-N/A: ¡Hola! Estoy muy contenta de poder volver tan rápido y traeros un capítulo (junto con el siguiente) tan importante para la historia. Ya falta poco para vivir un cambio importante.

En el capítulo anterior me llegaron muchos menos reviews, por eso más que nunca quiero dar las gracias a las personas que sí comentaron *corazones*: sofihikarichan, LeNaMoBa, HelenaJane28, hadramine, Dani H Danvers, NoraCg, AliTroubleMaker, yuliethao, vvmamaureira, Lucitachan, Chispiss, Violeta15, Adry-scrittore, Kuromei, Lina-san, Fergrmz y crazzy76. Gracias por seguir conmigo *_* Al resto, ¡animaos! Solo tenéis que dejar algunas palabras para hacer feliz a esta escritora ;) N/A-


Into the Light


XXIV. Lo contrario de la valentía no es la cobardía, sino la conformidad. (Robert Anthony)

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Cuando Draco Malfoy atrapó la snitch, se hizo el silencio en las gradas del campo de Quidditch, como si la gente no pudiera terminar de creerse el desenlace del partido. Al final, tras unos segundos, se oyeron unos cuantos aplausos educados, aunque fueron mayores las quejas y resoplidos. Hermione, que había estado conteniendo la respiración mientras Draco y Harry peleaban por ser el más rápido, se unió a los aplausos mientras empezaba a sentir que, por algún motivo, la derrota de Gryffindor había sido culpa suya.

Aunque, si analizaba bien lo que había pasado el día anterior, puede que no fuera culpa suya expresamente, pero sí había tenido algo que ver.

Desde que Ron había soltado esa desfachatez sobre Harry y ella no habían vuelto a hablar del tema. Ni a hablar, a secas. Hermione ya no sabía qué hacer para que la gente dejara de comportarse como unos niñatos. ¿Y qué si la gente era estúpida y había empezado a hacer circular rumores sobre ellos? Ginny, más que nadie, debería saber que Harry y ella no tenían nada. Ya se lo había dicho, ¿por qué no la creía?

Bajó de las gradas y esperó en una esquina a que los jugadores se retiraran. Pasó primero el equipo de Slytherin, con Draco a la cabeza. El chico llevaba la snitch todavía en la mano, haciéndola rodar entre los dedos. Le dedicó una mirada fugaz, pero no se detuvo. Tras él iba Blaise, que no cabía en sí de la alegría de haber ganado; Hermione le levantó ambos pulgares a modo de felicitación, y el chico frenó el paso para que se uniera a él, pero Hermione permaneció donde estaba y negó con la cabeza. Tenía que hablar con Harry.

El capitán de Gryffindor iba arrastrando el paso, con los hombros caídos, la mirada al frente y los labios apretados en una fina línea. Cuando Hermione dio un paso hacia él, Harry levantó una mano y la movió de lado a lado.

—Ahora no, Hermione.

Los labios de Hermione volvieron a cerrarse, conteniendo las palabras no pronunciadas, y dio un paso atrás mientras la decepción se apoderaba de ella. Sus ojos vagaron por el resto de los implicados, pero la mirada de Ginny estaba fijada al frente con tal determinación que desechó la idea.

Decidió intentarlo con quien sabía que tendría más oportunidades de triunfar.

—Ron, ¿podemos hablar? ¿Por favor?

El pelirrojo vaciló y Hermione pudo ver cómo se debatía internamente entre hacerle caso o ignorarla. La chica se sentía mal por usar los sentimientos que Ron sentía por ella para conseguir que le hiciera caso, pero una situación desesperada requería medidas desesperadas.

—¿Qué?

Hermione lo cogió del brazo y se alejaron de la multitud, a una zona bajo las gradas a resguardo de oídos indiscretos. La bruja se plantó frente a Ron, que medía bastante más que ella, y se cruzó de brazos mientras lo miraba a la cara. Él dejó la escoba apoyada en un poste y le devolvió la mirada a regañadientes.

—¿De dónde te has sacado esa estupidez, Ronald? Es absurdo.

—Sé que no soy la persona más inteligente del mundo, pero tampoco soy idiota. —Ron se inclinó ligeramente hacia ella. Sonaba indignado—. Lleváis un par de semanas actuando raro. Y no solo lo he visto yo, se ha dado cuenta toda la escuela.

Hermione no supo qué decir. ¿Cómo podía resolver el malentendido sin revelar el secreto de Harry?

—Que pasemos tiempo juntos no significa que estemos juntos. ¿Ahora resulta que un chico y una chica no pueden ser solo amigos? —argumentó.

Ron soltó una carcajada sarcástica.

—Claro, y por eso os vieron en Madame Pudipié, ¿no? Reservando mesa para San Valentín.

Hermione palideció. Pensaba que nadie de los que había en el salón ese día les había prestado suficiente atención como para conectar tantas ideas.

—¿Quién te ha dicho eso?

Esta vez fue el turno de Ron de enrojecer. Se mordió el labio, haciendo que Hermione entornara los ojos. Acababa de pillarlo en una situación comprometida, pero todavía no sabía bien por qué. Tuvo un presentimiento.

—¿Quién? —repitió.

—Malfoy.

Hermione cerró los ojos indignada. Iba a matarlo.

—Malfoy no sabe lo que dice. Claramente lo único que quiere es meter mierda entre nosotros. —La situación era bastante desesperada si Hermione recurría a las palabrotas, pero empezaba a perder la paciencia—. Además, ¿qué hacíais hablando sobre mí?

Ladeó la cabeza, esperando una respuesta con fría calma. Ronald parecía estar arrepintiéndose de su existencia.

—Bueno, yo… —Levantó la mirada al cielo y cerró los ojos. Parecía que hablar le doliera físicamente—. Le dije que quería pedirte una cita por San Valentín. Y luego él me contó eso.

