-N/A: ¡Hola! ¡Actualización rápida, yas! Los astros se han alineado para permitirme salir del bloqueo y darme un poquito más de tiempo libre para escribir (esperemos que dure) :D

Muchas gracias a todas las personas que comentaron el capítulo anterior: Ryuuha Boon, Gaby Grey, Leslie, Cris James, Between White and Black, Margarite Paroi, Lilianne Ethel Nott, NoraCg, LeslieeMariia, Karlagarcia04, sofihikarichan, hadramine, LyaRoseDya, Fergrmz, pelusa778, Claudia Porras, AMATISTE, AliciaBlackM, Dani H Danvers, alanna1353, Effy0Stonem, Love'sHeronstairs, Alexa Roman, Rose, Antares rosier, Gibel y Jaaaviera. Me emociona ver nombres nuevos, ya sea porque acabáis de llegar al fic o porque os habéis animado a comentar. ¡Gracias! Sé que no he respondido a todos los reviews, pero he decidido que era mejor actualizar ya e ir respondiendo poco a poco. Que sepáis que los he leído todos y no tengo palabras para describir cuánto me gusta que compartáis conmigo vuestros pensamientos. Las mejores lectoras del mundo las tengo yo, lo tengo claro.

Respecto al capítulo, vamos a encontrarnos con un punto de inflexión para Hermione. No diré nada más porque prefiero que saquéis vuestras propias conclusiones. ¡A leer! N/A-


Into the Light


XV. Lo que ya ha sucedido es igual que un plato roto en mil pedazos. Por muy esforzadamente que lo intentes, ya no podrás devolverlo a su estado original. (Haruki Murakami)

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Hermione se recolocó la corbata por enésima vez delante del espejo, pese a que ya estaba perfectamente recta. Durante la noche, incapaz de dormir, había tomado la valiente decisión de unirse al mundo de nuevo. Varias horas después no le parecía una decisión tan buena.

Eso no le impidió salir de su reclusión y bajar a desayunar.

En su camino al Gran Comedor se encontró con varios rezagados, como ella. Nadie le dirigió una palabra, pero la bruja estaba segura de que la habían convertido en el tema de sus conversaciones.

Durante toda su vida se había encontrado en situaciones similares, aunque normalmente la gente la criticaba por envidia, no por… en fin.

Tener tantos ojos sobre ella hizo que se llevara una mano al pelo involuntariamente y se enganchara un mechón detrás de la oreja, aunque sabía que poco ayudaba en su aspecto. Cortárselo y dejarse una melena un poco por debajo de los hombros fue un arrebato, una acción poco premeditada y de la que empezaba a arrepentirse, aunque tenía que admitir que, sin las pociones, era mucho más cómodo llevarlo así de corto.

Trató de evadirse de los comentarios a su alrededor hasta que llegó al Comedor y entonces se encontró con el caso contrario: la sala enmudeció al verla y casi se podía escuchar la respiración contenida colectiva sobre qué pasaría a continuación.

Hermione miró hacia la mesa de Slytherin y su paso se detuvo lentamente. Pansy le dedicó una sonrisa cargada de veneno; Daphne la miró durante unos segundos con lo que parecía vergüenza antes de volver a centrarse en su desayuno; Theo tenía la vista clavada en el plato y Blaise apoyaba la cabeza en un puño mientras suspiraba; el resto de la gente que había a su alrededor apenas le dedicó un vistazo y una expresión desdeñosa o de indiferencia. Draco fue el único que le aguantó la mirada, esos ojos grises clavados en ella con tanta intensidad que Hermione parpadeó varias veces antes de decidirse por la esquina más cercana a la puerta para sentarse. Los estudiantes que tenía más cerca, pertenecientes a los primeros cursos, se alejaron de ella.

¿Así iba a ser su vida a partir de ahora? ¿Repudiada por su propia casa?

Se sirvió un poco de café y cogió una tostada, aunque se le había vuelto a cerrar el estómago, y se obligó a comer, mordisco a mordisco, hasta que se hubo terminado dos tostadas y el café. Cuando todo el mundo se levantó para ir a clase, ella esperó. Notaba las miradas clavadas en su nuca mientras pasaban por su espalda, pero se esforzó especialmente en no distinguir ninguna de las palabras que se pronunciaban, para no escuchar nada que no deseara oír.

Cuando llegó al aula de Historia de la magia, se dio cuenta de que se enfrentaba a otro dilema: ya no podía sentarse con Theo, porque él había dejado claro que no quería relacionarse con ella, y tampoco parecía que ninguno de su casa quisiera tenerla al lado. Al final, ocupó el pupitre doble de la última fila, justo detrás de Seamus Finnigan y Dean Thomas. Estos se giraron a mirarla con curiosidad.

