-N/A: Ya es tarde, pero me moría de ganas de actualizar (además, prometí actualizar esta semana y aunque me haya pasado unas horas en muchos países sigue siendo domingo jeje). Es el capítulo más largo que he escrito hasta el momento, con 11000 palabras, y porque quité un par de escenas... Espero que lo disfrutéis tanto como yo mientras lo escribía; desde que empecé el fic estaba deseando llegar a este punto en concreto, porque lo considero un gran avance para Hermione. Durante el capítulo vamos a visitar diferentes lugares, si no encajan con la descripción canon, perdonádmelo, a veces el canon solo está para saltárselo xd.
Como siempre, gracias infinitas a las personas que dedicaron parte de su tiempo a comentar el capítulo anterior: sofihikarichan, Adry-scrittore, Ali TroubleMaker, Ryuuha Boon, CaroMoony, Dani H Danvers, Annath, JuliaLestrange, valeriadg27, Between White and Black, NoraCg, pelusa778, Claudia Porras, EuniceRc, Lucitachan, Antares Rosier, Mitsuky092 y un guest. Agradezco de corazón que permanezcáis conmigo, que os animéis a dejar review y que compartáis conmigo vuestra lectura. Estamos creando algo hermoso.
Sin más, ¡a leer! N/A-
Into the Light
XXII. La amistad nace con la luz y se afirma con el trato. (Molière)
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La escena en el vagón del tren era, cuanto menos, pintoresca.
Hermione estaba sentada junto a la puerta, apretujada entre la pared y Ronald, quien se sentaba muy recto y sin saber bien qué hacer con las piernas larguísimas que tenía. Hasta ahora, acostumbrada como estaba a ser más baja que la gente de su alrededor, Hermione no se había fijado de verdad en lo alto que era Ronald. No tanto como Draco, pero casi.
Al otro lado del pelirrojo estaba Harry, cuya lechuza no paraba de revolverse en la jaula a sus pies. Este no parecía darse cuenta de la estrechez del sitio, ya que charlaba animadamente con Ginevra, situada al lado de la ventana, sobre Quidditch.
Como Ronald estaba más interesado en morderse las uñas que en conversar con ella, Hermione encontró entretenimiento en observar a los que se sentaban enfrente. Neville Longbottom escuchaba a Luna Lovegood como si las criaturas que estaba describiendo fueran reales; la verdad era que formaban una pareja curiosa. Hermione pensó para sus adentros con una sonrisa que estaba rodeada de gente que se gustaba pero parecía que nadie encontraba el valor para decirlo en voz alta. Hasta Dean Thomas y Seamus Finnigan parecían tener algún tipo de vibraciones extrañas entre ellos.
Estaría bien que se centraran en el otro en vez de mirarla de vez en cuando con recelo, pero suponía que su presencia allí estaba considerada una intrusión.
—…si los idiotas de Slytherin se dignaran a jugar de una vez, no tendríamos que estar preocupándonos tanto. —La conversación la esquina traspiró a todo el vagón y las miradas volaron inmediatamente hacia Hermione.
Ella sonrió y se encogió de hombros.
—¿Por qué me miráis a mí? Podéis criticarlos todo lo que queráis.
En otros tiempos, le habría ofendido que se refirieran a su casa de esa manera, pero eso había quedado atrás. No le gustaba, pero tampoco iba a invertir energía en defender a nadie.
—Oye —Dean Thomas se inclinó hacia delante, dejando por unos momentos la hostilidad a un lado—, ¿no sabrás por casualidad algún truco o algún punto débil que tenga el equipo?
—Me temo que no. —Podría haberles contado que Blaise tenía problemas para inclinarse a la izquierda porque le daba miedo caerse, pero no iba a traicionar a su amigo—. Aunque ahora que lo pienso, me pareció oír a Crabbe quejarse de que su escoba a veces le fallaba cuando tenía que subir con rapidez para darle al quaffle. —Sonrió con inocencia. A Crabbe no le debía nada—. No sé si te sirve.
Dean miró a Harry y este pareció valorar la información durante unos segundos.
—Ahora que lo dices, es verdad. Al muy tonto no se le ha ocurrido cambiar de escoba.
—El dinero no te da la inteligencia —comentó Finnigan—. ¿Nada más? —La miró esperanzado pero Hermione negó con la cabeza.
—Es que los deportes en general me dan igual, la verdad. Iba a los partidos porque… —Vaciló—. Bueno, porque tenía que ir. Me sé las reglas y tal, pero nunca he prestado mucha atención.
—Uh, qué mala novia. Seguro que Malfoy se enfadaría si se enterara —replicó Seamus.
Hermione entrecerró los ojos; podía ver la malicia tras su comentario y cómo esperaba que ella se rebotara.
Decidió no darle el gusto, aunque le hubiera dolido.
—Cuidado, Finnigan. No sea que Crabbe termine las navidades con una nueva escoba.
No totalmente al menos.
Hermione se levantó.
—Voy a por algo para comer. ¿Alguien quiere algo?
Harry la imitó.
—Voy contigo, tengo mucha hambre y no quiero arruinarte.
Salieron del vagón y se dirigieron hacia la parte delantera del tren, donde estaría la señora del carrito de los dulces.
—Aunque ya no sea tan rica como antes, no vas a vaciar mi cámara de Gringotts, Potter —bromeó Hermione. El mago le dedicó una mirada extrañada—. ¿Ah, no lo sabías? Mi padre —la palabra le salió con dificultad, pero a falta de una mejor— me ha desheredado.
—Vaya, lo siento.
Harry apoyó una mano en su hombro y le dio un apretón sincero. Pese a que no le entusiasmaba el contacto ajeno, empezaba a tenerle cariño al gryffindor y le agradeció el gesto con una sonrisa.
—No pasa nada, mi madre me dejó unos cuantos miles de libras. De momento no me voy a morir de hambre.
—Ah, en ese caso sí que puedes invitarme.
Si no existiera una rivalidad tan arraigada entre gryffindors y slytherins, Harry y Blaise se llevarían bien: tenían el mismo carácter desenfadado y un humor similar, más hacia lo absurdo que lo cruel. Aunque visto de otra forma, también podían ser una combinación letal.
Encontraron el carrito de los dulces varios vagones más adelante. Estaban en la zona de los slytherins, pero de momento no se habían cruzado con nadie conflictivo, señal de que bien a nadie le importaba, bien estaban demasiado intimidados para hacer más que lanzar miradas de reojo a su paso. Que Hermione estuviera con un gryffindor tan prominente como Harry Potter les daría de qué hablar al menos para una parte del viaje. Un par de horas, si se encarnizaban con ellos.
Pero claro, la vida nunca salía como una la planeaba. Siempre tenía que haber una intervención estelar, un giro argumental que le diera emoción a los acontecimientos.
Por eso, cuando Hermione y Harry cerraron la puerta del vagón en el que habían visto el carrito, se encontraron con que un chico alto y de pelo corto y castaño se les había adelantado y estaba pidiendo comida.
Los pies de Hermione se quedaron quietos en el sitio y Harry, que no se había dado cuenta, chocó contra ella. La tuvo que sujetar por el brazo para que la bruja no cayera e iba a preguntarle qué pasaba cuando vio al chico. Tardó unos segundos en reconocerlo, aunque, claro, él no había formado parte de su familia.
Cuando Theo se giró y los vio, desvió la mirada. Al menos esta vez no parecía enfadado, aunque Hermione era incapaz de adivinar qué era lo que pasaba por sus pensamientos. Parecía triste, frustrado y avergonzado al mismo tiempo.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, dio varios pasos rápidos hacia él y lo llamó por su nombre, obligándolo a posar sus ojos verdes en ella durante unos segundos. Cuando llegó a su altura, tragó saliva con fuerza, sin saber bien qué decir.
Estaba tan desesperada porque su hermano hablara con ella que no había pensado su siguiente movimiento.
—Esto… ¿Qué vas a hacer estas navidades?
En otras circunstancias, habrían estado juntos. Quizás no hubieran vuelto a casa, para no resucitar malos recuerdos, pero habrían pasado las fiestas juntos. Hermione le habría recordado que no podía pasarse los días durmiendo hasta tarde y que tendría que estudiar y Theo la habría distraído con sus historias y chismes.
Y quizás, solo quizás, Hermione no se habría sentido tan sola.
Harry se abrió paso por el escaso espacio que habían dejado a un lado para acercarse al carrito (y para dejarles un poco de intimidad, si es que eso era posible). El compartimento junto al que se habían detenido se llenó de ojos curiosos, pero Hermione los ignoró. En vez de eso, contuvo la respiración, esperando un desplante por parte de su hermano.
No llegó.
—Draco me ha invitado a ir a su casa —musitó, con la mano todavía en la manilla de la puerta de su compartimento.
