En el que se narra los dos días anteriores a la boda entre el rey Ezra de Arendelle y la jefa Hylla de Berk.
Hylla había oído a hablar toda su vida de las mujeres trofeos. El tópico de una mujer casada sin la obligación de pelear, cumplirle a su marido o de cuidar el hogar, una mujer casada que tenía como única tarea sonreír a la gente que le rodeaba, colgarse del brazo de su esposo y verse bella para todo el mundo. Sí, había escuchado mucho de las mujeres trofeo, de cómo no podían abrir la boca en lo absoluto, de cómo sus sentimientos no importan y de lo inútiles que eran en todos los ámbitos posibles. En aquel entonces le sonreía al futuro a sabiendas que jamás tendría un puesto tan triste como aquel al lado del hombre que amaba, al lado de Aster Hofferson jamás ocurrirías… Pero el destino, capullo como él solo, le había dedicado una gloriosa peineta y la había amarrado mediante amenazas y advertencias al insufrible rey de Arendelle, Ezra, quien estaba demasiado interesado en repetirle una y otra vez que era el perfecto regalo jamás soñado como para preguntarle una sola vez a Hylla qué era lo que se le pasaba por la cabeza, cómo se sentía o qué era lo que más anhelaba en todo el mundo.
Había tenido cierta libertad el mes anterior a su boda, le había permitido pasarse larguísimas horas en el cielo, volando con su dragón, solamente hablando con la gente del palacio cuando estos querían preguntar su opinión de algún detalle de la boda. Sin embargo, los últimos tres días de la cuenta atrás para su encadenamiento eterno con aquel hombre que no comprendía habían sido una completa tortura que Hylla había repudiado desde el momento en el que le advirtieron que comenzaría.
Ezra tuvo la galantería de llamarlo su proceso de perfeccionamiento, porque supuestamente ella ya era maravillosa pero tenía que dar una buena imagen frente al resto de aristócratas; Hylla respondió en aquel momento que en verdad era una manera asquerosa de tocarle los ovarios para que estuviera mansita durante la boda. Es cierto que la manera en la se desmayaron algunos de los sirvientes presentes en ese momento la sorprendió, pero se negó por completo a disculparse o retractar las palabras que había llegado a pronunciar. Que el rey se riera encantado por su comportamiento fue algo que, aparentemente, también acreditaba uno que otro desmayo dramático de parte de la servidumbre.
Habían comenzado prohibiéndole por completo sus vestimentas vikingas hasta una semana después de la boda pues ese era el tiempo que los miembros de familias reales extranjeras se hospedarían en Arendelle para celebrar el matrimonio del rey olvidado por la Santa Sede. Nadie confiaba en la posibilidad que aquel soberano con corazón de hielo y cuerpo carente de deseos llegará a contraer esposa, aunque esta fuese una vikinga, aquel evento era digno de celebración. Hylla pronto se vio a sí misma vistiendo despampanantes vestidos de suaves y coloridas telas, nada comparadas a los pantalones y camisas vikingas que siempre la cubrían, nada comparadas con los colores apagados y desgastados de sus ropas comunes… nada cómodas.
Los abanicos fueron sus primeros problemas, esas dichosas creaciones para provocar aire, y los miles de significados que podían tener sus diferentes posiciones. Aquello había sido un lío por completo, le recordó a la vez que memorizó las posiciones para volar correctamente con la cola protética de Toothless, pero infinitamente más complicado. Que pasaba si lo tiraba, si lo cerraba, si abría el abanico por completo frente a una parte de su cuerpo u otra, si lo agitaba de una fuerza u otra. Era una completa majadería que descartó en cuanto le dijeron que no era realmente llevar siempre un abanico con ella.
Los corsés le quitaban la respiración, quiso maldecirlos en cuanto de los colocaron pero algo le decía que no debería de ser así, no solo porque las mujeres de alrededor parecían completamente cómodas y sin molestias, sino también porque había sido Ezra quien había ordenado hasta dónde tenían que apretárselo. La sonrisa burlona en el rostro de ese hombre y la preocupación en el rostro de la sirvienta que se lo colocaba le decían fuerte y claro que le estaban apretando más de lo necesario.
