-N/A: ¡Hola! Estoy muy emocionada porque este es el capítulo que llevo queriendo publicar mil años. ¡Ha llegado el día del cumpleaños! ¿Qué recibirán Theo y Hermione? ¿Qué sorpresa habrá preparado Draco? ¡Ahora lo sabremos!

Antes de seguir, como siempre, quiero dar las gracias a todas las personas que me han dejado un review: Love'sHeronstairs, Margarite Paroi, Lectora en las Sombras, hadramine, Alice1420, Angela-MG, Bulma 2017 dbs, gabiimgk, Yaro Alex, NoraCg, doll23, Fergrmz, johanna, sofihikarichan, Heydi0503, luna-maga, annath06, Sally ElizabethHR, Vale Malfoy Black, Selene1912, NatxiaUnderwood, Tu esposa, Tayler-FZ y un Guest. Habéis sido un montón las que habéis comentado, ¡soy muy feliz! Gracias también a las personas que se han animado a dejar su primer review, me emocionó mucho leeros. Esta semana ha habido varias tareas que me han tenido ocupada, así que responderé a los reviews del capítulo 5 durante los próximos días, promise. N/A-


Into the Light


VI. La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar. (Thomas Chalmers)

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La mañana del diecinueve de septiembre de 1997, a las ocho y cuarto en punto, entraron en el Gran Salón cinco lechuzas cargando sendos paquetes. Se oyeron cuchicheos por toda la sala cuando los animales sobrevolaron a los hermanos Nott hasta detenerse sobre la mesa. Si algo caracterizaba los cumpleaños de los slytherins más ricos era la opulencia que demostraban con sus regalos.

Theo y Hermione intercambiaron una mirada de expectación y empezaron a desenganchar los paquetes de sus portadoras. Dieron algo de comida a las lechuzas y estas reemprendieron el vuelo. Empezaron por dos que eran iguales en tamaño, envueltos en papel negro brillante, con una carta enganchada a uno de ellos. Hermione le dio a su hermano el que tenía una «T» gravada en blanco en la parte superior y se quedó el que tenía la «H». El suyo era el que tenía carta.

—¿De los abuelos Bismarck? —aventuró Theo.

—Sí. —Hermione abrió el sobre y sacó el contenido. Era un pergamino de un blanco roto con unas cuantas líneas escritas con letra apretada y llena de florituras—. Está en alemán. ¿Quieres practicar? —ofreció con malicia a su hermano.

—Mi alemán tiene algo en común con tus malas calificaciones: es inexistente.

A pesar de que habían tenido una institutriz alemana durante tres años y que sus abuelos maternos se empeñaban en hablar alemán con ellos cuando iban a visitarlos, Theodore no se esforzaba en pasar de un Ja, Nein o Gut.

Hermione usó toda su concentración para leer la carta, aunque parecía que sus abuelos reciclaban cada año la misma felicitación.

—Nos desean un buen día —resumió la bruja— y te recuerdan que —sonrió— no puedes hacerme traducir para ti cada vez que nos hablan.

—Seguro que lo ha escrito Oma. —Su abuela siempre había sido muy estricta con ellos, pero era alemana, así que no podían esperar mucho más de ella—. ¿Pone qué son? —preguntó.

Ya había desenvuelto su regalo y se trataba de una cajita cuadrada de un negro mate. Lo único que la adornaba era un círculo gravado en la parte superior. Theo se la llevó a la oreja y la sacudió.

—Espero que no sea nada de cristal —señaló Blaise Zabini con una ceja enarcada. El mago estaba desayunando con desgana, con la cabeza apoyada en una mano y cara de necesitar un par de horas extra de sueño.

Hermione repasó la carta y se fijó en el final.

—La abuela dice que la noble sangre de madre corre por nuestras venas y que gracias a ella podremos abrir nuestros regalos. —Dobló el papel y volvió a guardarlo—. Ni que fuera la profesora Trelawney con tanto misticismo.

—Está claro que se trata de magia de sangre —intervino Draco.

Hermione miró hacia la mesa de los profesores; a pesar de que no fuera magia negra, no le gustaba hablar de un tema tan… oscuro allí en medio, con todo Hogwarts observando.

Sin embargo, su hermano tenía otros plantes.

—¡Ay! —siseó cuando se pinchó la yema de un dedo con un cuchillo.

—¡Theodore! —exclamó Hermione, mirándolo con los ojos como platos—. ¡Aquí no!

El castaño la ignoró mientras se apretaba el dedo índice para sacar una gota, que hizo caer justo sobre el círculo. Hermione contuvo la respiración, pero no pasó nada que llamara la atención del resto de estudiantes, ni siquiera de los que se sentaban tres asientos más allá en ambas direcciones.

La minúscula gota roja de pronto se multiplicó y recorrió el surco en forma de círculo que había en la tapa. Todos la contemplaron, expectantes, y Theo estaba a punto de dejarse llevar por la impaciencia cuando la caja hizo un «clic» y la tapa se levantó ligeramente. Cuando Theo examinó el interior, su expresión se volvió de decepción y aburrimiento.

—Gemelos. ¿Para qué quiero yo otro par de gemelos, si casi nunca me los pongo?

En la palma de su mano depositó las joyas, que parecían diamantes de un tono rosado. A él no parecían haberle impresionado, pero Pansy levantó para inclinarse sobre Zabini y arrebatarle uno de la mano a Theo.

—¡Por Merlín! —Su cara parecía la de quién había descubierto un tesoro oculto o un nuevo continente. Miró a su nuevo propietario con los ojos como platos—. ¿Sabes qué es esto? —Levantó el gemelo para que todo el mundo pudiera verlo bien—. Es un diamante rosa. No tenéis ni idea de lo raros y caros que son.

—Evidentemente no tan bien como tú —dijo Blaise con diversión.

Pansy le devolvió la joya a Theo y se sentó. Miró primero a Hermione y luego a su regalo todavía envuelto con evidente envidia.

—Seguramente a ti te habrán regalado unos pendientes del mismo tipo de diamante o algo así.

Hermione estuvo tentada de abrir allí mismo su regalo para ver la cara que se le quedaba a la otra Slytherin, pero no quería dar un espectáculo, así que examinó las otras dos cajas que había recibido. Tenía una más que su hermano.

—Esa es de mis padres. —Draco señaló la que era pequeña y alargada. También incluía una carta, que Hermione abrió primero.

Querida Hermione:

Lucius y yo te deseamos un feliz cumpleaños. Esperamos que te guste nuestro modesto regalo.

Un beso,

Narcisa Malfoy

Hermione retiró el suave papel que envolvía la caja y, cuando la abrió, se quedó maravillada. Sacó un broche para el pelo de oro rosa que consistía en tres piezas: una flor central con una perla grande y blanca en el centro, y dos flores más pequeñas a los lados, todo rematado con algunas hojas aquí y allá y más perlas, estas de tamaño reducido.

—Es precioso —dijo con emoción—. Luego escribiré una carta para darles las gracias —dijo a Draco.

—A este paso tus padres se van a quedar sin ideas de regalos para cuando os caséis —intervino Theo con una ceja enarcada.

—No lo creo. Mi madre tiene un talento natural para estas cosas. —Cogió el broche y lo examinó—. Es bonito —concedió, sin darle mucha importancia—, pero seguro que mi regalo te gusta más.

—Hasta que no me lo des no pienso darte el gusto de querer saber nada —replicó Hermione con el ceño fruncido. Cuando terminaron la ronda nocturna, la noche anterior, Draco se había limitado a felicitarla con un beso. La bruja ya estaba de los nervios.

—Bueno, ¿por qué no seguís? —preguntó Blaise—. Os recuerdo que en menos de media hora tenemos que ir a clase.

Hermione y su hermano se miraron con expectación.

