-N/A: ¡Hola! Sé que tendría que haber actualizado el día del cumpleaños de Harry, pero la vida se me complicó esas semanas y fui incapaz de escribir nada. Sin embargo, también dije que no actualizaría en agosto y aquí estoy. Creo que todas salimos beneficiadas, jajaja. Además, no podía dejaros sin este capítulo, ya que tanto tiempo llevo hablando con él. Tiene 10250 palabras, creo que nunca en mi historia de ficker había escrito tanto para un solo capítulo, así que estoy muy orgullosa de mí misma xD. Espero que os guste tanto como a mí me gustó escribirlo *_*

También quiero daros las gracias por vuestra comprensión. Estaba un poco nerviosa, porque otras veces cuando he tardado en actualizar o he tenido que cancelar alguna actualización he recibido malas reacciones por parte de lectoras, pero esta vez solo he visto apoyo. No sabéis lo que eso significa para mí *corazones*. Como siempre, mi eterno agradecimiento a hadramine, Fergrmz, Hanya Jiwaku, Margarite Paroi, Adry-scrittore, Between Black and White, Natxia Underwood, Tatyjeancarbajo, Love'sHeronstairs, Dani Valdez, Tayler-FZ, Lilianne Ethel Nott, Selene1912, sofihikarichan, Rocio0910, NoraCg, luna-maga, Effy0Stonem, Angela-MG, aquagt929, Marycielo Felton, LidiaaIsabel, YaroAlex, Sally ElizabethHR, ichigoneeko y un guest por sus reviews. A las que lleváis conmigo mucho tiempo, gracias por no haberme abandonado y comentar siempre. Y a las que acabáis de llegar, gracias por la oportunidad y por dejarme saber vuestra opinión. N/A-


Into the Light


X. Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse. (François de la Rochefoucauld)

.

Es mamá.

Las dos palabras que Theo había pronunciado con voz temblorosa seguían resonando en la mente de Hermione. Es mamá. Era curioso cómo solo seis letras, un conjunto de sonidos, podía convertir su felicidad y calma en un torbellino de emociones, cada cuál más sombría que la anterior.

Un escalofrío la recorrió mientras ella y Theo seguían a Dumbledore hasta su despacho. Hermione se abrazó, frotándose los brazos mientras caminaban en un intento por entrar en calor, aunque el frío que la invadía procedía de ella, no de su entorno. De pronto sintió que algo cálido la rodeaba y vio que Theo se había quitado la capa para ponérsela sobre los hombros. La bruja le dedicó una débil sonrisa de agradecimiento, a la que él respondió con una similar, cargada de tensión.

Los mellizos sabían que su madre estaba mal, pero se habían escudado en la falsa sensación de que todavía les quedaba tiempo. No eran tan ingenuos como para creer que de un día para otro volvería a estar fuerte como un roble, pero sí se habían refugiado en la tranquilizadora ilusión de que, al menos, no empeoraba. Además, su padre se negaba a hablar del tema con ellos y su madre se limitaba a responder con un «Estoy bien, queridos. Vosotros centraos en lo importante y olvidaos de esta tontería» cuando le preguntaban.

Subieron las escaleras hasta el despacho de Dumbledore en silencio; qué trayecto tan diferente al último que Hermione había hecho al mismo lugar, con qué ánimo tan contrario pisaba ahora ese suelo de madera; los artefactos extraños y las estanterías repletas de libros no podrían llamar menos su atención en ese momento.

—Bien, queridos, mi chimenea ya está conectada con la de su casa. —El director se giró hacia ellos con las manos entrelazadas frente al abdomen—. Su padre desea que vayan de inmediato. Pueden estar tranquilos: no es necesario que vuelvan en lunes si creen que su permanencia en casa es de causa mayor.

Hermione, al oír estas últimas palabras, soltó un suspiro aliviado. Aunque era obvio que perdería clases, al menos no tendría que preocuparse por tener faltas de asistencia. Aunque, viéndolo con otra perspectiva, ojalá faltara varios días a clase, porque eso significaría que a su madre todavía le queda tiempo.

Un escalofrío de puro terror recorrió cada fibra de su ser al pensar que el día siguiente podría estar asistiendo a un funeral.

Sintió una mano en el hombro. Cuando miró hacia arriba, era Dumbledore animándola suavemente a avanzar. La bruja tragó saliva y cogió un poco de polvo Flu.

—Mansión de los Nott. —Pronunció su destino con voz estrangulada y se metió en la chimenea con la esperanza de no terminar apareciendo a saber Merlín dónde.

Sin embargo, cuando puso un pie fuera de la chimenea, reconoció al instante el salón principal de su casa. Si estuviera en otra situación, sonreiría por volver a ver el gran cuadro inmóvil que habían pintado de sus padres, Theo y ella cinco años atrás y que estaba colgado en la pared junto con otros de sus antepasados. Era el único retrato que no le daba escalofríos, porque sentía las miradas del resto clavadas en ella. Al menos no eran cuadros mágicos, que sí que podían mirarla realmente.

Oyó un sonido a su espalda y Theo apareció un segundo después, tosiendo secamente. Al mismo tiempo, se presentó frente a ellos Franzy, uno de los elfos domésticos a las órdenes de su madre. La criatura tenía los grandes ojos azules anegados de lágrimas, pero cuando vio a sus jóvenes amos se apresuró a secárselas.

—El amo Nott quiere que… —Le costaba hablar, pero sabía que si no se comportaba adecuadamente y dejaba a un lado los sentimentalismos, sería castigado. Así de benevolente era Lawrence Nott—. El amo Nott ha pedido a Franzy que acompañe a los jóvenes amos a la habitación de su madre.

Los hermanos se miraron con miedo antes de seguir al elfo hacia las escaleras. Se oían voces ahogadas que procedían del primer piso, pero hasta que no llegaron al último escalón no vieron que pertenecían a su padre y a un medimago que hablaban frente a la puerta cerrada del dormitorio principal. En cuanto vieron a los jóvenes, callaron. La mirada de Lawrence Nott era tan fría como siempre, aunque su rostro dejaba entrever la preocupación y el desvelo de los últimos días, probablemente semanas.

—Ya era hora —fue su recibimiento.

Las fosas nasales de Hermione se abrieron y sus ojos se entrecerraron, pero ese no era el momento de enfrentarse a su padre por tonterías como su falta total de consideración hacia ellos. Debería estar acostumbrada a sus desplantes a esas alturas, pero los dos meses en Hogwarts habían hecho que se olvidara de que había gente en el mundo abiertamente predispuesta a ir en su contra. Los roces con los alumnos no eran nada comparados con el carácter arisco de su padre.

—¿Cómo está madre? —preguntó.

Los finos labios de su padre desaparecieron en una línea de preocupación y frustración. Frunció el ceño e inspiró hondo, al parecer buscando una respuesta piadosa —por una vez en su vida— que darles a sus hijos.

—Será mejor que entréis. Tiene muchas ganas de veros. —Hermione dio un paso hacia la habitación de sus padres, pero la mano de su padre en su hombro la detuvo. Esta se dispuso a protestar, pero el hombre la miró con dureza antes de decir—: Que pase Theo primero.

—¡Pero…! —Theo intentó protestar, pero su hermana negó con la cabeza.

—No pasa nada. Entra tú —le dijo con una apenas perceptible sonrisa.

Ella retrocedió varios pasos mientras Theo avanzaba y entraba en la habitación. Hermione pudo vislumbrar la cama y una figura en ella, aunque nada más, porque estaba en penumbras. Si no habían encendido las lámparas, era que su madre estaba tan mal que hasta la luz le molestaba.

No pintaba bien.

Mientras su padre la ignoraba y volvía a su conversación con el medimago, esta vez en voz baja, Hermione consideró ir a su habitación rápidamente a cambiarse. Estaba en el pasillo contrario a donde se encontraban, pero ¿y si su madre la llamaba mientras estaba allí? No, no valía la pena. Además, le gustaría que la viera con el vestido de Halloween puesto; estaba segura de que le haría ilusión. Quizás hasta se animara un poco.

