-N/A: ¡Hola! Este capítulo es uno de los más cortos, con solo 6000 palabras, pero empezamos a ver la tensión de Hermione por cosas que intuye pero no termina de ver. Las que me siguen en Facebook saben de qué hablo ;) y las que no pronto lo sabrán jeje.

Agradecimientos especiales a fergrmz, Hanya Jiwaku, Dani Valdez, annath06, Lectora en las Sombras, sofihikarichan, NatxiaUnderwood, luna-maga, Selene1912, hadramine, HijaDeFrazel, Margarite Paroi, Love'sHeronstairs, NoraCg, Angela-MG, Jazmin Li, Heydi0503, Effy0Stonem, hadramine, Between Black and White y Sally ElizabethHR por sus maravillosos reviews. Creo que he respondido a todas, si no es así me lo decís y lo hago con mucho gusto :) Muchas me habeís expresado que ya estáis sufriendo por el momento en que se descubra el origen de Hermione y si Draco y Theo la rechazarán. Pensad en cómo han sido criados y en que, en el fondo, son unos niñatos. Deberán madurar primero para entender qué es lo más importante y luchar por lo que quieren ;) Pero recordad: este fic tendrá final feliz.

Aclaración sobre temas académicos: Como en el canon Harry, Ron y Hermione van en busca de los horrocruxes durante lo que habría sido su séptimo año, hay muy poca información sobre ese curso, por lo que he usado elementos de cursos anteriores. Para las que también son escritoras, en Harry Potter Wiki podréis encontrar toda la información que queráis sobre el canon, ordenada y con explicaciones minuciosas. De verdad, si no lo conocíais y empezáis a usarlo se convertirá en vuestro mejor amigo :D

Ya no os doy más la lata jajaja. ¡A leer! N/A-


Into the Light


VII. Las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista. (Mahatma Gandhi)

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Los siguientes días, Hermione se paseaba por Hogwarts como si flotara en una nube de felicidad inmarcesible. No era una persona vanidosa, pero le gustaba que le dieran la enhorabuena por el compromiso, aunque pasara un poco de vergüenza. Estaba tan contenta que no le importaban las miradas envidiosas ni los cuchicheos a su paso. Además, seguía ganando puntos para Slytherin —y en algunas clases incluso más que antes—, porque estaba más afilada en sus respuestas que nunca.

La única sombra que enturbiaba su perfecta escena era una respuesta que no recibió hasta el miércoles siguiente a su cumpleaños. Una lechuza dejó caer delante del plato de su desayuno una carta con el sello de los Nott estampado. Hermione se olvidó por completo de la comida y abrió la carta rápidamente.

—¿Es de mamá? —preguntó Theo, inclinándose para leerla. Su hermana asintió, pero se movió rápidamente hacia el lado contrario para que no viera su contenido—. Eh, vale, doña secretitos.

Para suerte de Hermione, su hermano nunca había sido de insistir mucho, por lo que se giró para charlar con Millicent y Daphne. Hermione aprovechó que nadie (ni Draco, sumido en sus pensamientos matutinos) le prestaba atención para abrir la carta y leerla rápidamente.

Querida Hermione:

¡No sabes cuánto me alegro! Mi más sincera enhorabuena, cariño. Estoy segura de que el momento fue perfecto y espero que estés todo lo contenta que te mereces. Presume de anillo todo lo que puedas, haz que todos deseen ser mi preciosa e inteligente hija.

Perdona que no haya respondido antes, estos últimos días no me he sentido muy bien, pero ahora estoy mucho mejor. Pensar en los planes de la boda me ha insuflado energía.

Respecto al regalo de los abuelos, no te preocupes. Debía de ser un hechizo mal hecho. Ya lo he solucionado y dentro había unos pendientes de diamantes preciosos. Creo que combinarían muy bien con ese vestido rosa que te pusiste para un baile en Hogwarts, si es que alguna vez quieres volver a usarlo.

Por cierto, tu padre, por supuesto, también se alegra mucho por ti. Dale un beso a tu hermano de nuestra parte. Te quiere,

Tu madre

A pesar de que no mencionaba cómo había conseguido abrir la caja exactamente, Hermione desoyó a esa vocecilla que le exigía averiguarlo y se dio por satisfecha con la respuesta, algo que era bastante raro en ella. Con cualquier otro tema, no pararía hasta conocer todos los pormenores, pero había algo en su interior que le decía que no necesitaba saber eso en concreto.

Sonrió, apartando a un lado la desazón mental que le había causado aquel inconveniente. Ahora tenía más joyas de las que podía desear, pero tenía claro que a unas les tenía más cariño que a otras. Se rozó el colgante con forma de corazón de Draco y volvió a sonreír. Sí, ahora no había nada de qué preocuparse.

Volvió a guardar la carta y carraspeó.

—Era mamá felicitándome por el compromiso. Dice que te mandan un beso —explicó a Theo.

Este hizo un ruidito incrédulo con la lengua.

—Sí, seguro que padre también quiere darme un beso —replicó con sarcasmo.

—Eso me recuerda que se me olvidó preguntarle a mi madre por qué el anillo no funcionó cuando te lo puse en el dedo —le dijo Draco en voz baja—. Me matará por no contárselo en la última carta.

