-N/A: ¡Hola! Vamos a aprovechar el tiempo libre y la inspiración mientras dure ;)

Wow, no tengo palabras para el tremendo apoyo que recibí en el capítulo pasado, un millón de gracias para cada una: Hermione1403, Gaby Grey, Fergrmz, Dani H Danvers, AtheneaCS, Leslie08, uLiii, NatGarcin, Karlagarcia04, Jaaaviera, Tere, sofihikarichan, Between White and Black, Adry-scrittore, pollito934, Rose, Cris James, Candice Saint-Just, valeriadg27, Lilianne Ethel Nott, NoraCg, Love'sHeronstairs, Antares rosier, Majo 1989, pelusa778, HarleySecretss, Lectorapasionada, MaripositaDebby, Lina-san, Julia Lestrange, GreeneAusten, Claudia Porras y alanna1353. He visto muchos nombres nuevos, así que ya sea porque acabáis de llegar o porque os habéis animado a comentar por primera vez, ¡muchas gracias! No me olvido de las lectoras fieles, que me han acompañado desde el principio/hace tiempo, tenéis todo mi amor. (Mención especial a Fer. Amiga, gracias por mandarme a dormir en vez de pedirme que actualizara ya. Te he ignorado, pero te amo).

Vamos a empezar con Theo, porque creo que ha llegado el momento de empezar a ser testigo de su perspectiva. Quizás lo entendáis, quizás lo justifiquéis, quizás lo odiéis más que antes, eso lo dejo a vuestro criterio. También vamos a ver a una Hermione fortalecida. Triste que para ser más fuerte tengas que sufrir, ¿no? En fin, no me entretengo más. ¡A leer! N/A-


Into the Light


XVI. El carácter solo se desarrolla con la experiencia, con el camino, con el sufrimiento. No puede desarrollarse en la tranquilidad y la quietud. (Hellen Keller)

.

Llevaron a Theo a una pequeña habitación contigua a la sala del Wizengamot.

Su padre estaba de pie, de espaldas a la puerta y cruzado de brazos. Theo reprimió el impulso de correr hacia él. ¿Qué iba a hacer? ¿Abrazar a su padre? Había más probabilidades de recibir un empujón que una muestra de cariño.

Se detuvo a un par de metros de distancia.

—Padre —lo saludó con gravedad—. ¿Cómo estás?

Su padre se giró y le dedicó una mirada condescendiente.

—¿Tú qué crees?

Culpa suya por preguntar algo tan obvio.

Theo no sabía qué decir, así que permaneció callado, sometido al escrutinio de su padre, quien se había llevado las manos a la espalda y permanecía ahí parado, inalterable en su frialdad.

—¿Has hablado con ella?

No había dicho el nombre, pero estaba claro a quién se refería.

—Todavía no, pero…

Los ojos de su padre, que él había heredado, se entrecerraron. Se acercó a él y Theo tuvo el impulso inconsciente de encogerse ligeramente. No lo hizo: sabía que su padre odiaba cualquier signo de debilidad. A veces se preguntaba si no sería un sabueso, capaz de oler el miedo.

—¿Todavía no?

Theo repasó mentalmente las tres palabras que había tenido tiempo de pronunciar en busca del error. Empezó a ponerse nervioso al no saber con qué había enfadado a su padre esa vez.

—No entiendo…

Lawrence Nott soltó un bufido exasperado.

—¿No te has dado cuenta ya de por qué estamos aquí? No es tu hermana, Theodore. Nunca lo ha sido. Tu hermana nació muerta. Ella fue el capricho de tu madre, incapaz de soportar la idea de tener solo un hijo.

Las palabras, la crudeza con la que su padre hablaba hicieron que Theo palideciera. Cuando había leído el artículo de El Profeta, había sido incapaz de creérselo. ¿Su hermana no era su hermana de verdad? ¿Cómo era eso posible? Al principio, su mente se había negado completamente a aceptarlo como algo más que una simple calumnia contra su familia, pero si era así, ¿por qué su padre seguía detenido? ¿Por qué lo estaban juzgando?

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó con un hijo de voz.

Su padre empezó a pasearse por la pequeña habitación con las manos a la espalda. Nunca había sido un hombre jovial, pero parecía que hubiera envejecido diez años desde la última vez que se vieron y su expresión había perdido cualquier capacidad de mostrar alegría o buen humor.