Hermione asintió. No había visto que se estuvieran muy unidos últimamente, pero era algo que las serpientes hacían. Cuidarse en los momentos difíciles. Mostrar a los demás que nunca se dejaban tirados.
Con una notable excepción, claro.
Theo no hizo el amago de preguntarle dónde iba ella y Hermione decidió creer que era porque ya lo sabía en vez de por falta de interés. Normalmente intentaría no darle tanta importancia a la opinión de su hermano, pero las fiestas la estaban poniendo nostálgica.
—Me alegro. —Cuando la manilla de la puerta se movió y Theo estaba a punto de entrar, Hermione se agarró al primer tema que le vino a la cabeza—. Oye… —Los ojos de él volvieron a su cara— ¿sabes algo de Melpy?
Melpy, su elfina personal, de la que no había sabido nada desde que su madre murió. En realidad había querido averiguar su paradero, si todavía seguía en casa, pero habían pasado tantas cosas en las últimas semanas que al final siempre desplazaba a la pobre Melpy al final de la lista de prioridades.
—Está en casa —respondió Theo. Apretó los labios y luego suspiró, como si estuviera debatiéndose sobre si continuar hablando—. Padre le ha prohibido buscarte.
Pensar que Melpy había intentado ir con ella y no lo había hecho porque se lo habían prohibido la entristeció y alivió por partes iguales. Al menos a alguien en su casa seguía importándole. Quizás con el tiempo podría encontrar alguna manera de reunirse con ella. Que se mudara a Hogwarts y después… bueno, ni siquiera la propia Hermione sabía qué pasaría con su vida, pero algo se le ocurriría. Melpy era lo único bueno que le quedaba de su pasado.
—Vale, gracias. Bueno… —Vio por el rabillo del ojo que Harry estaba esperándola a una distancia prudencial, fingiendo que la etiqueta de una rana de chocolate era sumamente interesante—. Feliz Navidad.
—No lo creo —murmuró Theo. Le dedicó una mirada breve antes de replicar—: Igualmente.
Hermione lo observó entrar en su compartimento y cruzó miradas con un Draco serio y una Daphne entre preocupada e intrigada. Se dio la vuelta; no había nada más que pudiera hacer o decir. Con que Theo no le hubiera escupido en la cara se podía dar por satisfecha.
Al ver lo cargado que iba Harry con chocolates, golosinas y galletas varias la recorrió un ramalazo de culpabilidad.
—¡Lo siento, se supone que tenía que pagar yo! ¿Cuánto te debo?
El gryffindor se encogió de hombros y le sonrió.
—A la vuelta invitas tú y estamos en paz.
Hermione no pudo reprimir la sonrisa; con Harry todo parecía muy fácil. Ahora que podía considerarlo su amigo, no entendía cómo había pasado tantos años mirándolo por encima del hombro. La mayoría de los estudiantes de otras casas a los que había podido conocer mejor habían resultado ser mucho más simpáticos de lo que sus prejuicios la habían dejado creer.
Cuando volvieron a su compartimento, fueron recibidos por una ronda de aplausos y vítores. De todos excepto de Ginevra, que los observó con ojo analítico antes de desviar su atención al paisaje nevado que se veía por la ventana. Hermione miró disimuladamente a Harry, que parecía no haberse dado cuenta de nada; quizás se equivocaba, pero empezaba a entender qué problema tenía Ginevra con ella.
Cogió una rana de chocolate y se sentó junto a Ron, quien ya había engullido medio paquete de galletas de vainilla, y se limitó a escuchar las conversaciones ajenas lo que quedaba del viaje.
Cuando llegaron a la estación de King's Cross, Hermione entró en pánico, pero intentó disimularlo lo mejor que pudo con una sonrisa tirante. Ronald se ofreció a cargar su baúl, pero Hermione se negó: necesitaba hacer algo con las manos o empezarían a sudarle sin remedio y cuando conociera a los padres de los Weasley les dejaría las manos pringosas y ya no querrían acogerla en su casa.
Salieron al pasillo y buscaron la salida más cercana. Hermione estuvo a punto de tropezar, pero la mano de Ronald en su codo la estabilizó. Una vez en el andén, le sonrió para agradecérselo y él se la devolvió con timidez. Con la misma mano le indicó por dónde continuar.
No fue muy difícil encontrar a los señores Weasley: pese a que su altura no era nada remarcable (el señor Weasley debía llegarle a Ronald por las orejas), el color de su pelo habría podido verse incluso sin luz.
Mientras se acercaban, Hermione pudo distinguir rasgos de sus hijos en ellos: Ginevra tenía los ojos de su madre y Ronald las mismas pecas que su padre. Ambos parecían extremadamente emocionados de reencontrarse con sus hijos, tanto que la señora Weasley parecía a punto de salir volando.
—¡Oh, mis niños, por fin!
Molly Weasley, de cuerpo voluminoso y baja estatura, envolvió a sus hijos en un abrazo tan fuerte que no tardaron en protestar. Mientras, el señor Weasley abrazaba a Harry y le daba unas palmaditas en la espalda. Hermione se quedó contemplando la escena sin saber bien dónde mirar; la familiaridad y cariño con que se trataban la tenía descolocada. El afecto en público era algo que no abundaba en su antiguo círculo social.
Cuando terminaron los abrazos de bienvenida, la señora Weasley posó en ella una mirada cálida. Hermione le sonrió, intentando esconder lo fuera de lugar que se sentía. Fue a alargar la mano para estrechar la de la bruja, pero la señora Weasley la abrazó.
—¡Qué alegría que hayas aceptado venir, cielo! —Una vez se separó, lanzó una mirada fulminante a su hijo—. Un poco más y te quedas allí a pasar las navidades, y todo porque alguien no se atrevía a invitarte…
Ronald enrojeció, pero no intentó defenderse.
—Venga, Molly, no seas dura con el chico…
El señor Weasley se adelantó y le ofreció una mano, que Hermione estrechó. El contacto era cálido, al igual que la mirada que el mago le dedicó.
—Gracias por acogerme, señores Weasley. Prometo no molestar mucho.
—¡Tonterías! —La señora Weasley desechó la idea con un ademán—. Y llámanos Molly y Arthur, por favor.
—Si la llamas «señora Weasley» luego se quejará porque la hace parecer más vieja —le confió su marido antes de guiñarle un ojo.
Hermione asintió, aunque no sabía si podría; al fin y al cabo, había estado saliendo con Draco durante más de dos años y sus padres nunca habían sido nada más que «señor y señora Malfoy» para ella.
—¿Cómo iremos a casa? —preguntó Ginevra. Hermione podía equivocarse, pero había detectado un tono de desconfianza en su voz.
—Nos teletransportaremos —informó Molly, lanzando una mirada de advertencia a su hijo y el amigo de este, que por alguna razón habían intercambiado una mirada emocionada.
Ronald empezó a protestar.
—¡Pero si el coche…!
—¡El coche será la causa de vuestra muerte un día!
Al ver su mirada de confusión, Ginevra se apiadó de ella.
—Mi madre modificó mágicamente un coche muggle hace algunos años. Pretendía usarlo como transporte, pero ya se sabe que los artefactos muggles y la magia no siempre se llevan bien. Además, Fred y George lo usaron un día para escaparse a Londres a rescatar a Harry de sus horribles tíos.
Hermione la miró con ojos como platos y la boca abierta. Los Weasley eran… curiosos, por darles un adjetivo.
Se dirigieron hacia la salida, que en ese caso era el famoso muro entre los andenes nueve y diez. Era la primera vez que Hermione iba a atravesar el muro que los separaba de la versión muggle de la estación; su familia siempre se había aparecido en el andén directamente, así que por unos segundos la curiosidad superó al nerviosismo.
El nerviosismo volvió en forma de desconfianza cuando vio cómo todos corrían hacia el muro y lo atravesaban. Se giró hacia Ronald.
—¿Hay algún truco? ¿Algún hechizo que haya que usar? ¿Tengo que…?
Escuchó cómo el pelirrojo reía y calló, avergonzada. Estaba en su último año de Hogwarts y no sabía lo más básico porque las familias sangre pura nunca se habían dignado a hacer lo mismo que los demás. ¿Pisar Londres muggle? ¡Ni muertos!
Ronald se inclinó hacia ella para que pudiera escucharlo entre la multitud.
—Tú no te preocupes, casi nunca ha habido problemas. —Ese «casi» hizo que Hermione le dedicara una mirada de pánico—. Solo tienes que pensar muy fuerte en que el muro te dejará pasar y en nada estarás al otro lado.
Hermione tragó saliva con fuerza.
—¿Nunca has cruzado? —La señora Weasley la observaba con curiosidad.
La bruja más joven negó con la cabeza.
