-N/A: Ha llegado el momento, por fin hemos llegado al capítulo que escribí hace casi dos años, cuando en la historia Draco y Hermione acababan de cortar. Se trata de un capítulo emocional, que marca un antes y un después en la historia, y no fue fácil tomar esta decisión, pero es la única que tenía lógica para mí. La cita que he elegido para presentar el capítulo es bastante significativa, ya os podéis hacer una idea de lo que viene. Pero os prometo que a partir de ahora mejorará (con algunas excepciones).

Mil millones de gracias a Fergrmz, hadramine, Gaby Grey, Dani H Danvers, NoraCg, Ali TroubleMaker, EuniceRc, Lina-san, vaale lagos, vvmamaureira, sofihikarichan, Tere, Violeta15, Love'sHeronstairs, Hakerenit CasRiv, LeNaMoBa, Lucitachan, fransanchez, Ryuuha Boon, HelenaJane28, Claudia Porras, Adry-scrittore, Valeria y un guest por vuestros reviews. Me ha puesto muy contenta ver caras conocidas y otras nuevas. Vuestro apoyo lo es todo y me ha encantado responder a los comentarios. N/A-


Into the Light


XXV. No te odio, te amo. Pero amarte me está matando, así que esto es un adiós, incluso si no debe ser así. (Nikita Gill)

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Hermione despertó como activada por un resorte y dio una gran bocanada de aire, pero se dejó caer sobre la cama inmediatamente, mareada por el repentino regreso al mundo corpóreo. Unas manos acudieron raudas a ayudarla, pero la bruja saltó ante el contacto, su cuerpo todavía en modo defensivo.

—Disculpe mi torpeza, señorita Nott. Qué poco delicado por mi parte —oyó que decía una voz femenina.

Pese al mareo y el nudo en su estómago, Hermione hizo un esfuerzo por abrir los ojos. Parpadeó varias veces y a su alrededor se dibujaron dos figuras: un anciano con larga barba blanca y túnica azul celeste a los pies de su cama y una mujer mayor a su lado, con ropa oscura y expresión adusta. Sin embargo, podía verse preocupación en sus ojos.

¿Por qué McGonagall la miraba así?

Hermione se llevó una mano al a cabeza, pero siseó al sentir un dolor en los músculos del hombro derecho. Entonces recordó lo que había pasado.

Marcus Flint, saliéndole al paso en su vuelta a Hogwarts.

La cara con que la había mirado, como si acabara de encontrarse con el caldero de oro al final del arcoíris. Solo que su expresión no era de alegría, sino de malicia.

«Por tu culpa me echaron, zorra. ¿Te crees muy lista, verdad? Pero no podrás hablar más si lo único que haces es gritar».

No había faltado verdad en sus palabras.

Hermione abrió los ojos de golpe. ¿En qué momento los había cerrado? Pero eso no era lo importante ahora. «Céntrate». Ella no era la única que había llenado la fría mañana de febrero con sus gritos. Había alguien más, sí… Alguien había dicho su nombre.

Se incorporó con dificultad y la almohada se movió mágicamente para que se acomodara mejor. El director permanecía en el mismo lugar de antes, observándola. Esperando.

—¿Quién…?

McGonagall fue quien respondió.

—El señor Flint ya está en manos de los aurores. No tiene nada de que…

Hermione negó con la cabeza. No quería dedicarle ni un minuto más de su tiempo a ese malnacido. No después de que su cuerpo la traicionara y se estremeciera cada vez que pensaba en su sonrisa torcida y su varita apuntándola.

El dolor del cuchillo sobre su piel mientras le marcaba «Sangre sucia» no había sido nada comparado con el dolor indescriptible de los Cruciatus. Nada.

Sus ojos volvieron a Dumbledore.

El hombre sonrió levemente antes de cruzar las manos a la espalda y dirigirse a la puerta. La abrió y Hermione contuvo la respiración, pero soltó el aire con decepción cuando vio que al otro lado solo estaba el jefe de su casa.

—¿Todavía no ha aparecido?

Snape echó un vistazo a Hermione y, cuando determinó que estaba lo suficientemente bien como para no molestarse en inquirir por su estado, le dedicó una de sus habituales muecas a Dumbledore.

—Si sabe lo que le conviene, no aparecerá.

Snape volvió a salir al pasillo, cerrando la puerta tras él, pero Dumbledore movió la varita y volvió a abrirla, dejándola entreabierta antes de volver a mirar a Hermione.