—En un par de horas dictarán sentencia, pero primero llamarán a Hermione para testificar. —Los hombros de Theo se relajaron. Si Hermione estaba por allí, sabría cómo solucionar el problema. Su padre se fijó en su expresión—. Oh, ¿no creerás que va a testificar a mi favor, verdad?

—Hermione nunca hablaría mal de ti, padre.

Lo dijo con menos seguridad de la que pretendía.

—Theodore. —La expresión de su padre se suavizó un poco y se acercó a él. Le puso ambas manos sobre los hombros. El primer instinto de Theo fue, de nuevo, apartarse—. Esa chica no va a permitir que esta familia quede en pie. Está celosa. Quiere lo que tú tienes. ¿Piensas que no hará lo que haga falta para lograrlo?

Theo estuvo a punto de reír ante una afirmación tan absurda, pero entonces recordó. El día anterior había ido a la biblioteca. Intentaba entender por qué Hermione había estado tan rara durante toda la semana, por qué pasaba tantas horas en la biblioteca. Por qué ya no lo miraba a los ojos como antes. Convencer a Madame Pince le costó un poco y tuvo que usar todo su encanto natural, pero al final consiguió echar un vistazo a los títulos de los libros que su hermana había consultado.

En ese momento no había entendido nada, pero ahora todo tenía sentido.

Sin embargo, no podía ser.

Tragó saliva.

—Pero vosotros la… adoptasteis. —No podía usar «raptar», probablemente se habría llevado una bofetada—. Es de la familia.

Las manos en sus hombros apretaron con tanta fuerza que un gesto de dolor se dibujó en su rostro.

—¿¡Cómo puedes ser tan estúpido!? —espetó su padre. Sus ojos, normalmente tan indiferentes, estaban llenos de ira—. ¡No es tu hermana real, solo es una sangre sucia que usé para llenar el vacío de tu hermana muerta! ¿¡Es que has olvidado lo que te he enseñado todos estos años?! —Lo soltó y se apartó de él, pero el golpe más duro vino después—. A veces me pregunto cómo puedes ser tan idiota. Por eso tu madre la prefería a ella.

Esas palabras fueron como un golpe directo a su estómago.

Toda su vida había tenido que convivir con el hecho de que Hermione fuera mejor que él en todo. Se le daban mejor los estudios, sabía comportarse según las normas sociales de su clase, siempre lo sabía todo. Theo nunca le había dado mucha importancia y siempre había tendido a pensar que su madre los quería a los dos por igual y su padre los ignoraba al mismo grado.

Sin embargo, escuchar esa afirmación de boca de su padre le dolió. No se planteó ni un segundo que lo hacía por hacerle daño; era su padre, ¿por qué tendría que dudar de su palabra?

Él solo quería que estuviera orgulloso de él. Que lo quisiera, si es que era capaz.

—Lo siento —musitó, bajando los ojos al suelo.

Empezaron a oírse voces afuera.

—Theodore, escúchame —su padre se dirigió a él con apremio—: Es hora de que asumas la responsabilidad de tu título. Hasta ahora te he dejado comportarte como quisieras porque Hermione tenía asegurado al heredero de Lucius, pero ya no contamos con esa baza. Es tu turno. —Lo apuntó con un dedo—. Ya no eres un niño: no voy a estar yo para protegerte ni tu madre para permitirte todos tus caprichos. —Las mejillas de Theo enrojecieron de la vergüenza—. Vas a empezar a aplicarte en los estudios, no quiero que se diga que mi hijo es un vago incompetente. ¿Entendido?

Theo asintió, pero su padre enarcó una ceja.

—Sí, padre.

—Y también quiero que empieces a acercarte a la mayor de los Greengrass.

Theo palideció.

—¿A Daphne? ¿Para qué?

—Piensa un poco, Theodore: hay que limpiar nuestro apellido. Cuando termine el año, la quiero tan enamorada de ti que cuando le pidas matrimonio no se le ocurrirá ni un solo argumento para decirte que no. —Los ojos del chico se abrieron con pavor—. ¿Qué ocurre? —Lawrence sonaba burlón—. ¿Pensabas que podrías divertirte con el hijo de Helena para siempre? Te lo dejaba pasar porque eras joven, pero es hora de que te pongas serio.