La incomodidad que transpiraban sus palabras podría haber llenado tres campos de Quidditch. A Hermione le vinieron una serie de recriminaciones y juicios, pero se dio cuenta de una cosa: tenía delante a un chico que acababa de confesar en voz alta que estaba interesado en ella. Quizás no era el mejor momento para sermonearlo. Sus hombros se relajaron e inspiró hondo lentamente. Dio un paso hacia él y posó una mano en su brazo.

—Ron...

La sonrisa de él estaba llena de tristeza cuando la interrumpió:

—No tengo mucha experiencia en esto, pero sé cuándo me están dando calabazas.

Hermione se sentía fatal, pero ¿qué podía hacer? No iba a mentirle a él y a sí misma solo para no hacerle daño. Porque la verdad era que Ron le caía bien: en el tiempo que había tenido para conocerle había descubierto que era una persona interesante y divertida, con muchas más cualidades de las que cualquiera se imaginaría.

No sería difícil aceptar con la condición de irse conociendo mejor, pero ¿qué haría si intentaba cogerla de la mano? ¿Si se inclinaba para besarla y ella no sentía nada? De la misma manera que no podía hacer que sus sentimientos por Draco desaparecieran solo deseándolo, Hermione sabía que no podía forzar unos sentimientos que no tenían ninguna base para crecer. Lo contrario sería mentir.

Le haría más daño si aceptaba, porque al final terminaría rompiéndole el corazón. Ella sabía bien cuánto dolían las astillas de un corazón roto.

—No es por ti. Y tampoco por Harry. Es simplemente que ahora mismo no puede gustarme nadie.

El intento por enmascarar su decepción y poner buena cara hizo que su cariño por él creciera; se lo estaba tomando con mucha dignidad. El pelirrojo sonrió un poco y se encogió de hombros.

—Que no se diga que no lo he intentado.

Empezaron a andar hacia la escuela en silencio por el campo vacío. Ya no había nieve, pero hacía mucho frío y el cielo nublado prometía tormenta. Un claro reflejo de lo que pasaba allí a ras del suelo.

—Oye… —Hermione se detuvo de nuevo. Sabía que lo que estaba a punto de decir podía tener consecuencias para ella misma, pero se lo debía a Ron—. Si no quieres que sigamos siendo amigos, lo entiendo.

Ron negó rápidamente con la cabeza.

—No, no. Se me pasará pronto, seguro. Además, ¿a quién se le ocurre? Una slytherin. —Fingió un estremecimiento, ante lo que Hermione protestó en broma dándole un manotazo—. Godric nunca lo permitiría.

Mientras seguían andando, Hermione se dio cuenta de lo aliviada que se sentía porque no hubiera puesto como excusa que los ayudara con las tareas; las palabras de Draco todavía resonaban en su mente, pero por fin podía bajarles el volumen.

—Entonces… ¿tú y Harry no estabais en Madame Pudipié? No me extrañaría que Malfoy fuera una rata mentirosa.

Mierda. ¿Qué hacía, le mentía descaradamente, a riesgo de que se descubriera la verdad? ¿O traicionaba a Harry?

Al final optó por ninguna de las dos cosas.

—No, eso es verdad. —Ante la mirada expectante de Ron, añadió—: Pero no te puedo decir por qué exactamente. Pero no era para estar juntos —aclaró.

El pelirrojo hizo un sonido de comprensión y preguntó:

—¿Es por Ginny? Ella también está de morros y si es por lo mismo que yo, entonces…

Parecía que era más perspicaz de lo que aparentaba.

—Habla con Harry. Sois amigos, es momento de que aclaréis las cosas.

Cuando atravesaron las puertas del castillo, la mayoría de los estudiantes estaban entrando al Gran comedor para cenar.

—Voy a cambiarme.

—Es verdad, tienes que quitarte de encima la peste a derrota —se burló Hermione.

Ron la fulminó con la mirada.

—Siempre serás una serpiente, ¿verdad?

Hermione sonrió mientras el chico subía las escaleras, pero una voz la sobresaltó:

—Ah, veo que está acompañada. —Se sorprendió al encontrarse con la profesora Trelawney. Su cuerpo instintivamente quiso huir, escapar de cualquier mal augurio que tuviera para ella. La bruja parecía aliviada tras esas enormes gafas redondas—. Es importante que no recorra sola el camino.

—Profesora Trelawney, ¿cómo está? —Hermione intentó sonar animada, pero estaba deseando marcharse. Sin esperar respuesta, añadió—: ¡Qué hambre tengo! Creo que voy a entrar. —Señaló el comedor y echó a andar—. ¡Ha sido un placer hablar con usted!

Mientras ocupaba su sitio en la esquina, sacudió los hombros, intentando quitarse de encima el mal cuerpo que se le había quedado. ¿Si iba a pasar algo grave, por que no se lo decía directamente? «Hermione, vas a morir si no haces los ejercicios de Aritmancia», algo así. Además, ¿qué camino? ¿Era real o una metáfora?

Suspiró mientras la comida aparecía en las mesas. Todavía no había tenido tiempo de servirse cuando los jugadores de Quidditch de Slytherin hicieron aparición y toda la mesa empezó a aplaudir fervorosamente.

Blaise se dejó caer a su lado con una sonrisa de completa satisfacción.

—¿No soy el mejor del universo? Estoy planteándome dedicarme a esto profesionalmente.

Hermione enarcó una ceja; Blaise era pasable, pero no lo suficientemente bueno para ir más allá, ambos lo sabían.

—Ha sido suerte, más que nada —señaló.

Blaise le robó un trozo de pastel de carne que estaba a punto de coger y le dio un mordisco.

—Yo creo que no. De hecho, deberíamos agradecerte a ti el lío que has montado con el Trío Maravilla. Nunca había visto a Gryffindor jugar tan mal —dijo con la boca llena, señalando con la cabeza hacia la mesa de los leones.

Hermione lo apuntó con el cuchillo.

—Mastica y traga antes de hablar, por favor. Volar a tanta altura te ha quitado más neuronas de las que podías permitirte perder.

