-N/A: ¡Hola! Espero que estéis muy bien :) No tengo excusa más allá de que la vida a veces se complica, pero estoy superfeliz de poder traeros un nuevo capítulo. Si no recordáis qué pasó en el anterior (no os preocupéis, yo al principio tampoco), Hermione fue a La Madriguera con Harry, Ron y Ginny para pasar las navidades, mientras que Theo se estaba quedando con los Malfoy.
Como siempre y más que nunca gracias a Monicaisabel, Ryuuha Boon, Antares rosier, Between White and Black, CaroMoony, pelusa778, Adry-scrittore, JuliaLestrange, annath06, Hakerenit CasRiv, Ali TroubleMaker, NoraCg, HelenaJane28, sofihikarichan, Dani H Danvers, vvmamaureira, lovetherock, Gaby Grey, Herms Malfoy Granger, Effy0Stonem, Candice Saint-Just, Carla718, Nena Taisho, fransanchez, Sally Elizabeth HR, Lucitachan, Auri Love y Leslie08 por vuestros reviews. Esta vez no he podido responder, pero porque no me da la vida y he preferido priorizar escribir. Eso no significa que no los haya leído todos y quiero que sepáis que me pone muy contenta que os siga gustando este fic pese a que no sea de mucha acción y avance poco a poco. (Prometo responder a los que me dejéis en este capítulo, palabra de Slytherin). Ily. N/A-
Into the Light
XXIII. Cuánto consuelo encontraríamos si contáramos nuestros secretos. (John Churton Collins)
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Pese a que era su segunda noche en La Madriguera, Hermione volvió a despertarse sin saber bien dónde estaba. La única diferencia era que el primer día había dormido poco y, por tanto, se había levantado la primera.
La mañana de Navidad, en cambio, la despertó una voz masculina amortiguada. Con los ojos todavía cerrados, Hermione frunció el ceño, sin entender bien por qué Ronald Weasley estaba pegando gritos fuera de su habitación.
—¡Que sí, que ya vamos!
La respuesta hizo que Hermione abriera los ojos de golpe, asustada porque hubiera sonado tan fuerte. Pero entonces sus memoria volvió y se dio cuenta de dónde se encontraba. Ahora tenía más sentido que Ginevra Weasley estuviera a solo un par de metros de ella, arrebujada bajo las sábanas de su diminuta cama en el cuarto que estaban compartiendo.
Se oyeron unas palabras ininteligibles del otro lado de la puerta, probablemente Ron excusándose, a lo que Ginevra respondió con un gruñido. A Hermione no le hacía falta verla para saber que tenía cara de querer matar a su hermano.
Se levantaron, pero cuando Hermione fue a vestirse, Ginny le hizo un gesto para que lo dejara estar.
—En casa siempre desayunamos en pijama la mañana de Navidad.
La bruja vaciló, observando con ojo crítico su pijama de seda azul celeste con constelaciones dibujadas. En su casa, nunca se les había permitido hacer tal cosa; por supuesto, no había ninguna norma escrita al respecto, pero era algo que simplemente se sabía. Al final, ganó el deseo de integrarse, aunque eso no evitó que se echara una chaqueta por encima.
En el comedor ya estaba el resto de la familia, al menos los que dormían en la casa. Harry las saludó con una sonrisa despreocupada mientras se metía en la boca una galleta, llevándose una mirada de reprobación cariñosa de la señora Weasley. La bruja llevaba un camisón de un rosa pálido con una bata a conjunto por encima; se notaba que la bruja las había tratado con cuidado, pero ambas prendas habían visto tiempos mejores. Ron también llevaba un pijama del que, sin duda, le faltaban unos cuantos centímetros, y el chico parecía ser consciente de ello por cómo se removía en su asiento, deseoso de volverse invisible. Los gemelos estaban demasiado ocupados debatiendo entre ellos para darse cuenta de su incorporación a la mesa.
¡Y qué mesa! Cualquiera diría que la señora Weasley esperaba a quince comensales en vez de a la mitad, porque había de todo: desde huevos revueltos y salchichas ahumadas hasta tostadas francesas y bollos de canela, desde zumo de melocotón hasta té de jengibre y limón.
Hermione se sentó entre Ginny y Ron y tras las pertinentes preguntas sobre cómo había dormido, empezaron a desayunar. Era extraño, estar entre tantas personas a las que apenas conocía pero que la trataban como si siempre hubiera sido una más.
¿Qué habría pensado su padre al escuchar al señor Weasley contar una anécdota vergonzosa de los gemelos cuando eran pequeños? ¿Habría su madre reído ante la historia sobre el miedo a las arañas de Ron? ¿O habría sonreído con contención, por estar desvelando un secreto familiar a alguien externo a ellos? Todas las familias se parecen en ciertos aspectos, pero son muchas más las diferencias que las alejan. Hermione había pasado incontables días en casa de los Malfoy y nunca, ni por asomo, había escuchado ningún comentario sobre el pasado familiar que no estuviera considerado como aceptable de antemano.
Mientras se perdía en sus pensamientos al mismo tiempo que intentaba seguir el hilo de la conversación a su alrededor, llegó el fin del desayuno. Hermione dio un salto cuando los gemelos se levantaron de golpe y gritaron «¡Hora de los regalos!». La bruja se mordió el labio inferior; de repente se sentía ridícula por haberles comprado unos regalos a los Weasley. ¿Por qué no había comprado nada a los demás? ¿Qué pensarían sus anfitriones?
—¿Por qué no empezamos por nuestra invitada? —sugirió el señor Weasley. Su mujer le dio un golpe en el brazo, incómoda por algo que a Hermione se le escapaba—. ¿Qué? ¡No me digas que después de pasarte todo el día…!
