-N/A: ¡Hola! Hemos llegado POR FIN al capítulo clave, ese en el que termina la paz y felicidad inocente de Hermione. Advierto ya que no va a pasar nada espectacular aquí, más bien es la antesala a todo lo que se viene. Así es, my loves, se acerca lo que más me gusta en el mundo: el drama. Disfrutad de este capítulo ;)

Gracias a Fergrmz, Margarite Paroi, Hanya Jiwaku, Between Black and White, sofihikarichan, Tayler-FZ, Love'sHeronstairs, aquagt29, Dani Valdez, Lilianne Ethel Nott, Karlagarcia04, NoraCg, Vale Malfoy Black, Selene1912, luna-maga, Angela-MG, Heydi0503, Effy0Stonem, FlowersBlack, johanna, Lectora en las Sombras, Sally ElizabethHR, Natxia Underwood y un guest por sus reviews. También quiero agradeceros el ser tan comprensivas con la noticia de que en agosto no actualizaré, prometo volver en septiembre con buen material :D N/A-


Capítulo dedicado a FlowersBlack. ¡Feliz cumpleaños!


Into the Light


IX. El amor no se mira, se siente, y aún más cuando ella está junto a ti. (Pablo Neruda)

.

El último sábado del mes llegó rápidamente, por lo que faltaba menos de una semana para la fiesta de Halloween. Todos se quejaban porque caía en viernes y el día siguiente no se beneficiarían del festivo, porque de todas maneras no tenían clase. Además, tener que agruparse con alumnos de otras casas había sido una gran fuente de estrés y discusiones, pero a aquellas alturas todos estaban ya distribuidos y había una cierta emoción compartida por ver qué disfraces llevarían los demás y quién ganaría.

Hermione, Harry, Padma y Ernie ya tenían casi todo planeado, pero quedaron después de desayunar para concretar un par de detalles. Más que nada, el objetivo de la reunión era calmar las preocupaciones de Potter, porque el gryffindor seguía empeñado en que su pelo terminaría ardiendo, por más que Hermione le asegurara que eso no pasaría.

En teoría habían quedado a las diez y media en la misma aula donde se hacían las reuniones de prefectos, pero a las diez y cuarto Hermione empezó a impacientarse al no ver en el Gran Comedor ni a Potter ni a McMillan. Solo había dos opciones: o habían bajado temprano (lo cual era altamente improbable) o se estaban levantando en esos momentos (lo cual la cabrearía bastante).

Desde donde Hermione estaba veía a Padma Patil; le lanzó una mirada inquisitiva, que la ravenclaw respondió con un encogimiento de hombros resignado. La slytherin negó con la cabeza, contrariada, y se sirvió más café. La noche anterior ella y Draco habían dormido en la torre, así que «dormir» era un mero tecnicismo, por lo que necesitaba algo que la estimulara y la animara a no apoyar la cabeza en la mesa o matar a alguien, porque cuando dormía poco se levantaba de mal humor. De momento, esa mañana ya tenía dos candidatos a víctima.

—¿Qué pasa? —preguntó su hermano, que había seguido la dirección de su mirada hacia la mesa de las águilas.

—Que he quedado en —se miró el reloj; Theo lo había modificado para no darle sustos de muerte cada dos minutos y ahora ya podía usarlo sin miedo— exactamente doce minutos y ni Potter ni McMillan han dado señales de vida —explicó con cara de pocos amigos.

—Qué poca vergüenza, no estar despiertos a las diez de la mañana un sábado, ¿eh? —replicó Theo riendo entre dientes.

—Pues nosotros estamos aquí —señaló Blaise, haciéndole un gesto a Hermione con la cabeza en señal de apoyo—. Aunque hayamos dormido una mierda.

—¿Os quedasteis despiertos hasta tarde? —inquirió Hermione.

Theo y Blaise intercambiaron una mirada rápida; el primero asintió y el segundo negó con la cabeza. La bruja los miró con perplejidad.

—O sea, me fui a la cama temprano, pero no podía dormir, no sé por qué —se explicó Blaise rápidamente.

—Yo estuve un rato en la sala común —fue la vaga respuesta que dio Theo.

Hermione iba a preguntarle con quién, pero en ese momento vio aparecer por la puerta a los miembros de su grupo que faltaban. McMillan parecía medianamente avispado, pero Potter bostezaba profusamente mientras se pasaba una mano por el pelo que indudablemente esa mañana tampoco se había enfrentado a su gran enemigo, el peine.

La bruja se levantó y, despidiéndose rápidamente de su hermano y su amigo, salió al encuentro de los dos magos. Se plantó frente a ellos con los brazos en jarras y una ceja enarcada.

—Buenos días —saludó secamente—. ¿Qué, habéis dormido bien? —inquirió con sarcasmo.

McMillan tuvo la decencia de parecer avergonzado, pero Potter le dedicó una sonrisa indolente.

—Mejor que tú al parecer. ¿Te encuentras mal o algo?

—¡Oye! —exclamó Hermione completamente indignada—. ¡No te permito esas confianzas, Potter!

Padma se unió a ellos para observar la discusión de más cerca. El gryffindor rio.

—Sería confianza si te dijera que tienes mala cara, pero solamente te he preguntado amablemente por tu salud —replicó con expresión beatífica—. ¿Nos sentamos juntos mientras Ernie y yo desayunamos? Así matamos dos pájaros de un tiro.

El hufflepuff, a quien le sonaban las tripas desde hacía un rato, asintió efusivamente, lanzando miradas poco disimuladas a las mesas llenas de comida.

—Vale, pero ¿dónde? —pregunto Padma dubitativa.

Aunque los fines de semana los alumnos podían elegir en qué mesa comer, no era algo que se veía con frecuencia. Luna Lovegood solía desayunar y cenar con los de Gryffindor y Hermione había visto a la alumna sangre sucia de primero varias veces en la mesa de Ravenclaw, pero, aparte de ellas, había pocos casos más.

—En Gryffindor no —dijo Hermione con intransigencia.

—¿Tendría que ofenderme? —replicó el mago de ojos verdes, esbozando una sonrisa ladeada.

—No seré yo quien te lo impida —replicó Hermione.

Al final, acordaron sentarse en Ravenclaw, porque era la única mesa donde ver a alguien de Slytherin sería bastante aceptable y no levantaría muchas miradas curiosas. Hermione aprovechó para servirse otra taza de café mientras Potter y McMillan atacaban la comida como si llevaran diez días de ayuno.

—¿Al final cómo lo haremos? —preguntó el hufflepuff con la boca llena.

Hermione lo miró con aprensión y una mueca de disgusto.

—Cuando os echamos en cara a los hombres que sois incapaces de hacer dos cosas a la vez, no se aplica a comer y hablar, McMillan. Así que, por favor, eso hazlo por orden.