—Siempre nos aparecíamos aquí.
Como para confirmar sus palabras, una familia de slytherins que había cerca decidió desaparecerse en ese instante. Arthur torció el gesto durante unos segundos.
—Ah, sí, podríamos hacer eso. Pero le quita el encanto, ¿no crees? —agregó en tono divertido.
Hermione, poco convencida, miró a su alrededor. Unos metros atrás estaba Draco, con Theo a su lado, hablando con su familia. Su mirada se encontró con la de Narcisa Malfoy y la bruja la observó con una expresión indescifrable, aunque Hermione estaba casi segura de que no era odio ni desprecio. ¿Lástima, quizás? O puede que indiferencia, y Hermione estaba sobre-interpretando la situación.
La voz de la señora Weasley la obligó a cortar el contacto visual.
—Ron, cariño, ¿por qué no cruzáis juntos Hermione y tú?
El pelirrojo le quitó el baúl de la mano y lo colocó encima de un carrito que había conseguido a saber dónde. Después, la guio hasta que estuvieron a unos tres metros del muro.
—Vale, a la de tres, corremos juntos. Cógete de mí si quieres, así puedes cerrar los ojos sin desviarte. —La bruja aceptó su sugerencia y tragó saliva con fuerza, observando la solidez del muro frente a ellos—. Uno, dos, ¡tres!
Antes de que Hermione se diera cuenta, ya estaban al otro lado. La estación estaba repleta de muggles que iban y venían, pero nadie parecía darse cuenta de que dos personas acababan de atravesar un muro. Las maravillas de la magia.
De la estación de King's Cross al Callejón Diagon apenas había diez minutos, pero si hubieran sido cincuenta a Hermione no le habría importado; todo a su alrededor era fascinante, desde la fila interminable de coches que circulaban por las calles hasta la ropa de la gente, tan variada y colorida.
Una vez entraron al Callejón Diagon, se detuvieron.
—Hermione, cariño, sujétate de Ron para que no te perdamos por el camino.
El mago le ofreció su brazo, al que Hermione se cogió con fuerza. Reprimió una sonrisa, porque ya parecía costumbre entre ellos que Ronald se pusiera rojo cuando interactuaban. Era adorable.
La Aparición se sintió como si la metieran en un remolino al mismo tiempo que sacudían todas sus extremidades, pero finalmente sus pies se posaron en algo blando y frío. Cuando Hermione abrió los ojos, se encontraban en el campo, frente a una construcción que se asemejaba a una casa pero que estaba tan inclinada y tenía ángulos tan extraños que Hermione no sabía desde qué ángulo mirarla.
—Es un poco rara y pequeña —dijo Ronald, rascándose la nuca con vergüenza.
Hermione sonrió lentamente. Ella venía de una casa perfectamente construida, con todo lo que uno podría necesitar, y aun así había ocasiones en que se sentía tan fría como la nieve bajo sus pies. La Madriguera era justo lo contrario.
—Es genial. —Hasta había dejado de importarle tener que compartir habitación con Ginevra.
Observó a la bruja pelirroja.
Bueno, casi.
La habitación de Ginevra Weasley era más o menos del mismo tamaño que tenía el vestidor de su madre, pero lo que le faltaba de tamaño lo compensaba en personalidad. Dos posters de Quidditch cubrían ambos lados de la habitación y pegadas a la puerta doble del armario había un montón de fotos en las que se podía ver varias cabezas pelirrojas en distintos momentos de su vida. Ocasionalmente, a medida que se acercaban a su edad actual, también aparecían una cabeza morena y una rubia. Para Hermione seguía siendo un misterio cómo alguien como Ginevra podía encontrar algo en común con Luna Lovegood, pero si algo había aprendido en los últimos días era que las amistades más improbables podían ser las más provechosas.
—No es gran cosa, pero al menos tendrás una cama. A Harry le toca dormir en el suelo este año. —La pelirroja se sentó en su cama y señaló la que había enfrente de ella; entre las dos apenas había cincuenta centímetros de espacio—. Normalmente hay más espacio pero Fred y George se quedarán a dormir aquí mañana y mi padre ha ocupado la habitación de los otros con sus cosas muggles, así que…
Hermione se sentó en su cama y acarició la colcha naranja con las yemas de los dedos. Era suave.
—No pasa nada. Es más que suficiente. Por cierto —ya se estaba arrepintiendo de sacar el tema, pero si no lo decía ahora quizás la pelirroja terminara estrangulándola mientras dormía—, Harry y yo solo somos amigos.
Ginevra, que estaba sacando ropa de su baúl, se quedó quieta, con un jersey de color azul marino suspendido en el aire delante de ella. Hermione solo podía verle desde la mitad de la nariz hacia arriba, pero no le hacía falta más para saber que se acababa de poner roja.
—¿Enhorabuena? —terminó replicando la gryffindor.
Hermione se levantó e, imitando a la pelirroja, empezó a sacar cosas de su baúl para colocarlas en el espacio que le había hecho en su armario.
—Pensé que te interesaría saberlo —añadió en tono casual.
—Sí, bueno, Harry también es mi amigo. Puede hacer lo que quiera.
¿Ella también había sido tan tonta al principio, antes de salir oficialmente con Draco? Reprimió una sonrisa.
—Claro, claro.
Draco observaba el vaso en su mano con expresión ausente. Hacía media hora que había dejado de fingir que le interesaban las conversaciones que estaban ocurriendo a su alrededor, cuando los primeros invitados a la fiesta de Nochebuena de sus padres habían llegado. Su padre había intentado que participara, pero tras la quinta respuesta monosilábica lo había dejado ir con decepción poco contenida y la promesa de una reprimenda más tarde.
Ahora Draco estaba junto a la ventana, solo, observando cómo el whisky de fuego que no había probado todavía giraba en su vaso.
Sintió una presencia a su lado, pero se relajó al darse cuenta de que era su madre. En esos momentos, era la única persona cuya compañía podía soportar. Excepto la de Theo, claro, pero su amigo todavía no había vuelto de visitar a su padre en Azkaban.
Y solo porque era el único con una existencia más miserable que la suya.
La delicada mano de su madre se apoyó en su brazo. El chico observó la sonrisa preocupada de la mujer y se obligó a relajarse.
—Madre.
—¿Qué haces aquí solo, hijo? —Draco se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventana. Alguien le dijo una vez que las vistas de los jardines nevados de la mansión eran preciosas.
Él solo veía blanco.
Su madre volvió a intentarlo:
—Tus amigos de la escuela ya están aquí. ¿Por qué no vas a hablar con ellos?
Draco se giró y vio que Crabbe ya había llegado con sus padres y Pansy también estaba. La bruja le dedicó una mirada esperanzada e hizo amago de acercarse, pero Draco la ignoró y se giró hacia delante.
—No tengo prisa.
Su madre suspiró audiblemente y lo imitó, posando sus ojos azules en el paisaje nevado. Permanecieron así varios segundos hasta que la bruja añadió:
—Esta mañana he visto a Hermione en el Callejón Diagon.
La mano de Draco, que había estado girando el vaso a un lado y otro, se detuvo.
—Ah, ¿sí? —intentó sonar todo lo impasible que pudo, aunque eso era prácticamente imposible.
—Iba con el pequeño de los Weasley. —Al oír ese nombre, apretó los dientes. Malditos fueran todos los de esa familia—. Compras de Navidad de última hora, seguramente. —Sentía la mirada de su madre posada en su expresión, así que se obligó a recuperar el movimiento de su mano. Empezaba a estar tentado a beberse el whisky, a ver si así la noche se le pasaba más rápido—. Me ha deseado Feliz Navidad.
Sus ojos viajaron invariablemente a su madre.
—¿Habéis hablado? —No pudo reprimir el tono de sorpresa.
Su madre sonrió magnánimamente.
—Por supuesto. Pese a… lo que ha pasado, estaba a punto de formar parte de esta familia. Era lo mínimo.
Draco había leído una vez que eran los «casi» los que nos consumían lentamente.
Sus ojos grises volvieron a la ventana y apuró el whisky de fuego de un trago.
—Voy a por otro —informó, pero antes de que pudiera alejarse, su madre lo detuvo, sujetándolo por el codo.
—Draco. —Los ojos de Narcisa siempre habían sido capaces de leer en lo más profundo de su hijo, aunque él intentara evitarlo—. ¿Eres feliz?
La pregunta lo pilló desprevenido. ¿Que si era feliz? ¿Qué clase de pregunta era esa?
Además, ¿qué era exactamente la felicidad?
—No me puedo quejar, madre. Tengo todo lo que podría pedir.
Su madre y él se miraron durante unos segundos antes de que ella suspirara y soltara su brazo. Era imposible mentirle a Narcisa Malfoy.