—Ha tenido la magnífica suerte de que el señor Malfoy estuviera de camino a Hogwarts cuando el señor Flint la atacó, señorita Nott. Fue él quien consiguió detenerlo antes de que se la llevara. Cuando nos llamó ya tenía a Flint desarmado y atado. Un poco amoratado también, me pareció ver.

La mirada de Hermione bajó a sus manos, sin saber bien cómo se suponía que debía reaccionar. Tenía muchas preguntas arremolinándose en la punta de su lengua y muy poca inclinación a darles vida. ¿Cómo debía interpretar que fuera Draco, de entre todas las personas posibles, quien la hubiera salvado de a saber qué destino horrible?

Oyó un gruñido ininteligible procedente de Snape y pasos apresurados por el pasillo.

—Ahí viene. Otra vez. —Dumbledore parecía divertido con la situación, aunque por la boca apretada de McGonagall, el asunto tenía entre poca y ninguna gracia—. Tranquila, Minerva, Snape se ocupará de él.

La voz del aludido sonó con fuerza fuera de la habitación.

—¿Cuántas veces se te ha pedido que permanezcas en Hogwarts, Draco? Te juro por Merlín que como tenga que llevarte una vez más de vuelta, yo mismo propondré tu expulsión y te llevaré a tu casa. Y ahí le explicarás tú a tu padre por qué te empeñas en infringir las normas de la escuela.

—¡Me importa una mierda!

La voz de Draco hizo que Hermione levantara la vista y la clavara en la puerta, aunque desafortunadamente desde su posición no podía ver nada.

—No lo entiendo —musitó.

—Será mejor que salga antes de que se maten el uno al otro —suspiró McGonagall—. Me alegro de que esté bien, señorita Nott.

La puerta se cerró a su espalda y Hermione estuvo a punto de pedirle que volviera a abrirla, pero se contuvo. En su mente, no conseguía descifrar por qué Draco había elegido justo ese momento para volver a Hogwarts. Y tampoco quería permitirse pensar que había sido porque la estaba buscando.

No merecía crearse esa esperanza vana ni infligirse esa tortura ambigua.

Afuera la discusión parecía estar volviéndose cada vez más acalorada, pero las voces empezaron a alejarse por el pasillo. «¡Exijo pasar!» fue lo último que Hermione oyó decir a Draco. Una parte de ella luchó contra la decepción porque no hubiera entrado a verla. Otra se alegró, porque se había jurado no volver a dedicarle un pensamiento nunca más.

Sin embargo, tendría que romper su promesa muy pronto. En cuestión de diez segundos, para ser exactos.

—¡SEÑOR MALFOY! —McGonagall sonaba exasperada, pero eso no impidió que la puerta de la habitación se abriera de golpe.

Draco se plantó en el umbral, con una mano todavía en el picaporte, como si tuviera miedo de que, al soltarlo, fueran a cerrarle la puerta en las narices otra vez. Si la bruja lo conocía lo más mínimo (y había partes de él que siempre permanecerían invariables en su memoria), sabía que no pararía hasta conseguir lo que pretendía. Aunque detrás de él hubiera dos profesores que lo estaban asesinando con la mirada.

Los ojos de Draco la escanearon por completo antes de posarse en su rostro. En ese momento pareció soltar aire con fuerza, como si se sintiera aliviado de lo que veía. Como si estuviera realmente preocupado por ella.

—¿Estás bien? —Su voz, desde luego, sonaba preocupada.

«Como si te importara».

—Sí. —La escueta respuesta de Hermione no pareció dejarlo enteramente satisfecho, pero apretó la mandíbula y asintió antes de darle la vuelta.

—¿Contento? —espetó Snape entre dientes—. Confío en que, si has burlado la seguridad de Hogwarts y has podido venir hasta aquí tú solito, sabrás también volver.

—Usar la palabra «seguridad de Hogwarts» para referirse al decrépito de Filch me parece exagerado, profesor.

Hermione estuvo tentada de reír. Poca gente era capaz de plantarle cara al profesor de Pociones con tanta naturalidad como Draco. Sonaba hasta aburrido.

—Vete. De. Aquí —dijo Snape, arrastrando las palabras como solía hacer.

Draco fue lo suficientemente inteligente para no responder, pero sí que miró atrás una vez más antes de marcharse. Hermione estuvo a punto de decir algo, pero ¿el qué? Así que lo dejó irse. No podía retenerlo. No era la misma persona de hacía cinco meses. Ninguno de los dos lo era.

—Es curioso.

Dumbledore empezó a pasearse por la habitación, las manos todavía en la espalda y meneó la cabeza con expresión divertida. Hermione se debatía entre poner los ojos en blanco ante su excéntrico profesor o ceder y seguirle el juego.

