-N/A: ¡Hola! Sí, sé que algunas esperabais una actualización el sábado, pero decidí alargarla unos días porque tengo una noticia semi-triste: en agosto no habrá actualizaciones, ni de este ni de ninguno de mis fics. Me voy a tomar el mes como vacaciones de FF (y Wattpad). Cada cierto tiempo necesito desconectar un poco del mundo de los fics y creo que ha llegado el momento. Pero no pasa nada, porque el 1 de septiembre me tendréis de vuelta :D
Otra semana más quiero dar las gracias a las maravillosas lectoras que me dejaron un review en el capítulo anterior: yulss957, Marycielo Felton, Fermrgz, Margarite Paroi, hadramine, Cris James, Lectora en las Sombras, Jazmin Li, Vale Malfoy Black, HijaDeFrazel, Love'sHeronstairs, Lilianne Ethel Nott, Hanya Jiwaku, sofihikarichan, Dani Valdez, Heydi0503, Tayler-FZ, Angela-MG, Selene1912, Sally ElizabethHR, Between White and Black, Natxia Underwood, Effy0Stonem, Yaro Alex y Karlagarcia04. Vuestros reviews me dan la energía que necesito para seguir y le dan vida al fic. No tengo suficientes palabras para expresar cuánto disfruto leyéndoos y respondiéndoos. N/A-
Into the Light
VIII. La cooperación no es ausencia de conflictos, sino el medio para resolver el conflicto. (Deborah Tannen)
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Hermione y Draco estaban en la sala común de su torre terminando una redacción de Transformaciones cuando el fuego de la chimenea se avivó repentinamente y escupió algo que salió flotando y se posó en el espacio que había entre ellos. Los slytherins se miraron con suspicacia y Draco le indicó con una mano que podía coger ella la carta. Antes de que el mago posara la mano sobre la mesa, Hermione ya había abierto el sobre y estaba inspeccionando su contenido.
—Queridos Premios Anuales —leyó en voz alta—: Sé que están muy ocupados con las tareas de este curso, el más importante de su vida académica, pero me gustaría robarles unos minutos de su tiempo para que vinieran a mi despacho. Quiero comentar con ustedes una idea que se me ha ocurrido para la fiesta de Halloween que, como saben, es en poco más de un mes. Quedo atento a su visita. Albus Dumbledore.
—¿En serio? ¿Qué extravagancia se le habrá ocurrido ahora al viejo? —rezongó Draco, dejando su pluma sobre la mesa y apartando el pergamino a un lado.
—¡Draco! —exclamó Hermione, fulminándolo con la mirada—. Contén esa lengua venenosa cuando hablas del director de Hogwarts.
El rubio puso los ojos en blanco, pero no varió su actitud.
—¿Qué más te da? No es como si él nos tuviera aprecio. Somos prefectos y Premios Anuales, porque le era imposible negar que nos lo hemos ganado a pulso. Si por Dumbledore fuera, su querido Potter ya sería el amo y señor del colegio —señaló en tono despectivo.
La parcialidad de Albus Dumbledore era palpable, pero Hermione no consideraba que se hubiera comportado de manera injusta con ellos en ningún momento. Puede que no fueran sus alumnos favoritos, pero la bruja había aprendido hacía mucho que no podía ganarse el beneplácito de todo el mundo.
—¿Qué hacemos entonces? ¿Vamos ya? —preguntó.
Se mordió el labio inferior, dubitativa, al contemplar su redacción. Solamente le faltaba la conclusión, aunque eso podía llevarle media hora más, como mínimo. Y eso porque se contenía, ya que McGonagall le había recordado en más de una ocasión que la capacidad de síntesis también era una virtud. La jefa de Gryffindor era el hueso más duro de roer al que se había enfrentado en la escuela: por más que lo intentaba, Hermione seguía teniendo la impresión de que no le caía bien. Pero, de nuevo, no podía ganarse el aprecio de todo el mundo, así que se conformaba con que le pusiera notas justas.
Draco se levantó.
—Sí, así nos lo quitamos de encima. Además, tengo curiosidad por saber qué quiere que preparemos.
Hermione lo imitó y los dos fueron a las escaleras. El despacho de Dumbledore estaba en la segunda planta y se accedía después de decir la contraseña frente a la estatua de una gárgola. Todos los prefectos conocían las palabras que debían decir para obtener el acceso a las escaleras de piedra que los llevarían a la oficina del director.
—Pastel de manzana —pronunció Hermione con voz clara y segura.
La gárgola se movió y dejó ver el inicio de unas escaleras que subían. Hermione pasó la primera y subió un escalón para dejarle espacio a Draco. Pese a la posición, la bruja seguía sin estar por encima de él; Draco se dio cuenta del detalle y esbozó una sonrisa ladeada antes de darle un rápido beso.
Las escaleras se abrieron a una sala amplia y luminosa, con grandes ventanales y las paredes llenas de estanterías donde los libros eran los objetos más ordinarios que se podía encontrar. Hermione juraría que en uno de los tarros había una criatura indefinida que brillaba tenuemente a periodos intermitentes.
El director de Hogwarts estaba sentado tras su escritorio, con las gafas en forma de media luna apoyadas en la punta de la nariz y los ojos claros concentrados en unos pergaminos que amontonaba en la mesa.
—¡Ah, estudiantes!
Oyeron una voz grave que no pertenecía a Dumbledore dirigirse a ellos. El Sombrero Seleccionador, que estaba reposando sobre una silla en una esquina, pareció cobrar vida. Una vez Hermione le preguntó a McGonagall cómo era posible la existencia de un ser como aquel, pero la profesora se había limitado a sonreír escuetamente y decir: «Hay magia muy superior a la que nosotros podemos emplear, señorita Nott, y desgraciadamente nunca tendremos acceso a ella».
—Buenas tardes —saludó Hermione con indecisión, pues no sabía si debía dirigirse al Sombrero o al director.
Dejó las palabras flotando en el aire y que se sintiera aludido quien quisiera.
—No hagan caso a nuestro viejo Sombrero Seleccionador, queridos —respondió el director con afabilidad, mirando a los slytherins por encima de sus gafas—, se alborota siempre que viene alguien nuevo de visita.
Esto no pareció sentarle muy bien al aludido.
—¿Viejo? ¿Viejo? —Sonaba ofendido. Hermione y Draco intercambiaron una mirada divertida—. Soy antiguo, sí, pero mi labor es fundamental… Nadie más podría hacerla… —Su tono pareció calmarse de repente. Su cara (si es que podía llamarse así a las arrugas que dibujaban unos ojos y una boca indefinidos) y todo su cuerpo se giraron hacia los alumnos—. Todavía recuerdo cuando mandé a Draco Malfoy a Slytherin, sí… Me recordó a su padre al instante, aunque hay mucho de su madre en él…
—Que no lo escuche mi padre o lo denunciará al Wizengamot —susurró Draco con una sonrisa burlona.
El Sombrero, mientras tanto, seguía con su perorata.
—Y tú, jovencita: Hermione…
Pero no siguió hablando, y la bruja se dio cuenta con cierta molestia, de que era porque no recordaba quién era. Quizás no era tan efectivo como quería hacer creer.
—Nott. Hermione Nott —terminó por él, intentando disimular el tono irritado.
—¡Ah, sí! Recuerdo a un Theodore Nott… ¿Sigue tan lleno de alegría como siempre? —preguntó.
—Sí —confirmó Hermione.
