En el que se narra la boda entre el rey Ezra de Arendelle y la jefa Hylla de Berk.


El día había llegado finalmente y Aster Hofferson no podía sentirse más deprimido por ver como la mujer que amaba se casaba con otro hombre y accedía a regir en un reino desconocido. Podría soportarlo si ella lo quisiera de verdad, si ella hubiera sido la que le pidiera cancelar todo para estar con la persona con la que en verdad quería estar. Si Hylla estuviera enamorada sería diferente, podía asumirlo, podía sonreírle con tranquilidad y desearle todo lo mejor del mundo, pedir a los dioses por su bienestar y tranquilidad en el nuevo compromiso en el que se adentraba… pero no era así, los dioses habían demostrado una vez más, después de tantos años sin señal alguna, que odiaban a la mujer que él amaba y lo hacían de la manera más cruel posible. Hylla, la chica que llevaba amando media década, la jefa de su tribu y la mujer que le enseñó una nueva manera de ver su mundo y su vida, ella, el amor de toda su vida se casaba con un hombre que no la quería, se casaba con un hombre que no quería, obligada por las firmas sin valor de tres sujetos muertos, encarcelada para siempre para mantener a los suyos a salvo, lejos de la guerra que no los había tocado en tantísimo tiempo. Aster contemplaba todo aquel trágico acontecimiento con las manos amarradas, forzado a solo observar, dejado a su suerte para ahogarse en un océano de impotencia y rabia aguantada. Se sentía tan destrozado, viendo como la mujer que amaba se había hundido de hombros y aguantaba todo aquello con una expresión melancólica en el rostro, decidiendo no pelear una guerra que ella ya juraba perdida cuando él aún quería alzarse en armas.

Fue peor cuando el resto de los jinetes de Berk también suspiraron rendidos y, a pesar de las quejas de la servidumbre del palacio, habían entrado en la habitación donde arreglaban a Hylla para hablar con ella amenamente, fingiendo que no estaban a punto de casarla con un completo lunático que la veía como un simple objeto, fingiendo que ahí afuera la esperaba un idiota que jamás la querría de la manera correcta, un hombre que la veía como una simple obligación.

Valka consiguió echar a todas las mujeres cristianas de la habitación tan solo desenfundando su hacha, había sido algo digno de sinceras carcajadas, las cuales se apagaron rápidamente cuando nuevamente eran conscientes de qué era lo que estaba sucediendo ese día.

Aster fue el primero que se acercó a Hylla. Le acarició el rostro mientras la contemplaba embelesado por unos largos segundos, hasta que Hylla le retiró la mano y huyó de su fija mirada para atender al resto de los presentes, pero Aster siguió observándola maravillado. Le tocaba mucho la moral y los cojones admitirlo, pero Hylla estaba preciosa aquel día, los cristianos habían sabido resaltar su belleza perfectamente. Le habían cubierto el cuerpo con un vestido azul que acentuaba de manera extremista su cintura donde varias cintas reafirmaban aquella estrechez antinatural, cintas similares se habían colocado en sus codos haciendo que tan solo los antebrazos de la próxima reina de Arendelle parecieran no ser apretados por las telas de encaje que le daban una pinta muy deseable a su piel pecosa, la falda era larga tanto que Hylla la tenía amarrada con cintillas de cuero hasta la hora de la boda, para evitar que le pisaran la tela, sin embargo, a diferencia de todos los vestidos que habían visto desde su llegada, el volumen de la falda era moderado, siguiendo tan solo las bases que imponían las finas caderas de Hylla, los jinetes se quedaron muy sorprendidos cuando ella comentó que aquel detalle le costó largas discusiones, que la gente de aquel reino habían insistido con un pomposo vestido que le quedaba ridículo, al final el rey se había puesto de su parte, con una condición que en ese momento ella no quiso detallar, por lo que ellos no insistieron. Todo el vestido tenía pequeñas decoraciones de azafranes hechas con delicados hilos de diferentes colores que combinaban a la perfección con el tono azul rey principal. Su rostro estaba levemente maquillado, tan solo le habían puesto unas pocas capas de polvos blancos, habían enrojecido sus labios lo mejor posible y habían añadido sombras a sus párpados, logrando así que su mirada verde se acentuase, a Aster le rompió el corazón ver como sus bellos ojos no brillaban con ilusión. Habían cortado su rebelde cabello de manera uniforme, aquello molestó a los vikingos, sobre todo porque se habían desecho de todas las trenzas diminutas del cabello de su jefa y en su lugar la habían peinado con un ajustado moño bajo que tan solo le dejaba un mechón en el rostro, un tocado sencillo pues, según las explicaciones que ahora Hylla repetía, así sería más sencillo colocarle la corona de reina.