—¡No! —exclamó Hermione casi sin pensar. Varios lo miraron, por lo que se obligó a contenerse—. ¿Para qué preocuparla? Lo importante es que tú pudiste hacerlo más pequeño y ahora me queda perfecto. —La bruja levantó una mano en su dirección, reafirmando sus palabras con la visión del anillo en su dedo.

Draco torció el gesto y pareció considerarlo durante unos segundos, tiempo durante el cual Hermione contuvo la respiración. No entendía por qué era tan importante para ella mantener en secreto el problema con los pendientes de sus abuelos y el anillo de los Malfoy, pero presentía que, si lo contaba, se metería en algún lío.

—Además —añadió, esta vez en un tono más seguro y tajante—, el anillo es de los Malfoy y tu madre era una Black, no tendría por qué saber qué hacer. Y no creo que a tu padre le guste que lo molestes por una simple joya.

Draco no parecía querer dejar el tema, pero la mención de irritar a su padre pareció convencerlo de que la idea de Hermione no era tan mala después de todo.

—Tienes razón —convino. Cogió la mano de la bruja donde llevaba el anillo y observó la joya, esbozando un gesto satisfecho—. Además, ni se nota que lo tuve que modificar yo.

Hermione asintió y soltó un suspiro aliviado que disimuló llevándose rápidamente su vaso de zumo a los labios.

La mañana avanzó tranquila. A primera hora tenían Historia de la Magia, por lo que la mitad de la clase apoyó la cabeza en una mano y se puso a dormitar y otro cuarto se pasó las dos horas deseando haberse quedado en la cama. Solo Hermione y un par más de alumnos prestaban verdadera atención, aunque la bruja presentía que los otros lo hacían porque empezaban a estar desesperados con trabajos que no tenían ni idea de cómo completar y el prospecto de un ÉXTASIS desastroso acercándose lento pero seguro.

Sonó la campana del fin de la primera clase y los alumnos se apresuraron a recoger sus cosas y salir de aquella tortura. El profesor Binns ordenó sus apuntes y atravesó la pared delantera del aula para volver a saber dónde. La segunda clase era Cuidado de Criaturas Mágicas, por lo que salieron del castillo, porque la asignatura se impartía en el linde que había delante del bosque.

Hermione iba charlando tranquilamente con Daphne cuando oyó la conversación que Seamus Finnigan estaba manteniendo con otros gryffindors: Neville Longbottom y Ronald Weasley.

—¿Creéis que se lo quita para ducharse o se baña con él puesto? —Los tres magos rieron y Hermione enrojeció, mirándose la mano. Estaba claro que hablaban de ella.

—¿Os imagináis que lo pierde? Sería gracioso verlos a ella y Malfoy rebuscando por todos los rincones de Hogwarts —dijo el pelirrojo.

—Os va a oír —advirtió Longbottom en voz baja, echando un vistazo rápido hacia donde estaban Hermione y Daphne. Palideció al dar con la mirada fría de la protagonista de su conversación—. Mierda.

Hermione aceleró el paso para ponerse a su altura y empezó a andar a su lado tranquilamente. Los gryffindors la miraron con expresión entre confundida y alarmada.

—¿Bonito, verdad? —dijo, levantando la mano para enseñarles su anillo de compromiso—. ¿Sabéis qué es más bonito aún? —preguntó. Su sonrisa desapareció de repente—. Meteros en vuestros jodidos asuntos.

—Nosotros no… —empezó Weasley, que había enrojecido hasta las orejas.

—Oh, por favor, Weasley, no insultes a mi inteligencia —cortó la bruja—. ¿No te dije hace un tiempo que teníamos que empezar a ignorarnos? ¿Qué ha pasado, tan poca memoria tienes? —espetó con crueldad.

—Era solo una broma, Nott. Relájate un poco —replicó Finnigan, mirándola con expresión desafiante.

Hermione se detuvo y los chicos, inconscientemente, la imitaron. Ella sonrió con los ojos entornados, un gesto completamente seco y vacío de calidez o simpatía.

—Más vale que te relajes tú, Finnigan. Hace tiempo que no haces explotar nada y ya sabemos lo que pasa cuando te pones nervioso. Sería una lástima que sucediera algo durante la clase, ¿no crees? —le dijo en tono casual, aunque su expresión daba a entender completamente lo contrario.

Realmente nunca provocaría un accidente, y menos uno que incluyera fuego, porque no soportaría ver a nadie herido por su culpa, pero eso Seamus Finnigan no lo sabía.

—¿Me estás amenazando?

—¿Qué pasa, Hermione? —Su hermano, viendo la inusitada interacción, se acercaba a ellos en esos momentos. Draco estaba más allá, contemplándolos; sabía que a Hermione no le gustaba que interfiriera en sus asuntos—. ¿Algún problema? —preguntó, mirando a los gryffindors con expresión amenazante.

Era excepcional ver a Theodore Nott enfadado, pero todos sabían que no tenía ningún dilema moral en usar su varita si lo creía necesario.

—Qué va —repuso Hermione, restándole importancia al asunto con un ademán de la mano—, solo estaba recordándoles cómo son las cosas. —Miró al irlandés—. Yo nunca amenazo, eso os lo dejo a vosotros, que tanto os gusta haceros los valientes.