—Parece que ahora nadie la quiere —oyó que comentaba el primero.

—No era difícil de suponer, es lo que pasa cuando tu casa está llena de víboras —respondió el segundo.

Las mejillas de Hermione se encendieron y bajó la mirada hasta la madera de la mesa. En cualquier momento del pasado les habría replicado que se metieran en sus asuntos, pero temía que, si intentaba hablar, se echaría a llorar.

La humillación no era un sentimiento con el que estaba familiarizada y el exilio no era una situación en la que se habría imaginado nunca.

La clase de Historia de la magia trascurrió de la misma manera que todas: insufriblemente monótona y lenta, lo cual no benefició en nada a Hermione, que pasó todo el tiempo sumida en sus pensamientos nada agradables. Tanto era así que cuando terminó, apenas se dio cuenta de que sus compañeros ya estaban recogiendo.

Dejó que todo el mundo saliera antes, sentada en el banco con sus cosas abrazadas contra el pecho y la mirada en algún punto de la pared contraria. Pese a eso, se dio cuenta de la sonrisa compasiva que le dedicó Harry Potter al pasar por delante de ella y de cómo Blaise la miró con una expresión parecida a la tristeza.

Cuando llegó el turno de su hermano, Hermione no pudo resistirse. Todavía sentía el quemazón del desplante de la noche anterior, pero era su hermano.

—Theo —lo llamó en voz baja.

El chico se detuvo, lo que le dio esperanzas. Al menos no la había ignorado como la noche anterior. Hermione se levantó y se acercó a él, que seguía de espaldas.

—¿Podemos hablar un segundo? Por favor —odiaba suplicar, pero sabía cuándo era necesario y en aquel momento habría hecho lo que fuera porque su hermano la tratara con un atisbo de cariño.

—No veo de qué.

La respuesta hizo que el alma de Hermione se le cayera a los pies.

—Sé que padre te dijo algo para que… —empezó. Era la única explicación que le parecía acorde con su comportamiento.

Theodore se dio la vuelta y la miró furioso.

—¡Tú no sabes nada! —replicó antes de marcharse con una exhalación.

Su hermano, que nunca antes le había levantado la voz.

Los estudiantes que todavía estaban en el aula se quedaron contemplando la escena, pero pronto se dispersaron, sin duda ansiosos por comentar entre ellos lo que acababa de pasar.

Hermione salió de clase con la cabeza baja, apretando con tanta fuerza la cartera escolar contra su cuerpo que creía que se quedaría sin aire de un momento a otro. Para cuando llegó a la zona donde se impartía Cuidado de criaturas mágicas, tiritaba, aunque no estaba segura de si se trataba solamente del frío.

El profesor Hagrid los reunió a todos enfrente de una gran fogata que había encendido. Hermione procuró quedarse en una esquina, alejada de todos. Si se comportaba ya de base como si no tuviera amigos, no tendría que enfrentarse a la cruda realidad de que no los tenía.

—¡Bien, chicos, hoy es un día especial! ¿Sabéis por qué he encendido este fuego?

Los estudiantes se miraron entre ellos, escépticos, hasta que alguien de Ravenclaw respondió:

—¿Para que no nos muramos de frío aquí fuera?

Varios compañeros le rieron la gracia y la sonrisa del semigigante flaqueó, pero conservó su buen humor habitual.

—¡También, también! Pero en realidad está relacionado con el animal que estudiaremos durante las próximas clases. ¿Alguien sabe qué temperatura necesita una salamandra de fuego para vivir?

—Mil grados. —La respuesta salió de Hermione antes de que ella misma se lo planteara y maldijo para sus adentros cuando notó varios pares de ojos fijos en ella.

—Claro que una hoguera no alcanza los mil grados, pero para una salamandra joven ochocientos grados está bien. Buena respuesta, señorita Nott. ¡Diez puntos para Slytherin!

La bruja esbozó una sonrisa breve en agradecimiento, pero el gesto se congeló en su boca cuando oyó otra voz.

—No la llame así.

Se hizo un silencio sepulcral y todos los ojos sin excepción viajaron a Theodore Nott. El chico miraba al profesor con expresión seria y los puños cerrados.

—Bueno… —Hagrid no sabía qué hacer.

Hermione, sin embargo, decidió que ya había tenido suficiente por ese día.

—¿Cómo quieres que me llamen entonces? —replicó con sarcasmo—. No pude elegir en su momento y tampoco tengo otra opción ahora.

