, Draco sí que le dio la mano.
—No quería decirlo así —explicó con suavidad—. No tengo nada que pensar, lo tengo muy claro. —Sonrió, pero volvió a ponerse seria con rapidez—. Aunque todavía no me lo hayas pedido —le echó en cara.
Vio en los ojos de Draco que sus palabras habían calmado la turbulencia que había alterado el río de sus pensamientos. No lo admitiría ni en cien vidas, por supuesto. Antes cruciado que admitir que las cosas lo afectaban.
—No me presiones, amor. Todavía no ha surgido el momento idóneo.
Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Su novio era un perfeccionista, aunque lo negara hasta la saciedad; se empeñaba en afirmar que todo lo que hacía se debía a su talento natural.
—No me cambies de tema. —Apretó la grande mano que había empezado a acariciar su piel—. Para mí es importante que no me pidas que finja ser quien no soy —dijo, mirándolo intensamente a los ojos.
Hermione se había pasado toda la vida aprendiendo cómo comportarse según lo que se esperaba de su posición; hubo ciertos momentos en los primeros años de su adolescencia que terminaba llorando porque, por más que se esforzaba, no conseguía cumplir las expectativas de su familia. «Hermione, Schatz, ya te has comido tres pastas. Creo que no necesitas esa cuarta», le dijo su abuela a los catorce años. «¿Tenemos una niña o una arpía por hija? Hermione, deja de chillar y baja ahora mismo a saludar a los Malfoy», le dijo su padre cuando tenía ocho años. Y así, podría reunir una larga lista de todo lo que había hecho mal según sus familiares.
Draco era consciente de cómo se sentía al respecto. Se levantó y, no sin dificultad, movió su silla para sentarse cerca de Hermione. Cuando por fin lo consiguió, se inclinó hacia la bruja y le cogió las dos manos. Besó primero una y luego la otra sin despegar la mirada de sus ojos marrones. El roce de sus labios fue como pequeñas descargas eléctricas de placer para la piel de Hermione.
—¿Tú crees que yo me habría esforzado tanto para que admitieras que te morías por mí para cambiarte por la primera princesita cabeza de chorlito que se me ponga delante?
Hermione rio contra su voluntad. Después de esas palabras, se sentía más ligera. Sin embargo, la dinámica de su relación era hacerse los duros.
—Ya te gustaría que me muriera por ti. Como mucho te concedo que te veo más guapo que antes —replicó con una sonrisa desafiante.
Draco fingió ofenderse.
—En primer lugar, espero que no te mueras; o espera al menos a que nos casemos, seguro que aparecen muchas chicas dispuestas a consolar a un desdichado, joven y rico viudo. —Hermione soltó un grito ahogado y soltó una de sus manos para darle un golpe en el pecho—. Y en segundo lugar, si te estás quedando ciega podemos arreglarte la vista con un simple hechizo. Además —se inclinó hacia ella, hasta que sus narices se rozaron—, tus palabras dicen una cosa, pero tu cuerpo otra muy diferente —añadió en voz baja e insinuante.
Hermione ladeó la cabeza, como si fuera a besarlo, pero se detuvo a escasa distancia de los labios de él.
—La arrogancia no es atractiva, cariño.
Él sonrió.
—En mí sí —afirmó antes de besarla.
Y así hicieron las paces. Hermione presentía que no sería la última vez que discutirían, pero no se fiaba de la funcionalidad de las parejas en las que todo parecía siempre de color de rosa. Para ella era importante debatir las cosas; si Draco le importara menos, no se molestaría tanto en hacerle comprender lo que pensaba y cómo se sentía.
Draco y Hermione volvieron a ser la pareja perfecta de Hogwarts, el problema de la alumna sangre sucia de primero pareció evaporarse y los slytherins no perdieron muchos puntos por pelearse con estudiantes de otras casas, por lo que Hermione se paseaba por los pasillos exultante.
Otro de los motivos que tenía para estar tan alegre era que su cumpleaños y el de Theo estaba muy cerca. De hecho, sin apenas darse cuenta se plantó en el dieciocho de septiembre por la noche. Si no fuera porque tenía que cumplir con su función de prefecta y hacer ronda nocturna por el colegio, estaría hasta nerviosa. A pesar de que ya era mayor de edad en el mundo mágico, era ahora cuando empezaba a ser consciente de que había entrado en la adultez y ya no había vuelta atrás.