Aquella cosa de metal de la que ni siquiera aprendió el nombre le había parecido un mala broma o acto muy hipócrita con respecto a su pierna de metal. Aparentemente, las mujeres de alta cuna se colocaban esos aparatos llenos de fierros para darle volumen a sus vestidos y no verse obligadas a usar capas y capas de faldas para obtener la figura que deseaba… pero ella era la rara por usar un trozo de metal que la dejaba caminar correctamente.
Eso le llevo a otro problema, la longitud de los vestidos y la delicadeza de las telas.
Cuando Ezra la vio caminando recta y sosteniendo levemente su falda la felicitó por una caminata tan femenina, incluso algunos miembros de la servidumbre asintieron con honestidad y alegría reflejándose en sus sonrisas llenas de esperanza. Pero en cuanto ella confesó que lo hacía por temor a pisar las telas o de engancharlas en su prótesis la única sonrisa que se mantuvo fue la del rey.
Otra cosa que hicieron fue lavarle la cara varias veces incluso luego de la ducha intensiva que no le permitieron darse a sí misma como una persona normal y completamente funcional, incluso llegó a enojarse creyendo firmemente que lo hacían porque creían que no podría bañarse por su cuenta debido a su falta de pierna. Cuando se enteró que sencillamente era porque hacía se hacía se dejó hacer por completo, demasiado ocupada procesando el hecho de que un hombre hecho y derecho como el rey de Arendelle no podía hacer algo tan simple como limpiarse a sí mismo… era patético.
Él se rio en su cara cuando ella le preguntó por qué no se bañaba por su cuenta.
–Querida mía, ¿no eres tú capaz de cazar tu propia comida y prepararla para alimentarte? –ella asintió confundida, con algo de obviedad–, ¿lo hacías así todo el tiempo? –ella negó, nuevamente con obviedad–, pues se trata de lo mismo, querida, si tengo a alguien que lo hará por mí cuando yo lo ordene, ¿por qué hacerlo por mí mismo todo el tiempo?
Ella negó con fuerza y tozudez. –¡Bañarse es algo completamente privado! Estar sencillamente desnudo frente a otra persona es un acto de absoluta confianza podría atacarte cuando estás indefenso por completo, no es correcto que cualquiera lo haga.
Ezra, en aquel momento, se limitó a alzar las cejas en su dirección.
–Dejar que alguien toque mis alimentos también es de suma confianza, podrían envenenarme si elijo incorrectamente.
–Ya, pero sigue siendo algo privado.
Él le sonríe, de esa manera que ella tanto desprecia. –Eso es según tu cultura, querida. La desnudez de un hombre no es nada tan importante en estos lares, ¿no has visto la cantidad de esculturas de varones desnudos que tenemos por aquí?
Ella aprovechó en ese momento para burlarse. –Ah, pensaba que era gustillo tuyo.
Quiere reírse, pero en ese momento Ezra le habla a una sirvienta con una mueca de aburrimiento dibujada en su rostro.
–Aprieta más su corsé –ordena–, si puede reír y burlar puede aguantar menos diámetro de cintura.
–¡Y una mierda! –brama ella alejando a la mujer de su cuerpo y de su ropa. La joven y paliducha mujer se terminó desmayando allí mismo–. Joder, otra más, ¿no me acusarán de nada, verdad que no? Tampoco me gustaría que me dieran uno de esos apodos ridículos por todo esto.
–Tenemos que hacer algo con tu vocabulario –suspiró pesadamente él mientras llamaba a unos guardias para que se llevaran a la pobra mujer a tomar algo de aire fresco, los hombres tomaron en brazos la pobre mujer desmayada y se la llevaron sin mirar al rey ni a su futura esposa–, tenéis suerte de que esta gente no pueda conseguir un trabajo mejor que este, acabaríamos sin servidumbre alguna.
–Tal vez sí que quedemos sin servidumbre, puede que alguien algún día se pegue un mal golpe en la cabeza y tendrás que coserme la boca para que no mate más gente.