Molly le puso un dedo sobre los labios a modo de advertencia y después se levantó, no sin antes dedicarle una mirada de apuro a Hermione. La mujer salió de la cocina y volvió rápidamente con un paquete blando en las manos, envuelto con un papel marrón.
—Es una tontería, en realidad —empezó a disculparse tras dejarlo frente a la bruja más joven—. Ni siquiera sé cuáles son tus medidas y…
—Mamá, no le arruines la sorpresa —interrumpió Ginny—. Ya te he dicho que estoy casi segura de que tenemos la misma talla —añadió en voz más baja. Después, la pelirroja le indicó a Hermione que lo abriera con un movimiento de cabeza.
La bruja obedeció. Cuando retiró el papel de regalo, se encontró con un jersey de lana de color rojo con una gran «H» en el centro de color morado oscuro. Se quedó mirándolo, sin saber bien qué decir. Seguramente se habría quedado muy seria, porque escuchó que Molly decía:
—Quería hacerlo con los colores de Slytherin, pero no tenía verde ni gris… Sé que no es una combinación muy bonita, pero…
Hermione levantó los ojos llenos de lágrimas hacia ella y sonrió.
—¡Es perfecto! El morado es mi color favorito. —La voz se le rompió hacia el final de la frase. Levantó el jersey en el aire para verlo bien; era cierto que el rojo y el morado no eran dos colores que ella habría combinado, pero pocas veces le habían hecho un regalo que significara tanto para ella—. Muchas gracias.
La señora Weasley, con su instinto de madre, supo interpretar sus lágrimas y con un gesto conmovido se acercó a ella para abrazarla.
—Mis hijos siempre dicen que pican horriblemente, pero son unos exagerados. ¿Verdad, Harry?
El aludido tosió y fingió que estaba demasiado ocupado recogiendo con la mano las migas sobre la mesa.
—No es que piquen, mamá. —Fred sonreía beatíficamente mientras hablaba; a Hermione no le hacía falta conocerlo a profundidad para saber que sus palabras y sus intenciones eran totalmente opuestas—. Es solo que esa lana que usas y la piel humana se han declarado enemigos mortales.
Todo el mundo soltó una carcajada, excepto la señora Weasley, que volvió a su sitio meneando la cabeza y musitando algo sobre tener demasiados hijos.
Desde ese momento empezó la ceremonia de intercambiar regalos. Los hijos Weasley y Harry también recibieron sendos jerséis.
—¿Por qué no os sacamos una foto? —El señor Weasley sujetaba la cámara instantánea que Hermione le había regalado con tanta alegría como si hubiera recibido el regalo más caro del universo—. ¡Venga, poneos los jerséis! ¡Hay que inmortalizar las últimas navidades que seréis estudiantes!
Se escucharon protestas de sus dos hijos más pequeños, pero todo el mundo obedeció. En media hora ya habían acabado con el primer carrete, porque entre que allí el único que sabía usar una cámara muggle era Harry y que la señora Weasley había insistido en hacer mil fotografías distintas, en la mesa de la cocina ya había esparcidas más de veinte fotos. Hermione sonrió al ver una de los pies de la señora Weasley con los zapatos que le había regalado. La bruja había insistido en que Hermione las devolviera, ya que los zapatos cambiaformas de Madame Latrice eran lo último del mercado y le habían costado un buen pellizco de su herencia, pero para Hermione no había regalo que pagara por cómo se había portado con ella. Al final, la bruja aceptó quedárselas con la promesa de que la próxima vez que Hermione la visitara le dejaría elegir el menú.
—Esta me gusta mucho. —Ginny levantó una de las fotos en la que salían Harry, ella, Ron y Hermione. Su padre había capturado justo el momento en el que Ronald se rascaba el cuello con furia y Harry le decía que era un quejica. Hermione salía riéndose y Ginny poniendo los ojos en blanco—. ¿La quieres? —Se la ofreció a Hermione.
La bruja se mordió el labio inferior, pero terminó asintiendo. Aunque fuera la última vez que estuviera en esa casa, al menos se llevaría un recuerdo congelado en el tiempo.
Las vacaciones de Navidad pasaron con rapidez. Recibieron los resultados de los exámenes y, por una vez en su vida, Hermione no obtuvo un Extraordinario en todas las asignaturas; a pesar de eso, se sentía muy orgullosa de ese «Supera las expectativas» en Estudios Muggles. Aunque habría preferido tener la nota más alta, pues bajar de la excelencia iba en contra de sus principios, sabía que había logrado mucho en un tiempo muy corto. Además, tenía hasta final de curso para mejorar.
Celebraron la llegada del año nuevo en Grimmauld Place y el día dos de enero Hermione se descubrió en el Andén nueve y tres cuartos dándose cuenta de que en los últimos días no había pensado mucho en su situación actual. Mentalmente, estaba mucho más descansada y preparada para enfrentarse a la realidad que la esperaba en Hogwarts.
Oyó una voz familiar y vio a Blaise caminando solo hacia donde ella estaba. El mago le sonrió ampliamente antes de fruncir los labios en un mohín triste y preguntarle si lo había echado de menos.
—He estado muy tranquila, digámoslo así —bromeó la bruja.
Blaise asintió.
—Traduzco: te has aburrido y habrías deseado estar conmigo, mi madre y su futuro marido.
Hermione fingió seriedad y suspiró.
—¿Cómo lo has sabido? —Se giró hacia sus amigos (era raro llamarlos amigos, pero después de pasar diez días juntos, creía que se había ganado el derecho de hacerlo)—. Nos vemos luego. —Lanzó una mirada de advertencia a Ron y Harry—. Recordad que…
Ronald puso los ojos en blanco.
—Tenemos reunión de prefectos en quince minutos, sí, sí. —Cuando Hermione se alejaba, escuchó que decía—: Me gusta más cuando no estamos en Hogwarts.