—Si sigues así, flotarás en vez de caminar —señaló Draco, divertido, a verla sonreír ampliamente mientras se encaminaban al punto de encuentro con los prefectos.
—Me encanta mi cumpleaños —dijo.
—¿No tienes curiosidad por saber cuál será mi regalo? —preguntó el mago, sonriendo con picardía.
Hermione lo miró con los ojos entrecerrados.
—Acabas de terminar con mi alegría, muchas gracias. Y no, no pienso rogarte ni una sola vez más para que me des una pista.
Draco rio. Llevaba desde el fin de semana anterior sacándola de sus casillas con su secretismo. Desde que habían empezado a salir, siempre le había dado una pista, por pequeña que fuera, de qué sería su regalo, pero ese año no había cedido ni un centímetro. De nada le habían servido a Hermione las amenazas, súplicas o propuestas sexuales: Draco había dicho que hasta el viernes por la noche no sabría nada y estaba cumpliendo su palabra a rajatabla.
El mago pasó un brazo por los hombros de la bruja y le dio un beso en la sien.
—Me encanta cuando te enfurruñas, así que puedes hacerte la indignada todo el tiempo que quieras hasta mañana por la noche.
Ella lo miró de soslayo con cara de circunstancias.
—Vas a dejarme esperando hasta casi medianoche para que me ponga todavía más nerviosa, ¿verdad? —preguntó. Al oírlo reír, suspiró—. Te conozco demasiado bien para mi gusto —refunfuñó mientras se acercaban a los demás prefectos, que ya estaban esperando—. Bien, os ahorro la discusión que alguno de vosotros, insensatos, iba a empezar —miró deliberadamente primero a Weasley y Potter y después a Draco—: sí, es un hecho evidente que llegamos tarde.
—Qué previsora —señaló Draco, aunque en sus labios no sonó como un cumplido. A su novio le gustaba más meterse con los gryffindors que a un vampiro la sangre fresca—. Bien —el rubio adoptó un tono profesional—, prestad atención porque solo lo diré una vez. Iré en orden descendente: Potter y yo, Hermione y Patil, McMillan y Goldstein, y Weasley y Abbott.
—Qué bien —masculló Harry Potter por lo bajinis.
—Haberte quejado en la reunión del domingo, Potter. A ver si te crees que a mí me gusta aguantarte durante dos horas seguidas —replicó Draco, mirando al otro con su expresión asqueada habitual cuando hablaba con él.
—Compórtate. —Hermione le dedicó una mirada que mezclaba advertencia y súplica. No quería tener que lidiar con enfrentamientos a una hora de su cumpleaños.
Draco hizo un sonido indefinido que la bruja decidió interpretar como un «sí» y ella y Patil se dirigieron a las escaleras para patrullar desde la cuarta hasta la segunda planta del castillo. El slytherin y el gryffindor fueron detrás, pero siguieron subiendo. Sin embargo, Draco volvió atrás y miró a Padma Patil como si estuviera decidiendo si perdonarle o no la vida.
—Patil, ¿sabías que mañana es el cumpleaños de Hermione? Bueno, técnicamente en cincuenta y cinco minutos.
La ravenclaw miró a Hermione, confundida porque Draco le dirigiera la palabra para hacerle una pregunta tan rara.
—Sí —respondió finalmente—. Tengo buena memoria, recuerdo que el año pasado os peleasteis con Michael y Terry —dos compañeros de casa—, porque pensabais que ellos se habían chivado de las botellas que whiskey de fuego que habíais colado al colegio y os confiscaron.
—Gracias a Merlín —musitó Hermione casi para sí misma. Agradecía que media casa no hubiera terminado borracha y yendo a clase el día siguiente con resaca.
—Bien —dijo Draco—. Pues como se te ocurra felicitarla antes que yo me las pagarás —la amenazó. Y después, tranquilamente, volvió a subir las escaleras para reunirse con Potter.
Padma y Hermione intercambiaron una mirada perpleja y se echaron a reír.
—Ni yo misma le entiendo a veces. No te preocupes, no se vengaría por una cosa tan trivial. —Hermione se quedó reflexionando unos segundos—. Pero no me felicites, por si acaso.
