-N/A: ¡Hola! ¡Feliz año 2021! ¿Cómo estáis? Espero que muy bien, al igual que vuestros familiares. Respecto a mí, sé que han pasado ocho meses, pero aquí estoy de nuevo. (Lenta pero segura ¿?). No sé si todavía queda gente que espera este fic, pero hemos llegado al juicio (solo a la primera mitad), así que paciencia, ¡pronto Hermione volverá con Draco!
Siguiendo la tradición, quiero dar unas gracias enormes a la gente que comentó el capítulo anterior: Hatte, sofihikarichan, Dani H Danvers, Margarite Paroi, Love'sHeronstairs, hadramine, valeriadg27, Lilianne Ethel Nott, NoraCg, Heydi0503, HarleySecretss, pelusa778, Effy0Stonem, joss-12, Angela Crimson07, Adry-scrittore, Fergrmz, fransanchez, Fatima Denis, Bombon Kou Malfoy, Jaaaviera, Gaby Grey y dos guests. Vuestro constante apoyo es lo que me anima a no abandonar el fic *inserte corazones*.
Resumen de capítulos anteriores: Hermione descubre que es hija de muggles e intenta buscar una manera de purificar su sangre, en El Profeta se publica la verdad sobre su nacimiento y van a buscarla porque su padre ha sido detenido.
El juicio se dividirá en dos capítulos, siendo este el inicio y el próximo el desenlace (plus la aparición de Theo y el primer encuentro con Draco tras saberse la verdad). ¡Espero que os guste! No prometeré actualización porque ya sabéis cómo soy, pero sí prometo responder a todas las que me dejen review (porfaplis, son muy importantes). N/A-
Into the Light
XII. Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas, porque ninguna simulación puede durar largo tiempo. (Cicerón)
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El aire de la sala de interrogatorios donde habían metido a Hermione era gélido. Para tratarse de un edificio construido bajo tierra que contaba con los mejores hechizos simuladores, era imposible que el frío de aquella parte del Ministerio se tratara de un olvido. Definitivamente formaba parte de la atmósfera lúgubre de las mazmorras. El departamento de Aurores debía de pensar que así la gente estaría más predispuesta a colaborar si quería marcharse cuanto antes del lugar.
Y la verdad es que Hermione estaba deseando que la sacaran de allí.
La auror Tonks la había acompañado hasta allí y le había dicho, con una expresión parecía a la lástima, que debía esperar allí hasta que viniera alguno de sus compañeros a interrogarla. Cuando la puerta se abrió, Tonks volvió a entrar, esta vez seguida de una mujer que estaba en los treinta. Si la primera tenía el pelo rosa y llevaba botas de color rojo combinadas con una personalidad que parecía de todo menos gris, la segunda mujer tenía el pelo negro, unos ojos azules que daban la impresión de analizar todo lo que veía y una actitud adusta, perfecta para su profesión.
—Señorita Nott —la saludó—. ¿Me permite que la llame Hermione? —La chica asintió y la mujer se sentó frente a ella antes de presentarse—: Soy la auror Hestia Jones. Supongo que ya conoce a mi compañera, así que, si no le importa, comenzaremos con el interrogatorio ahora.
Otro asentimiento por parte de Hermione. A pesar de que tenía los dedos entrelazados, las manos le temblaban, no sabía si por el frío o por los nervios.
Aunque pensándolo bien, estaba allí porque, según El Profeta, su padre había asesinado al hombre que la había secuestrado cuando tenía apenas unos días de vida y se la había entregado para que hiciera el papel de su hija. Información que ella ya sabía y que había ocultado deliberadamente.
¿Su silencio había costado la vida de un hombre?
Sí, probablemente sus manos no podían estarse quietas debido a los nervios.
—¿Cuánto te enteraste de que Edelina y Lawrence Nott no eran sus padres biológicos?
Hermione inspiró hondo antes de responder. Estaba a punto de desmenuzar su vida delante de dos extrañas y se sentía desprotegida, sin escapatoria. Como si fuera una niña pequeña y la estuvieran regañando por haber comido entre horas; llevar todavía el uniforme de Hogwarts no la ayudaba a sentirse más segura de sí misma.
—Mi —dudaba mucho que pudiera volver a hablar de ese hombre sin vacilar sobre cómo referirse a él— padre me lo reveló el domingo pasado. Bueno, en realidad lo descubrí yo por error. Bajé a por una taza de té —una taza de té acabará con tu felicidad— y escuché voces, así que cuando fui a ver de qué se trataba me encontré con mi padre y ese hombre, Travers, hablando. Después de eso, mi padre ya no podía seguir mintiendo, así que me lo contó.
Los ojos de la auror Jones se entrecerraron ligeramente.
—¿Qué te contó exactamente?
—No fue muy… detallado en su respuesta. —Hermione frunció el ceño, porque pese a la situación en la que se encontraba, toda una vida intentando ser la mejor la obligaba a dar la respuesta correcta a cualquier pregunta. El diablo estaba en los detalles—. Al parecer, mi hermano nació bien, pero su otra hija… —Negó con la cabeza—. Así que buscaron a otro bebé. Y aquí estoy yo —añadió con tristeza.
Un atisbo de empatía cruzó la mirada escrutadora de Jones, pero la mujer estaba acostumbrada a enfrentarse a historias mucho peores, así que asintió brevemente antes de pasar a su siguiente pregunta.
—¿Qué sabes de Barnaby Travers? ¿Hablaste con él alguna vez?
—Lo vi alguna vez por casa, pero nunca le presté atención. Suponía que se trataban de reuniones de trabajo. —Un pensamiento bastante estúpido, sobre todo porque no sabía a qué se dedicaba ese mago, pero a finanzas seguro que no.
La otra bruja asintió, como si las palabras de Hermione fueran de lo más esclarecedoras. Tonks le dedicó una sonrisa de ánimo.
—¿Lo sabe alguien más de la familia?