La carcajada de Ginny se oyó a metros de distancia, pero Hermione no logró distinguir su respuesta.
—¿Cómo ha ido con los Weasley? —Blaise la dejó subir primero al tren y se metieron en uno de los compartimentos más pequeños—. Tiene que haber sido… interesante.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la bruja.
—Ha sido genial. Al principio era un poco raro, estar con tanta gente junta en el mismo lugar, pero luego te acostumbras.
Blaise fingió un escalofrío.
—¿Tú crees? Yo no sé si podría.
—Venga ya, Blaise, no me digas que no habrías preferido estar conmigo a con tu madre y su prometido.
El mago se tomó unos segundos para considerar ambos escenarios, pero terminó dándole la razón.
—Ha estado bien conocerlos mejor —continuó Hermione—. Una vez los tratas, no son ni de cerca tan malos como siempre hemos pensado.
Blaise se inclinó hacia ella con una ceja enarcada, inspeccionándola con curiosidad. Al final, sonrió y la cogió por los brazos amistosamente, sacudiéndola.
—¿Quién iba a decirnos que nuestra Hermione Nott iba a hacer amigos! ¡Y de Gryffindor ni más ni menos!
Hermione frunció el ceño y se cruzó de brazos, pero después los dejó caer.
—¿Tan intransigente parezco?
Blaise, a quien pocas veces le había importado si sus palabras podían ofender al otro, se encogió de hombros.
—Nadie es perfecto. Tú nunca has sido la más abierta del mundo, yo tiendo a ser un excéntrico, Theo…
En cuanto pronunció ese nombre, el ambiente del pequeño espacio que compartían se enrareció. Se hizo el silencio, solamente lleno por las voces que cruzaban el pasillo en busca de un compartimento vacío donde pasar las próximas horas.
Hermione se miró las manos, que reposaban en sus rodillas, antes de preguntar:
—¿Has sabido algo de ellos?
No hacía falta que especificara quién más rellenaba ese plural.
Blaise subió un tobillo a la pierna contraria y se puso a mirar por la ventana mientras el tren salía de la estación. Ninguna de las personas que había ido a despedir a sus hijos era para él. Hermione se preguntaba a veces si no se sentía solo.
Cuando la miró de nuevo, casi había recuperado su expresión despreocupada.
—Más allá de lo que dice la prensa, no. ¿Has leído lo que publicó Corazón de bruja?
Hermione negó con la cabeza. Durante las vacaciones había esquivado las noticias como si fueran una maldición mortal.
—Prefiero no amargarme —musitó, mirando ella también por la ventana hacia la oscuridad del túnel que atravesaban.
Blaise cogió su cartera y sacó lo que parecía un artículo doblado. Lo abrió y se lo tendió a Hermione. La bruja se sorprendió: no parecía propio de él dejarse atrapado por ese tipo de cosas. Debía de estar peor de lo que ella había pensado.
Hermione solo pudo echar un vistazo a la fotografía que ocupaba un cuarto de la página y leer un par de líneas antes de doblarlo de nuevo y devolvérselo a Blaise.
—Esto es ridículo.
Corazón de bruja había dedicado una página entera a su hermano. O más específicamente, a cómo su hermano salía adelante tras el duro golpe sufrido por su familia y cómo parecía feliz mientras bailaba con Daphne Greengrass. La revista se preguntaba si en algún futuro cercano habría algún anuncio feliz que hacer.
Hermione no sabía por quién sentía más lástima, por su hermano o por la pobre chica a quien usaba para engañar al mundo. Aunque viendo cómo Daphne miraba a Theo, se sentía obligada a ponerse de su parte.
—Al menos Draco nos hizo el favor a todos de no sacar a bailar a Pansy o no dejarían de hablar de ellos en semanas.
El alivio la recorrió. Había parado de leer justo al vislumbrar el nombre de Draco, pero no podía evitar preguntarse qué habría pasado durante esa fiesta. No tendría que sentirse bien al saber que no había habido más avances con Pansy, pero no podía evitarlo. Y mira que lo intentaba.
Hermione suspiró, pero una carcajada le nació de la garganta.
—Menudo cuadro, ¿no? Si llego a saber que esto iba a pasar, no le habría aceptado aquella cita a Draco nunca. —Intentó sonar divertida, pero no pudo evitar que la tristeza se abriera paso en sus palabras.
Blaise ladeó la cabeza.
—¿De verdad?
Hermione abrió la boca para responder, pero en vez de eso se puso en pie.
—Tengo reunión de prefectos. —Vaciló antes de abrir la puerta—. No hace falta que me esperes, puedes sentarte con alguien más si quieres.
El mago negó con la cabeza mientras se acomodaba.
—Creo que me voy a quedar aquí un rato.
Cuando Hermione llegó al compartimento de los prefectos, se reprochó a sí misma haber llegado la última. Todos los ojos se volvieron hacia ella excepto aquellos con quien hizo un esfuerzo activo por no buscar. Se sentó junto a Padma, quien la recibió con un pequeño abrazo.
—¡No me creo que las vacaciones de Navidad ya hayan terminado! —protestó Hannah Abbott con un bostezo.
—Y encima Dumbledore nos ha dejado trabajo. —Su compañero de casa señaló los pergaminos que había en el centro de la mesa—. Alguien tendría que investigar si el trayecto en tren ya es periodo escolar o todavía se considera vacaciones.
—Pues ya sabes qué hacer —la respuesta seca de Draco hizo que todos lo miraran, pero el mago seguía con la mirada fija en la ventana. Tras unos segundos de silencio, se giró hacia Hermione. En su cara no había ni una sola emoción—. ¿Empezamos?
La bruja carraspeó y cogió el primero de los pergaminos que el director había dejado para ellos. Lo abrió y escaneó rápidamente antes de extenderlo sobre la mesa.