Theo agradeció que hubieran habilitado una chimenea de uno de los salones más pequeños para que nadie lo viera llegar de Azkaban. Lo último que necesitaba era miradas de curiosidad. O peor: de lástima.
Pobre chico, su padre en Azkaban.
¿Qué hará ahora? Menos mal que no han tocado la herencia, si no se vería en la calle.
Claro, nunca se ha preocupado por aprender a hacer nada bien.
No tiene muchas opciones para su futuro.
Claro que nadie se había atrevido a decirle eso a la cara, pero Theo podía sentirlo. Y tampoco es que su padre se hubiera ocupado nunca en ocultar su opinión sobre él. De hecho, la media hora de visita que habían tenido se había perdido entre reproches por su actitud derrotada, recriminaciones por sus notas (todavía no le habían llegado los resultados de los exámenes, pero no había que ser adivino para saber que serían peores que nunca) y el recordatorio constante de que de él dependía el mantenimiento del buen nombre de la familia.
«¿Qué familia?», había querido preguntarle Theo a su padre. Sin embargo, se había limitado a quedarse sentado, con la mirada puesta en sus uñas mordidas, mientras su padre paseaba por la fría sala de visitas de Azkaban y lo juzgaba con su gélida mirada.
Theo no recordaba ninguna Navidad más deprimente que esa.
Atravesó el salón secundario de los Malfoy y se encaminó hacia las escaleras rápidamente, ignorando las conversaciones que se estaban dando en el salón principal.
Pronto tendría que unirse a ellos y responder una y otra vez a preguntas sobre su padre, pero de momento podía fingir que todavía no había vuelto y refugiarse en la habitación que habían dispuesto para él. Le sorprendió que Draco lo invitara a su casa, teniendo en cuenta que en las últimas semanas no habían mantenido ni dos conversaciones completas, pero o bien Draco se veía obligado por los años de amistad o bien era su manera de estar cerca de un Nott al menos.
Cerró la puerta de la habitación y se apoyó contra la madera, cerrando los ojos momentáneamente. Sus pensamientos lo llevaron a Hermione. ¿Cómo lo estaría pasando en casa de los Weasley? Cuando se lo había dicho a su padre, Lawrence se había limitado a chasquear la lengua y recordarle por enésima vez en quince minutos que no debía dedicarle ni un solo pensamiento. Theo no podía satisfacerlo ni siquiera en eso. Y menos mal que no le había contado que antes de verlo había pasado por casa y había liberado a la elfina de Hermione para que pudiera ir a verla. Al salir de la casa, había evitado deliberadamente mirar los cuadros de sus antepasados para no ver lo decepcionados que estarían con él.
Así de débil era.
Con una sacudida brusca de cabeza, se obligó a pensar en otras cosas. Se cambió de ropa a una más formal para la cena de Navidad. Se miró en el gran espejo del baño y torció el gesto ante lo evidente que era que estaba exhausto. Se pasó una mano por el pelo, arreglándoselo. Si alguien le preguntaba, diría que eran los nervios de los pasados exámenes y luego sonreiría con educación; era un truco que solía funcionarle. Con un poco de suerte, podría pasarse la noche al lado de Daphne, dejando que la bruja lo monopolizara con una conversación en la que solo tenía que intervenir con un par de monosílabos.
Daphne era buena chica, pero tener que pasar el tiempo con ella por obligación estaba llenándolo de rencor lentamente.
Hacia quién, eso seguía siendo un tema de debate.
Tras mojarse la cara con abundante agua fría, reunió el valor suficiente para reunirse con el resto de los invitados. Todo el mundo se giró a mirarlo cuando entró, pero su refinada educación prevaleció y siguieron con sus conversaciones como si nada hubiera pasado. Se fijó en una cara bonita enmarcada por una cabellera rubia, que seguía mirándolo, y se obligó a sonreírle a Daphne. La chica parecía genuinamente contenta de verlo, algo que cada vez era más raro en su entorno. Pero en vez de reunirse con ella, Theo decidió cumplir con las convenciones sociales y se acercó a Draco, que estaba hablando con sus padres y sus tíos, Rodolphus y Bellatrix Lestrange.
En cuanto la bruja posó en él sus ojos negros como un pozo sin fondo, se arrepintió.
—Theodore Nott —su nombre sonó como algo peligroso saliendo de esos labios—, ¿cómo le va a Lawrence en Azkaban?
—Bien —respondió el chico. Carraspeó para que su voz sonara más firme—. Todo lo bien que cabe, por supuesto.
Una sonrisa se extendió por el rostro de la señora Lestrange, pero nadie la habría tachado de bonita. Era increíble que ella y la señora Malfoy fueran hermanas, porque se parecían como el día a la noche. Aunque una comparación más exacta sería la de un campo florido y a un uno yermo, donde nada podía crecer.
—Bueno, ¿qué son quince años comparados con una vida familiar plena?
El tono de burla de su voz hizo que Theo apretara las manos en sendos puños. Una copa apareció en su campo de visión y le dedicó una mirada de agradecimiento a Draco antes de tomarla y beber. Su amigo tampoco parecía especialmente entusiasmado de estar allí. Decían que Bellatrix Lestrange era peor que un dementor: los dementores al menos no disfrutaban torturando a sus víctimas antes de acabar con ella. Theo miró a Rodolphus Lestrange y se preguntó cómo podía aguantar al lado de esa bruja sin desear matarla constantemente. Pero por la mirada indiferente del mago, Theo supuso que estaba lo suficientemente muerto por dentro para sobrevivir.
O quizás estaba tan enfermo como ella. Había rumores de...
—¿Y qué tal está tu hermanita? —La voz de Bellatrix lo devolvió a la realidad.
—Bella...
Narcisa fue la única que se atrevió a interceder por él, pero la otra bruja se encogió de hombros y frunció la boca en un mohín.
—¿Qué? Es vuestro invitado, es normal que me interese por el bienestar de su familia. —Sus ojos oscuros volvieron a posarse en Theo y este deseó no haberse bebido su copa tan rápido—. He oído que está en casa de esos traidores, los Weasley. Desde luego, al final los que son del mismo tipo terminan juntándose.
Lo mismo podría haberse dicho de aquella cena de Navidad, pero Theo no era lo suficientemente valiente para expresar la idea en voz alta.
—Que haga lo que quiera —masculló con indiferencia.
Bellatrix profirió un sonido divertido.
—Es una lástima que no haya podido venir. Me habría encantado saber qué tenía tan especial para que tus padres se tomaran tantas molestias en manchar el buen nombre de los Nott.
Theo enrojeció. A su lado, Draco se puso tenso, pero no se movió ni un ápice. Sin embargo, su tía era experta en detectar quién era la siguiente mejor presa y se giró hacia él.
—¿Por qué estás tan serio, sobrino? Deberías alegrarte de haber esquivado esa maldición. —Bellatrix miró a su cuñado, que llegados a ese punto tampoco sonreía—. ¿Te imaginas que llegan a darte nietos? Los primeros mestizos en ¿cuánto tiempo? ¡Habría pasado a la posteridad como el mayor engaño del siglo! —Rio, pero nadie la imitó.
Theo se preguntó por qué no había tenido hijos para así disponer de alguien a quien torturar constantemente, aunque quizás la naturaleza, sabia, había intervenido en eso.
—Ya basta, Bellatrix. —El tono de Lucius Malfoy era de advertencia, pero su cuñada no parecía impresionada.
—Por suerte, nada malo ha pasado. Todavía hay esperanza —intervino graciosamente Narcisa.
—Ah, sí, supongo que nuestro Draco ya ha puesto su mirada en alguien más. —Era la primera vez que Rodolphus intervino. Theo siguió sus ojos hasta Pansy Parkinson, que estaba charlando con las Greengrass. Al volver a mirar hacia delante, no se le escapó la expresión del mago.
Había rumores de que tenía un gusto particular por...
—¿Por qué no vas a ver cómo están nuestros invitados, Draco? —sugirió su padre, señalando con el mentón el grupo de las tres chicas.
Al ver que Draco no tenía intención de moverse, como bien declaraba su mirada desafiante, Theo lo cogió por el codo y lo obligó a seguirlo.
—Voy contigo. —Dedicó una mirada educada a Narcisa y miró de pasada a los demás—. Si nos disculpáis.
—Veo que no has perdido tu encanto —le dijo Draco una vez se hubieron alejado.
—Si sigo un minuto más ahí tu tía me va a despellejar —respondió este en un murmuro.
Esto arrancó una risotada seca a su amigo.
—Al menos así te librarías del resto de la noche.
En otros tiempos, Theo hasta había esperado las Nochebuenas en casa de los Malfoy. Él, Hermione, Blaise y Draco siempre habían encontrado la forma de divertirse o escaquearse de alguna manera.