La segunda opción salió con facilidad de sus labios.

—¿El qué, señor?

El mago se paró en seco y la miró con las cejas enarcadas, como si le sorprendiera que no entendiera lo que quería decir.

—El comportamiento humano, querida. Cómo, aunque luchemos contra ello, nuestra esencia nos traiciona. —Se giró hacia la ventana y su tono se volvió melancólico—. Ay, la juventud… Se les acusa falsamente de ser frívolos y despreocupados, pero pocas veces he presenciado emociones más intensas que aquellas expresadas o reprimidas por los jóvenes.

Hermione frunció el ceño.

—Me temo que no lo sigo, señor.

Dumbledore chasqueó la lengua y soltó una risa suave.

—Es curioso —repitió— ver a un joven proclamar indiferencia y actuar con pasión. Al final, son las situaciones imprevistas las que sacan lo mejor de nosotros.

Hermione pensó en Theo y apartó la mirada con expresión sombría.

—También lo peor.

Llamaron a la puerta justo cuando el director de Hogwarts se giraba para mirarla con la cabeza ligeramente ladeada. Sin duda una respuesta que no esperaba, pero que no podía sorprenderle, teniendo en cuenta la historia de Hermione.

—Adelante.

Al otro lado de la puerta había dos personas: una medimaga que llevaba una carpeta verde bajo el brazo y una auror de pelo rosa y una gran sonrisa despreocupada. A pesar de que casi siempre la veía cuando pasaba algo malo, Hermione se alegró de que el Ministerio la hubiera mandado a ella.

—¡Tonks!

Nymphadora se sentó a los pies de su cama, con una pierna encima de esta para estar más cómoda y poder mirar a Hermione.

—Oye, si quieres que nos veamos puedes mandarme una lechuza, no hace falta que te metas en más líos —bromeó.

Hermione agradeció su buen humor, tan diferente a las expresiones preocupadas que se llevaría a partir de ese momento. En los últimos meses había desarrollado alergia a la lástima ajena.

—¿Qué haces aquí?

—Shacklebolt me manda para que me asegure de que ningún otro loco intenta atacarte.

La medimaga la miró horrorizada. Ella no parecía verle la gracia a la broma, pero debía de ser normal, teniendo en cuenta que se enfrentaba a heridas, sangre y muerte casi todos los días. Aunque eso, al mismo tiempo, debía de tenerla insensibilizada. Como fuera, estaba allí de pie, lista para revisar el estado de Hermione.

Dumbledore y Tonks esperaron fuera mientras la medimaga hacía su trabajo. Después de un escáner que aseguró que todo estaba bien, esta se quedó mirando el antebrazo de Hermione.

—¿Hay algún hechizo permanente en esa herida? —inquirió, buscando información con interés en su informe. Hermione negó con la cabeza, ganándose una mirada extrañada de la mujer—. ¿No quiere que lo eliminemos? Solo serían unos minutos.

Si hubiera querido eso, lo habría hecho ella misma hacía semanas, pero no era el momento de ser condescendiente.

—No, gracias. Me sirve de recordatorio.

La medimaga la miró de tal forma que la bruja temió que mandara hacerle una revisión psicológica, pero se marchó tras decirle que se quedaría esa noche en observación, dejándola sola con Tonks.

—Yo tampoco lo entiendo del todo, ¿sabes? —La auror señaló su cicatriz con el mentón, pero luego se encogió de hombros—. Aunque supongo que no es cosa mía entenderlo—. Se acercó a la ventana—. Me he cruzado con mi primo al venir. No sabía que fuerais amigos. —Le lanzó una mirada suspicaz, a lo que Hermione respondió cruzándose de brazos.

—No lo somos. De hecho, no sé a qué ha venido.

—Dumbledore me ha contado que se ha escapado tres veces para venir antes de que Snape lo haya arrastrado de vuelta —explicó en tono divertido.

Hermione miró hacia otro lado, molesta por estar hablando de él. ¿A ella qué le importaba que de repente le hubiera dado un ramalazo de a saber qué y se empeñara en visitarla? Al fin y al cabo, solo le había hecho una pregunta antes de marcharse como si nada.


Después de los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, Draco había tenido dos epifanías.

La primera era que, si algún día se encontraba con Marcus Flint, se encargaría personalmente de que ese ser despreciable sufriera el dolor de un Cruciatus multiplicado por veinte. De hecho, no descartaba dejar la varita de lado para molerle los huesos a golpes con sus propios puños. Y también sabía que si acababa con él el mundo se lo agradecería.