Se apoyó en la pared con los brazos cruzados mientras sus pensamientos se perdían entre hipótesis sobre la posible conversación tras esa puerta de caoba.

Intuía que en vez de ser Theo quien reconfortara a su madre y le asegurara que creía que se pondría bien pronto, la línea principal de la conversación sería su madre asegurando a su hermano que todo saldría bien y que no tenía de qué preocuparse, aunque ella… No, Hermione no se atrevía a conjurar ni siquiera esa palabra en su mente. No estando tan cerca.

La discusión de su padre con el medimago subió de tono y de intensidad.

—¡La semana pasada se me prometió que la poción estaría lista!

Hermione se apartó inconscientemente en el sentido contrario de donde estaban los dos hombres. Pocas veces había visto a su padre enfadado de verdad, pero cuando lo había estado, las consecuencias no habían sido precisamente suaves. Aun así, su segundo instinto fue intervenir si se ponía violento. Con su madre enferma, no podían permitirse que el señor Nott se enfrentara al personal sanitario.

—Lo sé, señor Nott, pero ya le he dicho que no está funcionando. Su esposa está demasiado débil, ha sobrepasado el punto de…

En ese momento, pasaron varias cosas al mismo tiempo: la mano de Lawrence Nott se apretó en torno a su varita y dio un paso hacia el medimago; Hermione se movió, dispuesta a intervenir como fuera; y la puerta de la habitación donde su madre estaba postrada se abrió.

Theo, con los ojos llorosos y rojos, emergió y miró a los otros dos hombres con lo que parecía indignación.

—¿Os importaría bajar el volumen? Mamá no puede descansar así —les recriminó.

Hermione lo miró con los ojos abiertos por la sorpresa; no era frecuente ver a Theodore enfrentarse a su padre, pero parecía que por su madre sí lo haría. La chica se sintió orgullosa de su hermano. Avanzó hasta él, en parte para consolarlo, en parte para averiguar si podía pasar ya.

—Mamá quiere verte —le dijo él, haciéndose a un lado.

Hermione inspiró hondo y empujó la puerta entreabierta para entrar al dormitorio. Parpadeó varias veces para acostumbrar sus pupilas a la tenue luz. Lo primero que notó al entrar y cerrar con cuidado fue el olor dulzón de la habitación, aunque prefería eso al olor a enfermedad. Su madre había estado enferma varias veces a lo largo de la vida de los mellizos y los elfos tenían que airear la habitación varias veces al día para que no oliera a una persona en cama durante varios días.

—Puedes encender otra luz si quieres. —La voz débil de su madre le llegó desde la enorme cama que había en el centro de la pared de su derecha.

—Me he dejado… —Hermione se obligó a contener las lágrimas que de repente amenazaban con quitarle la voz. Carraspeó y lo intentó de nuevo—: Me he dejado la varita en Hogwarts. Hoy era la fiesta de Halloween —se excusó.

—Oh, cariño, siento que os la tengáis que perder.

Hermione negó con la cabeza varias veces mientras se aproximaba rápidamente a la cama.

Su madre estaba boca arriba, con el pelo a los lados y los brazos por fuera de las sábanas, a los costados. Su pecho se movía arriba y abajo lentamente. Levantó una mano hacia Hermione, que esta tomó en cuando llegó a su lado. La joven no pudo evitar percatarse de lo fría que estaba.

—Prefiero mil veces estar aquí. Además, ya casi habíamos terminado. Solo faltaba anunciar a los ganadores —relató—. Y seguro que no ganamos. —Se sintió estúpida al instante de decirlo. ¿Qué importaba una fiesta de mierda?

Las comisuras de los labios de su madre se curvaron levemente hacia arriba e intentó darle un apretón en la mano, pero apenas lo consiguió. Debía de estar mucho más débil de lo que Hermione había temido, y eso que no había puesto muchas esperanzas en su estado de salud.

—Déjame ver ese vestido. En la percha ya parecía precioso, seguro que has sido la más guapa de la fiesta.

Hermione se quitó la capa que Theo le había prestado para que su madre viera cómo iba vestida. Se pasó los dedos por el pelo varias veces, porque seguro que ya no estaba tan perfecto como hacía unas horas, y se alisó la falda para que pudiera apreciarse lo bonito que era. Abrió los brazos un poco y retrocedió unos pasos, sonriendo expectantemente.

—¡Oh, cielo! Qué hija más bonita tengo. Seguro que Draco estaba encantado.

—Eso creo —respondió ella, mordiéndose el labio inferior.

Su madre rio, pero pronto la risa se convirtió en tos. Hermione corrió rápidamente a su lado de nuevo y la ayudó a incorporarse para que bebiera un poco de agua del vaso que había en la mesilla de noche. La mujer torció el gesto por el esfuerzo y se llevó una mano al pecho mientras bebía. Una vez inspiró hondo, negó con la cabeza.

—Ni cuarenta años y mira cómo estoy. Parezco una vieja —bromeó suavemente.

Hermione observó las arrugas que no estaban antes y el cansancio reflejado en sus ojos oscuros. No parecía mayor, simplemente… enferma. A pesar de haber perdido gran parte de su vitalidad, se notaba que Edelina Bismarck había sido una jovencita hermosa y había conservado su belleza hasta el final. Que conservaba su belleza. Hermione se encogió al darse cuenta de que había tenido ese pensamiento como si su madre ya no estuviera allí.

—¿Qué han dicho los medimagos? ¿No hay ningún nuevo tratamiento al que puedan someterte? —preguntó, recordando la discusión de su padre con el medimago—. Una vez mencionaste que había en Edimburgo…

Edelina negó con la cabeza. Miró a su hija con resignación, pero también aceptación.

—Creo que ya hemos dejado atrás el tiempo en que los medicamentos funcionaban. Y estoy cansada de probar una poción asquerosa tras otra.

El caso de Edelina Nott era extraordinario, y no en el buen sentido: nadie sabía qué le pasaba, pero después del parto de sus hijos, no volvió a ser la misma. Su salud empeoró con el paso de los años y el mínimo cambio de tiempo le afectaba hasta el punto en que un resfriado se convertía en reposo en cama durante días o semanas.

—Pero… —intentó insistir Hermione. No entraba en su forma de ser conformarse a la primera.

—Ven, siéntate. —Edelina palmeó el espacio libre en la cama a su lado. Su hija obedeció y la miró fijamente, grabando cada movimiento en su mente, porque sabía que llegaría un momento en que esas imágenes empezarían a difuminarse en su memoria—. Hay batallas que no se pueden ganar, por mucho que nos esforcemos. Yo elegí ignorar esta verdad hace mucho y estoy pagando las consecuencias.

Hermione frunció el ceño. Esa última afirmación había hecho saltar una alarma en su cabeza.

—¿Qué quieres decir, mamá?

Edelina desvió la mirada hacia el frente y suspiró.

—Nada importante ahora. —Hermione estuvo a punto de protestar, pero su madre sacudió la cabeza una vez decisivamente—. Te prometo que algún día lo sabrás.

«¿Cuándo?», estuvo a punto de preguntar ella. Todo apuntaba a que no les quedaba tiempo. Sin embargo, en esos momentos lo más importante era poder pasar ese tiempo juntas. Antes de que fuera demasiado tarde. Antes de perder minutos valiosos en una discusión intrascendente.

—Está bien —accedió Hermione.

Su madre sonrió y alargó una mano para acariciar su mejilla. Era un gesto que hacía cuando sentía que su hija necesitaba que la reconfortara. Hermione no solía dejar que malos momentos o cambios de humor traspasaran la barrera de perfección que construía día a día, pero su madre parecía tener ese instinto maternal que le decía cuándo su hija la necesitaba.