—¿Te pagan por ser tan perfecta? Es irritante —le replicó el mago rubio después de haber tragado la comida.

Hermione se ofendió internamente, pero de Draco había aprendido que una sonrisa frustraba más que demostrar su enfado, así que le dedicó al hufflepuff una radiante sonrisa de dientes perfectos.

—La verdad es que no, pero gracias por darte cuenta. A ver —carraspeó, cuadrando los hombros y adoptando el mismo tono que usaba en clase—, Potter, ¿tienes ya claro cómo usar la poción?

El gryffindor hizo un gesto ambiguo con una mano mientras le daba un mordisco a un bollo relleno de mermelada de fresa.

—No me fio, sinceramente. Me veo con media cara quemada.

Padma y Hermione intercambiaron una mirada condescendiente y la primera se sacó un frasquito de la túnica. Miró hacia la mesa de los profesores, que estaba medio vacía, y se giró completamente para que no la viera el resto de la mesa.

—Voy a hacerte una pequeña demostración para que dejes de quejarte de una vez —explicó la bruja. Le quitó la tapa al frasco y lanzó una mirada preocupada a Hermione —. Es seguro, ¿a que sí?

Hermione puso los ojos en blanco.

—El profesor Snape me ha ayudado a prepararla, nadie va a perder su pelo por usarla.

Padma asintió y tragó saliva con fuerza antes de echarse un mechón de su largo y negro pelo hacia delante; se vertió un poco del contenido en la palma de la mano y se la frotó con la otra para extender el líquido. Lanzó una última mirada a Hermione —que tenía la varita preparada en caso de emergencia— antes de pasarse los dedos por el mechón de pelo.

Todos contuvieron la respiración durante los segundos que la poción tardó en surtir efecto. De repente, el pelo de Padma empezó a coger un tono anaranjado y unas llamas se extendieron por la zona que la poción había tocado. Hermione contempló con satisfacción que ni la ropa se incendiaba ni el pelo se chamuscaba.

—Solo da la impresión de ser fuego, pero no es real —explicó—. El profesor Snape la modificó para que solo afectara a la cabellera, por lo que es imposible que se extienda, por ejemplo, por el vello que cubre nuestras manos. ¿Satisfecho, Potter? —preguntó.

El mago asintió sin mirarla, pues sus ojos seguían clavados en el pelo de Padma. Alargó una mano y lo tocó para comprobar que, efectivamente, no quemaba.

—¡Genial! Si no ganamos después de esto, me enfadaré mucho.

Hermione movió la varita en dirección a su compañera y apagó el fuego falso. Patil le dio el frasquito a Potter, que se lo guardó en la túnica.

—No lo rompas ni lo pierdas, Harry —advirtió la ravenclaw.

El gryffindor se llevó una mano al corazón y puso cara solemne.

—Juro que lo protegeré como si se tratara de la espada de Godric Gryffindor.

—Preferiría que juraras sobre cosas reales y no…

Sin embargo, Hermione calló al notar una presencia detrás de ella. Los otros tres estudiantes se quedaron perplejos también y cuando la slytherin se giró entendió el motivo: Sybill Trelawney, la profesora de Adivinación, estaba plantada muy cerca de ellos, con los ojos, que parecían no caber en su cara debido a las gafas, clavados en ella.

—Buenos días, profesora Trelawney —saludó educadamente Padma—. Cuánto tiempo sin verla por aquí.

—Oh, sí… —La profesora siempre usaba un tono bajo, como si hablara consigo misma o creyera que su voz se amplificaría antes de llegar a sus oyentes—. No me gusta estar con tanta gente —miró a su alrededor con el ceño levemente fruncido—, mi Ojo se resiente, recibe demasiadas vibraciones...

Hermione soltó una carcajada que tuvo que disimular con una tos al recibir una mirada áspera de Trelawney. Profesora y alumna habían tenido sus desavenencias en el pasado y ninguna de las dos lo había olvidado.

—¿Y qué hace aquí? —preguntó Ernie McMillan.

Potter le dio un codazo por la pregunta directa y casi maleducada, pero este se encogió de hombros y formuló un «¿Qué?» moviendo solo los labios.

Sybill Trelawney se frotó las manos con nerviosismo mientras miraba a Hermione con una expresión cargada de lástima.

—He venido a advertirte, querida. —La slytherin estuvo a punto de resoplar, pero no le gustaba faltar al respeto a sus profesores, así que se limitó a esperar con escepticismo cualquier pronóstico de muerte que aquella mujer tuviera para ella—. He estado consultando mi bola de cristal y he visto cosas horribles sobre tu futuro, me temo.

Hermione se removió en el banco; aunque no creyera en las profecías absurdas de la profesora de Adivinación y pensara que esa asignatura era un fraude, nunca era del gusto de nadie que alguien le dijera: «Hola, tengo malas noticias: tu vida se irá a la mierda».

—¿Y qué cosas ha visto, profesora? —preguntó al ver que la bruja permanecía allí, pasando los dedos por las cuentas de su collar sin proporcionar más información.

—Una taza de té acabará con tu felicidad.

Los cuatro estudiantes allí reunidos intercambiaron miradas incrédulas y tuvieron que tirar de su fuerza de voluntad para no estallar en carcajadas. Hermione cogió la taza de la que había estado bebiendo y la inclinó para mostrarle a la profesora su contenido.

—Es café, ¿ve?

Trelawney suspiró y negó con la cabeza con una expresión de lástima que podría igualar a la de alguien que estuviera pasando por muchas penurias.

—Está bien, querida, no me creas, pero nadie puede escapar del destino.

Y sin despedirse, la mujer se colocó bien el chal de flores que llevaba, dio media vuelta y abandonó el Gran Comedor de regreso a su torre.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó Harry.

—Ni idea, pero es una lástima, porque el té me gusta mucho —dijo Hermione en un suspiro fingido.

Ahora que la persona a la que podían ofender ya no estaba, estallaron en carcajadas y no pudieron parar hasta varios minutos después, cuando ya les dolía la tripa y más de uno tenía lágrimas en los ojos de la risa.

Cuando terminaron, repasaron cómo actuarían cuando les llegara el turno de presentarse. La organización de la fiesta era clara, sencilla: todos estarían en el Gran Comedor a las siete en punto con sus disfraces y cubiertos por sus túnicas, para mantener el misterio; antes de cenar, Dumbledore iría llamando a los grupos, que desfilarían por delante de todos enseñando su atuendo. Por supuesto, cualquier adición que pudieran hacer con magia inofensiva estaba permitida, por eso el pelo de Harry se encendería, entre un par de trucos más que se habían guardado en la manga. El lado más competitivo de Hermione estaba ansioso por lucirse.