Las prefectas quedaron en la segunda planta y empezaron la ronda desde ahí, comprobando que las puertas de las aulas y los baños permanecieran abiertas. Excepto en el caso de la biblioteca, que debía estar siempre cerrada, cuando hallaban una puerta cuyo pomo no podían girar, era indicativo que alguien se había encerrado dentro.
Revisaron el aula de Transformaciones y el baño que había en esa planta y no encontraron más que a Myrtle la Llorona, el fantasma que habitaba en el último retrete del baño de chicas, haciendo honor a su nombre.
—¡Nadie me quiere…! ¡Qué sola estoy…! —La oyeron lamentarse cuando Patil abrió la puerta con cuidado para que nadie la escuchara y echó un rápido vistazo dentro.
Ella y Hermione tuvieron que taparse la boca con una mano para no delatarse con sus carcajadas. A Myrtle todo el mundo le tenía pena cuando llegaba a Hogwarts: una estudiante tan joven, muerta en un baño cualquiera, lejos de casa… Sin embargo, al final la lástima se transformaba en hastío cuando veían que era imposible mantener una conversación con la fantasma sin que esta se echara a llorar, huyera por el retrete o se enfadara por una ofensa imaginaria.
—¿Debería sentirme mal por querer pillar a alguien fuera de su dormitorio? —preguntó Patil, suspirando con aburrimiento.
—Depende. Si es de tu propia casa, suena a masoquismo —respondió Hermione con una sonrisa—. Si es de una casa contraria, es un placer.
—Es una verdad más grande que el Lago Negro, no te lo voy a negar —concedió la ravenclaw, dedicándole una sonrisa cómplice—. Aunque hay casas a las que da más gusto quitarle puntos que a otras.
Hermione torció el gesto, pero asintió. No era momento para hacerse la santa y defender a su casa, la más odiada de Hogwarts, a capa y espada. Sabía que Slytherin se había ganado a pulso gran parte de aquel odio. Decidió cambiar de tema.
—¿Has terminado ya los ejercicios de Aritmancia?
—No todos, los tres últimos se me han atragantado —explicó la otra bruja. Habían llegado ya al pie de las escaleras —. Pero…
—Calla —interrumpió Hermione, levantando una mano y quedándose parada en el último escalón. Al ver la mirada indignada de su compañera, se llevó un dedo a la oreja y se dio varios golpecitos—. Creo que hemos tenido suerte —susurró.
Padma Patil sonrió y, a la de tres, las dos prefectas saltaron al pasillo, mirando hacia la puerta del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¡Quietos! —exclamó Hermione.
Frente a la puerta de DCAO había tres estudiantes, dos chicas y un chico, que lucían una corbata azul y plata y el escudo de Ravenclaw con el águila en sus capas. Parecían de alguno de los primeros cursos. A Hermione le pareció gracioso ver cómo palidecían y las miraban como si fueran a asesinarlos de manera lenta y dolorosa, pero inmediatamente se sintió culpable y cuadró los hombros, dedicando a los alumnos una mirada severa.
Patil no parecía nada contenta. De hecho, su rostro también había palidecido varios tonos, pero por la ira.
—¡Stevens, Cribbs y Marigold! ¡¿Qué pensáis que estáis haciendo?! ¡Por el amor de Merlín! —Sus gritos debían de oírse hasta en la torre de Ravenclaw.
—Lo siento —una de las chicas, con el pelo corto pelirrojo y la cara llena de pecas, tomó la palabra—, es que…
—Es que, ¿¡qué!? —exclamó Patil, cruzándose de brazos—. ¿Sabéis a qué casa pertenecéis? ¡Ravenclaw! ¡Se supone que somos los inteligentes!
Hermione no la envidiaba: pillar a alguien de su casa no era muy agradable, no se lo deseaba a nadie.
—Queríamos recuperar las redacciones que nos había mandado Ojoloco Moody, porque…
—Profesor Moody —corrigió Hermione—. No empeoréis la situación, chicos. ¿Por qué? Sigue —pidió.
Tomó la palabra el chico del grupo.
—Es que nos había mandado una redacción en clase muy difícil y nos había salido tan mal que… Que pensábamos que podríamos reescribirlas y cambiarlas. —La voz del ravenclaw iba bajando de tono a medida que hablaba, hasta el punto en que era casi inaudible. Posiblemente se estaba dando cuenta de que su plan sonaba muy estúpido ahora que se lo contaba a las prefectas.