—Siempre tan buena… Sabía que serías la hija perfecta. Ni seleccionándote podrías haber salido mejor. —Hermione sonrió, a pesar de que luchaba por no llorar. El rostro de su madre se endureció, pero en su mirada había tristeza—. Tenemos que hablar seriamente —las manos delgadas de la mujer buscaron las de su hija y las estrecharon—: tu padre nunca ha sido cariñoso contigo…

—Eso es evidente —replicó Hermione, su expresión ensombreciéndose.

—…y probablemente ahora será peor —terminó Edelina—. Siento mucho que no sea el padre que te mereces, pero en estos momentos es el único que tienes. No dejes que te aplaste, Hermione.

—Tranquila, mamá, estoy acostumbrada ya —respondió la chica, encogiéndose de hombros con resignación.

El sentimiento era mutuo, pero no era el momento para confesarlo, y menos a su madre. No quería causarle más preocupación de la que ya tenía. La gente en su situación necesitaba sentir que no dejaba cabos por atar. Hermione le debía eso a la maravillosa madre que tenía.

—A veces se me olvida lo fuerte que eres. Creo que eso lo has sacado de mí —dijo Edelina con una sonrisa. Después, su rostro volvió a la preocupación que había reflejado anteriormente—. Tienes que cuidar de tu hermano.

Hermione rio.

—No creo que a Theo le haga mucha gracia que su hermana de metro sesenta lo defienda.

—Oh, ya sabes cómo es: le gusta fingir que no hay problema que le afecte, pero creo que si en algo os parecéis es que os gusta darles vueltas a las cosas. —Hermione enarcó una ceja con incredulidad: nunca había visto esa faceta de su hermano—. Tú dale tiempo y verás —añadió su madre, como si le hubiera leído el pensamiento.

La respiración de su madre se escuchaba cada vez más desacompasada; probablemente estar sentada y hablando con Hermione era el mayor esfuerzo que había hecho en días.

—No te preocupes: Theo y yo sabemos cuidarnos solos —aseguró ella.

Su madre esbozó una sonrisa que probablemente significaba que no terminaba de creérselo, pero cerró los ojos y apoyó la cabeza en el cabezal de la cama. Así parecía mucho más joven, pero también mucho más frágil. Como si fuera a desaparecer en cuanto Hermione la tocara.

—Siento mucho irme tan pronto. Voy a perderme tantas cosas… —susurró.

Hermione ya no pudo contenerse más: empezó a llorar, incapaz de mantener la fachada de tranquilidad por más tiempo. La verdad era que estaba asustada. Le aterraba la idea de que perder a su madre en los próximos días. U horas.

Casi sin darse cuenta terminó contra el pecho de su madre, aferrándose a su cuerpo como si la Muerte fuera a llevársela en cuanto la soltara. La mujer empezó a acariciarle la cabeza, pasando los dedos suavemente por sus rizos.

—Shh, cariño, no pasa nada.

—¡Sí que pasa! —replicó Hermione, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

El maquillaje tan perfecto que llevaba debía de estar ya arruinado, pero no le preocupaba en absoluto. Su madre le retiró con el pulgar una lágrima de la mejilla que se le había escapado. Sonreía con tristeza, pero no por ella misma.

—Siempre estaré contigo, Hermione. Mientras pienses en mí, mientras me recuerdes, nunca te abandonaré. —Su hija seguía sollozando, pero luchaba para ver bien a su madre a través de las lágrimas. La mujer posó una mano en su mejilla y ambas se inclinaron para unir sus frentes. Hermione cerró los ojos, tratando de respirar y calmarse—. Cada vez que sientas que no puedas más, piensa en mí. Yo nunca permitiré que te caigas.

—¿Y si lo hago? —preguntó.

En esos momentos no se sentía con fuerzas para nada más que para acurrucarse a su lado y pedirle que le contara un cuento, como cuando era pequeña.

—Te levantarás. ¿Sabes por qué? Porque eres Hermione Jean Nott. Pero escúchame con atención —su madre la cogió por ambos lados de la cara y la miró fijamente a los ojos—: al final, un nombre no es más que eso, ¿me oyes? Cuando las cosas se pongan difíciles, da igual quiénes son tus padres o de dónde vienes; lo importante es quién eres tú —una de sus manos apuntó hacia el pecho de Hermione —aquí dentro.

La joven embebía cada palabra que la mujer pronunciaba, a pesar de que en aquellos momentos le era difícil asimilar su significado. Sabía que, si su madre estaba diciendo todo aquello, era porque sería importante para su futuro.

»Tienes que recordar siempre que nadie puede arrebatarte tu esencia. Nuestro mundo es cruel e injusto: hace pagar a los hijos por los pecados de los padres. —Edelina miró a su hija con una fuerza que no poseía—. No permitas que nadie escriba tu historia, porque no serán benevolentes contigo. ¿Entiendes lo que te digo? —preguntó con urgencia, como si temiera que fueran a interrumpirlas en algún momento—. Prométeme que nunca lo olvidarás.

Hermione asintió, aunque se sentía perdida. Era como si su madre estuviera contándole un cuento que no había escuchado nunca, pero que se suponía que ya conocía. Como si estuviera desvelándole el final de la historia, a pesar de que Hermione desconocía el argumento.

Llamaron a la puerta en ese momento y un segundo después su padre entró en el dormitorio. Miró a madre e hija con expresión inescrutable antes de decir:

—Es hora de descansar. Ya es tarde.

Hermione entró en pánico. ¿Ya la obligaban a marcharse?

—¿Puedo quedarme aquí esta noche? —preguntó, aunque ya se temía la respuesta.

—No —replicó su padre tajantemente—. Tu madre no necesita que la molestes.

A veces la chica se preguntaba por qué Lawrence Nott había tenido hijos si no iba a quererlos, pero sabía era su obligación para con su linaje. Por supuesto, con Theo habría bastado, pero tuvo que aparecer ella también para molestar.

Sin dignarse a dedicarle un segundo más de su tiempo a su padre, Hermione volvió a centrar su atención en su madre. La mujer abrió los brazos para abrazarla de nuevo.

—Tienes que recordar siempre cuánto te quiero y lo orgullosa que me siento de ti. Tu hermano y tú sois lo mejor que me ha pasado en esta vida —susurró contra su oreja con voz débil—. Lo mejor.

—Te quiero, mamá —respondió ella. Las lágrimas volvían a empapar sus mejillas.

Se separó a regañadientes y se levantó; se alisó el vestido y se secó las lágrimas. Miró una última vez a su madre, memorizando sus delicados rasgos y obligándose internamente a guardarlos en un lugar preferente en su corazón.

Por lo que pudiera pasar en las próximas horas.

Salió del dormitorio sin dedicarle ni una mirada a su padre, aunque para ser justos el hombre ya había olvidado su presencia allí y se aproximaba a la cama para comprobar cómo estaba su esposa. El medimago entró también y Hermione cerró la puerta al salir, no sin antes echar una última mirada atrás. Los ojos de su madre se posaron en ella y le dedicó una sonrisa.

La última que Hermione le vería en vida, aunque ella no lo supiera todavía.

En el pasillo esperaba Theo, que se había sentado en el primer escalón de la escalinata que subía a la segunda planta. Con la cabeza apoyada en la pared y la mirada perdida, parecía mucho más joven de lo que en realidad era. A Hermione le recordaba a cuando eran pequeños, antes de ir a Hogwarts: era la misma expresión que ponía cuando su padre les regañaba y Theo se pasaba triste todo el día pensando en su fracaso. Antes de aprender a enmascararlo tras una sonrisa.

Su hermano se levantó en cuanto la vio aparecer y, sin decir ni una palabra, se abrazaron. Hermione no quería llorar, pero se permitió hacerlo una última vez contra el pecho de Theo, que la tenía apretada tan fuerte contra su cuerpo que la asfixiaría si seguía así. Pero a Hermione no le importaba, así podía justificar su dolor.

Se oyó un «pop» y Franzy se materializó frente a ellos, con sus grandes ojos cargados de preocupación y las manos temblorosas.