—Como es nuestro último año, todos los de séptimo tenemos que rellenar un cuestionario sobre nuestras preferencias laborales. —Entregó una copia de la lista a cada pareja de prefectos—. Duplicadlos y repartidlos. Tenemos un mes para que todo el mundo elija; cuando las hayáis recogido, habrá que entregarlas a los jefes de casa.
—¿Y por qué no lo hacen ellos directamente? —protestó Ronald—. A veces me da la sensación de que nos ocupamos de tonterías.
Hermione enarcó una ceja en su dirección. No es que no estuviera de acuerdo, a decir verdad, pero su función no era empezar a cuestionar cómo se hacían las cosas.
—Eso lo hablas con McGonagall, Ron. —Hubo un pequeño cambio de postura a su derecha, pero su mirada se mantuvo firme en el chico frente a ella—. Yo solo os digo lo que hay.
Hermione miró su pergamino con las elecciones para su futuro, pero negó con la cabeza brevemente; tenía que replantearse muchas cosas y tener una crisis de identidad en aquellos momentos no era una opción. Murmuró el hechizo de duplicación, cogió la mitad de las copias y se las pasó a Draco, quien ni siquiera las tocó.
Ante la lectura de la segunda tarea de Dumbledore Hermione no pudo evitar resoplar.
—Más trabajo —la protesta dejó sus labios antes de que pudiera contenerla.
—Si hasta Hermione se queja no sé qué vamos a hacer los demás —bromeó Anthony.
Hermione inspiró hondo.
—Dumbledore quiere que organicemos sesiones de estudio grupales con estudiantes de otros cursos, especialmente los de quinto y séptimo. —Se oyeron varias protestas, pero Hermione prosiguió hablando—: Se supone que somos prefectos porque somos los mejores estudiantes de cada casa, así que a Dumbledore se le ha ocurrido que ayudemos a otros estudiantes explicando las asignaturas que mejor se nos dan.
—Yo no pienso hacerlo.
La bruja se giró hacia Draco, que estaba con la cabeza apoyada en la madera tras él y los brazos cruzados en el pecho. Se quedaron mirándose unos instantes, midiendo fuerzas.
—Aquí no pone que sea opcional —replicó calmadamente.
—Tampoco que sea obligatorio —fue la respuesta de él.
—Haz lo que quieras. Pero le explicarás tú en persona a Dumbledore por qué no quieres hacerlo. Se supone que estamos al cargo los dos, no voy a poner excusas por ti.
No se oía ni un sonido. De hecho, parecía que todo el mundo había contenido la respiración.
Los ojos de Draco se entrecerraron un segundo.
—Tampoco lo esperaba.
Hermione se giró hacia los demás. No tenía tiempo ni energía para lidiar con él en esos momentos. Reprimiendo las ganas de gritar, continuó con la explicación:
—Tenéis hasta finales de enero para pensar con qué asignatura os gustaría ayudar, empezaremos en febrero. Solo sería una hora a la semana, así que tampoco hace falta que seáis unos expertos en la materia —añadió antes de que se reanudaran las protestas—. Dumbledore dice que quedará muy bien en nuestro expediente. Ah, y si hay alguien de vuestra casa que es muy bueno en alguna asignatura, también puede ayudar. No está reservado exclusivamente a nosotros.
Ron se inclinó hacia Harry.
—Espero que el Quidditch cuente como asignatura.
Su amigo le dedicó una expresión burleta.
—No eres tan bueno, Ron. Vas a tener que buscar otra cosa.
Todos rieron excepto Draco, que se levantó.
—¿Hemos terminado?
Hermione frunció los labios, pero asintió.
—Excepto tú y yo. Tenemos que organizar las próximas rondas. Y hablar de un par de cosas.
Draco volvió a sentarse, con expresión seria, mientras el resto salía del compartimento. Padma le dedicó a Hermione una mirada de compasión antes de irse. «Hablamos luego» le dijo moviendo los labios.
Cuando se quedaron solos, Hermione se puso a recoger los pergaminos, enrollándolos con cuidado mientras sentía los ojos de Draco clavados en su cara. Quería enfrentarlo, reprocharle su comportamiento y falta de responsabilidad, pero lo último que le apetecía era discutir con él.
Antes de las vacaciones parecían haber llegado a un acuerdo tácito de no molestarse, pero al parecer a Draco le habían vuelto las ganas de pelear. Y Hermione no podía permitírselo. No si quería llegar con una cierta estabilidad mental al final del curso.
—¿Por qué no renuncias?
La pregunta pilló al mago desprevenido, porque por un momento sus ojos se abrieron y luego frunció el ceño. Pareció darse cuenta del despliegue de reacciones, porque cuadró los hombros y apretó la mandíbula.
—¿Eso quieres?
Hermione echó la cabeza hacia atrás y miró hacia arriba, esperando que alguien se apiadara de ella y le mandara fuerzas. Se notaba el corazón acelerado, pero apoyó las manos en la mesa, con las palmas completamente pegadas a la madera, para que no le temblaran. Cuando habló, intentó dejar a un lado los reproches.
—Lo que yo quiero es que cumplas con tu deber o que lo dejes estar. Pero no es justo que me encargue yo de todo y tú pongas más trabas que soluciones.
Draco se levantó lentamente y se acercó a ella, inclinándose hasta que sus caras estaban tan cerca que la bruja podía ver los pequeños puntos azules que poblaban sus pupilas grises.
—Siento mucho que tu vida sea más difícil por mi culpa.
Hermione frunció el ceño, pero antes de que pudiera replicar, Draco se incorporó. El aire entre ellos se enfrió rápidamente, con un vacío que ya no se podía llenar.
—Creía que íbamos a dejarnos en paz el resto del año.
Esa fue la promesa silenciosa que le hizo él durante el baile de Nochebuena. Eso fue a lo que Hermione se había aferrado para poder sobrevivir. La única alternativa aceptable a lo que su corazón deseaba pero ya no podía ser.
