-N/A: ¡Hola! Ha pasado bastante desde la última actualización (aunque no tanto como antes, vergüenza de mí jaja), pero al fin he podido terminar el capítulo :D
Desgraciadamente, este será el último que publicaré en un tiempo. Entre el trabajo y el máster que estoy cursando, no tengo mucho tiempo para dedicarme a una historia con tanto esmero como yo quisiera y ya tengo que escribir el TFM de mi máster, así que creo que no querré tocar un teclado en mucho tiempo jajajaja. De todas formas, espero que esto no os desaliente ni queráis abandonar el fic, porque os aseguro que no lo voy a mandar al hiatus, esto es solo una pausa de unos tres o cuatro meses.
No he tenido tiempo de responder a los reviews del capítulo anterior (es algo que me frustra mucho), pero los he leído y agradezco de todo corazón vuestras palabras. Gracias a Majo 1989, Adry-scrittore, Leslie08, Hermione1403, PrincesaMalfoy23, hadramine, sofihikarichan, Lina-san, veritolove96, HarleySecretss, Between White and Black, Jaaaviera, uLiii, Fergrmz, NoraCg, pelusa778, Tere, Dani H Danvers, ivicab93, Love'sHeronstars, Candice Saint-Just, Antares rosier, Valeria, Gibel, Cris James, Gaby Grey, fran sanchez, Crusckypop, Ali TroubleMaker y tres guests. Love ya.
¡A leer! N/A-
Into the Light
XVII. La gente nunca es tan fuerte como tras sus derrotas. (Alexandre Dumas)
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Después del pulso de la noche anterior contra los slytherins, Hermione se sentía más tranquila. Obviamente, el sentimiento de haber sido traicionada y abandonada seguía ahí, pero ya no amenazaba con superarla. Ahora era capaz de sentarse en la mesa de las serpientes para desayunar sin sentir la necesidad de hacerse pequeña e invisible. Quizás con el tiempo se darían cuenta de la soberana estupidez que reinaba entre ellos, pero ahora ya no esperaría con aire contenido a que lo hicieran.
Lo que todavía no había decidido era cómo darles las gracias a Padma, Weasley y Lovegood. Echó un vistazo hacia las mesas de Ravenclaw y Gryffindor. Las águilas estaban ubicadas al lado de Slytherin, por tanto llegar a las dos brujas era más fácil, pero los leones estaban en la esquina más lejana. Hermione se fijó en Weasley, sentado entre su hermana y Potter, hablando con la boca abierta mientras gesticulaba mucho; su hermana ponía los ojos en blanco mientras su mejor amigo le reía la gracia. Debía de ser bonito llevar una vida tan sencilla, con gente que no te dejaba tirada cuando peor estabas.
Lovegood también estaba sentada con los gryffindors, así que si se acercaba a ellos primero, mataría dos pájaros de un tiro. Sin embargo, no tenía ninguna confianza con ella y, además, tenía fama de ser más rara que un unicornio verde.
Mientras se armaba de valor para levantarse, las lechuzas llegaron con el correo, rompiendo el hilo de pensamiento de Hermione. Suspiró mientras cogía una galleta y le daba un mordisco sin muchas ganas.
Una lechuza dio un par de vueltas sobre su cabeza antes de posarse en el borde de la mesa y mirarla con la cabeza ladeada. La bruja frunció el ceño, porque no esperaba correo, así que tardó unos segundos en asimilar que era para ella. Cogió la carta y le dio al animal el resto de su galleta.
Se trataba de un sobre bastante abultado, de un blanco prístino y con su nombre mecanografiado en un lado. En el remitente, el nombre de un despacho de abogados y una dirección en Frankfurt que no le resultaba familiar. Contuvo la respiración, pensando en que podía estar relacionado con sus abuelos. Pese a que a esas alturas ya debían saber todo lo que había pasado, no se habían puesto en contacto con ella. Hermione apenas los veía un par de veces al año y nunca habían sido los abuelos más afectuosos del mundo, pero habría sido reconfortante que alguien de su familia le tendiera una mano.
Pero eso era pedir demasiado, ¿verdad?
Sin querer, sus ojos fueron en busca de su hermano. Apretó los dientes y frunció el ceño cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, obligándose a centrar su atención en la carta.
Cuando la abrió, se encontró en el interior un pergamino cuidadosamente doblado y dos sobres, uno de un blanco perlado y otro marrón, más pequeño.