Blaise, lejos de ofenderse, soltó una carcajada que hizo que varios estudiantes se giraran a mirarlos.

—Veo que alguien está muy agresiva hoy. ¿Todavía no habéis hablado del tema?

Hermione se inclinó hacia él para que el resto no los escuchara, pero fingió que seguía comiendo.

—En realidad he hablado antes con Ron, ya lo hemos solucionado.

Blaise se llevó una mano al pecho e hizo un puchero con los labios.

—¿Ya le has roto el corazón al pobre? —Levantó un dedo—. Antes de que me preguntes cómo lo sé, déjame decirte que creo que la única que no quería admitir lo evidente eras tú. El pobre leoncito se ponía del color de una langosta de fuego cada vez que lo dignabas con tu atención. —Después llevó ese mismo dedo hacia ella, dándole tres golpecitos en el brazo—. Eres una rompecorazones, señorita Nott.

Hermione puso los ojos en blanco y se giró hacia la mesa para ignorarlo, pero pronto él la volvió a atacar con preguntas:

—¿Y vas a hacer las paces con la pelirroja?

La bruja suspiró. Antes del incidente, pensaba que la amistad que Ginny y ella tenían era lo bastante sólida como para establecer una comunicación mínima entre ambas, pero se daba cuenta ahora de que se equivocaba. Y eso la ponía muy triste y la decepcionaba a partes iguales.

—No lo sé. Quizás cuando Harry hable con ella, estoy en esto por su culpa.

—Nuestras vidas serían mucho mejores si no nos gustaran los hombres —suspiró Blaise.

—O si los que nos gustaran se portaran mejor.

—Si a los veinticinco seguimos solteros, ¿qué te parece casarte conmigo e irnos a recorrer el mundo?

La propuesta de Blaise la hizo reír. Solo alguien como él podría soltar una proposición tan descabellada como esa.

—Solo si me prometes que tu madre y su marido número quince no vendrán con nosotros.

Blaise frunció la nariz con asco.

—Calla, no me recuerdes que tengo su boda en marzo. —Su expresión se iluminó—. ¿Por qué no vienes conmigo?

La expresión de Hermione, en cambio, fue de horror.

—¡Ni muerta! ¿Quieres que me persigan a maldiciones o qué?

Blaise le restó importancia con un ademán.

—Mi madre es probablemente la única persona de este país que podría casarse con un muggle y que nadie pestañeara siquiera. —En eso Hermione estaba de acuerdo; Helena Zabini tenía una facilidad pasmosa para o bien ignorar a la alta sociedad o bien que aceptaran cualquier decisión que tomara—. Seguro que no le importa. ¿Por favor? —alargó la última «o» y juntó las manos a modo de súplica.

—Bueno, ya veremos.

Sabía que si Blaise volviera a insistirle acabaría aceptando. Solo por él iría a un evento donde se encontraría con gente que la miraría por encima del hombro, pero Blaise había sido un amigo de verdad cuando el mundo le había dado la espalda. Era lo mínimo que podía hacer.

—Por cierto, ¿ya has completado el cuestionario sobre tus opciones laborales?

El mago rio como si hubiera dicho lo más gracioso del mundo.

—No pensaba que me hiciera falta. Tengo la herencia de mi padre y algún día mi madre morirá y me dejará todo el dinero que les ha sacado a sus maridos, así que…

—Pero ¿no te gustaría hacer algo con tu vida que no sea dilapidar tu herencia?

El mago se quedó en silencio, meditando sus palabras mientras comía.

—¿Hasta cuándo tenemos para hacerlo?

—Mañana. El lunes por la mañana a más tardar —concedió.

Blaise resopló.

—No me gusta esto de hacernos adultos y tener que pensar en el futuro.

Hermione soltó un suspiro.

—A mí tampoco. Al final terminaré aceptando su propuesta solo para que me mantengas.

La mañana siguiente, Daphne la interceptó mientras se levantaba de la mesa del desayuno.

—Buenos días. —Hermione se preguntó cómo se lo hacía para parecer siempre tan contenta. ¿Cuál era su secreto? ¿Tener la vida solucionada, quizás? ¿No tener dramas familiares?—. ¿Tenéis reunión de prefectos?

Hermione iba cargada con los cuestionarios de todo el mundo, así como la lista de alumnos para las sesiones de estudio. Cogió la que Daphne le ofrecía y la colocó encima del resto. Empezaron a andar juntas hacia la salida.

—¿Moda? —Era la única casilla que la rubia había marcado.

Daphne sonrió, un poco avergonzada.

—Bueno, es la única opción que me interesa de toda la lista y sobre todo la única que a mis padres les parecerá bien.

Qué triste era pertenecer a una familia que te lo podía dar todo y estar tan constreñida por absurdas limitaciones sociales, pensó Hermione.

Como todavía faltaban unos minutos para la reunión, se sentaron en uno de los muros bajos que rodeaban el patio. Daphne se recolocó un mechón que se le había soltado de su perfecto peinado y sonrió.

—¿Qué has elegido tú?

Hermione se mordió el labio.

—Relaciones Mágicas Internacionales. Seguridad Mágica… Varios departamentos del Ministerio. Todavía no tengo claro qué quiero hacer —admitió—, así que he marcado varias opciones.

—Eso está bien. De todas formas el curso todavía no ha terminado, tenemos tiempo para pensar. —Eso era precisamente lo que Hermione no quería: verse atrapada en la espiral de pensamientos sobre su futuro. En parte, era algo que envidiaba a Daphne, Blaise y los demás: el no tener que decidir—. Por cierto, ¿vas a ir a Hogsmeade por San Valentín, no?

La bruja había bajado el tono y se había acercado a Hermione, quien permaneció con expresión impertérrita.

—No.

Daphne la miró extrañada.

—Pero había oído que…

—Sí, sí, Harry.

—O Ronald Weasley.