Como ya habían terminado de hablar de lo suyo, abrieron el melón de los disfraces de los demás. Aunque los chicos al principio se lo habían tomado como una tontería, ellos también querían ser los mejores.

—Mi hermana tiene la desgracia de estar en el mismo grupo que Gregory Goyle y me ha contado que ellos van a intercambiarse los uniformes y ya está —reveló Padma en tono confidencial.

—En su grupo también está Zacharias Smith y ya ha escrito a su madre para que le compre otro uniforme, porque prevé que Goyle se lo va a destrozar —apuntó McMillan.

Todos soltaron una carcajada; hasta Hermione, cuyo compañero de casa no le caía especialmente bien. La única virtud que parecía lucir en Goyle era su lealtad hacia Draco.

—Dumbledore debería otorgar un premio también al disfraz más cutre, yo creo que hasta para eso se necesita talento. —Hermione dedicó a Harry una mirada inquisitiva, por lo que este procedió a explicarse—: Imagínate tener tantas fuentes de inspiración, ser cuatro cabezas pensando y, aun así, que tu mejor idea sea tomar prestado el uniforme del compañero.

Hermione asintió con la cabeza, dándole la razón mientras sonreía.

—¿Cuál creéis que será el disfraz más horrible? Yo estoy segura de que algún grupo se presentará disfrazado de fantasma. Pero de fantasma muggle, con una sábana por encima —añadió entre risas.

—¡O de esqueleto! —siguió Padma.

—O pueden ir de hombre lobo —agregó Ernie—. Solo tienen que buscar al profesor Lupin para que los muerda.

La sonrisa murió en los labios del hufflepuff cuando los demás dejaron de reír y lo miraron con seriedad. Se sonrojó al darse cuenta de que se había pasado: casi todos en el colegio habían apreciado a Remus Lupin, porque, más allá de ser el mejor profesor de DCAO que habían tenido, también se había comportado con eficiencia, educación y respeto. Hermione había descubierto que el hombre era un licántropo a los dos meses de su llegada a Hogwarts gracias a que Snape lo sustituyó en una clase, pero había decidido permanecer en silencio porque había secretos que no le pertenecían, no podía revelarlos cuando quisiera. En su opinión, el profesor Snape se había tenido muy poca consideración hacia su compañero, pero no era labor suya juzgar sus acciones.

Hermione fue la primera en hablar y, más que una recriminación, lo dijo en un tono ligeramente teñido por la burla para quitarle hierro al asunto:

—Qué bruto eres, McMillan.

Potter se unió a su causa cambiando de tema, aunque la bruja no sabía si le gustaba más eso o hablar de la licantropía de su exprofesor.

—Por cierto, ¿al final qué ha decidido el equipo de Slytherin? —le preguntó.

Como Harry y Draco habían resultado heridos durante aquel nefasto partido de quidditch, Dumbledore les había dado tres opciones: permanecer con la puntuación con la que habían dado por finalizado el partido; repetirlo, empezando de cero; u otorgar a ambos equipos ciento cincuenta puntos y zanjar el tema así. Todas tenían sus pros y sus contras.

—¿Y a mí qué me preguntas, Potter? Eso háblalo con Flint, que es el capitán. Yo odio el quidditch, solo voy a ver los enfrentamientos por Draco —respondió Hermione con hastío. Todavía se enfurecía al recordar el accidente del partido.

—Yo me quedaría con los puntos con los que detuvieron el partido —dijo Ernie mientras cogía el quinto donut de chocolate de la mañana. Era cierto eso de que a los hufflepuffs les gustaba más comer que a Filch su gata.

—Claro, y sumar una mierda de puntuación —repuso Harry con sarcasmo—. Así no tendríamos ninguna oportunidad contra cualquiera de vosotros.

Ernie le respondió con una sonrisa radiante.

—Exacto. A ver si Slytherin deja de ganar, aunque sea en el quidditch.

Hermione sonreía apocada mientras se servía más café.

—Pobrecitos, es verdad: estaría bien que ganarais algo por una vez en vuestra vida.

—Pues yo me quedaría con los ciento cincuenta puntos para cada uno y asunto resuelto —intervino Padma, sin darle tiempo al hufflepuff a mostrar su indignación por el comentario de Hermione.

Harry no parecía convencido. Suspiró.

—Tendremos que reunirnos los dos equipos, qué bien —masculló.

Hermione lo miró horrorizada.

—Espero que haya algún profesor presente. O mejor: Dumbledore.

—Tranquila, que tu novio llegará entero al altar —bromeó el gryffindor—. O al menos, casi todo él.

Hermione se sonrojó y escondió la mano del anillo bajo la mesa, pero lanzó una mirada desafiante a Harry.

—Ya te gustaría a ti que alguno de tus hechizos rozara siquiera un pelo de la cabeza de Draco.

—¿Atacándome aprovechando que no estoy delante para defenderme, Potter?

Draco se aproximó a ellos y se plantó junto a Hermione con las manos en los bolsillos y su habitual mueca de desprecio dedicada al gryffindor.

—Si tú te sientes amenazado, es cosa tuya, Malfoy —replicó Potter tranquilamente.

—Te lo pasaré por algo esta vez, Potter, aunque igual te haría un favor si te arreglara esa cara que tienes con un par de hechizos —replicó Draco, mirando a su oponente de arriba abajo brevemente antes de ignorarlo y posar sus ojos grises en Hermione. Su expresión se suavizó al instante—. ¿Vienes a la biblioteca?

La bruja lo miró sorprendida: normalmente Draco y los demás evitaban la biblioteca como si de un bar lleno de muggles se tratara. Se levantó y se giró hacia los demás antes de marcharse.

—Bueno, si ya hemos terminado… Que paséis un buen sábado —se despidió.

—Qué amable —señaló Draco enarcando una ceja.

—¿Te molesta?

—Para nada.

Sin embargo, había cierto tono de reproche en las palabras del rubio. Hermione decidió dejarlo pasar y en vez de eso le preguntó por lo excepcional de su presencia en la biblioteca.

—En realidad vengo de parte de Theo y Blaise: quieren que les expliques qué tienen que hacer exactamente para Historia de la Magia.

Hermione bufó.

—Vaya, y yo que pensaba que solo queríais pasar un rato conmigo en mi lugar favorito del castillo —replicó con ironía—. ¿Por qué Theo no usa mi regalo del año pasado? Lo diseñé específicamente para no tener que ser su profesora particular.

Draco negó con la cabeza y rio.

—Se lo ha dejado en su habitación y dice que prefiere que se lo expliques tú porque lo haces infinitamente mejor. —La dureza del rostro de Hermione se suavizó, aunque sabía que su hermano solo lo decía por conveniencia—. Además —prosiguió Draco, inclinándose hacia ella—, yo sí que lo hago para pasar tiempo contigo.