—Eso creía yo también.
Una tregua tirante se estableció entre ellos.
Draco no parecía haber aceptado su sugerencia de renunciar a su puesto como Premio Anual, pero tampoco parecía muy entregado a sus funciones. Al menos, cuando Hermione revisó la hoja con alumnos que podían hacer de mentores en asignaturas, vio su nombre junto a Pociones. Se alegró secretamente, porque pese a que a ella también se le daba bien (¿qué no?), no le gustaba especialmente. Prefería encargarse de Historia de la Magia o Aritmancia.
Respecto a Theo, su hermano fingía que no se conocían hasta tal punto que evitaba cruzar miradas con ella. Si coincidían en algún pasillo, seguía caminando como si ella fuera un fantasma; Hermione estaba segura de que la atravesaría si pudiera. Siempre iba acompañado por Daphne, y la chica parecía resplandecer a su lado, aunque cualquiera que conociera mínimamente a Theo sabría que cada vez le costaba más fingir el interés.
El funcionamiento de la vida era curioso: Hermione había pasado de estar completamente sola a tener amigos, pero cuanto más incluida se sentía, más grande se hacía el gusanillo de la desconfianza. ¿Desconfianza de qué? Era sutil, apenas un susurro, pero aparecía cada vez que le proponían un plan, la saludaban por los pasillos o le hacían un cumplido. Como si no estuviera en su lugar. Como si en cualquier momento fuera a despertar y darse cuenta de que no había nadie a su lado.
—Entonces, ¿vienes?
Hermione dejó la servilleta en la mesa y miró a Ronald.
—Ya me lo has preguntado tres veces y la respuesta sigue siendo la misma.
El pelirrojo bufó.
—Venga ya, pero si estudiar lo haces literalmente todos los días. Y acabamos de volver de vacaciones. Puedes traerte a Zabini si quieres, aunque creo que ni siquiera ha bajado todavía a desayunar.
Era el segundo sábado de enero, lo que significaba que podían ir a Hogsmeade a pasar el día. Hermione había decidido quedarse en el castillo adelantando tareas, pero en cuanto Ron la había escuchado, se había empecinado en que debía ir con ellos.
—Tengo muchas cosas que hacer, Ronald. Hay que organizar las sesiones de estudio y…
—¡Nosotros te ayudaremos! —exclamó el mago, aunque ni siquiera él parecía convencido de su ofrecimiento—. ¿A que sí, Harry?
Su amigo, que todavía estaba desayunando, los miró a ambos con los ojos como platos y tragó la comida antes de decir:
—¿Yo? ¿Por qué se me incluye en ese plural? —Segundos después, su expresión cambió—. Pero Ron tiene razón. Eso no es tan importante —se ganó una mirada asesina de Hermione, pero siguió como si nada— como venir a Hogsmeade. Me apuesto lo que sea a que nunca has visto la competición de los Weasley por ver quién se termina más rápido una cerveza de mantequilla.
—Ron una vez tosió y le salió por la nariz —aportó Ginny, dedicándole una mirada de burla a su hermano.
—¡Ginny! Tampoco hace falta que cuentes esas cosas…
La pelirroja, ignorando a su hermano, hizo chocar su hombro con el de la bruja.
—¿Cuántos sábados en Hogsmeade te quedan? ¿Cuatro? Deja lo de trabajar un fin de semana para cuando trabajes de verdad. —Y para rematar, le guiñó un ojo. Hermione entendía por qué la mitad de los chicos de Hogwarts estaban colados por Ginevra Weasley. No había quien se le negara.
—Pero… la semana que viene tendré que ir a veros jugar a Quidditch y eso significa que…
Harry levantó la mano izquierda mientras se llevaba la derecha al corazón.
—Prometo atrapar la snitch en menos de una hora para que puedas volver a la Biblioteca cuanto antes. Venga, ven —el tono de su insistencia hizo que Hermione se desconcertara por un momento, pero al final accedió.
—Más os vale que sea el mejor día de mi vida.
No lo estaba siendo, pero casi.
Al llegar a Hogwarts, fueron directamente a Las Tres Escobas, donde los Weasley hicieron el prometido reto de ver quién era capaz de beber más rápido. Ganó Ron, pero solo porque le había pegado un puntapié a su hermana por debajo de la mesa y la había hecho escupir sobre Harry. La señora Rosmerta había estado a punto de echarlos, pero se salvaron tras una rigurosa promesa de Hermione de comportarse.
Hermione les echó una bronca de cinco minutos sobre mantener una actitud correcta, pero secretamente se lo estaba pasando muy bien con la situación. Era agradable no tener que estar pendiente de las apariencias.
Cuando salieron, Luna Lovegood se les unió.
—Había pensado ir a Honeydukes. Les he oído a unos de Hufflepuff que han sacado una nueva variedad de caramelos que cambian de color si estás enfermo.
—No sé cómo de fiable pueda ser eso —señaló Hermione—; es una tienda de caramelos, no un boticario.
Luna dirigió hacia ella sus ojos azul cielo y se encogió de hombros. Hermione nunca había visto a esa extraña chica molesta y no sabía bien si eso la irritaba o le causaba envidia. No era habitual encontrarse con alguien que no se dejara afectar por los comentarios de los demás.
—Yo quería ir a la tienda de Fred y George. Seamus y Dean quieren que les consiga un descuento en las plumas saltarinas —dijo Ron con desgana—. Ya les he dicho que solo voy a conseguir que les suban el precio, pero…
—Hablando de plumas, creo que yo iré a por una nueva.
—¿Cuántas tienes de reserva? ¿Dos? —bromeó Ginny.
—En realidad cuatro —confesó Hermione—. Pero tener menos de ese número no me gusta.