Su hermano dio un paso en su dirección, pero la mano de Blaise lo sujetó por el brazo.

—Déjalo ya, lo que has dicho no tiene sentido y lo sabes.

Theodore se zafó del agarre.

—¡Tú no te metas! —espetó.

Blaise parecía ofendido, una emoción muy poco habitual en él.

Hermione negó con la cabeza. Recogió sus cosas y, sin mediar palabra, deshizo el camino hacia el castillo. La actitud de Theo la llenaba de tristeza, pero también estaba empezando a despertar en ella una rabia propia de quien encontraba un comportamiento ilógico y exasperante.

Estaba tan metida en su cabeza que no se dio cuenta de adónde se dirigía hasta que cruzó la puerta de la biblioteca y notó que reinaba ese silencio ceremonioso que Madame Pince mantenía con celo. La bibliotecaria miró en su dirección con desconfianza, pero al ver que era ella, sus hombros se relajaron y continuó con su trabajo.

Aunque no llevaba encima las tareas que debía entregar para las asignaturas a las que había faltado los dos días anteriores, se decidió a quedarse cuando vio que apenas había estudiantes y los que había apenas le dedicaron unos segundos de su tiempo antes de volver a lo que estaban haciendo.

Hermione vio una cara conocida en una de las mesas. Padma la saludó con la mano y la bruja le devolvió el gesto. Cuando se disponía a ocupar su mesa de siempre —podían expulsarla de todos los lugares que solía frecuentar, pero nadie le quitaría su lugar favorito en todo Hogwarts—, vio que la ravenclaw le hacía señas con la mano para que se acercara.

—¿No tenías clase ahora? —le preguntó en voz baja.

Hermione se quedó mirando la silla frente a ella hasta que finalmente se sentó. Lo peor que podía pasar era que Padma le pidiera que cambiara de sitio.

—Sí, pero… —empezó a sacar cosas al azar de su cartera mientras decidía cuánto podía desvelar. Padma y ella se llevaban bien, pero no eran amigas— Theo y yo hemos tenido una especie de… —ya no tenía nada que perder y pese a que no dijera nada en ese momento, la historia iba a distribuirse como la pólvora igualmente— encontronazo.

—Vaya… lo siento. —sonaba sincera.

No le insistió para que diera más detalles ni usó ninguna de las típicas frases de «Estoy aquí para lo que necesites», lo que Hermione agradeció profusamente.

Un silencio agradable cayó sobre ellas mientras cada una se dedicaba a sus asuntos. Hermione aprovechó para ver si podía rescatar algo de sus apuntes de Historia de la magia. Sus notas eran cinco líneas de garabatos, pero afortunadamente ya había estudiado por su cuenta esa parte del temario, así que no le costó nada coger un pergamino nuevo y empezar a reescribir los apuntes.

—Oye —Hermione levantó la vista del trozo de papel—, ¿es verdad que has renunciado a ser Premio Anual y prefecta?

La bruja frunció el ceño.

—¿Quién lo dice?

Padma se encogió de hombros.

—Nadie en particular y todos en general.

Hermione lo consideró durante un momento: liberarse de esa responsabilidad y, lo más importante, no tener que enfrentarse a Draco. Aunque mantenerse alejada de él era una idea que la hacía sentir punzadas en el pecho.

—No, no he renunciado. ¿Cuándo es la próxima guardia?

Oyeron un carraspeo procedente de la bibliotecaria, por lo que esperaron un par de minutos antes de reanudar la conversación.

—Mañana por la noche tenemos ronda.

Hermione asintió.

—¿Ha pasado algo importante estos días?

Padma se mordió el labio antes de continuar.

—¿Aparte de Malfoy queriendo matar a todo el que respira su mismo aire y Greengrass esforzándose demasiado en ser simpática? No. Ha sido una semana… interesante —concluyó.

Oír el nombre de Draco la hacía revivir todo el dolor que había sentido hacía unos días, por lo que se abstuvo de comentar nada más. En algún momento tendría que decidir qué hacer con el chico, aunque no sabía hasta qué punto se podía sanar algo sobre lo que Draco estaba echando palazos de tierra.

Así empezaba a sentirse ella, enterrada.

Meneó la cabeza para deshacerse de la sensación y cogió la pluma para seguir escribiendo.

Se dedicaron cada una a sus apuntes hasta que llegó la hora de comer. Mientras recogían, Hermione se fijó en que Padma tenía unos dibujos de aparatos extraños. Cuando salieron de la biblioteca, le preguntó por ellos.