Entrelazó un brazo con uno de su hermano y avanzaron juntos, dejando a los leones atrás. Sin embargo, una expresión indignada se había instalado en su rostro y se negaba a desaparecer.

—¿Estás bien? —preguntó Theo cuando se dio cuenta.

—¡Es que no entiendo qué les hecho yo! —exclamó.

—No les hagas caso. Son imbéciles y creen que eres un objetivo más inofensivo que Draco o cualquiera de los demás —dijo su hermano en un intento por calmar su alteración.

Hermione bufó.

—Hombres —masculló—. Deberían de estar agradecidos de que nunca me he metido con ellos por voluntad propia.

Era cierto: Hermione nunca, ni una sola vez, había empezado una discusión. Más bien había intervenido en alguna pelea ajena (porque no permitía una falta de respeto hacia su casa) y había tenido que defenderse de casos como aquel, cuando se reían de ella sin motivo alguno. La ironía era que precisamente por eso estaba enfadada: se cebaban con ella porque tenían miedo de la mitad de los slytherins, a pesar de que ella les había demostrado que era perfectamente capaz de devolver los golpes. Su problema era que nunca jugaría sucio, algo de lo que se enorgullecía, pero que, aparentemente, le traía más problemas de los que debería.

Theo le palmeó cariñosamente la mano que tenía sobre su brazo, pero frunció el ceño al fijarse en su muñeca. Hermione retiró el brazo rápidamente, pero ya era demasiado tarde.

—¿Y el reloj que te regalé?

Su hermana apretó los labios en un mohín de disculpa. Podría mentir, pero no tenía sentido: no podría aplazar el momento para siempre.

—Lo siento, ¡es que me llevo un susto de muerte cada vez que oigo una voz en mi cabeza! —se justificó—. De verdad que el reloj me encanta, pero ayer me despertó con un grito y casi me da un infarto.

Theo, lejos de enfadarse, soltó una carcajada.

—Vale, igual la teoría me quedó muy bien, pero la puesta en práctica tiene sus fallos. ¿Quieres que lo modifique? Puedo bajarle el volumen y añadirle algún sonido inicial o una vibración para que te avise de que va a hablar.

—¿Te he contado alguna vez que tengo al mejor hermano del mundo?

Su hermano bufó divertido.

—Y yo que pensaba que mi hermanita no recurría a adulaciones para evitar ofensas. En fin —movió la mano en el aire para restarle importancia al asunto—, espero que esta vez quedes satisfecha con el reloj, porque la primera versión la empecé en julio y terminé en agosto y aun así… No prometo que salga nada bueno ahora —advirtió en tono bromista.

Hermione entrecerró los ojos.

—Pero si el día antes de nuestro cumpleaños… —empezó.

Theo apartó la mirada.

—Mira, ya hemos llegado. Me preguntó qué será lo que tiene Hagrid en esas cajas —cambió de tema rápidamente.

Tuvo suerte, porque si enorme profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas ya era una atracción de feria por sí solo, parecía que se esforzaba porque las criaturas que traía para estudiar en clase estuvieran a su nivel de rareza.

—¡Buenos días! —saludó alegremente.

A nadie le pasó desapercibido que los pequeños ojos del semigigante se detuvieron en Potter y sus amigos concretamente. Todo el mundo sabía que el guardabosques tenía sus alumnos favoritos y, aunque intentaba ocultarlo, raramente triunfaba.

—A ver qué monstruosidad nos tiene preparada hoy. —Draco, que se había acercado a ellos junto a Blaise y Crabbe y Goyle, ni se molestó en bajar el tono de su voz. El mago se posicionó junto a Hermione y la miró con atención—. ¿Qué te han dicho esos imbéciles antes? —preguntó. A él tampoco se le había escapado la «conversación»—. No parecías muy contenta.

—Nada importante —replicó ella. Si Draco tenía que enfrentarse a alguien, al menos que fuera sin la presencia de un profesor, aunque no veía por qué tendría que hacerlo: ella ya lo había solucionado sola—. La clase va a empezar, luego lo hablamos —añadió con ambigüedad.

—Hoy vamos a empezar a estudiar a los escregutos de cola explosiva —anunció Hagrid en tono lleno de orgullo—. He conseguido crear híbridos entre mantícoras y cangrejos de fuego, ¿no es emocionante? —Pero por las distintas expresiones que se formaron en las caras de los alumnos, muchos estaban experimentando sentimientos que podían ser cualquier cosa excepto emoción. Hagrid se dio cuenta y su sonrisa vaciló, pero siguió con su explicación—: De momento son crías, así que no son muy peligrosas.

—¿Ha dicho «muy» peligrosas? —masculló Blaise en voz baja.

—Venid, acercaos. —Los estudiantes obedecieron con reticencia, y se mantuvieron a un metro de distancia de la caja más grande junto a la que se había plantado el profesor—. Vuestra tarea será coger un escreguto, meterlo en una de las cajas —señaló las construcciones de madera más pequeñas que había esparcidas por el claro— y alimentarlo. ¡Fácil y sencillo!

Hermione negó con la cabeza.

—Eso dice ahora, veremos cuántos heridos hay al final de la clase —murmuró.

—¿Qué? —preguntó su hermano.