No tenía muy claro por qué había seguido a Hermione desde Hogsmeade tras ver su discusión con Theo, pero tenía claro que, después de tantas decisiones erróneas en los últimos meses, ese había sido el único movimiento acertado que había hecho. Ni siquiera sabía qué objetivo tenía en ese momento, quizás solo hablar con ella, aunque fuera para discutir. O quizás consolarla, porque sabía que las palabras de Theo la habían herido. Pensándolo bien, se engañaba a sí mismo, porque ni Hermione necesitaba su consuelo ni él era el más indicado para dárselo.

¿A quién pretendía engañar? Cuanto más luchaba por alejarse de ella, más cerca necesitaba tenerla.

Por eso, cuando escuchó el primer grito, echó a correr como si su vida dependiera de ello. Y quizás la suya no, pero la de la chica a la que amaba sí.

Ver a Marcus tan entregado, tan exultante mientras Hermione se retorcía y gritaba en el suelo casi hizo que lo viera todo rojo sangre, pero también le había dado una ventaja: había sido muy fácil quitarle la varita y reducirlo. De hecho, Flint ni siquiera se había dado cuenta de lo que había pasado hasta que Draco lo tuvo atado y silenciado en el suelo, mirándolo con una mezcla de perplejidad y rabia que pronto se convirtió en el mismo odio y desprecio que Draco sentía por él.

Ver a Hermione en el suelo como una muñeca de trapo le había quitado la respiración por unos segundos y el peor de los escenarios había pasado por su mente como un rayo verde. Sin embargo, cuando se dejó caer de rodillas junto a ella y le tocó la mejilla con suavidad, ella se movió levemente y Draco pudo volver a sentirse vivo. El ceño de Hermione estaba fruncido en una arruga profunda y soltó un gemido que sonaba a dolor, por lo que Draco cortó el contacto, temeroso de estar haciéndole daño.

Cuando llegó la ayuda y le prohibieron acompañarla a San Mungo, Draco se rio en su cara. ¿Quiénes se creían que eran? ¿Cómo se atrevían a interponerse entre ellos?

Ahora que había podido comprobar que Hermione estaba bien, ya podía volver a Hogwarts con la mente tranquila. De hecho, estaba más calmado de lo que lo había estado en los últimos meses. Las voces enfrentadas en su cabeza habían callado, aplastadas por la firme determinación de que nadie ni nada le impediría recuperar lo que había perdido por motivos estúpidos.

Cuando llegó al colegio, varios grupos de estudiantes, sin duda reunidos por la incertidumbre de lo sucedido, se quedaron mirándolo, pero fueron lo suficientemente inteligentes para no preguntar. Draco estaba dispuesto a hacerle lo mismo que a Flint al que fuera tan estúpido como para cortarle el paso.

Al llegar a la sala común de Slytherin, se encontró a Blaise, Daphne y Astoria hablando en voz baja con tono preocupado. Los tres se levantaron al verlo, pero Draco negó con la cabeza, un gesto que su amigo, aunque ya no se hablaran, interpretó a la perfección, por lo que cogió a Daphne por el brazo para que no se acercara al rubio. Sin embargo, los ojos grises de Draco se clavaron en otra persona que también se encontraba allí, convirtiéndose en dos agujas que perforaron el ánimo de aquel al que miraba. Theo se levantó y, vacilante, fue a su encuentro.

—No te atrevas —siseó Draco entre dientes, recortando la distancia. Cogió a Theo por el cuello del jersey—. Ni se te ocurra preguntar cómo está.

Theo, que tenía cara de haber recibido él una maldición en vez de su hermana, negó con la cabeza. Sus ojos brillaban, pero Draco no sentía ninguna lástima por él.

—Yo no quería…

—¿Tú no, qué? ¿Qué le dijiste para que se marchara así, eh? —espetó Draco. Ni una sola alma respiraba en la sala común, pero no le importaba que los escucharan—. ¡A saber qué le habría hecho Flint si no llego a aparecer yo, gilipollas! —Theo ni siquiera intentó defenderse, permitiendo que Draco lo zarandeara a su antojo.

Al darse cuenta de que ni siquiera tenía el valor para justificarse o rebatir sus palabras de alguna manera, el rubio lo soltó y le dedicó una mirada de desdén antes de darse la vuelta para subir a su dormitorio. Sin embargo, Theodore por fin encontró su voz:

—No finjas que tú eres mucho mejor que yo.

Draco se detuvo y cerró los ojos, elevando la cabeza al cielo. De todo lo que podría haberle respondido, había elegido la afirmación más realista de todas.