—No —respondió Hermione. Su voz la traicionó, denotando el pánico que la sola idea despertaba en ella. Un sentimiento que no tenía sentido, puesto que El Profeta se había encargado de que lo supiera todo el país. Nunca más tocaría ese periódico—. Bueno, ahora ya sí.
—Ya nos hemos encargado de Rita Skeeter. —Por cómo habló Tonks, se notaba que no le tenía ningún aprecio a la periodista.
—El juicio del señor Nott empezará en una hora. Ahora necesito que te quedes muy quieta —Hestia Jones se levantó y se aproximó a Hermione, quien observó con desconfianza la varita de la auror— mientras te saco los recuerdos. Es un procedimiento estándar para comprobar que no te has dejado nada.
Para comprobar que no mentía, más bien. Hermione bajó la mirada y se mordió el labio inferior. No tenía sentido guardárselo más.
—Estos días he estado investigando sobre sistemas de purificación de sangre —admitió, levantando la cabeza. No podía seguir siendo tan cobarde—. No sé si es legal o no, pero prefiero que se sepa ahora en vez de encontrarlo en mis recuerdos.
La auror Jones apoyó una mano en su hombro y le dio un apretón.
—Decir la verdad te honra.
El proceso para extraer recuerdos no era doloroso, pero aun así Hermione cerró los ojos mientras sentía cómo una presencia extraña pero suave buceaba por su memoria. Casi sin quererlo, volvieron a su mente los últimos minutos que había pasado con su madre, la conversación con su padre, todas las horas en la biblioteca y las mentiras que le había dicho a Draco. Cuando dejó de sentir la presencia y abrió los ojos, los tenía empañados por las lágrimas.
—La auror Tonks se quedará contigo y te llevará a la sala del Wizengamot cuando sea la hora del juicio.
Hermione entró en pánico.
—¿Tengo que asistir? —preguntó con voz estrangulada.
No podía, era incapaz de someterse a las miradas de escrutinio y los cuchicheos. Y lo peor de todo: era incapaz, no soportaba la mera idea de tener que volver a ver a su padre y enfrentarse a su expresión de desprecio.
—Tranquila, hoy no van a preguntarte nada —le aseguró la auror Tonks. Su compañera salió de la sala con el vial con los recuerdos, dejándolas solas—. Pero seguramente hablarán sobre tus padres. Los biológicos, quiero decir. —Tonks se sentó sobre la mesa con las piernas cruzadas; se enganchó un mechón de pelo rosa detrás de la oreja antes de mirarla con ojos curiosos—. Igual te interesa saber quiénes son.
Esas palabras hicieron que Hermione se planteara un hecho que, por muy obvio que fuera, no se le había pasado por la cabeza todavía: quizás en unas horas conociera la identidad de sus padres. Miles de pensamientos recorrían su mente a toda velocidad mientras jugueteaba con el colgante que le había regalado Draco.
La sola idea hizo que se estremeciera.
—¿Qué ha pasado con Travers? —preguntó, más por distraerse que por verdadera curiosidad.
Aunque, pensándolo bien, sí que le gustaría saber cómo habían terminado descubriendo a su padre. Lawrence Nott podía ser muchas cosas malas, pero desde luego descuidado no. Y mucho menos estúpido. De hecho, si algo caracterizaba a las mentes inteligentes era la capacidad para buscar soluciones. Era raro que lo hubieran atrapado sin que él lo hubiera permitido.
Los dedos de Tonks repiquetearon contra la mesa mientras la auror decidía cuánta información podía proporcionarle.
—Alguien entró anoche en su casa. Hubo un forcejeo, pero al final ganó el otro tipo. No es nadie conocido, solo un mercenario —explicó con un ademán—. Pero Travers era más listo de lo que parecía, así que cuando murió se activó un hechizo bloqueador. Nos llegó una alerta al Ministerio para que fuéramos a investigar y encontramos al asesino junto al cuerpo intentando escapar. —Chasqueó la lengua—. El tipo parecía más frustrado porque un cadáver lo hubiera atrapado que enfadado porque fuéramos a detenerlo.
—¿Y qué tiene que ver mi padre en todo esto?
Si algo le había enseñado Aritmancia era que cuando encontraba un cabo suelto debía volver a empezar hasta que todo cobrara sentido.
Tonks se quedó pensando.
—Qué demonios, yo creo que tienes derecho a saberlo —terminó diciendo—. De todas maneras vas a enterarte luego. —Bajó de la mesa de un salto y arrastró la silla vacía hasta colocarla cerca de Hermione—. El mercenario, un tal Axel Proust (alemán, creo), ha confesado. Sus recuerdos no mienten. Y por si fuera poco, Travers, el muy listo, tenía una carta preparada para El Profeta en la que informaba de que, en caso de morir, lo más probable era que el causante fuera Lawrence Nott. También explicaba el motivo —añadió en tono más suave.
La vida de Hermione se había convertido en un amasijo de mentiras, traiciones, intrigas y asesinatos. Y por si fuera poco, ahora se convertiría en un espectáculo y motivo de censura para el mundo mágico.
Se llevó dos dedos al puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza; estaba empezando a dolerle la cabeza.
—¿Estás bien? ¿Quieres un vaso de agua?
Hermione negó con la cabeza. No había nada que pudiera solucionar sus problemas, excepto quizás Aparecerse en otro país. O en otra vida, para estar más segura.
Llamaron a la puerta. Tres golpes, que para la chica sonaron como tres clavos en su ataúd. Era el sonido de la verdad, que venía a por ella implacable.
Tonks la miró con expresión de disculpa mientras se ponía en pie.
—El juicio va a empezar. —La bruja más joven asintió y se levantó. Cuando se acercaba a la puerta, la mano en su hombro de la auror la detuvo—. Si en cualquier momento te sientes sobrepasada, hazme una señal y te sacaré discretamente.
Hermione le dedicó una sonrisa breve y asintió, agradecida. Al menos ahora tenía un rayo de luz en esa oscuridad asfixiante en la que iba a sumergirse.