Ezra en ese momento soltó tal risa que alarmó por completo a Hylla por lo sincera que sonaba. Realmente parecía que al rey de Arendelle le encantaban esas bromas de mal gusto de su futura esposa.
–Oh, querida –dijo mientras aún se le escapaban risillas–, que encantadora que eres.
–Estoy proponiendo la posibilidad de que me cargue gente.
–Exacto, todo un encanto, querida.
Ella se desparrama lo mejor que puede en la silla que hay delante del rey en aquella sala llena de decorativos pomposos y preciosos. Intenta sentarse a gusto, pero las ropas no se lo permiten, acaba tan recta como el rey que tiene a una mesilla de distancia.
–Vale ya con eso, explícamelo correctamente –ordena mientras desordena el peinado que le lastimaba la cabeza que habían insistido en hacerle sin tomar en cuenta ni una sola de sus quejas vulgares. Ezra la mira confundido, con la cabeza ladeada y una expresión infantil–. No soy en lo absoluto lo que ningún rey cristiano querría como esposa, ¿por qué insistes en que soy encantadora y perfecta?
Él le sonríe con ternura. –Respondedme la siguiente pregunta con honestidad –ella asiente con desgana–, ¿os parezco yo un cristiano cualquiera? –ella ni se lo piensa al negar con la cabeza–, entonces, ¿por qué habría yo de buscar lo mismo que el resto de los hombres de mi clase? Además, querida mía, ¿qué sabrás vos de lo que desean reyes como esposas?
–¿No es acaso lo que repetís todo el tiempo? –cuestiona apoyando su rostro en una mano–. Una mujer recta e inteligente que os respete y esté de acuerdo en absolutamente todo con vosotros, una mujer sumisa que os complazca tal y cómo ordenéis, una buena cristiana y líder.
Ezra se limita a levantarle una ceja, nuevamente repitiendo esa mueca de aburrimiento, como si la respuesta le decepcionara por completo, como si esperara algo mucho mejor de ella, eso le molestaba.
–Os complicáis demasiado –dice manteniendo esa expresión, al punto que Hylla comienza a preferir las sonrisitas molestas–, ¿acaso los jefes vikingos piden algo tan complicado?
–Los jefes vikingos quieren a una buena guerrera a su lado, una mujer fuerte y fiel.
–Sí, suena algo lógico para ustedes –asiente con desinterés–. Supongo yo, por lo que he llegado a oír, que un rey cristiano todo lo que quiere es un útero fértil que dé varones y un buen par de tetas –comenta hundiéndose en hombros.
–Asqueroso –responde de inmediato, frunciendo el rostro en una mueca asqueada–, no queréis una esposa, queréis una amante.
Él niega. –¿Una amante? Eso no serviría de nada, sus hijos no podrían heredar el trono.
–Sois todos unos gilipollas.
–Reitero, querida mía, que no estoy de acuerdo con estos deseos de aquellos que conmigo comparten género y privilegio.
Hylla le frunce el ceño y lo mira fijamente por unos largos segundos. –Entonces, ¿qué es lo que tú buscas en un esposa? ¿qué es aquello que me hace ideal para ti?
Él se levanta con una sonrisa en ese preciso momento, se encamina lentamente hacia ella, con los brazos tras la espalda, con la espalda recta, sonriente y con una mirada llena de cariño. Rodea levemente la mesilla, disfrutando cada paso y bajo la fija mirada confundida de Hylla. Cuando se detiene es cuando está delante de ella, acaricia levemente una de sus mejillas, apenas rozándole la piel para luego arrodillarse ante ella.
–¿Qué demonios…?