El viernes treinta y uno de octubre los alumnos recibieron más amonestaciones de lo normal de parte de sus profesores, y es que muchos estaban tan emocionados por la fiesta de Halloween que eran incapaces de dejar de cuchichear sobre el tema en clase o de moverse con nerviosismo en sus asientos. Esto les pasaba especialmente a los de primero, que estaban entusiasmados ante la perspectiva de una noche llena de magia.

Los menos afortunados tenían clase hasta media tarde, pero muchos dieron por terminada la jornada académica a la hora de comer, por lo que podían dedicar las horas restantes a preparar su disfraz.

Hermione era una de las afortunadas que a las seis ya estaban vestidas. Después de hablarlo con Draco (y haber tenido que recurrir como a cuatro tácticas diferentes), lo había convencido para que no pasara tres semanas quejándose porque McMillan, Potter y Patil hubieran ensuciado la sala común de los Premios Anuales con su presencia. A Hermione se le había ocurrido que su grupo se reuniera allí media hora antes del inicio de la fiesta para comprobar que todos estuvieran perfectos. Básicamente ella y Padma querían comprobar que los chicos no fueran a fastidiar nada con su dejadez.

Se suponía que la ubicación de las salas comunes y dormitorios era secreta, pero todo el mundo sabía dónde estaban las demás casas, y que los Premios Anuales ocupaban una de las torres no era un misterio. Lo que sí que se guardaba con celo era las contraseñas: muy pocas veces un miembro de una casa desvelaba la palabra de acceso a compañeros de otras casas. Por eso, cinco minutos antes de la hora establecida, Hermione abrió la puerta que daba al pasillo.

Padma Patil ya estaba esperando afuera, envuelta en su capa negra. La slytherin la invitó a pasar con un movimiento de mano y observó con satisfacción cómo la otra bruja observaba la estancia con envidia.

—¿Sabías que yo iba la tercera en lista para ser Premio Anual?

—Bueno, piénsalo así: habría estado bien compartir torre conmigo, pero imagínate que os lo dan a Draco y a ti.

La expresión de Padma se convirtió en pavor y negó con la cabeza.

—Creo que ahora te envidio bastante menos. Bueno —miró el cuerpo de Hermione, también cubierto por la capa de su uniforme—, ¿a la de tres? —Sonrió expectante.

Hermione asintió. Hicieron la cuenta atrás y cuando se quitaron la ropa que cubría sus vestidos de esa noche, las dos chicas soltaron exhalaciones admiraciones.

—¡Es precioso! —exclamó Padma, mirando a Hermione de arriba abajo con la boca abierta.

Como ella iba del aire, le había mandado unas cuantas indicaciones a su madre y esta había encargado un vestido a una modista que Hermione después había modificado aquí y allá para que se ajustara a lo que tenía en mente.

Aquella noche llevaría un vestido largo y vaporoso, hecho de gasa. Había elegido un color gris pálido, como el humo. La cintura se estrechaba y se ceñía a su cuerpo gracias a una tira de pequeñas piedras preciosas que titilaban a la luz, y de ahí la tela se dividía en dos hacia arriba, formando un pronunciado escote en forma de uve. Era la parte que más preocupaba a Hermione, pero como no tenía unos pechos muy grandes, se veía el valle entre estos, lo cual quedaba muy elegante. Se había dejado el pelo suelto, algo que nadie había visto suceder en todos los años que la bruja llevaba en Hogwarts (y que no tenía pensado que volviera a pasar), de modo que una cascada de rizos le llegaba hasta media espalda. Para rematar, había elegido un maquillaje discreto, con sombra de ojos ligeramente más oscura que la de su vestido, un delineado fino, rímel y pintalabios rosa pálido.

Aunque Hermione Nott nunca había sido una belleza, esa noche no pasaría desapercibida para nadie, pues parecía un ser etéreo, salido de un cuento de hadas.

—Gracias —respondió la bruja, sonrojándose ligeramente. Estaba muy poco acostumbrada a los halagos, a pesar de que Draco le recordaba que él la consideraba la chica más guapa del mundo—. Tú también estás impresionante —devolvió el cumplido.

Padma había elegido un azul marino que combinaba excelentemente con su piel oscura y tenía un corte que dejaba al aire una pierna. Llevaba horquillas con pequeñas conchas y caracolas marinas a los lados, haciendo que su pelo cayera suelto en cascada hacia atrás. El rasgo más llamativo de su maquillaje era el delineado blanco que se había hecho para destacar sus grandes ojos oscuros.

Oyeron un silbido procedente de la puerta de entrada. Potter y McMillan acaban de llegar y era el último quien las miraba impresionado.

—No somos perros —dijo Hermione cruzándose de brazos y mirándolos con una ceja enarcada—. Pero teniendo en cuenta que tenéis la misma habilidad dialéctica que un troll, gracias —agregó a regañadientes.

—Bueno, ¿cómo estamos nosotros? —preguntó Harry, entrando en la sala común con los brazos abiertos.

Todos rieron. A simple vista, los chicos iban vestidos de una manera muy poco apropiada para una Halloween: Harry llevaba un traje negro, sin capa, y Ernie uno marrón oscuro con una capa del mismo color. El golpe de efecto se lo reservaban para cuando tuvieran que presentar su disfraz ante todos.

—Muy corrientes, como debe ser de momento —respondió Padma. Suspiró—. Si nos dejarais maquillaros un poco…

—¡Ni hablar! —exclamó Ernie con rotundidad—. Lo que me faltaba… Ya tengo bastante con la parafernalia que llevaré, gracias.

Las chicas pusieron los ojos en blanco al unísono.

—No te herniarás por cuantas flores, McMillan.

—Hombres… Qué débiles sois —se burló Hermione—. ¿Preferías hacer crecer un par de mandrágoras en tu disfraz?

Ernie puso cara de espanto y negó profusamente con la cabeza.

—No quiero morir tan joven, muchas gracias.

—Bueno, ¿todo el mundo tiene claros los hechizos? Potter… —empezó Hermione, pero este, adivinando el hilo de sus pensamientos, se sacó la botellita con la poción de un bolsillo de los pantalones y la sacudió en el aire—. Yo que tú no haría eso, por si acaso —advirtió la bruja, retrocediendo un paso.

El mago volvió a guardársela en el bolsillo, esta vez con mucha más precaución. Miró a su alrededor y rio entre dientes.

—¿Qué pasa? —preguntó la bruja, poniéndose a la defensiva de repente.

Ser perfeccionista hasta la saciedad también comportaba que, en ocasiones, la asaltaran las inseguridades. Echó un rápido vistazo a la sala común, asegurándose de que todo estuviera en su debido lugar.

—Nada. Es que todos estábamos convencidos de que lo habríais decorado con los colores de Slytherin.