Se preguntó cómo estaría Blaise, pero se obligó a desterrar su rostro de su mente con rapidez, antes de empezar a sentir cosas.
La cena llegó y pasó con una lentitud dolorosa, pero pronto pasaron al salón de baile, donde Theo podía quedarse junto a varios compañeros de casa mientras fingía que los escuchaba y bebía a un ritmo nada recomendable. ¿Por qué todo el mundo era tan falso? ¿Por qué todos fingían ser felices cuando el resto del año apenas se hablaban o soportaban? Estaba harto de estar allí, pero no podía irse. No cuando su padre le había sugerido —«ordenado» sería una palabra más adecuada— que pasara tiempo con Daphne. Si durante la visita hubiera tenido en el cuerpo la mitad del alcohol que tenía ahora, le habría respondido que si tanto le interesaba que se casara él con ella.
Pero no lo había hecho y ahora se encontraba allí, sonriendo ocasionalmente a una chica a la que, si el plan de su padre salía bien y los padres de ella le perdonaban tener un padre convicto, terminaría llamando «esposa» en un futuro no muy lejano.
Qué futuro tan deprimente.
Empezó a sonar la música y fueron formándose parejas de baile. Theo observó cómo Pansy se colocaba a su lado e ignoraba varias miradas masculinas que esperaban tener la oportunidad de bailar con ella. En vez de eso, la bruja mantenía una sonrisa en sus finos labios mientras miraba a Draco bailar con Astoria Greengrass.
—¿Tú crees que me lo pedirá pronto? —Theo apuró su copa y enarcó una ceja inquisitiva, causando que Pansy pusiera los ojos en blanco, como si fuera más que evidente de lo que hablaba—. Salir con él.
Los ojos de Theo volvieron a Draco, cuya expresión permanecía educada pero ausente, y después analizó la expresión más que satisfecha de Pansy. Y, sin poder evitarlo, soltó una carcajada.
—¿En base a qué? —Pansy parpadeó, como si su pregunta la hubiera confundido—. Claramente no tiene ningún interés en ti.
La sonrisa de Pansy vaciló, pero se mantuvo firme en su opinión. Le restó importancia con ademán.
—Bueno, no necesito que esté locamente enamorado de mí ahora mismo para que...
Por algún extraño motivo, Theo explotó.
No era solamente que Pansy estuviera dispuesta a participar de esa farsa que su mente había creado, sino que pensaba de verdad que iba a ser feliz y tendría su cuento de hadas en la que se casaría con el heredero sangre pura y todos sus problemas desaparecían.
Como si eso no fuera a convertirla en un ser más desgraciado de lo que ya era.
—Si crees por un solo momento que Draco va a sentir por ti algo más que indiferencia, estás muy equivocada, Pansy.
El chico mantenía un tono de voz bajo, pero se giró hacia ella y la miró a sus ojos para que sus palabras quedaran claras. Deseaba ver cómo su mensaje calaba en ella, como esa estúpida falsedad desaparecía. No podía ser el único que sufriera. Pansy dio un paso atrás para alejarse de él.
—Pero...
—¿Qué, creías que porque sus padres te han elegido a ti para sustituir a Hermione ya vas a ocupar su lugar? Dime una sola vez en la que Draco se haya preocupado por ti o haya iniciado una conversación contigo. —Quizás en otro momento se hubiera dado cuenta de que Pansy no merecía tanta crueldad, pero en ese momento todo el veneno que lo mataba por dentro deseaba salir y herir a otra persona—. ¿En serio pensabas que por ir contra Hermione y hacer que se fuera del dormitorio de Slytherin ibas a conseguir borrarla de la vida de Draco? —Los ojos de la bruja estaban brillantes por las lágrimas contenidas, pero eso no detuvo a Theo. Acortó la distancia que ella había creado—. Lo máximo que conseguirás es una vida prestada y acabarás amargándote cuando entiendas que en otras circunstancias nunca habrías estado donde estás ahora. Nunca podrás ser Hermione. Nunca.
Antes de darle tiempo a replicar o de empezar a llorar, Theo se dio media vuelta y salió del salón.
En cuanto cerró la puerta de su habitación el odio y la lástima hacia sí mismo hicieron acto de presencia como cada noche y lo acogieron entre sus afilados brazos.
Hermione mentiría si dijera que no estaba nerviosa.
Los Weasley, Harry y ella se habían Aparecido en Grimmauld Place, frente una hilera de edificios como cualquier otra de la zona. Pronto, estos empezaron a separarse y apareció su destino entre los números once y trece. Hermione sabía que los Black tenían su residencia en una calle muggle cualquiera, pero como Sirius Black había sido repudiado por su familia incluso antes de que ella naciera, nunca había tenido oportunidad de ver el lugar.
Cuando la vivienda apareció completa frente a ellos —una construcción de tres plantas con fachada oscura y ventanas estrechas y alargadas—, sus acompañantes no dudaron en encaminarse rápidamente hacia la puerta. Por el camino se cruzaron con varios muggles, pero si se fijaron en ellos no lo hicieron notar; seguramente el hechizo que ocultaba la casa también disimulaba a cualquier visitante mágico frente a los ojos de los vecinos.
La bruja estiró el jersey que llevaba para alisar arrugas inexistentes. Se sentía totalmente fuera de su elemento; sus navidades normalmente consistían en fiestas de etiqueta y comidas familiares en mesas largas, donde el comensal más cercano estaba a metro y medio. No es que se quejara, porque siempre había tenido a Theo para entretenerla... Pero no debía pensar en eso, no si no quería ponerse a llorar. Por eso, tomó la resolución de no permitirse ningún sentimiento que no fuera la alegría.
No tenía ningún motivo para estar triste.
Cuando atravesaron la puerta, Hermione se sintió abrumada por la cantidad de ojos clavados en ellos; el largo pasillo en el que se encontraban estaba inundado con cuadros de familiares fallecidos; la mayoría compartían los mismos rasgos: cabello oscuros y ondulado, ojos grises, facciones estilizadas y expresión entre solemne y aburrida.
Una voz la distrajo:
—¡Hermione!
La bruja no tuvo tiempo de fijarse en quién la había llamado, porque de repente su visión se vio inundada por el color rosa. Alguien, ligeramente más alto que ella, la estaba abrazando. Cuando la soltó, Hermione reconoció enseguida los ojos marrones y la sonrisa que tenía delante.
—¡Tonks!
—¡No sabía que vendrías!
Hermione se encogió de hombros con una sonrisa.
—Me disuadieron muy convincentemente para venir —explicó, lanzando una mirada significativa a Ronald, quien fingió que el tema no iba con él.
Tonks la cogió de la mano y tiró de ella hacia lo que parecía un salón. Hermione se fijó en que en medio del pasillo había una cortina de terciopelo rojo, pero no tuvo tiempo de preguntar qué era, porque de repente se encontró con Bellatrix Lestrange frente a ella.
Tonks soltó una carcajada.
—¡Mírala, se ha quedado blanca!
—Dora, tienes que dejar de asustar a la gente usando a tu pobre madre. —Un hombre de mediana edad con expresión afable y pelo que empezaba a escasear le lanzó una mirada de advertencia a Tonks.
Hermione se fijó entonces en el parecido entre mago y bruja. Tenían la misma sonrisa y nariz. Entonces, empezando a atar cabos, observó a la mujer a la que había confundido con Bellatrix Lestrange. Era cierto que compartían rasgos generales, pero el pelo de esa bruja era de un castaño oscuro en vez de negro y su expresión carecía de la habitual crueldad de Bellatrix.
—Andrómeda Tonks —musitó para sí misma.
La bruja mayor sonrió y asintió.
—Parecerme a mi hermana mayor es un peso con el que cargaré hasta el día de mi muerte. —Entornó los ojos levemente—. Tú debes de ser la hija de los Nott.
—Hermione está pasando las navidades con nosotros —Molly apareció y pasó un brazo por los hombros de la chica. Le dio un apretón cariñoso antes de mirar a Tonks—. Espero que no la abruméis demasiado.
Tonks sonrió como si nunca hubiera roto un plato.
—Por supuesto que no. Al fin y al cabo Fred y George todavía no han llegado.
Molly soltó a Hermione mientras echaba a andar hacia la sala contigua, la cocina.
—Me prometieron que este año no llegarían tarde. ¡Estos niños! En fin, si alguien me necesita, estaré en la cocina.
Un hombre, que había aparecido de repente en la puerta de la cocina se apartó para dejarla pasar, no sin antes darle un beso en la mejilla. Tenía el pelo ondulado de los Black y pese a que debía rondar los cuarenta, parecía más joven. Definitivamente seguía siendo atractivo.
—¿Qué haríamos sin ti, Molly?