–Estás rota, Hylla Haddock –le responde, metiendo una de sus manos bajo sus faldas y tomando con fuerza su prótesis, con la mirada ensombrecida y los ojos brillándole con sadismo–, y eres un desastre que sostiene solo por una pierna –se burla y por el frío que siente bajo sus faldas, sabe que está congelando su prótesis, intenta escapar de él, pero su agarre es firme y mucho más fuerte de lo que se esperaba–. Han asistido tantísimos hombres a este palacio, dispuestos a entregarme a sus hijas como un regalo, me han traído tantísimas muñequitas perfectas, figurillas perfectas sin ni una sola mancha… y, como cualquier niño lo hubiera hecho, intenté jugar con ellas –la sonrisa de su rostro se esfuma, todo lo que Hylla puede ver, mientras sigue batallando contra aquella fría mano que la retiene, es una mirada oscura llena de rencor–. No eran las muñecas que me habían prometido –masculla frunciendo el ceño–, eran porcelana pura, ¿cómo explicártelo? ¿Nunca has tenido en tu casa figurillas tan hermosas que, como niña, tan llamaban a jugar? Ese tipo de maravillas que solo sirven para ponerlas en una estantería observarlas… ¿nunca te frustró no poder tocarlas? ¿nunca te llenó de furia que un mal toque sirviera para destrozarlas por completo?
Ambos se quedan en silencio, con Hylla temblando asqueada mientras las manos de Ezra acariciaban sus piernas y su rostro se apoyaba en su regazo.
–Estoy esperando por vuestra respuesta –avisó el rey mientras sus dos manos apretaban levemente los muslos de la vikinga.
Hylla gruñe. –No había tales cosas en mi casa, los vikingos no somos muy decorativos, mucho menos lo fue mi padre. Ahora suelta…
–Vaya, supongo que ahora será más complicado que me entiendas –murmura, alejando sus manos de los muslos–. A lo que quería llegar, querida mía, es que todas esas muñecas que me entregaron no eran muñecas de verdad… eran decoraciones que han de ser puestas en una estantería para mirarlas toda la vida. Yo no quiero decoraciones, yo quiero juguetes –le sonríe con sorna mientras sus dedos tantean la manera de quitarle la prótesis.
–¡Suéltame! –ruge intentando patearlo.
–Las rompía con apenas una mirada lasciva… era lamentable –suspira mientras pega las piernas de Hylla a su asiento para inmovilizarla–. ¡Y luego me reprendían por ello! Como si no hubieran sido ellos mismos quienes me habían asegurado que podía divertirme a mi manera con mis nuevos juguetes… era frustrante, tremendamente frustrante –reniega, dándose por vencido al no poder encontrar la manera de quitar aquel trozo de metal–. Pero luego llegaste tú… una vikinga, un pagana, una mujer guerrera y dura que me levanta la voz y me sostiene la mirada… una muchacha que ni siquiera entiende cuál es mi problema con la Santa Sede… es más, ¿sabes qué es la Santa Sede?
Hylla sigue batallando mientras responde. –¿Yo qué sé? ¿Dónde os reunís con los demás líderes de la Santa Alianza?
Ezra carcajeó por un largo rato contra las faldas de Hylla.
–Tú ya estás rota, Hylla –le repite al terminar sus risas–. Eres una pobre muñeca de trapo que han destrozado de tantas maneras, una pobre muñeca arruinada que han daño de todas las formas que han querido, así que dime querida mía, ¿a quién le importará en lo más mínimo que yo quiera lastimarte un poco más?
–A mí me importa –dice antes de darle una cachetada que lo manda para atrás. Ella se levanta mientras él sujeta su rostro, completamente sorprendido–. ¿Y sabes por qué me importa? –cuestiona mientras le toma del cuello de su chaqueta negra–. Porque soy un jodido ser humano, idiota.
Lo empuja contra la mesilla mientras dice eso, lo escucha sisear por el dolor mientras se aleja de él y se apresura a caminar hacia la salida de aquella ostentosa sala. Tiene la mano en el pomo de la puerta para cuando siente sus piernas siendo rodeadas por hielo puro. Aprieta su labio inferior hasta hacerlo sangrar para evitar chillar del dolor frente a él, lame la sangre y regula su respiración mientras lo escucha acercarse a pasos firmes. Su corazón late desenfrenado dentro de su pecho, pero se niega por completo a mostrarle en lo absoluto sus sentimientos a ese monstruo lunático que avanza hacia ella entre leves risillas.
Tiembla de la rabia al sentir sus brazos rodeándole la cintura y su cuerpo presionándose contra su espalda. Siente la respiración del rey contra su oído izquierdo y su rostro está tan cerca que llega a sentir como sus labios se curvan en una sonrisa ladina.