Tonks la guio por los pasillos hasta los ascensores y, a medida que se adentraban en el pasillo que llevaba a la sala del juicio, más y más gente se giraba a mirar a Hermione. La bruja se alisó la falda del uniforme, pero se frenó rápidamente al darse cuenta de que le sudaban las manos. Se maldijo internamente, pero era difícil desprenderse del hábito de toda una vida, por muy nerviosa que estuviera.
Cuando entraron en el Wizengamot, Hermione contuvo la respiración. Ya había muchos miembros sentados, hablando entre ellos, pero el silencio fue creciendo a medida que se dieron cuenta de que ella había aparecido. Decenas de ojos, clavados en ella como agujas, analizándola. No, «juzgándola» sería una palabra más apropiada. Porque Hermione los conocía a casi todos y sabía que eran amigos de su padre o, como mínimo, hombres con los mismos ideales que Lawrence Nott. Era curioso —casi irónico— que fuera su padre quien hubiera cometido un crimen, pero fuera ella a quien miraran con desprecio.
—Por aquí. —Tonks la llevó hasta los bancos que había al lado de la entrada. Estaban vacíos a excepción de algunas personas sentadas en el extremo contrario—. Elige el sitio que quieras. Yo estaré allí. —Señaló el lado contrario, donde se encontraban varios aurores y trabajadores del Ministerio—. Si me necesitas hazme una señal —le recordó.
Le dio un apretón de ánimo en un hombro y una sonrisa compasiva antes de colocarse al lado de sus compañeros.
Hermione tragó saliva antes de quedarse mirando los espacios vacíos delante de ella. Al notar las miradas interesadas de los magos y brujas ya situados, desvió la mirada rápidamente y descartó las sillas más cercanas a ellos. Tampoco quería sentarse justo al lado de la puerta porque era un lugar de paso, así que se decidió finalmente por sentarse a un metro y medio de la puerta. Se sintió más sola y vulnerable que nunca a merced de tantos ojos escrutadores y tantos susurros mal disimulados, pero hizo su mejor esfuerzo por no prestarles atención.
Se llevó la mano del anillo al collar y empezó a moverlo entre sus dedos, luchando por controlar su respiración. Sus ojos se habían perdido en algún punto del suelo marmóreo, pero, inconscientemente, buscó en la sala la relación más cercana que tenía a los dos regalos que llevaba puesto.
No sabía qué había esperado concretamente de ese encuentro, pero por algún extraño motivo se sintió decepcionada con el resultado: Lucius Malfoy la observaba con los finos labios apretados en un mohín de desaprobación y una frialdad hasta ahora desconocida para ella en esos ojos que eran tan iguales a los de su hijo. Hermione solo pudo sostenerle la mirada unos segundos antes de que el ministro de magia apareciera por la puerta y cruzara la sala a grandes zancadas. Se preguntó si su hijo se le asemejaría no solo en físico, sino también en la repulsión hacia ella.
Para cuando empezó el juicio, Hermione ya se había guardado el collar por dentro de la camisa y había bajado la mano a un lado en el banco.
—Estimados miembros del Wizengamot, estamos hoy reunidos para juzgar a Axel Proust por el asesinato de Barnaby Travers bajo las órdenes de Lawrence Nott. Además, el señor Nott también está acusado de alterar ilegalmente la vida de personas muggles —La voz de Kingsley Shacklebolt resonó con fuerza. Movió la mano en dirección a la puerta—. Que entren los acusados.
Hermione contuvo la respiración mientras se escuchaban pasos acercándose. Mantuvo la mirada fija delante, en el atril del ministro, para evitar encontrarse con su padre, pero por el rabillo del ojo pudo apreciar que el mago pasaba de largo por su lado y continuaba hasta la silla reservada a los acusados.
Pese a todo lo que le había hecho, la bruja se sintió decepcionada porque, ni siquiera en un momento como ese, su padre le dedicara ni una triste mirada.
Aunque en un principio no se había fijado en él, al lado del señor Nott también estaba Proust. Hermione no lo había visto en su vida, pero no parecía el típico mercenario. Aunque claro, de espaldas dudaba mucho que alguien lo pareciera, y tampoco esperaba que alguien dedicado a matar por encargo lo anunciara a bombo y platillo.
Una vez ambos acusados se sentaron, Kingsley se tomó unos segundos para mirarlos duramente antes de proseguir.
—Empezaremos interrogando al señor Proust.
Apenas fue necesario que le hicieran preguntas, porque el mercenario lo narró todo con pelos y señales: desde cómo había conocido a Lawrence Nott hasta cuánto dinero le había pagado y de qué manera logró introducirse en la casa de su víctima. También describió con todo lujo de detalles cómo Travers lo había enfrentado y hasta qué hechizos había usado contra él. De tratarse de un libro, habría sido un gran giro de los acontecimientos la parte en la que contaba lo sorprendido que se había quedado al descubrir que le era imposible salir del lugar.
A Hermione, en cambio, su declaración la dejó con un nudo en la garganta; Barnaby Travers no significaba nada para ella (nada bueno al menos), pero que alguien pudiera hablar de tu muerte con tanta frialdad era bastante desolador.
Axel Proust terminó su declaración con un suspiro y una mirada de reproche a su padre:
—El señor Nott debería haberme advertido de lo listo que era ese tipo. Nos habríamos ahorrado todos estos trámites.
Había dos tipos de personas en el mundo: las que no usaban cerillas para evitar la posibilidad de quemarse y a las que les gustaba arder siempre que consiguieran arrastrar a alguien más. Axel Proust era de las últimas, a juzgar por la sonrisa satisfecha que lucía cuando lo sacaron de la sala. Hermione reconocía esa expresión: era la de alguien que había aceptado su caída, pero se alegraba de llevarse con él al que lo había empujado.
Le dedicó una mirada curiosa a la bruja antes de salir, pero pudo verse claramente como la relevaba a un segundo plano. No debía de saber que era por ella porque iba a terminar en Azkaban. O peor.