—En Estudios muggles estamos estudiando los efectos que tiene la magia sobre la electricidad —explicó la ravenclaw. Hermione tenía una noción muy básica sobre el tema, así que la miró con curiosidad—. Es muy difícil encantar muchos objetos muggles modernos porque usan la electricidad para funcionar, por lo que cuando entran en contacto con la magia suelen explotar o se les funden los circuitos y quedan inutilizables. —Sacó uno de los dibujos que Hermione había visto antes—. Esto, por ejemplo, es un ordenador.

—¿Se usa para buscar información, no? Como una gran biblioteca. —Hermione se sentía tonta por primera vez en su vida. No estaba acostumbrada a que alguien supiera más que ella sobre un tema académico.

—¡No solo eso! Puedes escuchar música, ver películas, hablar con gente… ¡Es fascinante! —Los ojos de Padma brillaban por la emoción—. Todos en mi familia son magos excepto el marido de mi tía, así que cuando los visitamos tenemos que tener cuidado para no incendiar o romper nada. La verdad es que siempre me ha sorprendido que eligieras Cuidado de criaturas mágicas en vez de Estudios muggles.

Hermione se tensó. ¿Qué quería decir con eso?

—¿Por qué? —preguntó en tono cortante.

Padma pareció darse cuenta de lo que la otra bruja pensaba y se apresuró a aclararlo:

—Me refiero a que Cuidado de criaturas parece tan poco…

—¿Formal? —Los hombros de Hermione se relajaron—. Bueno, nunca me lo planteé así. La elegí porque era a la que querían ir todos. —Al pensar en eso, se puso triste—. Supongo que ahora ya me he quedado sin excusas, ¿no?

Sintió una mano en el brazo mientras recibía una mirada de simpatía de la ravenclaw.

—Sé que no somos amigas, pero si decides saltarte alguna clase más, yo suelo ir a la biblioteca a esa hora.

Hermione asintió y le sonrió.

No era justo que se sintiera tan agradecida con un gesto de mera buena educación. ¿En qué la habían convertido en cuestión de días?

Se separaron al entrar en el Gran Comedor y Hermione suspiró mientras se dirigía a la esquina que sospechaba que había pasado a ser ya suya. Se sentó y observó con desinterés la comida frente a ella. Cuando su mano se dirigía a la fuente más cercana, oyó una voz a sus espaldas.

—Te hemos visto con Patil. —Marcus Flint la observaba desde arriba con una diversión malévola—. Supongo que hay gente que no es tan selectiva y cualquiera le vale como amigo.

Hermione cerró los ojos con fuerza. Si tenía que vivir ese tipo de situaciones cada día, se volvería loca. Dio un golpe a la mesa con la mano y se levantó para enfrentarse a Flint.

—Eso es evidente: solo hay que mirar a tus amigos —replicó cruzándose de brazos. Vio cómo Flint apretaba los dientes y daba un paso hacia ella con actitud amenazadora, pero no se dejó impresionar—. ¿Me vas a dejar comer en paz o tienes algo más que decir?

—Alguien va a tener que enseñarte a mostrar un poco más de respeto —masculló el mago a escasos centímetros de su cara. Hermione torció el gesto con asco, pero no se movió.

—Yo no le debo respeto a payasos como tú. —Varios estudiantes que habían entrado al mismo tiempo que Flint se habían quedado a observar; también había algunos estudiantes de otras casas que eran todo oídos. Marcus tenía su varita en la mano y la sujetaba con fuerza. Hermione enarcó una ceja—. ¿Vas a atacarme aquí, delante de todos? No seas tan tonto como aparentas, Flint.

—¿Qué pasa aquí? —Severus Snape se acercó a ellos a zancadas con su habitual expresión adusta.

—Esto no quedará así, sangre sucia —le susurró Marcus Flint antes de darse la vuelta y encaminarse hacia su sitio en la mesa.

Snape lo interceptó.

—Señor Flint, ¿algún problema?

—Ninguno, profesor. Solo estábamos teniendo una conversación agradable. ¿Verdad? —se giró hacia Hermione.

La bruja no respondió, pero Snape decidió dejar ir a Flint y acercarse a ella.

—El director quiere verlos a usted y al señor Nott después de la cena.

Hermione intentó preguntar por la causa, pero el profesor dio media vuelta en cuanto se lo dijo. Sus ojos viajaron inevitablemente hacia su hermano. Este observaba a Snape con expresión disgustada y sus miradas se encontraron brevemente antes de que el chico resoplara y bajara la cabeza. Hermione observó cómo Blaise se inclinaba hacia él para decirle algo, pero Theo lo ignoró flagrantemente.