Deja un beso en su hombro, ese tipo de besos que él le da para hacerla temblar de pieza a cabeza.
–Eres la mujer perfecta para mí, Hylla Haddock –le dice mientras una de sus manos acaricia uno de sus costados–, eres tan fuerte y poderosa que estoy seguro de que sobrevivirás a todos mis juegos, querida mía.
Se fue corriendo en cuanto él descongeló sus piernas, sin voltear a verlo, negándose por completo a tener que soportarlo un solo segundo más, negándose a tener que soportarlo más de lo que ya había hecho. Corre lejos de aquella sala, oyendo sus carcajadas.
Aquella noche se bañó por sí misma, gruñendo y fulminando con la mirada a cualquiera que se atreviera a indicarle lo contrario. Se talló con fuerza, usando cada una de las cremas y cada planta pensada para perfumar su piel, todo lo que pudiera limpiar… todo. Talló con fuerza sus piernas, sus brazos… dejó sus hombros y su torso rojos de tanto restregarse la esponja pues no podía recordar cuales eran los lados que habían sido tocados y besados por el rey de Arendelle. Hubo momentos en los que no sabía si lloraba por la irritación o por el asco que aquel encuentro le seguía causando, la cosa es que lloraba como nunca antes lo había hecho.
Había pasado por cosas peores, claro que lo había hecho. Había estado en dos guerras contra sujetos que estuvieron dispuestos a ofrecerla a sus hombres, había sobrevivido y había vencido a batallas que podrían haber culminado con su muerte o la pérdida de su virginidad. Les había demostrado a tantos hombres salvajes y violentos que nadie podría someterla jamás, que nadie podría intentar tomarla a la fuerza sin llevarse una puñalada en el corazón como consecuencia inmediata. Había puesto su nombre en las voces atemorizadas de sus enemigos, se había levantado entre sangre y cadáveres, había obligado a tantos a verla como un digno oponente y no como una muchacha pacífica a la que sus sucias manos podían llegar con facilidad. Hylla había demostrado ser merecedora del apodo que su padre le había otorgado, había demostrado que ser llamada el Orgullo de Berk no era una simple amabilidad ni una maldita limosna por ser la hija del jefe. Ella batallaba mejor que muchos de ellos, y por eso se merecía su completo respeto, se merecía el mismo trato que el resto de los enemigos.
Había ganado tantas veces. Venció a Viggo, a Ryker, a Johan, al maldito de Drago Manodura, incluso, en antiguas épocas en las que Dagur era su enemigo, había vencido al jefe de los Berserker. Hylla Haddock era una digna guerrera, la mejor de los jinetes de dragones… pero el rey Ezra era algo que la superaba.
Las manos de ese hombre eran más suaves que las suyas, demostrando así que realmente no trabajan mucho, su cuerpo era esbelto, no había músculo alguno en ninguna parte de su cuerpo, él no trabajaba, no entrenaba, no batallaba cuando las guerras llegaban. Ese hombre era débil bajo el punto de vista de su gente, era débil y por ello no debería temerle… pero le temía por aquella magia que controlaba como a su cuerpo mismo, le temía por aquel potencial que espantaba tan solo con la mínima parte. Nunca le había visto en su máximo punto, no había visto su mayor alcance, no había visto de qué era capaz… había visto un pequeño porcentaje y solo eso era suficiente para hacerla temblar de la impotencia de jamás tener la posibilidad de derrotarle.
Jamás podría contra él, y por ello debía agachar la cabeza y permitirle hacer lo que quiera con ella, para evitar sangre y peleas innecesarias y sanguinarias. Jamás había llegado a pensar en la posibilidad de vivir una vida de rodillas frente a un ser superior sin dar primero una pelea digna de cantares… pero ahora esta era su vida, de rodillas frente a un hombre que podía hacer lo que quiera con ella.
Solo porque su padre así lo decidió hace tantos años atrás.
¿Qué diantres había tenido Estoico el Vasto en la cabeza cuando fue a rogar por aquella alianza conyugal?
