En el que los nuevos reyes de Arendelle afrontan su primera noche juntos como marido y mujer.
Hylla quería destrozar algo con ayuda de su leal amigo de escamas negras y terribles fauces. Volar todo lo que tenía a su alrededor con los ataques de plasma de su querido Toothless. Hylla quería apretar algún cuello hasta que el cuerpo dejara de moverse para siempre.
No sabe en qué momento se había prometido jamás volver a confiar en lo más mínimo de que sus aliados vikingos mantuvieran la calma y compostura frente a los cristianos, pero vaya que lo había hecho llena de rabia y frustración, no sabía en qué momento lo había pensado, pero ya estaba hecho. Lo peor es que no podía sentirse culpable por su repentina rabia irrefrenable, tenía todo el derecho del mundo de estar furiosa con los líderes de las tribus aliadas y con la gente importante de Berk.
La expusieron a demasiado peligro, y no solo a ella, sino también a la seguridad que aquel matrimonio le brindaba a sus pueblos, pudieron haberlo arruinado todo con unos simples comentarios y risas, y no solo lo hicieron frente al rey de Arendelle, sino también frente a los miembros de la Santa Alianza y la Santa Sede.
Hylla estaba más que furiosa con todos sus amigos y aliados, ¿por qué diantres tenían que burlarse de Ezra en aquel momento? Daba igual que lo hubieran hecho en un idioma que los cristianos no comprendieran, daba igual que tan solo hubieran susurrado. Los cristianos tomaron aquello como una especie de amenaza, como secretos peligrosos que se presentaban encriptados justo delante de sus ojos sin a posibilidad de ser entendidos. Había tenido que mentir lo mejor posible, había buscado la excusa más creíble… aquello no había sido de todo complicado, lo que sí se le hizo complicado fue poner aquel tono neutro y respetuoso que tuvo que aprender a las prisas, tuvo que agachar la cabeza frente a esa gente, tuvo que darle la espalda los suyos para asegurarse que nada malo ocurriera.
Tumbada en la cama, la nueva reina de Arendelle rabia mientras intenta quitarse el complicado vestido con el que está vestida, se sigue preguntando por qué tenían que burlarse de Ezra justo en el momento en el que él le explicaba a sus aliados y a los miembros de la Santa Sede por qué no tomaría aquella noche a su mujer. Suspira pesadamente y gruñe al escuchar las puertas cerrándose.
Genial, ahora está sola con su marido. Si muere esa noche, culpara al resto de vikingos presentes en aquel palacio.
–Te he mentido –le confiesa en un malhumorado murmullo, apretando los dientes, porque sabe perfectamente lo perjudicial que sería seguir con la farsa con él.
Mueve la cabeza y logra verlo, está calmado, pero sin su sonrisa, eso le molesta y le preocupa tantísimo, raras eran las ocasiones en que nada de sorna o gracia se veía en el rostro del tirano de las nieves. Ya algunas sirvientas, las que parecían apiadarse o empatizar más con ella, le habían advertido que al rey la rabia se le notaba muy bien la rabia pues la diversión desaparecía por completo de su ser.
–Oh, sabía eso –comenta con desdén sin mirarla mientras colgaba su capa y su chaqueta–, te felicito, querida, por haberles mentido a los demás, no hubiera contenido la furia si hubieras dicho la verdad delante de toda la gente importante –Hylla tiembla al notar como la furia aumentaba y aumentaba en el tono de Ezra–. Tanto que me costó tener la buena mirada de la Santa Sede –lo escucha gruñir, la temperatura baja terriblemente, pero él sigue desprendiéndose de las capas más superficiales–, como para que ellos casi arruinaran todo mi esfuerzo con un maldito comentario.
Lo ve tomar aire profundamente, consiguiendo así que el frío disminuyera en la habitación. Está más tranquilo, eso es bueno para ella.