—El Wizengamot ha sido testigo de la declaración del primer acusado y de la veracidad de sus palabras y sus recuerdos. —Kingsley se dirigió al jurado—. Tendrán un día para reflexionar sobre cuál es la condena más apropiada en base al crimen. —Se giró hacia Lawrence Nott, que no había hablado en todo ese tiempo; ni siquiera había intentado desmentir las palabras del hombre al que había pagado para matar. Lawrence era demasiado inteligente para saber que no tenía ninguna posibilidad contra unos recuerdos—. A continuación pasaremos al interrogatorio del segundo acusado.
Hermione se puso recta en su asiento y se inclinó ligeramente hacia delante; la ansiedad y los nervios no le permitían perderse una sola de las palabras que se pronunciarían a continuación.
»Señor Nott, se lo acusa de ordenar el secuestro de la que después sería su hija, así como de ordenar el asesinato de Barnaby Travers, el hombre que la secuestró. Antes de empezar, ¿quiere defender su inocencia de alguna manera?
El acusado no se movió y, si Hermione hubiera podido verle la cara, habría sido testigo de una de sus expresiones impenetrables. Lawrence Nott nunca mostraba sus emociones, porque eso hacía débil a una persona.
—Bien —prosiguió Shacklebolt—, en ese caso que pase la primera testigo.
Hermione abrió los ojos como platos y miró hacia Tonks, frenética, pero soltó el aire contenido al darse cuenta de que no se referían a ella. En vez de eso, una bruja de pelo rubio y tacones de aguja hizo aparición en la sala. Rita Skeeter sí que miró a la joven y hasta le dedicó una sonrisa, la misma que emplearía alguien que sabía que podía sacar tajada de una situación.
Cuando la redactora de El Profeta se sentó, se cruzó de piernas y miró a su alrededor sin poder contener la alegría que le producía estar allí. Hermione sabía a ciencia cierta que lo único que le impedía estar tomando nota era que algún auror le habría requisado la libreta que llevaba a todas partes antes de entrar en la sala.
—Señorita Skeeter, tenemos entendido que ha sido usted quien ha recibido la carta de Barnaby Travers a altas horas de la madrugada. —Por la expresión y el tono del ministro al dirigirse a la bruja, se podía ver que él formaba parte del grupo de detractores de la periodista. O más bien, de sus métodos —. ¿Por qué ha escrito el artículo antes de ponerse en contacto con el cuerpo de Aurores?
Rita Skeeter se llevó una mano al pecho. Habría sido una maravillosa actriz de no haberse decidido por el periodismo. Si es que lo que ella hacía podía llamarse así.
—Porque mi primer deber es para con mi trabajo —replicó. No había añadido «evidentemente» al final de la frase, pero su tono lo dejaba claro—. También estaba respetando el último deseo del fallecido. Pobre hombre —añadió con afectación.
Kingsley la miró sin esconder ya su desaprobación.
—¿Podría leer, por favor, la carta que le llegó?
Un sobre blanco de papel voló por la sala hasta la bruja, que lo atrapó entre dos dedos con uñas pintadas de un rojo sangre. Rita Skeeter se aclaró la garganta mientras desdoblaba la carta.
—A los estimados trabajadores de El Profeta: Si leen esta carta, significa que un servidor, Barnaby Travers, está muerto. Espero que esta carta vea la luz dentro de muchos años, pero en el triste caso de que no sea así, me gustaría que se publicara una verdad que llevo ocultando muchos años y que implica a cierta familia sangre pura: los Nott. Hace dieciocho años, Lawrence Nott se puso en contacto conmigo a mediados de septiembre con una petición inusual: que le encontrara a una niña que hubiera nacido ese mismo día. Yo no hice preguntas y él pagó muy bien, así que a primera hora de la mañana siguiente le llevé el encargo. —El corazón de Hermione dio un vuelco al escuchar que se hablaba de ella como si no fuera un ser humano. Era una cosa, una solución a un problema imprevisto. Una conveniencia—. La señorita Hermione Nott creció fuerte y sana, así que yo creí conveniente seguir cobrando por haber realizado tan excelente servicio, pero el señor Nott no está de acuerdo, así que sospecho que en algún momento intentará actuar contra mí. Esta carta es mi manera de asegurarme de que no salga indemne.
Cuando Rita Skeeter terminó de leer, se hizo un silencio denso en la sala. Hermione analizó a los magos y brujas que tenía delante. A unos pocos no les importaba quién era su padre, pero el resto no se sentían cómodos con la idea de tener pruebas tan rotundas contra uno de los suyos.
—Bien, muchas gracias por su testimonio, señorita Skeeter. Puede retirarse ya.
La bruja se levantó y se dio media vuelta, pero cuando sus ojos se posaron en Hermione enarcó las cejas y sonrió de manera calculadora.
—¿No sería posible que me quedara a ver el resto del juicio? Estoy segura de que a la comunidad mágica…
El ministro no la dejó terminar.
—Gracias —repitió de manera contundente.
Con un movimiento de mano indicó a un auror que la acompañara fuera. Hermione se lo agradeció internamente.
—Desgraciadamente, no tenemos los recuerdos del asesinado para corroborar lo que dice la carta, pero el señor Nott ha accedido de manera voluntaria a que se le sustraigan los recuerdos. —Este hecho sorprendió a Hermione, aunque podía llegar a entender la actitud de su padre: no tenía sentido esconder lo evidente. Quizás esperaba que le redujeran la condena si colaboraba—. A continuación procederemos a su visualización para que el Wizengamot juzgue la gravedad de los acontecimientos.
Hermione se agarró al borde del banco y miró a su alrededor. No estaba preparada para ver esa parte de su vida, no todavía. Sin embargo, el juicio no iba a contenerse por sus sentimientos.