—¡Moriros de hambre! —exclamó la bruja antes de ponerse un delantal.
Los ojos del mago se posaron entonces en Hermione con interés. Se acercó a ella y le tendió una mano.
—Sirius Black.
—Un placer, señor Black. Soy...
El mago rio con suavidad mientras estrechaba su mano.
—La que casi se incorpora a la familia. —Le guiñó un ojo—. Aunque no me hable con casi nadie, los periódicos me mantienen actualizado.
—Deja a la chica, Sirius. —Andrómeda Black se plantó entre los dos y miró a Hermione—. A mi primo siempre le ha encantado el drama. Ignóralo y te dejará en paz.
—¡Harry! —llamó Sirius. El chico se acercó—. ¿Por qué no le enseñas la casa a tu amiga? Así se libra un rato del caos en el que se está convirtiendo esto.
Hermione le dio las gracias a Sirius con una sonrisa y siguió a Harry. Pese a su entrada... excéntrica, el señor Black le había caído bien. Sabía que no había maldad en la observación que había hecho; al fin y al cabo, no había dicho más que la verdad, y Hermione sospechaba que su compromiso con Draco la definiría toda la vida, quisiera ella o no. Solo tenía que aprender a vivir con esa idea. Tarde o temprano el resto del mundo lo olvidaría.
Y ella también.
—Harry la condujo de vuelta por el pasillo y esta vez Hermione sí que tuvo oportunidad de fijarse mejor en la cortina de terciopelo.
—¿Qué es esto?
El mago le dedicó una mirada divertida.
—Luego te lo enseño. Verás qué espectáculo. —Empezaron a subir las escaleras—. Realmente las dos plantas superiores no se usan, así que vamos a ahorrarnos el esfuerzo.
Hermione enarcó una ceja.
—Juegas a Quidditch, un poco de deporte no debería asustarte.
Una risa le respondió.
—El máximo esfuerzo que hago es cuando tengo que alargar el brazo para llegar a la Snitch, los buscadores apenas se cansan.
La planta superior era una hilera de puertas cerradas rodeadas de un papel de pared oscuro. Parecía costumbre de las familias sangre pura usar la misma gama de colores, a pesar de que apenas reflejaba la luz. Por suerte, cada pocos metros había una lámpara encendida.
Harry apuntó hacia la puerta del fondo.
—Esa era la habitación de los padres de Sirius y lleva años sin tocarse. Sirius dice que no se atreve a entrar por si sus padres pusieron una maldición o algo, pero yo creo que lo que pasa es que es un vago y no quiere ordenarla. Pero esta… —se acercaron a la primera puerta y cuando Harry la abrió el rojo y el dorado lo inundaron todo— es la mía.
Desde luego, Harry Potter había basado su personalidad en pertenecer a Gryffindor, pero ¿quién podía culparlo? Hogwarts los condicionaba para amar su casa. Hermione se paseó por la amplia habitación, observando los distintos objetos en las estanterías, sobre la cómoda y colgados de las paredes.
—Esa fue mi primera escoba —explicó Harry al ver que la bruja se quedaba mirando una escoba colgada sobre el cabecero de la cama—. Gracias a ella pude vencer a Slytherin por primera vez. —Era imposible no percibir el deje de orgullo en su voz.
El siguiente objeto en el que Hermione se fijó fue una fotografía, bastante grande, en la que se veía a un Harry más pequeño y un Sirius más joven pero con aspecto cansado. En los círculos sangre pura intentaba mencionarse al heredero de los Black lo menos posible, pero Hermione se había enterado de lo suficiente para saber que Sirius había estado en la cárcel.
—Oye, Harry… —Se giró hacia el chico para preguntar, pero se mordió el labio inferior con indecisión—. Nada, da igual.
Harry se sentó sobre su cama y le sonrió.
—Quieres preguntar por qué Sirius estuvo en Azkaban, ¿a que sí? —Hermione asintió con la cabeza repetidas veces—. Por matar a un hombre. —Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono más bajo y la sonrisa había abandonado su rostro—. Mis padres eran aurores. En uno de sus casos alguien dio un chivatazo y terminaron rodeados por unos cuantos defensores extremistas de la pureza de sangre. Al final el número ganó a la habilidad. —Harry tenía la mirada perdida, seguramente pensando en unos padres a los que nunca pudo conocer bien. Hermione apoyó una mano en su hombro en señal de ánimo—. Resulta que quien los había traicionado era uno de sus amigos más cercanos, Peter Pettigrew. Durante la escuela, él, mi padre, Sirius y Remus eran inseparables, pero al salir… —Menó la cabeza, intentando quitarse los recuerdos desagradables—. Sirius se enteró de lo que había hecho, lo persiguió y lo mató. Yo tenía un año cuando esto pasó y no volvimos a vernos hasta que estaba en tercero, cuando terminó su condena.
—Tuvo que ser duro. —Hermione sabía que Harry no se llevaba bien con sus tíos muggles.
Harry se levantó y se guardó las manos en los bolsillos, mirando hacia abajo. Cuando levantó los ojos, volvía a ser el chico despreocupado de siempre, aunque Hermione reconocía el dolor de perder a una padre. O a dos, en este caso.
—Bueno, lo importante es que ahora está aquí. —Sonrió de nuevo—. Y que cuando él muera todo esto será mío —añadió guiñándole un ojo.
Hermione soltó una carcajada.
—Nunca te habría tomado por alguien ambicioso, Harry Potter. Serías una buena adición a Slytherin.
Echaron una ojeada por el resto de la casa, pasando por la puerta cerrada del fallecido Regulus Black, y bajaron de nuevo mientras Harry le contaba curiosidades de la casa. Hermione se estremeció al pensar en que en otros tiempos esa escalera había estado decorada con cabezas de elfos disecados.
—Ven, te voy a llevar a tu futuro sitio favorito.
La biblioteca de Grimmauld Place era más pequeña que las que Hermione había visto en la mayoría de las mansiones sangre pura, pero pronto se dio cuenta, para su maravilla, de que contenía volúmenes raros y antiguos.
—Estoy seguro de que Sirius no tendrá ningún problema en prestar alguno si se lo pides, de todas formas lleva años sin tocarlos.
Una voz los sorprendió desde la puerta y cuando se giraron, un hombre que rondaba los cuarenta, con cicatrices en la cara y una sonrisa cansada los miraba.
—¡Remus! —Harry se acercó a grandes zancadas al mago para abrazarlo.
Hermione sonrió; aunque solo había trabajado en Hogwarts un curso, guardaba un buen recuerdo de Remus Lupin. El hombre seguía teniendo el mismo aspecto cansado que en Hogwarts, aunque le habían salido unas cuantas canas más.
—¿Cómo está, prof… señor Lupin?
El hombre se encogió de hombros ligeramente.
—No me puedo quejar. Nunca pensé que te vería por aquí, Hermione Nott.
La bruja suspiró y asintió. No podía no estar de acuerdo.
—Yo tampoco, señor. La vida da muchas vueltas. —Sus ojos captaron entonces algo en la pared—. ¡Oh!
—Todavía no habías visto el tapiz de los Black, ¿eh?
En la pared que quedaba a la izquierda de la puerta había un tapiz que ocupaba todo el espacio disponible, con un árbol genealógico que se extendía mostrando a todas las personas pertenecientes a la familia Black desde hacía generaciones. Hermione se acercó para observarlo mejor y se fijó en que algunas caras estaban negras, quemadas por algún hechizo.
Observó los nombres: Marius, Alphard, Iola… y los más recientes, Andrómeda y Sirius Black.
Entonces sus ojos, inevitablemente, buscaron una cabeza rubia. No fue difícil encontrar a Narcisa Black, cuyos rasgos destacaban entre sus hermanas mayores, y la mirada de Hermione siguió la línea que la unía a Lucius Malfoy y luego la que bajaba para exponer a su hijo.
Y pensar que en algún momento había creído, inocentemente, que Draco se dejaría borrar de ese tapiz.
Parpadeó varias veces, ahuyentando la humedad de sus ojos, y se giró hacia Harry con una sonrisa.
—¿No había un cuadro que querías enseñarme?
El señor Lupin parecía horrorizado.
—Harry, ¿no se referirá a…?
El chico puso cara de inocente mientras se encogía de hombros.
—No la puedo privar de la experiencia, todos hemos pasado por ahí en algún momento.
Hermione empezó a presentir que no era una buena idea mientras seguía al gryffindor, pero al ver que el señor Lupin sonreía divertido pensó que nada malo pasaría. Un antiguo profesor de Hogwarts no permitiría que nada malo pasase, ¿verdad? Bueno, Umbridge no contaba. Y Snape tampoco, si se paraba a reflexionar.