—Claro, imagínate que un día nos quedamos atrapados en Hogwarts y no puedes entregar las redacciones. —Ronald fingió un escalofrío—. Qué miedo.
Hermione le dio un golpe en el brazo, pero se giró sorprendida hacia Harry cuando lo escuchó decir:
—Te acompaño. —No fue la única que se sorprendió: el resto del grupo también se quedó mirándolo—. ¿Qué? Es el único sitio donde seguro que no gasto dinero.
Ginny puso los ojos en blanco mientras entrelazaba su brazo con el de Luna.
—Uy, sí, habló el pobre.
Las dos brujas echaron a andar en una dirección mientras Ron, Harry y Hermione iban en la otra. Sortilegios Weasley era la parada más cercana, así que se quedaron plantados delante de la puerta, mirándose.
—Bueno… —dijo Hermione, sin saber bien por qué Ronald no se movía—. ¿Nos vemos luego?
Los ojos de Ronald fueron de ella a Harry y vuelta a ella.
—Sí, claro —dijo finalmente, aunque parecía reticente a dejarlos solos—. Hablo un momento con estos y os busco.
Harry y Hermione reemprendieron su marcha, pero cuando Harry se hubo asegurado de que su amigo había entrado en Sortilegios Weasley cogió a Hermione del codo, haciéndola parar.
—Te he mentido: no quiero ir a La casa de las Plumas. Necesito tu ayuda.
Hermione frunció el ceño, pero el último comentario hizo que se olvidara momentáneamente de la pluma que quería comprar y centró toda su atención en Harry. El mago la llevó hasta una esquina, donde quedaran más ocultos de la vista de todo el mundo. Pateó el suelo y miró a su alrededor y después arriba, pero las palabras no salían.
—Bueno, ¿qué pasa? —La paciencia nunca había sido una virtud de Hermione para algunos aspectos.
—Tú eres una chica.
La bruja lo fulminó con la mirada.
—Gran observación. Voy a pedirle a Dumbledore que te convalide los exámenes, no vas a poder superarte nunca.
Harry levantó las manos a modo de tregua.
—Me refería a que ya se acerca San Valentín —Hermione estuvo a punto de comentarle que no veía la correlación, pero decidió darle otro voto de confianza— y has pasado varios San Valentín con novio, ¿no? —Si había creído que su vida sentimental nunca iba a ser tema de conversación con Harry Potter, estaba muy equivocada. Harry siguió con su accidentado discurso—: ¿Estaba bien tener una cita por San Valentín?
Durante unos segundos Hermione no fue consciente de que Harry esperaba una respuesta. Al final, asintió vacilante, dándole permiso al mago para que continuara.
—Había pensado en pedirle a Ginny que sea mi cita —lo dijo muy rápido y cuando terminó contuvo la respiración.
Hermione parpadeó varias veces, sin entender bien la situación.
—Ajá. Vale. Pero… ¿y por qué me cuentas esto? O sea, agradezco la confianza, pero no tengo claro en qué necesitas que te ayude.
Harry soltó el aire lentamente mientras se pasaba una mano por los rizos. Parecía que cada palabra que estaba a punto de decir le doliera.
—Me da mucha vergüenza esto y si se lo cuentas a alguien tendré que mudarme a otro país y cambiarme de nombre. —Lo siguiente se lo dijo encogido, como si temiera las represalias—: Como Malfoy y tú ya no estáis juntos, ¿te importaría cederme vuestra mesa en Madame Pudipié?
No lo pudo evitar: Hermione se echó a reír. Sabía que debería sentirse mal porque Harry se aprovechara tan flagrantemente de su ruptura, pero tenía que concederle la imprevisibilidad de su discurso.
Al final, la bruja se encogió de hombros.
—Claro, ¿por qué no?
—De verdad que no te lo pediría si no fuera imposible conseguir una mesa a estas alturas —Harry sonaba verdaderamente atormentado— y si no me ayudas voy a quedar como un fracasado y Ginny seguro que me dice que no. —Hermione volvió a reírse—. Oye, deja de burlarte de mí, ¿no?
—Lo siento, lo siento —se disculpó ella. Era absurdo que pensara que Ginny no querría salir con él, pero no era ella quien para revelárselo—. Pero… ¿tú estás seguro de que Ginny quiere eso?
Harry parpadeó como si no entendiera su pregunta.
—Es lo que os gusta normalmente a las chicas, ¿no?
Hermione se dio una palmada en la frente. Cogió a Harry de la manga del abrigo y tiró de él en dirección a Madame Pudipié, soltándolo al darse cuenta de que estaban formando una escena pintoresca.
—¿A Malfoy no le molestará, verdad?
La sola implicación de que Draco pudiera necesitar su mesa para tener una cita en San Valentín hacía que el estómago de Hermione se encogiera, pero se deshizo del sentimiento con brusquedad.
—¿Desde cuándo te importa lo que a él le moleste o le deje de molestar?
—Touché.
Madame Pudipié, como cada sábado que los estudiantes iban a Hogwarts, estaba lleno a reventar, mesas enanas ocupadas bien por parejas de miradas acarameladas bien por grupitos de amigas que se sentían superiores por tomar té de flores en vez de vulgar cerveza de mantequilla.
Sin embargo, cuando la campanilla de la puerta avisó de la llegada de nuevos clientes y en cuanto la propietaria reconoció a Hermione, les dijo algo a las ravenclaws de sexto con las que estaba hablando y se dirigió hacia ella con una sonrisa.
—¡Querida, cuánto tiempo! —Después, como si su efusividad fuera ofensiva, mudó la expresión a una más solemne—. Me enteré de lo de tu familia, lo lamento.
—Gracias, Madame Pudipié.
—¿Queréis una mesa, tú y tu… —la bruja dirigió una mirada inquisitiva a Harry, pero en su trabajo había aprendido a no hacer preguntas— amigo?