Al oír mencionar a Blaise, Theo sintió que la sangre le abandonaba el rostro y se mareaba. Era imposible. No había manera de que su padre supiera lo de Blaise. Se habían tomado muchas molestias en ocultar su relación, habían pasado semanas y semanas sin verse ni hablar durante el verano y cuando estaban juntos, procuraban que nadie notara nada.

Y sin embargo, ahí estaba Lawrence Nott, diciéndole que sabía que su hijo estaba enamorado de otro chico y exigiéndole que dejara de hacerlo.

Una rabia inusitada se apoderó de él. Su madre había muerto hacía una semana, su hermana no llevaba su sangre y ahora su padre le exigía que renunciara a la última persona que le quedaba.

Pero antes de que pudiera protestar, de que pudiera asegurarle que no iba a someterse a sus deseos, su padre dijo:

—Si no asumes tu responsabilidad como mi hijo, me encargaré de que sepas cómo será tu vida siendo nadie. No te llegará ni un solo galeón. Ya no tendrás una casa a la que volver. Tendrás que buscarte un trabajo para subsistir.

En sus dieciocho años, Theodore no se había planteado nunca qué haría en el futuro. Siempre había supuesto que tendría todo el tiempo del mundo para encontrar algo que le interesara. De hecho, Blaise y él habían hablado de irse de viaje por Europa al terminar el colegio. Hasta hacía unos días estaba deseando que llegara ese momento y ahora se le escapaba como arena entre los dedos.

¿Cómo había podido ser tan ingenuo?

Por un momento se planteó cómo sería renunciar a su apellido. Pero si no era Theodore Nott, ¿quién sería? Él no era valiente ni resolutivo. No era bueno en nada.

Él no era Hermione, la perfecta.

—Bien.

Una sola palabra lo estaba arrastrando al fondo del océano, donde no llegaba la luz del sol y la presión amenazaba con desintegrarlo.

—Por fin usas la cabeza para algo. —Sonaron dos golpes contra la puerta de la habitación. Ambos hombres miraron en esa dirección—. Una última cosa, Theodore —no quería mirarlo, pero se obligó a hacerlo—: recuerda quién es tu verdadera familia. Y recuerda también por culpa de quién voy a ir a Azkaban, a quién quería proteger tu madre por encima de todo. Recuerda quién te abandonaría si tuviera la oportunidad de tener una sangre tan pura como la tuya.

»No seas tan tonto como para renunciar a tu vida y tus privilegios por ella. Te quedarás solo si lo haces. No te quedará nada. Ella no tiene nada bueno que ofrecerte. Es ella o tú.

Su padre lo había dejado claro. Tenía que elegir entre un espejismo de la vida que tenía, con algunas concesiones, o una nueva vida que tendría que construir de cero. Podía elegir a su hermana, que no lo era en realidad, pero eso significaría que su padre y toda la sociedad mágica en la que se movía le darían la espalda.

Sería un traidor a la sangre. Lo desterrarían, su vida ya no le pertenecería.

¿Y todo por qué? ¿Una hermana falsa que le había ocultado la verdad? Hermione se había visto en la tesitura de decidir cuál sería su siguiente paso, y había elegido buscar la manera de seguir engañando a todo el mundo. Esa era la confianza que tenía con él. ¿Habría pensado en cómo se sentiría él, aunque fuera durante un segundo?

Analizándolo en perspectiva, cuando leyó el artículo y Hermione apareció en el Comedor, le pareció que la bruja parecía más preocupada porque se hubiera descubierto su origen y por lo que Draco pudiera pensar que por cómo le afectaba eso.

Aún guardaba esperanzas de que todo se solucionara cuando llamaron a Hermione a declarar. Hasta que oyó la frialdad con la que hablaba con su padre. Se dio cuenta del rencor que le guardaba y que estaba dispuesta a usarlo en su contra para mandarlo a Azkaban.

Theo estaba seguro de que ni siquiera pensó en que le estaba arrebatando al único progenitor que le quedaba.