No se le veía el resplandor emocionado de los ojos, no se notaban sus pecas, sus labios ya no estaban resecos por el frío viento y las trenzas que Aster siempre le hacía habían desaparecido por completo. Ya no era ella, ya no era Hylla, ahora era solo la prometida del rey de Arendelle, la futura reina.

–No entiendo cómo es posible que esto esté sucediendo –se lamenta Valka, abrazada a su hija, quien acariciaba con ternura la espalda de su madre–, casándote con un hombre que no te ama ni amas, jamás quise esto para ti, mi amor, jamás lo quise.

–Estaré bien, mamá –le asegura con una sonrisa que le cuesta muchísimo esbozar.

–Cuando lo necesites, le haremos trizas a base de hostias –prometió Snotlout, haciendo crujir los nudillos. El resto de los jinetes sienten como el corazón se les oprime en el pecho cuando Aster y Hylla giran los ojos al mismo tiempo. Nadie podía creer que su jefa se estaba casando con otra persona diferente al que había sido el amor de su vida.

–Hablando de liarla –comenta ella, con una mirada acusatoria que logra mejorarle un poco el ánimo–. Me han comentado algo con referente a la ceremonia –comienza a narrar, saltándose por completo la parte de que había sido un aviso de su futuro marido, aquel hombre que le ponía tan de los nervios a todos los vikingos–, habrá un punto en el que el sacerdote…

–¿Qué es esa cosa? –cuestionó Ruffnut cortándola de inmediato. Hylla suspiró pesadamente.

–El hombre que me va a casar, un puesto de la Iglesia o algo así, realmente yo tampoco entendí muy bien qué significaba todo esto –respondió apresurada mientras se hundía en hombros–. Bueno, la cosa es que en algún momento este hombre preguntará si todos los presentes están de acuerdo con la unión.

–¡Ah! Entonces sacamos las armas y masacramos a esos idiotas –interrumpió Tuffnut–. ¡Gran plan, Hyllita! –felicitó el muchacho guiñándole un ojo mientras la señalaba con orgullo. Para cansancio y desgracia de la jefa de Berk, los demás vikingos también parecían encantados con esa terrible idea. Odiaba admitirlo, pero Ezra tenía buenos motivos para desconfiar en la calma y el comportamiento de los vikingos que asistían a la ceremonia.

–No, nada de arma ni de masacres. Cuando oigáis eso o cualquier cosa que os haga pensar que podéis detener la boda cerráis la boca y os mantenéis quietitos, ¿me habéis entendido? –dice lo último alzando una ceja en contra de ellos.

–¿Qué? –soltó Fishlegs–, ¿por qué lo haríamos? Suena a la oportunidad perfecta, si nos dan la opción ¿por qué no tomarla?

Estresada, Hylla resopla mientras pellizca el puente de su nariz.

–No es una verdadera opción, Fishlegs, es una mera formalidad, además, por lo que me han dicho, los únicos que en verdad pueden protestar son los tutores legales de los novios, en este caso, los que firmaron el trato –añadió mirando de reojo a su madre, quien borra la ilusión de inmediato de su rostro–, y esos tres han fallecido así que no hay más opción que casarme con él.

Aster se guanta un gruñido ante la última palabra de Hylla, ella lo nota de inmediato y se detiene a sí misma de mirarlo de reojo.

–Entonces… –comienza Snotlout con una mano en su mentón.

–Entonces nada, chicos –sentencia firme Hylla–. Voy a casarme con este tío y punto, no podemos hacer nada.

–Hylla… –intenta Aster.

Ella finalmente lo mira, y le duele a ambos que tenga que ser el ceño fruncido.