—¿Los amos quieren algo? ¿Tienen hambre? ¿Una taza de té? —Hermione se separó de su hermano y negó con la cabeza—. Pero Franzy…

—Te llamaremos si necesitamos algo. —Su hermano sonó más impaciente que ella, pero mantuvo las formas.

—Creo que iré a cambiarme —suspiró Hermione—. Los tacones me están matando.

—Sí, yo también —convino Theo.

Ambos fueron a sus respectivos dormitorios. Hermione se quitó el vestido y los tacones y los dejó en un rincón. Cuando salió del baño, ya desmaquillada y con el pelo recogido, la ropa ya había desaparecido. Probablemente los elfos le devolverían el vestido por la mañana, reluciente, aunque Hermione no sabía si sería capaz de volver a ponérselo alguna vez.

Se sentó en el banco que había bajo su ventana favorita, desde la que había una vista perfecta de los jardines traseros. A veces, cuando se ponía pensativa, le gustaba quedarse mirando un nogal enorme que había a unos cuantos metros. En verano, era donde se ponía a leer, protegida del sol por sus ramas. En otros tiempos, cuando sus preocupaciones revoloteaban entre qué ponerse para la fiesta estival de los Greengrass y si debía prepararse los ÉXTASIS de más asignaturas aparte de las que cursaría. En ese momento, le parecían cosas nimias, hasta estúpidas.

Llamaron a la puerta cuatro veces y sonrió; así solía anunciar Theo su visita. Hermione solo había tenido que enfadarse con él catorce veces en una semana para conseguir que no entrara sin llamar antes; al final, Theo había aprendido la lección después de abrir la puerta y ver a Draco y Hermione besándose en su cama. «Me merezco el trauma», había admitido antes de establecer que los cuatro toques significaban «¿Permiso para entrar? ¿Estás visible y lejos de cualquier escenario con intercambio de fluidos?».

—Pasa.

Theo abrió la puerta, pero se quedó en el marco, indeciso. Hermione vio en sus ojos que no quería pasar esa noche solo, pero tenía demasiada vergüenza para preguntar si podía quedarse con ella siendo ya ambos mayores. Por eso la bruja se levantó y se sentó en su cama con las piernas cruzadas, invitándolo a subirse. Vio alivio en los ojos verdes de su hermano antes de cerrar la puerta y lanzarse a su cama y aterrizar con un golpe que hizo que toda la cama temblara.

—¡Theo! —exclamó Hermione.

Él rio y fue casi como si hubieran vuelto a los viejos tiempos, cuando ella intentaba que su hermano se comportara de forma correcta y siempre recibía la misma respuesta de siempre: «La vida es demasiado corta para eso». Cuánta verdad en esas palabras.

Mirándose a sí misma y Theo ahora sin los disfraces de Halloween, ambos en su pijama beige y negro, respectivamente, se dio cuenta de que parecían mucho más jóvenes. Le recordó a los primeros veranos tras empezar las clases en Hogwarts. A pesar de que ambos pertenecían a Slytherin y estaban juntos la mayor parte del tiempo, pasaban las primeras noches tras la vuelta a casa comentando detalles que habían pasado desapercibidos en un principio o que no habían podido hablar por estar con más gente.

Hermione se irguió y miró a Theo con un brillo en la mirada.

—¿Te acuerdas de «Tres cosas»?

Su hermano frunció el ceño, pero sus cejas volvieron a elevarse con emoción al entender de qué hablaba la chica.

El verano después del primer curso, Theo y ella se habían echado en cara que a uno solo le importaban los cotilleos y la otra solo se interesaba por los estudios, así que habían ideado una manera de equilibrar la balanza. Era un juego, aunque se podía considerar un reto más bien: Hermione tenía que contar tres cosas que hubiera aprendido en Hogwarts, pero no podían estar relacionadas con su educación; y Theo tenía que hacer lo mismo, pero justamente al revés: solo podía contar tres cosas que pudiera recordar de las clases. El juego había ido desapareciendo de su memoria con el paso de los años, hasta ese momento.

Theo imitó la postura de su hermana, sentándose de cara a ella, y le dedicó una sonrisa desafiante.

—¿Jugamos? Recuerda que tu boda con Draco no cuenta como cotilleo.

Hermione acarició el anillo de compromiso con los dedos de la mano contraria mientras ponía los ojos en blanco.

—Tranquilo, no te voy a aburrir con los detalles. Tú empiezas —dijo.

—Veamos… —Theo se rascó la mandíbula, en la zona cerca de la oreja, mientras pensaba por dónde empezar. Su rostro se iluminó—. ¡Ya lo tengo! Los olores más comunes cuando trabajamos con la Amortentia son los de comida, porque pasamos mucho tiempo juntos comiendo y tendemos a relacionar a la gente con lo que les gusta.

Hermione enarcó una ceja analítica.

—No tengo muy claro si eso lo has aprendido en clase.

Theo le guiñó un ojo.

—Claro que sí. Las clases sobre Amortentia del año pasado fueron muy interesantes.

—Nunca me has dicho a qué olía para ti —lo pinchó Hermione.

Su hermano había sido muy críptico sobre ese tema y nunca había revelado qué había olido, aunque se había pasado un par de días pensativo.

—¡Ni te lo diré! —exclamó él. Al ver la expresión de pena de ella, añadió a regañadientes, aunque las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba—: Bueno, quizás el día de tu boda, si me siento generoso.

Hermione resopló.

—¡Que sepas que no lo olvidaré!

—Bueno, te toca a ti —preguntó Theo. Cambió de postura, dejándose caer sobre la almohada con las manos bajo la cabeza—. ¿Qué has descubierto observando a nuestros queridos compañeros?

Su hermana tuvo que concentrarse con fuerza para recordar algún detalle que no fuera sobre ella misma y se sintió avergonzada de su egocentrismo, aunque tenía la justificación de su cumpleaños y pedida de mano posterior.

—Bill Weasley va a casarse con una francesa que tiene un cuarto de sangre veela.

Theo chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Eso salió en los periódicos: no cuenta.

—Sí que cuenta si añado que a su futura cuñada no le gusta mucho la idea —añadió con su habitual tono de suficiencia.

Había recordado que unas semanas atrás, después del anuncio en El Profeta del compromiso del mayor de los Weasley con Fleur Delacour, Hermione había oído a Ginny Weasley bufar ante la pregunta de una compañera de casa sobre si estaba emocionada por la boda de su hermano. En su momento Hermione no había prestado mucha atención, y solamente le había dedicado el pensamiento de que probablemente la animadversión se debía a que la francesa sí que podía rivalizar en belleza de la pelirroja, pero ahora le había facilitado superar la primera parte de su juego.

—Vaya, nunca me lo habría esperado —reflexionó Theo—. Lo más normal es querer tener una presencia femenina en la familia cuando te has criado con todo chicos.

—Cuando solo tienes uno también pasa —apuntó Hermione en broma.

—¿Y con quién te compararían si no estuviera yo? —La réplica de Theo vino con un guiño. Después se frotó las manos, mirada clavada en el techo—. El otro día leí que la Legeremancia también sirve para implantar recuerdos falsos en la mente de alguien.

Hermione levantó las cejas, sorprendida por esa información. Era algo que no sabía y ahora había despertado su curiosidad.

—¿Ah, sí? ¿Dónde lo leíste? Creo que hasta el último trimestre no estudiamos Legeremancia y Oclumancia en Historia de la Magia.

Era cuando llegaban a la Guerra Mágica de Grindelwald; se incluía una biografía de los magos y brujas más relevantes. Una de ellos era la Legeremens con más talento que se había conocido nunca: Queenie Kowalski.

Theo se mordió el labio en medio de una sonrisa, algo que hacía a veces cuando había sido pillado mintiendo, pero no se arrepentía.

—Quizás lo leí en uno de los libros de nuestra biblioteca uno de esos días que estaba aburrido porque tú y Draco, como siempre, habíais desaparecido misteriosamente.