Dos Inefables aparecieron en la sala cargando con un pensadero, que dejaron en un lado. Levantaron sus varitas, apuntando hacia el agua de su interior, y las movieron al unísono. El líquido empezó a moverse en el aire hasta dispersarse por todo el techo; unos segundos después, un remolino se formó y se perfilaron varias figuras, inidentificables al inicio.
Hermione reconoció la sala que apareció, porque la había pisado incontables veces: el dormitorio de su madre. Se oía un gimoteo procedente de la cama, como si alguien quisiera llorar pero ya no tuviera las fuerzas necesarias.
Su madre. Era el día del nacimiento, se dio cuenta Hermione con lágrimas en los ojos.
Otra figura se movió hacia la cama. Lawrence Nott, con dieciocho años menos pero la misma expresión adusta se sentó en el borde de la cama y buscó una mano de su mujer con las suyas. La piel era de un amarillento translúcido, como si estuviera atravesando una enfermedad grave.
—No te preocupes —le dijo en voz baja—. Ya he buscado una solución.
La cara de Edelina se hizo más nítida. Tenía los ojos rojos, las mejillas hundidas y la piel tan pálida como el día que murió. Su mirada estaba vacía.
—¿Has encontrado otra manera de traerla de vuelta? —preguntó.
Acto seguido le dio un ataque de tos y Lawrence corrió a incorporarla y darle un poco de agua.
—No tendrías que haber… —empezó, pero calló y negó con la cabeza.
No tendría que haber intentado traer a un muerto de la otra vida, era lo que quería decir. El precio sería demasiado alto, aunque ellos todavía no lo habían entendido plenamente.
En ese momento apareció un elfo. Hermione no lo reconoció. Probablemente su padre se había deshecho de él para que no desvelara a nadie lo que había hecho, a pesar de que un elfo no podría haberlo hecho sin el permiso de su amo.
—Señor Nott —dijo la criatura en un susurro, como si temiera la reacción del señor de la casa—, ya ha vuelto.
Lawrence se levantó de la cama, no sin antes acariciar suavemente el rostro de su mujer, que había cerrado los ojos. Edelina estaba tan agotada que ni siquiera le quedaba ya fuerza para llorar.
Los recuerdos siguieron a su portador por el pasillo hasta las escaleras y luego la planta baja. En la biblioteca se encontraba un hombre de espaldas. Cuando se giró, vieron a Barnaby Travers cargando con algo pequeño.
Hermione soltó un grito ahogado. Era ella. Ella con un día de vida. Sintió que le costaba respirar.
—Es muggle, pero mejor eso que nada —fueron las primeras palabras de Travers. Por su expresión, cualquiera diría que estaba sosteniendo a un bebé suyo en vez de a uno robado a otra familia.
Cuando se la ofreció a Lawrence, este vaciló antes de cogerla. La examinó sin ningún sentimiento en el rostro, pero asintió cuando comprobó que no parecía tener ningún defecto visible.
—¿Te has encargado de que no la echen de menos? —preguntó con dureza.
Travers asintió.
—Sus padres no la recordarán y sus familiares y personal del hospital sentirán un terrible dolor de cabeza si piensan en ella hasta que cambien de tema. También he borrado los registros. —Sonrió ampliamente, satisfecho de su desempeño—. Tranquilo, mis hechizos no fallarán mientras ella viva.
Lawrence volvió a mirar al bebé y torció el gesto. Hermione ya sabía que la había robado para contentar a su madre, pero eso no hacía que doliera menos.
—Hoy mismo te haré llegar el dinero.
—Siempre un placer hacer negocios contigo —respondió Barnaby, sonriéndole otra vez. No fue un gesto bonito, sino una sonrisa calculadora que lo llevaría, dieciocho años después, a su muerte—. ¡Por cierto! —exclamó cuando ya se iba—. No sé si habíais pensado un nombre, pero la niña ya tenía uno cuando la cogí. —Se dio varios golpecitos en la barbilla con un dedo—. «Hermione… Jean…» algo. —Se acercó al bebé—. Creo que sigue llevando la etiqueta.
Lawrence retrocedió y, mientras sostenía a la niña con un brazo, se sacó la varita de la túnica con la mano libre. Acto seguido hizo que la etiqueta que le habían puesto a Hermione desapareciera.
—Cuanto menos sepamos, mejor.
Hermione, que había estado conteniendo la respiración, se sintió a la vez aliviada y decepcionada. Por una parte, le gustaría saber quién era en realidad. Por otra, se alegraba de ser capaz de aferrarse a algo de su vida actual. Aunque solo fuera un apellido que no le había pertenecido en primer lugar.
Lawrence observó a Barnaby Travers con una expresión indescifrable antes de rehacer el camino hacia el dormitorio donde su mujer reposaba. Cuando entró, se acercó con cuidado de no alterarla y la llamó suavemente, con ese tono que solo tenía reservado para ella.
—Edelina. —La mujer entreabrió los ojos—. Te dije que lo arreglaría.
Edelina se incorporó todo lo rápido que pudo cuando se dio cuenta de lo que llevaba en brazos su marido y lo miró con los ojos como platos.
—Lawrence, ¿de dónde has sacado a esta niña? —preguntó con preocupación.
—Eso da igual —replicó Lawrence, poniendo al bebé en brazos de su esposa.
La bruja miró a Hermione primero con expresión de duda, pero sus rasgos se suavizaron cuando la contempló y pasó un dedo por su pequeña nariz respingona. Cuando su mente volvió a la explicación de por qué estaba allí, frunció el ceño.
—Pero esta niña debe de tener unos padres que la están buscando, Lawrence… —En su voz estaba claro que había una lucha en su interior.
Lawrence Nott le acarició la mejilla.
—Nosotros somos sus padres ahora —sentenció con rotundidad.
Edelina volvió a mirar a Hermione con una sonrisa un tanto triste. La bebé cogió con su diminuta manita uno de los dedos de su nueva madre. Fue justo ese el momento en el que quedó sellado su destino como hija de los Nott.