—Una lástima —masculló el Sombrero. Hermione frunció el ceño—. No recordaba que hubiera dos de vosotros, qué extraño…
Ante esto la bruja ya no supo cómo responder. Sin duda, pensó irónicamente, debería sentirse especial: era, probablemente, la única estudiante de cuya existencia el Sombrero Seleccionador no tenía constancia.
—No le hagan caso, queridos —intervino el director. Se levantó, dejando ver la ropa que llevaba aquel día: una túnica de un turquesa intenso. Señaló las sillas frente a su escritorio—, siéntense, por favor.
Los slytherins obedecieron y, una vez cómodamente sentados, miraron expectantes al director. El mago, a su vez, los observaba con un amago de sonrisa.
—Quería vernos por algo relacionado con la fiesta de Halloween —empezó Draco, que odiaba perder el tiempo de aquella manera. Delante de Dumbledore nunca le faltaría al respeto, pero tampoco pensaba quedarse a pasar la tarde charlando.
—¡Ah, sí! —exclamó el mago más mayor, como si hubiera olvidado por completo que les había mandado una nota unos minutos antes—. Verán, he tenido una idea. He estado revisando varios datos de Hogwarts y me he dado cuenta de algo asombroso. Me he dicho que tenemos que aprovecharlo, porque no se volverá a dar en mucho tiempo, me temo.
—¿Y qué es, señor director? —preguntó Hermione con amabilidad.
Sospechaba que al hombre le gustaba dar un poco de espectáculo, así que si le seguían la corriente, pronto sabrían qué tendrían que hacer. Dumbledore miró atentamente a ambos slytherins antes de decir:
—Este año hay trescientos treinta y seis alumnos.
Su rostro denotaba emoción contenida, pero para Draco y Hermione eso era como decirles que su color favorito era el azul: inútil e irrelevante.
—Perdóneme, señor director, pero no veo qué tiene eso de especial.
La calma de Draco empezaba a resquebrajarse, por lo que Hermione le lanzó una mirada de advertencia. Este se encogió brevemente de hombros, como excusándose.
—Es verdad, señor Malfoy. Me he adelantado sin explicar cuál es mi objetivo —apuntó Dumbledore. Se subió las gafas por el puente de la nariz y se recostó en su silla, juntando las yemas de los dedos frente a él, antes de seguir hablando—: Resulta que no han escapado a mi atención ciertos… roces, por llamarlos así, entre las distintas casas.
—Lo sentimos… —empezó Hermione, pero el mago levantó una mano y negó con la cabeza.
—Esto no es una reprimenda, señorita Nott, no se preocupe. Además, me consta que usted siempre se ha esforzado por mantener la paz. O que no empiece ninguna guerra, al menos —añadió el anciano en tono divertido—. Como decía, me he dado cuenta de que la armonía en Hogwarts no es tan fuerte como debería ser, así que he estado pensando maneras de unir a las cuatro casas. Por suerte, este año hay trescientos treinta y seis alumnos —repitió, mirando significativamente a los dos Premios Anuales.
Draco y Hermione se quedaron pensativos, puesto que su director no añadió nada más y se limitó a observarles con una sonrisita. El cerebro de Hermione empezó a buscar puntos de unión a una velocidad mayor que la de una Nimbus. Finalmente su expresión se iluminó.
—¡Trescientos treinta y seis es múltiplo de cuatro! —exclamó.
Dumbledore aplaudió brevemente y Hermione sonrió, henchida de orgullo. Draco la miró con admiración, muy a su pesar.
—¡Cinco puntos para Slytherin! Veo que la asignatura de Aritmancia se le da tan bien como me ha contado la profesora Vector.
Hermione se sonrojó, pero decidió volver a centrarse en el tema importante.
—Pero, profesor, aunque podamos aunarnos en grupos de cuatro, no todos los cursos tienen el mismo número de alumnos —señaló—. Además, ¿qué pasa si en algún curso hay más estudiantes de una casa?
Dumbledore le restó importancia con un movimiento de mano en el aire.
—No se preocupe, señorita Nott, ya lo he revisado y los números cuadran —repuso—. De no ser así, no les habría hecho venir, ¿no cree?
Hermione enrojeció, sintiéndose muy tonta.
—Claro —musitó.
—Espere, entonces —Draco, que había escuchado el intercambio en silencio, se inclinó hacia delante. Por su expresión, la idea del director no le hacía mucha ilusión. Probablemente prefería caerse de la escoba y partirse un brazo, viendo su cara de pocos amigos— ¿está diciendo que tenemos que…? ¿Qué? ¿Hacer grupos de cuatro para la fiesta?
—Exactamente eso, señor Malfoy —respondió el mago mayor, ajeno al enfado creciente del alumno de Slytherin—. Y no solo eso: ya que hay ocho prefectos, me gustaría que ustedes dieran ejemplo y se separaran en dos grupos, con un miembro de cada casa en cada uno.
Hermione estuvo tentada de soltar un gemido de horror. Se había dejado llevar por la emoción de descubrir los planes de Dumbledore y no se había parado a pensar en las implicaciones reales de estos.
—¡Pero, señor director…! —exclamó la bruja.
—¿Sí, señorita Nott?
Pero Hermione se dio cuenta de que se encontraba entre la espada y la pared: no podía protestar, porque se suponía que la figura del prefecto estaba para ayudar a que las cosas funcionaran bien en Hogwarts.
—Nada —respondió con reticencia—. Supongo que querrá que nosotros informemos a los demás —dijo certeramente.
—Si son tan amables. Confío en que los Premios Anuales logren convencer a los demás de que es una idea excelente. Como siempre, recuérdenles que este año también habrá un concurso, por lo que los grupos deberán esmerarse con sus disfraces —explicó Dumbledore. Parecía tremendamente divertido con la situación, porque no paraba de sonreír—. Pero no quiero entretenerles más, seguro que tendrán muchas cosas que hacer.
El mago se levantó y los alumnos hicieron lo mismo. Se despidieron escuetamente y bajaron las escaleras. Solo cuando estuvieron en el pasillo de vuelta a las escaleras principales, Draco se atrevió a dar rienda suelta a su ira.
—¡Jodido imbécil! —exclamó.
—¡Shh! —Hermione miró a su alrededor, preocupada por si alguien los había escuchado—. Haz el favor de calmarte.
Draco la miró con los ojos entrecerrados y la boca torcida en una mueca de desprecio, aunque no iba dirigido a ella.
—¿Qué quieres que haga, que llore de la emoción? —Se pasó una mano por el pelo, intentando calmarse—. No entiendo su lógica: ¿es que suelta siempre lo primero que le viene a la mente por la mañana?
Hermione soltó una carcajada.
—No seas ingenuo: debe de tenerlo planeado desde principio de curso, por lo menos. Solo ha esperado al momento más adecuado. ¡Te lo dije! ¡Vosotros y vuestras absurdas peleas! ¡Al final nos ha pasado factura!
Al ver a Hermione enfadada, Draco pareció contenerse.
—Bueno, ve pensando si prefieres a Potter o a Weasley, porque nos los vamos a tener que repartir —apuntó—. Tendremos que contárselo a los demás en la reunión del domingo —dijo con desgana.
La bruja enarcó una ceja y sonrió con suspicacia.
—Intuyo que me vas a dejar el trabajo sucio a mí.
Su novio sonrió inocentemente (si es que Draco Malfoy podía hacer eso) y le acarició la mejilla con el pulgar.