Hermione se llevó una mano a la frente y después se masajeó el puente de la nariz. En Hogwarts había oídos muy agudos y lenguas demasiado afiladas.

—Harry y Ron son solo amigos y eso definitivamente son rumores sin fundamento. Mi plan es el mismo que siempre: quedarme aquí, estudiar.

Daphne parecía decepcionada y hasta la miró como compadeciéndose. Claramente, lo peor que le podía pasar a una chica era no tener una cita para San Valentín.

—Yo iré con Theo. Me lo pidió el otro día.

Por su expresión, Hermione intuyó que Daphne estaba emocionada y quería que Hermione se alegrara por ella.

Lo intentó.

—Ah, ¿sí? ¡Qué bien!

No debió de lograrlo, porque la expresión de Daphne se ensombreció.

—¿No te alegras? Sé que Theo y tú no os lleváis bien, pero pensaba que…

—No, no, de verdad que me alegro —la cortó Hermione—. Es solo que… —¿Cómo decirle que Theo le estaba mintiendo y que probablemente nunca sentiría por ella algo más que afecto—. No lo sé, no me parece que Theo esté tan bien emocionalmente como para salir con alguien. Ya sabes, después de mamá, el juicio…

La perfecta piel de la frente de Daphne se arrugó al fruncir el ceño.

—¿Qué quieres decir? ¿Crees que estar conmigo es malo para él? —Hermione posó una mano en el brazo de la chica para tranquilizarla, pero esta se sacudió y se levantó—. ¿O que no le gusto de verdad?

El mero hecho de que fuera Daphne y no Hermione quien lo sugiriera dejaba entrever que la rubia se había dado cuenta de que algo iba mal, pero se negaba con todas sus fuerzas a admitirlo.

Hermione habló en tono conciliador, pero sincero.

—Lo único que quiero es que no te utilicen, Daphne.

Varios estudiantes que pasaban se quedaron mirando, pero Hermione les devolvió una mirada que les invitaba a continuar su paso, así que las dos jóvenes volvieron a quedarse solas.

—Lo que te pasa es que estás celosa —espetó Daphne. Casi parecía mentira que unas palabras tan duras pudieran salir de sus labios. Blaise tenía razón: los hombres eran un problema— porque antes eras la única mujer en su vida y ahora ya no quiere saber nada de ti.

Hermione bufó, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

—Mira, Daphne, ojalá me equivoque. Ojalá todo os vaya bien y salgáis de Hogwarts juntos y enamorados, si eso es lo que quieres. Pero si luego resulta que no es así no digas que no te lo advertí.

Daphne se marchó a grandes zancadas después de dedicarle una mirada dolida. En ningún momento Hermione había querido herirla, pero ¿qué otra opción tenía? No tenía agallas para ver cómo su hermano llevaba adelante ese plan indigno para hacer ver al mundo que era «como los demás». Lawrence debía estar frotándose las manos desde la cárcel.

Lo peor de todo era que había perdido otra amiga. Algún defecto debía de tener si siempre conseguía que la gente a su alrededor se enfadara. Con este lúgubre pensamiento se dirigió a la reunión de prefectos.


El primer miércoles del mes empezaban las sesiones de estudio. No había sido cosa de Hermione, pero estaba tan nerviosa como si su correcto funcionamiento determinara el triunfo o el fracaso de la bruja.

Usarían los espacios insonorizados que había al final de la biblioteca para las tutorías. Había una mesa para cada asignatura: Draco estaba en Pociones, con dos estudiantes que lo observaban atemorizados (Neville Longbottom se encogía ligeramente cuando Draco pasaba por su lado); y Padma se encargaba de Aritmancia y Estudios Muggles. Hermione iba pasando por las mesas cuando la necesitaban, pero por lo general se estaba formando un agradable ambiente de compañerismo: todos se ayudaban entre sí.

La bruja le dedicó una sonrisa a Harry, que estaba en la mesa de Historia de la Magia con Ron y Anthony Goldstein. Blaise se había ubicado en una esquina de Herbología y, aunque no había demostrado interés alguno en estudiar, sí se había presentado para mostrar su apoyo, según él.

Se acercó a Padma, que acababa de explicarle a un estudiante de su clase de Aritmancia cómo funcionaba una runa especialmente complicada.

—Parece que va todo bien, ¿no?

La ravenclaw asintió. También estaba emocionada ante el proyecto.

—Aunque seguro que cuando se acerquen los exámenes no cabemos. Y con los ÉXTASIS ya ni te digo. —Su expresión se volvió seria y apuntó hacia un lugar con la barbilla—. Esto nos pasa por decir que iba bien: lo hemos gafado.

Neville Longbottom parecía al borde de las lágrimas mientras Draco le decía algo con los brazos cruzados y su habitual expresión de superioridad. El otro estudiante que había en la mesa, un hufflepuff de sexto, no se atrevía ni a respirar por no llamar la atención del slytherin.

Hermione levantó la mirada al cielo antes de entrar en la zona de esa mesa.

—¿Qué pasa aquí? ¿Longbottom?

—Es que no termino de entender…

—Si no logras comprender por qué las propiedades de las escamas de las salamandras de fuego y las raíces del árbol de la vida no pueden mezclarse yo ya no puedo hacer nada —lo cortó Draco—. Mi única opción es tatuártelo en la frente a ver si así se te queda en esa cabecita hueca que tienes, Longbottom.

Hermione, sin decir nada, cogió a Draco de la muñeca y lo arrastró a otra zona donde no los escucharan.

—¿Te parece normal que llevemos solo quince minutos y el pobre chico esté a punto de echarse a llorar?

Draco enarcó ambas cejas, como si fuera incapaz de creer lo que escuchaba.

—¿Ahora tengo yo la culpa de su inutilidad?

Hermione inspiró hondo. Mentiría si dijera que ella no perdía la paciencia a veces también con gente que tenía menos facilidades para el estudio, pero estaba tratando de mejorar.