—No me hace falta esforzarme mucho para ser mejor que tú. Espera y verás —replicó antes de seguir su camino.

Cuando despertó al día siguiente, lo primero que hizo fue sacar papel y pluma y empezar a escribir.

Padre:

Lamento informarte de que acabas de perder a tu único hijo.

Tranquilo, no he muerto, aunque probablemente tú me amenaces con ello o consideres que ha sido así después de lo que estoy a punto de decir. He tomado una decisión que no te va a gustar, pero estos últimos meses me he dado cuenta de que intentar complacerte es una soberana mierda. Planeo reanudar mi relación con Hermione si ella todavía quiere.

Entiendo que esta noticia significa dos cosas que quiero que entiendas bien, porque no voy a repetirlas: acepto totalmente las consecuencias de esta decisión. Si piensas amenazarme con desheredarme, adelante. Trabajar para ganar mi propio dinero no suena tan mal después de todo; o al menos, mientras tú vivas. Al fin y al cabo, la fortuna de los Malfoy está ligada a su heredero legítimo, así que solo tengo que esperar pacientemente a que tu ilustre persona abandone este mundo para recibir la herencia. Si quieres despilfarrarla antes para que no vea ni un knut, lo aceptaré con resignación, porque es tu dinero, así que eso tampoco me afecta especialmente.

La segunda cosa que quiero que tengas muy presente es que no permitiré ningún tipo de amenaza hacia Hermione. A mí puedes hacerme lo que quieras, pero a ella no. Si no quieres descubrir muy pronto cuánto me parezco a ti.

Draco

Estuvo a punto de añadir su apellido a la firma en la carta, pero se abstuvo en el último momento. Quería dejar claro que iba muy en serio y que perder los privilegios que venían con el nombre familiar no era algo que lo preocupara. Quizás había insuflado su misiva de más seguridad de la que poseía, pero la determinación general con la que la había empezado no había disminuido.

Cuando mandó la carta con su lechuza más rápida decidió plantarse junto a la puerta del despacho del director, porque sabía que tarde o temprano irían a por él. Al fin y al cabo, no había tanta distancia entre su casa y la escuela y la noticia no pasaría indemne.

Y no estaba errado, porque menos de dos horas después la pared de piedra se movió, mostrando a un Albus Dumbledore sorprendido por encontrarlo justo allí.

—Señor Malfoy, veo que se ha adelantado a los acontecimientos —dijo el director con aire divertido. Draco admiraba su capacidad de sacar lo gracioso de cada situación, por muy seria que fuera para la otra persona—. Su madre está aquí y ha pedido hablar con usted.

Draco enarcó una ceja. Sabía que sus palabras causarían una reacción, pero no que solo acudiera su madre a pedir explicaciones. ¿Sería porque su padre había renunciado a él definitivamente? Eso lo aliviaba pero al mismo tiempo le causó una punzada de decepción.

Narcisa Malfoy miró a su hijo con expresión angustiada.

—Hijo… —empezó.

Draco cuadró los hombros y levantó el mentón.

—No voy a cambiar de opinión, madre.

La mujer suspiró y se llevó una mano a la frente, sin duda abrumada por tener que lidiar con dos hombres tan cabezotas y opuestos en su vida. Draco sentía cierta lástima por ella, pero no iba a comprometer su felicidad futura porque a su madre no le gustara su elección.

—Ya lo sé, Draco. Lo supe desde el día en que tu padre te obligó a decir en voz alta que romperías con Hermione. —Narcissa se acercó a su hijo y le puso una mano en la mejilla con ternura—. Eres igual que él: cuanto más te prohíben algo más te aferras a ello. Solo he venido a asegurarme de que estás bien.

Los hombros de Draco se relajaron y se permitió sonreír un poco.

—Mejor que nunca. Es como si me hubiera quitado un gran peso de encima; estos últimos meses han sido un infierno.

No sabía por qué estaba hablando de sus sentimientos con su madre, pero expresarse en voz alta lo aliviaba.

—Lo sé. ¿Sabes? Tu padre es como tú: nunca se pone triste, solo se enfada con todo y todos y es casi imposible hablarle sin recibir un gruñido —dijo en tono ligero. El suave ceño de Narcisa volvió a fruncirse—. Pero no quiero que tengas que pasar por todo esto y que luego las cosas no salgan como tú quieres. Lucius no te perdonará fácilmente este acto de rebeldía. Tienes que estar muy seguro de esto, Draco.

Draco parpadeó, como si la idea de ser rechazado todavía no hubiera pasado por su mente. No, de hecho, así era. Pero ¿cómo iba a fracasar? El único impedimento entre Hermione y él habían sido sus propios prejuicios, y ahora que estos habían desaparecido, podían volver a estar juntos.