Había entre ellos una tensión que no existía antes.


Al terminar de cenar, Hermione se levantó y miró otra vez a su hermano con indecisión. Su primer instinto era esperarlo para ir juntos, pero al ver que el chico no tenía intención de moverse, desistió y se dirigió sola al despacho de Dumbledore. Por mucho que le doliera, seguramente Theo fuera menos reticente a reunirse con ella si no la veía en el camino. Delante del director no podría rechazarla sin más.

Cuando pasó a la amplia oficina, Dumbledore ya estaba allí sentado, observando con expresión distante un objeto en sus manos. Hermione carraspeó y el anciano dejó a un lado el objeto para recibirla con una sonrisa.

—Ah, señorita Nott, siéntese. ¿Cómo está?

Perdida. Confundida. Molesta.

—Bien, gracias.

Hermione se colocó el pelo tras las orejas y ocupó una de las sillas frente al director con su habitual pose: espalda recta, tobillos cruzados, manos en el regazo. Eso no lo había perdido, aunque se empeñaran en decirle que su vida ya no era suya.

—Mientras esperamos al señor Nott, me gustaría comentar con usted un par de asuntos. —Dumbledore la miró por encima de sus gafas de media luna; ella tragó saliva con fuerza—. Hagrid me ha dicho que hoy usted y su hermano han tenido una breve pero intensa discusión. Y que usted se ha marchado.

Hermione se sintió culpable al instante.

— No ha estado bien por mi parte irme así. Mañana le pediré disculpas al profesor Hagrid.

Dumbledore no parecía juzgarla, lo cual empeoraba cómo se sentía.

—¿Por qué lo ha hecho, querida?

—Yo… —las palabras se le atascaron en la garganta— me he agobiado. —Bajó la mirada hasta las manos y se acarició la zona donde antes solía llevar el anillo de compromiso—. Las cosas no están siendo fáciles para mí últimamente.

—¿Sus compañeros de casa tienen algo que ver?

Podría haber dicho la verdad, podría haber contado lo que le habían dicho y hecho estos últimos días, pero una parte de ella se resistía a delatar a sus compañeros. Las serpientes siempre eran leales entre ellas; era un mantra difícil de olvidar.

Al ver que no era capaz de responder, Dumbledore no quiso presionarla más. En vez de eso, cambió de tema:

—La señorita Greengrass ha estado sustituyéndola en sus funciones, pero en cuanto se sienta preparada…

—Sí —lo cortó la bruja—. Puedo cumplir con mis obligaciones otra vez sin problema.

Una ceja del director se enarcó suavemente, pero no se opuso.

Se oyó entonces el ruido de las escaleras en movimiento. Hermione contuvo la respiración.

—No se preocupe, señorita Nott. Es usted mucho más fuerte de lo que piensa.

Theo se sentó sin saludar y miró a Hermione de reojo antes de clavar sus ojos verdes en Dumbledore.

—¿De qué quería hablar, señor?

El director suspiró mientras se apoyaba en el respaldo de su silla y entrelazaba los dedos sobre su abdomen.

—Quería hacer una evaluación de futuros daños y darle un consejo, señor Nott. —Hubo un par de segundos de silencio en los que el mago miraba al joven frente a él. Theo cambió de posición en su asiento, visiblemente incómodo—. No deje que las decisiones pasadas de sus padres se interpongan en su camino.

Hermione sintió entonces la tensión que se apoderó de su hermano. También vio la rabia que lo dominaba desde el juicio. Sus ojos reflejaban la misma dureza que entonces.

—¿Nos ha hecho llamar para criticar a mis padres o quería hablar de algo más? —preguntó en un tono que rayaba la insolencia.

Dumbledore señaló a Hermione.

—Mire a su hermana, por favor. —Theo obedeció, aunque a regañadientes—. No sea estúpido, señor Nott, porque puede que llegue un día en que intente corregir sus errores, pero eso esté fuera de su alcance.

Hermione miró al director sin terminar de entender qué quería decir.

Theo se levantó, la silla arrastrándose hacia atrás con fuerza.

—Gracias por el consejo —por su expresión, quedaba claro que no lo sentía en absoluto—, pero hay otras muchas cosas que tampoco dependen de nosotros.

Durante un segundo, durante ese brevísimo intercambio de miradas antes de que el chico saliera del despacho, Hermione pudo ver algo más en los ojos de su hermano.

Desesperación.