—No —concedió—, pero no te cuesta nada ser más amable, Draco.

—¿Ahora sí que soy «Draco»?

La bruja puso los ojos en blanco.

—No discutamos, por favor. ¿Podemos no discutir una vez, aunque sea? ¿Por favor?

La postura de Draco se relajó, para sorpresa de ella, y asintió.

—Intentaré que Longbottom no sea humillado en clase por Snape. Pero no prometo nada —añadió.

Hermione sonrió, pero borró rápidamente el gesto. Sabía cómo de peligroso era un Draco con la guardia baja. Una conversación amistosa con él y su corazón ya le susurraba que no era tan malo.

La hora pasó rápido y en nada Hermione se encontró recogiendo sus cosas para salir. Sus amigos hicieron amago de esperarla, pero les indicó que podían ir yendo sin ella. Se entretuvo guardando un par de libros en las estanterías, pero cuando salió de la biblioteca vio que no estaba sola. Theo estaba reclinado contra la pared, mirando por la ventana con expresión seria. Cada vez que lo veía parecía más y más apagado.

—Si venías a la sesión de estudio, llegas una hora tarde.

Hermione intentó pasar de largo, rezando en su interior para que su hermano no buscara pelea. Estaba harta de fingir que sus encontronazos no le hacían daño.

—¿Qué coño le has dicho a Daphne?

Cerró los ojos un segundo antes de girarse hacia él.

—No sé a qué te refieres.

Theo parecía calmado, pero Hermione podía ver la furia tras sus ojos.

—No nos insultes a ambos haciendo como que no lo sabes, Hermione, no te pega.

Hermione chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Tú mejor que nadie sabe lo que es fingir, ¿verdad, Theo? —Su comentario había desarmado a Theo, cuya expresión se había vuelto de vergüenza—. No le hagas esto a Daphne. Ni a ti mismo.

—Siempre hablando de lo que no te incumbe —masculló él—. ¿Por qué no nos dejas en paz y te centras en tus nuevos amigos? Se dice que estás muy ocupada.

La implicación de sus palabras cabreó a Hermione. Su hermano nunca había sido de los que hacían ese tipo de comentarios de mal gusto. Pero, claro, ¿quién era el chico que tenía delante? No más que una sombra, una foto desenfocada del chico siempre alegre y considerado con el que ella había crecido.

Con la muerte de su madre Hermione había enterrado su estilo de vida y Theo su mismísimo ser.

—Al menos yo no le estoy mintiendo a nadie. No he dejado a la persona a la que quería y la he cambiado por alguien más aceptable socialmente —espetó—. ¿Sabe Daphne que preferirías estar con Blaise pero te conformas con ella? ¿En qué tipo de persona te convierte eso?

Theo soltó una carcajada seca y entornó los ojos.

—Ahí estás. Creías que por cortarte el pelo —dijo, señalando sus rizos desordenados; Hermione no pudo evitar pasarse una mano por ellos— y juntarte con algunos gryffindors ibas a quedar como la víctima, la pobrecita a la que habían hecho tanto daño y que a pesar de eso había conseguido reponerse. —Su voz estaba cargada de maldad—. Pero en cuanto te dan la oportunidad sale tu verdadero yo.

Las lágrimas amenazaban con anegar los ojos de Hermione, pero eso no le impidió responder:

—Sí, a veces soy cruel y mis comentarios pueden sonar descarnados. Y a veces me creo mejor que los demás porque saco buenas notas. ¿Qué te crees, que no lo sé? Soy consciente de mis defectos, te encargas de recordármelos siempre que puedes. —Lo señaló con la mano—. Pero al menos no voy mintiendo a la gente.

Theo resopló y la observó con una expresión entre la diversión y el desprecio.

—¿Le preguntamos a Draco, a ver qué opina?

Las palabras resonaban en el pasillo vacío e hicieron eco en la cabeza de Hermione. No podía replicar, aunque quisiera, porque sabía que, en parte, tenía razón. Podría haberse justificado, pero ¿para qué hacerlo ante alguien tan predispuesto en su contra?

—Nos hemos convertido justo en el tipo de personas de las que padre estaría orgulloso: vengativas, resentidas, crueles. —La voz de Hermione había perdido fuerza; estaba demasiado cansada—. Espero que estés contento: por fin conseguirás esa aprobación que tanto necesitas.

Theo acortó la distancia que los separaba y la apuntó con un dedo.

—Deja de hablar así de mi padre o…

—¿O qué? —una voz femenina los interrumpió—. ¿Qué pasa aquí, Nott?

Ginny Weasley estaba a unos metros de ellos cruzada de brazos. En una mano llevaba la varita. No parecía dispuesta a irse ni a dejarse amedrentar.

Theo se enderezó y cuadró los hombros. Mirando a Hermione de reojo, advirtió:

—Mantente bien lejos de Daphne.

Hermione apretó los dientes mientras su hermano se marchaba, pasando de largo por delante de Ginny, quien lo vigilaba con expresión amenazante.

Una vez solas, Hermione se secó las lágrimas furiosamente con la manga de su uniforme y echó a andar. Lo único que quería era tumbarse en la cama y esperar a que el sueño la atrapara.

—Si tú también quieres discutir, busca otro día. Hoy ya he llenado el cupo.

Ginny se interpuso entre ella y las escaleras y, por primera vez en las últimas semanas, no parecía molesta ni disgustada por tenerla cerca.

—No, espera, por favor. Quería… Quería pedirte perdón. —La pelirroja miró hacia un lado; parecía demasiado avergonzada para enfrentarse a Hermione—. He hablado con Harry y ya me ha dicho…

Llegadas a ese punto, Hermione se puso a llorar, dejando que el agotamiento emocional que arrastraba desde hacía días se apoderara de ella.