Para alguien herido, empezar a odiar y señalar con el dedo era fácil. Solo había que encontrar un objetivo fácil en el que verter su miedo, frustración y rabia y olvidar que quizás debería dirigir esos sentimientos hacia otras personas, mucho más responsables y en control de sus acciones que una pobre chica que había descubierto una gran mentira de su vida.

Por eso, cuando Hermione le pidió verse y hablar, Theo se pasó toda la cena rumiando qué hacer.

Por una parte, había una pequeña voz en su cabeza que se pasaba día y noche zumbando, exigiéndole que calmara su ansia de respuestas. Hermione y él habían estado juntos durante toda su vida y tener que mantenerse alejado de ella, odiándola, era agotador.

Al mismo tiempo, sabía que su padre lo estaría vigilando. No sabía cómo, pero estaba seguro de que si se atrevía a hablar con ella, Lawrence se enteraría y las consecuencias serían severas.

También estaba el tema de Blaise y Daphne. Theo miró a la rubia, sentada frente a él, con expresión apesadumbrada. No se imaginaba una vida con ella. No se imaginaba teniendo que fingir durante toda una vida.

—¡Theo!

La voz de Blaise lo sobresaltó. El mago lo miró de reojo antes de remover la comida en su plato con el tenedor; no había probado bocado. Cada minuto que pasaba con Blaise era una agonía. Cada sonrisa, cada palabra, cada beso le daba vida y se la quitaba al mismo tiempo.

—¿Me has escuchado? —Blaise se inclinó hacia él.

Theo negó con la cabeza débilmente.

—¿Qué pasa?

—¿Ya has decidido qué harás?

Empezaba a arrepentirse de haber compartido su breve conversación con Hermione con él. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie les prestaba atención; durante un segundo le pareció que su mirada se encontraba con la de Marcus Flint, pero el slytherin se giró hacia el otro lado, donde se sentaba Graham Montague, y se relajó.

—No —respondió.

—He visto que Hermione ya se ha levantado y se ha ido —insistió Blaise.

Lo único que impidió a Theo responderle que lo dejara en paz fue el hecho de que ya le había hablado mal en un par de ocasiones sin ningún motivo. Blaise no tenía la culpa de que su vida se estuviera yendo a la mierda.

—Pues vale —replicó, intentando sonar desinteresado.

—Antes de que me recuerdes que no has pedido mi opinión —una de las cualidades de Blaise era que no guardaba rencor durante mucho tiempo—, yo te recordaré que por hablar no se acabará el mundo. ¿Dónde habías dicho que te esperaría?

—No te lo he dicho —recalcó Theo. Blaise puso los ojos en blanco—. Tercera planta —habló en un susurro, asegurándose de nuevo de que nadie los escuchaba. Draco estaba demasiado ocupado en su propia miseria, Daphne estaba charlando despreocupadamente con su hermana, Pansy estaba girada hacia Millicent Bulstrode y Marcus estaba demasiado ocupado comiendo para prestarle atención—. No voy a ir.

El ceño de Blaise se frunció y lo miró desaprobadoramente.

—Podrías avisarla, por lo menos. Para que no se pase la noche esperándote. Puedo ir yo, si quieres.

Ya no podía más. Theo se levantó y, sin despedirse, salió del Gran Comedor. No se detuvo hasta que llegó a su dormitorio y se dejó caer sobre la cama. Se puso la almohada en la boca para poder gritar sin que se le escuchara.

Tal vez, si no hubiera estado tan enfadado y confuso, se habría dado cuenta de que Marcus Flint no le prestaba atención a su cena sino a él.


—Armario.

—No.

Hermione frunció el ceño, mirando a su alrededor. «Algo que empiece por la letra A. ¿Qué puede ser?».

Tonks había recibido órdenes de quedarse a su lado hasta que Madame Pomfrey diera permiso a Hermione para abandonar la Enfermería. La paciente hacía horas que se había despertado y, pese a que había asegurado varias veces que estaba perfectamente, Dumbledore había insistido en que permaneciera allí unas horas más. Para qué, Hermione no lo tenía claro.

Así que, para matar las horas, Tonks y ella estaban jugando al «Veo, veo».

—Auror.

Tonks rio.

—No me estoy viendo a mí misma.

—Bueno, técnicamente la única parte de tu cuerpo que no puedes ver es tu cabeza. El resto de tu cuerpo queda dentro de tu campo de visión.