—Nada. Venga, vamos a ver cómo son los bichos. —Se pusieron en la cola y Hagrid fue repartiendo a los estudiantes unos guantes de un dedo de grosor que llegaban hasta el codo. Cuando llegó a la altura de Hermione, esta no pudo evitar preguntar—: Profesor, ¿cómo ha conseguido que una mantícora y un cangrejo de fuego se reproduzcan?

Pese a que el hombre se alegraba de que alguien demostrara interés, cambió el peso de un pie al otro con incomodidad.

—Bueno, señorita Nott… Verá… Es un proceso muy difícil… Será mejor que siga repartiendo los guantes, no quiero que nadie se haga daño.

Hermione lo observó alejarse con incredulidad y se puso los guantes mientras negaba con la cabeza. No le disgustaba el profesor, y estaba convencida de que hacía todo lo que podía y siempre de buena fe, pero no sabía si su método era el más adecuado. Todavía recuerda el incidente que tuvo Draco con el hipogrifo en tercero, aunque en aquella ocasión se había puesto de parte del animal: Draco no tendría que haberlo insultado.

Cuando le llegó el turno de coger su escreguto, ya iba con cara de aprensión. Había visto a sus compañeros sacar de la caja una cosa gris con un número indeterminado de patas, y no parecían ni bonitas ni dóciles. «¡Cogedlas de manera que la cola apunta hacia el lado contrario a vosotros!» había advertido Hagrid.

Con expresión asqueada, se inclinó y cogió el bicho que tenía más cerca. Se parecía a una langosta, en el caso de que estas fueran de un gris enfermizo, tuvieran varias patas de más y olieran a pescado podrido. Tuvo que apretarlo con fuerza, porque su piel era resbaladiza. Si nadie vomitaba en toda la clase, Hermione se sorprendería gratamente.

Miró a su alrededor y vio una caja vacía junto a Daphne Greengrass, así que se colocó junto a la bruja rubia. Dejó al escreguto con cuidado en la caja y suspiró con alivio cuando retrocedió varios pasos.

—Podemos criticar muchas cosas de esta clase, pero nunca que sea aburrida —le confió Daphne en tono divertido.

—Pues no sé qué decirte: yo preferiría otra clase de Historia de la magia, sinceramente.

—¿Por qué? ¿No te gustan estas criaturitas tan bonitas? —intervino Blaise, que se había puesto junto a Hermione—. Yo voy a llamar al mío Wilfred, en honor al tercer marido de mi madre.

—¿El que murió atragantado con un hueso de pollo? —inquirió Hermione, intentando no reír y sonar como una mala persona.

—Exactamente —confirmó el mago—. Qué destino más ridículo para un mago; no le duró a mi madre ni tres meses —añadió en tono teatral.

Los tres slytherins tuvieron que contener las carcajadas. Blaise se tomaba que su madre cambiara más de marido que de peinado de la única forma que hacía soportable la situación: con humor.

Hagrid les repartió la comida que debían darles a los escregutos; aparentemente, las criaturas eran omnívoras, por lo que entre su dieta estaban pequeñas sardinas que debían de haber pasado tres días al sol (por el olor que desprendían), zanahorias cortadas en pequeñas tiras, y huevo duro. Hermione estuvo tentada de soltar algún comentario mordaz, pero prefirió ahorrárselo: Hagrid le daba pena, porque era el profesor menos respetado y no quería contribuir a las burlas contra él.

A partir de ese momento se hizo el silencio en el claro: todos estaban demasiado ocupados intentando alimentar a las bestezuelas sin quemarse en el intento. Hasta que no hubieron empezado su labor a Hagrid no se le ocurrió mencionar que, cuando se alteraban, soltaban chispas por la cola que, en el mejor de los casos, te soltaban una pequeña descarga eléctrica y, en el peor, podían prender fuego a tu ropa o quemarte la piel.

Cuando faltaba media hora para el final de la clase, unos ruidos extraños seguidos de varios gritos y maldiciones. Hermione se giró inmediatamente y localizó el origen del alboroto: Ronald Weasley había perdido uno de los guantes y se cubría el brazo con la mano contraria mientras se apartaba de su caja entre siseos de dolor; debía de haber perdido la protección y recibido una descarga del escreguto. Su compañero de casa Seamus Finnigan había corrido una suerte peor: la parte delantera de su túnica estaba en llamas. El último involucrado era Neville Longbottom, que retrocedía lentamente y miraba al escreguto que se aproximaba a él con la cara lívida por el pavor. La caja de la criatura, inexplicablemente, se había desmontado, dejándola libre.

—¡Por Circe! —Hagrid se aproximó a grandes zancadas a los dos alumnos y movió su gran varita para, primero, petrificar al escreguto libre, y después, sofocar el fuego que Finnigan intentaba apagar con palmadas sobre su pecho—. ¿Qué ha pasado? —preguntó completamente alterado.

Ronald Weasley apuntó con una mano hacia dos estudiantes que conseguían a duras penas contener las carcajadas. Hermione observó a Draco y Theo con los ojos entornados.

—¡Han sido esos…! ¡Esos…! —Weasley estaba pálido de ira y sus ojos soltaban más chispas que las colas de los escregutos.

—¿Esos… qué? —preguntó Draco en tono amenazante—. Venga, termina la frase si te atreves.

—Malfoy, basta —ordenó Hagrid.