—Es que tú tienes más tacto. Ya sabes: debemos promocionar la paz entre casas. Si no lo consigues tú, yo desde luego no voy a hacerlo.
Hermione rio, olvidando la tensión de minutos antes.
—En eso tienes razón. Menos mal que nunca te dedicarás a la diplomacia.
—Sería un diplomático excelente. Lo que pasa es que no pienso desperdiciar mi talento en los gusarajos que tenemos por compañeros.
El último domingo de septiembre, los ocho prefectos de Hogwarts se reunieron, como era habitual, en una de las aulas vacías de la cuarta planta. Empezaron con los temas habituales: las rondas nocturnas y alguna que otra discusión por unos puntos quitados con los que alguien no estaba de acuerdo. La reunión estaba yendo demasiado bien, tanto que Hermione no se quitó de encima la sensación de que faltaba algo hasta que no salió el tema del quidditch.
—El primer partido es en dos semanas, así que Slytherin vamos a empezar a entrenar también entre semana —anunció Draco como si nada, aunque Hermione ya podía verlo afilarse las garras para atacar.
Potter y Weasley reaccionaron al instante, porque Slytherin jugaría contra Gryffindor el doce de octubre.
—¡El campo no es solo vuestro! —exclamó el pelirrojo, levantándose de la silla de golpe.
Draco soltó una risa cínica.
—¿Y quién ha dicho que lo sea, Comadreja? No vamos a pasarnos las tardes y noches allí metidos. Solo he tenido la amabilidad de informaros de nuestras intenciones, así que deja de hacer el ridículo y siéntate.
Draco enarcó una ceja en su dirección y movió una mano hacia abajo, como se haría con un perro para que se sentase. Weasley enrojeció hacia las cejas, pero obedeció sin rechistar. A Hermione, la intensidad de Ronald le parecía graciosa y exasperante al mismo tiempo. Como el quidditch no le interesaba lo más mínimo, se limitó a permanecer callada mientras se daba el intercambio. Por las expresiones de los de Hufflepuff y Ravenclaw, ellos también acababan de tener la brillante idea de entrenar de lunes a viernes, aunque fuera solo por joder.
—Tendríamos que repartirnos los días —apuntó Potter, mucho más calmado detrás de esas gafas horteras que no cambiaba desde primero.
—¿Y eso por qué? —preguntó Draco, juntando las manos frente a él encima de la mesa. Miró al gryffindor con una sonrisa desafiante y los ojos entornados—. Flint ya ha hablado con Snape y tenemos su permiso para salir al campo cuando queramos.
Los ojos verdes de Harry Potter brillaron, un relámpago de furia contenida.
—¿Y a mí qué el permiso de Snape?
—Cuidado, Potter.
Hermione se sintió en necesidad de intervenir. Lo que faltaba, que se metieran con el jefe de su casa. Al igual que McGonagall sentía cierta reticencia hacia las serpientes, a Snape le pasaba lo mismo hacia los leones. Y hacia la ineptitud, vistiera el uniforme que vistiera.
—El profesor Snape —reformuló Potter, mirándola intencionalmente— podrá haberos dado el permiso que él quiera, pero la profesora McGonagall también nos lo dará a nosotros. ¿Qué hacemos, el que primero llegue se lo queda?
Draco rio ante la ocurrencia, pero no de forma sincera, sino con condescendencia.
—Tu amigo el zanahorio puede dormir allí. Seguro que los bancos de las gradas son más cómodos que su casa.
Hermione lo observó con desaprobación, pero permaneció en silencio. Desde siempre había admirado la capacidad de Draco para no demostrar ninguna emoción que no fuera cinismo, desprecio o burla. Discutir con la gente era mucho más fácil cuando no dejabas ver cómo te afectaban las palabras ajenas.
La bludger estaba ahora en la zona de Gryffindor y había golpeado de pleno a Ronald Weasley.
—¡Alto! —Hermione se levantó de golpe, haciendo que los siete prefectos restantes la miraran con sorpresa. Sabía que no se esperarían su movimiento, por lo que debía aprovechar el momento—. Dadme vuestras varitas —exigió.
—¿Qué? —preguntó Padma Patil, mirándola como si se hubiera vuelto loca.
—Ni hablar —masculló Harry Potter, cruzándose de brazos.
—Preveo que no sabréis comportaros como seres civilizados y me niego a que empecéis a batiros en duelo aquí y ahora, porque alguien morirá. Si no soy yo por la vergüenza de tener que explicárselo a algún profesor, seréis vosotros, porque os mataré a todos. —Estaba exagerando, obviamente, pero su tono no dejaba espacio al diálogo—. ¡Vuestras varitas, ya!
A regañadientes, los demás sacaron sus varitas y se las pasaron. Hermione les aplicó un hechizo que las pegó a la mesa y, cuando comprobó que no se movían y nadie podía usarlas para pelearse, asintió satisfecha y movió una mano para indicarles que podían continuar.
—Bueno… —empezó Ernie McMillan. Con la intervención de Hermione, los ánimos se habían enfriado y ahora ya no tenía sentido seguir la discusión con el mismo nivel de enfado— yo creo que tendríamos que establecer un horario entre todos. Somos cuatro casas y hay cinco días a repartir.
—¡Sabes contar, McMillan! ¿No deberías cambiarte a Ravenclaw?
—Déjame en paz, Malfoy. ¿Te crees muy listo, verdad?
Draco esbozó una sonrisa petulante.
—No lo creo, sé que lo soy. No todo el mundo aquí puede afirmar lo mismo.
Las manos del hufflepuff se crisparon sobre la mesa y Hermione negó con la cabeza cuando lo vio observar con anhelo su varita.
—¿Podemos seguir, por favor? —preguntó la bruja en tono hastiado—. Me gustaría terminar antes de comer. Ya me parece suficientemente malo malgastar tiempo en el quidditch —añadió, ganándose un par de miradas indignadas, una de ellas de su novio.
—A ver —Padma Patil tomó la palabra; a ella, como a Hermione, tampoco le interesaba ver a los adeptos al quidditch malgastar un tiempo precioso que podrían estar usando en revisar los deberes que debían entregar el día siguiente—: si no podemos estar fuera del castillo después de las nueve, ¿por qué no dividimos el tiempo que hay entre la cena y el toque de queda? —propuso.
—Para no tener que pelearnos por el día extra, podemos reservar el viernes para los que tengan un partido más cerca —aportó Hannah Abbott tímidamente.
Hermione asintió.
—¿Veis? No es tan difícil. Si tanto os cuesta usar el cerebro para algo más que para atacaros los unos a los otros, podemos encargarnos las chicas, que parecemos las únicas con conexión neuronal.
Todos terminaron aceptando la idea que habían propuesto Patil y Abbott, por lo que pasaron la siguiente media hora elaborando una tabla y distribuyéndose los turnos disponibles.
—Bueno, pues ya está. —Hermione devolvió las varitas a sus respectivos dueños y tocó el pergamino con el horario de los entrenamientos extra con la suya para multiplicarlo y darle una copia a cada pareja—. Recordad informar a los jefes de vuestra casa. Yo mandaré una copia a Madame Hooch y a Hagrid para que lo tengan en cuenta.
Los prefectos de Hufflepuff, Ravenclaw y Gryffindor empezaron a levantarse, pero Draco soltó un suspiro molesto y los detuvo:
—No hemos terminado. Falta una cosa.
Miró a Hermione con las cejas enarcadas y esta imitó su suspiro de antes. Más valía que lo anunciara ella, que tenía más tacto.