El día anterior a su boda Ezra se presentó a primera hora en su habitación, sentado en la silla del tocador, tapando sus ojos con una mano para que ella pudiera cambiarse con normalidad. Hylla renegaba por su presencia, pero no le refuta nada, sobre todo porque llega un punto en el que necesita que él le ayude a acomodar algunas prendas.
–He venido aquí para comentarte algo que te pondrá de malhumor –confiesa él con delicadeza, anudando el lazo de su corsé. Hylla resopla, pero asiente para que hable, no tiene tiempo para estas cosas, aún se siente sucia por todo lo ocurrido el día anterior y está pensando en que necesita alejarse lo máximo posible de él–. Las leyes de mi patria indican que cuando se lleva a cabo un matrimonio con una persona extranjera, como en nuestro caso, la noche de bodas ha de ser llevada a cabo con testigos de ambas naciones.
Hylla voltea a mirarlo bruscamente, molesta. –¿Me estás vacilando? ¿Por qué narices no me has dicho eso antes?
–Calma, querida –le pide mientras pasa unos dedos por su mejilla, Hylla quita la cara de inmediato, sacándole un suspiro pesado ante su reacción al rey–. No os lo había comentado porque estaba intentando convencerles de no llevarla a cabo, pero los monarcas de la Santa Alianza han intercedido metiendo de por medio a la Santa Sede, he tenido que acceder.
–Ah, genial, van a follarme frente a un montón de imbéciles y frente a toda la gente importante de mi pueblo –gruñe mientras se sienta con rabia en la cama aún destendida–, que ilusión, que fantasía. El sueño de toda mujer.
Ezra suspira mientras vuelve a intentar acercarse a ella para acariciar su rostro, con más delicadeza y rogando por permiso con sus ojos azules.
–No lo haré –asegura mientras finalmente llega a tocar una de sus mejillas.
–¿Qué? –suelta alzando ambas cejas, impidiéndose a sí misma alegrarse por algo que él dijera–. ¿Por qué no? ¿Es eso una forma de ofenderme o algo?
El rey se aguanta una risilla pero le muestra sin tapujos una sonrisa burlona.
–No, querida mía, tómalo como una forma de compensarte por mi lamentable actuación del día anterior, he de admitir que mi comportamiento fue más que reprochable, además, no tomarte el día de mañana como mi mujer será una buena manera de mostrarle a la Santa Sede que no soy el monstruo que ellos me han considerado toda la vida.
Hylla frunce el ceño por la confusión. –¿Vas a explicarme ya qué es la Santa Sede y qué has hecho para que te desprecien tanto?
–La Santa Sede es el gobierno de la iglesia católica, se encuentra en la Ciudad del Vaticano. Todos aquellos que lideran y legislan las formas correctas de los devotos cristianos se encuentran allí. Muchos han señalado a la religión católica como un reino para todos aquellos que creen en el único Dios verdadero, si esas palabras son ciertas, aquellos que conforman la Santa Sede son los reyes y el resto del mundo somos sus plebeyos… Con respecto a tu segunda pregunta, lo que hice para que la Santa Sede maldijera mi nombre fue algo muy simple –comentó con una sonrisa–. Nací, Hylla, es por eso por lo que me odian los más fieles seguidores de nuestro Dios.
La vikinga parpadeó los ojos, confundida y escandalizada por las palabras de su prometido. –¿Cómo nadie podría maldecir el nombre de un recién nacido? No niego que seas insoportable y digno de odio –aclara, borrándole los inicios de una sonrisa tierna–, pero eso es ahora. Eras solo un bebé, ¿quién podría odiarte en ese momento?
Él no dejó de acariciarla con ternura, ella prefirió ignorar los toques por culpa de su curiosidad inhumana.
–Incluso un dragón se pudo apiadar hace años de mí, cuando habían pasado apenas unas semanas de mi nacimiento, un dragón que pudo haberme devorado sin problema alguno solo me observó con cariño y me olisqueó con curiosidad –confesó Hylla, sorprendiendo al rey de Arendelle como nunca nadie lo había hecho–, pero tú estás aquí, diciéndome que los más cercanos hombres de vuestro misericordioso Dios no podían perdonarle la vida a un pobre recién nacido, ¿cómo aún podéis creer que nosotros somos los enfermos, violentos y salvajes mientras que ustedes sois los puros y benevolentes?