Y no permitiría que nadie los separara.

—Mi padre puede hacer lo que le venga en gana —replicó Draco dijo antes de aproximarse a la ventana. Hermione podía volver en cualquier momento y tenía que estar atento.

Narcisa rio entre dientes.

—La quieres mucho, ¿verdad?

Draco no respondió, pero sí que sonrió. Su seriedad volvió de repente.

—A ti también, madre, por eso… —«Por eso te pido que no me hagas elegir».

—No te preocupes por mí —aseguró la mujer rápidamente—. Mi única voluntad en esta vida es que seas feliz, querido. Si Hermione Nott es la que te hace feliz, yo no puedo impedirte estar con ella. Es una muchacha agradable y bien educada, aunque su sangre no sea… la ideal.

Se veía claramente que la señora Malfoy seguía impregnada de los prejuicios propios de la pureza de sangre, pero su hijo también la veía luchar contra ellos e intentar aceptar a una nacida de muggles como nuera. Draco no podía haber estado más orgulloso de la madre que tenía. Antes de que pudiera pensarlo siquiera, estrechó a la mujer entre sus brazos.

—Gracias —susurró contra su pelo.

Por muy frío e independiente que quisiera ser, perder a su madre habría sido un golpe muy duro para él.

—Por cierto —dijo Narcisa cuando se separaron—, no te preocupes por el dinero. Tu padre quiere retirarte el permiso para acceder a la bóveda de los Malfoy en Gringotts, pero no puede impedir que yo te dé tu parte de la herencia de los Black.

La sonrisa satisfecha de la mujer dejaba claro que se sentía orgullosa de haber trazado un plan que su marido no había visto venir. Seguro que a Lucius no le hacía ni pizca de gracia, pero Draco no lo veía capaz de enfrentarse a su mujer. No cuando sabía que tenía las de perder.

Ningún Malfoy había elegido nunca a una mujer pusilánime.

Draco se despidió de su madre con un beso en la mejilla y con el ánimo mejorado, con una sensación de euforia y triunfo que no había sentido en mucho tiempo. Ahora solo tenía que esperar a que Hermione llegara para que todo volviera a ser como antes.


Cuando Hermione volvió a Hogwarts, se encontró con que Padma, Harry, Ginny, Luna, Blaise y Ron estaban esperándola.

—Es culpa mía —empezó la pelirroja. Su rostro era la viva imagen de la culpabilidad—. No tendría que haber cambiado el plan a última hora.

—No, es culpa mía —intervino Ronald, con la cara roja—. Tendría que haber insistido en acompañarte a Hogsmeade…

Hermione se sintió conmovida, pero no lo exteriorizó. En vez de eso, enarcó las cejas. En todo caso, la culpa había sido suya por no llevar su varita. ¡Qué demonios! La culpa era de Flint, por ser un sádico hijo de perra.

—¿Alguien más quiere echarse la culpa? Puedo llamar a los aurores para que vengan a por vosotros ahora mismo —bromeó.

Al ver que los ánimos se relajaban, sonrió. Era la primera vez que pensaba en ellos como sus amigos y eso la llenaba de ilusión y esperanza. No estaba sola.

—¿Quieres dormir esta noche en mi dormitorio? —ofreció Padma—. Seguro que a mis compañeras no les importa.

Hermione estuvo tentada de aceptar, pero terminó declinando la oferta. Quizás pasara miedo, pero sabía a ciencia cierta que Flint estaba siendo custodiado por los aurores en el Ministerio y no corría peligro en la seguridad de la torre de Premios Anuales. No estaba en su naturaleza dejarse amedrentar, al menos ya no.

—Venga, chicos, seguro que Hermione necesita descansar. Ha sido un día muy largo. —La voz de la razón vino de Luna Lovegood. La rubia se acercó a ella y le ofreció un objeto pequeño hecho de cuerda y plumas—. Es un atrapasueños, para que no tengas pesadillas. Mi padre dice que solo es una superstición, pero algunos muggles creen que funciona y yo también —explicó en tono suave.

En otros tiempos, Hermione se habría reído en su cara y habría dicho que eran tonterías; pero esa vez se lo guardó en el bolsillo y le dio las gracias, prometiendo que lo colgaría sobre su cama. Cuando más la conocía, peor se sentía por haberla juzgado y tachado de rarita en el pasado.