—El director Dumbledore nos llamó a Draco y a mí en calidad de Premios Anuales y nos pidió que os trasmitiéramos el plan para la fiesta de Halloween de este año —empezó—. Al parecer, este año hay el mismo número de alumnos en cada casa, por lo que la idea de Dumbledore es que nos juntemos en grupos de cuatro con gente de otras casas y nos disfracemos juntos para la fiesta.
Las caras de los prefectos iban desde la perplejidad (Ronald Weasley) hasta la indignación (Michael Goldstein). Draco se limitaba a observar a los demás con su habitual desagrado; ni ver sus reacciones paliaba lo poco que le entusiasmaba la idea de Dumbledore.
—Entonces… —Ernie McMillan parecía querer poner voz a sus pensamientos para ver si así entendía mejor la situación— ¿no podemos ir con quien queramos? —preguntó.
—Eso he dicho, McMillan —replicó Hermione. Se obligó a suavizar su tono: los demás no tenían la culpa de que la idea les pareciera un disparate, porque ella opinaba lo mismo—. Tendréis que informar a los de vuestras casas para que empiecen a buscar gente. Hogwarts va a ser un caos la semana que viene —suspiró.
—Eso no es todo —intervino Draco—: Dumbledore ha tenido la brillante genialidad de que los prefectos vayan juntos en dos grupos.
—¡Merlín! —Padma Patil miró al resto con incredulidad—. ¿Nosotros? —Se echó a reír—. Algunos no vais a llegar al uno de noviembre.
Hermione no pudo contener una carcajada, porque era exactamente lo mismo que ella había estado pensando.
—Mirad, si queréis podemos hablar de lo descabellado e ilógico que es, pero creo que lo mejor es ser práctico y decidir ahora quién va a ir con quién. Cuanto antes lo hagamos, antes nos lo quitaremos de encima. ¿Alguna preferencia? —preguntó.
—Si puedo elegir, prefiero ir contigo que con Malfoy —respondió Ronald Weasley con rapidez.
Enrojeció levemente al ver la mirada sorprendida de Hermione.
—¿No quieres estar en mi grupo, Weasley? ¡Esta noche no podré dormir del disgusto! —exclamó Draco en tono sarcástico—. Tranquilos —miró al resto con desprecio—, sé que nadie quiere que le toque conmigo, pero yo tampoco quiero ir con vosotros, así que estamos en paz.
—Yo propongo que lo hagamos por sorteo. —Hermione cortó un pergamino en ocho y mandó los pedacitos a los prefectos—. Escribid vuestros nombres —convirtió unos cuantos papeles sueltos más que había sobre la mesa en cuatro bolsitas de colores: rojo, verde, amarillo y azul— y metedlos en vuestra bolsa correspondiente.
Los demás obedecieron como si estuvieran apuntándose en una lista para una estancia en Azkaban. Cuando los fragmentos de papel estuvieron en sus respectivas bolsas, Hermione conjuró un Accio y las atrajo hacia sí.
—¿Cómo se llamará el sentimiento contrario al de haber ganado la lotería? —preguntó Hannah Abbott con desánimo.
Hermione metió la mano en cada bolsa y sacó un papel de cada una. Los levantó para que todos pudieran verlos bien, y empezó a desdoblarlos para leerlos.
—¿Estamos todos de acuerdo en que no he hecho trampa de ninguna manera, verdad? —Asentimientos. Leyó los hombres primero para sí e intentó que su rostro no la delatara; dentro de lo que cabía, le gustaban sus futuros compañeros—. El primer grupo estará compuesto por mí, Harry Potter, Padma Patil y Ernie McMillan —anunció—. Así que el segundo seréis Draco, Ronald Weasley, Michael Goldstein y Hannah Abbott. ¿Todos conformes?
—No, pero ¿qué se le va a hacer? —masculló Goldstein, mirando con mala cara a Draco.
El rubio lo ignoró y se centró en el gryffindor que iría en su grupo.
—Estarás contento, Weasley. —Se ganó una mirada de odio del pelirrojo—. No pongas esa cara, al menos alguien de tu grupo tendrá clase y buen gusto. Y tranquilo, yo te financio el disfraz; no quiero hacer el ridículo por culpa de tu pobreza.
—De ti no quiero nada, idiota.
Hermione puso los ojos en blanco. Se levantó, dando así por terminada la reunión.
—Peleaos cuanto queráis, pero otro día. Ah, y recordad avisar a vuestra casa y empezar a pensar en un disfraz conjunto. —Miró a los tres integrantes de su equipo—. ¿Os parece bien que quedemos un día de la semana que viene para hablarlo? —sugirió.
—Si no hay más remedio… —replicó Harry en tono derrotado.
Salieron del aula abandonada y sus caminos se separaron en las escaleras. Mientras Draco y Hermione bajaban, oyeron a Weasley suplicarle a su amigo que le cambiara el grupo. La slytherin soltó una risita.
—¿No te cansas de ser tan popular entre los demás? Debe de ser muy sufrido —dijo en tono burlón.
Draco cuadró los hombros y levantó la barbilla. Era un gesto altivo que Hermione no había visto hacer a nadie más con tanta elegancia como a Draco Malfoy.
—Es un peso con el que cargo gustosamente —replicó con una sonrisa maliciosa—. Aunque no es tan cansado como ser el más guapo o el más inteligente.
—Lo que parece que no te cuesta nada sobrellevar es la arrogancia.
El rubio soltó una carcajada y buscó sus dedos para cogerla de la mano mientras bajaban las escaleras. A Hermione le encantaban ese tipo de gestos.
—Menos mal que soy tu prometido y conmigo eres clemente, mi amor. No quiero ni imaginarme cómo me tratarías si fuéramos enemigos.
—Es verdad, me he ablandado —suspiró teatralmente ella—. Por cierto, ¿me prometes que no sacarás a Weasley mucho de sus casillas? A veces se enfada tanto que parece que va a explotar.
—No me dará ese gusto —replicó Draco con acritud—. Lo que más me jode es que en vez de ir juntos y deslumbrar a todo el mundo con nuestra belleza y buen gusto, voy a tener que soportar a esos tres monigotes. Y a saber qué ideas ridículas se les ocurren para el disfraz.
Hermione rio.
—Os ayudaría, pero no colaboro con mis contrincantes.
—¿Ni por un soborno? —Draco bajó la voz y se acercó más a ella, hablando en tono sugerente.
La bruja le dedicó una mirada poco impresionada, aunque en su boca asomaba un amago de sonrisa.
—¿Por qué iba a querer negociar por algo que me vas a dar gratis tarde o temprano?
Pasándose una mano por el pelo, Draco suspiró.
—Mi madre me dijo una vez que debía buscarme una mujer que fuera demasiado inteligente para mi propio bien y veo que la que he encontrado supera hasta sus expectativas.
—Solo espero que no te canses demasiado pronto de ver que yo siempre tengo la razón.
Los ojos grises de Draco se entornaron y una sonrisa de triunfo contenido se instaló en su atractivo rostro.
—No siempre —refutó—. Te recuerdo que una vez me dijiste que tú y yo nunca estaríamos juntos y me llamaste algunas cosas no aptas para estudiantes tan jóvenes como los que hay aquí.
Hermione enrojeció al recordar su testarudez de unos años atrás, pero después su expresión se volvió altiva y repuso con una sonrisa desafiante:
—Sigo manteniendo varias de mis afirmaciones de entonces.