Desdobló el pergamino. Sus ojos se agrandaron a medida que leía el contenido:
Estimada señorita Nott:
Mi nombre es Mathilda Richter y le escribo desde Müller &Richter. Su madre se puso en contacto con mi socia Elke Müller y conmigo el año pasado para que, en caso de fallecer, lleváramos a cabo todos los trámites para que usted y su hermano recibieran su herencia. Su hermano, Theodore Nott, recibirá una suma de diez mil galeones. Usted, la cantidad de treinta mil galeones. Adjuntados encontrará todos los documentos relativos al caso, que también haremos llegar a su hermano. También me he tomado la libertad de ponerme en contacto con Gringotts y le remito la llave de su bóveda con número 986.
Me he tomado la libertad de escribir esta carta personalmente porque conocí a su madre cuando éramos niñas. No tuvimos un trato extenso, pero guardo un buen recuerdo de ella. Permítame darle mi más sentido pésame.
Su madre también nos pidió que, en caso de que usted tuviera alguna duda, le diéramos consejo legal. Las leyes varían según el país, pero no dude en hacernos la consulta que desee y nosotras nos encargaremos de ponerla en contacto con quien sea necesario.
Un cordial saludo,
Mathilda Richter
Cogió todo y se levantó a toda prisa. No paró hasta que no estuvo en su habitación sentada sobre la cama con las piernas cruzadas y todos los papeles desplegados delante de ella. Releyó la carta tres veces antes de ser capaz de aceptar su veracidad.
Hacía varios días que había asumido que su nueva situación económica la clasificaba con un adjetivo que nunca se había visto obligada a usar: pobre. Su padre había dejado claro que ya no existía en su familia y su hermano le había dado la espalda, así que Hermione había supuesto que cuando saliera de Hogwarts tendría que empezar a pensar cómo ganar dinero. Menos mal que la educación mágica era gratuita o se vería en serios problemas el año siguiente.
Pero su madre le había dejado treinta mil galeones.
Abrió el sobrecito marrón y lo volcó sobre su mano. Una llave negra y con el número novecientos ochenta y seis cayó y la bruja la sostuvo en alto, incapaz de creerse que fuera suya. Se la llevó al pecho y cerró los ojos, sonriendo con alivio.
Dejó la llave a un lado y cogió el otro sobre. La textura era rugosa, de papel caro, y llevaba su nombre escrito en el anverso, con el rabito de la «e» terminada en un pequeño bucle.
Conocía esa caligrafía muy bien.
Hermione estaba a punto de abrir la carta que su madre le había escrito, pero el dedo se detuvo en la solapa. Inspiró hondo varias veces y negó con la cabeza.
No estaba preparada.
Cogió la carta y la guardó en el último cajón de su mesita, diciéndose que en algún momento la leería. Pero más tarde. Cuando fuera capaz de convencerse de que no estaba enfadada con su madre.
Volvió a dejarse caer sobre la cama y suspiró. Aunque nunca había sido una niña caprichosa, se había criado con todo lo que deseaba al alcance de su mano. O del bolsillo de sus padres, más bien. De hecho, esa misma mañana había tenido que recomponer algunas prendas de ropa para tener algo que ponerse. Al menos ahora podría sustituir lo que había quedado irreparable.
Se incorporó, pensando qué hacer a continuación.
Cogió sus libros y decidió ir a la biblioteca, pero cuando llegó a la cuarta planta, siguió bajando. Hacía un par de días que una idea se había infiltrado en su mente, pero no fue hasta el día anterior que no se había decidido.
El aula de Estudios muggles estaba al final del pasillo de la primera planta y el despacho de la profesora estaba justo al lado. Hermione se había repetido varias veces que no lo hacía por cobardía, por evitar a los demás en Cuidado de criaturas mágicas, pero la verdad era que no le iría mal no tener que preocuparse por miradas de reojo y comentarios en voz baja. Además, era hija de muggles, ¿no? No le vendría mal saber algo de ese otro mundo.
Levantó un puño para golpear la puerta, pero por alguna razón se detuvo, mordiéndose el labio con indecisión. ¿En serio era sensato cambiar de asignatura cuando ya llevaban dos meses de curso, sin haber tenido Estudios muggles en ningún curso anterior?
La puerta se abrió antes de que tomara una decisión y una muy sorprendida Charity Burbage soltó un grito ahogado ante su presencia.
Ambas mujeres se quedaron observándose en silencio durante unos segundos hasta que la profesora carraspeó y sonrió.
—¿Necesitaba ayuda, señorita… Nott?
La pausa antes de su apellido marcaba la nula familiaridad entre profesora y alumna y Hermione agradeció por una vez que alguien no la reconociera. Últimamente parecía que todos tenían algo que opinar sobre ella.
—Sí —replicó Hermione. La profesora Burbage parpadeó varias veces y ensanchó su sonrisa, animándola a continuar—. ¿Tendría unos minutos? Me gustaría comentarle una cosa.