—O todo negro —secundó McMillan. Clavó los ojos en los sofás de distintos tonos de morado—. Esto parece…

—¿Acogedor? —terminó Padma sonriendo.

Hermione negó con la cabeza y se cruzó de brazos.

—Ser de Slytherin no nos convierte automáticamente en personas sombrías. No somos dementores.

Potter hizo un sonido de desacuerdo con la lengua.

—¿Segura? Yo diría que algunos también os alimentáis de la felicidad ajena hasta que no queda nada —se mofó.

Hermione, muy a su pesar, pasó rápidamente de la pura indignación al bochorno y de ahí a la vergüenza. Un año atrás se lo habría discutido e incluso le habría echado en cara que no era culpa de Slytherin que los demás no fueran capaces de soportar la verdad, pero este curso se sentía diferente: había empezado a sentir un cierto aprecio por sus compañeros de otras casas. En esos momentos no repetiría ciertas afirmaciones que había hecho en el pasado, aunque sí seguía creyendo firmemente que quien se metiera con ella se ganaba que le respondiera como le viniera en gana.

—Bueno, ¿bajamos? —cambió de tema—. Falta poco para empezar y no quiero perderme el inicio.

—¿El inicio? ¡Pero si lo mejor siempre es el final! —exclamó el hufflepuff en tono alegre.

Padma negó con la cabeza.

—Qué va, la mejor parte es lo que hay en medio.

—Venga, filósofos —Potter puso los ojos en blanco—, que tenemos que un premio que ganar.

—Qué espíritu más Slytherin, Potter. No me lo esperaba de ti —lo pinchó Hermione con una sonrisa pícara.

—A todos nos gusta ganar, no me escondo.

Padma y Hermione se pudieron sus capas para ocultar los despampanantes vestidos que llevaban y se guardaron sus varitas, porque las necesitarían más tarde. Salieron de la sala común, la slytherin la última para comprobar que la piedra de la entrada se cerraba correctamente, y se dirigieron hacia las escaleras. Se sentía emocionada: tenía muchas ganas de ver qué tendrían preparado los otros grupos y (¿por qué no admitirlo?) medir a sus oponentes para saber si tenían posibilidades de ganar. El premio era una tontería, una medalla para cada uno, pero siempre era gratificante confirmar que volvías a ser la mejor.


Draco había esperado hasta el último minuto para salir de su sala común y acudir donde esperaban todos los alumnos: justo delante de la gran puerta doble del Gran Comedor. Y no era porque no tuviera ganas de asistir a la fiesta, sino porque tener que soportar a Weasley, Abbott y Goldstein durante más de diez minutos era superior a sus capacidades de fingir amabilidad. Cada día estaba más de acuerdo con su padre en que a Dumbledore ya se le iba la cabeza y tendrían que destituirlo y nombrar director a alguien con mejor criterio y menos ganas de hacer el ridículo.

Iba caminando solo por el pasillo de la planta baja, algo inusual, porque siempre iba con Crabbe y Goyle a ambos lados o con Hermione, Theodore o alguno de los demás. Sin embargo, no le importaba la soledad, porque prefería no tener compañía a estar con cualquiera de los que lo rodeaban.

Draco observó con satisfacción cómo varios estudiantes se apartaban para dejarle el camino libre; daba gusto ver que los demás sabían a quién le debían respeto. Él no era Hermione, que no parecía tan reacia a relacionarse con cualquiera. Ya había renunciado a convencerla de que estaba demostrando tener muy mal gusto y que no la habían criado para juntarse con chusma, porque sabía muy bien que lo mandaría a la mierda con dos frases y tendría que buscar después la manera de conseguir que lo perdonara, aunque él tuviera la razón.

Vio a sus queridos compañeros pegados al gran muro de piedra, charlando entre ellos y se aproximó con paso lento. Le encantaba ver cómo sus expresiones alegres morían en el mismo instante en que sus ojos se posaban en él; Draco estaba convencido de que lo que deberían sentir era admiración y envidia, porque nunca podrían ser como él, pero se alegraba de que su sola presencia consiguiera enturbiar sus ánimos, porque de lo contrario algo estaría haciendo mal.

Se paró entre Weasley y Abbott, aunque a unos pasos de distancia, y les dedicó una mirada rápida de soslayo antes de examinar la gente a su alrededor. Distinguió a Astoria Greengrass con la hermana de Weasley (en serio, ¿todos tenían ese puto color de pelo? ¿Sus cuatro abuelos serían primos?), esa rubia de Ravenclaw que decían que estaba loca y una alumna de Hufflepuff a la que no había prestado atención en su vida, porque no le sonaba su cara. También vio a Theodore con el imbécil de Seamus Finnigan y otros dos estudiantes insignificantes, pero seguía sin encontrar a su objetivo. Hasta que no vio la cabezota de Harry Potter no encontró a Hermione. Había demasiada gente entre ellos, pero distinguió su precioso pelo rizado suelto. Los ojos marrones de la bruja se posaron en él y le dedicó una sonrisa deslumbrante. Draco estuvo a punto de devolvérsela, pero la voz del imbécil de Anthony Goldstein lo hizo regresar a su desagradable situación actual:

—Empezábamos a pensar que te habías rajado, Malfoy.

Draco posó sus ojos grises en el ravenclaw con incredulidad. A veces tenía la impresión de que a los demás les gustaba que los insultara, era la única explicación que le encontraba a que interrumpiera el hilo de sus pensamientos de una manera tan poco solicitada.

—Los cobardes son los de su casa —dijo señalando a Abbott. La chica abrió mucho los ojos, pillada completamente por sorpresa por el insulto tan gratuito que Draco acababa de proferir contra su casa—. Además, no presentarme sería haceros un favor y yo no hago favores.

—Llegará el día en que necesitarás la ayuda de alguien y entonces te morirás del asco —le espetó Weasley con rabia.

Draco se metió las manos en los bolsillos de la capa de su disfraz y dedicó al pelirrojo una sonrisa ladina.

—De asco me moriría si tuviera que relacionarme contigo, Weasley. Otra cosa que jamás haré, porque, como he dicho, yo no hago favores.

—Creo que los de séptimo somos los primeros en presentarnos, así que solo tenemos que aguantar una hora más como mucho —suspiró Hannah Abbott. Miró a Draco con repulsa—. ¿Crees que podrás mantener tu lengua viperina a raya?

El slytherin soltó un sonoro suspiro.

—Lo intentaré, pero no os prometo nada. Me dais tanto material...

Cuando las puertas del Gran Comedor se abrieron, los estudiantes ocuparon las mesas de manera desordenada, porque aquella noche también se aplicaba la excepción a cada casa en su lugar correspondiente. La gran estancia estaba igual que siempre, a excepción por las calabazas con una vela en su interior que flotaban en el aire, contrastando fuertemente contra el cielo negro estrellado.