—¿Los de papá y mamá o los nuestros? —preguntó ella.

—Venga, a ver qué nos han regalado nuestros padres. Aunque espero que no se hayan esmerado mucho: no quiero que me hagan quedar mal.

Hermione había recibido algo grande y alargado, que seguramente era un libro, mientras que el de Theo era pequeño y casi plano. La bruja desenvolvió lo que, efectivamente, era un libro. Sin embargo, no tenía título en la portada ni ningún dibujo significativo. Cuando lo abrió, se encontró una dedicatoria con la letra de su madre.

Feliz cumpleaños, cariño. A tu padre y a mí nos enorgullece ver que te has convertido en una jovencita bella, inteligente y llena de valores. Espero que te guste nuestro regalo: ahora tienes todo un mundo a tu alcance. Este libro está en blanco, pero solo tienes que darle un suave toque con tu varita y se convertirá en cualquier libro que tenemos en casa. Ahora ya no podrás quejarte porque no puedes llevártelos contigo cuando viajas.

Con amor,

Su padre no había escrito nada, pero sí que había firmado. Sin embargo, Hermione no tuvo tiempo de molestarse por este hecho, porque sacó su varita de inmediato para comprobar si era cierto. Pensó en el primer libro que se le pasó por la cabeza, Cien maneras de ser la mejor bruja del mundo, y tocó la portada con la punta de su varita. Inmediatamente el libro se transformó: perdió tamaño pero aumentó su grosor, y pasó de ser de un marrón apagado a un rojo brillante, con una bruja que removía un gran caldero en la portada. Hermione sonrió: era su libro favorito de pequeña.

—Un libro —bufó Theo—. Qué originales.

Hermione le dio un golpe en el brazo.

—Que no te oiga criticar mi regalo otra vez. Ah, y no se me olvida que tenemos una charla pendiente —añadió, mirándolo con severidad. Este apretó los labios en una fina línea y sonrió—. Venga, a ver el tuyo.

De la pequeña caja, que al final resultó ser de cartón, cayeron dos cosas cuando Theo despegó una de las partes más cortas: una llave y una carta. Los ojos verdes del cumpleañero examinaron con detenimiento el pequeño objeto, pero lo dejó de nuevo sobre la mesa cuando se dio cuenta, decepcionado, de que no parecía tener ninguna propiedad mágica. Abrió la carta y, a medida que fue leyendo, su expresión sombría fue iluminándose.

—¡Sí! —exclamó triunfal cuando terminó de leer. Miró a su hermana, visiblemente emocionado—. ¡Mi propia cámara en Gringotts!

A Hermione estuvo a punto de desencajársele la mandíbula por la sorpresa. Sintió envidia, porque, aunque ella era más responsable y cumplían la misma edad, sus padres solo habían considerado indicado darle a Theo cierta independencia económica.

—No pongas esa cara, querida. —Su decepción no había pasado desapercibida para Pansy, que sonreía ligeramente con malicia—. Vas a casarte con Draco, no necesitas cámara propia.

Hermione consideró que era más prudente no dar su opinión, pero ella tenía muy claro que quería tener su propia cámara de Gringotts una vez empezara a trabajar. No estaban en los años cincuenta: una mujer tenía derecho a la independencia económica, por muy inusual que fuera en su círculo social. Tendría que hablarlo con Draco, pero no en esos momentos. Sacó su regalo para Theo del bolsillo interior de su capa y se lo dio mordiéndose el labio inferior.

—Espero que te guste —dijo.

Su nerviosismo creció a medida que su hermano deshacía el lazo que mantenía la caja unida. Vio cómo Theo la abría y se quedaba mirando el interior. Sacó con cuidado su regalo: un reloj de esfera redonda y correa negra con hebilla de plata. Lo había comprado en Borgin y Burkes; a pesar de que no le gustaba la tienda, lo había visto un día que había ido de compras con su madre, cuando esta todavía podía caminar más de cien metros de casa sin marearse. Funcionaba como una alarma y te avisaba del tiempo restante que te faltaba para cualquier actividad que le dijeras con anterioridad, pero Hermione había borrado todas las funciones y había empezado a hechizarlo de cero para que hiciera lo que tenía en mente.

—¿Te gusta? He usado un par de hechizos para introducir tu horario de clases y también te avisará de tareas, exámenes y citas que vayas teniendo a lo largo del curso —explicó sin siquiera hacer una pausa para tomar aire.

Su hermano se giró hacia ella con los ojos muy abiertas, sin reaccionar, hasta que estalló en carcajadas. Hermione lo miró con expresión dolida hasta que lo vio sacar el regalo que tenía para ella y dárselo. El suyo no estaba ni envuelto, así que no le costó abrir la caja. Cuando vio el contenido, Hermione también empezó a reírse.

—¿En serio? —preguntó cuando pudo volver a hablar.

El reloj que le había regalado Theo era más pequeño y delicado que el suyo, y la correa era blanca en vez de negra, pero la esencia era la misma.

Su hermano se secó una lágrima y asintió.

—Pero el mío también tiene mensajes motivacionales, tipo «Hermione, relájate, que el pergamino tiene que tener veinte centímetros, no veinte metros» o «Hermione, tranquila, Draco no sacará mejores notas que tú, no hace falta que estés doce horas diarias en la biblioteca».

—Gracias por la confianza, supongo —respondió Draco con sarcasmo.

—¿Tú también lo has encantado para que solo yo pueda escuchar los mensajes? —preguntó Theo, ignorando a su amigo—. Porque yo sí.

Hermione negó con la cabeza.

—El mío proyecta las palabras frente a ti, para que no parezca que estás loco por oír voces —explicó con una sonrisa.

Los mellizos se fundieron en un abrazo y Hermione le dio un beso en la mejilla.

—Gracias —dijo él—. Es el mejor regalo de todos. Te lo juro —añadió al ver la cara incrédula de ella—. Aunque ahora ya sé que si se me olvida entregar alguna tarea ya no podré excusarme en que se me olvidó.

—Pues no, no podrás —replicó Hermione con tono de orgullo—. Gracias a ti también —miró de nuevo el reloj; la verdad era que había elegido un modelo muy elegante—, me encanta.

—Antes de que sigas, no le digas que es el mejor regalo que has recibido, porque todavía no has visto el mío —insistió Draco.

—Por favor —Blaise bostezó sonoramente antes de proseguir con su intervención—, todos sabemos lo que vas a hacer.

Hermione enrojeció levemente. Aunque hacía años que sabía que Draco y ella terminarían frente a un altar, todavía se ponía nerviosa ante la idea. Y no saber cuándo iba a pedírselo no ayudaba a tranquilizarla. Lo único por lo que daba gracias era que el destino hubiera permitido que se enamoraran realmente, porque no habría soportado tener que discutir con sus padres sobre una relación que no deseaba. Que ella y Draco tuvieran sentimientos correspondidos y complementarios había sido un verdadero regalo.

—Coincido contigo en que soy el mejor regalo que alguien podría recibir —respondió Draco con altivez—, pero no hablo de eso.

—¿Nos lo vas a contar antes de esta noche o vas a guardar el secreto? A estas alturas hasta yo tengo curiosidad —dijo Theo, mirándolo con una ceja enarcada.

—¿El regalo es para ti? Pues ya está —fue la respuesta de Draco.


Después de la última clase de la tarde, Hermione fue a la torre de los Premios Anuales. Quería un poco de tiempo para sí misma, así podría responder tranquilamente a las felicitaciones de cumpleaños que había recibido y abrir la misteriosa cajita de sus abuelos alemanes. También había decidido que se ducharía allí, porque después de cenar había fiesta en la sala común de Slytherin.