—¿Tú sabes lo mal que lo he pasado? —espetó con la voz rota por las lágrimas—. Llevo semanas preguntándome qué he hecho tan mal para que no me hables. Sintiéndome insignificante porque pensaba que éramos amigas y resulta que no te importo lo suficiente como para hablar las cosas como personas maduras. —No acostumbraba a desnudar sus sentimientos de esa manera, pero después de Theo si no se lo sacaba de dentro acabaría explotando—. Te dije en navidades que Harry no me gustaba. ¿Por qué no me creíste, Ginny? ¿Tan mentirosa y traicionera te parezco?

Necesitaba que alguien le dijera que las palabras de Theo no eran verdad, que no era una persona tan horrible. Que sus esfuerzos valían la pena.

Esta vez le llegó el turno de ponerse a llorar a Ginny.

—He sido una amiga horrible. Tendría que haberte creído y no puedo creer que haya dejado que un chico se interponga en nuestra amistad. Hermione —la pelirroja la cogió de la mano que tenía libre—, por favor, perdóname. Te prometo que no volverá a pasar.

Hermione inspiró hondo y observó a Ginny con atención. La chica parecía realmente arrepentida y ella, para ser sincera, echaba de menos a su amiga. Eran muy distintas, pero se entendían bien en muchos aspectos. Le había tomado un cariño especial.

—Está bien. —Se abrazaron, dejando que la tensión de los días anteriores se esfumara con la presión de sus brazos sobre la otra—. Espero que Harry valga la pena tantos disgustos —bromeó, secándose las lágrimas.

Ginny rio. Entrelazaron los brazos y empezaron a subir las escaleras.

—¿Te ibas a dormir ya?

Hermione negó con la cabeza.

—Demasiadas emociones. ¿Quieres venir un rato a mi sala común?

Una vez instaladas en el sofá, Hermione quiso saber qué había pasado exactamente.

—Harry me dijo que todo había sido culpa suya, que te había pedido ayuda para organizar una cita de San Valentín conmigo y no se había dado cuenta de que la gente había empezado a hablar de vosotros. —Ginny apoyó mejilla en el respaldo del sofá para estar de cara a Hermione—. ¿Cómo es posible que tenga tan pocas luces? ¡Es prefecto! ¡Se supone que es el mejor de vuestro año!

Hermione rio y se giró para quedar mirando al techo.

—Imagínate el nivel de Gryffindor. Además, ¿qué podíamos esperar? Los chicos suelen ser muy obtusos.

—Tampoco es que nosotras estemos mucho mejor —señaló Ginny—. Así que has rechazado ser mi cuñada, ¿eh?

Hermione se llevó una mano a la boca.

—¿¡Ron te lo ha contado!?

Ginny se incorporó y la miró con los ojos muy abiertos.

—¡Así que es verdad! Solo tenía mis sospechas, pero acabas de confirmármelas. Ron no me lo habría contado ni en un millón de años. ¿Te imaginas a Ron hablándome de sus sentimientos? Podrían romperle la nariz con una bludger y él aseguraría que no le duele.

—Es verdad —concedió Hermione con un suspiro—. No me gustó nada tener que hacerle daño, pero no podía aceptar. ¿Lo entiendes, no?

Ginny asintió, cruzándose de piernas sobre el sofá.

—Malfoy te ha dejado tocada, ¿eh?

Hermione se miró las manos mientras se encogía de hombros.

—Iba a casarme con él. Eso no se olvida en dos días. —Miró el lugar donde unos meses antes habían cortado, apenas a unos metros de donde estaban sentadas—.Aunque tu hermano es guapo, eso tengo que admitirlo. Puedo entender por qué Lavender Brown no se cansa de perseguirlo.

Ginny puso cara de asco.

—Ugh, no hables así de mi hermano, por favor. Para mí siempre será el niño larguirucho que echó leche por la nariz un día de reírse.

Hermione soltó una carcajada y se obligó a recordar la anécdota: nunca se sabía cuando podría utilizarla.

—Entonces, ¿Harry por fin te ha pedido la dichosa cita de San Valentín? Más te vale haberle dicho que sí u os mato a los dos y finjo que ha sido un accidente.

Una sonrisa contagiosa se abrió paso en el rostro de la pelirroja.

—Ya era hora, ¿sabes? Estaba desesperándome.

—Podrías habérselo pedido tú.

—Me daba miedo. Es amigo de mi hermano. ¿Y si me rechazaba?

Era curioso como una de las chicas más guapas de Hogwarts se mostraba tan insegura. Ginevra Weasley podría salir con quién quisiera y, en cambio, llevaba meses, quizás años, esperando que el mejor amigo de su hermano se le declarara.

El corazón funcionaba de maneras misteriosas.

—Solo espero que si empezáis a salir no seáis de esas parejas que se pasan el día pegadas.

Ginny puso los ojos en blanco.

—Ni siquiera nos hemos besado. Técnicamente no estamos saliendo, solo es una cita.

Esa información hizo que Hermione negara con la cabeza, contrariada.

—Lo mato, definitivamente lo mataré.

—Por cierto, ¿fue sugerencia tuya lo de ir a Madame Pudipié?

—De Harry. ¿Por qué?

En el rostro de Ginny se podía leer que no habría sido su primera opción. Hermione estaba de acuerdo.

—Nada… Es que no nos pega mucho a ninguno de los dos, ¿no?

—La verdad es que no. Creo que Harry piensa que a ti te haría ilusión.

La pelirroja se cruzó de brazos.

—Parece que no me conozca.

—Pues tienes suerte de que me tuviera a mí para guiarlo: si por él fuera, iba a pedírtelo delante de todo el colegio. Tenía pensado poner hechizos que lanzaran corazones al aire y todo.

Ginny la miró espantada.

—Harías que cambie de opinión, espero.

—Claro. Me parecía hortera hasta a mí. A lo mejor tendrías que hablar con él sobre cómo queréis que avance vuestra relación. No a todo el mundo le gustan las citas románticas a la luz de las velas y todo eso. —A ella sí, pero sabía que Ginny y ella no podían ser más distintas en ese aspecto.