Theo se enfrentaba a un conflicto interno que había decidido no compartir con nadie, pero Hermione nunca se rendía fácilmente. Se levantó y tras despedirse rápidamente de Dumbledore, siguió a su hermano a toda prisa antes de que se escondiera en la sala común de Slytherin, fuera de su alcance.

Lo vio recorrer el pasillo hasta las escaleras y lo llamó. Al ver que no respondía, gritó su nombre.

—¿Qué quieres? —Theo se paró al pie de las escaleras y se giró a mirarla.

Hermione le sonrió a modo de tentativa.

—Hablar. —Al ver que no había funcionado y que su hermano amenazaba con irse, insistió—. Por favor, Theo.

—¡No lo entiendes! —exclamó él—. ¡No sabes lo que es!

La bruja frunció el ceño.

—¡Entonces explícamelo, porque llevo días volviéndome loca intentando buscar una lógica a tu comportamiento!

Pocas veces había visto a su hermano tan perdido como en ese momento.

—No puedo —respondió. Parecía derrotado.

—Sí puedes. Inténtalo —lo instigó ella. No iba a renunciar sin luchar. Sin agotar hasta el último recurso.

Theo se quedó dudando. Miró a su alrededor antes de inspirar hondo.

—Ahora no puedo.

—Mañana —replicó la bruja rápidamente—. Tengo ronda nocturna con los prefectos, pero podemos vernos antes de eso, después de cenar. En el aula abandonada de la tercera planta.

Su hermano no respondió, pero Hermione respiró aliviada y sonrió para sus adentros. Al menos no la había rechazado como la vez anterior y por fin iba a averiguar qué le pasaba a su hermano. Qué le habían hecho o dicho para que actuara así.

Su padre, encerrado en Azkaban, estaba haciéndole más daño que nunca. Cuánto odiaba a ese hombre.


El día siguiente Hermione se levantó con ánimos renovados. Saber que iba a poder aclarar las cosas con Theo hacía que las voces que le repetían que todo iba a salir mal se callaran un rato.

A la hora del desayuno se acercó a donde solía sentarse antes. Ni su hermano ni Draco habían llegado todavía, pero Blaise, Pansy y las Greengrass ya estaban allí. Hermione ignoró a Pansy, que le dedicó una mirada de desprecio antes de girarse deliberadamente hacia Tracey, y le devolvió la sonrisa, aunque brevemente, a Blaise, que parecía el menos reacio a reconocer su existencia. Daphne también le sonrió, aunque parecía incómoda con su presencia.

Hermione aparcó la decepción que sintió para otro momento.

—Daphne, ya no hace falta que sigas haciendo de Premio Anual —la informó—. Puedo volver a hacerlo yo.

—Ah. —Daphne parecía decepcionada y aliviada al mismo tiempo—. Vale.

Al ver que no añadía nada más, Hermione asintió y se giró para volver a su esquina de la mesa.

Estuvo a punto de chocar con Draco, que se quedó parado mirándola con expresión indescifrable. Hermione sintió una punzada de nostalgia, pero hizo de tripas corazón y rodeó al chico del que estaba enamorada (y que la había rechazado de la peor de las maneras) para seguir su camino.

No se dio la vuelta para comprobarlo, pero tenía la sensación de tener los ojos de Draco clavados en ella mientras andaba. Su madre le había dicho una vez que cuando alguien se giraba a mirarla solo podía tener un motivo muy bueno o uno muy malo y que muchas veces era mejor no averiguarlo. Hermione apartó el pensamiento, porque no quería saber la respuesta y porque pensar en su madre la hacía plantearse demasiadas preguntas.

Cada vez sumaba más fantasmas que la acechaban.

El día pasó sin pena ni gloria, con Hermione ocupando el último pupitre de las aulas, sin nadie a su lado. Se esforzó por responder a las preguntas que planteaban los profesores, más como manera de distraerse que por un verdadero deseo de ganar puntos para Slytherin.

Y finalmente llegó la hora de la cena.

La bruja comió con rapidez y frugalmente y se dirigió hacia el punto de encuentro con Theo. Estando allí, en la penumbra, pensó que podría haber elegido otro lugar con menos polvo y más luminoso, pero no quería arriesgarse a que alguien los encontrara o los escuchara. Esperaba poder mantener una conversación civilizada y serena con su hermano y que le explicara por qué la trataba como si ya no fuera nada para él.

Pero los minutos pasaban y no había rastro de Theo.

Hermione empezó a impacientarse. Cuando llevaba ya más de media hora, empezó a plantearse el hecho de que él podía no acudir y una oleada de decepción y desespero la invadió. Si tenía que seguir más tiempo así, iba a volverse loca.