—Trae a Theodore para que conozca a su hermana.
La imagen entonces empezó a deshacerse, como humo llevado por el viento, hasta desaparecer completamente. En la sala se hizo un silencio enorme, pesado, ante una prueba tan rotundamente incriminatoria.
Hermione estaba llorando en silencio. Cuando Shacklebolt se levantó de nuevo para dirigirse al tribunal, se apresuró a secarse las lágrimas y sorber por la nariz, porque lo último que le faltaba era convertirse en un espectáculo.
—Bien, hemos tenido la oportunidad de comprobar lo acontecido alrededor del secuestro y manipulación de muggles de los días diecinueve y veinte de septiembre de mil novecientos setenta y nueve. —Miró a ambos lados de la grada, donde magos y brujas mostraban expresiones de todo tipo, desde desaprobación hasta molestia —. Haremos un aplazamiento y continuaremos mañana por la mañana. Tienen un día para deliberar y decidir cuál es la condena más apropiada.
La gente se levantó y empezó a dispersarse. Varios se quedaron en grupo, hablando entre ellos y comentando lo que acababan de ver; otros se marcharon inmediatamente. Uno de ellos fue Lucius Malfoy, quien salió de la sala a grandes zancadas, no sin antes mirar de soslayo a Hermione como si fuera un cubo de basura que oliera mal.
Intentó no prestarle atención, pero sí que fijó sus ojos en su padre, a quien dos aurores habían cogido por los brazos para levantarlo y empezar su traslado a Azkaban. Hermione sintió cómo la rabia escondida tras el miedo empezaba a apoderarse de ella y, antes de que pudiera pensar bien qué estaba haciendo, se interpuso en su camino.
Lawrence Nott se quedó mirándola desde arriba con los ojos entrecerrados y los labios apretados.
—¿No tienes nada qué decir? —espetó Hermione.
Los aurores se miraron entre ellos, sin saber bien cómo proceder, pero no la interrumpieron.
El señor Nott chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—¿Tan inteligente y no has sacado tus propias conclusiones? Qué pérdida de tiempo.
Hermione retrocedió un paso, dolida por sus palabras. ¿Por qué era así? ¿Por qué ni en esa situación podía mostrarse arrepentido? No esperaba que la quisiera —ya había renunciado a eso—, pero ¿tanto le costaba pedirle perdón?
Claro que le costaba. Porque para pedirle perdón tendría que tener un mínimo sentido de la compasión.
Sintió una mano en el hombro y cuando giró la cabeza lo primero que vio fue el pelo de la auror Tonks. La joven la empujó suavemente hacia un lado, posiblemente porque se había dado cuenta ella también de que esa conversación no iba a ningún lado. Sus compañeros se llevaron al detenido y Hermione se quedó allí de pie, mirándolo irse.
A eso había quedado reducida la relación con el hombre que la había criado durante dieciocho años.
—Shacklebolt quiere hablar contigo —le susurró Tonks.
El despacho del ministro era mucho más sencillo de lo que Hermione se habría imaginado nunca: una habitación cuadrada, con una mesa de caoba y tres sillas del mismo material eran el mobiliario principal; sin contar los cuadros de sus predecesores, de actitud entre solemne y dignificada, Kingsley Shacklebolt trabajaba rodeado de una considerable humildad.
Hermione permaneció sentada en una silla, la espalda recta y los talones cruzados, aunque los pulgares de sus manos entrelazadas no dejaban de moverse como muestra exterior de la lucha interna que vivía en ella. ¿Qué haría ahora? ¿Tendría que volver a Hogwarts?
¿Cómo podía hacer eso?
Tonks, por el contrario, no paraba de examinar esto y aquello, y su deambular curioso distraía y molestaba a Hermione a partes iguales, pero al mismo tiempo le recordaba a Theo. Theo, ¿cómo estaría su hermano? Sin embargo, no tuvo más tiempo para pensar en él, porque el ministro hizo su aparición en ese momento.
—Lamento todo lo que ha tenido que presenciar y escuchar hoy, señorita Nott —Shacklebolt era ese tipo de hombre del cual te creías su empatía—, pero le prometo que intentaremos que todo termine cuanto antes. —Sus ojos se posaron entonces en Tonks—. Puede esperar fuera, gracias.
Cuando la puerta se cerró, dejando a Hermione sola con el ministro, lo observó unos segundos antes de bajar la mirada a la mesa, esperando lo que fuera que el mago tenía que decirle.
—Iré al grano, porque considero cruel alargar esto más tiempo y porque se dice de usted que siempre ha sido una joven inteligente. —Hermione tragó saliva pero asintió con decisión—. Ahora que ya han quedado claras las circunstancias de su nacimiento, el Ministerio tiene la obligación de reparar el daño infligido a cualquier muggle afectado. —El mago hablaba con calma, prestando atención a las posibles reacciones de Hermione. La bruja intentó mostrarse impasible, porque no creía apropiado tener un ataque de pánico allí mismo—. Sin embargo, tenemos poca información y, teniendo en cuenta que han pasado dieciocho años, va a ser una ardua tarea…
Las últimas palabras se quedaron flotando en el aire y Hermione tardó unos segundos en comprender la pregunta tras ellas.
—¿Me está pidiendo permiso?
El ministro se echó para atrás y suspiró.
—En cierto modo, sí. Al fin y al cabo, estamos hablando de sus padres, su familia biológica. —La bruja sintió un rechazo casi instantáneo ante esas palabras, que se tradujo en unos labios levemente fruncidos—. Pero quizás sea una búsqueda infructuosa. No tenemos ninguna información sobre ellos: ni su apellido, ni el hospital donde nacieron, ni siquiera una descripción física básica.
En eso tenía razón: Hermione podría haberse cruzado con ellos en una de sus escasas visitas al mundo muggle sin darse cuenta de que precisamente ellos la habían engendrado.