La profesora le indicó que podía pasar y Hermione se encontró con un pequeño pero abarrotado despacho, con una pared completamente cubierta de instrumentos y la otra con estanterías hasta el techo. Frente a la ventana, justo en el lado opuesto de la puerta, había una mesa de escritorio y dos sillas. La profesora ocupó la suya y Hermione se sentó en la otra.
—Dígame, señorita Nott.
Hermione se miró las manos antes de hablar; empezaba a tener la terrible sensación de que iba a sonar muy estúpida.
—Me preguntaba… si sería posible cambiar de optativa. —Charity Burbage frunció el ceño—. Pasar de Cuidado de criaturas mágicas a Estudios muggles. —Al ver la expresión de la profesora, añadió rápidamente—: Sé que es una petición inusual y ya llevamos un par de meses de curso…
Su discurso fue perdiendo fuerza a medida que avanzaba, hasta que se quedó sin saber qué más decir. Había varias cosas a las que había empezado a acostumbrarse durante las últimas semanas y el rechazo era una de ellas, así que inspiró hondo, esperando la negativa.
—Bueno —Burbage se enganchó un mechón rubio suelto detrás de la oreja y ladeó la cabeza, pensativa—, no hay nada en la normativa que lo impida. Siempre que Dumbledore dé el visto bueno… ¿Se lo ha comentado al profesor Hagrid?
—Lo haré en seguida. —Además, le debía una disculpa todavía, podía matar dos pájaros de un tiro.
La profesora suspiró.
—En ese caso no veo por qué no. He oído hablar maravillas de usted, así que no creo que le cueste ponerse al día —Hermione sonrió con orgullo ante esta afirmación y asintió—. En mi asignatura no hacemos exámenes trimestrales, pero sí trabajos. Para Navidad tendrá que llevar a cabo un proyecto de no menos de cinco folios sobre algún evento histórico muggle. —Al ver la confusión que pasó por la mirada de Hermione, añadió—: Usamos papel, no pergamino, pero tranquila, yo le proporcionaré el material. Le pediré a Padma Patil que le enseñe el suyo para que se haga una idea de lo que se pide.
—Gracias, profesora Burbage.
Cuando Hermione salió del despacho cargando los libros que le había dado para ponerse al día, la emoción dominaba su cuerpo. Estudios muggles era algo completamente nuevo para ella y se dio cuenta de que los demás partirían con ventaja, porque todos habrían cursado la asignatura antes o tendrían familiares muggles. Sin embargo, eso solo hacía que quisiera esforzarse más. La mediocridad no entraba en su vocabulario.
Otro aspecto que agradeció fue que la profesora no le hubiera preguntado el porqué. Ni ella misma era capaz de expresarse correctamente al respecto, lo único que sabía era que necesitaba ese cambio.
Se dirigió con paso alegre a la biblioteca.
No era la única que parecía querer aprovechar la mañana, porque delante de ella iba un grupo de ravenclaws con un par de gryffindors. La bruja ralentizó el paso para no llegar a su altura, por lo que pudo presenciar la escena que se dio delante de ella.
Luna Lovegood bajaba en ese momento y chocó con alguien del grupo que subía. Todas sus cosas terminaron desparramadas por los escalones.
—Vaya, Lunática, hay que mirar por dónde caminas —le dijo alguien en tono condescendiente.
—Sí, ¿verdad? Mi padre siempre me dice que soy demasiado despistada —respondió la chica sin rastro de malicia en la voz.
Hermione se quedó parada al principio del tramo de escaleras, por lo que vio cómo le devolvían sus libros, pero un chico se escondió algo en un bolsillo.
—Gracias, chicos —respondió Luna antes de seguir su camino.
Pasó por el lado de Hermione silbando una canción inventada y la bruja pensó que era un buen momento para darle las gracias por haberla encontrado, pero su mente seguía estancada en el grupo de delante. Cuando los oyó reír, subió los escalones con paso decidido.
—¡Eh, vosotros! —Todos se detuvieron al escuchar la urgencia de su voz y Hermione recuperó el tono de prefecta que no había usado en días—. ¿Qué es lo que le habéis robado a Lovegood?
Los ravenclaws y gryffindors se miraron entre ellos con una sonrisa cómplice y una chica rubia tuvo el atrevimiento de hacerse la sorprendida.
—¿Nosotros? Pero si la hemos ayudado a recoger sus cosas y todo. ¿Qué íbamos a robarle?
Hermione enarcó una ceja y apuntó con un dedo a un ravenclaw alto y moreno, que mantenía las manos en los bolsillos.
—Tú. Saca todo lo que lleves ahí. —Cuando intentó protestar, Hermione añadió—: ¿O prefieres que os reste puntos y vayamos juntos a ver a Dumbledore para que le expliques por qué coges cosas que no son tuyas?