—Un argumento muy inteligente, pero no.

Era evidente, por la cantidad de veces que Tonks había cambiado de lugar, que no estaba acostumbrada a estar sentada sin hacer nada. Sin embargo, no se había quejado ni una sola vez.

—Dame una pista —pidió Hermione.

Se cruzó de brazos, pero siseó ante el repentino dolor que sintió en el brazo derecho. Durante unos pocos minutos había olvidado por qué estaba allí.

—Madame Pomfrey ha ido a San Mungo para averiguar más sobre la herida. Yo creo que deberías haber ido con ella —insistió la auror.

—No hace falta.

Hermione estaba empeñada en olvidar el episodio de la noche anterior lo más rápido posible. También había aceptado rápidamente que iba a llevar esa palabra grabada para siempre en la piel, pero no pensaba dejar que la avergonzaran por ello. En cuanto dejara de dolerle, se había decidido a prestarle la menor atención posible.

—Venga, te doy la pista. —Tonks sonrió con suficiencia—. Es algo que no puedes ver, pero sí sentir.

Hermione frunció los labios; estaba frustrándose por tardar tanto en resolver un juego tan infantil.

—¿Aire? —aventuró. Recibió otra negativa y se dejó caer hacia atrás con hastío. Entonces cayó en ello—. ¡Almohada! —exclamó en tono triunfal.

—¡Por fin! —Tonks aplaudió brevemente mientras se levantaba de nuevo y empezaba a pasearse por el espacio frente a la cama de Hermione—. Tu turno.

—Oye, una pregunta. —La bruja más joven tenía una duda que no se había atrevido a preguntar todavía—: ¿no te pusieron pegas para ser auror por llevar el pelo rosa?

Hermione se sintió estúpida en cuanto formuló la pregunta, pero Tonks sonrió y se encogió de hombros.

—No podían hacer mucho al respecto. Podría llevarlo castaño o rubio, pero la mayoría del tiempo mi pelo depende de mi estado de ánimo, así que a menos que haga un esfuerzo constante, este es mi color de pelo —explicó enrollando entre los dedos un mechón de pelo rosa.

Hermione frunció el ceño, confundida. Entonces abrió mucho los ojos, entendiendo de golpe lo que quería decir.

—¡Eres metamorfomaga!

—Para desgracia de mi madre y fascinación de mi padre.

Su madre, Andrómeda Black, tía de Draco. La conexión hizo que su expresión se ensombreciera, pero se obligó a apartar el pensamiento y volver a sonreír.

—Entonces, ¿puedes cambiar tu aspecto a voluntad?

Tonks pareció pensativa.

—En teoría sí, pero cuanto más se aleja de un ser humano, más difícil es. Por ejemplo, puedo transformar mi cara en la de un pato, pero solo porque cuando estudiaba aquí me gustaba asustar a McGonagall cuando levantaba la vista para decidir a quién iba a preguntar. —Hermione rio al pensar en la adusta profesora encontrándose de repente con una cabeza de pato enorme unida al cuerpo de una estudiante en medio de su clase—. Pero solo un metamorfomago experimentado sería capaz de transformarse en un objeto o una planta, por ejemplo. Y con limitaciones.

Hermione se había quedado con la boca abierta. Estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando la puerta de la Enfermería se abrió, dejando paso a Dumbledore.

—Lamento mucho la espera, señorita Nott, pero había asuntos que requerían mi atención urgente. Supongo que tendrá preguntas. —El director se acercó a su cama y permaneció plantado a los pies, con las manos entrelazadas a la espalda—. Acabo de llegar del Ministerio, pero después hablaremos de eso. ¿Desea hacerme alguna pregunta?

«¿Cómo van a castigar al cabrón de Flint?».

—¿Quién me encontró?

—Ronald Weasley y Padma Patil detuvieron a Flint y Montague mientras hacían la ronda nocturna. —Las pocas esperanzas que Hermione había depositado en Theo desaparecieron en ese momento—. Aunque en realidad fue Luna Lovegood quien la encontró.