—No, verá, me preguntaba si todavía tiene reservada la mesa que yo y… Bueno, la mesa en la que yo solía sentarme cuando venía.
—¡Por supuesto! Junto a la ventana, la mejor vista de toda la tetería! Esa mesa siempre llevará el apellido Nott grabado.
Hermione le agradeció mentalmente la delicadeza de omitir el otro apellido con el que normalmente iba el suyo en aquel lugar. «Mis clientes preferidos», solía llamarlos. «La pareja más prometedora».
—¿Le importaría que este año la ocupe Harry?
Madame Pudipié enarcó una ceja y su sonrisa llegaba cargada de interrogantes, pero procuró que ninguno viera la luz.
—Por supuesto.
—Muchas gracias, señora.
Cuando salieron de la tetería, Harry estaba exultante. Parecía tan aliviado de que su plan hubiera salido bien que le faltaba nada para dar saltitos de alegría.
—Una cosa menos —dijo—. Ahora solo falta que me ayudes a proponérselo.
—¡Ah, no, eso sí que no! —anunció Hermione; lo que le faltaba, inmiscuirse en una relación ajena—. Te las tendrás que apañar tú solito.
Pronto se tragó sus palabras y, movida por la pena o con la esperanza de que el calvario terminase pronto, se prestó a escuchar los descabellados planes de Harry. En los siguientes días tuvo que escuchar cinco planes distintos, aunque después del tercero se limitaba a asentir y hacer algún apunte, sabiendo que el mago la ignoraría y se quedaría dándole vueltas un par de días hasta descartar la idea.
A Hermione, secretamente, le parecía tierno el esfuerzo que estaba haciendo el chico porque su declaración fuera épica a la vez que bonita, impactante a la vez que íntima (todas palabras dichas por él). Sin embargo, pronto se dio cuenta del problema que presentaba su participación en el asunto, porque claro, no era un tema del que pudieran hablar libremente delante del resto, así que Harry inventaba excusas para que pudieran quedarse solos unos minutos. Esto empezaba a levantar sospechas entre sus amigos, y más de una vez Ron se había quedado mirándolos con una expresión rara. Hasta Ginny, que solía respetar bastante la autonomía social de los demás, le preguntó un día que por qué ella y Harry desaparecían a veces, para lo cual Hermione tuvo que inventar alguna excusa y rezar porque sonara creíble.
Ojalá llegara pronto San Valentín.
«Han visto a Harry Potter y Hermione Nott solos y muy pegados por Hogwarts».
Esas palabras no dejaban de resonar en la cabeza de Draco.
Por mucho que se asegurara que Hermione nunca se fijaría en un mindundi como Potter, cada vez era más difícil callar las voces. Sobre todo cuando él mismo los había visto salir de Madame Pudipié unos días antes.
Draco los había observado con toda la discreción que su fuerza de voluntad le permitía y a veces se aseguraba que no había nada entre ellos y otros se maldecía por creer que sí había algo.
Como si Hermione sola no bastara para enloquecerlo, ahora tenía también al inútil de Potter en su cabeza, apuntándolo con un dedo mientras se reía de él.
—Las parejas para hoy son —Draco parpadeó y se obligó a desviar la mirada, consciente de que llevaba un buen rato con los ojos fijos en Hermione; ella parecía no darse cuenta— Anthony y Hannah, Padma y Ernie, Malfoy y Ron, y Harry y yo. —No sabía qué le había sentado peor: que fuera el único al que se había referido por el apellido, que le tocara con el imbécil de Weasley o que ella y Potter tuvieran un par de horas para estar solos.
—Genial —oyó que la Comadreja mascullaba.
Draco le dedicó una mirada de desprecio.
—Qué afortunados somos, Weasley, vamos a poder disfrutar de la compañía del otro.
El pelirrojo no lo miró mientras pasaba por su lado y se encaminaba hacia las escaleras. Esa noche les tocaban las plantas superiores.
—Cuanto antes empecemos antes terminaremos.
—Tenemos que estar hasta las doce, Weasley, no quieras escaquearte tan pronto.
Ya que iba a tener que soportarlo, al menos podría hacerlo rabiar todo lo que quisiera.
Empezaron por la Lechucería, donde los sonidos de los animales maquillaban la tensión que había entre ellos. Sin embargo, cuando llegaron a la séptima planta, con su silencio sepulcral, Draco empezó a sentir que los ojos de Weasley se posaban en él con más frecuencia de la que desearía.
—Ya sé que soy guapo, Comadreja, pero no hace falta que me desgastes.
Para regocijo de Draco y pesar de Weasley, sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Eres insoportable.
Draco, en un momento de debilidad, estuvo a punto de decirle que tenía razón, pero se contuvo.
—Eso no me quita lo guapo —matizó finalmente—. ¿Estáis preparados para que os demos una paliza el próximo sábado?
Se disputaba la tan esperada final de Quidditch de la primera mitad del curso y, como era de esperar, jugarían los leones contra las serpientes. Draco no veía el momento de atrapar la Snitch y hacérsela tragar a Potter. Fantaseaba con verlo asfixiarse, la vida abandonando sus ojos mientras Draco observaba. ¿Lloraría Hermione la pérdida de su amado?
Se encontró con qué Weasley lo miraba con una ceja enarcada.
—¿Qué? Con algo tendremos que matar el tiempo. No te creas que es porque disfruto de la grandilocuencia de tu conversación.
Preferiría clavarse agujas ardiendo en los ojos, pero al menos así se llenaba la cabeza con algo que no fuera unos ojos marrones.
—Voy a pedirle a Hermione que salga conmigo.