–No sé si ustedes lo habéis intentado, pero yo he repasado esa asquerosidad de tratado en infinidad de ocasiones y sencillamente no encuentro ni una sola manera de poder cancelar este matrimonio. No hay nada, esos tres estaban seguros de que nos conoceríamos de niños y nos terminaríamos enamorando perdidamente, por lo que no dieron ni una sola oportunidad de salir de este matrimonio… tan seguros que estaban y al final ninguno pareció interesado en contarnos absolutamente nada de este tratado.

Snotlout fue el primero en reaccionar con enojo. –Entonces, ¿qué? ¿ya está? ¿Vas a casarte con este tío y ya?

Hylla rodó los ojos, mosqueada.

–Sí, os lo vengo repitiendo un mes entero –bufó mosqueada–. Voy a casarme, no podemos dar ataques sorpresas, no haremos planes maquiavélicos para huir. Nada.

–¿Por qué te estás rindiendo sin tan siquiera pelear? –gruñe Snotlout, sin disimular en lo absoluto la decepción en el tono de su voz.

–A ver, genio –gruñó cruzándose de brazos–, si tuvieras a la Salvajibestia a punto de matarte cuando estás completamente desarmado, ¿no aceptarías la muerte dignamente? ¿me estás diciendo que simplemente buscarías hasta el final para pelear contra un poder al que no puedes superar? –Snotlout intenta responder, pero Hylla sigue hablando–. He buscado como loca una manera, he estado formulando formas de ganarles la guerra, métodos para huir… no hay nada, o por lo menos yo no he encontrado nada. Tal vez si en vez de lloriquear como si fuerais vosotros los que os casáis me hubierais tomado en serio cuando os dije que buscarais algo, tal vez podría huir de todo esto, pero no, no hay manera, no hay salida.

Aster apretaba los dientes con ira e impotencia. –Podríamos…

–No, Aster –le corta de inmediato, adivinando sus siguientes palabras–, no tienes ni idea de lo que son capaces, no has visto lo que yo he visto, les basta con un puto movimiento para matarnos a todos, sería tan rápido que ni siquiera contaría como morir en batalla… e incluso si pudiéramos darles batalla ellos terminarían ganando y yo volvería a este punto, con mucho menos respeto, con muchos menos derechos, siendo tan solo una prisionera de guerra a la que pueden tratar como puta.

Valka intenta hablar, pero la puerta suena y, antes de que nadie responda o conceda permiso, el príncipe Anne entra en la habitación. Ha cambiado sus tonos negros y depresivos por una vestimenta dorada y rojiza, los colores que representaban el poder según la cultura de su pueblo, en días festivos como aquel respetar el luto eterno por sus padres era un mal augurio y una gran falta de respeto hacia su hermano y su futura esposa por lo que había sido obligado a vestir otros colores, por mucho que él en verdad hubiera deseado ser un mal augurio para la boda de su hermano. Mira a todos con asco, a excepción de Hylla a quien le dedica una ceja alzada.

–¿Azul rey? –cuestiona mientras sube la mirada para verla–. Solo se usa azul en vestidos de novia para expresar… oh.

–Sí –bufa Hylla, confundiendo así a todos los vikingos–, oh.

–Una broma de mal gusto, pero seguramente a Ezra le ha fascinado la idea –comenta ignorando las miradas inquisitivas de los vikingos–. Un muchacho de cabellos negros, creo que su nombre era Hunter, me ha pedido que te diga que ya le ha comunicado lo que querías al resto de vikingos –Hylla asiente, pensando que eso era todo, pero la mirada de Anne sigue clavada en ella.

–¿Qué? –cuestiona cansada.

–¿Qué es lo que querías comunicar? –pregunta acusativo.

–Lo de la bendita parte del sacerdote, lo que hablar o callar para siempre. No me habéis dejado salir de esta habitación por esa tontería de no ver a la novia horas antes de la boda, así que le he pedido a Hunter que difunda la información para evitar cualquier locura.

Anne se limitó a asentir con elegancia, enojando tan solo por eso a los vikingos al no oír ni una sola disculpa por su desconfianza. Rápidamente se dicen a sí mismo que realmente el niño tiene muy buenas razones para temer una traición o plan secreto de su parte, ellos desearían tener algo parecido.