Dumbledore reconstruyó la noche anterior de manera lenta y serena, usando las partes útiles de los relatos que los implicados habían aportado: cómo los prefectos se habían sorprendido al ver que no acudía, pero pensaron que se había echado atrás. Mientras tanto, Luna Lovegood se estaba saltando el toque de queda para buscar su redacción de Transformaciones, que había desaparecido (el director añadió con una sonrisa triste que la bruja le había asegurado que era culpa de unas criaturas llamadas «nargles»). Al parecer, Luna iba silbando, lo que alertó a Flint y Montague y los obligó a marcharse a todo correr para evitar ser descubiertos. Sin embargo, tuvieron tan mala suerte que se encontraron con los dos prefectos en su guardia. Lovegood pidió ayuda y su alerta fue lo que movilizó a Weasley y Patil a detener a los slytherins e impedir su huida.

El resto era historia.

Hermione tomó nota de agradecerles haber impedido lo que fuera que tenían pensado hacer con ella después.

—¿Dónde están ahora? —La bruja se negaba a ensuciar su boca con sus nombres.

—De momento, en una celda en el Ministerio. Mañana se enfrentarán a su juicio. —Dumbledore se dirigió entonces a Tonks—. La auror Jones me ha pedido que le comunique que necesita que vuelva en una hora con los recuerdos de la señorita Nott. —Se metió una mano en la túnica y sacó un frasquito pequeño. Hermione sabía que la extracción de recuerdos no era dolorosa, pero que invadieran la privacidad de su cuerpo no la entusiasmaba—. Hay otra cosa más.

—¿Qué pasa? —Hermione contuvo la respiración. ¿Se habrían entrometido las familias? ¿Iba a terminar ella con una cicatriz y ellos sin una sola consecuencia?

—Graham Montague ha pedido hablar con usted, querida. Dice que está arrepentido y quiere pedirle perdón. —Dumbledore mantuvo un tono neutro, pero Hermione notó por cómo su boca se torcía hacia abajo que no estaba convencido ni conmovido por ese arrepentimiento.

Hermione se miró las manos. Podía elegir elevarse, ser mejor que aquellos que le habían hecho daño. Podía elegir perdonar y seguir adelante, dándole la opción a uno de sus atacantes de mejorar y cambiar.

Pero ella no era la terapeuta de nadie; no era el campo de pruebas de mejora moral de nadie. Ella no tenía por qué obligarse a fingir magnanimidad. Estaba dolida y furiosa. Por si ella fuera, le encantaría encontrarse con esos dos en una habitación con su varita.

—No quiero saber nada de él —dijo—. Que asuma las consecuencias de sus actos.

—Bien.

—¿Tendré que asistir al juicio mañana? —quiso saber. Estaba cansada del Wizengamot, de miradas escrutadoras y juicios a su persona.

Dumbledore miró entonces a Tonks.

—Hablaré con Jones. Creo que si tus recuerdos y los de quienes te encontraron son concluyentes, no necesitaremos nada más. Además, Montague y Flint son adultos, así que si se resisten a admitir lo que hicieron, siempre queda el Veritaserum.

Los siguientes minutos los pasaron en silencio mientras Tonks sacaba el recuerdo de lo ocurrido de la mente de Hermione. La bruja tuvo que volver a pasar por todo otra vez y terminó llorando, pero se alegró de que sirviera para hacer justicia.

—Bueno, la próxima vez que quieras verme mándame una carta. Podemos ir a Las Tres Escobas, tomar una cerveza de mantequilla… Nadie herido, ya sabes —bromeó la bruja, guiñándole un ojo. Por poco tacto que tuviera, siempre hacía sentir mejor a Hermione.

Se despidieron con un abrazo y Tonks se marchó, dejándola sola con Dumbledore. El director permaneció en silencio, mirando a un punto en la pared, hasta que Hermione carraspeó.

—Señorita Nott, me gustaría hablar de algo más. Me he visto en la obligación de comunicar lo ocurrido al estudiantado, sobre todo teniendo en cuenta que la voz ya se había corrido. —La idea no le entusiasmaba, pero Hermione asintió—. También he hablado seriamente con los miembros de Slytherin y he dejado claro que no se tolerará ningún comportamiento ni lejanamente parecido en el futuro.

Hermione sabía lo extremadamente celosos de su privacidad y lo leales que eran los slytherins a su casa, así que estuvo tentada de informar amablemente al director que su gesto probablemente no serviría de nada. Sin embargo, quizás fue esa misma lealtad lo que la detuvo. O que estaba cansada de todo, también podía ser.