El ravenclaw se sacó algo parecido a un muñeco de trapo del bolsillo de la túnica y lo miró como si fuera la primera vez que lo hacía.
—Uy, me lo habré quedado sin querer —dijo en lo que Hermione catalogó como la excusa más pobre que había escuchado en su vida.
Alargó una mano y el chico se acercó a regañadientes para dárselo. Era un pequeño unicornio de un blanco que había visto días mejores. Hermione se lo guardó en el bolsillo y miró con seriedad a cada bruja y mago frente a ella.
—Ya podéis iros. —Cuando se estaban dando la vuelta, lanzándose miradas de alivio, añadió con una sonrisa complacida—: Cinco puntos menos para Ravenclaw y Gryffindor. Por persona.
Se dio la vuelta, ignorando las protestas y maldiciones, y se dispuso a encontrar a la propietaria del muñeco. Se recolocó los libros, que empezaban a hacer mella en su fuerza física, y bajó las escaleras con resignación. ¿Por qué había decidido empezar a inmiscuirse en cómo se llevaban los alumnos de otras casas?
No divisó a Luna Lovegood hasta que no llegó a la planta baja. Estaba con Harry Potter, Ginny y Ronald Weasley, Neville Longbottom y Ernie Macmillan.
—Genial —musitó. Pero cuadró los hombros y se dirigió hacia ellos. Potter fue el primero en darse cuenta de su presencia y calló, mirándola con curiosidad. Hermione centró su atención en la ravenclaw—. Lovegood.
—¿Sí? —la chica se giró hacia ella y la miró con sus grandes ojos azules—. ¡Oh, Hermione! ¿Cómo estás?
Esto la sorprendió y durante unos breves segundos fue incapaz de responder, hasta que se obligó a sonreír un poco y asentir.
—Bien, gracias.
Se sacó el muñeco del bolsillo y se lo ofreció. La sonrisa de la bruja más joven se iluminó.
—¡Mi amuleto! ¿Dónde lo has encontrado?
Podría haberle dicho la verdad, pero tenía la sensación de que Luna Lovegood era de esas personas que vivían mejor en la fantasía de que nadie a su alrededor le deseaba el mal. Por las miradas que intercambiaron Potter y la Weasley, supo que tenía razón.
—Me lo he encontrado en el pasillo hacia la Biblioteca. —Técnicamente no era mentira.
—Gracias. Soy muy despistada.
—Deberías ponerle una cadena o algo así —sugirió Hermione. Parpadeó varias veces, ¿qué hacía ella entablando conversación?—. Gracias por lo del otro día. —Miró a Ronald Weasley—. A ti también. —Ernie Macmillan pareció sorprendido de que la bruja se hubiera dado cuenta de su presencia cuando se dirigió a él—. ¿Podrías darle las gracias de mi parte a Abbott? —El hufflepuff asintió—. Bien. Nos vemos mañana en la reunión de prefectos.
—¿Vas a ir? —la pregunta vino de un Ronald Weasley que enrojeció cuando todo el mundo se quedó mirándolo—. Me refiero, después de lo del jueves…
Hermione se permitió una pequeña sonrisa.
—No os vais a deshacer de mí así como así.
El domingo, después de la hora de comer, Hermione decidió que le vendría bien un paseo hasta la cabaña del profesor Hagrid. Cuando llevaba diez minutos caminando a la intemperie, sobre la nieve y con el frío viento otoñal clavándose en cada centímetro de piel que tenía descubierto, empezó a arrepentirse.
Por suerte, cuando se aproximaba vio que salía humo por la chimenea, porque el colmo habría sido hacer todo el camino para nada.
Cuando llamó a la puerta con tres golpes rápidos, estaba segura de que el semigigante no la esperaba y se lo confirmó la expresión de completa confusión que se dibujó en su rostro cuando se dio cuenta de quién era.
—¡Señorita Nott! ¡Pase, pase, hace un frío espantoso hoy, no se quede ahí fuera!
La cabaña era pequeña, pero acogedora a su manera, pero Hermione no tuvo mucho tiempo para inspeccionarla más a fondo, porque en la ridículamente pequeña mesa que había frente al fuego se encontraban ni más ni menos que Harry Potter y Ronald Weasley, mirándola como si se tratara de una criatura no catalogada.
—¿Quiere una taza de té, señorita Nott? —preguntó el profesor. Antes de que tuviera tiempo de rechazar amablemente su ofrecimiento, él añadió—: ¡Oh, claro que la quiere, debe de estar congelada!
Con un gesto vago de mano le indicó que se sentara y Hermione obedeció, teniendo claro que aquella tarde iba a ser una de las más incómodas hasta el momento. Saludó a los dos gryffindors con un movimiento de cabeza mientras se sentaba. Se quedaron en silencio, cada uno mirando hacia un lado, hasta que Harry Potter se inclinó hacia ella.