–La ceremonia empezará en diez minutos –avisa, sacando un reloj pequeño con cadena dorada de su bolsillo–, os recomendaría que os encaminéis inmediatamente a la capilla del palacio, no es buena idea que salgáis al mismo tiempo, la novia tiene que llegar sola –de pronto, sus ojos azules verdosos se dirigen a Valka–. Ante la falta de un padre que la entregue al altar, supongo que usted tomará ese rol, ¿o tal vez preferiría usted confiar tal labor en algún respetado hombre de entre sus aliados?

Valka se lo piensa unos segundos para después mirar a su hija y acariciar su cabello con delicadeza de no despeinarla.

–¿Te gustaría que lo hiciera Gobber? –le pregunta con dulzura.

Hylla sonríe, por primera vez en ese día lo hace con completa honestidad, eso logra alegrar un poco el corazón de su preocupada madre, quien no deja de acariciarle los mechones castaños peinados tan sencillamente.

–Sí, eso estaría más que bien –asiente con calma en el corazón.

Anne vuelve a asentir con elegancia. –Entendido, le comunicaré la decisión al señor Gobber el Rudo, con permiso.

Se da la vuelta y sale de la habitación, dejando a los vikingos en un silencio sepulcral.

–¿Qué significa eso del azul? –cuestionó Fishlegs, dejándose llevar demasiado por su curiosidad natural.

Hylla suspiró y miró con pena a sus amigos, ellos tiemblan al no tener ni la más mínima idea de qué podría ser lo siguiente que dijera la jefa de Berk. Podría ser cualquier cosa, cualquier tipo de asquerosidad o burla hacia su honra, cualquier locura, no quieren pensar en lo peor pero es complicado no hacerlo.

–En una boda –comenzó cabizbaja con su explicación, ignorando y rehuyendo de todas las miradas clavadas en ella–, un vestido azul simboliza el amor puro y verdadero.

El silencio corroe cada centímetro de aquella helada habitación, Hylla siente que las manos de Ezra nuevamente están congelando su cuerpo.

A Aster ya no le parecía que estaba preciosa.


Hylla se sentía ridícula caminando por un pasillo tan largo, pisando con su pierna falsa una alfombra hecha con una piel tan exageradamente cara, arrastrando metros y metros de la tela azul que conformaba parte de su vestido, con un velo en el rostro que complicaba su vista, agarrada a uno de los inmensos brazos de su mentor de herrería y con un inmenso ramo de flores blancas en una mano. Se veía ridícula ante los ojos de cualquier vikingo, se sentía ridícula, débil, y sumisa… tal vez era así cómo lo habían deseado todos esos cristianos que la miraban tan asombrados como asqueados. Escuchaba las mismas palabras una y otra vez, como un infernal bucle del que estaba desesperada por escapar.

–Una vikinga, de verdad es una vikinga. No quise creérmelo pero es verdad.

–No me puedo creer que un rey tan respetado como su majestad Ezra esté desposando a una verdadera vikinga.

–¿Será este el evento más fatídico de la historia de este gran reino?

–¿Realmente le van a permitir heredar el trono al vástago de una pagana?

Los escuchaba murmurar infinidad de veces, era tan horrible escuchar esas molestas voces pronunciando la misma sentencia sin parar, sin molestarse en disimular, sin respetarla en lo más mínimo. Si ellos fueran vikingos los mandaría a callar con un grito calmado, si fueran vikingos Aster hubiera gruñido y sacado su hacha para silenciarlos, si fueran vikingos Gobber estaría con las armas en el cielo rugiendo órdenes… pero son cristianos, por lo que no se callan hasta que una tos falsa resuena por toda la estancia desde la garganta del rey de Arendelle.

Mientras camina y ve las avergonzadas expresiones en esos empolvados rostros, Hylla se da cuenta de qué es ahora: la esposa del rey, la reina consorte, la vikinga a la que ligaron eternamente al temible rey de Arendelle. Ya no es Hylla, ahora solo es la esposa de Ezra… jamás creyó que sería algo remotamente similar a aquello. Maldecía su destino y rezaba por otra posible opción.

–Todavía no me creo nada de esto –le confiesa Gobber en un suspiro pesado–, estoy buscando por tu casa, por cierto, algo que podamos usar contra ellos.