El viernes siguiente, aprovechando la inusitada tarde soleada que hacía, Hermione convocó a sus compañeros de Halloween a una reunión bajo uno de los grandes árboles del patio del reloj. Evidentemente, todos preferirían estar haciendo otras cosas, pero era un tema que tenían que zanjar de una vez; cuanto menos tuvieran que verse, mejor.
—Bueno, ahora que Potter se ha dignado a aparecer… —empezó Hermione, lanzándole una mirada sentenciosa al Gryffindor.
—Solo han sido cinco minutos —se justificó el chico, sentándose en el suelo, en el espacio libre que habían dejado los demás—. Relájate, Nott.
—Me abstendré de hacer más comentarios al respecto —respondió la bruja, aunque su expresión crítica seguía allí—. Bueno, para ir rapidito: ¿alguna idea?
Los cuatro se miraron entre ellos, dubitativos. Decidir un disfraz conjunto entre un grupo tan dispar no era empresa fácil, y menos cuando solo se veían en las clases o cuando sus obligaciones como prefectos los reclamaban. Habría sido más fácil que los grupos fueran libres, para poder juntarse con amigos, pero, desgraciadamente, Dumbledore no lo había creído adecuado. Hermione se lo agradecía secretamente, porque no había nadie fuera de Slytherin a quien considerara realmente su «amigo». Relaciones cordiales sí, pero no tan fuertes como para proponer o que le propusieran ir juntos. Era triste, si lo pensaba bien.
—Ni idea, la verdad —Ernie McMillan se rascó la nuca y puso cara de circunstancias—; hasta que no me has propuesto quedar hoy ni me acordaba —confesó.
Hermione puso los ojos en blanco, pero no sabía de qué se sorprendía: eso era muy Hufflepuff. Y muy Gryffindor, a juzgar por la expresión de Harry Potter.
—A mí no se me ha ocurrido nada. He pensado que vosotras dos tendríais ideas de sobra —dijo, señalando a Hermione y Padma.
Las chicas se miraron con resignación.
—No les pedimos nada y aun así nos decepcionan.
—Yo he estado pensando en cuartetos. —La ravenclaw se sacó un papel del pergamino y lo desdobló—. Están los Fundadores de Hogwarts, por ejemplo.
—¿Pretendéis que me vista de Helga Hufflepuff? —McMillan parecía escandalizado con la mera idea.
—No te morirás, Ernie. Solo es un disfraz —repuso Padma, lanzándole una mirada cargada de poca paciencia.
—Además, podemos modificarlos a nuestro género —apuntó Hermione. Aunque no fuera a admitirlo, a ella no le hacía gracia tener que ponerse barba de un metro, como en los cuadros que había por el castillo de Salazar Slytherin. La bruja miró a Harry Potter, que era el único que no se había pronunciado todavía—. ¿Qué te parece?
Potter se tumbó en la hierba, mirando hacia arriba. Negó con la cabeza.
—He escuchado ya a dos de Gryffindor hablando sobre dónde conseguir una espada para parecerse a Godric. Creo que va a ser la opción más extendida, así que, si queréis ser originales, tendremos que pensar otra cosa.
El resto resopló.
—¿Qué más tienes? —preguntó McMillan, mirando a Patil.
—Bueno… están los colores de las casas.
Harry Potter soltó una carcajada.
—O sea, que nos envolvemos en nuestra bandera y listo.
Hermione no pudo reprimir una carcajada y al hufflepuff le pasó lo mismo. Padma Patil se sonrojó, dobló el papel y se cruzó de brazos indignada.
—¡Pues pensad vosotros, ya que a todo le encontráis pegas! —espetó.
—Lo siento, no pretendíamos burlarnos de ti —se disculpó Hermione. Lo decía de corazón: Padma era de las pocas con las que sentía que podría haber sido amiga de estar en circunstancias diferentes—. Por favor, dinos en qué más habías pensado. —Miró a los chicos—. Y vosotros, calladitos si no tenéis nada bueno que aportar.
—Pero si tú también te has reído —señaló Potter con suspicacia.
Hermione le dedicó una sonrisa inocente y el otro le respondió poniendo los ojos en blanco.
—También podríamos ir de profesores de Hogwarts, aunque igual es demasiado arriesgado.
—Potter, a ti te tocaría ir de Snape: tenéis el mismo color de pelo; solo habría que alisártelo —lo pinchó Ernie en tono amistoso.
El gryffindor lo miró como si acabara de insultar a sus padres muertos.
—¡Antes me lo rapo! —exclamó, fingiendo un escalofrío—. Aunque sería divertido ver a Nott de Hagrid —añadió, mirando a Hermione con malicia.
La bruja se llevó una mano al pelo, que llevaba recogido en un moño alto, y soltó un gritito indignado. Por unos segundos, entró en pánico por si se le había soltado o se había olvidado de aplicarse la poción esa mañana. Al ver la expresión divertida de los demás, miró a Padma.
—Descartado. ¿Algo más?
La ravenclaw suspiró y leyó las últimas ideas de su lista.
—Los elementos naturales, ya sabéis: aire, fuego, tierra y agua. Sería parecido a los colores de nuestras casas, pero haríamos menos el ridículo.
Hermione, Ernie y Harry intercambiaron miradas inquisitivas, esperando que a alguno le sacara algún defecto, pero se dieron cuenta de que nadie tenía nada que decir en contra.
—¡Por fin! —exclamó Padma, sonriendo con autocomplacencia—. No tenía nada más, estaba a punto de arrastraros hasta el Sauce Boxeador para que os diera una paliza por quejicas.
—¿Y cómo nos lo repartimos? —inquirió McMillan. Miró a las chicas, porque había quedado claro de sobra que eran ellas quienes llevaban la voz cantante.
Hermione miró a sus compañeros: Harry Potter era atrevido, desafiante, saltaba fácilmente ante las provocaciones; Ernie McMillan tenía facciones amables y era de temperamento calmado; y Padma Patil se adaptaba fácilmente al ambiente en el que estaba. Ellos, a su vez, la observaban en silencio, porque intuían que esa mente brillante estaba fabricando una idea.
—Bien, esta es mi propuesta: Potter, fuego; Patil, agua; McMillan, tierra; y yo, aire. Como ha dicho Padma, se parecerían a los colores de nuestras casas, pero, si le ponemos dedicación y un poco de magia aquí y allá, el premio a Mejor Disfraz podría ser nuestro —explicó con un brillo decidido a la mirada.
—No está mal. Nada mal —concedió el gryffindor—. Puedo preguntarle a Seamus Finnigan cómo consigue incendiar sin querer la mitad de las cosas que toca.
—Si es sin querer, dudo mucho que sepa explicártelo —señaló Hermione con suficiencia.
—Para una vez que intento aportar algo y me tumbas la idea así sin más —le reprochó Potter, aunque la sonrisa que amenazaba por asomarse en su rostro indicaba que estaba de broma.
—Déjanos la magia a las que sí sabremos cómo no incendiar medio Hogwarts. Tú y yo —Hermione miró a la ravenclaw— podríamos aplicarnos algún hechizo que nos mueva el pelo y la ropa mágicamente, imitando una corriente de aire o de agua.
Padma Patil parecía emocionada porque su propuesta hubiera excedido sus expectativas y Hermione se dejó llevar por la excitación y asintió profusamente.