Padma Patil negaba con la cabeza y se frotaba el puente de la nariz con dos dedos. Inspiró hondo.
—Bien, vamos a hacer esto: vosotros tres, a la torre. Mañana tenemos clase, así que más os vale que cuando vuelva yo no haya nadie en la sala común. Nott, hazlo tú —pidió a Hermione.
Ella analizó a los tres estudiantes.
—Bueno, vuestras intenciones no eran malas, pero sí las formas. Todos hemos tenido una mala redacción, pero eso no es el fin del mundo. ¿En qué curso estáis? —quiso saber.
—Segundo. El año pasado ninguno de nosotros ganó ni un solo punto y…
Hermione levantó la mano y la chica que había respondido calló inmediatamente. A pesar de que lo habían hecho porque querían demostrar que valían y solo buscaban el bien para su casa, los habían pillado saltándose el toque de queda. Y su función como prefecta no era sentir pena, sino decidir cuál era el castigo más justo.
—Acabáis de perder cinco puntos cada uno. —Tendría que haberles restado el doble, pero, dentro de todos los posibles motivos que tenían para estar allí, al menos no era porque buscaban un lugar para besuquearse, solo querían mejorar su expediente—. Las buenas notas deben sacarse limpiamente, no con subterfugios —advirtió.
—Ya habéis oído a la prefecta de Slytherin. ¡A dormir! —exclamó Patil.
Observó con expresión seria cómo los tres estudiantes corrían escaleras arriba.
—¿Seguimos? —sugirió Hermione—. Quizás tengas suerte y pillemos a alguien de Slytherin igual de incauto.
—Esto me pasa por hablar antes de tiempo —rezongó Padma.
Las brujas siguieron su recorrido en silencio; la ravenclaw seguía absorta en sus pensamientos, posiblemente redactando mentalmente la charla que iba a darles a los alumnos que habían pillado y, de paso, a todos los demás. Si de una cosa se enorgullecían las águilas, era de ser los que menos normas infringían.
Cuando llegaron a la cuarta planta, Hermione soltó un suspiro hastiado. Les habían tocado las plantas más aburridas, porque, aparte de las aulas de DCAO, Encantamientos y Transformaciones, tan solo había aulas vacías, algunos baños y poco más. Las prefectas comprobaron que la puerta de la Biblioteca estuviera bien cerrada y empezaron a andar en sentido contrario.
Cuando pasaron por delante del baño que había en esa planta, antes de que Patil intentara abrir la puerta, escucharon un golpe sordo dentro. Las prefectas se miraron y la ravenclaw intentó abrir la puerta, pero la encontró cerrada. Hermione puso los ojos en blanco y dio varios golpes a la madera con los nudillos.
—Sal, te hemos pillado —dijo antes de separarse de la puerta y esperar a ver qué pobre desgraciado estaba ahí dentro.
Oyeron otro golpe y algo que sonaba como una maldición. Cuando la puerta se abrió, segundos después, un chico de ojos verdes y pelo castaño estaba al otro lado, todavía poniéndose bien la capa.
—¡Theodore! —exclamó Hermione, mirando a su hermano con los ojos muy abiertos—. ¡¿Qué haces aquí?!
Su hermano puso cara de circunstancias.
—Mierda, no sabía que hoy tenías ronda nocturna —fue su única respuesta. Ni siquiera intentó excusarse.
Hermione abrió y cerró la boca varias veces, sin saber qué decir. Miró a Patil en busca de ayuda.
—¿Quién más hay ahí, Nott?
El mago salió del baño y cerró tras él.
—Nadie, lo juro.
De haber sido cualquier otro chico al que hubieran pillado (Blaise Zabini, por ejemplo), Padma habría intentado comprobarlo, pero Theodore no era un picaflor, por lo que decidió creerlo.
Hermione miró a su hermano entre incrédula y ofendida.
—¿Y se puede saber qué hacías? —exigió saber.
Su hermano sonrió, sin vergüenza ni culpabilidad ninguna.
—Estaba terminando de preparar tu regalo. Es algo delicado y no quería que me molestaran en mi dormitorio o tú me pillaras en la sala común.
—¿Tenías que hacerlo justo ahora? —preguntó Hermione con suspicacia.
El mago se encogió de hombros.