Con ayuda del velo, Hylla disimula a la perfección su sorprendida expresión.

–¿Aquí estaban las cartas de tu padre, verdad? –intenta confirmar el vikinga, ella asiente levemente, para que nadie piense nada extraño–, tal vez en tu casa estén las cartas de los reyes… tal vez encontremos la verdad detrás de toda esta locura, vendré en cuanto descubra cualquier cosa, pequeña.

Antes de que se den cuenta, ya se encontraban a un paso de Ezra, quien sonríe tranquilamente con una mano sobre el mango de su espada ceremonial. Gobber le ignora a pesar de lo desesperados que parecen el sacerdote y los guardias, parece ser que lo adecuado es inclinarse ante el rey en ese momento. El inmenso vikingo vuelve a suspirar, acaricia con su única mano de carne y hueso el cabello de su aprendiz, con la dulzura de un padre. Refleja en sus ojos todo el cariño que siente por su jefa mientras le da un beso en la cabeza. Entrega enojado la mano de Hylla en la palma extendida y expectante de Ezra. El rey de Arendelle asiente como agradecimiento y saludo cortés, el vikingo se limita a mirarlo de hito a hito para luego marcharse a su asiento. Los cristianos allí presentes parecen ofendidos, pero Ezra no cambia en lo absoluto su sonrisa ladina llena de falso cariño.

La colocan a su lado izquierdo, le dijeron que era por costumbre, porque antiguamente era relativamente común que los novios tuvieran que batallar contra enemigos para poder casarse con su dama. A Hylla igualmente le parecía ridículo verlo con esa espada enfundada y sirviendo de apoyo de su mano derecha, era innecesario porque Ezra ni siquiera necesitaba una espada para derrotar a sus enemigos, le bastaba con esas manos malditas que él juraba y había obligado a señalar como milagrosas.

Nuevamente está temblando por el frío tacto de su pálida piel contra la suya. Suspira disimuladamente, tal y como ha aprendido poco a poco de él por su propia cuenta, soltando todo el aire que puede apenas moviendo su cuerpo, sin permitirle a ni uno solo de los presentes notar su nerviosismo y cansancio… él único que parece notarlo es su futuro marido, que sigue mirándola fijamente, sin perderse ni uno solo de sus movimientos.

El sacerdote comienza a hablar. Ella a penas presta atención a las palabras que llega a pronunciar, se fija únicamente en las respuestas contenidas de su gente, de sus aliados vikingos. Todos tienen el ceño fruncido y los dientes apretados por la completa rabia e impotencia, sus cuerpos tiemblan por la furia que están conteniendo con fuerza dentro de sus corazones infestados del veneno de la aristocracia cristiana, sus manos se aprietan una contra la otra para impedirse entre ellas viajar hasta las armas, impidiéndose así arruinar por completo la paz que habían prometido, por Hylla, mantener. Sus ojos constantemente se desvían, como si ignorar la escena que tienen a unos pasos de ellos mismo pudiera hacer que no existiera, como si quisieran huir de un evento tan nefasto como aquel. Hylla quisiera reprocharles por la falta de apoyo, pero si es completamente honesta consigo misma rápidamente se da cuenta que, si ella estuviera sentada al lado de ellos, haría exactamente lo mismo.

–Ezra, gran soberano de las nieves, su alteza real de Arendelle, hijo del rey Agnarr y de la reina Iduna de este majestuoso reino –habla aquel hombre paliducho con el pecho inflado por su instinto patriótico y su máxima admiración por su legítimo rey–, ¿aceptáis aquí y ahora a Hylla Haddock, jefa de Berk, jinete del Furia Nocturna y maestra de dragones para amaros en la riqueza y la pobreza, en la salud y en la enfermedad con completa fidelidad hasta que la muerte os separe?

Hylla no puede evitar mirar fijamente a Ezra cuando las palabras de aquel hombre concluyen.

–Acepto –asiente el rey sin dejar de mirarla ni un solo segundo, como si estuviera disfrutando cada centímetro de ella.

Hylla toma todo el aire que puede, sabiendo que ahora le toca a ella.