–Mentiste correctamente –continúa, pero sigue igual de serio y molesto, a Hylla le da la extraña sensación de que Ezra pronuncia un monólogo que definitivamente no es suyo, como si repitiera las palabras que alguien más le susurra en el oído–, diste una excusa que no solo ha salvado a todos los presentes de una vergüenza incorregible, sino también que lo hiciste con elegancia y…
–¿Vas a enojarte ahora o cuándo? –le interrumpe entre gruñidos, cansada de estar esperando por el momento oportuno en el que a su marido decidiera estallar en contra de ella. Estaba furioso, podía notarlo perfectamente, lo único que pedía es que arremetiera contra ella de una buena vez para salir de la intriga.
Pero le ve alzando una ceja y dejarse llevar por esa decepción aburrida que muestra cada vez que Hylla responde a sus preguntas o sus palabras de manera "incorrecta".
–No voy a enojarme porque no hayas podido controlar a tus invitados, querida –le dice mientras se encamina hacia ella con lentitud. Lo ve desprendiéndose de sus estandartes, desabotonando su camisa y eso le pone nerviosa–, y eso es debido a un sencillo motivo, Hylla. Lo que establecimos fue un trato de igualdad, teníamos ambos la misma responsabilidad esta noche –siente el poco peso del rey haciendo presión en el colchón en el que ella está acostada. Una de rodillas está al nivel de su cuello mientras la otra aún está fuera de la cama, Hylla tiembla al ver su camisa por completo abierta y aquel rostro serio arriba del suyo–. Yo no controlé a mis invitados –dice con delicadeza a la par que acerca una de sus manos al cuello de ella–, tú no controlaste a los tuyos –el pánico le invade al sentir los fríos dedos de Ezra rodeándole el cuello y ejerciendo precisión, su mente se queda confusa al verlo descender hasta sus labios–, me pregunto si esto será un mal augurio para nuestro matrimonio.
Y allí estaban otra vez.
Esos labios venenosos, esos besos dulces pero asesinos que la embriagaban hasta dejarla inconsciente, tan pérdida en las toxinas que a penas nota la gélida mano que le roba el poco aire que aún guarda en los pulmones. Alguna vez leyó que las criaturas más bellas de la naturaleza son las peligrosas, alguna vez escuchó que el diablo cristiano era un bello ángel que te arrastraba hasta el infierno tras seducirte con su labia y su belleza. Hylla sentía en ese momento que la representación del mal absoluto de una religión ajena a la suya la había secuestrado de sus tierras solo para embriagarla con las llamas del averno y la lujuria.
Se pregunta por qué se sentían tan bien sus besos cuando sus caricias quemaban como el hielo y la sal combinados, una forma tan rápida de irritar y dañar tu cuerpo para siempre, una forma tan rápida de sentir que ardes en terribles llamas congeladas.
Toma aire en cuanto él la libera, intenta moverse pero está demasiado desorientada como para que sus brazos y piernas respondan en lo más mínimo. No puede dejar de mirar ese par de orbes gélidos que brillan con esa malicia picara que reconoce. Le asquea tener que admitirlo, aborrece ese sentimiento culposo, pero le tranquiliza ver como la típica mirada del rey vuelve a ella.
Quiere vomitar por ello, pero un leve gemido se le escapa de entre los labios cuando una de esas manos heladas comienza a descender sugerentemente por todo su cuerpo, concluyendo cuando los dedos rozan su intimidad.
–¿Debería tomarte ahora, mi querida esposa? –pregunta con sorna mientras junta sus frentes. Las palabras del rey resuenan en Hylla, no solo aquella pregunta sino la promesa que juró frente a los miembros de la Santa Sede que en su habitación se habían metido para dar testimonio de su matrimonio.
Cuando ella así lo desee, solo entonces consagraré correctamente este matrimonio. Había dicho con elocuencia y solemnidad, los cristianos lo habían entendido como una preciosa muestra del respeto que el rey de Arendelle sentía por su esposa, pero Hylla lo había comprendido sin ningún problema tal y como era. Ezra no quería decir que esperaría a que ella se sintiera cómoda, no se refería a que esperaría al día en el que ella lo amara. No, no significaban eso sus palabras…
Ezra no la tomaría hasta que ella así se lo rogara.