Entró en su habitación, pero dejó la puerta abierta; al fin y al cabo, el único que podía presentarse de improvisto era Draco, y no iba a hacer nada que fuera un secreto. Le encantaba tener un dormitorio para ella sola. Sus compañeras, Pansy, Daphne, Tracey y Millicent, no eran ni ruidosas ni entrometidas, pero apreciaba poder tener más intimidad y, sobre todo, soledad, de vez en cuando.

Además, aquella habitación podía decorarla a su gusto, y eso había hecho: había colgado varias fotografías familiares en las paredes, había agrandado un espejo que tenía para que fuera de cuerpo entero, y había movido el escritorio y la silla bajo la ventana, para tener más luz natural cuando escribía. También había trasladado allí varios de sus libros, aunque ahora con el regalo de sus padres no los necesitaría. El último toque era las sábanas blancas de la cama; en los dormitorios de Slytherin estas eran verdes, pero ella prefería el blanco, le parecía más elegante y bonito. Amaba su casa, pero opinaba que abusaban de sus colores. A su parecer, no moriría nadie si de vez en cuando usaban algún color que no tuviera ninguna de las cuatro casas, como el azul cielo, el naranja o el morado.

Decidió empezar por los Malfoy, que eran los más fáciles de responder. Redactó una carta de agradecimiento estándar, alabando el regalo que le habían hecho. Sus suegros no le disgustaban, de hecho Narcisa le caía bien —Lucius era otro caso, porque sus palabras y actitud tenían la misma emoción que la que tendría una pared si hablara—, pero tenía la sensación de que esperaban mucho de ella. A veces se agobiaba con la idea de no cumplir sus expectativas. ¿Qué harían si Hermione decidiera trasgredir alguna de las normas sociales que se esperaban de una señora Malfoy?

Después, cogió el regalo de sus abuelos y suspiró. Tenía que estar cerrado mediante un hechizo vinculado a su sangre, no podía ser uno verbal o táctil. Cogió su varita y apretó los dientes con fuerza mientras se hacía un pequeño corte en la yema del dedo índice, como había hecho Theo por la mañana. Dejó que una gota resbalara por su dedo hasta caer sobre el círculo gravado. Contuvo el aliento; pese a que probablemente Pansy tenía razón y eran unos pendientes o algo similar, siempre le hacía ilusión recibir regalos.

Sin embargo, no pasó nada.

Hermione frunció el ceño. Intentó levantar la tapa, pero no se movía. Sacudió la cajita, con el mismo resultado nulo. «Igual necesita más sangre», pensó. Dejó caer una gota más en el círculo y esperó a que pasara algo. Obtuvo los mismos resultados que antes.

—Qué raro —musitó. Se curó la diminuta herida del dedo con un hechizo sanador y apuntó hacia la caja con su varita—. Alohomora.

Sabía que no iba a conseguir nada, pero por intentarlo… Efectivamente, la tapa no se movió ni un milímetro. Ya había cruzado el límite de su paciencia, así que decidió dejarlo estar, porque la alternativa era una hemorragia intentando que la estúpida caja identificara su sangre.

Se quedó mirando el trozo de pergamino en el que iba a responderle a sus abuelos. Si les contaba que no había podido abrir su regalo, intuía que se decepcionarían, así optó por una mentira piadosa. Siempre podía justificar su ambigüedad y brevedad al alemán.

Lo que sí hizo fue contarle la verdad a su madre en su carta.

Muchas gracias por los regalos. Tanto a Theo como a mí nos han encantado, ya tengo ganas de usar el mío.

También hemos recibido los de los abuelos. Estaban cerrados mágicamente con un conjuro de sangre. Theo ha abierto el suyo (unos gemelos de diamantes muy bonitos), pero cuando lo he intentado con el mío, no ha funcionado. ¿Crees que será un hechizo distinto? En la carta de la abuela daba a entender que con nuestra sangre podríamos abrir las cajas, pero yo no lo he conseguido. Te mando la mía, mamá, ¿puedes intentarlo tú? Gracias.

Saluda a padre de nuestra parte. Un beso enorme, estoy deseando volver a casa por Navidad para verte.

Hermione Nott

Con una última mirada preocupada, cogió las tres cartas y la caja y se encaminó a la Lechucería. Con un poco de suerte, su madre podría ayudarla y no tendría que pasar la vergüenza de admitir a todo el mundo que no había sabido cómo hacer funcionar un simple hechizo que solo requería un cortecito. Posiblemente su caja no era como la de Theo y a la abuela se le había olvidado ese detalle; o quizás el hechizo había sido mal ejecutado y por eso nada funcionaba.

Buscó su lechuza, un precioso ejemplar de tamaño pequeño y de un blanco inmaculado. La suya y la de Harry Potter podrían ser hermanas gemelas, porque más de una vez ambos se habían confundido y se habían llevado un picotazo. Bueno, eso más bien le había pasado a Potter, porque su lechuza Ifigenia era muy orgullosa; la de Potter se había limitado a ignorar a Hermione y girar la cabeza hacia otro lado cuando intentaba encomendarle su misión.

La lechuza se acercó volando a ella y soltó unos soniditos que podían interpretarse como de júbilo. Al animal le encantaba volar, y a Hermione le dolía tenerla retenida allí la mayor parte del tiempo.

—Pesa un poco, pero ¿tú puedes con todo, verdad?

La lechuza cogió las tres cartas y el paquetito con las patas y levantó prestamente el vuelo. Hermione la observó alejarse desde una de las grandes ventanas de la torre. Confiaba en el animal: sabía que llegaría a su casa en un periquete y se encargaría después de la carta de los Malfoy. Probablemente volvería antes de medianoche, porque su madre enviaría a una de las lechuzas de la familia para la misiva que iba a Alemania, así Hermione no se quedaría sin mensajera durante tanto tiempo.

Ahora solo le faltaba esperar una posible explicación a su fracaso con el regalo de sus abuelos.

Volvió a la torre de los Premios Anuales y decidió empezar ya a prepararse para la noche. Desgraciadamente, todavía no podía prescindir del uniforme, pero sí que podía peinarse con más esmero y maquillarse un poco. Se duchó y, excepcionalmente, decidió dejarse el pelo suelto, excepto por unos rizos delanteros, que llevó a la parte de atrás de la cabeza y sujetó con el broche de los Malfoy. Se sentía extraña, porque el único momento del día en que no llevaba el pelo recogido era cuando se iba a la cama, y eso a veces, porque en ocasiones dormía con trenza. Nunca se cansaría de lamentarse por no haber heredado el pelo ondulado de su madre, sino una versión mucho más salvaje.

Oyó cómo se abría la entrada de la torre y sonrió. Medio minuto después, Draco estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación y la observaba terminar de vestirse con una sonrisa ladeada.

—Tendría que haber venido antes —suspiró, dejando que sus ojos vagaran por las piernas de Hermione mientras esta se colocaba bien la falda gris oscuro del uniforme.

La bruja le lanzó una mirada de advertencia a través del espejo.

—Ni hablar. No quiero llegar tarde a cenar.

Draco puso los ojos en blanco y fue a sentarse sobre la cama.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que el reloj de Theo se ponga a gritarte? —bromeó.

Esta vez fue ella quien elevó los ojos al cielo mientras cogía el regalo de su hermano y se lo abrochaba a la muñeca. Se quedó parada, conteniendo la respiración, pero no pasó nada. Presentía que cualquier día moriría de un susto.

—¿Al final qué era el regalo de tus abuelos?

Las manos de Hermione se quedaron congeladas sobre su pecho, donde estaba colocando recta la placa de Premio Anual, pero reanudó el gesto como si nada. Podría contarle a Draco que no había podido abrirlo, pero tenía la impresión de que era mejor no hacerlo.

—Pansy ha tenido buen ojo: eran unos pendientes —dijo—. De diamantes. —No veía ningún peligro en afirmar lo que tenía muchas posibilidades de ser verdad.