–Hylla Haddock, jefa de Berk, jinete del Furia Nocturna y maestra de dragones –asombrada, Hylla nota la falta de asco en el tono de aquel sirviente del Dios cristiano, quien no la ha mirado ni a ella ni a su rey en ningún momento de la ceremonia, se pregunta si eso es lo que le da la capacidad de no dedicarle un tono completamente asqueado–, ¿aceptáis aquí y ahora a Ezra, gran soberano de las nieves, su alteza real de Arendelle, hijo del rey Agnarr y de la reina Iduna de este majestuoso reino para amaros en la riqueza y la pobreza, en la salud y en la enfermedad con completa fidelidad hasta que la muerte os separe?

Amaros… Esa es la única palabra que se repite en la cabeza de la vikinga mientras mira fijamente al rey cristiano. Amaros… le habían dicho cientos de veces que el rey en verdad no amaba a nadie, que consideraba a todos sus posesiones valiosas que cuidaba, pero no amaba. Amaros… él no quería casarse con ella, solo jugar como un pequeño crio sádico.

Amaros… Ezra mismo le había dicho que eso jamás pasaría.

Por lo que lo imita, le devuelve esa falsa sonrisa cariñosa y responde con un lento asentimiento.

–Acepto –pronuncia unos tonos más altos de lo que se había esperado, unos tonos más altos de lo que habían ensayado.

–Aceptáis de esta forma –dice el hombre, siguiendo lo dictado hace tantos días, sin mirarla. Hylla sería nombrada reina en medio de la boda, para no disgustar a los visitantes cristianos, reduciendo varios juramentos puramente católicos para mantener contentos a los vikingos–, el puesto de reina de Arendelle, el puesto de reina cristiana. Juráis, por tanto, servir al pueblo de Arendelle de la misma manera que servís por vuestra patria, juráis, por tanto, actuar en nombre del bienestar de este reino.

Ella asiente. –Así lo acepto, padre –responde elegantemente, tal y como le han enseñado a hacerlo.

–Si hay alguien aquí presente –allí estaba, la frasecita de la que tuvo que advertir a su gente, la frasecita que guarda una falsa esperanza–, que tenga una buena razón por la cual estar en desacuerdo con esta unión planeada por los soberanos de estas dos grandes naciones –Hylla mira fijamente a su gente, recordándole duramente que tienen que mantenerse callados. Hunter la mira con complicidad, una complicidad llena de impotencia, Valka, su madre está a punto de llorar, Gobber tiene la mirada en el suelo, sus amigos fruncen el ceño en dirección del rey… Aster la mira con todo el amor y cariño del mundo–, que hable ahora –en el fondo de su corazón, ella quiere hablar, ella quiere decirle que no piensa casarse con ese monstruo, ella quiere quitarse esas incómodas prendas y correr hacia su dragón de regreso a su hogar–, o que calle para siempre.

El sacerdote ni siquiera unos segundos para disimular, da por hecho que nadie tiene nada que decir y continúa con la ceremonia. A Ezra le indican que le quite el velo a Hylla, no solo por el siguiente paso, sino también por la entrega de la corona que se hará después.

–Puede besar a la novia –anuncia el sacerdote, por los ruidos que se escuchan tras su espalda, Hylla sabe que esa idea espanta a más de una aristócrata cristiana.

Los dedos fríos de la mano derecha de Ezra rozan una de sus pecosas mejillas, aquel tacto le produce los mismos temblores helados de siempre, la misma sensación de magia enfermiza y oscura. Siente su presencia congelada acercándose cada vez más a su rostro, su mano acunando su rostro, su fresco aliento y su calmada respiración mezclándose con las suyas. Ella lo mira levemente a los ojos mientras siente los labios del rey rozando los suyos.

Finalmente ocurre, mientras ella coloca las manos en su pecho y él mantiene una mano en su mejilla y otra en su cintura.

Los labios de ella recuerdan a la guerra. Ahora mismo son rojos como la misma sangre que jamás ha bañado con su fatalidad al rey de Arendelle, están partidos… destrozados como todos los hombres que, a diferencia de él, han tenido que alistarse para combatir las batallas de otros, son secos como las tierras quemadas por el ejército que se retira hacia los adentros de su patria. Nunca ha tenido ningún tipo de suciedad tocándole, pero es consciente de que esos labios saben a polvo y hollín… sus besos son la gloria del rey vencedor que se alza sobre los cadáveres de todos los hombres que mandó a morir por sus ideales egoístas. Ezra se convence en ese preciso momento que jamás conocería gloria más grande que los besos de Hylla, no podía esperar al día que esos besos se dieran por puro deseo y no por obligación.