El slytherin elevó el mentón y no dijo nada más, pero su expresión dejaba claro que lo hacía por decisión propia más que por obediencia.

—Profesor Hagrid, ¿cómo íbamos a ser nosotros? —señaló Theo inocentemente—. Draco y yo estábamos dando de comer a nuestros escregutos tan tranquilamente. Además, estamos demasiado lejos —añadió, abarcando con una mano el espacio que había entre los atacados y los supuestos atacantes.

La explicación sonaba muy convincente, aunque la mitad de la clase no la creía, incluida Hermione. Sin embargo, el profesor decidió dejarlo estar y mandó a Weasley y Finnigan a la enfermería, acompañado por Harry en calidad de prefecto para comprobar que estuvieran bien. También fue con ellos Longbottom, que seguía pálido cual pergamino.

Hagrid dio la clase por terminada en ese momento, completamente desanimado por cómo se había ido todo a pique casi al final.

—No lo entiendo… —lo oyó murmurar Hermione mientras el semigigante iba cogiendo a los escregutos para devolverlos a la caja grande.

Se apiadó de él.

—No se preocupe, profesor, ha sido un accidente tonto. Aparte de eso, la clase ha sido muy interesante —afirmó.

—¿De verdad? —El profesor no se había percatado del tono poco convencido con que Hermione había hablado, pero esta se alegró al ver que, sobre esa barba, el rostro del hombre se iluminaba—. ¡Bueno, en ese caso creo que los usaremos para más clases!

La bruja sonrió con aprensión.

—Qué bien. Hasta la próxima, profesor Hagrid.

Echó a andar hacia el grupo que la estaba esperando y que la miraba con cara de pocos amigos.

—Genial, Hermione, tu simpatía nos acaba de ganar unas cuantas semanas más de dar de comer a esos bichos repugnantes —le echó en cara Draco.

Ella lo miró con expresión airada.

—Perdona, pero si Theo y tú os hubierais estado quietecitos, Hagrid habría salido contento de la clase de hoy, así que técnicamente no es culpa mía.

—¿Nosotros? —Su hermano se llevó una mano al pecho en gesto teatral—. Me ofende que tú también creas que hemos tenido algo que ver.

Hermione enarcó una ceja y le dedicó una mirada impasible.

—Y a mí me ofende que pienses que soy tan tonta como para no creerlo. ¿Lo habéis hecho por lo que me ha pasado antes con ellos, verdad?

No obtuvo respuesta, pero la expresión arrogante de Draco y cómo Theo apartó la mirada le confirmó su teoría.

—Se lo tenían merecido —dijo su novio con terquedad.

Hermione bufó y negó con la cabeza.

—El tema ya estaba zanjado.

—Eres demasiado blanda con ellos —replicó el rubio.

—¡Eso es asunto mío! ¡Perdóname por no querer que terminen en la enfermería por mi culpa! —estalló—. Estoy harta de que me uséis como excusa para atacar a los demás. No estamos en el siglo XVII, no necesito que defendáis mi honor —señaló con sequedad.

Theo levantó las manos en señal de rendición.

—Tienes razón, Hermione. Perdónanos.

La bruja se detuvo y se cruzó de brazos, mirando a Draco con una ceja enarcada. Este puso los ojos en blanco.

—Siento haberte ofendido —pronunció las palabras en tono suave, acercándose a ella. Sin embargo, su expresión se endureció cuando añadió lo siguiente—: Pero no siento ni una pizca de lástima por el trío de inútiles. Si alguien se mete contigo, también lo hace conmigo.

—Tendré que conformarme con eso —replicó Hermione, aunque todavía tardaría varias horas en olvidar el asunto.

De hecho, cuando ya se había tranquilizado, recordó que esa noche tenían ronda nocturna de prefectos y el buen humor que había tenido durante la cena desapareció, dejando lugar a una tensión que crecía a medida que llegaba la hora de empezar.

Cuando Draco y ella recorrían el pasillo hasta el punto de encuentro, Hermione cogió al mago del brazo para detenerlo. Él la miró con las cejas enarcadas, porque si se detenían ahora iban a llegar tarde y sabía cuánto odiaba ella la impuntualidad.

—Prométeme que no sacarás el tema.

Lo miró con seriedad. Draco puso cara de fastidio.

—No. No voy a prometerte algo que posiblemente no cumpliré —repuso, encogiéndose de hombros.

Hermione negó con la cabeza y echó a andar con paso apresurado.

—Eres increíble —masculló.

—Me lo tomaré como un cumplido —respondió Draco con una sonrisa arrogante.

La bruja se detuvo y lo miró con expresión desafiante.

—Debo de haberlo dicho mal entonces. —Lo miró con súplica en sus ojos—. Por favor, Draco.

Los rasgos afilados del mago se suavizaron. Hermione sabía que no podría resistirse a que se lo pidiera así. Draco se creía muy duro, pero tenía sus debilidades: ver que estaba haciendo daño a Hermione era una de ellas.

—Está bien —concedió el rubio a regañadientes—, pero no voy a quedarme callado si empieza la Comadreja—añadió con ese tono obstinado de quién no estaba acostumbrado a las restricciones.

Aunque Hermione tampoco podía esperar ni pretendía que no respondiera a alguna provocación.