—¿Puedo verlos?

La bruja sonrió.

—¿Por qué? ¿Es que tú también me has comprado una joya y quieres ver quién tiene mejor gusto, si tú o mi abuela? —bromeó —. No. —Notó que su respuesta había sido muy brusca, así que se apresuró a justificarse—: Es que se los he mandado a mi madre para que los vea y me los guarde. No quiero dejar algo tan valioso aquí.

Draco no pareció enteramente convencido al principio, pero terminó asintiendo.

—Bien hecho. Hay mucho muerto de hambre en Hogwarts, y seguro que uno de los pendientes cuesta más que toda su casa.

Hermione rio.

—No creo que Ronald Weasley intente colarse aquí para robarme, si es lo que insinúas.

—Yo de esa gente ya no espero nada bueno —replicó Draco con un mohín de superioridad. Su expresión cambió completamente cuando la miró a los ojos. Sonrió y llevó una mano a la mejilla de la bruja—. ¿Sabes que estás muy guapa?

Hermione sonrió. Cada vez que Draco le decía algo así, una vocecita cínica en su cabeza siempre le decía «No es verdad, lo dice por obligación. Si pudiera elegir, no te elegiría a ti». Pero luego otra, en un tono mucho más amable, le recordaba «¿No ves cómo te mira? Eso no se puede fingir».

—Te diría lo mismo, pero se te subiría a la cabeza. Todavía más —añadió en tono burlón.

Se levantó para echarse un último vistazo en el espejo, pero Draco la interceptó y tiró de ella para que se sentara en su regazo. El mago rodeó su cintura con los brazos, obligándola a posar las manos en sus hombros.

—La falsa modestia no es una virtud, amor —afirmó con petulancia—. Tendrías que aplicarte el cuento.

Levantó una de sus manos y le apartó el pelo del cuello. La diferencia de altura entre ambos le permitía acercarla más hacia sí y darle un beso en la piel sensible del cuello. La otra mano de Draco vagó desde su cintura hasta su rodilla y empezó a subir, apartando la falda en su camino. Hermione suspiró y se mordió el labio inferior, pero volvió a la realidad, muy a su pesar, y detuvo la mano.

—A no ser que este sea mi regalo de cumpleaños, no vas a pasar de ahí —le comunicó de manera tajante.

Draco puso los ojos en blanco y torció el gesto.

—Podría serlo y te encantaría —respondió con una sonrisa ladeada.

Hermione enarcó una ceja y se prohibió a sí misma darle la razón.

—Posiblemente, pero como no es verdad, hasta esta noche lo único que van a tocar esas manos es la cena.

—Y el whiskey de fuego —agregó él con mirada maliciosa.

—Como te emborraches, vas a dormir solo —advirtió Hermione, cruzándose de brazos.

Draco rio y se levantó. Le ofreció su mano y fueron así, con los dedos entrelazados, hasta el Gran Salón, donde faltaban unos minutos para que aparecieran las bandejas y fuentes doradas con la cena. Hermione se sentó donde siempre, junto a su hermano y con su novio al otro lado. Enfrente estaban Blaise, Pansy y Daphne, que alabaron su peinado. El grado de sinceridad era ya un tema diferente, pero Hermione decidió no darle importancia a la sonrisa falsa de Pansy.

Draco miró a Crabbe y Goyle, que se sentaban el primero a su lado y el segundo junto a Pansy.

—¿Habéis informado al resto sobre la fiesta?

El plan era que la sala común solo estaría disponible para unos alumnos previamente seleccionados, casi todos de séptimo año, por lo que Draco había encargado a sus guardaespaldas que avisaran «amablemente» al resto de cursos de que, en cuanto terminara la cena y volvieran a las mazmorras, tendrían que ir a sus dormitorios.

—Algunos han costado más de convencer que otros, pero ya está todo solucionado —respondió Goyle, con un brillo malicioso en sus ojillos.

—No hemos tenido que amenazar a casi nadie —agregó Crabbe, haciéndose crujir los nudillos, primero de una mano y luego de la otra.

A Hermione no le gustaba cómo sonaba ninguna de las explicaciones de esos dos gorilas, pero Draco se limitó sonreír con satisfacción y asentir con la cabeza. Gregory y Vincent llevaban toda la vida cubriéndole las espaldas al rubio (en los escasos casos en los que necesitaba ayuda) y acatando cualquier orden que este les daba.

Empezaron a cenar. Como siempre, la comida de Hogwarts era excelente: los elfos, pese a ser criaturas menudas y casi ridículas, tenían muchos talentos, entre ellos, cocinar. Hermione se sirvió estofado de ternera con patatas al horno mientras escuchaba a Theo conversar con Daphne sobre la asignatura de Adivinación.

—Pues a mí Trelawney me parece graciosa. Es más ojos que persona —dijo la bruja.

—Es patética. —Pansy, como siempre, aprovechó para soltar un poco de veneno, aunque en esa ocasión Hermione estaba completamente de acuerdo con el ataque—. Si no fuera porque es la asignatura más fácil, a mí no me veríais el pelo. Solo tener que subir esas escaleras ya es un despropósito. ¿Somos elfos para tener que ir hasta la buhardilla?

—Cámbiate a Estudios Muggles, seguro que también es fácil y encima está en la primera planta —respondió Blaise antes de dar un sorbo a su vaso de agua.

Pansy lo miró como si la hubiera insultado.

—Antes me corto las orejas que escucho una sola de las barbaridades que deben de decirse ahí dentro.

—Igual sí que escucharías de todas formas, no sé si perder la oreja elimina completamente la capacidad auditiva —dijo Hermione. Todos la miraron como si acabara de hablar en pársel, por lo que puso los ojos en blanco y siguió comiendo.

—No podrías hacerte un recogido nunca más —señaló Daphne de manera mucho más acertada. Hermione y ella intercambiaron una mirada divertida.

—Además, te perderías las predicciones de Trelawney. Parece que cada semana nos turnamos para morir prematuramente o sufrir un gran mal en sus visiones —rio Theo. Se giró hacia Hermione—. Esta semana me ha tocado a mí.

—¿Ah, sí? —A pesar de saber que la clarividencia de Sybill Trelawney era pura pantomima, no se sentía cómoda con la idea de que la bruja vaticinara que iba a pasarle algo malo a su hermano—. Pues creo que me quedaré tu habitación de la mansión, me gustan más tus vistas que las mías —bromeó para enmascarar su intranquilidad.

—Ya te gustaría. Se supone que antes de que caiga la primera nevada me pasará algo que me marcará de por vida —explicó. Se encogió de hombros—. Como siempre, no me ha dado más detalles.

—Qué conveniente —replicó Hermione en tono de desprecio.

—Pues sí, porque a mí me dijo que antes de navidades perdería mi bien más preciado, pero no me ha dicho qué es de todo lo que tengo —intervino Draco, sirviéndose una ración más de pastel de carne y negando con la cabeza con escepticismo.

—¿Podemos cambiar de tema? —preguntó Daphne, verbalizando el pensamiento que estaba teniendo Hermione—. A mí todavía no me ha predicho nada y estoy empezando a ponerme nerviosa.

—¿Mañana a qué hora tenemos entrenamiento de quidditch? —preguntó Blaise. Hermione le dedicó una mirada de agradecimiento y él le guiñó un ojo.

—A las once y media. Es tu primer entrenamiento, así que más te vale que no llegues tarde —le advirtió Draco.

Blaise había sido seleccionado para el puesto de guardián, así que a partir de ahora dedicaría un par de horas tres sábados al mes al quidditch y se enfrentaría a la ira de Marcus Flint si jugaba mal en el primer partido, para el que faltaba un mes solamente.