—Bueno —Harry se levantó y se sacudió la hierba de los pantalones—, primera parte zanjada. —Miró a los demás con una sonrisa—. No nos ha ido tan mal como esperábamos, ¿no? —Movió la mano a modo de despedida—. Yo me voy, que tengo entrenamiento en un rato. —Se centró en Hermione—. Espero que tu novio no se haya lesionado ni nada parecido durante su turno, sería una lástima.
El equipo de Slytherin debía de estar a punto de terminar, porque ese viernes tenían ellos el campo de quidditch reservado durante la primera mitad de la tarde. Hermione le dedicó una sonrisa de lástima.
—¿Qué pasa, Potter? ¿Es porque sabes que sería vuestra única oportunidad para ganar? —dijo, aunque su animadversión era fingida.
—Más quisierais, Nott. Malfoy es rápido, pero yo lo soy más.
Hermione sonrió con perspicacia.
—Él dijo algo parecido sobre ti una vez. Al final seréis más parecidos de lo que pensáis.
Ante la cara de asco del gryffindor, todos rieron.
—Pues no se lo digas al agradable de tu novio o alguien saldrá herido —bromeó Padma.
En otras circunstancias, Hermione no habría hecho tal comentario ni habría pasado por alto la manera en la que se referían a Draco, pero ni podía decir que le faltaba verdad a esa afirmación ni le apetecía enturbiar el momento de complicidad que estaban teniendo.
Los demás imitaron a Potter y se despidieron, tomando cada uno un rumbo distinto. Hermione fue hacia la sala común de Slytherin con una sonrisa de felicidad. Todavía pervivía en ella la alegría de haber mantenido una conversación agradable con gente que no fuera de su casa y la satisfacción de haber llegado a un acuerdo y de que el plan para Halloween hubiera avanzado con tanta facilidad y rapidez. En ocasiones como aquella, Hermione se preguntaba si su vida habría sido así de haber sido seleccionada para otra casa, pero sabía que no valía la pena divagar sobre imposibles. Además, pertenecer a Slytherin, como su hermano, su padre y todas las generaciones anteriores la llenaba de orgullo. Estaba en una casa noble, digna y que representaba todo lo que quería ser en la vida: ambiciosa, inteligente y capaz de salir adelante en cualquier situación.
Theo estaba en la sala común, sentado de lado en uno de los sillones y ojeando con expresión aburrida el libro de Transformaciones.
—¿Por qué estás tan contenta? —le preguntó en cuanto la vio aparecer.
—Porque me gusta cuando las cosas salen mejor de lo que yo espero —respondió ella.
Después, le dio un beso en la mejilla y subió a su habitación a empezar los deberes que les habían mandado esa mañana.
El día del partido de quidditch llegó y todo el colegio acudió al campo, ansioso por contemplar el desenlace. O más bien, por los colores que llevaban todos los que no eran de Slytherin, por ver perder al equipo de las serpientes. En su camino hacia las gradas, a Hermione le pareció ver a esa alumna de sexto, Luna Lovegood, disfrazada con una cabeza enorme de león. Daphne, Astoria y Theo, con quienes iba a ver el partido, también se dieron cuenta y tuvieron que sofocar una carcajada para no llamar la atención de los numerosos partidarios de Gryffindor que los rodeaban.
Los cuatro slytherins subieron a la grada central y se dividieron: Hermione y las Greengrass tenían un sitio reservado por Pansy, Millicent y Tracey en la esquina derecha de la primera fila; Theo, en cambio, era el comentador del partido por Slytherin, por lo que fue a reunirse con Seamus Finnigan, que era el de Gryffindor. Ellos se sentarían justo en el centro de la fila, donde estaban instalados los micrófonos que usarían para narrar las jugadas.
—¿Queréis una chocolatina? —les ofreció Tracey amablemente cuando las tres brujas se sentaron.
—Yo sí, gracias —respondió Astoria, cogiendo una rana de chocolate de la inmensa bolsa con dulces que llevaba Tracey.
Hermione y Daphne rechazaron la oferta. Pansy observó con cierta desaprobación a la menor de las Greengrass, aunque sus ojos verdes se posaron en la dueña de la bolsa de Honeydukes y sonrió con crueldad.
—Deberías darle las gracias tú a ella, Tracey —dijo en tono casual—. Al menos ahora tienes un clavo menos en tu ataúd, porque como sigas comiendo como una cerda, terminarás pareciéndolo.
La víctima de su comentario pernicioso enrojeció levemente y bajó la vista hacia los dulces con vergüenza. La ató y la dejó a sus pies, sin tocar nada más de su contenido.
—¿Contenta? —Hermione se giró hacia Pansy y le dedicó una mirada severa—. ¿Qué más te da lo que coma o deje de comer?
—Solo lo hago para que no venga llorando después porque el uniforme le está pequeño —repuso Pansy en tono desafiante.
—Existen los hechizos ensanchadores, ¿sabes? —intervino Daphne con una sonrisa.
La expresión de la rubia era calmada, pero quedaba claro de qué bando estaba por cómo entornaba los ojos mirando a la castaña. Aunque las Greengrass eran de las alumnas más calmadas de Slytherin, había veces en que no temían exponer su punto de vista, como Hermione había comprobado con anterioridad. Las dos chicas se sonrieron brevemente, mostrándose su apoyo mutuo; Tracey también les sonrió con agradecimiento y volvió a coger la comida.
—Bien, no vuelvo a abrir la boca, ya que tanto se me malinterpreta —espetó Pansy en tono indignado. Apretó los labios pintados de rojo en una fina línea y clavó los ojos entrecerrados al frente, en el gran espacio aéreo vacío del campo de quidditch.
—Venga, Pansy, no te enfades —repuso Hermione. Le dedicó una expresión malintencionada antes de añadir—: ¿Por qué no te comes una rana de chocolate? Dicen que propicia el buen humor.
Las chicas estallaron en carcajadas mientras Pansy se cruzaba de brazos y murmuraba algo por lo bajo.
En aquel momento aparecieron los jugadores, caminando con paso orgulloso ante el recibimiento estruendoso que les llegó desde las gradas, donde todos los alumnos se habían puesto en pie y aclamaban a su equipo favorito. Había muy pocos partidarios de Slytherin en comparación con los demás, pero los alumnos de segundo, tercero y cuarto lo compensaban con la gran cantidad de pancartas y parafernalia que llevaban para animar al equipo de las serpientes.
—Y aquí están los equipos que inauguran la temporada de quidditch del curso 1997-1998. —Seamus Finnigan empezó a hablar en cuanto los catorce jugadores se colocaron enfrentados y Hooch se acercó a ellos para marcar el inicio—. Vaya, Marcus Flint parece que se haya metido una poción ensancha-huesos —señaló el gryffindor con tono crítico.
Theodore le robó el micro.
—Los capitanes de los dos equipos se dan la mano y ¡allá van! No sé, me parecía oportuno mencionar esto, que yo sepa estamos en un partido de quidditch y no en un jurado estético —añadió, mirando intencionadamente a su compañero.
Tras el apretón de manos —en el que Hermione estaba segura de que Flint y Potter habían hecho alarde de su «masculinidad» intentando romperle los dedos al otro—, los jugadores dieron una patada al suelo para elevarse y los ojos de la bruja se posaron inmediatamente en Draco. Su cabello rubio platino era imposible de perder de vista, lo cual la tranquilizaba. Nunca le había gustado el quidditch y uno de los motivos era que lo consideraba demasiado peligroso para que la recompensa valiera la pena.