Finalmente, cuando calculaba que todo el mundo debía estar ya en sus salas comunes y empezaba a pensar en retirarse, la puerta del aula se abrió. Estaba a punto de girarse y reprocharle a Theo la tardanza, pero no llegó a hacerlo.

—¡Petrificus Totalus!

El cuerpo de Hermione adquirió la consistencia de la roca y la bruja cayó al suelo sin poder hacer nada para evitarlo. El pánico se apoderó de ella.

¿Qué estaba pasando?

—Vaya, vaya, vaya, mira a quién tenemos por aquí? —Lo único que Hermione podía ver era el techo oscuro del aula; cuando intentó mirar hacia el origen de la voz, otro hechizo la dejó ciega—. ¿Esperando a tu hermanito? Tengo una mala noticia para ti: no va a venir —dijo la voz en tono burlón. Pese a no poder moverse ni ver, estaba claro quién la había atacado—. Pero no te preocupes, hemos venido a hacerte compañía.

Hermione intentó con todas sus fuerzas resistirse al hechizo, pero era como intentar empujar una pared con sus manos. Estar en total oscuridad tampoco ayudaba.

Por su mente pasaron decenas de escenarios. Estaba bajo el control total de Marcus Flint, sin posibilidad de luchar. Podía hacer con ella lo que quisiera.

La sola idea hizo que la cena le subiera a la garganta. Desgraciadamente, también le habían quitado la posibilidad de vomitar.

—Tú vigila —oyó que Flint le decía a alguien. Alguno de sus amigos, esos perros falderos que lo seguían a todas partes. Montague, seguramente. Si antes había deseado vomitar, sentir un dedo de Flint acariciarle la mejilla le causó la repulsión más absoluta—. Esta sangre sucia y yo tenemos un asunto pendiente. Te he dicho que lo de antes no quedaría así —susurró contra su oreja. Su aliento hizo que todas las células de Hermione intentaran apartarse, alejarse lo máximo posible de él.

Pensó que no había nada peor que tener a Marcus Flint cerca.

Se equivocaba.

Algo rozó su mejilla de nuevo, trazando el mismo camino que el slytherin había recorrido con el dedo.

Solo que ese algo era puntiagudo y frío.

El terror más absoluto se apoderó de ella.

—¿Qué te pasa, sangre sucia? ¿Por qué lloras? —Flint le secó una lágrima que rodaba por su mejilla. El cuchillo (presumiblemente era eso) bajó por su cuello, esta vez con más presión. Estaba a nada de perforar su piel y hacerla sangrar—. Tranquila, que no voy a tocarte más de lo necesario.

¿Era así cómo se sentía alguien cuando deseaba desaparecer de la faz de la Tierra?

El cuchillo terminó el recorrido por su cuello y siguió por su hombro derecho todo el camino brazo abajo hasta la muñeca.

—Sería fácil, ¿sabes? Si te cortara ahora las venas, podríamos decir que te suicidaste porque no soportabas que todos a tu alrededor te despreciaran. —Hermione no necesitaba ver a Flint para saber que tenía una enorme sonrisa en la cara. Desde luego, sonaba terriblemente satisfecho con su imaginación perversa—. Tu hermano de mentira no quiere saber nada de ti, tu prometido te ha dejado en cuanto se ha enterado de que eres una indigna y asquerosa sangre sucia, no tienes amigos… ¿Quién podría juzgarte?

—¿No es en serio, no? —Su compañero sonaba nervioso. Hermione confirmó sus sospechas sobre su identidad: Graham Montague era el cómplice.

—Tranquilo, es broma —lo tranquilizó Flint—. No me arriesgaría a que una gota de su sangre me tocara.

El cuchillo se retiró de su cuerpo, pero había estado tan clavado en su carne que la bruja estaba segura de que tendría una pequeña punción en la muñeca. Algo en Hermione le decía que lo único que le impedía cumplir su palabra era estar siendo observado.

Sintió un movimiento a su alrededor y un peso encima de ella.

«No, no, no, por favor. Esto no».

Sus plegarias fueron escuchadas, porque cuando el arma bajó de nuevo, no fue para cortarle la ropa.

—¿A ti te encantan las redacciones, los libros y los deberes, verdad? Siempre tan perfecta, la mejor estudiante que Hogwarts ha visto —Flint estaba tan cerca de ella que podía sentir su aliento—. Te voy a escribir una cosita que seguro que no olvidarás jamás.

El cuchillo empezó a cortar su piel. Si Hermione hubiera podido, se habría roto las cuerdas vocales chillando.