Los alumnos de primero a sexto se sentaron y los de séptimo se colocaron pegados a las paredes laterales, porque así harían más rápida su exhibición. Dumbledore se aproximó a su atril: los profesores no se habían disfrazado, pero sí engalanado, por lo que el director de Hogwarts llevaba una túnica de gris perlado excesivamente brillante plagado de lo que parecían medias lunas y estrellas que titilaban con luz propia.

—¡Feliz Halloween! —empezó el viejo mago—. Tranquilos, mi discurso será corto, porque sé que sois muchos grupos y todos tenemos hambre —varios rieron y Draco puso los ojos en blanco; había dejado de encontrarle la gracia al hombre exactamente el segundo día de su primer año allí—. Empezarán los estudiantes de séptimo e iremos en orden descendiente. Espero que os hayáis esmerado, porque el jurado será exigente —señaló a su espalda, hacia el resto de los profesores.

Las expresiones variaban: desde el gigantón con expresión de tontaina, que sonreía con la emoción de un niño pequeño; a Snape, que parecía tan molesto como siempre. Draco no recordaba a su padrino sonriendo en ningún momento de sus diecisiete años de vida.

»Antes de empezar, quiero recordar que, aunque el uso de la magia está permitido para ensalzar los atributos de los disfraces, no está permitido el uso de magia negra o cualquier otro hechizo, poción o similar que consideremos peligroso o de dudosa procedencia. ¡Que empiece la fiesta de Halloween!

Draco se despegó de la pared donde había estado apoyado y se movió con seguridad hacia las puertas de entrada, desde donde empezaba el desfile de disfraces.

—¿Qué haces, Malfoy? —le preguntó Weasley alarmado—. ¡No vamos a ser los primeros!

Este chasqueó la lengua.

—¿Es que hay que explicároslo todos? ¿Queréis también que os haga un dibujo de colores? —se burló de ellos mientras adelantaba a varios estudiantes. El resto de su grupo se esforzaba por mantener su ritmo—. Ser los primeros es un suicidio porque no tienes ningún modelo a seguir, pero cuanto antes salgamos, menos cansados estarán los profesores de ver un grupo tras otro —explicó en tono desdeñoso.

Observó con satisfacción cómo los demás se miraban entre ellos con cara de «¿Cómo no lo habíamos pensado antes?» y se apresuraban por ser de los primeros en ponerse a la cola.

Delante de ellos, finalmente, solo había dos grupos: Draco observó con vergüenza ajena cómo el de Vincent se había limitado a ponerse el uniforme de quidditch y recorrer el pasillo hasta la parte delantera montado en escobas; habría estado bien que ensayaran antes de hacerlo, porque Draco sonrió con malicia al ver que el alumno de Ravenclaw casi se caía de la escoba dos veces, y eso que solo volaba a tres metros de altitud.

El siguiente grupo desfiló, también con poca gracia, y después les llegó el turno a Malfoy, Weasley, Abbott y Goldstein. Draco eliminó el hechizo que protegía la verdadera apariencia de su capa y se subió la capucha. Habían elegido representar La Fábula de los Tres Hermanos, de Beedle el Bardo. El slytherin, por supuesto, era la Muerte, por lo que solo tenía que ocultar su rostro con un hechizo que hacía que quien mirara al interior de su capucha solo viera oscuridad y caminar con sus andares habituales de superioridad. Nadie mejor que él podía interpretar ese papel en su grupo.

Cuando empezaron a desfilar, Hannah Abbott sacó su varita, encantada para parecer la Varita de Sauco, y conjuró a un enemigo de humo con el que simuló batirse en duelo: era Antioch, el mayor de los hermanos Peverell. A su lado iba Goldstein, que había encantado una piedra cualquiera del lago para que pareciera un rubí, la Piedra de la Resurrección; de esta surgió una figura similar a la esposa fallecida de Cadmus Peverell, a quien él había hecho resucitar. Junto a él iba Draco, y al otro lado caminaba Weasley, quien se sacó algo de la capa que causó sensación en cuanto la desplegó. Draco observó de reojo con cierta envidia cómo el pelirrojo se envolvía con la verdadera Capa de Invisibilidad, un préstamo de su amiguito Potter, el dueño actual.

Llegaron al final del pasillo entre aplausos estruendosos y se separaron en dos, Draco y Weasley a la derecha y Goldstein y Abbott a la izquierda, no sin antes hacer una pequeña reverencia frente a la mesa de los profesores. La mayoría de estos parecían verdaderamente impresionados, pensó Draco con satisfacción.

El slytherin, en vez de seguir por el pasillo que había junto a la pared, se quedó a medio camino, en un punto estratégico desde donde podía observar con comodidad al resto de sus compañeros de curso. Todos le daban igual exceptuando un par de casos puntuales, y sus ojos no se despegaron de Hermione en ningún momento. Aunque no le gustaba que se relacionara tanto con esa ravenclaw, no dejaba de admitir que estaba preciosa con ese brillo emocionado en la mirada y las mejillas enarboladas mientras hablaba con la otra chica.

Y cuando Hermione se colocó en la esquina derecha y se quitó la capa, Draco perdió el aliento al contemplarla. El vestido que llevaba era del mismo color que los ojos del rubio, pero hasta ese mismo momento no había llamado su atención; ahora, por el contrario, se había convertido en su color favorito. No podía imaginar nada más bonito, más digno de admiración, que Hermione con ese vestido que dejaba al aire la porción justa de piel para convertirla en la criatura más exquisita del mundo. Ni en la fiesta más ostentosa Draco había visto nunca a nadie que pudiera siquiera rivalizar con su prometida. Cada centímetro del cuerpo de Hermione pedía ser reverenciado, cada persona que recibía una mirada o una sonrisa suya mientras avanzaba por el pasillo debería agradecer al universo estar obteniendo la bendición de su atención. Y que llevara el pelo suelto lo volvía secretamente loco.

Sus ojos se desviaron momentáneamente de la bruja, casi obligados por la repentina llamarada que hizo que todo el mundo soltara un grito ahogado. Potter tenía las manos en llamas, pero, para decepción de Draco, no se estaba quemando. El gryffindor, que avanzaba con una sonrisa arrogante, se pasó las manos por el pelo y este se prendió también. Otros hilillos de fuego recorrieron sus brazos y bajaron por su traje negro. Parecía la ladera de un volcán que acababa de erupcionar, con la lava avanzando lenta pero inexorablemente para conquistar cualquier territorio a su alcance. McMillan, a su lado, levantó su varita y conjuró unas partículas que Draco no conseguía distinguir desde donde estaba. Las dirigió hacia Potter, que lanzó pequeñas chispas con los dedos. Las bolitas se esparcieron rápidamente por el lado izquierdo de la sala, convirtiéndose en flores. Varias chicas miraron a los dos magos con expresión embelesada; ahora de repente debían de considerarlos Adonis.