Los labios de él recuerdan a la cicuta de agua, aquella preciosa flor de la que le advirtieron varias sirvientas. Pétalos pequeños y pálidos, preciosos como ningunos otros… increíblemente tóxicos. Ser besada por ese hombre era como abrir la boca para dejar que alguien colocara aquella mortífera flor en tu lengua y accedieras a tragarla, era permitir que te mataran de la forma más poética y dramática jamás pensada. Sus labios son suaves, son dulces, extremadamente adictivos… que enfermizo, aceptar con gusto el veneno que dejan en tu interior, aceptar sin remordimiento alguno que las toxinas recorran todo tu sistema, permitir que la muerte te tome de una manera tan lamentable y prepotente. Son dulces, vaya que son dulces, pero no podría compararlos con ninguna chuchería conocida, no podría explicarlo, no podría definirlos correctamente, solo sería capaz de mencionar la adicción momentánea que sintió por ellos, la necesidad infundada.

Cuando se separaron los aplausos forzosos a penas se escucharon, Hylla se limitó a ocultar su rostro de cualquiera de las personas presentes, Ezra le rodeó la cintura con una brazo y sonrió contra su cabello, duraron así unos segundos hasta que el sacerdote, todavía mortificado por la terrible visión que tenía a escasos centímetros de él, recordó que aún tenían que coronar a aquella pecadora, a aquella mujer pagana que había llegado de momento a otro a casarse con el regalo gélido de Dios.


Aceptar la corona había sido… relativamente sencillo. Solamente tuvo que arrodillarse junto a su, ahora, marido y permitir que aquel hombre de vestido blanco y dorado le colocara una pequeña corona de oro puro, mucho más pesada de lo que había esperado, en la cabeza. Había sido sencillo.

Sentarse en el trono de la reina de Arendelle… eso sí que había sido complicado.

Ezra la llevó hasta la zona de los tronos tomándola elegantemente de la mano, ella apenas colocaba sus dedos sobre la piel pálida de su marido, tal y como le habían enseñado que hiciera, tal y como habían planeado. Él se había detenido justo al lado de aquel magnifico asiento, delante de su trono, había colocado un brazo tras su espalda y se había inclinado para señalar el lugar que ahora ella tenía que ocupar. Ella tomó tanto aire como pudo, pero aun así no logró calmarse.

Los vikingos mirándola fijamente, vencidos por aquel matrimonio que tanto odiaban; los cristianos seguían cuchicheando, escandalizados por la presencia de todos esos paganos, ofendidos por la idea de que una vikinga ocupara el sitio que alguna vez ocupó la querida reina Iduna de Arendelle, aquella mujer de perfecto comportamiento y maternal sonrisa que a todo el continente había encandilado. Todo aquello la ponía de los nervios, todo aquello la obligaba a temblar de la manera más horrible. Había enfrentado cara a cara a la Muerte Roja y a la Salvajibestia, aun así se sentía desprotegida en esa pomposa sala.

Camina lentamente, tomando todo el aire que puede, calmándose lo mejor posible, hacia aquel trono. Sus pasos resuenan en el repentino silencio sepulcral del palacio entero, su espalda de mantiene recta, su mentón alzado, sus manos quietas delante de su vientre, tal y como le han enseñado. Llega a estar delante de aquel trono, le da la espalda, toma la mano de Ezra y se sienta.

Las manos de su marido se mueven delante de toda la sorprendida sala para formar sobre sus hombros una larga capa, cómoda pero terriblemente fría; unos detalles brillantes en su corona también se presentan y en sus palmas abiertas imitaciones del orbe y el cetro reales se crean. Él se coloca elegantemente frente a su esposa, le sonríe encantado y luego se arrodilla con un mano en el pecho y cabeza agachada.

–Mi reina –pronuncia en voz altos, los aplausos no se hacen esperar. Ezra se alza para mirar a todos los presentes–. ¡Larga vida a Hylla, reina de Arendelle!