Su novio se había elevado por encima de los demás y se movía siguiendo una línea serpenteante imaginaria, vigilando por si veía la snitch. Todavía era muy pronto para que saliera, por lo que de momento Hermione no tenía que preocuparse porque le lanzaran una bludger para cortarle el paso. Era una táctica bastante común, aunque, en opinión de Hermione, muy rastrera. Más de una vez un buscador había terminado cayendo inconsciente de la escoba debido a un golpe que no vio venir.
Mientras tanto, el partido proseguía y los comentaristas seguían lanzando pullas veladas al equipo de la casa contraria.
—¡Demelza Robins ha esquivado esa bludger de milagro! La verdad, he visto tortugas con más reflejos… —apuntó Theo en tono burlón.
—Señor Nott, si no es capaz de ser objetivo, tendremos que prescindir de usted —le dijo Minerva McGonagall en tono severo, mirándolo por encima de sus gafas.
—Lo siento, profesora, le prometo que a partir de ahora no me dejaré tentar por la falta de capacidades del equipo de Gryffindor —respondió Theo con una sonrisa inocente, consiguiendo arrancar una carcajada a toda la banca de su casa.
—Mientras Nott os distrae con tonterías, creo que es importante señalar que Vincent Crabbe ha lanzado una bludger a Ginny Weasley que Cormac McLaggen ha esquivado. Ginny lanza la quaffle a los aros de Slytherin… ¡y marca! ¡Los primeros diez puntos del partido son para Gryffindor! —exclamó Finnigan; estaba exultante, como todos los de su casa y buena parte de las demás.
—Pura suerte. Diez puntos no son nada… —empezó Theo en tono despectivo, pero al ver la mirada de advertencia de McGonagall, añadió—: pero mi enhorabuena, gran jugada. —Lo dijo con tanta desgana que la misma profesora puso los ojos en blanco, pero lo dejó seguir narrando.
—Pobre Blaise, Flint lo va a crujir cuando el partido termine —tuvo que gritar Daphne al oído de Hermione para hacerse oír por encima del vocerío de la gente.
Esta asintió y fijó sus ojos en el mago moreno. Desde esa distancia no podía apreciar sus rasgos, pero estaba convencida de que Blaise estaba repitiéndose «No puedo volver a fallar si aprecio mi integridad física» treinta veces por minuto.
Los minutos fueron avanzando. Flint y Montague marcaron una vez cada uno con poca diferencia temporal y Blaise consiguió frenar la quaffle poco tiempo después, por lo que el partido iba bien para Slytherin. Hermione contemplaba el partido con hastío. Su presencia allí se debía puramente a que Theo la arrastraba siempre y a que quería que Draco viera que le importaba algo que a él le gustaba. Todo sería mucho mejor, sin embargo, si su hermano le permitiera llevar algún libro para pasar el rato, pero Theo se lo había prohibido tajantemente la primera y única vez que lo había intentado, dos años atrás.
—¡La snitch! —exclamó entonces Finnigan, sacándola de su ensoñación—. ¡Vaya, esta vez se deja ver pronto!
—¡Allá va Draco Malfoy, más rápido que un golpe del Sauce Boxeador! —Theo le robó el micrófono al gryffindor—. ¡Harry Potter le sale detrás, pero no conseguirá igualar su velocidad! —Sin embargo, vieron cómo los buscadores de los dos equipos iban ralentizando su ritmo hasta detenerse y mirar a su alrededor—. Vaya, parece que la snitch ha desaparecido. Supongo que sería demasiado fácil si uno de los dos buscadores la atrapara ya, Slytherin no tendría tiempo de pegarle una paliza a Gryffindor.
—¡Nott! —rugió la jefa de Gryffindor, levantándose.
Hermione observó divertida cómo su hermano levantaba las manos en signo de rendición y ponía su mejor cara de arrepentimiento. Theo sabía muy bien cómo escabullirse de las reprimendas.
El siguiente en marcar fue Gryffindor, tres veces seguidas. El marcador se puso en cuarenta a veinte a favor de los leones, pero las serpientes remontaron poco después. Cuando el partido llevaba ya hora y media en curso, Gryffindor tenía sesenta puntos y Slytherin, setenta. La snitch se había dejado ver un par de veces, pero ni Draco ni Harry habían conseguido hacerse con ella antes de perderla de vista.
Sin embargo, en ese momento muchos se levantaron y señalaron un punto dorado que relucía bajo el sol matutino. Hermione contuvo el aliento y se inclinó hacia delante, cogiéndose a la barandilla hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Draco, se movió inmediatamente hacia donde estaba la snitch, pero tuvo que virar cuando una bludger estuvo a punto de darle de pleno en la cara. Potter aprovechó el momento de despiste para ponerse al a cabeza en la persecución de la snitch.
La pequeña pelota dorada ya había empezado a cumplir su misión de intentar evitar que la atraparan, por lo que atravesaba el aire a tal velocidad que se volvía invisible por momentos. No obstante, ambos buscadores eran los mejores que había visto Hogwarts en los últimos años y tenían la visión entrenada para poder seguirle el ritmo.
—¡Malfoy acaba de chocar con Harry, sin duda a propósito! —Los comentaristas seguían con su labor; Finnigan tampoco sabía ser imparcial, por lo que McGonagall tuvo que carraspear sonoramente para llamarle la atención sobre ese detalle—. ¿Dónde está la snitch? —El gryffindor había formulado la pregunta para sí mismo, porque la intervención de su profesora lo había despistado.
Theo aprovechó para apoderarse del micrófono.
—¡La snitch se aproxima a una velocidad vertiginosa a las gradas de la izquierda! —Todo el mundo estaba en pie a esas alturas, intentando tener una mejor visión de lo que pasaba—. ¡De hecho, está muy cerca de la parte inferior! ¡Cómo los buscadores sigan a ese ritmo…!
Hermione observó horrorizada a Draco y Harry seguir volando, ambos casi hombro con hombro y con una mano alargada, salvar los metros que los separaban de la snitch. Su cabeza ya estaba calculando todos los posibles resultados: a la velocidad que iban, si no frenaban ya… Sus peores temores se cumplieron cuando, habiendo solo un metro entre la snitch y los jugadores, la pelotita se movió hacia arriba. Draco intentó hacer que su escoba subiera y Potter frenar, pero sus cuerpos chocaron, primero entre ellos y después contra la estructura de madera de la grada. Se oyeron gritos horrorizados.
Hermione se cubrió la boca con las manos y observó cómo el cuerpo de Draco caía sin control. Por suerte, Madame Hooch, que estaba en el campo, mandó un hechizo que ralentizó la velocidad a la que caían los dos chicos hasta que sus cuerpos se posaron suavemente sobre la hierba.
—¡Dejadme pasar! —Hermione empujó sin miramientos a aquellos que quedaban entre ella y las escaleras. Necesitaba bajar cuanto antes e ir junto a Draco. Su único pensamiento en esos momentos era «Merlín, que esté bien, por favor»—. ¡Haceos a un lado! —espetó a otros alumnos que, como ella, querían bajar para evaluar con sus propios ojos los daños.
Cuando sus pies tocaron el campo, vio que ya estaban transportando a los buscadores heridos a la enfermería.
—Tranquila, señorita Nott. —Snape, que también había ido a ver el partido y había bajado detrás de ella, se colocó a su lado, observando la escena con expresión grave—. De momento no ha muerto ningún jugador de quidditch en Hogwarts en sus mil años de historia; Draco no se llevará la fama de ser el primero.