»Con esto quiero decir que me encargaré personalmente de que se haga todo lo posible por encontrarlos, pero quiero serle sincero: hay pocas probabilidades de que los encontremos, e incluso haciéndolo, el proceso de restauración de la memoria será largo y costoso.
Hermione cerró los ojos con fuerza y negó varias veces. Cuando los abrió, pese a que brillaban, mostraban un resquicio de la determinación que la caracterizaba.
—No es necesario. —Kingsley la miró con sorpresa, pero también con una triste comprensión—. Prefiero que no hagan nada. Esas personas tienen una vida de la que yo nunca he formado parte. —¿Quién sabía? Quizás hasta tuvieran más hijos. Quizás se habían mudado o incluso… No—. Creo que lo mejor para todos es que todo siga como ahora.
Esas palabras significaban mucho más de lo que ella o cualquiera era capaz de asimilar en ese momento, pero ya tendría tiempo para entenderlas. El tiempo, como siempre, sería un excelente maestro.
Shacklebolt dejó caer los hombros y asintió.
—Entiendo. De todos modos, si en algún momento cambia de opinión, empezaremos con la búsqueda de inmediato.
Él se levantó y la bruja lo imitó, aunque insegura de su siguiente paso. Por suerte, el ministro ya había pensado en ello.
—La auror Tonks la acompañará a su casa y pasará la noche con usted. Mañana la traerá de vuelta para el veredicto —la informó, aproximándose a la puerta—. He pensado que sentiría menos… abrumada en la mansión Nott, sin tanta gente haciendo preguntas.
Hermione le agradeció silenciosamente que hubiera pensado en ese detalle con una pequeña sonrisa.
Tonks estaba apoyada en la pared del pasillo con actitud aburrida mientras hacía girar la varita entre sus dedos. Cuando se dio cuenta de que la puerta se había abierto, la varita se le cayó y la bruja soltó una maldición entre dientes mientras la recogía rápidamente y se erguía con seriedad para esperar órdenes. Era una persona que fascinaba a Hermione, porque era la última bruja de Gran Bretaña a la que habría considerado apta para su puesto de trabajo.
No obstante, quizás debería hacerle caso a la vida en su lección de no juzgar a los demás y empezar a aplicarlo si no quería que se hiciera lo mismo con ella.
Cuando Hermione salió de la enorme chimenea del salón de casa, se preguntó si el frío que estaba sintiendo siempre había estado ahí o, por el contrario, la muerte de su madre había hecho que cualquier tipo de calidez se evaporara, dejándola entre un montón de paredes vacías.
El silbido sorprendido de Tonks la distrajo.
—Mi madre me ha hablado de la casa de mi tía, pero yo creo que esta es más grande.
Hermione recordó entonces que Nymphadora Tonks era la hija de Andrómeda Black, la hermana Black de la que nadie hablaba nunca, porque había renunciado a lo que su linaje significaba por amor a un hijo de muggles. Eso hizo que pensara automáticamente en Draco. Sintió náuseas.
—Creo que la suya es más grande, aunque la nuestra tiene más luz —comentó Hermione en tono neutro, mientras empezaba a andar con decisión.
Alguien le salió al paso: Melpy apareció frente a ella con los mismos ojos grandes y la misma actitud solícita de siempre, aunque todo en su rostro revelaba que la elfina estaba más ansiosa y preocupada que antes.
—¡Ama, ha vuelto! —exclamó la criatura, olvidando momentáneamente que Hermione le había dado permiso para no llamarla de esa manera tan servil—. Melpy no entiende qué ha pasado, Melpy…
Hermione se agachó hasta estar a su misma altura.
—Melpy, necesito que te tranquilices —le dijo. «Porque si a ti te da un ataque de nervios no sé quién se va a encargar de las cosas»— y prepares un té a nuestra invitada —ordenó, más como recurso para darle algo que hacer a la elfina que como verdadera necesidad.
Melpy dirigió su mirada curiosa a Tonks y asintió rápidamente antes de desaparecer.
Cuando se quedaron solas otra vez, Hermione se preguntó qué debía hacer ahora. ¿Era apropiado hacerle a la auror un tour de la casa? Aunque pensándolo bien, había demasiados cuadros silenciosos de miradas hostiles con poca predilección por cualquier sangre sucia, no digamos ya dos.
—¿La casa tiene protección contra extraños? —preguntó Tonks en ese momento, acercándose a una de las ventanas.
—Nadie que no tenga el visto bueno de mi padre puede entrar sin que algún inquilino lo acepte. —El peculiar sistema de seguridad hizo que Hermione tuviera el presentimiento de que habían podido entrar porque Lawrence no había tenido tiempo de prohibirle el paso—. Excepto, claro está, cualquier auror o inefable —añadió. Era uno de los requerimientos del Ministerio: ninguna familia sangre pura podía prohibir la entrada a alguien del cuerpo de seguridad del Ministerio. No después de la última guerra.
—Mejor, todo ese trabajo que me ahorro —respondió Tonks con satisfacción.
Melpy volvió con el té humeante y unas galletas.
—¿Preparo la cena? —preguntó.
Hermione asintió, a pesar de que la sola visión de las galletas ya le revolvía el estómago. Seguro que la auror querría comer algo.
Tonks ocupó uno de los sillones tapizados y Hermione se sentó en el medio del sofá, con la mirada fija en su té. Y sin saber bien cómo, empezó a llorar hasta tal punto que la auror le quitó la taza con delicadeza y la dejó en la mesa. No intentó abrazarla, lo que Hermione agradeció, se limitó a quedarse a su lado sorbiendo su té de vez en cuando sin decir nada.
Hermione lloró todo lo que sus ojos le permitieron. Sintió que se ahogaba y sintió que las lágrimas nunca cesarían, pero poco a poco fue capaz de respirar y parpadeó varias veces mirando hacia arriba, en parte avergonzada por el espectáculo y en parte frustrada porque, pese a que se sentía ligeramente mejor, no sentía ni la mitad del alivio que necesitaba para estar en paz.