—Sí, tendré que hacer algo.

Las semana y media que faltaba para San Valentín pasó con una rapidez asombrosa, para suerte de todos aquellos que no tenían pareja o prospectos de tenerla después del catorce de febrero. El ambiente estaba impregnado de miradas furtivas, corazones con iniciales dentro y propuestas, algunas afortunadas y otras erradas. A Hermione le dolían los ojos de ponerlos en blanco cada vez que alguien mencionaba el sábado.

Por suerte, ya era sábado por la mañana. Pronto la mayoría de los tortolitos se irían a Hogwarts a pasar el día y le dejarían el castillo en paz, porque los desdichados de primero y segundo no tenían permitido salir, pero tampoco frecuentaban los mismos sitios que ella, así que por fin tendría su tan ansiada paz.

Justo cuando ya estaba terminando de desayunar, le llegó una nota por lechuza. Miró a su alrededor, extrañada al reconocer la letra de Ginny, y se dio cuenta de que la chica no estaba desayunando con ellos. Cuando la abrió, enarcó ambas cejas ante el contenido.

—¿De quién es? ¿Algún admirador secreto?

Para su desgracia, tenía a Lavender Brown sentada justo enfrente. Hermione empezaba a pensar que desayunar con los leones estaba sobrevalorado. En su mesa la única molesta era Parkinson, pero al menos se sentaba lejos de ella.

Hermione se guardó la nota en el bolsillo y sonrió con afectación en dirección a Lavender, ignorando el tono burlón que había usado para su pregunta.

—Si no terminas pronto de desayunar llegarás tarde a Hogsmeade, Brown.

Lavender no tenía cita para San Valentín y Hermione lo sabía. También sabía que no estaba bien humillarla así, pero no podía evitarlo: no la soportaba. Podría haber sido peor, podría haberle explicado que el chico que a ella le gustaba le había pedido salir a ella, pero no quería llegar a esos niveles de crueldad. Y apreciaba demasiado a Ron para usarlo en contra de Lavender.

—Harry —se giró hacia el chico, que estaba conversando con Longbottom y Thomas—, ¿has terminado? Acabo de acordarme de que tenemos una cosa que hacer. Tareas de prefectos.

Harry bufó y se levantó de mala gana. Ron hizo amago de imitarlo, pero Hermione lo detuvo.

—Solo Harry. Tú desayuna tranquilo, si te necesitamos ya te avisaremos —añadió, dedicándole al pelirrojo una mirada cargada de significado.

La expresión de desconfianza de Ron desapareció y volvió a sentarse sin poner resistencia.

Cuando salieron del Gran comedor, Hermione echó a andar, seguida por un Harry confundido.

—¿En serio tenemos que hacer una cosa ahora? Voy a llegar tarde a…

—Será muy rápido. Dumbledore me ha pedido que inspeccionemos una de las gradas del campo de Quidditch.

«Merlín, por favor, haz que Harry me crea. No se me ocurre ninguna excusa mejor».

Para suerte suya, el chico no protestó y la siguió de mala gana. Cuando llegaron al campo, Hermione se detuvo, mirando a su alrededor con preocupación. Solo había una escoba en el suelo, pero ni rastro de nadie más.

—Bueno, ¿cuál es? —preguntó Harry, mirando las cuatro gradas que rodeaban el campo.

En ese momento algo entró volando en su campo de visión. Nunca antes Hermione se había alegrado tanto de ver a Ginny. La pelirroja iba montada en su escoba. Se detuvo a unos metros de ellos y desmontó.

—Gracias, Hermione, eres la mejor.

La bruja sonrió y asintió. Después, le guiñó un ojo a Harry.

Se marchó de allí, dejando a la pareja a lo suyo. Mientras se iba, escuchó a Ginny decir:

—Tengo un reto para ti, Potter: si atrapas la snitch antes que yo, te pediré salir. Pero si lo hago yo primero, tendrás que hacerlo tú.

Harry soltó una carcajada.

—Te recuerdo que soy el buscador del equipo y tú solo una guardiana. Además, ¿ qué gano yo con eso? Vamos a terminar saliendo igualmente.

—Sí, pero no cualquiera puede decir que Ginevra Weasley se le ha declarado.

Hermione sonrió para sus adentros. Cuando había leído la nota de Ginny pidiéndole que llevara a Harry al campo de Quidditch con cualquier excusa que se le ocurriera, su primer pensamiento había sido que su amiga estaba loca, pero ahora lo entendía: Ginny había decidido que su relación con Harry empezaría como a ellos les gustara, no como las estúpidas normas adolescentes dictaban. Sin duda, les pegaba mucho más un enfrentamiento en Quidditch que una cita ñoña en Madame Pudipié.

Qué bonito era el amor correspondido. Qué fácil era.

Cuando llegó al castillo, la mayoría de los alumnos ya habían salido para Hogsmeade. Solo quedaban algunos rezagados, entre los que se encontraba Pansy Parkinson. Intercambiaron una mirada fugaz antes de que Hermione pasara de largo. Pansy, por supuesto, no podía dejar que las cosas se quedaran así.

—Vaya, Hermione, creía que estarías con tu cita en estos momentos. ¿Qué ha pasado? ¿Te han dejado tirada a última hora? Qué desperdicio de mesa…

Hermione puso los ojos en blanco, pero decidió ser magnánima y no arruinarle el día con un comentario afilado, así que siguió andando. Sin embargo, algo en el comentario de Pansy se quedó molestando en su mente.

Había quedado con Ron y Blaise (era una combinación extraña, pero a esas alturas Blaise ya se juntaba con quien fuera) para pasar el día, pero justo cuando llegó donde ellos estaban se dio cuenta de que hasta que no solucionara el problema no dejaría de pensar en él.

—Chicos, lo siento, pero tengo que ir a Hogsmeade.

Ron miró de reojo a Blaise, horrorizado por tener que quedarse solo con él.

—¿Por qué?