»Ahora bien, señorita Nott, quiero plantearle una alternativa a su situación actual. Se trata de un caso excepcional, pero lo he consultado con el resto de los Jefes de Casas y todos están de acuerdo con el cambio, en caso de aceptarlo. ¿Le gustaría cambiarse de casa?

Hermione contuvo la respiración y se quedó mirando a Dumbledore con los ojos como platos. No tenía ni idea de que eso podía hacerse y parecía que antes de ese día ni siquiera se había planteado.

—¿Cambiar? —repitió, todavía impactada.

—El Sombrero Seleccionador me ha informado de que en su momento le ofreció ir a Ravenclaw. O incluso a Gryffindor.

La bruja meditó sobre la propuesta.

Se imaginó subiendo todos los días a la torre de las águilas, teniendo que resolver un acertijo para entrar, durmiendo con gente que no destrozaría su ropa mientras no estaba.

También se imaginó viviendo con los leones. Llevaría una bufanda roja y amarilla a los partidos de Quidditch y escucharía el viento aullando contra las ventanas, Quién sabía, quizás hasta se haría amiga de Weasley y Potter.

Quizás en otra vida habría podido ser así, pero en esta sus colores eran el de la plata y la hierba en primavera. Negó con la cabeza con una sonrisa decidida en el rostro.

—Me quedo en Slytherin, señor. Si a alguien no le gusta, puede cambiarse a otra casa —añadió en tono desafiante.

Dumbledore pareció satisfecho con su respuesta. Asintió.

—La dejo descansar. —Hermione estuvo a punto de soltar un grito exasperado; ¿cuánto más podía descansar, si no había hecho nada en todo el día?—. Madame Pomfrey volverá dentro de poco y le dirá si ya puede marcharse.

Mientras el director se iba, Hermione tuvo una idea.

—¡Señor! —lo llamó—. ¿Podría quedarme permanentemente en la torre de Premios Anuales?

Dumbledore suspiró, pero asintió. Hermione se sintió aliviada.

Madame Pomfrey volvió una hora después y tras explicarle qué cuidados necesitaba su herida, la dejó irse.

Hermione volvió a la torre, aplicó un hechizo impermeable a la venda y se metió en la ducha, donde dejó que el agua cayera sobre ella durante no supo cuánto tiempo. Cuando salió, le habría gustado poder decir que era una persona nueva, pero seguía siendo la misma chica herida y enfadada de esa mañana.

Su idea inicial era ponerse el pijama y rezar porque algún elfo le llevara algo de cenar, pero sentía una inquietud y un fuego en su interior que le impedían estar tranquila. Al final, antes de que pudiera meditar sobre el origen de sus sentimientos, se vistió y salió de la torre.

Pronto sus pasos le indicaron dónde su mente necesitaba ir.

Probablemente la gente ya había terminado de cenar y estaban todos en las salas comunes o los dormitorios. Saber que tanta gente la vería no la amilanó, más bien al contrario: se sintió fuerte, capaz de enfrentarse a quien fuera.

«Que vengan a por mí si se atreven».

—Basilisco.

La puerta de piedra la dejó pasar a una sala común atestada. Antes de que los estudiantes empezaran a percibir su presencia, escuchó varias veces su nombre y las palabras «ataque» y «sangre sucia». Se enfureció: ¿quiénes eran ellos para usarla como tema de conversación? ¿Como si no fuera un ser humano cuyo cuerpo había sido agredido y cuya vida merecía respeto?

Cuando Draco se dio cuenta de que estaba allí, se levantó de un salto del sillón que ocupaba. Hermione esperaba que se acercara a ella, pero su exprometido permaneció parado, con los brazos a los lados, tensos, y una mirada grave clavada en ella. Hermione se obligó a permanecer impasible y se dijo que empezaba a ser hora de que se acostumbrara a la decepción.

Theo también la vio y sí que dio varios pasos en su dirección. Su cara estaba pálida, con grandes ojeras bajo sus ojos y la mirada brillante. La bruja vio cómo sus labios formaban su nombre. Tenía una expresión culpable.

Pero lo ignoró.