Con el corazón en un puño, se plantó delante de la cortina de terciopelo rojo mientras observaba con recelo cómo Harry se separaba de la pared unos cuantos pasos y levantaba su varita. Tras cancelar el Silencio que por algún motivo habían puesto sobre el cuadro, la miró con un brillo malicioso en la mirada.
—¿Preparada?
Y sin darle tiempo a responder, descorrió la cortina.
La pintura pertenecía a una mujer de mediana edad, con todos los rasgos típicos de los Black: pelo oscuro y ondulado, ojos claros y facciones afiladas. En el resto podía verse alguna sonrisa o expresión plácida. Esta mujer, en cambio, parecía haber nacido con cara de enfadada. Miró la inscripción del marco: Walburga Black.
—¡Otra vez tú! —La bruja se puso a increpar a Harry en cuanto posó sus ojos en él. Hermione se quedó boquiabierta—. ¡Mestizo, traidor a la sangre! —Hermione miró a Lupin en busca de ayuda, pero este se había mantenido cuidadosamente apartado del campo de visión de la bruja—. ¡¿Cuántas veces más mancillaréis mi casa?!
Las palabras parecían rebotar en Harry, quien permanecía allí plantado con una sonrisa impasible.
—Señora Black, con todo el respeto, no puedo ser mestizo y traidor a la sangre al mismo tiempo, puesto que tengo sangre mágica y muggle. —La réplica hizo que Hermione se tapara la boca con la mano para contener una carcajada—. Creo que el paso de los años está empezando a hacer mella en su lucidez.
—¡Cómo te atreves…! —La mujer del cuadro palideció de ira, si es que eso era posible. Hermione se encogió de hombros cuando sus ojos se posaron en ella—. ¿Y esta quién es?
Hermione cuadró los hombros y sonrió.
—Hermione Nott, señora Black. Es un placer. —Obviamente no, pero la habían educado para ser amable en todo momento.
Eso pareció calmar a Walburga Black durante unos segundos. Se inclinó hacia delante para observarla mejor con una ceja enarcada.
—¿Nott, dices? ¡No serás tú también una traidora a la sangre! ¡Mi casa, el bastión de pureza de los Black, ensuciado por toda esa inmundicia, esa escoria…!
Hermione puso los ojos en blanco e interrumpió a la mujer:
—No, señora Black, no se preocupe. —Sonriendo lentamente, añadió—: En realidad mis padres biológicos son muggles, pero me criaron los Nott. —La bruja del cuadro empezó a boquear, sin saber qué responder. Por una vez, Walburga Black se había quedado sin palabras—. Así que yo tampoco puedo una ser traidora a la sangre, técnicamente hablando. —Se levantó la manga del jersey, donde tenía la cicatriz—. ¿Lo ve?
—¡Silencio! —Sirius Black apareció por el pasillo con la varita en alto—. Se acabó la diversión. —Lanzó una mirada de advertencia a Harry, pero no podía evitar sonreír—. Ahora es cuando empieza a usar vocablos muy impropios de una dama de alta cuna, así que es mejor que la dejemos tranquilizarse y reflexionar. —Corrió la cortina con otro movimiento de varita—. Ya han llegado el resto de los Weasley, los Longbottom y los Lovegood. Será mejor que os acerquéis a saludar.
Hermione pasó la siguiente media hora saludando a gente. Aparte de Ron y Ginny, también estaban el resto de los hijos de los Weasley, y además Bill y Percy habían ido con sus mujeres y George también había llevado a su novia Angelina Jones. Además, había tenido oportunidad de conocer a los padres de Neville Longbottom, ambos Aurores, y a Xenophilius Lovegood, de quien se decía que gran parte de su talento al escribir procedía de que parecía estar en otra dimensión la mitad del tiempo.
Cuando por fin se sentaron a cenar, Hermione estaba exhausta de tanto sonreír y responder siempre a las mismas preguntas. «Hermione Nott, encantada de conocerte. Slytherin. Sí, a pasar las navidades. Sí, me están tratando de maravilla».
La mesa empezó a llenarse de deliciosos platos. A Hermione se le hizo la boca agua al oler el estofado que estaba justo enfrente de ella, pero ni las patatas asadas ni el pastel de carne se quedaban atrás. En cuanto todo estuvo en su sitio, la gente empezó a servirse con avidez. Hermione se quedó mirando a su alrededor sin saber bien qué hacer.
—¡Niños, niños, comportaos! —La señora Weasley le dedicó una mirada de disculpa—. ¿Qué pensará nuestra invitada de nosotros?
—Pensará que si no se da prisa se va a quedar sin cenar —Fred Weasley le guiñó un ojo a Hermione mientras se metía un trozo de zanahoria en la boca.
Ronald, que estaba a su lado, le ofreció las patatas asadas.
—Seguro que no está acostumbrada a tener tanta comida —dijo George mientras masticaba con la boca abierta, ganándose un golpe en el brazo de parte de su novia—. Los ricos comen poco.
—No —replicó Hermione—, en realidad siempre hay más comida de la que… —se dio cuenta de lo frívolas que sonaban sus palabras y calló; ahora la cantidad de comida que siempre había habido en la mesa larga del comedor de su casa le parecía un desperdicio innecesario—. Aunque no estaba tan buena como esta —añadió, sonriendo a la señora Weasley.
La mujer le quitó importancia con un movimiento de mano, pero no pudo contener una sonrisa de orgullo.
—Una hace lo que puede, cariño. No es para tanto.
—Solo intenta quedar bien, mamá —George Weasley recibió una mirada asesina de su madre—. ¡Es broma, es broma!
Siguieron comiendo, las conversaciones entrelazándose de lado a lado de la mesa. Era caótico, pero había una cierta sensación de pertenencia en ellas. Hermione se limitaba a sonreír y participar ocasionalmente mientras observaba a los demás.
—Hermione —la bruja se sorprendió al darse cuenta de que quien le había hablado era Neville Longbottom. Dudaba mucho haber intercambiado con él más de cinco frases desde que había empezado el curso—. ¿Cómo son las navidades en tu casa?
Hermione se quedó mirándolo, sin saber bien si iba en serio. El chico, al darse cuenta de su reacción, palideció. Su abuela, que estaba a su lado, le dio una palmada en el brazo.
—¡Me has dicho tú que hable con ella! —replicó el nieto en voz baja lo suficientemente alta para que lo escuchara esa mitad de la mesa—. ¡Si no hablo, mal, si hablo, peor!
Sus padres intercambiaron una mirada entre divertida y hastiada.
—Neville, cariño, está bien que hables, pero tendrías que pensar qué dices antes de decirlo.
—¡No pasa nada! —Hermione intervino rápidamente. Sabía que Longbottom no tenía mala intención—. Bueno, mi familia no es muy grande. A veces venían mis abuelos desde Alemania, pero la mayoría del tiempo éramos solo los cuatro. Eso para la comida de Navidad, claro. En Nochebuena íbamos a la fiesta de los Malfoy —la voz se le rompió al llegar a la última palabra, pero carraspeó y se obligó a levantar la vista de su plato—. Ahí sí que hay mucha gente, aunque suelen ser bastante aburridas —admitió. Lo único que salvaba esa noche era estar con Theo y Draco, que amenizaban la velada con sus comentarios—. Muchos protocolos, normas…
Recordó la Nochebuena anterior, cuando ella, Theo, Blaise y Draco se habían escapado al invernadero con una botella de whisky de fuego. Se lo pasaron tan bien que ni siquiera le importó la bronca de su padre por desaparecer así como así.
Ahora Draco y Theo estarían en esa fiesta. Y ella no volvería nunca más.
Al darse cuenta de que se estaba emocionando, cogió su vaso y bebió un poco de vino caliente. Era la primera vez que lo probaba y la novedad hizo que se entretuviera con el sabor durante unos segundos.
—¿Te sirvo un poco más? —Pese a que su vaso estaba casi lleno todavía, Hermione agradeció la distracción de Ronald.
Hermione volvió a girarse hacia Neville, ya repuesta.
—En fin, no hay mucho más que contar. —Miró a los señores Longbottom—. ¿Son aurores, verdad?
—Sí, aunque no me preguntes por ningún caso emocionante —replicó Frank con una sonrisa—, yo solo me dedico al papeleo.
Alice pasó una mano por los hombros de su marido y le dio un estrujón.
—¿Quién haría los informes si no fueras tú? ¡Eres nuestro salvador! —Todos rieron ante la expresión de Frank—. ¿Tú qué quieres hacer cuando termines Hogwarts, Hermione?
—Con las notas que saca —Ron tragó el resto de la carne para poder seguir hablando; era increíble lo que comía ese chico—, podría presentarse a Primera Ministra si quisiera.
—Bueno… —Hermione vaciló, pero llegados a ese punto había varias personas mirándola con atención—. Antes quería trabajar en Relaciones mágicas internacionales.