—Cuántos ánimos, profesor, muchas gracias —espetó Hermione con sarcasmo, mirando al jefe de su casa con expresión indignada antes de correr hacia el castillo.
Madame Pomfrey no la dejó entrar a la enfermería, así como al resto del equipo de Slytherin o al de Gryffindor, que también estaba a las puertas de la sala, esperando tener noticias de su jugador herido. Nadie hablaba, lo cual reflejaba cómo de grave creían todos que la situación era. Bueno, eso no era del todo cierto: había habido un intento de enfrentamiento entre Marcus Flint y Ronald Weasley, pero Blaise contuvo a su capitán y Ginevra Weasley a su hermano. «Ahora no es el momento», había susurrado esta.
Hasta media hora después Pomfrey no asomó la cabeza por la puerta de la enfermería.
— Están bien, aunque les va a doler todo el cuerpo hasta mañana por lo menos —explicó para alivio de todos. Después, los miró con perspicacia—. Pero si pensáis que vais a entrar todos en tromba, estáis muy equivocados. Elegid a uno de cada equipo y el resto ya iréis visitándolos a lo largo del día.
Hermione lanzó una mirada que dejaba poco espacio a la discusión al resto de alumnos de su casa; la máxima oposición que obtuvo fue un gruñido ininteligible de Flint, pero lo ignoró mientras se adentraba en la enfermería con paso apresurado.
Draco estaba tumbado en una cama y, a simple vista, parecía estar bien. Tenía la nariz hinchada, debía de habérsela roto con el golpe; y un corte muy feo en la sien. Hasta ese momento, Hermione no se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración, pero soltó todo el aire de golpe antes de lanzarse a abrazarlo. Sin embargo, se contuvo en el último momento, repasando su cuerpo con preocupación, por si había alguna herida que no había visto y le hacía daño.
—Ven aquí —dijo Draco. Tenía la voz rasposa, pero abrió los brazos para recibirla.
Hermione, ignorando que en la camilla contraria estaba Harry Potter y ahora su primer visitante, Ronald Weasley, se lanzó a los brazos de Draco y le rodeó el cuello con las manos. Dejó escapar un sollozo, pero se obligó a contenerse: nunca había sido una llorona y no quería parecer más preocupada de lo que había estado.
—Estás bien —musitó Hermione. No era una pregunta, solo la confirmación de sus esperanzas.
Cuando se separó de él, Draco sonrió y le acarició las mejillas para secarle las lágrimas que se le habían escapado rostro abajo.
—Madame Pomfrey dice que no me quedará cicatriz si me aplico un ungüento apestoso que me ha preparado, así que mañana estaré como si nada —afirmó en tono tranquilo—. Estaría mucho mejor —añadió, elevando el tono y lanzando una mirada desdeñosa hacia la pared contraria— si Potter no fuera un patoso.
—¿Ahora tendré yo la culpa de que tú estés loco? —replicó el aludido en tono enfadado.
Hermione miró primero a Draco y luego a Harry con expresión atónita.
—Ni en momentos como este dejáis de discutir. ¡Sois insoportables! —exclamó, poniéndose en pie y dedicándoles una mirada furiosa. Cerró las manos en puños apretados a los costados, aunque lo que querría hacer con ellos era darles un buen par de golpes a aquellos dos inconscientes—. ¡Podríais haber muerto, imbéciles!
—Hermione… —empezó Draco en tono conciliador.
—¡Ni Hermione ni pepinillos en vinagre! —replicó ella—. ¡Disculpaos ahora mismo!
Potter y Weasley intercambiaron una mirada perpleja y Draco bufó.
—No seas ridícula, Nott —dijo Ronald.
Hermione se giró hacia él lentamente y entornó los ojos.
—¿Qué me acabas de llamar, Weasley? —preguntó en tono taimado.
—N-Nada —balbuceó el pelirrojo, poniéndose de un rojo intenso desde el nacimiento de su cabellera hasta el cuello.
—¿Por qué vamos a disculparnos? Cosas como esta pasan en un partido —intentó razonar Draco, mirándola con cara de pocos amigos.
—Me da igual —repuso Hermione con testarudez—. Quiero que os disculpéis por habernos tenido tan preocupados a todos. A ver si os creéis que porque seáis los buscadores tenéis carta blanca para actuar con esa temeridad e impulsividad.
Los dos magos pensaban que era una soberana tontería, pero Hermione no pensaba ceder hasta conseguir su objetivo, por lo que permaneció allí cruzada de brazos, con una ceja enarcada, hasta que se rindieron.
—Lo siento —dijo Draco con reticencia.
—Perdón —masculló Potter, poniendo los ojos en blanco.
Estaba claro que ninguno de los dos hablaba desde el corazón, pero la bruja lo dio por bueno. Había estado tan asustada que ahora solo podía sentir rabia porque pusieran sus vidas en riesgo tan a la ligera. Si le hubiera pasado algo a Draco, no sabría cómo estaría ella en esos momentos. Catatónica, probablemente.
Escucharon una risa y un aplauso procedentes de la puerta. El mismísimo Albus Dumbledore estaba allí, con su túnica morado oscuro y una sonrisa divertida en el rostro.
—Venía a ver cómo se encontraban nuestros jugadores y echarles la reprimenda de rigor por su comportamiento, pero veo que la señorita Nott se me ha adelantado.
Las mejillas de Hermione se tiñeron de un tono rosado y cambió a una postura mucho menos agresiva.
—Lo siento, señor director —musitó.
—¡Oh, no, todo lo contrario! Los señores Potter y Malfoy están demasiado obsesionados con superarse el uno al otro y se olvidan de que sus vidas son más valiosas que atrapar la snitch —apuntó, lanzando sendas miradas significativas a los buscadores. Estos asintieron, señal de que habían captado su mensaje—. Cinco puntos para Slytherin por ser la única de esta sala con sentido común, señorita Nott —dijo Dumbledore antes de guiñarle un ojo a la bruja y retirarse de nuevo.
Hermione sonrió profusamente. Al menos tendría una buena noticia ese día. Corrió la cortina para quedar ocultos de los ojos de los gryffindors y se sentó en la cama de Draco.
—Bueno, ¿cómo estás? —preguntó, dedicándole una mirada cariñosa.
Draco soltó una carcajada.
—Es asombrosa la capacidad que tienes para cambiar tan rápidamente de humor.
La bruja sonrió, pero negó con la cabeza.
—Sigo enfadada contigo, así que no te confíes —le advirtió—. Pero eso me lo reservo para cuando puedas defenderte.
-N/A: ¿Qué os ha parecido la idea de Dumbledore? ¿Saldrá bien o habrá alguna baja? Yo opino que a Hermione le vendrá bien para ampliar sus horizontes de amistades, pero ni Draco ni Ron parecen estar muy contentos de ir con el otro. ¿Y ese partido? Hermione ha estado a un suspiro de empezar a golpear a todo el mundo con una escoba, pero los chicos se lo tienen ganado.
En el capítulo 9 veremos la fiesta de Halloween :D Y después... bueno, digamos que después las cosas dejarán de ser tan brillantes. La próxima actualización será el día 18 de julio.
Si os ha gustado el capítulo (o incluso si no os ha gustado), hacédmelo saber en un review; ya sabéis que me encanta leer vuestras opiniones y a veces me ayudan a ver en perspectiva el fic: qué funciona bien, qué debo mejorar, qué he olvidado... ¡Esto es trabajo en equipo!
¡Nos vemos en diez días! N/A-
MrsDarfoy