—Si empieza él, tienes mi bendición para hacer lo que quieras excepto empezar un duelo.

Draco resopló.

—Le quitas toda la diversión, Nott.

—Tenemos conceptos distintos de lo que es la diversión, Malfoy.

Llegaron junto a los demás y Hermione vio por el rabillo del ojo que Draco sonrió con satisfacción y malicia la ver que Weasley llevaba el brazo vendado. Sin embargo, fiel a su palabra, no dijo nada.

—¡Tú! —Desgraciadamente para la bruja, el pelirrojo había visto el gesto triunfal de Draco y ya lo estaba apuntando con su varita—. ¡Desgraciado!

El slytherin, lejos de ceder ante la provocación, le dedicó una sonrisa indolente y se encogió de hombros.

—Me han llamado cosas mucho peores, Comadreja, tendrás que esmerarte más. Pero no demasiado: no queremos que te marees por el esfuerzo y tengas que volver a la enfermería.

Hermione tuvo que apretar los labios con fuerza para no reír; Draco podía ser muchas cosas malas, pero tenía una fuente de insultos inagotable. Y la mayoría eran tan sutiles e ingeniosos que dejaban al oponente sin palabras.

Decidió intervenir antes de que Weasley pronunciara algún hechizo del que se arrepintiera después:

—No empieces una pelea que no puedas ganar, Weasley. Sin acritud, eh —añadió al ver la expresión ofendida de él—. Esta noche nos toca ronda juntos, así que más te vale tranquilizarte, porque no pienso aguantar tus quejas durante dos horas.

A pesar de que era con quién menos ganas tenía de pasar esa ronda, prefería que el pelirrojo estuviera con ella a que le tocara con Draco y la historia terminara con la milésima confrontación entre el slytherin y Weasley.

Hermione vio a Potter susurrarle algo a su compañero antes de reunirse con su pareja de esa noche: Anthony Goldstein. Draco indicó con un gesto a Hannah Abbott que se pusieran en marcha hacia la cuarta planta, que era donde les tocaba patrullar; Ernie McMillan y Padma Patil fueron al primero de los patios interiores; y la slytherin se quedó allí de pie, esperando a que Weasley se decidiera a moverse, porque les tocaba de la primera planta al sótano y las mazmorras.

Pasaron la primera hora en silencio, revisando aulas vacías y cualquier rincón donde pudiera haber alguien escondido. Sin embargo, Hermione empezaba a ponerse nerviosa: su compañero suspiraba sonoramente cada pocos minutos y la miraba de reojo cuando creía que ella no se daba cuenta.

—Si tienes algo que decir, dilo, Weasley —soltó la bruja, cruzándose de brazos y mirándolo con impaciente expectación.

El gryffindor enrojeció visiblemente, pero sus ojos parecieron mucho más interesados en una de las estatuas de la planta baja que en ella.

—N-no sé a qué te refieres —balbuceó en un tono tan bajo que Hermione apenas pudo entenderlo.

Ella puso los ojos en blanco.

—Lo que tú digas, pero para de resoplar, que pareces un caballo.

Se encaminaron hacia las mazmorras, sumiéndose de nuevo en el más absoluto silencio. Allí abajo hacía frío y estaba oscuro, por lo que iluminaron la punta de sus varitas con un Lumos. Ronald parecía inquieto, porque era la zona menos popular entre los estudiantes que no pertenecían a Slytherin, pero para Hermione aquello era como estar en casa. Estaba más que acostumbrada a la humedad, el sonido del viento rozando las paredes de piedra desnuda y el aspecto siniestro de las distintas mazmorras que había allí. Nunca en sus siete años de estudio se habían utilizado para encerrar a nadie, pero corrían todo tipo de historias macabras por el castillo.

—No sé cómo podéis vivir aquí abajo —dijo Weasley de repente, mirando a su alrededor con disgusto y cierto temor.

Hermione sonrió burlona.

—¿No te han dicho nunca que algunas serpientes prefieren los lugares oscuros y húmedos? —El pelirrojo parpadeó varias veces con perplejidad y apartó la vista. Hermione decidió apiadarse de él—. Nuestra sala común tiene una pared de cristal que da al lago. A veces vienen sirenas a vernos. Es precioso —explicó con suavidad—. Aunque no es agradable tener que estar aplicando hechizos contra el moho cada dos por tres. Y siempre tenemos la chimenea encendida —concedió—. No podía ser todo perfecto, ¿verdad?

—En Gryffindor cuando sopla el viento es casi imposible dormir. Parece que haya una banshee al otro lado de la ventana —respondió Weasley.

Hermione lo miró, sorprendida, porque no esperaba que dijera nada, y mucho menos que compartiera un detalle tan hogareño sobre su casa. El mago pareció darse cuenta y pese a la luz blanquecina de las varitas, pudo verse cómo enrojecía y apretaba los labios con fuerza. Para él debía de ser todo un shock mantener una conversación cordial con alguien de Slytherin.

Volvieron a la planta baja y de ahí cruzaron el pasillo en dirección contraria, para bajar a la zona de las cocinas y la sala común de Hufflepuff. Hermione ya se había resignado a pasar el resto de la velada sin hablar; sin embargo, parecía que Weasley se había empeñado en seguir siendo una caja de sorpresas. Murmuró algo ininteligible.