Hermione no pudo evitar sonrojarse, a pesar de que debería estar acostumbrada a esas alturas a que Theo le lanzara indirectas (a veces no tan indirectas) sobre Draco y ella. Ante la mención de su biblioteca, inquirió:

—¿En qué estantería?

Theo le lanzó una mirada de reojo antes de volver a fijar sus ojos verdes en el techo y suprimir una sonrisa.

—En la de arriba, esquina superior izquierda.

—Donde están los libros de magia negra —matizó Hermione, moviendo la cabeza de un lado a otro con desaprobación.

—¿Qué culpa tengo yo de que esos libros estén ahí? Además —Theo se incorporó sobre un codo y la miró con una sonrisa ladeada—, no me digas que nunca has tocado uno.

Hermione parpadeó varias veces y carraspeó. Tocaba cambiar de tema.

—Es muy fácil robar comida de la cocina.

—Y el agua moja —replicó su hermano, poniendo los ojos en blanco—. Espera —volvió a incorporarse y le lanzó una mirada sospechosa—, ¿mi hermana, firme defensora de la legalidad, ha robado comida de la cocina?

La bruja se dejó caer junto a su hermano, con las manos unidas sobre su abdomen y una sonrisilla descarada en el rostro.

—¿Yo? ¡Nunca! Pero una vez me dije: «Hermione, si la comida ya ha sido robada, ¿qué más da que te comas ese donut de chocolate?».

Su hermano se dio la vuelta, apoyándose sobre sus codos, y le lanzó una mirada inquisitiva.

—¿Así que aparte de quitar puntos a parejitas calenturientas que, a diferencia de ti, no disponen de un lugar íntimo, también aceptas dulces que no son tuyos a deshoras? Vaya, vaya, Hermione Nott… Quién lo hubiera pensado.

—¡No es culpa mía que Ronald Weasley tenga hambre siempre! —se defendió.

Tras esas palabras, Theo frunció el ceño, pero después soltó una carcajada.

—Por Merlín, una Nott y un Weasley siendo amigos. Creo que es la primera vez que pasa en la historia de nuestra familia.

—No somos amigos —rectificó Hermione, levantando un dedo—. Solamente intentamos llevarnos bien cuando no nos queda otra opción que pasar tiempo juntos. Algo que vosotros podríais poner en práctica alguna vez —añadió en tono mordaz.

—¿Y perder la oportunidad de ver la cara que se le puso cuando lo atacó el escreguto? —Chasqueó la lengua—. Creo que voy a tener que declinar tu oferta. —Hermione suspiró y decidió dejarlo estar; era una batalla perdida tiempo atrás—. Venga, la última cosa. —Calló durante unos pocos segundos—. McGonagall entrecierra los ojos ligeramente cuando mira al alumno al que va a preguntar, aunque siempre lo disimula mirando al resto de la clase también para no perder el efecto sorpresa.

Ese era un dato que Hermione ya sabía, aunque eso no quitó que se sorprendiera ante la capacidad de observación de su hermano. Según él, iba porque era más entretenido estar en clase con los demás que solo en otro sitio.

—¿Y te has fijado en que Sprout suele preguntar a Longbottom más que a los demás?

—Es porque Herbología es la única asignatura en la que Longbottom no es un completo inútil, pobrecillo.

La teoría de Theo tenía sentido, porque el gryffindor era horrible en Pociones y se defendía en el resto de las asignaturas, pero en los invernaderos prácticamente era el rey. Hermione a veces tenía que llamar a la profesora Sprout para que se percatara de que ella tenía la mano levantada para responder a alguna de sus preguntas, porque la bruja solo tenía ojos para su alumno favorito.

—¿Cuál es la última lección que te ha enseñado Hogwarts estos últimos meses? —inquirió su hermano, volviendo al juego.

Hermione suspiró y se colocó de lado, de cara a él.

—¿Sabes mi manía por saberlo todo siempre? —Theo bufó y puso los ojos en blanco, como si la respuesta fuera totalmente innecesaria—. Pues hay un misterio que todavía no he podido resolver. —Su hermano la miró con expectación, invitándola a responder—. Con quién estabas en el baño cuando Patil y yo te pillamos. —La respiración de su hermano se detuvo y Hermione sonrió, triunfal—. ¡Ajá! ¡Sí que estabas con alguien! ¡Lo sabía!

—¿Si te prometo que algún día te lo contaré, prometes tú no insistir? —propuso el chico.

La sonrisa de Hermione se torció, porque no le gustaba ceder, pero tenía que admitir que Theo nunca la había presionado para revelarle nada privado contra su voluntad, así que le debía eso al menos.

—Vale, pero espero que sea antes de mi boda.

Theo rio entre dientes y después se quedaron los dos en silencio, uno frente al otro. La animación del juego desapareció poco a poco, devolviéndoles a la realidad. Había estado bien poder olvidarse durante unos minutos de lo que pasaba unas habitaciones más allá.

—¿Crees que… —los ojos verdes del mago empezaron a brillar por las lágrimas, pero parpadeó varias veces para que desaparecieran. Volvió a intentarlo—. ¿Crees que le queda mucho tiempo?

No.

Hermione alargó una mano, que su hermano tomó y apretó con fuerza. Era agradable sentir esa calidez que siempre la acompañaba en los momentos decisivos de su vida, como cuando se habían dado la mano el uno de septiembre, antes de empezar su último año.

—No lo sé —respondió. No le gustaba mentir, pero ambos necesitaban convencerse de que las cosas no estaban tan mal en realidad—. Quizás sí.

—Puede que los medimagos inventen algo nuevo —musitó Theo, aunque ni él mismo parecía convencido de sus palabras.

—¿Puedes quedarte a dormir aquí hoy? —le pidió Hermione.

En su mente, lo hacía por su hermano, para que no estuviera solo, pero en realidad era ella quien estaba aterrada de quedarse a solas con sus pensamientos.

Los despertaron unos golpes en la puerta, antesala de una noticia funesta.

Poco después, empezó a nevar.


El funeral se celebró el sábado a las cuatro de la tarde.

Hermione permaneció en su habitación hasta las tres y media. Sabía que tendría que estar abajo, acompañando a su padre en el recibimiento de todos los que asistirían a la despedida de su madre, pero no encontraba las fuerzas para permanecer de pie mientras la saludaban con ojos tristes y le recordaban lo desgraciada que era en esos momentos.

Se examinó en el espejo de cuerpo entero. No estaba de humor para peinarse, por lo que se había recogido el pelo en un moño alto desordenado que esperaba que nadie comentara por educación. Llevaba una túnica completamente negra que había encontrado en su armario cuando había entrado en pánico al pensar que no tenía nada adecuado para la ocasión. Lo más seguro era que su madre la había hecho encargar para la ocasión.

Hermione se preguntaba cuánta fortaleza se necesitaba para encargar túnicas para tu propio funeral.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Desde esa mañana tenía la sensación de que la temperatura de la casa había descendido varios grados. O quizás era que había dormido pocas horas y su cuerpo no sabía cómo actuar. Era casi una blasfemia no encontrarse mal.

Tres golpes en la puerta la hicieron girarse. No era Theo, pues no habían sido cuatro, y Hermione temió que fueran sus abuelos. O peor, su padre. No estaba de humor para lidiar con ninguno de ellos en ese momento.

Por suerte, cuando la puerta se abrió, unos ojos grises la miraron desde el otro lado.

Hermione soltó el aire que había retenido y corrió hacia los brazos de Draco. Se lanzó hacia él, pero al chico no pareció importarle, porque la estrechó hacia sí, acariciándole espalda y cabeza con toques suaves de sus dedos. Uno de los rasgos que Hermione apreciaba de él era que no solía guiarse por los convencionalismos. No le dio el pésame ni empezó a decirle chorradas como que todo iba a estar bien, se limitó a abrazarla hasta que ella sintió que le insuflaba parte de su calor.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Dumbledore me ha dado un permiso especial para acudir al funeral, pero tengo que volver en cuanto termine —explicó en tono de disculpa—. Mis padres también han venido. Están abajo charlando con los Greengrass. Me ha parecido ver a tus abuelos.