Nunca en su vida había experimentado tal dolor. Se originaba en su brazo, pero subía en oleadas que atravesaban todo su cuerpo, como miles de diminutas agujas pinchándola al unísono una y otra vez. Una y otra vez.

Algo tibio y espeso le mojaba el brazo. El aire olía a metal.

—Si intentas borrártelo o delatarnos, me encargaré de que no sea la última marca que recibes, ¿entendido?

Hermione no podía moverse, pero sabía que estaba llorando. Se asfixiaba y, en su mente, se retorcía de dolor.

Finalmente, su mente cedió y se desmayó.


Se despertó sollozando y tomando grandes bocanadas de aire.

Desorientada, intentó ponerse en pie, pero unas manos la empujaron cuidadosamente de nuevo a la cama. Cuando sus ojos consiguieron enfocar su entorno, vio que estaba en la enfermería y Madame Pomfrey la obligaba a tumbarse con expresión preocupada.

—Por fin —digo alguien. Sonaba aliviado.

El director Dumbledore se acercó a su cama y se inclinó ligeramente para examinarla con atención. El profesor Snape estaba tras él y también había alguien de cabellos rosa. Hermione tardó unos segundos en reconocerla como la auror Tonks.

—¿Qué…? —intentó preguntar, pero su voz salió como un graznido, seguramente de intentar gritar antes pero no poder.

—Shh, túmbese primero. Debe de sentirse mareada, el Petrificus que le han lanzado era muy potente. —Pomfrey no apartó una mano de su hombro hasta que Hermione obedeció—. Ahora vuelvo, voy a por un par de pociones más.

Hermione miró a las personas reunidas a su alrededor con expresión profundamente confundida y asustada. Su mente intentaba elaborar un recuerdo lógico de lo que había pasado, pero lo único que sentía era el cuchillo sobre su piel.

Se llevó las manos temblorosas a la cara y siseó de dolor al levantar los brazos.

—Tenga cuidado, señorita Nott. Madame Pomfrey le ha cambiado la cataplasma curativa hace un momento y todavía debe de escocerle.

En el antebrazo derecho tenía un pringue de color verde oscuro que le cubría una zona de aproximadamente quince centímetros de largo por tres de ancho. ¿Qué…?

—Ha sido…

—El señor Flint. Ayudado por el señor Montague —Snape terminó la frase por ella. Su habitual expresión de desdén había sido sustituida por una de rabia contenida—. Ya están en manos de los aurores.

—Nos vemos otra vez —la saludó entonces Tonks en tono apenado.

Hermione cerró los ojos un momento, intentando concentrarse. Cuando los abrió, los tenía llenos de lágrimas.

—¿Qué me han hecho? —quiso saber.

Decían que la verdad hacía libres, lo que nunca contaban era que había que ser muy valiente y estar dispuesto a sufrir para recibirla.

Dumbledore intercambió una mirada dubitativa con Snape y suspiró.

—El señor Flint le ha escrito en el brazo con una daga hechizada. Costará un poco borrar la herida por completo. Quizás tengamos que llevarla a San Mungo.

Los ojos de Hermione volvieron a su antebrazo y después se abrieron ligeramente.

No podía ser.

—Quiero verlo.

—No debería —la advirtió Dumbledore—. Nadie merece sufrir algo así.

—Déjela. Tiene derecho a saberlo —replicó Snape.

Madame Pomfrey había vuelto con las pociones y, bajo la orden del director, empezó a quitarle la cataplasma fresca.

—No se preocupe, querida, en San Mungo sabrán cómo hacerla desaparecer. Como si nunca la hubiera tenido —explicó la mujer mientras trabajaba.

Hermione se fijó en que era incapaz de mirarla a los ojos al hablar.

Cuando la cicatriz quedó limpia y al descubierto, comprobó que su teoría era cierta.

Sangre sucia.

Flint había decidido dejarle un bonito recordatorio de lo que ahora ella significaba para el mundo al que había pertenecido.

Su expresión se endureció y se secó las lágrimas con la mano contraria. No iban a verla llorar más por su origen.

—No quiero que me la quiten.


-N/A: Pues ya estaría. Flint, Azkaban te está llamando, tienen una celda para ti.

En el siguiente capítulo tendremos más información de lo que ha pasado, cómo ha pasado y por qué Hermione ha tomado esa última decisión, pero os invito a que me comentéis qué pensáis al respecto en un review. También veremos a una Hermione cambiada, ¿quién podría culparla?

Espero que estéis todas muy bien. ¡Nos leemos pronto! N/A-

Posdata: Estamos oficialmente ante el fic más largo que he escrito nunca, qué locura.

MrsDarfoy