L os estudiantes terminaron de cenar y volvieron a sus respectivas salas comunes. Theo, que iba con el brazo por encima de los hombros de Hermione, se separó de ella para subirse a la gran mesa que había en un lateral. Dio varias palmadas en el aire y los estudiantes que todavía no habían subido a sus dormitorios se quedaron mirándolo.

—Bien, como sabéis —Hermione negaba con la cabeza mientras sonreía; el amor de su hermano por el espectáculo no tenía límites— hoy es mi cumpleaños y el de mi hermana —señaló a Hermione, que se sonrojó y sonrió con aprensión—, por lo que vamos a celebrar una fiesta. —Unió las manos e hizo una pausa dramática, mirando a todo el mundo con expresión de circunstancias, como si le doliera lo que estaba a punto de decir—. Tengo entendido que Crabbe y Goyle ya os han pedido muy amablemente que nos dejéis la sala común a unos pocos privilegiados. No es nada personal, creedme —añadió, llevándose una mano al corazón—. Antes de iros, os agradecería un caluroso aplauso para mi hermana, nuestra preciada prefecta y Premio Anual, y para mí, obviamente, uno de los alumnos más guapos que tiene Slytherin. No me mires así, Draco, he dicho «uno de los más guapos», no «el más guapo». —Hasta Draco rio con aquella ocurrencia—. Bueno… —terminó Theo, empezando a aplaudir lentamente y lanzando una mirada a toda la sala que quería decir «¿A qué esperáis?». Cuando estuvo satisfecho con los aplausos, asintió—. ¡Buenas noches a todos! ¡Intentaremos no hacer mucho ruido, pero no prometemos nada!

En dos minutos, en la sala común solo quedaban los de séptimo y un par de sexto, como la hermana de Daphne Greengrass. Blaise apareció por las escaleras que llevaban a los dormitorios cargando una caja de madera cuyo contenido tintineaba con el movimiento.

—Bueno, aquí hay seis botellas de whiskey de fuego y también dos de cerveza de mantequilla, para las damas.

Hermione se cruzó de hombros.

—Me ofende ese comentario, Blaise. —Cuando el mago la miró con una ceja enarcada, añadió—: Aceptaré la cerveza de mantequilla, porque me gusta más, pero sigo indignada.

Hermione no pensaba beber mucho, pero decidió que era viernes por la noche y el día de su cumpleaños ni más ni menos, así que no pasaba nada si se olvidaba de las normas por un rato y se limitaba a disfrutar. Aunque eso no significaba que fuera a beberse una botella ella sola. Pansy, que había conseguido varios vasos, iba rellenando el suyo, el de Hermione y el de Daphne con cerveza de mantequilla.

Entraron en la noche entre risas y conversaciones sin sentido. Theo se había burlado de la vez en que Crabbe y Goyle se habían llevado sendas bludgers en la cara de parte de los gemelos Weasley el año anterior. A ellos no les había hecho ni pizca de gracia, pero el resto se desternilló cuando Theo les lanzó un hechizo que les agrandó la nariz del mismo tamaño que adquirieron como consecuencia del golpe.

Finite incantatem —pronunció Hermione, moviendo su varita en el aire para devolverles a los pobres Vincent y Gregory sus narices, que ya de normal eran bastante feas. Theodore seguía medio asfixiado entre carcajadas, ajeno a las miradas mortíferas de sus víctimas.

Una vez los ánimos se calmaron, Blaise se levantó. Sus ojos brillantes indicaban que acababa de tener una idea. Eso o que había bebido demasiado, lo cual era la opción más probable.

—¿Y si jugamos a un juego? —propuso.

—¿A qué? ¿Al Yo nunca? ¿Tenemos trece años otra vez? —preguntó Draco con sorna.

Blaise puso los ojos en blanco, volviendo a sentarse.

—Pues ojalá, porque por aquel entonces eras más divertido. Pero claro, ahí todavía no te habías obsesionado con la señorita Nott —dijo con burla.

—¡Eh! —protestó Hermione—. Para una vez que no soy yo quién se queja y tienes que meterme.

Blaise y algunos más rieron.

—¡Venga, sí, juguemos! —El apoyo vino de Daphne, quien se había pasado hacía un rato al whiskey de fuego y ya arrastraba las palabras.

Blaise fue a sentarse junto a la bruja y le dio un sonoro beso en la mejilla. Ella se sonrojó.

—Vamos a jugar al ¿Qué prefieres? Venid —llamó. Los interesados se levantaron y siguieron las instrucciones de Blaise. Terminaron sentados en un gran círculo ligeramente desigual—. Vale, las reglas son sencillas: uno propone dos opciones; si eliges la primera, levantas la mano; si no, no haces nada. Hacemos recuento y la opción menos votada tiene que beber. ¿Alguna pregunta? —Miró a sus compañeros con expresión satisfecha; al final había conseguido más participantes de los que pretendía.

—¿Se supone que eso es divertido? —inquirió Pansy en tono mordaz.

Blaise sonrió con malicia y le indicó a Theo, sentado a su lado, que podía empezar. El hermano de Hermione carraspeó y cuando vio que tenía la plena atención de todos, dijo:

—¿Qué prefieres —lanzó una última mirada enigmática antes de seguir—: que te dé una paliza el Sauce Boxeador o ver a Filch desnudo?

Sus palabras arrancaron varias carcajadas y gritos ahogados.

—¿A que ahora os parece mucho más entretenido? —preguntó Blaise en tono altivo—. Bueno, quien prefiera una paliza a, probablemente, perder la vista, que levante la mano.

Casi todas las manos se levantaron, excepto la de Draco y Hermione. Esta última lo había reflexionado bien y tenía clara su decisión. Los demás los miraron como si estuvieran locos.

—¡Qué asco! —profirió Theo, fingiendo un escalofrío—. ¿Qué os pasa? ¿Os van esas cosas? —preguntó, dedicándoles una mirada de desagrado.

Draco levantó las cejas.

—Es más fácil confiar en que Hermione me borre ese recuerdo en específico que tener que aguantar los golpes de manera gratuita.

Hermione lo miró y sonrió.

—Yo he llegado a la misma conclusión —afirmó.

—Bueno, da igual si sois los más inteligentes: os toca beber —fue la conclusión que dio Blaise. Hermione torció el gesto, pero le dio un sorbo a su cerveza de mantequilla—. Ahora yo. ¿Qué preferís: ser pobre como Weasley o manco como Longbottom?

La sala entera estalló en carcajadas.

—Lo dices como si Weasley fuera mucho mejor —gruñó Marcus Flint. Arrastraba las palabras; a su lengua parecía costarle articular sus pensamientos.

—Eso es verdad —convino Pansy, frunciendo los labios perfectamente pintados de rojo—. Nos lo has puesto demasiado difícil —se quejó.

Un setenta por ciento de los jugadores se quedaron con la mano bajada.

—Yo preferiría tener la nula capacidad mágica de Longbottom si puedo conservar mi dinero —explicó Theo en tono despreocupado—. No necesitas saber usar una varita para ganarte la vida si eres rico.

Hermione, que sí había levantado la mano, negó con la cabeza.

—Yo lo siento mucho, pero sería incapaz de estar aquí si se me diera tan mal la magia.

—Como quieras, pero te toca volver a beber —respondió su hermano, dedicándole una sonrisa de superioridad.

Tras haber bebido, Draco se levantó.

—Me toca a mí. —Se plantó frente a Hermione y le ofreció una mano—. ¿Qué prefieres: quedarte aquí con ellos o venir a la torre conmigo?

Hermione se sonrojó, pero cogió su mano y se levantó. Se alisó la falda y miró a los demás con una sonrisa y un encogimiento de hombros. A esas alturas no había nadie en su círculo de amigos que no supiera que Draco y ella pasaban las noches haciendo algo más que dormir, así que de nada servía intentar guardar el decoro.