Hermione no veía a los abuelos Bismarck desde las navidades pasadas y tampoco los había echado de menos: su abuelo era como una estatua de mármol y su abuela había olvidado mucho tiempo atrás lo que era la amabilidad o la ternura.

—Tu padre quiere que bajes ya. —La expresión de la bruja se ensombreció; temía ese momento más que a nada, porque en cuanto bajara, sabía que todo se volvería real—. Theo parece que vaya a desmayarse en cualquier momento, le vendrá bien tu compañía.

La mención de su hermano movió algo dentro de Hermione. Theo. El dolor volvía egoístas a las personas, porque había olvidado completamente la existencia de su hermano hasta ese momento. Ni siquiera se había acercado a ver cómo estaba, recordó con culpa.

Antes de que sus pies empezaran a moverse hacia la puerta, Draco la detuvo levantándole la cabeza por el mentón con los dedos. Después, estos viajaron hacia su mejilla, acariciando la piel. Nunca fallaba: Hermione dejó de respirar durante dos segundos, perdida en sus ojos grises, hasta que vio que él miró brevemente a sus labios antes de inclinarse para darle un beso suave y casto. A la bruja le habría gustado que la hiciera olvidar, pero al mismo tiempo sabía que eso no habría sido apropiado.

Inspiró hondo y cuadró los hombros. Debía recuperar la compostura.

Draco y ella bajaron la escalera cogidos de la mano, pero se soltaron en cuanto se aproximaron al gran salón donde ya había varios asistentes congregados.

Hermione se aproximó a su familia. Draco había tenido razón: Theo estaba pálido y con los labios muy apretados, como si necesitara sentarse pero no se atreviera a hacerlo. En cuanto la vio, sus ojos se llenaron de agradecimiento.

No como los de su padre, que la miraron con dureza.

—Ya era hora. Tus abuelos llevan aquí veinte minutos.

Campos de tulipanes. Su madre decía que cuando una no quería mostrar su enfado, debía pensar en cosas bonitas para que su rostro se relajara.

—Lo siento, no encontraba las botas —se justificó.

Era una excusa débil y tonta, pero afortunadamente su padre se apiadó y no comentó nada más. Se ve que la muerte de su esposa sí lo había ablandado, aunque fuera un poco. La suerte volvió a sonreír a Hermione, porque con la llegada de más asistentes, su padre tuvo que disculparse e ir a recibirlos. En aquellos momentos se personó el ministro de magia, Kingsley Shacklebolt.

—Hermione, Schatz.

Su abuela, una mujer de su estatura con el pelo gris y rasgos afilados, le dio un abrazo que bien podría haber sido nada. Con un poco de suerte, no insistiría en hablar alemán ese día, porque la bruja no creía tener la capacidad mental suficiente para eso.

—Abuela —saludó ella—. Abuelo. —El hombre se limitó a asentir en su dirección con los labios apretados.

En seguida vio que Hilde Bismarck la escaneaba desde su pelo despeinado, pobremente disimulado, a las botas de nieve, feas, pero cómodas. La comisura izquierda de sus labios se torció con desaprobación, pero tuvo la decencia de no criticar su apariencia. En vez de eso, los ojos marrones de la mujer —que su hija había heredado— se volvieron hacia el resto de las personas que se habían congregado allí.

—Aquellos son tus suegros, oder?

Los ojos de Hermione se posaron en los Malfoy, con sus perfectas facciones, túnicas impolutas y ademanes precisos y elegantes, y asintió. Pero eso su abuela ya lo sabía.

—Deberías ir a saludar.

Hermione puso los ojos en blanco mientras se giraba hacia ellos y empezaba a caminar en su dirección. Consiguió dibujar una breve sonrisa en su cara en cuanto la vieron acercarse y la borró al momento. Empezaba a estar cansada de tantos buenos modales y de guardar las apariencias.

Ni siquiera le permitían estar triste el día de la muerte de su madre.

—Gracias por venir.

Narcisa la estrechó brevemente entre sus brazos.

—Por supuesto, querida. Edelina era una gran amiga. Siempre la recordaremos con cariño —aseguró.

Hermione la maldijo por ser capaz de encontrar las palabras adecuadas en cada momento, porque ahora sentía ganas de llorar. Asintió, esperando que con eso bastara para mostrar su agradecimiento por unas afirmaciones tan bonitas.

Cuando faltaban cinco minutos para las cuatro, todo el mundo se dirigió hacia el panteón familiar con los Nott a la cabeza, una mancha negra contra la tierra de un blanco prístino. Parecía poético destruir un paisaje tan bello con sus figuras lúgubres y sus pasos que ensuciaban la nieve.

El panteón familiar era una gran construcción de mármol negro con vetas blancas al estilo griego; podría ser lo más bonito de la propiedad si no fuera por su triste contenido.

El ataúd de su madre estaba fuera, ya que no cabían todos los asistentes en el interior. Era de caoba pulida y, afortunadamente, estaba cerrado. Hermione no sabía si habría sido capaz de mirar el rostro de su madre, porque el cuerpo que había en ese ataúd ya no lo era. Solo era una vasija vacía que en su momento había contenido a una mujer excepcional.

La ceremonia pasó con rapidez, o eso le pareció a ella. El ministro la ofició, dando su discurso sobre la fugacidad de la vida, sobre que la muerte no era definitiva y muchas cosas más sin sentido que Hermione oyó, pero no asimiló. Su mente estaba en blanco y sus ojos fijos frente a ella, en el agujero donde iban a meter a meter a su madre.

En la esquina inferior izquierda, apenas visible desde donde estaba, se podía entrever parte de una lápida blanca. Hermione había acudido a aquel panteón solo dos veces, cuando murieron los padres de su padre, ocho y diez años atrás. La lápida blanca llamaba la atención entre tantas otras de color negro, pero lo que resaltaba más que nada era la falta de nombre. Solamente era un trozo de mármol pegado a la pared, cuyo contenido era imposible de descifrar, aparte de que seguramente sería un niño pequeño.

Cuando le preguntó a su madre, esta se limitó a negar con la cabeza y sonreír tristemente.

Kingsley terminó y la gente congregada empezó a dispersarse, porque ahora era el momento de que la familia se despidiera. Hermione notó que alguien le tocaba el brazo y cuando se giró se encontró con los ojos de Draco prometiéndole un abrazo eterno cuando volvieran a estar juntos.

Cuando solo quedaron Hermione, su hermano y su padre, esta se acercó al ataúd lentamente, antes de que su padre lo elevara y sellara la losa que se convertiría en la lápida de Edelina Nott. Sus dedos rozaron la madera y poco a poco Hermione apoyó la mano entera. Y esperó.

Y no sintió nada.

Retrocedió, aliviada. Su madre ya no estaba allí. Ya había llorado bastante esa mañana y estaba segura de que esa noche volvería a llorar, pero no en aquel momento. La mujer que le había regalado su amor por la lectura, la que la había animado a dar sus primeros pasos, la que la había aconsejado en cada paso de su camino, no estaba allí. Ahora solo vivía en su recuerdo.

El mármol negro se enganchó a la pared con un golpe seco y unas letras aparecieron sobre él.

Edelina Hilde Nott

18 de febrero de 1959 – 1 de noviembre de 1997

Madre y esposa ejemplar

Esas últimas palabras… Madre y esposa ejemplar. No había afirmación más triste ni más vacía para hablar de alguien. Edelina Hilde Nott había sido mil cosas más: cariñosa, inteligente, comprensiva… Tenía talento. Tenía fiereza. Grandes convicciones. Pero en su mundo, cada uno tenía un papel que desempeñar. Al menos ella lo había hecho bien.

Hermione se preguntó si su lápida algún día reflejaría las mismas palabras.