Pero los ojos de Draco volvieron inmediatamente a Hermione. Debía de tener algún hechizo de viento invisible que mecía suavemente su pelo y vestido; parecía un hada o una ninfa del bosque. Preciosa, divina, etérea. Ahora más que nunca estaba deseoso de verla aproximarse a él en el altar. Si para una simple fiesta del colegio acababa de caer rendido a sus pies, ¿cómo se sentiría el día de su boda?

Casi llegando al final del pasillo central, Padma Patil movió los dedos de las manos hacia delante y unas gotitas de agua se desprendieron de ellos. A continuación la ravenclaw miró a Hermione con complicidad. Draco vio a su novia sonreír mientras rodeaba las gotas de agua con las manos; sopló levemente y de sus manos salió un aire frío, que llenó de escarcha a los estudiantes sentados más próximos a su derecha. Todo el mundo estalló en aplausos.

El grupo terminó su representación y Hermione se dirigió junto a la otra bruja hacia la derecha. Padma Patil pasó de largo, pero Hermione se aproximó a Draco con una sonrisa resplandeciente. Estaba radiante, con las mejillas encendidas y los ojos iluminados por la emoción del momento pasado.

Draco apoyó sus manos en las mejillas de ella y le dio un beso en los labios. Al principio, Hermione no respondió, demasiado sorprendida por el ímpetu del rubio, pero pronto sus labios cobraron vida y le devolvió el beso, apretándolos suavemente contra los de él.

—¿Y eso? —le preguntó con una sonrisa extrañada cuando se separaron.

Draco cogió una mano de ella y le dio un beso en el dorso, mirándola a los ojos.

—Estaba imaginándote el día de nuestra boda y tengo más ganas que nunca de que llegue ese momento.

La sonrisa de Hermione se volvió un poco más pequeña, pero Draco lo atribuyó a que no era normal que se comportara así en público. Él consideraba que ser empalagoso era de débiles, de personas que necesitaban que todo el mundo viera sus patéticas muestras de afecto constantes para tener la sensación de que su relación era real. Draco no necesitaba que nadie le diera su aprobación, sencillamente porque en su relación solo había dos personas y todos los demás sobraban.

—¡Mira, ahí va Theo! —Hermione señaló a su hermano y empezó a aplaudir.

Draco se quedó mirándola unos segundos más antes de desviar la mirada hacia el resto de los grupos de su curso.

Finalmente, una hora y media después, Dumbledore anunció el fin de la competición. Todos se acomodaron en las mesas y aparecieron los platos de la noche: asado, patatas al horno, puré de calabaza, chuletas de cerdo, distintos tipos de ensalada… Quien no se pusiera las botas esa noche, sería porque no quería, porque los elfos se habían esmerado más de lo normal. Los estudiantes habían sido inteligentes y, aunque debían permanecer con su grupo, se habían sentado de manera que también estaban cerca de sus amigos. Así, Draco estaba junto a Hermione y frente a ella estaba Theo. De esta manera, la cena se hizo más soportable, aunque para su sorpresa, su novia no le prestó atención solamente a él durante la cena, también entabló conversación puntual con el resto de su grupo. Draco se sintió celoso; ¿qué veía a esos mentecatos para que quisiera atrofiarse el cerebro con sus palabras?

Cerca de las diez de la noche los alumnos se apartaron de las mesas y el director las hizo desaparecer con un par de movimientos de varita. El Gran Comedor se había convertido en una gran pista de baile, con una orquesta en una esquina y la mitad de las velas flotantes apagadas para dar más ambiente al resto de la velada.

Dumbledore levantó las manos y carraspeó para reclamar la atención de sus estudiantes; a pesar de que el carraspeo no se había escuchado apenas, el director consiguió su objetivo en poco más de un minuto. Cómo se lo hacía, Draco no lo sabía, pero debía reconocerle el mérito.

—Queridos alumnos, a las once y media se anunciará a los ganadores al premio de Mejor Disfraz. Los alumnos a partir de tercero podrán seguir hasta las dos de la madrugada si así lo desean, pero los de primero y segundo tendrán que irse a la cama a medianoche. —Se oyeron protestas de los estudiantes más jóvenes, que Dumbledore ignoró con una sonrisa indolente—. Ya no os molesto más, ¡disfrutad de la música!

El director movió una mano hacia la orquesta y los músicos empezaron a tocar. Las primeras notas eran suaves, pertenecientes al mismo vals que les enseñaron a bailar en cuarto para la fiesta del Torneo de los Tres Magos.

Draco se inclinó hacia Hermione y le ofreció su mano, que esta tomó tras una breve reverencia. Para ellos ese tipo de bailes formaba parte de la educación que les habían dado en casa, un requisito indispensable para las numerosas fiestas a las que sus padres les habían hecho asistir en los últimos seis años de su vida. El rubio llevó a Hermione hacia el centro de la pista de baile; sabía que ella no se sentía cómoda siendo el centro de atención, pero merecía que todos la admiraran y la envidiaran.

Se movían con gracia, como si ese baile les fuera tan familiar como respirar, aunque por causas distintas: Draco, debido a su elegancia natural, de la que estaba muy orgulloso; Hermione, después de horas y horas de práctica. Fuera como fuere, no había pareja en el lugar que les igualara.

Sin embargo, Draco observó con el ceño fruncido que Hermione tenía la mirada perdida.

—¿Qué te pasa? —demandó saber.

La chica lo miró de repente, como si hubiera olvidado dónde y con quién estaba. Se mordió el labio inferior; parecía estar debatiéndose internamente con los pensamientos que daban vueltas por su cabeza. Draco enarcó una ceja expectante.

—No quiero casarme el año que viene.

Draco estuvo a punto de perder el paso, pero siguió guiándola por la sala con su habitual talante.

—¿Pero sí que quieres casarte, no? —preguntó con sequedad.

—¡Sí, claro que sí! —respondió ella.

Su rotundidad tranquilizó el ánimo recién enturbiado de Draco, aunque presentía que tendría que cavar mucho para llegar hasta la raíz del asunto. El vals terminó y dio paso a una canción lenta, por lo que se detuvieron para cambiar de postura. Hermione dio un paso hacia él y pasó las manos por su cuello; las de él se trasladaron a la parte baja de su cintura. Empezaron a moverse, Draco con la cabeza gacha para poder seguir mirándola a los ojos.

Conocía a Hermione lo suficiente para no dudar de sus sentimientos por él y para saber que no habría dicho que sí a su proposición de no desear desde el fondo de su corazón pasar toda la vida con él. Así pues, debía de sucederle algo más, esa misma cosa que empañaba la felicidad que debería sentir cuando salía el tema de la boda con sus familias.