—¿Antes? —A Alice Longbottom, como buena Auror, no se le escapaba nada.
Hermione se miró las manos. Tenía las uñas irregulares y tomó nota de arreglárselas más tarde.
—No he tenido mucho tiempo de reflexionar si eso es lo que quiero realmente.
La Hermione que tenía su futuro planeado se sentía muy lejana, tanto que la Hermione actual empezaba a dudar si no debería desprenderse también de las decisiones que ella había tomado, ya que era lo último que las mantenía unidas.
—Claro —Alice le dedicó una sonrisa comprensiva—. Yo no quería ser Auror en un principio, ¿sabes? Pero Frank me convenció.
—¡Y al final ella terminó pasando el examen a la primera y yo lo tuve que repetir! —agregó su marido.
Hermione se fijó en que muchos hombres habrían dicho lo mismo con amargura, rencor o envidia, pero Frank Longbottom miraba a su mujer con tanto orgullo que era imposible que sintiera celos del éxito de su éxito.
Tras la cena y el postre, se apartó la mesa. Había tanta gente que era mucho más cómodo que todos permanecieran de pie para conversar y moverse por los distintos grupitos como quisieran.
Hermione permanecía cerca de la pared, con Luna y Ginny hablando de… A decir verdad no estaba prestando atención. Ron se acercó a ellas, seguido de Harry y Neville. Miró a Hermione con los brazos cruzados.
—Creo que me debes algo. —La bruja enarcó una ceja—. ¿No te acuerdas de lo que hablamos ayer?
Una bombilla en la mente de Hermione se encendió. El día anterior, Ron la había acompañado al Callejón Diagon a comprar regalos de Navidad para los señores Weasley. Se había encontrado con Narcisa Malfoy y… Pero ese no era el tema.
—¿Quieres que te gane a una partida de ajedrez mágico delante de tus amigos, Ronald?
Ronald hizo un ruidito de incredulidad y sonrió con socarronería.
—Eso está por ver, Nott.
Media hora después, Hermione observaba con el ceño fruncido cómo destrozaban a su rey. Cuando levantó la vista, la sonrisa de Ronald iba de oreja a oreja. Hermione entrecerró los ojos.
—Has hecho trampa.
Harry se echó a reír.
—Es la primera vez que Hermione Nott no es la mejor en algo.
La bruja lo apuntó con un dedo.
—¡Retira eso! —Volvió a mirar el tablero—. Solo ha sido mala suerte. En realidad no me he esforzado al máximo.
Ginny le puso una mano en el hombro como gesto de consuelo.
—Tranquila, nadie entiende todavía cómo se le puede dar tan bien. Es probablemente el único talento que tiene.
Ron le lanzó un peón a su hermana, pero esta lo atrapó con una mano y se la devolvió con tanta puntería que le dio en la frente. Todos echaron a reír.
—¡Au! ¡Ginny! —protestó Ron, frotándose la zona.
—¡Niños, no os peleéis! —les gritó su madre desde la otra punta del salón.
—¡Ha sido ella!
—¡Si le pusieras tanto entusiasmo a los estudios como a esto, otro gallo cantaría!
Ronald enrojecía por momentos y murmuró:
—No entiendo qué tiene que ver.
—¿Qué dices? —llamó su madre, cruzándose de brazos.
—Decía que tienes razón, mamá —masculló él.
Hermione sonrió ante la interacción. Su casa siempre había sido más austera, mucho menos bulliciosa. Y ella y Theo nunca peleaban, por lo que sus padres nunca habían tenido que pedirles que se portaran bien.
Su casa.
La sonrisa de Hermione desapareció poco a poco, dejando paso a una nostalgia que fue apoderándose de ella a oleadas.
Se levantó de repente, llamando la atención de los demás.
—Ahora vuelvo. Voy al baño.
Recorrió el pasillo con rapidez, esquivando las miradas sombrías de los cuadros al pasar, y entró en la primera habitación que encontró, la biblioteca.
Se apoyó en una estantería y cerró los ojos, tragando con fuerza. Si no conseguía controlar su respiración, acabaría teniendo un ataque de pánico. No era justo sentirse tan desgraciada en una casa que la había acogido con los brazos abiertos.
¿Por qué era incapaz de disfrutar de lo que le ofrecían?
Pese a que la puerta estaba abierta, oyó que alguien llamaba.
—¿Hermione? —Ginny la observaba desde el marco con expresión preocupada—. ¿Estás bien?
Hermione abrió la boca para responder que no pasaba nada, pero fue incapaz de pronunciar palabra. En vez de eso, negó con la cabeza mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas.
Ginny se acercó a ella, la preocupación acentuada en su rostro. Hermione se secó la cara con el dorso de la mano y se dejó caer por la estantería hasta que quedó sentada en el suelo. Inspiró hondo.
—Estoy haciendo el ridículo.
La pelirroja se sentó a su lado.
— En mi familia nos gusta hacer las cosas a lo grande. Es normal agobiarse a veces.
Eso hizo que Hermione se sintiera más miserable.
—Ojalá fuera eso.
—¿Echas de menos a tu familia?
Hermione miró hacia delante, al tapiz que ocupaba la pared, y sintió que las lágrimas volvían.
Llevaba mucho tiempo conteniéndose, encerrando en un lugar recóndito de su mente todos esos sentimientos oscuros que amenazaban con tragarse la poca felicidad que sentía. Pero se hacían cada vez más grandes y su determinación se debilitaba hasta que ya era prácticamente imposible mantener la fachada de tranquilidad por más tiempo.
Era como nadar en un océano de negrura, intentando respirar, sin saber en qué dirección estaba la superficie. Ella seguía nadando, pero las ganas de buscar la salida desaparecían conforme avanzaban los días.
—No debería. Mis padres me secuestraron, dejaron a mis padres biológicos sin su hija y nunca se preocuparon por cómo se sentirían o si sufrirían mi ausencia. Nunca se molestaron en contarme la verdad hasta que no hubo otro remedio. Y aun así no puedo evitar echarlos de menos. Theo me ignora, no quiere saber nada de mí, como si nunca hubiéramos sido hermanos, pero eso no hace que deje de preocuparme por si estará bien o querer saber por qué está enfadado todo el tiempo. Y Draco… Draco dejó de quererme en un instante, y eso me hace pensar si alguna vez me quiso o si por el contrario he vivido todos estos años en otra mentira más. Y sin embargo, no puedo evitar que el corazón me dé un vuelco cada vez que lo veo. ¿Entiendes lo mal que eso me hace sentir? —Miró a Ginny con los ojos empañados, deseando, en el fondo, que le dijera que tenía razón y que era una persona horrible—. Y luego os veo a vosotros, felices, en una casa llena de cariño, y en vez de estar agradecida porque me hayáis dado un lugar, me siento sola, aislada, incapaz de valorarlo. —Tomó aire con fuerza—. Y ahora te estoy contando a ti mis problemas, como si nos conociéramos de toda la vida y te importara lo que me pase.
Se llevó las manos a los ojos, avergonzada porque alguien la estuviera viendo así. Era patética.
Ginny suspiró y se acercó a ella. La abrazó con tanta fuerza que Hermione empezó a sentirse un poco menos sola.
—Estoy aquí. Me importa. Nos importa.
-N/A: Este es mi capítulo favorito por varios motivos, pero el más importante es que POR FIN Ginny y Hermione han tenido un acercamiento. Su amistad me encanta y me dolía no poder juntarlas hasta ahora. Creo que Hermione ha vivido un punto clave en su desarrollo, porque hasta ahora no se había permitido estar triste ni había tenido un hombro real sobre el que llorar. A partir de ahora toca que se empodere.
Por otra parte, tenemos a nuestros personajes favoritos sufriendo. ¿Se lo merecen? No seré yo quien lo decida, pero sí diré que lo necesitan. No le he dado mucho protagonismo a Draco porque lo veremos desarrollarse más adelante, pero ya tocaba saber cómo se siente Theo y la respuesta es mal, fatal, terrible. Mejorará, pero no ha llegado su momento.
No sé cuándo podré volver a actualizar, pero creo que los siguientes dos capítulos serán más cortos (lo que podría traducirse en actualizaciones más rápidas jeje). ¡No me abandonéis! Y como siempre, si os ha gustado la historia, si no, si hay algo que os gustaría preguntar o comentar, dejadme un review. Me alimento de ellos y me hacen mucha ilusión. N/A-
Un abrazo a todas,
MrsDarfoy
P.D.: Las páginas/grupos de Facebook El enigma del Kelpie (cualquier ship del mundo HP) y Archivo Theomione (solo esta pareja) están organizando Fictobers, así que si os apetece introduciros en el mundo de la escritura o practicar con historias cortas, son vuestros retos ;)