—Si no dejara las cosas para última hora, no sería yo —se excusó.
—¿Y dónde lo llevas? —inquirió Patil, inspeccionándolo con la mirada.
—Estos uniformes tienen mucho espacio. ¿Podéis restarme ya los puntos que sea y dejar que me vaya? Es tarde y tengo sueño. —Y, como para corroborar su historia, bostezó exageradamente.
—Yo también voy a tener que tragarme las palabras —masculló, intercambiando una mirada resignada con su compañera. Con una mano, hizo un elegante gesto hacia su hermano—. Haz tú los honores.
La prefecta de Ravenclaw enarcó una ceja y miró a Theo. Este sonreía tranquilamente.
—Veinte puntos menos para Slytherin.
Hermione era consciente que le había restado cinco puntos más de los que ella había quitado a los tres estudiantes de Ravenclaw, pero no se podía quejar porque Theodore no parecía nada arrepentido de su infracción.
—Mañana hablaremos tú y yo —le dijo Hermione en tono seco.
Su hermano abrió mucho los ojos y su sonrisa se ensanchó.
—¡Feliz cumpleaños! —exclamó, abrazándola con fuerza. Se separó de ella pocos segundos después, pero cogiéndola por los hombros.
Hermione intentó reprimir una sonrisa, pero no pudo.
—Felices dieciocho, hermano. —Sin embargo, se recordó que estaban en una situación grave—. Pero no pienso ablandarme por eso.
Theo puso los ojos en blanco y se separó de las chicas. Empezó a caminar hacia las escaleras.
—Mi hermana, doña perfecta. Menos mal que te quiero mucho y puedo perdonártelo casi todo —dijo en tono divertido mientras saltaba los escalones de dos en dos.
Hermione suspiró y meneó la cabeza.
—Increíble. ¿Puedes creértelo?
Patil la imitó, pero su suspiro sonaba de otra manera.
—Todo lo que tiene de guapo lo tiene de irresponsable. —Al ver la mirada sorprendida de Hermione, se justificó—: ¿Qué? ¡Es verdad! Slytherin se ha quedado con los chicos más guapos. Gryffindor al menos tiene a Harry Potter y a Cormac McLaggen, y en Hufflepuff Cedric Diggory daba gusto de ver, pero Ravenclaw llevamos secos mucho tiempo.
—Que no te oigan en Slytherin o se lo estarán repitiendo durante dos semanas seguidas para hinchar todavía más su ya enorme ego. ¿Dos semanas? ¿Qué digo? ¡Hasta que termine el curso!
Padma rio. Las dos chicas terminaron con la cuarta planta y bajaron a la tercera otra vez.
—Felicidades, por cierto —dijo la ravenclaw cuando se despidieron—. Tu hermano ha sido el primero, así que técnicamente Malfoy ya no se puede enfadar conmigo.
—Te sorprenderías. Pero gracias —respondió Hermione con una sonrisa.
-N/A: ¿Qué os ha parecido la reconciliación de Draco y Hermione? Mientras escribía la escena, me imaginaba a Hermione en plan: Las cosas están así, ¿las coges o las dejas? You go, girl! Las Greengrass son una adición personal, porque son personajes que se ven poco (y cuando Astoria aparece, casi siempre es la mala o la dejada, pobrecita), pero a mí me gustan mucho. Otro personaje que está siendo todo un descubrimiento es Padma, creo que se la ve en poquísimos fics, así que puedo moldearla a mi gusto y darle el protagonismo que yo quiera. La vais a ver mucho por aquí ;)
¡Por cierto! Para las que todavía no lo saben, en Facebook tengo una página de escritora donde publico pequeños adelantos, hago anuncios y comparto cositas. Si os interesa, solo tenéis que buscar MrsDarfoy y darme like. No soy muy pesada, lo prometo ;)
La última cosa que quiero hacer antes de terminar es mandar un mensaje a Margarite Paroi: Hola, bella. Tienes los PM de Fanfiction desactivados, así que no puedo responderte a los reviews :( ¿Te gustaría que te respondiera a ellos en una nota final o no te importa no obtener respuesta? Si te parece bien cualquiera de las dos cosas, dímelo en el próximo review :D
Y hasta aquí, chicas. La próxima actualización será el 20 de junio. ¿Me dejaréis otro de vuestros maravillosos reviews? N/A-
MrsDarfoy