El impacto del comentario hizo que los talones de Draco se clavaran en el suelo. Miró a Weasley, gris contra azul, y pareció que el tiempo se suspendía entre ellos. Mil pensamientos se arremolinaron en la mente de Draco, pero se obligó a tragar saliva, enlazar las manos a la espalda para contener las ganas de meterle un puñetazo, y seguir andando.
—¿Y me lo cuentas porque…? ¿Acaso me estás pidiendo permiso? —soltó una carcajada—. Conoces muy poco a Hermione si piensas que le va a hacer alguna gracia que tú y yo estemos hablando de esto.
El pelirrojo avanzó a grandes zancadas para ponerse a su altura con aire desafiante.
—Te lo digo para que no intentes interponerte.
—Hermione y yo ya no estamos juntos, así que con quien salga no es asunto mío.
Hacía tiempo que pronunciar unas palabras no le dolía tanto. Cada fibra de su ser lo estaba llamando mentiroso a gritos.
Weasley se le puso delante, obligándolo a detenerse. Inspiró hondo, cerrando los ojos momentáneamente para buscar paciencia. En algún lugar en su interior debía quedar un poco, ¿no?
—Eso lo tenemos todos claro menos tú, por cómo te comportas.
Draco entornó los ojos y le dedicó una sonrisa taimada.
—Tienes mi bendición, Weasley. Si te acepta, claro.
Rodeó al gryffindor y echó a andar de nuevo, todavía sonriendo. Sabía bien que las probabilidades de que Hermione le dijera «Lo siento, solo te veo como a un amigo» eran muy altas, así que no tenía de qué preocuparse.
Esa era la teoría.
Su cerebro, en cambio, decidió que era buen momento para recopilar todos los pequeños momentos que había visto entre Hermione y la Comadreja.
Cómo ella lo había llamado «Ron» tras pasar las navidades en su casa.
Cómo le sonreía cuando hablaban.
Cómo se había sujetado de su brazo para no caer tras un tropiezo.
Cómo de integrada estaba con su nuevo grupo de amigos.
Lo fácil que sería salir con él. Sin complicaciones, sin impedimentos.
La única manera que Draco tenía de callar esas voces era hacer que alguien se sintiera tan miserable como él.
Se dio la vuelta; Weasley se había quedado plantado en el mismo sitio y parecía realmente inseguro tras el comentario de Draco. Pero, ¿por qué detenerse ahí?
—Aunque tengo una duda, a ver si tú me la aclaras: ¿Hermione va a salir contigo o con tu amiguito Potter? —Fingió inocencia mientras añadía—: Lo pregunto porque ya he escuchado varios rumores de que se ven en secreto. —Al ver la expresión del pelirrojo supo que había dado en el clavo. Podría haber tenido un mínimo de nobleza y haberse detenido ahí—. De hecho, yo mismo los vi salir de Madame Pudipié el otro día. Seguramente estaban reservando una mesa para pasar juntos San Valentín.
Podría haberse detenido, sí, pero entonces solo estaría sufriendo él. Y eso no le parecía justo.
Aprovechando el raro sol invernal que había decidido hacer una breve aparición, los estudiantes que no tenían clase el viernes por la tarde estaban esparcidos por los distintos patios de Hogwarts, aprovechando las horas de luz que quedaban antes de que anocheciera.
Hermione, Ginny, Padma, Luna, Blaise, Harry y Ron habían llevado un mantel enorme y lo habían colocado debajo de un árbol con un hechizo para calentarse, de modo que todos estaban tumbados en él. Hermione estaba con la espalda apoyada en el tronco, hombro con hombro con Harry, mientras pasaba el dedo distraídamente por la parte suave de su pluma. Todavía no había completado el cuestionario sobre qué quería hacer al salir de Hogwarts, básicamente porque ya no tenía ni idea de si quería seguir con los planes que había hecho antes de que empezara el curso.
—Hermione, como sigas dándole vueltas va a salirte humo por la cabeza.
Blaise estaba tumbado boca arriba, con la cabeza sobre las piernas de Luna Lovegood. Hacían una combinación extraña, pero a Blaise le daba igual que Luna fuera rara y a ella, bueno, no parecía que nada le afectara.
—¿Por qué no pones «Primera Ministra» directamente? —Ginny habló sin mirarla, pero Hermione sí que clavó en ella sus ojos; los últimos días la notaba tirante, más seca. Que le dijera eso sin el más mínimo humor confirmaba que le pasaba algo—. Seguro que te lo dan. ¿Quién podría negarse?
La bruja fue a responder, pero Harry, que no parecía haberse dado de la actitud de Ginny, le siguió el juego:
—Estoy de acuerdo, así agilizas el proceso. Todos sabemos que podrías serlo si te lo propusieras.
Hermione le sonrió, pero su gesto fue recibido con un bufido por parte de Ron. Otro que llevaba varios días raro.
Aun así, la bruja decidió fingir que nada pasaba. No podía estar pendiente de cómo los demás decidieran actuar si no contaban qué les pasaba.
—¿Incluso si mi primera decisión fuera prohibir el Quidditch? —bromeó.
Harry fingió indignación.
—¡No te atreverás!
Ron se levantó de golpe y se giró hacia ellos. Parecía alterado, con las manos cerradas en sendos puños y el ceño tan fruncido que sus cejas casi se tocaban.
—¡Me tenéis harto! ¡¿Por qué no admitís que estáis juntos y terminamos ya con esta farsa?!
-N/A: ¿Qué os ha parecido? Theo ha salido de pasada, pero no os preocupéis porque en el siguiente capítulo tendrá más protagonismo (también tocará fondo). Tengo una buena noticia: ya tengo escrito el capítulo 25 y confío en que con las fiestas de Semana Santa pueda avanzar con el capítulo 24. ¡Crucemos los dedos para que pueda volver a actualizar este mes!
No olvidéis dejarme un review con vuestras opiniones :) N/A-
MrsDarfoy