—Ve practicando tu mejor cara de «Qué bueno, gracias», porque el té es imbebible —le susurró.
Hermione estuvo a punto de reír, pero se recompuso e intentó ignorar el hecho de que ya solo el olor de la taza que Hagrid le puso delante era terrible. Se entretuvo cogiendo dos azucarillos y mezclándolos con lo que fuera que era esa sustancia de un verde cloaca.
—Bueno… —Hagrid se sentó en un viejo sillón desgastado y sonrió— qué tarde tan agradable, ¿verdad? No esperaba tantas visitas hoy.
Hermione y los dos chicos intercambiaron una mirada de circunstancias mientras se apresuraban a asentir. La bruja recordó el ofrecimiento de Dumbledore de cambiar de casa y se preguntó si su vida habría sido así de haber aceptado. Tomar el té en la cabaña de Rubeus Hagrid los domingos por la tarde con Potter y Weasley era la última actividad que su amplia imaginación habría creado.
—En realidad, profesor Hagrid —Hermione aprovechó para dejar la taza en la mesa, sin tocar, mientras veía por el rabillo del ojo cómo Weasley arrugaba la nariz al tragar—, he venido para pedirle disculpas por marcharme de clase el otro día.
—¡Ah, eso! Ya ni me acordaba —el profesor le restó importancia con un ademán—, no se preocupe. Aunque las cosas sí que se pusieron un poco… intensas —añadió, más para sus adentros que para los demás.
—¿En serio? —Ronald Weasley parecía enfadado—. Quien tendría que pedir perdón es el imbécil que tienes por hermano.
Hermione se giró hacia él con los ojos entornados. Todavía seguía arraigada en ella la necesidad de defender a Theo; no lo hacía voluntariamente, venía de años creyendo que nadie tenía derecho a tocar a los suyos.
Se obligó a relajarse, abriendo y cerrando las manos un par de veces. Cogió la taza de té e instintivamente le dio un sorbo, olvidando momentáneamente la advertencia de Potter. Le costó horrores tragar, pero hizo de tripas corazón y volvió a dejar la taza en la mesa.
—No puedo hablar por él, pero sí responsabilizarme por mis actos.
Se hizo el silencio, que todos aprovecharon para mirar a un punto distinto de la habitación pensando qué más decir.
—Por cierto —Hermione se encontró con los ojos de Potter clavados en ella—, fue un detalle por tu parte que le devolvieras a Luna su amuleto ayer. Le tiene mucho cariño, no sé por qué —añadió frunciendo el ceño.
Hermione removió el té ocultando una sonrisa.
—No me gusta que se rían de alguien tan descaradamente. Además, voy a aprovechar cualquier ocasión que me sirva para quitar puntos a Gryffindor.
—Sería la primera vez —soltó Weasley, aunque ante la mirada sorprendente de todos los presentes pareció fijarse en algo que había en su túnica y no despegó los ojos de ese punto durante un buen rato mientras se ponía rojo hasta las orejas.
Hermione iba a contratacar con un comentario mordaz, pero se dio cuenta de que no le faltaba verdad. Me consta que usted siempre se ha esforzado por mantener la paz. O que no empiece ninguna guerra, al menos, le dijo Dumbledore una vez. ¿Se había preocupado ella de verdad por los problemas de otras casas? No, y no había manera de negar el hecho.
—Más vale tarde que nunca. Bueno —se levantó con tanta rapidez que el perro de Hagrid se sobresaltó y se puso en pie mirando a los humanos —, tengo que irme. Hay un par de cosas que quiero hacer antes de la reunión de prefectos.
Potter resopló.
—Qué pereza. Si llego a saber que tendríamos que vernos las caras los domingos, me lo habría pensado antes de aceptar.
Hermione puso los ojos en blanco.
—Siempre puedes renunciar, Potter. —Sonrió con inocencia fingida—. Aunque no te hacía un cobarde…
El gryffindor entrecerró los ojos.
—No picaré, Nott.
La bruja se encogió de hombros mientras ensanchaba su sonrisa. Después, se giró hacia Hagrid.
—Gracias por el té, profesor. —Cuando ya estaba cerca de la puerta, se maldijo internamente: había olvidado el segundo propósito de la visita. Se dio la vuelta, sin saber bien cómo decirlo—. Por cierto… He decidido cambiarme a Estudios muggles.
Sus compañeros de curso se quedaron boquiabiertos. Hagrid la miró con expresión apenada.
—Sí, algo me había comentado Burbage. Es una lástima. —Se pasó una mano por el pelo—. Lamento que las clases no hayan sido todo lo instructivas que podrían haber sido.