—No quieres casarte tan pronto, ¿es eso? —aventuró Draco.

Hermione suspiró con alivio y su expresión se relajó. Hasta sus manos en el cuello de él dejaron de apretar con tanta fuerza, aunque probablemente ni se había dado cuenta de este hecho.

—No quiero que nadie me haga sentir culpable por querer centrarme en mis estudios —empezó con su alegato—. Tú no tienes ni dieciocho años, ¡somos muy jóvenes!

Draco sonrió y negó con la cabeza levemente. Para él la edad no era importante porque llevaba años teniendo claro qué quería en la vida y a quién quería a su lado, y esa persona era la cabezota, respondona y perfeccionista de Hermione Jean Nott. No obstante, su prioridad era que ella fuera feliz.

—Podemos esperar unos años —concedió Draco—. ¿Hasta los veintiuno, por ejemplo?

—¿Y qué pasa con tus padres?

El rubio soltó una carcajada.

—Tú concéntrate en convencer al tuyo y yo me ocuparé del mío.

Estaba completamente convencido de que Lucius y Lawrence pondrían el grito en el cielo y los amenazarían de mil maneras para que «formalizaran su unión como debía ser», pero sus madres se resignarían y los apoyarían en lo que fuera. Además, tenían más influencia en sus maridos de la que estos admitirían nunca, un punto a favor de la joven pareja.

—Y ya que estamos… —dijo Hermione en tono contrito— no quiero tener hijos hasta que no tenga un trabajo estable.

Esto sí que pilló por sorpresa a Draco. No habían hablado de niños, pero a él sí que le gustaría ver a una pequeña copia de sí mismo correteando por su casa.

—Vale —respondió en tono dubitativo—. ¿Por algún motivo en especial?

—No quiero usar a un hijo como excusa para abandonar un trabajo que no me gusta y convertirme en una mujer que solo tiene como objetivo ser madre y gobernar su casa. No tengo nada en contra, pero no es lo que quiero para mí —explicó.

En su mirada Draco veía la fragilidad de quien sabía que sus palabras podían hacer tambalear su relación. Sonrió para sus adentros con condescendencia: parecía mentira que Hermione no supiera que los cimientos de su relación estaban hechos del material más resistente del mundo.

—Por mí no hay ningún problema —la tranquilizó—. Con saber que algún día serás la madre de mis hijos me basta y me sobra. Pero a cambio de la espera quiero elegir yo el nombre de nuestro primogénito.

—Ya veremos —replicó Hermione—. Los nombres de tu familia dan miedo en el mejor de los casos. —Fingió un escalofrío.

Ambos rieron. La bruja sonrió sinceramente; había recuperado la vitalidad y energía que tenía antes de que el baile empezara, y Draco se sentía más que satisfecho, se sentía orgulloso, por haber sido capaces de solucionar sus problemas con tanta celeridad y temple.

La canción terminó y la orquesta empezó a tocar un tema más animado. La mayoría de los alumnos se movieron para ocupar la pista de baile, ahora que la música era más accesible para aquellos que no habían tenido la educación refinada de la clase alta mágica.

—Creo que este es un buen momento para desaparecer —susurró al oído de ella. Le encantaba verla estremecer cuando su aliento rozaba su oreja.

Hermione le dedicó su habitual mirada de «Eres incorregible».

—¿Y qué pasa con el premio? No quiero perdérmelo.

—Di mejor que no quieres perder —la corrigió él en tono burlón—. Pero yo creo que ganarán los que iban disfrazados de profesores. —Un grupo de quinto había elegido a Snape, Binns, Flitwick y Moody para su disfraz; habían causado sensación entre el resto del colegio y hasta Dumbledore había terminado soltando un par de carcajadas—. Presiento que todos los habrán votado solo para fastidiar a Snape.

Al ver que Hermione seguía sin estar convencida, Draco posó una mano en su espalda, justo donde la tela dejaba paso a la piel desnuda, y la acarició suavemente con los dedos.

—Quiero demostrarte cuánto me gusta este vestido y lo guapa que estás —añadió en tono sugerente.

Supo que algo se había derretido dentro de Hermione cuando la reticencia dio paso a la duda y al sentimiento de culpa por querer irse.

—Vale —accedió ella—. Pero como gane y no esté aquí para recoger el premio me moriré de la vergüenza, resucitaré y después te mataré.

Draco rio.

—Me parece un trato de lo más justo.

Empezaron a abrirse paso entre la gente que parecía haberle cogido el gusto a hacer el ridículo, por cómo bailaban sin ritmo ninguno. Él iba delante y le había cogido una mano a Hermione para guiarla más rápidamente hacia la salida. Su metro noventa, la ropa negra y su habitual actitud imponente y desafiante le permitió avanzar sin dificultad.

Se sonrieron cuando estaban a punto de atravesar la puerta, pero una voz los detuvo:

—¡Hermione!

Cuando se giraron, Draco se vio tentado a dedicarle una mirada asesina a Theo, pero se contuvo al ver la expresión de profunda preocupación que arrugaba sus facciones. Al lado de su mejor amigo estaba el director, que parecía apenado por algo. En una mano sujetaba lo que parecía una carta.

Hermione soltó la mano de Draco y se acercó a su hermano.

—¿Qué pasa, Theo?

A veces el rubio sentía envidia de la conexión que compartían los mellizos: eran capaces de identificar cualquier cambio de actitud en el otro y se tenían un cariño que él, como hijo único, nunca lograría comprender. También solían entenderse con pocas palabras, y aquella vez no fue una excepción, porque cuando Theo pronunció esas dos palabras, a Hermione pareció que se le venía el mundo encima.


-N/A: ¿Cuál ha sido vuestra parte favorita? Estoy segura de que ha sido el punto de vista de Draco. Tan bonito, tan enamorado, tan seguro de su vida... Ay, pobre ingenuo, no sabe que a MrsDarfoy le gusta complicar la vida de sus personajes :') Debo confesar que lo que más disfruté escribiendo fue el momento en el que Draco se queja de que todos los Weasley son pelirrojos. Mi ciela, tus dos padres también son rubios, ubícate jajajaja.

La próxima actualización será el 31 de julio. Será la última en un mes, pero el capítulo 10 es EL capítulo, así que ¿preparadas para un buen drama familiar y una crisis existencial potente? Espero que sí, porque ¡allá vamos! (Recordad que en mi página de Facebook -MrsDarfoy- publico adelantos y datos sobre mis fics. Si queréis mitigar la espera, allí nos vemos).

Si os ha gustado el capítulo (o no), me haría mucha ilusión leer un review vuestro. N/A-

MrsDarfoy