Él negó con la cabeza. –¿Has escuchado como me llaman? ¿Alguna vez has llegado a oír aquel apodo con el que los que más me odian me señalan en sus discursos llenos de veneno y desprecio?
–¿Cuál de todos tus apodos? –cuestiona alzando una ceja.
–El cruel regalo de Dios –aclaró el rey–. Mi magia es algo incomprensible –afirma creando un vaho helado tan solo con un aliento, bajando gravemente la temperatura de la habitación–, mi magia, si hubiera nacido en el género equivocado, se hubiera tachado de brujería y hubiera sido castigada con la hoguera y su fuego eterno. Mi magia, en mis primeros años de vida, provocó que me señalarán como un niño maldecido por la voluntad del diablo, un pequeño demonio del averno que solo traería dolor y miseria a mis tierras, el castigo cruel hacia mi padre por no haber desposado a una mujer de alta cuna en lugar de mi humilde madre. Yo forcé el respeto, yo me quite el temor y el aborrecimiento e impuse la adoración, querida Hylla, enseñé a aquellos que me odiaban a apreciarme por el potencial de mi magia, les obligué a verme como un regalo y no como una maldición de los cielos.
Ella lo observó fijamente a los ojos, intentando adivinar sus verdaderos sentimientos, buscando algún sentimiento verdaderamente humano como la pena o el dolor. No encontró nada de lo que esperaba.
–¿Cómo lo hiciste? –cuestiona en voz alta, a pesar de que realmente se está preguntando si alguna vez llegaría a ver a ese monstruo como un ser humano común y corriente.
–Actúe como tan solo se habían atrevido los emperadores de la poderosa Roma, me glorifiqué a mí mismo e impuse mi imagen sobre la del Dios que la Santa Sede defendía. Cualquier ciudadano de Arendelle te dirá lo mismo –afirmó con una sonrisa presumida formándose a la perfección en su rostro–: confían más en su rey que en su Dios, le rezan más a su rey que a su Dios, ruegan clemencia y buena cosecha a su rey en lugar de pedírselo a su Dios.
Hylla se remueve a sentir las manos heladas de Ezra colocándose con dulzura en sus pecosas mejillas.
–Te juro aquí y ahí ahora, mi querida Hylla –empieza a decir, agachando un poco su rostro para juntar sus frentes–. Que a ti te adorarán de la misma manera, serás la diosa que le hacía falta a estos devotos.
Ella frunció el ceño. –¿Y qué pasará cuando me rompas? –cuestiona con rabia–, ¿me seguirán adorando?
–Cariño mío –murmura con delicadeza–, te he dicho que ya estás rota –le recuerda con algo de sorna–. Ellos aprenderán a adorar cada ruptura de tu ser, tal y como adoran las mías.
Se aleja de su rostro para tomar sus manos y dejar un beso en ellas.
Hylla se convence a sí misma de ello en ese preciso momento. No quiere ser la diosa acompañante de ese rey enloquecido por el poder que alguna fuerza mayor le ha concedido, no quiere ser adorada, no quiere ser parte de ese juego enfermizo que él ha creado a su alrededor con ayuda de aquellos que no pueden juzgarlo ni negarse a sus órdenes. No quiere estar a su lado bajo ninguna circunstancia, no quiere ser ese tipo de líder que él está tan orgulloso de ser. Hylla no quiere retar a sus dioses, por mucho que no los adore como la más devota de entre los suyos, no quiere retarlos pues conoce las crudas consecuencias de aquellos que sí lo hacen.
–¿No ha caído gran parte de Roma por culpa de este pensamiento tan peligroso que tienes? –cuestiona con tono acusatorio.
–Roma cayó porque ellos se pronunciaban dioses cuando no lo eran –explicó Ezra con calma, usando todos sus conocimientos a su favor, usando los datos que a él le convenían–, cayó por qué sus riquezas se acabaron cuando no quedó más mundo que invadir, Roma cayó por ser demasiado grande, por qué no se pudo repartir. Yo no aspiro a la conquista de todo el mundo, querida Hylla, aspiro a tener un reino fuerte y seguro que no tenga que temblar por ninguna amenaza de ataque, quiero un reino pacífico, un reino de gente feliz dispuesta a anteponer la vida de su rey a la suya… no creo que realmente esté pidiendo demasiado.