—Buenas noches —se despidió.

—¡Buenas noches las que vas a tener tú! —le gritó Blaise en tono pícaro mientras la pareja se dirigía a la salida.

—No seas bruto, Zabini —le recriminó Hermione, fulminándolo con la mirada.

—No le falta razón —le murmuró Draco con una sonrisa ladeada mientras salían.

Subieron las cinco escaleras hasta su torre privada en silencio. Como mucho, se encontrarían con algún profesor, pero era bastante improbable que les prohibieran ir, porque esa semana todavía no habían gastado las dos noches que Dumbledore les permitía dormir allí. Además, que les quitaran algunos puntos por estar fuera de sus dormitorios pasadas las nueve y media de la noche tampoco les preocupaba, en especial a Draco. ¿Qué eran veinte puntos menos cuando entre los dos ganaban más de doscientos a la semana?

Al llegar a la torre, pronunciaron la contraseña y entraron. Hermione se quedó plantada en la sala común, indecisa. Faltaba hora y media para que terminara el día, así que Draco tenía que darle ahora su regalo si no quería que se pasara la fecha. Sin embargo, no sabía cuál era su plan exactamente.

El mago se sentó en el sofá y alargó una mano hacia ella, que tomó antes de sentarse a su lado.

—Bueno… —Hermione odiaba mostrarse tan ansiosa, pero llegados a ese punto saber cuál era ese regalo tan especial era cuestión de necesidad—. Más te vale que valga la pena la espera —bromeó con cierto nerviosismo.

Draco no dijo nada, sino que se limitó a sonreír y sacar su varita. Con un movimiento, apagó la chimenea, que se encendía automáticamente cuando ellos entraban de noche, y también las luces. Se quedaron en la penumbra, solamente iluminados por la luna, que brillaba redonda en el cielo.

Hermione sintió los labios de Draco cerca de los suyos.

—Cierra los ojos —murmuró él.

La bruja obedeció y sonrió en medio del tierno beso que el mago le dio. Después, sintió cómo él movía las manos alrededor de su cabeza y dejaba caer algo muy ligero en su cuello. El primer impulso de Hermione fue llevar una mano al frío y pequeño objeto que sentía sobre el pecho.

—Ya puedes abrirlos.

La escasa luz exterior brilló sobre el colgante que Draco le había puesto al cuello. Hermione lo levantó entre dos dedos: era un delicado corazón de plata negra, liso excepto por una «M» gravada en el centro. A la bruja se le empañaron los ojos.

—Es precioso —susurró—. Gracias.

Acercó a Draco hacia ella y le dio un beso. Sintió cómo él sonreía contra sus labios.

—¿Y ya está? ¿En serio crees que te iba a regalar una simple joya? —le preguntó en tono arrogante y asombrado.

Hermione lo miró a los ojos, que destacaban contra la oscuridad de la noche, sin comprender.

—No lo sé. ¿Tendría que ofenderme? —preguntó divertida.

Draco rio. Le quitó el collar del cuello y lo levantó en alto. Hermione extendió una mano y el mago dejó la joya sobre su palma con cuidado de que la cadena de plata no se enredara.

—Cuando dejas el corazón así, plano sobre tu mano, pasará… —aguardó, expectante, hasta que el corazón empezó a brillar con luz propia. Sonrió y asintió, expectante— justo esto.

Hermione separó la mano de su cuerpo y entrecerró los ojos, porque no sabía qué iba a pasar y no quería quedarse ciega por el resplandor, pero a los pocos segundos, un rayo de una luz blanquecina salió justo de la «M» del centro y se elevó un metro por encima de ellos. La bruja levantó la cabeza y observó cómo el rayo se convertía en una esfera que flotaba en medio de la sala.

Empezaron a formarse remolinos oscuros que adoptaron formas humanas que Hermione reconoció rápidamente. Vio a un Draco más joven, de unos trece años, en el patio de la torre del reloj. Estaba apoyado en un árbol y a su alrededor estaban Blaise, Crabbe, Goyle y Pansy. Pese a acabar de entrar en la pubertad, ya estaba claro lo atractivo que llegaría a ser; además, por aquel entonces ya había perfeccionado la expresión petulante que tanto lo caracterizaba y que estaba usando en esos momentos mientras hablaba.

¡Se cree tan perfecta! —El grupo se rio—. Nosotros la perdemos de vista en verano, pero no sé cómo Theo soporta pasar todo un año con ella.

Hermione abrió los ojos como platos: ya sabía qué estaba viendo.

—¡Es un recuerdo tuyo! —exclamó, mirando al Draco que se sentaba junto a ella.

Él sonrió y se llevó un dedo a los labios. Después, señaló la escena para que siguiera observando.

El recuerdo cambió ligeramente de perspectiva y Hermione se vio a sí misma acercándose al Draco de tercero. Recordaba perfectamente que había oído todas y cada una de las palabras que el mago había dicho, porque ni siquiera se había molestado en bajar la voz para criticarla. Hermione no pudo reprimir una sonrisa, porque también sabía lo que pasaría a continuación. Le pareció graciosa su cara indignada y sus puños apretados a los lados mientras se aproximaba a los slytherins.

La Hermione de trece años se plantó detrás de Draco con expresión muy digna y le tocó un hombro. Cuando él se giró, se quedó mudo, porque sabía que lo había pillado hablando mal de ella a sus espaldas. Sin embargo, lo que detonó lo que pasó a continuación fue la sonrisita indolente que empezaba a extenderse por la cara de Draco en esos momentos.

La bofetada que se llevó se escuchó en todo el patio y, de hecho, todos los estudiantes que estaban allí pasando un rato entre clases se giraron hacia ellos.

Que sea la última vez que hablas de mí, Malfoy, porque, como vuelva a oírte, te enterarás de quién soy.

A la Hermione de carne y hueso le pareció divertida su osadía. ¿Qué habría hecho de haberse repetido la situación? No lo sabía, pero recordaba que en aquel momento se había sentido muy dolida y había necesitado dejar claro que nadie tenía derecho a burlarse de ella.

Se vio darse la vuelta y volver por donde había venido. Y también vio a Draco llevarse una mano a la marca roja que la bofetada le había dejado en la mejilla y sonreír lentamente.

El Draco actual se inclinó hacia ella.

—En ese preciso momento me di cuenta de que no eras solamente una sabelotodo que solo sabía hablar de lo perfectamente insufrible que era —explicó con una sonrisa—. Y decidí que me gustaba ese carácter y quería ver adónde podíamos llegar.

Hermione enarcó las cejas, aunque no podía dejar de sonreír ella también.

—No sé si tengo que ofenderme o sentirme halagada por esa afirmación.

Draco soltó una carcajada.

—Halagada, sin duda. Pero mira, los recuerdos no han terminado. —Señaló la esfera, que se estaba transformando y cambiando de escenario en ese momento.

Ahora estaban sentados en una mesa de Madame Pudipié. Hermione sonrió: aquel recuerdo era de cuarto, cuando tuvieron su primera cita en Hogsmeade. Estaban en la mesa que la dueña les reservaría a partir de ese día, la que estaba junto a la ventana. Draco la miraba con una sonrisa ladeada antes de decir de repente:

Me gustas, Nott.

Hermione sintió ganas de aplaudirse al ver su respuesta. Aunque se sonrojó, no perdió la compostura y, en vez de actuar como la mayoría de las chicas en las que Draco se había fijado a lo largo del curso (todas se ponían nerviosas y lo perseguían por los pasillos luego), se limitó a enarcar una ceja y dar un sorbo a su té antes de responder:

Ya lo sé, Malfoy. ¿Por qué si no me has invitado a venir aquí?