–¡Larga vida a Hylla, reina de Arendelle! –repiten a todos los cristianos. Los vikingos se miran entre sí, completamente incómodos, sin saber qué hacer.

–¡Dios salve a la reina! –nuevamente, Ezra grita.

–¡Dios salve a la reina! –repiten los cristianos.

Ezra vuelve a mirar a Hylla, tan solo para sonreírle de oreja a oreja, expresando toda su diversión, expresando toda la emoción de su ser. La falsa alegría que se llega a transmitir en la curva de sus labios la enferma por completo, pero no lo demuestra en lo absoluto. El rey se sienta en su trono, al lado de su esposa, y sonríe a sus escandalizados invitados. Es entonces que su hermano menor avanza, solo, sin haberle permitido a su prometida a acompañarle para que no pase por la vergüenza de no tener ningún trono para ella, le dedica una mirada inexpresiva a su nueva reina, logrando engañar a la mayoría con respecto a su odio. Se arrodilla de la misma manera que su hermano frente a Hylla.

–Mi reina –pronuncia, y los monarcas vuelven a aplaudir–. Con su permiso –dice levantándose, sin alzar la mirada, sin darle la espalda, avanzando humildemente hacia su trono.

–¡Dios resguarde eternamente a la familia real de Arendelle! –brama un miembro eclesiástico extranjero–. ¡Larga vida a sus majestades, los reyes y el joven príncipe!

–¡Amén! –pronuncian con júbilo todos los cristianos presentes.

La fiesta está a punto de comenzar, o eso suponen los pocos vikingos presentes por la forma que el rey sonríe al levantarse, se sorprenden al escucharle pronunciar un largo discurso de agradecimiento por la asistencia de todos los presentes. Incluso se llega a dirigir a ellos, a aquel grupo de paganos separados por completo del resto de los testigos de aquella boda del siglo, les agradece por su asistencia, con tanta gratitud que incluso parece que no hayan sido forzados a venir, incluso parece que ellos no estaban abiertamente en desacuerdo con aquella unión.

–Celebremos ahora, pues, mis apreciados amigos –dice con los brazos extendidos y con una sorpresa que tienta a los vikingos para lanzarle varias hachas a la cara de imbécil que tiene, sobre todo porque también va dirigida hacia ellos–, celebremos de la mejor manera esta unión, bailad, comed, bebed, ¡gozad!

El hombre se sienta lentamente en su trono, mientras los invitados cristianos comienzan a dirigirse a la pista de baile, mientras los músicos comienzan a entonar preciosas notas con sus instrumentos, mientras los aplausos resuenan con fuerza en toda la estancia. La fiestas comienzan, los vikingos se limitan a calmar su rabia e impotencia en las mesas a rebosar de comida, mirando de vez en cuando a los aristócratas que bailaban con falsa alegría, mirando angustiados a la jefa de Berk, intentando buscar alguna manera de alejarla para siempre de aquel terrible destino que ninguno de ellos podía comprender en lo absoluto.

El rey de Arendelle observa como un importante puesto de la Santa Sede inclina su rostro mientras alza una copa dorada de vino en su dirección, una sonrisa –que por poco parece sádica– se le dibuja en todo el rostro, coloca su mano derecha encima de su ropa, en el lado del corazón y asiente con elegancia. El miembro del clero le sonríe y toma un trago de su bebida. Hylla cuestiona a su marido con la mirada una vez el saludo termina.

–La Santa Sede está convencida de que te has convertido al cristianismo –explica mientras le hace una seña a un sirviente para que les traigan bebidas–, dejáremos que piensen eso, por el simple hecho de que nos conviene, solo tendrás que fingir frente a ellos por lo que no tendrás que ser una verdadera cristiana a menos que así lo desees.

La vikinga frunce levemente el ceño. –Querrás decir que te conviene.

Nos conviene –insiste él–, ahora somos marido y mujer, lo que me conviene a ti me conviene a mí, lo que me conviene a mí te conviene a ti. Tan sencillo como eso.

Ella aprieta los labios. –Me convendría no estar casada contigo… preferiría no estar casada.

–Pensamos igual, querida –le responde mirándola de reojo con sorna.