Se lo había dejado muy claro con una leve mirada burlesca que le dedicó mientras daba aquella charla, se lo había dejado muy claro cuando, disimuladamente, le acarició la espalda con sorna, se lo había dejado muy claro cuando, delante de toda aquella gente, estuvo a punto de preguntarle si deseaba que él la tomara.
Ahora se lo preguntaba claramente y sin nadie presente. Hylla, a pesar de los toques que recibe en todo su cuerpo que la están sumergiendo más en los efectos nocivos del veneno de sus labios, logra anteponer sus verdaderos deseos a la calentura de su cuerpo, por lo que lo mira fijamente a los ojos mientras responde.
–No –dice con firmeza lo cual detiene de inmediato las caricias del rey.
Y vuelve esa sonrisa burlesca y victoriosa. –De acuerdo, querida –le dice con amabilidad mientras se levanta para seguir desvistiéndose. Hylla logra finalmente sentarse en la cama, logra finalmente liberarse de aquel sentimiento abrasador, lo que aprovecha para alzarle una ceja a Ezra al verlo quitándose la ropa–. ¿Algún problema, mi reina?
–¿Por qué te desvistes? –cuestiona con recelo.
–Para ponerme una ropa adecuada para dormir, querida –le responde con simpleza mientras le guiña un ojo. Hylla gruñe–. ¿Necesitáis ayuda con el vestido? –le da vergüenza admitirlo, por lo que se limita a asentir entre resoplidos mientras se da la vuelta para permitirle remover el vestido de su cuerpo. Hylla siente que finalmente puede respirar cuando las piezas de tela interiores dejan de presionar con fuerza su cintura, incluso llega a soltar un satisfactorio suspiro que hace reír levemente a Ezra.
–Podrías empezar a usar corpiños en lugar de corsés –le comenta mientras pasa un helado dedo por toda su espalda, obligándola a sentarse recta y consiguiéndose un gruñido de parte de la muchacha–. Te apretarían menos y te quedarían bien.
–¿Había una opción menos dolorosa? –cuestiona incrédula–. Eres un sádico.
–Los corpiños no se usan ni se fabrican en Arendelle, querida –argumenta hundiéndose hombros–, las reinas lo han evitado para impedir que las aristócratas las imiten, sin embargo, para tu día a día, podrías usarlos sin problema.
Hylla alza una ceja. –¿Por qué no querían que las aristócratas imitaran eso?
–Porque significaría pagar al extranjero por algo innecesario –responde con simpleza mientras le da espalda para terminar de desnudarse–, a la gente de Arendelle no le gusta a contribuir al comercio de otros a menos que nos beneficie más o que se trate de algún país de la Santa Alianza, y los mejores corpiños son franceses, por lo que tendríamos que conseguirlos allí.
–O, tal vez, podrías conseguir cualquier corpiño.
Ezra, escandalizado, hace una mueca. –Dirán que el rey de Arendelle no trata como debe a su reina.
–¿Cómo es que se enterarían? –cuestiona mientras se levanta para quitarse por completo el vestido–. Hemos dicho que solo lo usaría para el día a día.
–Oh, querida –dice con un tono jocoso–, si, por ejemplo, comprara tus corpiños a algún país vecino, a cualquiera, ¿no crees que presumirían por todas partes que el rey de Arendelle prefiere los suyos a los de Francia?
Mientras pasea por la habitación casi desnuda, buscando los vestidos de dormir que le habían prometido, Hylla resopla aburrida por la pregunta retórica de Ezra.
–Sois tan complicados, ni que estuviéramos planeando comprar armas –masculla mientras rebusca entre los cajones–. ¿Por qué os odiáis tanto entre ustedes?
Ezra ríe mientras abrocha su nueva camisa.