Insistieron en acompañarla hasta la entrada de la torre y se despidieron de ella con la promesa de verse el día siguiente. Padma la hizo prometer que la buscaría si necesitaba compañía por la noche. «Seguro que resolver el acertijo de entrada a la torre no te es muy difícil», aseguró. «Y si no, mándala a la mierda, eso siempre funciona».

Hermione dijo la contraseña para entrar y se apoyó en la piedra cuando se cerró, con los ojos cerrados. Había sido un día muy largo. Intentaba no pensar en la mañana, porque el eco de los Cruciatus todavía resonaba en su piel. Sin embargo, había puesto todas sus esperanzas en no volver a ver a ese desgraciado nunca más. Había que confiar en la justicia.

—Por fin has vuelto.

La bruja dio un salto y buscó su varita con frenesí hasta que se dio cuenta de que quien hablaba era Draco. El mago se levantó del sofá y se acercó a ella. Sus ojos la escanearon varias veces, como buscando algo. Quizás quería comprobar si estaba bien. Fue un pensamiento tan ridículo que Hermione quiso soltar una carcajada.

No sabía qué decirle, así que intentó marcharse a su dormitorio, pero Draco le salió al paso.

—Espera. Por favor —añadió al notar la mirada de advertencia de Hermione—. Me alegra que estés bien.

¿Podría ser que la estuviera mirando con desesperación? ¿Era esa la misma ansia con la que lo había mirado ella meses atrás, cuando intentaba traspasar el muro de hielo que se había formado entre ellos?

—Gracias por… —Hermione carraspeó— ya sabes, salvarme. Ha sido todo un detalle por tu parte.

Draco puso cara de sorprendido.

—¿Piensas que no lo habría hecho? No soy tan mezquino como piensas.

Hermione apretó los labios con fuerza para impedir que ese «¿Ah, no?» saliera de su boca. En vez de eso, asintió vagamente con la cabeza antes de rodear al mago y aproximarse a las escaleras. Sin embargo, las palabras de Draco la dejaron congelada en su sitio.

—Le he dicho a mi padre que no quiero su herencia ni su apellido si eso significa que no puedo estar contigo. —La bruja se giró lentamente y pudo ver en la cara de él que no era así cómo había planeado revelárselo, pero el chico inspiró hondo y decidió continuar—: Sé que he sido un estúpido, un gilipollas insensible…

Hermione no podía creer lo que estaba escuchando. No cuando esas eran las palabras que había deseado escuchar de él tantas veces hacía solo un par de meses. Suspiró y cerró los ojos antes de levantar una mano. Draco calló.

—Draco, me han torturado por segunda vez en cinco meses. Estoy exhausta tanto física como mentalmente. ¿Qué quieres? —preguntó—. Ve al grano.

No era solo cansancio: su relación inexistente con ese mago que parecía querer pedirle perdón en ese mismo instante le drenaba la energía. Ya no podía más.

—Te quiero. —Las palabras hicieron que Hermione abriera mucho los ojos. Entreabrió los labios, sin saber qué decir. Draco dio varios pasos en su dirección—. Sigo enamorado de ti. Nunca he dejado de estarlo.

La confesión hizo que por el estómago y la mente de Hermione pasaran una miríada de emociones: alivio, porque en el fondo una pequeñísima parte de ella se había resistido a creer que hubiera dejado de quererla tan rápido; indignación, porque ¿quién se creía?, ¿qué derecho tenía a poner su mundo patas arriba justo ahora?

Y esperanza.

La esperanza era la peor de las emociones. Y mezclada con amor se convertía en un cóctel mortal. Te hacía olvidar quién eras y por lo que habías pasado. Te hacía creer que todo iba a estar bien. Borraba de un plumazo las preocupaciones pasadas. Las noches sin dormir. Los ojos hinchados por el llanto interminable.

—¿Y cuál es tu idea? ¿Qué quieres que hagamos ahora?

Draco se acercó a ella.

—Quiero que intentes perdonarme. —Estaban solo a un paso de distancia, por lo que Hermione tuvo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos. Había deseado durante tantos días y tantas noches que dejara de mirarla con indiferencia o desprecio que ahora que lo había conseguido lo único que quería era llorar—. Sé que no es fácil, pero…

—¿Y luego? —Hermione se dio la vuelta. No quería que la viera llorar—. ¿Volvemos juntos? ¿Me vas a devolver el anillo de tu familia? ¿El collar que me regalaste? —Volvió a girarse para enfrentarlo. A la mierda las lágrimas, que viera claramente cómo la hacía sentir—. Ah, no, lo rompiste.

La culpabilidad no era algo que se viera a menudo en la expresión de Draco, así que Hermione saboreó el momento. Era agradable saber que tenía conciencia.