El verdadero Draco soltó una carcajada.

—Por un momento me quedé sin nada que decir: me esperaba cualquier respuesta menos una tan directa —confesó.

—Pues lo disimulaste muy bien —respondió Hermione, señalando su versión más joven y hecha de humo.

El otro Draco apoyó los codos en la mesa, entrelazó sus dedos y apoyó la barbilla en estos, mirando a Hermione con los ojos ligeramente entornados y una sonrisa.

Entonces, ¿quieres salir conmigo?

La taza de la bruja se quedó a medio camino entre la mesa y su boca, para pocos segundos después volver a reposar sobre la taza de cerámica. Le dedicó a Draco una mirada poco impresionada.

No creía que fueras tan cutre, Malfoy. Tendrás que esforzarte un poco más.

Hermione sonrió al escuchar su respuesta vista desde fuera.

—En realidad estaba nerviosa, ¿sabes? —explicó—. Por eso tengo las manos bajo la mesa, para que no veas que me tiemblan como un flan.

Draco le pasó una mano por la cintura y lo acercó a él. Se quedaron en silencio mientras cambiaban de recuerdo. Esta vez solo aparecía Draco. Por los muebles que lo rodeaban y el tamaño de la estancia, estaba en su casa, Malfoy Manor. Hermione reconoció el salón principal, que usaban para recibir a las visitas.

Narcisa Malfoy apareció en esos momentos. Llevaba un elegante vestido negro, que, si Hermione recordaba bien, correspondía al que había llevado en uno de los bailes de Navidad organizados por los Malfoy. Le sonaba habérselo visto hacía varios años.

Bien, tu padre bajará en unos minutos. Los Nott no tardarán mucho en llegar, siempre son los primeros en presentarse. —La mujer se sentó en uno de los sillones—. Espero que te comportes…

Draco levantó una mano, interrumpiéndola.

Ya lo sé, madre. Que trate a Hermione con deferencia. Llevo intentándolo desde el año pasado —contó.

Narcisa lo miró con las cejas enarcadas.

Vaya, Draco. Por una vez haces lo que te decimos sin que tengamos que recordártelo cada dos por tres. Estoy impresionada. Ya verás que con el tiempo entenderás que es la mejor candidata para ti —dijo, indicándole a su hijo que se sentara junto a ella.

Draco obedeció y subió un tobillo a la rodilla contraria.

Lo entendí hace tiempo —confesó. Miró a su madre, pero rápidamente apartó la vista y se fijó en la chimenea encendida.

Narcisa abrió mucho los ojos azules y una expresión emocionada se instaló en sus rasgos.

Oh, cariño —dijo, sonriendo. Se inclinó hacia delante y puso una mano sobre una de él—. No sabes lo raro que es eso. Cuídalo, no permitas que se marchite.

Su hijo la miró con expresión sombría.

Eso si me dice que sí, porque sigue sin querer salir conmigo.

Narcisa rio mientras se levantaba.

Ya lo hará, querido. ¿Quién te diría que no a ti?

Hermione Nott sería capaz de hacerlo sin perder el sueño por ello —masculló el chico.

Cuando el recuerdo se desvaneció, Hermione se giró hacia Draco emocionada. Si no fuera porque la iluminación podía ser engañosa, diría que el mago se había sonrojado, algo que no pasaba casi nunca. A Hermione le parecía precioso que hubiera sido capaz de abrirse así a ella, porque sabía cuánto le costaba.

Draco carraspeó.

—Creo que solo falta uno. Debes de tener la mano cansada —indicó, intentando desviar la atención de su novia.

Hermione negó con la cabeza, pero decidió que ya le daría las gracias después. Miró hacia arriba y vio que ya había aparecido el siguiente recuerdo. En él, Draco parecía un poco más mayor que en los anteriores. A su lado estaba Theo, y los dos chicos iban vestidos de gala. Estaban en la sala común de Slytherin, y a su alrededor había más gente, pero aparecían difuminados: no debían de ser importantes.

¿Qué hace tu hermana, fabricar el vestido desde cero? —preguntó Draco. Tenía las manos en los bolsillos y el repiqueteo de uno de sus pies sobre el suelo daba a entender que estaba impaciente.

—¿Qué baile era? —preguntó Hermione. Era el único motivo por el que los dos hombres de su vida irían tan elegantes en Hogwarts.

—Ahora lo verás —replicó Draco, negándose a dar más detalles.

En el recuerdo, Theo soltó una carcajada.

¿Por qué tan nervioso, Draco? Ni que no la vieras todos los días —dijo con sarcasmo.

Draco lo fulminó con la mirada. Pero en esos momentos oyeron voces femeninas. Las chicas ya habían terminado de arreglarse, por lo que bajaban para reunirse con sus acompañantes al baile. Cuando Hermione vio el vestido amarillo limón de una que ahora estaba en sexto recordó de cuándo era el recuerdo: final del quinto año. Sonrió al verse aparecer en lo alto de las escaleras. Llevaba uno de sus vestidos favoritos de todos los tiempos: era de un color rosa pálido muy elegante, con escote en forma de uve y tela de gasa. Pansy le había dicho que parecía una veela, «en caso de que esas criaturas tuvieran el pelo castaño y rizado y unos cuantos centímetros menos de altura». Hermione sospechaba que no había intentado que sonara como un cumplido.

Sin embargo, su atención se fijó en Draco. Aunque a ella le había hablado Daphne y había desviado la mirada de su novio, él seguía mirándola. Su boca se había convertido en una sonrisa y, en aquella rara ocasión, ni era un gesto sarcástico ni cruel ni arrogante. Era simplemente una sonrisa sincera, embelesada.

Theo también lo observaba con expresión divertida.

¿Necesitas un pañuelo para limpiarte las babas?

Draco negó con la cabeza y le dio unos golpecitos en el pecho antes de ir a recibir a Hermione a los pies de la escalera. La bruja de diecisiete años recordaba que le había dado un beso en el dorso de la mano y le había susurrado en el oído que era la chica más guapa de todo Hogwarts.

Algún día te enamorarás y me entenderás. —En el recuerdo, el mago rubio se detuvo a medio camino y frunció el ceño—. Pero, si alguien pregunta, yo nunca he dicho algo tan cursi.

La imagen desapareció y la esfera blanca se disipó hasta desaparecer. Hermione cerró la mano con el corazón dentro y se la llevó al pecho. Miró a Draco con lágrimas en los ojos.

—Es… No tengo palabras. ¿Cómo lo has hecho?

Draco esbozó una sonrisa ladeada llena de orgullo y se encogió de hombros, como si la magia avanzada que había usado para ensamblar esos recuerdos y disponerlos de esa manera fuera un juego de niños.

—Primero pensé en embotellarlos, pero es bastante molesto tener que usar un pensadero cada vez que quieras verlos, por no decir ridículo. Solo me limité a cambiar su esencia un poco para que se materialicen en el aire y no en el agua —explicó.

Ella estaba segura de que le había costado más de lo que quería dar a entender, pero no insistió. No era el momento de ponerse a hablar de tecnicismos.

—Me encanta. De verdad —respondió Hermione.

Él sonrió, mostrando sus perfectos dientes. No sonreía así muchas veces, era un raro milagro, otro regalo de cumpleaños.

—Pues no es todo. ¿Me lo prestas? —pidió, señalando su mano cerrada.

Hermione le devolvió su regalo y este lo cogió entre dos dedos. Sonó un clic y el corazón se abrió; la bruja no se había percatado de que estaba hueco por dentro. Draco le ofreció una mano y, cuando ella se la cogió, la hizo levantarse con él. Con su varita, el mago hizo que varias esferas pequeñas de luz dorada inundaran la habitación. Con la iluminación, Hermione se percató de que Draco había cerrado el corazón de nuevo. Volvió a ponerle el collar en el cuello. Hermione se apartó el pelo para que no le molestara y cuando lo tenía bien colocado, se dio cuenta de que él sostenía algo entre los dedos.