—Oye… —Los ojos marrones de Tonks se posaron en ella con compasión— ¿por qué no vas a darte una ducha y te pones el pijama? Luego te subiré algo para comer.
La bruja sorbió por la nariz y se secó las mejillas mojadas con el dorso de la mano.
—Le diré… Le diré a Melpy que te prepare la habitación de invitados —replicó con voz trémula.
Tonks rio entre dientes y negó con la cabeza.
—Será mejor que me preparé café. Me espera una larga guardia y Shacklebolt me matará si se entera de que he echado una cabezadita en horario de trabajo.
—Gracias.
No por vigilarla, sino por mantener lo más parecido a una actitud normal, pero era algo que no se sentía capaz de decir.
Hermione subió a su habitación, ignorando los ojos que se posaban en ella. Se quitó la ropa con movimientos autómatas y la dejó caer en el suelo de cualquier manera antes de darse en el baño más largo de su vida.
Se dejó caer en la cama todavía envuelta en la toalla y con el pelo mojado, pero no le importaba. Su cabeza era una maraña de pensamientos inconexos, miedos y mil versiones posibles de lo que pasaría al día siguiente. Permaneció inmóvil, en la oscuridad de su habitación, con la mirada fija en el techo.
Como si por apenas respirar fuera a salir indemne de la situación.
En algún momento de la noche, cuando el sol estaba a punto de hacer su aparición, se quedó dormida, para despertar algunas horas después con la voz suave de Melpy llamándola.
Hermione se incorporó, desorientada, y se llevó una mano al cuello, porque de pasar tantas horas en la misma postura se le había resentido.
—La señorita Tonks ha pedido a Melpy que la despierte. ¿Melpy prepara el desayuno? —inquirió la elfina.
—Sí —replicó Hermione con voz medio ronca—. Pero pregúntale a la auror Tonks qué quiere tomar, no hace falta que sea tan elaborado como siempre.
Era curioso cómo, pese a la situación, era capaz de convertirse en la perfecta anfitriona. Su abuela estaría orgullosa si la viera. Bueno, quizás no. ¿Sabría ya que no era su nieta de verdad? Hermione movió la cabeza con fuerza para deshacerse de esos pensamientos a esa hora tan temprana de la mañana.
Se levantó y eligió un vestido de color morado uva, ya que le parecía raro volver al Ministerio con su uniforme de Hogwarts, pero tomó nota de pedirle a Melpy que se lo llevara allí luego. Respecto a su pelo, suspiró y se lo recogió en un moño apretado en lo alto de la cabeza, porque ya no tenía sentido intentar arreglárselo. Se miró en el espejo, preguntándose si parecía demasiado frívola al arreglarse tanto para ir a averiguar si su padre tenía una sentencia a muerte sobre su cabeza. La sola idea la horrorizaba, no porque se negara rotundamente, sino porque una pequeña parte de ella se había alegrado ante la perspectiva. ¿La convertía eso en un monstruo? ¿En una mala hija? ¿En alguien sin sentimientos?
¿Tan severamente sería juzgada por querer que ese hombre desapareciera de su vida?
El desayuno fue frugal, porque Tonks tenía cara de que ni el café la salvaba ya y Hermione se sentía al borde del desvanecimiento, por lo que en menos de media hora, estuviera preparada ella o no, usaron la Red Flu para acudir a la resolución del Wizengamot. Tener a la auror a su lado tranquilizaba a Hermione, porque en el día que la conocía había llegado a apreciarla, como si fuera su salvavidas particular en caso de encontrarse atrapada.
Sin embargo, para lo que no la preparó fue para encontrarse con la mirada dolida y confusa de Theo cuando llegó. Y mucho menos esperó que su hermano ignorara su llamada y se diera media vuelta, dándole la espalda.
Hermione hizo caso omiso de la llamada de Tonks mientras corría al encuentro de su hermano. Lo cogió del brazo para detenerlo, pero cuando él se giró, lo soltó, espantada al ver la mirada de resentimiento que Theo le dedicó.
No. No era posible que él también la hubiera abandonado.
-N/A: Espero que no os haya parecido tedioso este capítulo ni os haya decepcionado. De verdad que me gustaría haber metido más salseo, pero esta es la historia de la vida de Hermione y no puedo adelantar acontecimientos solo para volver a su romance con Draco. Necesitamos leer primero todo el background y circunstancias para que los personajes puedan progresar y madurar. Sé que me entenderéis porque sois maravillosas, pero si a alguna no le ha gustado lo que ha leído, me disculpo de antemano.
Respecto al fic, me da mucha pena que Hermione siga intentándolo con su padre (aunque ella diga que no), porque debe de ser muy duro que tu propio padre te desprecie. Además, vamos viendo ya lo que implica ser adoptada y descubrirlo en tan demoledoras circunstancias (algo primordial y que iré trabajando en los próximos capítulos). Hermione va a tener que luchar contra todo y todos para salir adelante, pero nuestra protagonista es fuerte, ¡por algo es Gryff- ah, no, espera xd!
También tendremos oportunidad de leer qué pasa con Theo y cómo se siente. Quizás no en el próximo cap, porque todavía estoy decidiendo si debo desvelar esa parte, pero os prometo que más adelante todo encajará. Nuestro pobre Theodore va a tener que sufrir antes de aceptar quién es y superar los prejuicios y miedos que su padre le ha inculcado. Pero una cosa os puedo prometer: Theodore Nott saldrá adelante. De momento, se aceptan teorías de qué ha pasado.
Bueno, creo que ya he hablado suficiente, probablemente nadie haya llegado hasta aquí (autora pesada, sí soy), pero quiero agradeceros otra vez la oportunidad de seguir compartiendo esta historia aquí y que os toméis unos minutos para darle un poco de amor. ¡Nos leemos! N/A-
MrsDarfoy
P.D.: ¡He llegado a las 100k, bitches! ¡Y en solo 12 capítulos! (El fic más largo que escribiré jamás, lo prometo).