—¿Qué? —preguntó Hermione. Al ver la expresión desconfiada de él, añadió—: No pretendo que te arrastres, Weasley, de verdad que no te he oído.

El pelirrojo cerró los ojos un momento e inspiró hondo, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo.

—He dicho que lo siento. Por lo de esta mañana, ya sabes.

Hermione puso cara de circunstancias.

—En realidad lo que sientes es que te haya pillado. Si no os hubiera plantado cara, no estarías ahora diciendo que lo lamentas —repuso en su habitual tono de suficiencia. Tuvo que levantar la cabeza, porque el gryffindor era muy alto—. No me pidas perdón si no lo sientes realmente, Weasley.

—Como quieras.

Bajaron las escaleras y revisaron el pasillo que llevaba a las tres grandes salas que había allí abajo: la de Hufflepuff, la cocina, la despensa y la lavandería. En la sala común de los tejones no habrían podido entrar aunque quisieran, así que prosiguieron su camino.

Hermione sumida en sus pensamientos, se dio cuenta de que igual había sido un poco dura con sus palabras. Al fin y al cabo, ¿no solía pedir perdón la gente solo cuando era descubierta haciendo algo malo? «Ojos que no ven (o, en ese caso, oídos que no escuchan), corazón que no siente», eso se decía.

—¿Cómo tienes el brazo? —preguntó en un tono mucho más amable al pelirrojo.

Este lo escondió detrás de su cuerpo, como si le diera vergüenza el vendaje que llevaba.

—Madame Pomfrey dice que mañana por la mañana lo tendré como nuevo.

—Supongo que te habrá puesto una cataplasma de eucalipto y aceite de ruda —dijo Hermione en tono casual. La Medimagia era una ciencia que la atraía mucho; de hecho, estaba la segunda en su lista de posibles estudios post-Hogwarts.

Weasley asintió y se miró el brazo, confirmando la teoría de Hermione.

—A esos dos les hará falta algo más que una cataplasma cuando me vengue… —masculló en voz baja.

Hermione soltó una carcajada y lo miró con expresión sorprendida.

—¿Hablas de mi hermano y mi novio? Suerte.

Revisaron la lavandería; vacía, como era de esperar, así que siguieron hasta la cocina.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Weasley habló de golpe, lo dijo rápido, como alguien que había estado rumiando las palabras pero no encontraba el momento o el valor para pronunciarlas.

—Claro —respondió Hermione, deteniéndose en medio del pasillo.

Tenía verdadera curiosidad por aquello que despertaba en él la curiosidad suficiente como para romper esa norma no escrita que tenía de no relacionarse con los slytherins.

—¿Qué le ves?

La bruja retrocedió levemente, como si la pregunta hubiera sido un golpe físico, y dedicó a Ronald una expresión que para él debía de ser indescifrable. Se echó a andar, obligando al gryffindor a seguirla.

—¿En serio piensas que te voy a contar algo que puedas usar luego en mi contra? —replicó en tono airado.

—No es por eso. —Esta vez le tocaba a él mostrarse ofendido por la acusación—. Es que… Bueno…

—Suéltalo, Weasley, que dicen que guardarse las cosas es peor.

—¡Es que no entiendo cómo puedes querer casarte con alguien tan gilipollas! —exclamó él.

Hermione lo miró sorprendida y parpadeó varias veces, incapaz de creer que hubiera sido capaz de decir tal cosa. Sin embargo, decidió que no valía la pena enfadarse. Se pasó una mano por el pelo para comprobar que todo siguiera en su lugar, uno de sus gestos para recuperar la compostura.

—Vaya, no sabía que ahora teníamos esa confianza —repuso en tono calmado—. Cuando quieras quedamos en Hogsmeade para tomarnos una cerveza de mantequilla y hablar de nuestras vidas —añadió con sarcasmo. Ronald torció el gesto y apartó la mirada, pero Hermione se quedó con la sensación de que no habían zanjado el tema y explicó—: Pues mira, para tu información, te diré que nunca tendría el poco criterio de estar con alguien que se comportara conmigo como lo hace contigo. Espero que eso te valga de respuesta.

Ronald, para su sorpresa, se rio.

—Pues yo creo que sí que tienes poco criterio —replicó.

Hermione volvió a detenerse y se cruzó de brazos. Lo miró con desafío, esperando una explicación.

—Ilumíname, por favor.

La actitud fría y segura de la bruja hizo que el mago vacilara y empezara a ponerse rojo.

—Bueno… A mí me perturbaría estar con alguien que cambia de personalidad más que de camisa, la verdad. ¿Qué pasará el día que se le escape esa actitud de mierda contigo? —planteó, lanzando una mirada significativa al anillo de compromiso de Hermione. La bruja escondió instintivamente la mano dentro del bolsillo de su túnica.

Por primera vez, fue ella la que se había quedado sin palabras por el comentario de alguien. Su expresión se volvió sombría, pero movió la cabeza de un lado a otro con vehemencia.

—No tienes ni idea de lo que dices, Ronald. Ni idea —espetó—. No hables sin saber, por favor, porque solo dices estupideces.