—Tranquilos, solo me quedaré un momento. —La voz le salió clara y fuerte y se alegró internamente de ver cómo había captado la atención de todo el mundo—. Solo diré esto una vez, así que más os vale escuchar bien: hemos terminado. Dejadme en paz y yo haré lo mismo con vosotros.

Se había hartado de intentar recuperar un lugar que no estaban dispuestos a darle. Bien, que así fuera. Por mucho que le costara, estaba decidida a no necesitar a ninguno de ellos y a darles la espalda igual que ellos se la habían dado a ella. Slytherin era su casa porque ella así lo eligió una vez, pero ninguno de sus miembros merecía su lealtad.

Alguien hizo un ruidito de mofa y Hermione buscó el origen hasta que sus ojos dieron con la mirada burlona de Pansy Parkinson.

—¿No me crees, Parkinson? Ponme a prueba.

Si hubiera podido observarse desde fuera, habría visto a una bruja con actitud feroz, lista para luchar contra cualquiera de ellos. O todos a la vez, poco importaba ya.

Parkinson borró la expresión condescendiente y miró a otro lado.

Parecía que el mensaje había calado, así que Hermione dio por terminado su trabajo.

Se dio la vuelta y abandonó la sala común de Slytherin. Dudaba mucho que volviera a pisarla, esta vez de verdad, y una parte de ella lloró la pérdida. Sin embargo, no dejaría que se notara.

Cuando ya llevaba medio pasillo recorrido hasta las escaleras, oyó pasos tras ella y su nombre.

Contuvo la respiración e intentó que sus piernas siguieran caminando, pero no había podido evitar el impulso de detenerse.

Cuando se dio la vuelta, vio a su hermano mirándola con una expresión miserable.

—Espera, por favor. —Hermione no se movió y se cruzó de brazos, a pesar de que le dolió el movimiento—. ¿Estás bien?

Se le empañó la mirada. Que la atacaran e hicieran daño era una cosa; que tu hermano por fin se dignara a prestarte atención después de negar tu existencia y relación durante casi una semana era un nivel distinto de dolor.

—¿Ahora, Theodore? ¿Ahora te importo? —espetó ella con sarcasmo.

Theo dio varios pasos hacia ella con indecisión. Él también parecía a punto de llorar, pero no iba a permitirle el lujo de ablandarla.

—Lo siento.

Solo eran dos palabras, pero hicieron que la sangre de Hermione hirviera en sus venas.

—Lo sientes. Ahora que un psicópata se presentó en tu lugar y me cortó la piel. ¿Por qué no viniste, Theo? —preguntó. Su hermano no respondió; no sabía qué decir—. ¿Por qué le dijiste que yo estaría allí? —No pudo contener las lágrimas más tiempo—. ¿Tanto me odias? ¿Tanto deseas que desaparezca?

Su propio hermano había permitido que aquello le pasara.

—Yo no sabía que irían. ¡No les dije nada! —se defendió él.

Hermione negó con la cabeza, de repente se encontraba exhausta. Ya no le quedaba más rabia, su tristeza la había apagado.

—Pero no viniste. Si hubieras venido, no habría pasado nada. Me dejaste tirada, ni siquiera fuiste capaz de dar la cara. Ni siquiera has venido a verme a la Enfermería. Ya no te importo; tranquilo, lo he entendido por fin. No te preocupes, porque no pienso molestarte más.

Tuvo que hacer uso de toda la fuerza de voluntad que le quedaba para darse la vuelta y echarse a andar.

—¡Mi padre me obligó! —gritó Theo—. ¡Tengo las manos atadas! ¡Y tú tampoco lo has hecho todo bien!

Ignoró la acusación mientras su mente daba vueltas a las primeras palabras.

Mi padre.

Hermione se mordió el labio inferior con fuerza para que no la escuchara sollozar. Antes lo había expresado de muchas maneras, pero ahora le había dejado claro que no pensaba en ella como parte de su familia.

Siguió caminando.


-N/A: Aquí abajo hay un cuadro donde podéis gritarme, gritar a Theo (o a Hermione o a cualquiera de los otros personajes) y dejarme cualquier impresión que queráis. Tengo especial interés en saber qué pensáis que pasará ahora.

Cuidaos. Nos leemos. N/A-

MrsDarfoy