Hermione negó con la cabeza con rapidez.
—No es eso, profesor Hagrid. Sus clases siempre han sido muy interesantes. —Se miró los pies; odiaba tener que admitir que no era tan fuerte como la gente pensaba—. Es que así tendré un poco de paz, ¿sabe? —Lo miró, deseando con todo su corazón que la entendiera. El semigigante asintió con expresión comprensiva y un peso se levantó del pecho de Hermione—. Gracias por todo.
Salió de la cabaña, recolocándose bien la capa para que el frío la tocara lo menos posible, y respiró con alivio. Echó a andar con paso rápido, más por la baja temperatura que por tener algo que hacer realmente; cuando había dicho que tenía cosas que hacer, en realidad era porque empezaba a sentirse fuera de lugar. Y no quería imponer su presencia en una reunión a la que no había sido invitada. Últimamente tenía esa sensación, de que molestaría allá donde se uniese.
Como todavía faltaba un tiempo para la reunión, decidió volver a la torre, pero vio el paso cortado por varios alumnos presumiblemente de primer curso. Distinguió a Maria Smirnova.
—Hola —saludó desconcertada—. ¿Qué hacéis aquí?
Los estudiantes se miraron entre ellos, cohibidos. Seguramente habían trazado un plan magnífico a sus ojos para convencerla de lo que fuera que querían hacer, pero al tenerla delante habían empezado a dudar. Hermione se enterneció; al fin y al cabo, ella también había estado ahí y había observado a los mayores con respeto e incluso temor.
Al final, Maria tomó la iniciativa.
—Ahora que faltan dos jugadores del equipo de Slytherin y como suponemos que tendrán que reemplazarlos en algún momento pronto, hemos pensado…
La pequeña bruja empezó con valor, pero fue quedándose sin fuelle a medida que argumentaba su caso. Se mordió el labio y lanzó una mirada a sus compañeros en busca de ayuda.
Hermione decidió apiadarse.
—Contadme. Lo peor que puede pasar es que os diga que no. No voy a quitarle puntos a nadie por tener una idea —dijo con suavidad.
—Hemos estado pensando que estaría bien que se dejara jugar a la gente de primer curso —concluyó otra bruja, una niña de cabellos rubios y ojos marrones asustados pero decididos.
Hermione frunció el ceño pensativa. Era algo que no había contemplado nunca (a excepción de cuando aceptaron a Potter en primero, pero eso había sido un caso muy excepcional).
Solo había un problema.
—A mí me parece bien, pero ¿lo habéis hablado con quien sea el nuevo capitán? —preguntó, sabiendo que no iba a gustarle el rumbo de la conversación.
—Bueno… —intervino un mago alto y larguirucho—. Es que Draco Malfoy sí que parece que vaya a quitarnos puntos por proponerlo.
Hermione no pudo evitar soltar una carcajada. Tenía que aplaudirle al chico por el valor del comentario.
—Así que él es el nuevo capitán… —Era el curso natural, teniendo en cuenta que Flint lo había sido solo porque había repetido; habría tenido que pasar el testigo un par de años atrás. Draco era la opción más evidente, la mejor. Hermione suspiró; había momentos en los que odiaba ser prefecta y Premio Anual—. Vale, lo hablaré con él. —Al ver las expresiones ilusionadas de los de primer año, añadió en tono severo—: Pero no os prometo nada. Además, aunque él acepte —cosa difícil, pero no quería destrozarles las esperanzas tan pronto—, Madame Hooch tiene que dar su aprobación.
Los ánimos bajaron un poco, pero los estudiantes se despidieron de ella entre cuchicheos de «¿Te imaginas que me eligen?». Hermione sonrió y negó con la cabeza mientras entraba en su sala común. Qué bonita esa época en que la única preocupación eran cosas así de simples.
Cuando se hizo la hora de la reunión, Hermione se dirigió allí con la mentalidad de no dejar que nadie la afectara. No dejó de repetirse que tenía una función que cumplir y que no iba a cruzar la raya de la pura profesionalidad. Sin embargo, cuando vio a Draco apoyado en la pared contraria al aula donde se reunían, se olvidó de respirar durante unos segundos.
Se obligó a inspirar hondo, cuadrar los hombros y seguir avanzando con cuidado de no mostrar nada más que indiferencia. Por suerte, años de ensayos en reuniones soporíferas de sus padres con amigos la habían entrenado bien para fingir algo que no sentía.
Fue la primera en entrar, precedida por los otros siete prefectos en un silencio sepulcral, muy poco característico de esas reuniones. Hermione se vio en el dilema de dónde sentarse; cada uno tenía su asiento habitual, pero eso significaba tener a Draco al lado y sospechaba que las pocas ganas de estar cerca del otro eran mutuas.