Weasley frunció el ceño y empezó a andar hacia la cocina, la última estancia que les faltaba por revisar del sótano antes de volver a subir y terminar la ronda. Hermione decidió dejarlo ir solo y se quedó apoyada en la pared con expresión pensativa y el labio inferior ligeramente fruncido en expresión de desaprobación. ¿Quién se creía ese pelirrojo estúpido para juzgar el tipo de relación que tenía con Draco? Lo único que quería era desestabilizarla, hacerla dudar. Increíble, sencillamente increíble. Eso le pasaba por darle pie con su amabilidad; tendría que empezar a marcar más las distancias.

Por otro lado, podía entender su punto de vista parcial y subjetivo; si ella tuviera que soportar ser objeto de burlas y críticas de Draco, también lo odiaría a muerte, pero aquella enemistad había nacido mucho antes que ellos mismos, cuando se habían establecido las diferencias en cuanto a la pureza y lo que era verdaderamente importante en la sociedad mágica. No quería excusar a Draco, pero ninguna de las dos partes había hecho nada para llevarse mejor. No siempre empezaba el slytherin, los otros también lanzaban pullas hirientes. O lo intentaban, porque Draco parecía ajeno a cualquier provocación. Desde fuera parecía que no tuviera sentimientos, pero Hermione sabía que simplemente contaba con una coraza inquebrantable. Era la única manera que había de protegerse en el mundo en el que vivían.

Los pensamientos de Hermione se vieron interrumpidos cuando la segunda luz volvió junto a ella. Ronald parecía haber olvidado por completo su conversación intensa de hacía apenas unos minutos y venía comiéndose un bollo de chocolate. Por los bultos irregulares que sobresalían de su túnica, Hermione presentía que había robado comida, pero decidió pasarlo por alto.

—¿Quieres un donut? —le ofreció el gryffindor con timidez.

Al parecer, era su extraña forma o de disculparse o de disipar la tensión que se había instalado entre ellos. El primer instinto de Hermione fue decir que no, porque la voz de su abuela resonó en su cabeza («No se come a deshoras, Hermione»), pero hacía literalmente semanas que evitaba el dulce en cualquiera de las comidas. No pasaba nada por quebrantar la norma una vez. Y más teniendo en cuenta que los elfos de Hogwarts eran los mejores cocineros que había conocido nunca.

—Gracias —respondió en un tono perfectamente educado mientras cogía el donut de la mano de Ronald y le daba un mordisco.

Como había sospechado, sabía a gloria.

Para cuando llegaron al punto de encuentro, ya se lo había terminado y se había limpiado los dedos con un movimiento de varita, pero solo porque sus buenos modales le impedían chupárselos. Como fueron los primeros, se sentaron a esperar a los demás, aunque Weasley se fue al punto más alejado de ella, como si de repente todas las barreras que había entre ellos antes de su ronda se hubieran alzado de nuevo. A Hermione no le importó, de hecho, se alegró. Solo había una cosa que debía aclarar antes de que dieran la noche por terminada:

—Weasley —llamó. El pelirrojo la miró sorprendido, como si hubiera olvidado que estaba allí o le pareciera increíble que quisiera dirigirse a él—, ni una palabra de lo que hemos hablado.

—¿Amenazando a otro para que tampoco revele lo que habéis dicho, Nott? —Harry Potter, que se acercaba en aquellos momentos con Goldstein, los miró con expresión divertida.

—No es asunto tuyo, Potter —replicó Hermione. Miró al otro gryffindor significativamente—. De hecho, no es asunto de nadie.

Ronald Weasley asintió lacónicamente y se levantó para marcharse con su compañero. Hermione los observó desaparecer con expresión contrariada: ¿qué tenían las rondas nocturnas que parecían clases de filosofía? Tendría que dejar de ser tan simpática con los compañeros que le tocaban, porque siempre terminaban hablando de su vida y eso era completamente inaceptable.

—¿Nos vamos? —La voz de Draco la sacó de su ensimismamiento.

Hermione asintió y se levantó rápidamente. Se acercó al rubio con una sonrisa que igualaba la de él. Se dieron un beso antes de emprender su camino hacia la sala común de Slytherin.

Draco frunció el ceño levemente mientras se pasaba la lengua por los labios.

—¿A qué sabes? —preguntó—. ¿Chocolate?

Hermione rio.

—Me has pillado.

—Hermione Nott robando comida de la cocina, quién iba a sospecharlo nunca —dijo Draco, entre sorprendido y burlón—. Te vas a ganar la enemistad de los hufflepuffs como se enteren de que quieres hacerles competencia.

—Yo no he robado nada —repuso la bruja en tono misterioso.

El mago enarcó una ceja.

—Difícilmente ibas a conseguir comida si no es así.

Hermione sonrió de manera enigmática, pero no respondió. Consideró más sabio no revelar que había aceptado un donut de Ronald Weasley, porque no quería que estallara una segunda guerra mágica.


-N/A: ¿Qué os ha parecido? A Ron parece que le va el masoquismo, siempre molestando, pero hay una razón detrás de su comportamiento que se desvelará más adelante. ¿Creéis que ha hecho bien disuadiendo a Draco de hablar con su madre sobre el anillo? Parece que en su subconsciente empieza a sospechar que algo va mal, pero todavía está fuera de su alcance.

¡Recordad darme amor en forma de review!

La próxima actualización será el 8 de julio. N/A-

MrsDarfoy