Unos pasos sobre el suelo de mármol se alejaron, mientras que otros se acercaron a ella. No tenía la necesidad de girarse para saber que era su hermano quien estaba plantado a su lado, frente a la tumba de su madre. El chico pasó un brazo por los hombros de ella, acercándola, y Hermione deslizó una mano por la espalda de él mientras apoyaba la cabeza en su hombro.

Poder contar con él y que él la buscara aliviaba el peso de la losa sobre el pecho de Hermione.

Permanecieron así, en silencio, hasta que empezó a oscurecer y decidieron que sus pensamientos ya habían vagado lo suficiente entre sus recuerdos más felices. La nostalgia era una adicción muy peligrosa; muchos se perdían en su pasado, con la esperanza de recuperar esa felicidad perdida.

Hermione salió la primera, pero se detuvo al notar que Theo no la seguía. Su hermano permanecía de pie justo en el borde del suelo marmolado, con la mirada clavada en la nieve pisoteada por varias decenas de pies, como si se hubiera dado cuenta de algo horrible.

—Tenía razón. Ha empezado a nevar antes de…

Hermione volvió donde su hermano y llevó una mano al brazo de él, mirándolo con preocupación. ¿Habría llegado a un punto donde su mente empezaba a divagar sin su consentimiento?

—Trelawney.

Theo levantó la mirada y posó los ojos en ella, cargados de algo que Hermione no supo identificar. El nombre la profesora de Adivinación hizo que un recuerdo viajara a la punta de su lengua. El recuerdo de un mal augurio.

—La profecía… La primera vez que acierta y es en esto —masculló Hermione.

Se supone que antes de que caiga la primera nevada me pasará algo que me marcará de por vida.

—Ya sabemos de qué suceso hablaba.

Theo suspiró y se encogió de hombros. Dio un paso adelante, tocando la nieve con la punta del pie primero, como si tuviera miedo ahora que se había dado cuenta de lo que Trelawney y la nieve le habían traído.


Después de cenar, Hermione subió directamente a su habitación. Esperó durante una hora a Theo, y cuando no se presentó, pensó en ir a ver cómo estaba, pero decidió que era mejor dejarlo tranquilo. A decir verdad, ella también necesitaba un poco de silencio. A ninguno de los dos hermanos les quedaban palabras que intercambiar en ese largo día.

Hermione se desvistió lentamente. Se puso el pijama y fue al baño a echarse agua sobre la cara. Estaba helada, pero necesitaba algo que la sacara del entumecimiento en el que se estaba sumiendo. Después, se echó sobre la cama, sin molestarse en meterse bajo las sábanas, y cerró los ojos.

Dejó salir el aire de sus pulmones con lentitud, intentando vaciar la mente tal y como Draco la había instruido en su primera y última lección de Oclumancia.

Otra respiración. El aire la abandona mientras bloquea imágenes de su infancia que se acercan flotando.

Otra respiración. No permitas que nadie escriba tu historia, porque no serán benevolentes contigo.

Hermione se quedó dormida con una lágrima recorriendo su mejilla.

Y cuando despertó, tres horas después, lo hizo con una gran exhalación, como si hubiera sido incapaz de respirar en todo ese tiempo. Golpeó el colchón con un puño cerrado, con rabia. Había confiado en que el cansancio la llevaría hasta la mañana siguiente y los elfos la despertarían llamando a su puerta, anunciando que el desayuno se serviría en una hora.

Ahora, en vez de eso, sentía que iba a permanecer despierta varias horas.

Se levantó. Si no podías vencer al enemigo, lo mejor era unirse a él. Se pasó una mano por el pelo y se enganchó varios rizos detrás de las orejas para despejar su cara. Se quedó plantada al lado de la cama, pensando qué hacer, hasta que reparó en algo que había encima de su tocador.

Levantó la cajita negra entre los dedos y negó la cabeza con incredulidad. El mismo regalo que tanto la había preocupado mes y medio atrás ahora no despertaba en ella la menor emoción. Sin embargo, tenía curiosidad por saber si los pendientes hacían justicia a todo el lío en el que se había metido para conseguirlos.

Levantó la tapa y vio dos pequeños diamantes en forma de gota de agua. Eran del mismo color que los gemelos de Theo y estaban engastados en oro. Combinarían a la perfección con el broche para el pelo que le había regalado Narcisa. Era curioso cómo el color dorado era el que mejor combinaba con ella, en vez del verde y plata de su casa. Qué ironía.

Se sentó en la silla frente al espejo del tocador y apoyó la cabeza en una mano. El espejo le devolvió la imagen de una chica de dieciocho años que sabía que en privado no necesitaba estar perfecta. Y menos mal, porque tenía los párpados ligeramente hinchados, ojeras bajo los ojos y los labios apretados, algo que no había hecho conscientemente. Cerró los ojos y se obligó a relajarse. «Te saldrán arrugas, Hermione. Una dama nunca debe demostrar su preocupación, debe vivir en un mundo de sonrisas y pensamientos reservados para el momento más oportuno».

Oyó un sonido detrás de ella y a través del espejo vio que Melpy se había aparecido en su dormitorio. Se giró para apreciar mejor que la elfina la miraba con preocupación ansiosa en sus grandes ojos saltones.

—¿El ama no puede dormir? ¿El ama quiere que Melpy le traiga una Poción para dormir? —ofreció la criatura.

Hermione le dedicó una pequeña sonrisa mientras negaba con la cabeza. Esas pociones no le gustaban, porque sí que se quedaba dormida a los pocos segundos, pero cuando despertaba, tenía la sensación de no haber descansado ni un ápice.

—¿Algo para comer? —Negativa—. ¿Café? No, café a estas horas no. ¡Melpy es una estúpida!

Antes de que la elfina se golpeara contra la esquina de algún mueble, Hermione se levantó y se aproximó a ella rápidamente, pensando en una manera rápida de distraerla.

—¿Me prepararías una taza de té, Melpy?

—¡Sí, sí! ¡Lo que el ama desee! ¡Manzanilla con dos terrones de azúcar! —exclamó.

La bruja estuvo a punto de pedirle que no gritara, porque el resto de los habitantes de la casa estarían dormidos, pero la elfina despareció antes de que pudiera hacerlo.

—Melpy —llamó. La elfina reapareció, lista para aceptar cualquier otra orden que su ama tuviera para ella—. ¿Podrías llevarme el té a la biblioteca? Creo que hoy voy a dormir poco —suspiró.

—¡Sí, Melpy encenderá las lámparas para que el ama pueda leer!

La elfina desapareció. Hermione se puso las zapatillas de estar por casa y se dispuso a bajar a la biblioteca, donde el té aparecería en breves instantes, pero su mano se detuvo en el pomo de la puerta.

Una taza de té acabará con tu felicidad.

Las palabras de Trelawney, al igual que con Theo, la golpearon con fuerza, congelándola en el lugar. Sus dedos se apartaron de la puerta, como si su tacto fuera a quemarla.

Sin embargo, frunció el ceño y negó con la cabeza, avergonzándose de sí misma. ¿Asustada de una amenaza ambigua y genérica procedente de una profesora excéntrica y con tendencias alarmistas? No. Hermione Jean Nott no iba a dejarse amilanar por una tontería así.

Abrió la puerta de su dormitorio con decisión, como si fuera a enfrentarse a la mismísima Sybill Trelawney al otro lado, lista para decirle a la cara lo que pensaba de sus profecías. Sin embargo, el pasillo estaba desierto, iluminado tenuemente por lámparas de aceite.

Sus pasos apenas resonaban contra el suelo de mármol mientras bajaba la escalinata y giraba hacia donde estaba la biblioteca. Se arrepintió de no haber cogido una chaqueta o su varita para poder conjurar una manta o un hechizo calentador, pero pensó en que luego le pediría a Melpy que le trajera su manta favorita, una de cuadros blancos y morados.

La biblioteca era la penúltima sala del ala derecha y estaba muy cerca cuando se dio cuenta de que había luz procedente de la última puerta del pasillo: el despacho de su padre.