—Harry y Ginny no irán a Madame Pudipié y hay tantas parejas que se habrán quedado sin reserva que me sabe mal que no le den su mesa a alguien más —explicó. Al ver la duda en Ron, añadió—: Luego te explico por qué.

—¿No quieres que te acompañemos? —ofreció el pelirrojo.

Hermione negó con la cabeza.

—Será una hora como mucho. Vuelvo enseguida.

Blaise sonrió en dirección al gryffindor.

—Tenemos una hora para conocernos mejor, Ronald, ¿no te parece fantástico?

—Claro, era justo lo que yo quería —masculló el otro, claramente deseando que la tierra se lo tragara.

El camino a Hogsmeade estaba prácticamente desierto, porque todo el mundo estaba ya en Madame Pudipié o dando una vuelta por el pueblo. Hermione se acordó de las palabras de la profesora Trelawney y un escalofrío recorrió su columna vertebral. Se llevó una mano al bolsillo, pero se maldijo internamente al recordar que había dejado su varita en su habitación.

—No seas cobarde, Hermione, no va a pasarte nada —murmuró, buscando un poco de valor en su interior.

Llegó a Hogsmeade con el corazón acelerado, sintiéndose tonta por el miedo infundado que había tenido. Recorrió las calles bulliciosas hasta que llegó a Madame Pudipié. La cola llegaba hasta la esquina.

—¿Qué le ha dado a todo el mundo con San Valentín? —masculló mientras pasaba de largo por delante de las parejas que la miraban con curiosidad.

Oyó varias protestas y acusaciones de que intentaba colarse, pero hizo oídos sordos. De lejos vio a Draco, Crabbe y Goyle entrando a Las Tres Escobas. El rubio la miró por un breve instante, pero Hermione tuvo que desviar la mirada cuando una mano le barrió el paso. Su dueño tenía los ojos verdes entornados clavados en ella.

—¿Qué haces?

Daphne, cogida del brazo de Theo, hizo como si no existiera. Hermione tragó saliva.

—Si me dejáis pasar, solo quería…

—Siempre molestando, Hermione. ¿Por qué no te vas? No tienes a nadie con quién estar aquí. Nadie te quiere aquí.

Miró a su hermano, sin entender el porqué de la crueldad con que se dirigía a ella. Había hecho lo que él le había pedido, no había vuelto a hablar con Daphne ni había estado en contacto con él de manera directa o indirecta. ¿Por qué siempre tenía que hacerla sentir insignificante?

—Vete a la mierda, Theo.

Se dio la vuelta, sin importarle ya si la mesa se quedaba vacía o no, y emprendió el camino de vuelta a Hogwarts. Hacía frío, así que se arrebujó mejor en su abrigo mientras luchaba contra las ganas de llorar. Odiaba a su hermano. Odiaba que siguiera importándole tanto.

¿Por qué le había costado tan poco dejar de quererla?

Iba tan enfrascada en sus pensamientos que tardó unos cuantos minutos en darse cuenta de que estaba sola. Ahora sí que no había un alma en el camino. Solo ella y su respiración.

Hasta que dejó de estar sola.

Empezó a escuchar unos pasos que la seguían. Al principio sonaban lejos, solamente unas botas contra la tierra, pero fueron acercándose rápidamente. Apretó los dientes y se dio la vuelta, dispuesta a enfrentarse a Theo si es que había decidido perseguirla para discutir otra vez.

Sin embargo, se encontró con una persona encapuchada.

—Volvemos a encontrarnos, zorra.

La voz le sonaba, pero durante unos segundos no pudo ubicarla. Sin embargo, su cuerpo, más inteligente que ella, reaccionó instintivamente y el pánico se instaló en su pecho. Cuando la mano del desconocido bajó la capucha, bajo ella descubrió a un Marcus Flint más delgado y lleno de más odio si cabía.

Lo peor era que llevaba su varita en la mano, que levantó lentamente hacia Hermione.

—Flint… —Hermione fue más consciente de nunca de que iba desarmada. Dio un par de pasos atrás y miró brevemente a su alrededor, para ver si algo o alguien podía ayudarla.

—Estamos solos, Hermione. ¿Qué vas a hacer ahora? —la sonrisa retorcida de Flint y el brillo maníaco en sus ojos indicaban cuánto tiempo llevaba esperando ese momento.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Hermione.

Evaluó rápidamente su entorno. A su derecha estaba el bosque, pero corría peligro de tropezar o encontrarse con algo mucho peor. No era probable que nadie pasara por allí en esos momentos, porque ¿quién querría volver al colegio cuando todavía le quedaban horas en Hogsmeade? Y como solo faltaban quince minutos para llegar al castillo, ya entraba en vigor el hechizo anti-Apariciones. Maldito Dumbledore y sus medidas de seguridad inútiles.

Hermione estaba atrapada. Frente a ella había un mago armado y deseoso de venganza, por cómo la miraba.

No podía dejar que la atrapara. Quién sabía qué querría hacerle.

O si la dejaría ir con vida.

Al final, sin pensárselo mucho, se dio media vuelta y echó a correr. Si conseguía llegar a la curva del camino podría distanciarse lo suficiente para…

Sus pensamientos se evaporaron cuando la maldición Cruciatus impactó contra su espalda.


-N/A: Ups. Siento dejaros así, pero ¡buenas noticias!: el siguiente capítulo ya está escrito, solo me falta revisarlo, así que en una semana (o un poco más) tendremos la continuación de esta historia.

Espero haberos dejado con varios momentos sobre los que podéis reflexionar: ¿Qué pensáis de Ron? En los fics siempre lo pintan de niñato siempre rabioso e inmaduro, pero creo que podemos darle puntos por madurez aquí. ¿Vosotras habríais perdonado a Ginny tan rápido? ¿Están Theo y Hermione en un punto sin retorno? ¿Qué hipótesis tenéis para la continuación?

¡Nos leemos pronto! N/A-

MrsDarfoy