Era un anillo.

Hermione contuvo la respiración. A pesar de que sabía que ese momento llegaría y todo apuntaba a que iba a hacerlo justo esa noche, una oleada de sentimientos la dejaron sin palabras, incapaz de hacer nada que no fuera cambiar la mirada del anillo de oro con un diamante blanco engastado a los ojos grises de Draco.

Los dedos de la mano libre del mago buscaron los suyos y se llevó la mano a los labios para depositar un suave beso en la piel de la parte interna de su muñeca, todo sin separar la mirada del rostro de Hermione. Draco no se arrodilló; de hacerlo, no estaría siendo fiel a su carácter arrogante y altivo. A ella no le importaba: no pretendía que cambiara su forma de ser.

—Hermione Nott —empezó Draco—, llevo detrás de ti desde tercer curso, pero hasta cuarto no te dignaste a aceptarme. Desde entonces, no ha habido un solo día en que no me alegre de despertar sabiendo que te tengo en mi vida —dijo con una sonrisa. Hermione abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla: su momento todavía no había llegado—. Mi vanidad me impediría estar con alguien a quien considerara mínimamente inferior o indigna. ¿Me harías el honor de recordarme cada segundo del resto de mis días la suerte que he tenido de encontrarte?

Draco se quedó callado y la miró expectante. No parecía nervioso, sino todo lo contrario: estaba satisfecho por haber dado, por fin, el gran paso. Hermione apretó los labios, intentando no mostrarse tan exultante como se sentía, pero no pudo conseguirlo. Sonrió, una sonrisa de felicidad pura y plena, antes de asentir repetidamente.

—¡Sí! —verbalizó su respuesta—. Claro que sí.

Draco deslizó el anillo por el dedo anular de su mano izquierda. Sin embargo, frunció ligeramente el ceño cuando vio que le quedaba grande.

—Qué raro —musitó.

—¿Qué pasa? —preguntó Hermione; el pánico la inundó, convirtiendo su emoción en astillas de hielo. ¿Qué había salido mal? ¿Habría hecho algo ella?

Draco apuntó hacia la mano de la bruja con su varita e hizo que el anillo se volviera más pequeño, hasta ceñirse perfectamente al dedo. Su gesto preocupado se suavizó y asintió con satisfacción.

—Nada, es que es el anillo familiar y se suponía que se adaptaba solo al dedo de la novia, pero mi madre se habrá confundido.

Hermione se miró la mano con perplejidad, pero al fijarse en lo bonita y elegante que era la joya, empezó a olvidársele el pequeño percance casi al instante. La reciente declaración le había obnubilado los sentidos y no quería pensar en nada que no fuera ese momento (casi) perfecto.

—Es precioso —musitó sonriendo.

Draco la acercó a él y levantó su rostro cogiéndola suavemente por el mentón para mirarla a los ojos.

—No posee ni una milésima parte de la belleza de la chica que lo luce —dijo antes de besarla tiernamente.

Hermione le devolvió el beso con intensidad. Pese a que habían compartido ese tipo de gestos mil y una veces, aquel se sintió especial: sabía a inicios, promesas y felicidad.

Cuando se separaron, Draco le quitó el collar, rozándole el cuello en el proceso. La piel de Hermione se erizó, lanzándole un escalofrío nada desagradable a su espina dorsal.

—¿Y ahora qué pasa? —inquirió—. ¿Alguna sorpresa más?

Draco rio entre dientes y negó con la cabeza.

—Te lo quito ahora antes de que empiece a molestarte. Falta la segunda parte del regalo ¿o no te acuerdas?

—Oh. —Hermione se sonrojó, sintiéndose una tonta inocente. Hizo acopio de valor y levantó la cabeza; enarcó una ceja, como si las implicaciones de las palabras de Draco no la hubieran afectado—. Bueno, en ese caso… —añadió en tono casual.

En la cara de Draco se dibujó una sonrisa sugerente mientras ponía las manos en sus hombros. Fue bajándolas, haciendo que sus dedos apenas tocaran su piel; a veces, excitaba más lo que se intuía que lo que se hacía directamente. Hermione se mordió el labio inferior cuando las manos de Draco pasaron por los lados de sus pechos y descendieron por su cintura. Jadeó cuando el rubio siguió bajando hacia sus piernas, pero soltó un grito de sorpresa cuando, de repente, la cogió y la elevó, obligándola a rodearle la cintura con las piernas y el cuello con las manos.

—¡Draco! —lo increpó.

Este no le dio tiempo a quejarse más: volvió a besarla, esta vez con ansia. Sus lenguas se encontraron y, mientras se sumían en una de las mejores batallas que existía, el mago la cargó escaleras arriba.

—Hoy quiero verte tener un orgasmo en mi cara —susurró él en su oreja mientras giraba hacia su dormitorio.

Hermione sonrió. No iba a ser ella quien se opusiera a eso.


-N/A: Queréis matarme, lo sé, lo sé. No tengo perdón de Dios, pero decidí que el capítulo ya era bastante largo como estaba (9'7k) y decidí dejar el lemon a vuestra imaginación ;)

Bueno, dejando ese final de lado... ¿Qué os han parecido los regalos? Estoy plantando la semilla de la duda con pequeños detalles sobre el origen de Hermione, así que en algún momento atará todos los cabos. ¿Qué opináis del regalo de Draco? Desde luego el chico se lo trabaja, ya me gustaría a mí. ¡Dejadme un review con vuestra opinión! (Un review= una visita nocturna de Draco, jeje).

RESPUESTA A REVIEWS:

-Margarite Paroi: Sí, me gusta darles voz a personajes que normalmente no son tan importantes en un fic, creo que cuando eres estudiante te relacionas con mucha gente fuera de tu círculo más íntimo y a veces te llevas sorpresas agradables con amistades que no esperabas. Espero que te haya gustado la pedida de mano de Draco, puede ser cliché pero me reservo el efecto sorpresa para otro momento que vendrá en un futuro. Y por supuesto, el golpe será duro, pero creo que les será muy útil a todos para crecer y darse cuenta de qué quieren en la vida. Gracias por tu review :)

-Tu esposa: Qué bella mujer me busqué (aunque haya momentos en que me llames cosas demasiado feas para decir aquí. Sí, sí, yo también te digo cosas, no me ataques por Whats). Yo tengo 100% de fe en ti y espero que para celebrar tus aprobados nos compartas otro capítulo de ese maravilloso fic que tienes en proceso.

-Guest: Gracias por tu review. Sí, creo que Hermione en el canon ya es una persona fuerte y en el fic la criaron para no ser una niñita llorona (a su padre eso no le habría gustado nada jaja). Lo pasará mal, pero también sabrá hacerse valer.

La próxima actualización será el 27 de junio. N/A-

MrsDarfoy

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OFF-TOPIC: Quiero recomendaros los cuatro fics en proceso que estoy leyendo, porque son muy buenos y estoy segura de que os gustarán :) Dejo a continuación el título y su autora por si os apetece echarles un ojo.

-Thánatos de AliciaBlackM: Guerra en curso. 2 capítulos publicados hasta el momento.

-Healer Malfoy de LyraDarcyFoy: Draco medimago y Hermione auror. 7 capítulos publicados hasta el momento.

-Superficial Love de Mary Eagle Med: Relación falsa. Post-guerra. 14 capítulos publicados hasta el momento.

-Lo que esconde tu interior de Lectora en las Sombras: Draco fabricante de pociones, maldición extraña en Gran Bretaña. 5 capítulos publicados hasta el momento.

¡Si los leéis, no olvidéis dejar un bello review!