—Te lo compensaré —aseguró él.

La bruja esbozó una sonrisa triste mientras se secaba las lágrimas.

—No lo entiendes. No has entendido nada.

Draco se acercó a ella, bajó la cabeza para mirarla profundamente a los ojos y la cogió por el mentón suavemente, como había hecho tantas veces en el pasado antes de besarla.

—Sé que todavía me quieres. —Por una vez, no habló con superioridad, solamente constataba un hecho.

—Es verdad —admitió Hermione. Sería estúpida y una hipócrita si intentara negarlo—. Pero eso no significa que quiera estar contigo.

Esa afirmación hizo que él retrocediera como si acabara de darle un bofetón y la mirara con incredulidad. De todas las personas en el mundo, la bruja no habría pensado que fuera él precisamente alguien que creyera en el «poder del amor».

—Sé que estás dolida, pero…

Hermione suspiró.

—¿Sabes cuál es el problema, Draco? Que cuando te miro veo al chico que me prometió ampliar la biblioteca de su casa para incluir los libros que me gustaban —al decir esto no pudo evitar derramar unas lágrimas. No había mayor dolor que el del recuerdo emponzoñado—, pero al mismo tiempo también veo al chico que me hizo sentir que yo no valía nada al descubrir que era una sangre sucia. Fue tan fácil para ti… —Llegada a ese punto, tenía la voz quebrada; sin embargo, se hizo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban para añadir—: Y yo ya no sé diferenciarlos. No puedo estar contigo y preguntarme a cada segundo si volverás a cambiar de opinión. Si volverás a tratarme con desprecio. No me queda energía para eso. —Inspiró hondo, levantó el mentón y esperó a que las ganas de llorar se calmaran para continuar—. Porque yo ya no soy la misma persona y merezco estar con alguien que me quiera por mí, independientemente de estándares sociales.

—Yo…

Pero Hermione no lo dejó defenderse. Ahora que había empezado a soltar todo lo que la había estado royendo por dentro, era incapaz de parar. Necesitaba sacárselo.

—¿Sabes? Una vez Ronald Weasley me dijo si me sentía segura estando con alguien que trataba mal a todo el mundo menos a mí. En ese momento no le di importancia, hasta el día en que yo empecé a formar parte de ese mundo.

Draco había palidecido y parecía que no fuera a intentar justificarse más. Este hecho entristeció a Hermione, pero ¿qué podía esperar? Se encontraba en una encrucijada, porque dijera lo que dijera, ella ya no podía creer en sus palabras. Eran sus hechos los que le habían roto el corazón.

Sí, quizás podía asegurarle que lo perdonaría con el tiempo, permitirle besarla, tocarla, prometerle una y mil veces que no le iba a hacer daño nunca más, pero ¿la haría eso sentirse segura? ¿Haría eso que los últimos tres meses desaparecieran de su mente?

La respuesta estaba clara, pero no quitaba que el corazón de Hermione se rompiera una segunda vez.

Se quedaron mirándose unos instantes a los ojos, despidiéndose sin palabras antes de que ella subiera a su habitación. Ya allí, tras un hechizo silenciador, se atrevió a empezar a llorar. Las lágrimas caían en torrente por su rostro y tuvo que abrazarse a una almohada para intentar mitigar el dolor que sentía en esos momentos. No sabía de dónde había sacado las fuerzas para rechazar a Draco, pero tuvo que usar un poco más para no correr escaleras abajo y fundirse entre sus brazos.

Ponerse como prioridad era lo más demoledor que había tenido que hacer nunca. El amor propio era solitario. Tendría que pasar mucho tiempo para que sus frutos amargos se volvieran dulces.


-N/A: Del 1 (no quiero continuar el fic te voy a denunciar) al 10 (te amo eres la mejor del mundo mundial), ¿cuánto me odiáis? Espero que no mucho, jeje. Ha habido momentos de la historia que han surgido según la inspiración del momento, pero desde que empecé a escribir este fic tuve claro que la reconciliación no sería algo que se daría solamente porque se aman. Tengo la firme creencia de que el amor a veces no basta, de que hay errores que no se pueden perdonar o solucionar solo con una disculpa. Las segundas oportunidades deben ganarse, así que a Draco le toca esforzarse.

Por favor, no dudéis en dejarme un review con qué os ha parecido este capítulo. Ya sabéis la ilusión que me hace.

También tengo escrito el siguiente capítulo, pero no verá la luz hasta la semana que viene o la siguiente, porque necesito tomar una decisión sobre el rumbo que tomará la vida de Theo. N/A-

MrsDarfoy