Al final, ocupó su sitio de siempre. Ni era justo obligar a nadie a cambiarse ni iba a darle el placer a Draco de verla huir de él. No obstante, sintió una punzada en el pecho cuando vio que se alejaba de ella. No se había dado cuenta de que Draco solía inclinarse en su dirección cuando se sentaban juntos hasta que había dejado de hacerlo.
Hermione carraspeó.
—Bueno, empecemos. ¿Algún incidente notable estas últimas semanas? —Mojó la pluma en tinta y miró a su alrededor, con cuidado de evitar su derecha, pero solo obtuvo encogimientos de hombros y gestos vagos—. Entiendo que eso es un no. Perfecto, pasemos.
Dumbledore solía mandar un pergamino con los temas importantes de los que debía ocuparse, que Hermione desplegó, pero en esta ocasión solo había dos puntos. La bruja se quedó en silencio contemplando esas tres palabras.
—¿Hermione? —Padma llamó su nombre con un deje de preocupación al ver que no respondía.
Hermione carraspeó y parpadeó varias veces.
—Hay que empezar a pasar la lista para que se apunten quienes quieran pasar las navidades aquí. —Sacó los pergaminos, decorados con un ribete de los colores de cada casa, y entregó los suyos a Harry, Padma y Hannah. Se quedó el de Slytherin y tras meditarlo un momento, escribió su nombre en la primera línea—. Quédatelo tú —se lo ofreció a Draco mirándolo de reojo.
Cuando él lo cogió, sus dedos se rozaron, haciendo que Hermione clavara sus ojos en él directamente. Draco no apartó la mirada hasta que ella no lo hizo.
Se hizo un silencio incómodo. El único que sabía disimular mejor la lástima era Potter, posiblemente porque él también había pasado unas navidades en el castillo. Hermione no dio tiempo a que nadie opinara y pasó al siguiente punto.
—También hay que organizar el Baile de Navidad.
Anthony Goldstein bufó y se dejó caer en la silla.
—¿En serio? ¿Por qué se empeñan en que se organice algo cada año? ¿No podemos reciclar la idea del año anterior y ya está?
—Que tú seas un básico no quiere decir que los demás queramos serlo —replicó su compañera de casa.
—Pues propón tú algo, lista.
Padma recurrió a Hermione en busca de ayuda.
—Bueno… —empezó la slytherin— el año pasado el tema fue el color blanco, así que ese queda descartado. Creo que otro año se hizo un Baile al estilo muggle… —ignoró el sonido desdeñoso que salió de Draco, aunque sí que lanzó una mirada de advertencia en su dirección— y recuerdo que un año se recurrió a la idea de los disfraces, aunque hacer lo mismo en menos de dos meses me parece demasiado repetitivo, porque en Halloween ya nos disfrazamos.
—¡Tengo una idea! —exclamó Hannah Abbott.
—Merlín nos proteja —comentó Draco en voz baja con tono sarcástico.
—Cállate, Malfoy, al menos yo aporto algo. —Todos miraron a la hufflepuff asombrados por su osadía, pero la bruja estaba demasiado emocionada para darse cuenta—. ¿Y si solo se permite llevar ropa con colores típicos de la Navidad? Está el rojo bermellón, el blanco nieve, el dorado… Y hay suficientes como para que nadie se queje de que son los colores de esta o aquella casa.
—Me parece una idea muy buena —alabó Hermione. Padma concordó, mientras que los chicos se limitaron a asentir o directamente mostrar su indiferencia—. Si nadie tiene ninguna queja, lo doy por bueno y se lo comunico al director Dumbledore.
—Cuando tengáis una idea del vestido, podríamos comentarlo para no repetir color —sugirió Hannah.
Hermione, que había empezado a escribir en el pergamino, se detuvo e inspiró hondo antes de continuar como si no pasara nada.
—Yo no asistiré, así que por mí no os tenéis que preocupar —informó en su mejor tono despreocupado.
—¿Por qué no? —La pregunta vino de Weasley, aunque representaba la sorpresa de todo el mundo.
Hermione dejó la pluma con cuidado de no manchar nada y meditó la respuesta. Al final, optó por ser simple.
—No estoy de humor este año.
«Tampoco tengo con quien ir».
—¡Pero somos los prefectos, tenemos que ir! —protestó Hannah.
Hermione tuvo que hacerse con toda su fuerza de voluntad para no ser borde, pero Draco se le adelantó.
—Si no quiere ir, dejadla en paz. Que haga lo que quiera.
La bruja lo miró, pero él tenía la vista clavada en la hufflepuff con una expresión de «Desafíame». El tono con el que había hablado la había hecho sentir prescindible, innecesaria, pero no era el momento de mostrarse débil o empezar una pelea.