–Tal vez no sea demasiado lo que pides, pero tal vez sí que pides más de lo que mereces –dice Hylla–, ¿por qué tendrías derecho a ese trato? ¿por qué deberían de apreciarte más que a sus propias vidas, Ezra?
–Mantengo a mi pueblo seguro –afirma con seguridad y orgullo–, todos aquellos que en estos momentos se hubieran visto obligados a formar parte del ejército de Arendelle para mantener el territorio seguro ahora tienen la oportunidad de vivir tranquilos en sus casas, con sus familias, trabajando tan solo en lo que su nombre dicta, a salvo por completo porque, en el fondo de sus corazones y con toda la seguridad del mundo, saben que su rey jamás dejaría que nada malo le ocurriese a estas tierras que llaman hogar. Yo, ya lo habías dicho tú misma, soy todo lo que mi país necesita para estar a salvo de cualquier tipo de amenaza extranjera.
Él da por terminada la conversación al dejar un dulce beso en la frente de Hylla, incomodándola por completo. El rey de Arendelle le hace una leve reverencia con las manos tras la espalda para luego dar media vuelta y comenzar su caminata hacia la puerta.
–Por cierto, querida –dice sin dejar de caminar, sin mirarla–, supongo que ya has sido informada de la asistencia de tu gente y tus aliados a nuestro matrimonio y que ellos han aceptado una boda puramente católica.
–Lo sé, sí –asiente luego de limpiar su frente disimuladamente, dejando que Ezra pensará que aquello era un favor a los cristianos cuando en verdad era la manera en la que los vikingos daban a entender que no aceptaban ni veían cómo legítima la unión que habían forzado en la joven jefa de Berk.
–Quería comentarte otra cosilla. Durante la ceremonia, habrá un momento en el que el sacerdote pregunta si todos los presentes están a favor de la unión, dirá que aquel que quiera interponerse debe hablar en ese momento o callar para siempre.
Finalmente voltea a verla fijamente, clavando sus azules orbes en ella como si de dos púas de hielo se tratasen. Parece que la está retando con la mirada, parece que está probándola para saber si dirá algo ahora que tiene esa información, parece que quiere darle unos segundos para reaccionar a sus palabras. Pero Hylla no le da aquella satisfacción, se limita a dar vueltas con la muñeca para indicarle que siga hablando.
–Te lo comento –continúa, ocultando por completo su desilusión–, para pedirte que mantengas a tu gente tranquila, lo último que necesitamos en nuestro gran día es a gente gritando que se opone por completo a nuestra boda –le dedica una sonrisa encantadora, una sonrisa que le gustaría si no fuera porque sabe a la perfección la clase de monstruo que es–. Es más, querida mía, si puedes conseguir que tus invitados no causen ni un solo problema mañana lo agradecía de gran manera. Que tú y yo mantengamos el orden entre los asistentes sería una espléndida manera de comenzar nuestro matrimonio, ¿no te lo parece, querida mía?
Hylla quiere no responderle, solo quiere que salga de una vez de su habitación, pero él no se ve dispuesto a irse sin una promesa, por lo que ella suspira pesadamente para luego ponerse recta.
–Te aseguro que nada malo pasará, por lo menos no de parte de mi gente.
Él extiende aún más su sonrisa. –Esplendido, querida, me alegra poder confiar en ti, Hylla. Y espero que, aunque no creo que lo hagas ahora, en el futuro puedas perdonar mi comportamiento del día anterior, me dolería eternamente saber que me guardas rencor por acciones tan inexcusables.
Ezra se va mientras Hylla piensa que a ella también le gustaría tener la capacidad de confiar en él, mientras piensa en que tal vez podría seguir rencorosa por todo el tiempo posible, para asegurarse de hacerle todo el daño posible a aquel terrible sujeto con demasiados aires de grandeza.