Procuró caminar con más cuidado para no hacer ruido; no le apetecía darle a su padre ningún motivo nuevo para juzgarla, pero se detuvo completamente, sorprendida al oír voces procedentes del despacho. Frunció el ceño: Lawrence Nott no se molestaba en mantener conversaciones con los elfos más allá de órdenes o quejas. ¿Estaría Theo despierto? Aunque no se imaginaba a su hermano queriendo mantener una charla informal con su padre a la una de la mañana.

No ese día, al menos.

Oyó la voz de su padre, aunque no entendió qué dijo, y después una respuesta de una voz masculina que no supo identificar. Hermione juró que no se inmiscuiría en lo que fuera que estaba pasando allí dentro, pero… no pudo resistirse. Se aproximó con cuidado de no ser oída ni vista, permaneciendo alejada de la puerta entreabierta.

Solo unos segundos, se dijo, para calmar su curiosidad sobre quién era el desconocido que se había reunido a esas horas con su padre.

—Ayer mismo cobraste ¿y te atreves a venir a por más?

Lawrence Nott parecía enfadado. Indignado, más bien. Cobro… ¿a qué se referiría? ¿Estaría relacionado con su trabajo? Qué mal gusto, reclamar dinero un sábado por la noche, eso sin tener en cuenta que esa misma tarde habían enterrado a la señora Nott. Hermione sintió un nudo en el estómago al pensar en su madre, pero desapareció a un segundo plano al escuchar la respuesta.

—Verás, es que he pensado: «Barnaby: ahora que Edelina nos ha dejado, seguro que mi viejo amigo Lawrence no querrá más perturbaciones en su vida».

Barnaby… Ese nombre le resultaba familiar y tardó unos segundos en ubicarlo: Barnaby Travers. Que ella supiera, él y su padre no eran amigos, pero había visto al mago en varias ocasiones en su casa, siempre para mantener reuniones privadas con el señor de la casa. Lo único que Hermione sabía al respecto era que, después de esos encuentros, su padre siempre estaba de un humor de perros.

Sintió una oleada de furia al escuchar que se refería al fallecimiento de su madre como «una perturbación». ¿Pensaría su padre igual? No, desestimó la idea rápidamente. La única capacidad de amar que Lawrence Nott había tenido se la había regalado enteramente a su mujer.

Sin darse cuenta, dio unos pasos adelante, dejando que la luz del interior del despacho la bañara. Contuvo el aliento, temiendo que la vieran, pero se dio cuenta de que, desde donde estaba, podía ver el lateral del señor Travers y nada de la figura de su padre, así que de momento estaba a salvo.

Y podía cotillear mejor. Porque esa conversación no se detuvo.

—Eres un desgraciado —espetó el señor Nott.

Posiblemente le estaba dedicando una de sus miradas cargadas de desprecio que hacían temblar a cualquiera con dos dedos de frente. Barnaby Travers se limitó a echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada.

—No te pareció tan mal que lo fuera hace dieciocho años. ¿Cómo están tus hijos, por cierto? Consternados, supongo. Seguro que no les gustaría recibir más malas noticias.

Hermione había dejado de respirar, concentrando toda su atención en el puzle que se presentaba ante ella. Sentía que las piezas se presentaban ante ella, pero no tenía ni idea de cuál debía ser el resultado final.

—¡No te atreverás…!

Por mucho que la bruja hubiera deseado que su padre terminara la amenaza para saber de qué estaban hablando, Lawrence se detuvo ahí. Era curioso: como si no quisiera pronunciar las palabras en alto. Como si fueran un secreto demasiado valioso para ser revelado así sin más.

—Yo me atrevo a muchas cosas, Lawrence.

El tono de Travers se había vuelto mortalmente serio. Hermione estaba segura de que estaba desafiando a su padre con la mirada. Su posición en la silla era de alguien relajado, que no temía ningún posible exabrupto por parte de su interlocutor. La bruja se dio cuenta del motivo: él, y no su padre, mandaba en aquella conversación.

Conversación no, negociación.

»Sin embargo, también soy un hombre razonable —prosiguió Travers—. A mí no me importaría guardarte el secreto durante todo el tiempo que tú quieras, pero empieza a picarme en la lengua. Pero tú ya sabes que con una compensación podría desaparecer esa picazón.

—¿Cuánto?

Así que no era una negociación, sino un chantaje. La pregunta que no paraba de golpear a Hermione era: ¿dinero a cambio de guardar qué secreto? ¿Qué era aquello tan horrible que su padre no quería que se supiera bajo ningún concepto? ¿Qué verdad valía tanto como para aceptar chantajes durante dieciocho años?

Dieciocho años…

Travers debía de estar relamiéndose en aquellos momentos, porque se demoró en contestar.

—El doble.

—Largo de mi casa. —Lawrence Nott sonaba calmado, pero Hermione lo conocía lo suficiente para saber que esa calma era una fina capa de hielo que podía romperse ante la mínima presión—. Seguirás recibiendo la misma cantidad que llevo pagándote durante este último año, pero no pienso ceder ante ningún otro de tus chantajes. La suma que te pago es más que suficiente para comprar tu silencio y tu presencia aquí cada poco tiempo es suficiente castigo para mí.

Ahora ya quedaba claro por qué ese hombre venía a su casa cada pocos meses. La avaricia era un pozo sin fondo.

Travers se levantó, encogiéndose de hombros. Medía media cabeza menos que Lawrence Nott, pero no parecía lo más mínimamente preocupado por la figura intimidante del otro mago.

—Como tú quieras, pero no digas que no te lo advertí. —Hermione lo vio girarse hacia su padre y extender la mano derecha—. Lamento la muerte de tu esposa, Lawrence. Era una mujer tan valiente y bondadosa… —Hablaba con sorna, disfrutando de cada palabra que pronunciaba y del poder que estas le daban—. Debías de quererla mucho.

Al moverse para salir del despacho, los ojos claros de Travers se clavaron en Hermione. Esta contuvo el aliento y lo miró con expresión espantada. Si su padre se enteraba de que los había estado espiando, se llevaría un buen castigo. Sin embargo, la bruja era incapaz de separar los ojos del rostro de Barnaby Travers; la mirada de él se tornó cruel, como si acabara de atrapar a una presa y fuera a ponerse a jugar con ella.

Chasqueó la lengua y rio entre dientes. La miró fijamente a los ojos y le dedicó una mueca que pretendía imitar una sonrisa antes de seguir hablando.

»Debías de estar loco de amor, diría yo incluso, para permitir que criara a una sangre sucia como su hija.

Y así, tras pedir una taza de té y bajar a por ella y a por un buen libro, Hermione descubrió que todo su mundo se basaba en una mentira sobre la que ella no tenía ningún poder.


-N/A: Bueno, pues empieza lo que a mí me gusta: hacer sufrir a los personajes. Ok, no. Bueno, quizás un poco sí. Pero solo porque sé que Hermione saldrá renovada de esta situación, como el Ave Fénix. Los dramas baratos se los dejamos a la Rosa de Guadalupe ;)

Hemos tenido un poco de todo: mensajes crípticos de la señora Nott, una escena tierna de Theo y Hermione, una aparición inesperada de Draco y BOOOM, el gran momento. Mi parte favorita ha sido la de Theo. Creo que merece más protagonismo y no podía arrebatarle su momento. Veremos más de él en los próximos capítulos y puede que llegue un momento donde le dé voz propia para contar su historia. De momento, nos quedaremos con Hermione. Su padre le debe muchas explicaciones.

Si os ha gustado el capítulo, si tenéis preguntas, si las teorías vuelan en vuestra cabeza... ¡dejadme un review!

La próxima actualización será en septiembre. ¡Nos vemos en unas semanas, os echaré de menos! (Pero estaremos en contacto a través de los reviews y mis PM están abiertos para lo que necesitéis. Recordad que también podéis seguirme en FB). N/A-

MrsDarfoy