—Ojalá cambies de opinión —intervino Padma, sonriéndole con ánimo.
—Bueno, ¿hemos terminado? —Ernie Macmillan hizo amago de levantarse, pero la mano alzada de Draco lo detuvo.
—Tenemos que posponer el partido del próximo sábado. Slytherin necesita tiempo para encontrar dos sustitutos y entrenar.
Harry enarcó una ceja y las comisuras de sus labios se elevaron.
—¿Y eso a nosotros qué nos importa, Malfoy?
—Exacto —su amigo pelirrojo se envalentonó—, ¿qué culpa tenemos el resto de que en tu casa hubiera dos psicópatas?
Hermione observó la discusión en silencio. Conocía lo bastante a Draco para saber que la manera en la que su mandíbula se tensaba significaba que estaba a punto de atacar.
—Dra… Malfoy tiene las de ganar aquí —intervino Hermione en tono hastiado—: el reglamento dice que en casos como este el equipo afectado puede pedir un aplazamiento. —Los dos gryffindors la miraron como si estuviera apuntándolos con su varita, a lo que levantó las manos en señal de paz—. No lo digo yo, lo dice el reglamento —insistió.
—Bien —aceptó Potter a regañadientes—. Un sábado, no más.
—A propósito del quidditch —en la mente de Hermione acababa de inventar diez formas distintas de asesinar a alguien. Se giró hacia Draco—, varios alumnos del primer curso me han preguntado si podrían presentarse para las vacantes.
Draco enarcó una ceja.
—Son de primero, está prohibido. —Hermione imitó su gesto y señaló a Potter con un dedo—. Potter fue un caso excepcional que nadie logró entender. Eso no significa que tengamos que hacer excepciones con todo el mundo solo porque les apetezca tener unos minutos de fama.
—Pero…
—Como capitán, creo que tengo la potestad suficiente para decidir quien puede y no puede presentarse. No.
Hermione lo fulminó con la mirada, pero decidió otorgarle esa pequeña victoria.
—Bien, pero se lo comunicarás tú, ya que eres el capitán.
Él se encogió de hombros y Hermione anotó la decisión en el acta apretando la pluma con más fuerza de la necesaria.
Como no quedaba nada más de lo que hablar, los prefectos se levantaron y empezaron a marcharse poco a poco. Hermione se quedó recogiendo las cosas, enrollando cuidadosamente los pergaminos en un intento de hacer tiempo para no encontrarse con nadie al salir. No le apetecía tener que fingir que no le importaba tener que quedarse allí esas navidades ni que no iría al baile porque sabía que no tendría con quién.
—Hermione.
La bruja levantó la cabeza y contuvo la respiración. Cerró los ojos, deseando haber escuchado mal.
Pero podía sentir la presencia de Draco a su espalda, esperando.
Se dio la vuelta poco a poco, apretando inconscientemente los pergaminos contra su pecho.
—¿Qué quieres?
Draco, tan alto y tan frío. Mirándola con esos ojos que tan bien escondían lo que pensaba y sentía. Dio un paso hacia ella y durante un segundo, un solo segundo, pareció que iba a abrazarla. En vez de eso, apretó los dientes y permaneció donde estaba, con las manos en los bolsillos.
—¿Cómo estás?
Hermione resopló. No sabía qué le pasaba, pero era incapaz de aceptar que su preocupación fuera sincera. O que estuviera preocupada por ella, directamente.
Ella tenía muchas virtudes, pero se estaba dando cuenta de que saber perdonar y olvidar no era una de ellas.
—Será mejor que te vayas, van a pensar que estás hablando conmigo y eso podría afectar a tu reputación.
Y morderse la lengua y dejar pasar las cosas tampoco.
—Dime la verdad.
Hermione dejó las cosas sobre la mesa y se levantó la manga del brazo derecho hasta que la cicatriz quedó al descubierto, un trazado de líneas rosáceas que ya estaba prácticamente curado pero cuyo dolor no desaparecería nunca del todo.
Se lo enseñó a Draco y observó con satisfacción cómo él lo miraba con aprensión. ¿Era vergüenza eso que veía en su cara? Ojalá así fuera.
—¿Satisfecho? —preguntó la bruja—. Bueno, ¿ahora qué?
Él permaneció en silencio. Sus ojos volvieron a sus ojos, pero pronto volvieron a bajar hasta la palabra en su piel. Vio cómo sus labios se separaban y empezaban a formar su nombre, pero Hermione no le dio la oportunidad: recogió sus cosas y salió del aula con la manga del jersey todavía subida.
-N/A: ¿Qué os ha parecido? Como siempre, cualquier opinión será leída y apreciada. Nos veremos en verano :D N/A-
MrsDarfoy