–¿Nosotros nos odiamos? Sois vosotros los que siempre estáis en guerra –acusa con sorna, aprovechando un espejo cercano para observar los pechos desnudos de su esposa.
–Ya, porque somos vikingos, necesitamos conflictos consta –voltea levemente cuando finalmente tiene lo que buscaba entre manos, encuentra, entonces, la figura vestida de su marido y el reflejo de ambos en un espejo al que Ezra no le ha quitado los ojos de encima–. ¿¡Me estabas mirando por el espejo, imbécil!?
–¿Qué pasa? ¿Acaso no puedo mirar a mi mujer? –pregunta con una voz melosa e irritante. Hylla coge una vela apagada del mueble y se la lanza, el hombre ni si quiera se inmuta ante el patético ataque que da contra su pecho delgado–. Creo que he de tomar eso como un no de tu parte.
–¡Eres tan…!
Ezra le alza una ceja mientras se voltea a verla, Hylla se cubre todo lo que puede con el vestido que aún no se ponía, el rey suelta una risilla mientras se levanta y camina hasta su dirección.
Incluso en su ropa de dormir se ve terriblemente intimidante y monstruoso.
–¿Soy tan qué, querida? –cuestiona y motiva a responder a la par que sus pisadas resuenen por toda la inmensa habitación, los nervios corroen a la vikinga mientras más cerca siente la frialdad de aquel esbelto cuerpo. La embriaguez de antes, para su horror, comienza a hacerle cosquillas por todo el cuerpo desnudo, como un acto reflejo de su cuerpo, una reacción inmediata que no corresponde a los sentimientos ni pensamientos de la vikinga. La respiración se le va junto con la ropa que apretaba con sus manos cuando el cuerpo de Ezra la acorrala contra el mueble con sus brazos a cada costado de ella.
Su cuerpo entero empieza a temblar en el preciso momento en el que la respiración de él choca contra su piel, su aliento helado eriza el vello de su cuello. Suspiros pesados escapan de entre sus labios destrozados en el preciso instante en el que siente los labios de él rozando su cuello y sus manos apretando firmemente su piel. Esas caricias arden tanto que Hylla incluso llega a recordar las flamas de la Muerte Roja, arden tanto que Hylla cree firmemente que perderá para siempre esas zonas que Ezra toca con tanta lujuria, arden tanto que Hylla se siente enferma al reconocer que era solo su mente quien respondía negativamente, le enfermaba ser consciente que su cuerpo parecía estar más que encantado con toda esa atención. Sus manos suben hasta el cuello del rey y allí se aferran como un candado de hierro, sus piernas acceden a darle espacio a unos cuantos dedos del monarca, su cabeza se hace un lado para que su cuello pueda ser intoxicado con esos labios venenosos.
En cuanto nuevos besos llegan a su piel ella parece reaccionar un poco.
–Dijiste que no… –intenta hablar entre jadeos, entre firmes caricias que no puede evitar disfrutar a pesar de todo el asco que siente–, dijiste que no lo harías –reniega apretando los párpados, negándose por completo a mirarlo.
Él suspira contra su oído derecho. –Dije que no te tomaría… que no te desvirgaría, querida. Pero no dije absolutamente nada de juguetear un poco con tu precioso cuerpo, mi muñequita de trapo.
La lengua del rey marca una firme línea en el cuello de la vikinga, arrancándole un gemido de la garganta, haciendo que temblara entre sus brazos. La presión que siente en la ingle le indica que Ezra quiere tomarla, pero el cristiano para ser firme en la idea de tan solo tomarla si ella así se lo ruegue. Y eso la frustra, porque se niega a arrodillarse frente a ese hombre para conseguir lo que quiere… y le asquea el hecho de quererle de esa manera.
Y eso es lo que pasa con almas gemelas que insisten en rechazarse. Sus cuerpos ruegan por la unión, sus corazones reaccionan a su gusto, ninguno de ellos le hace caso a la confusión de la mente, ninguno de los dos quiere detenerse por mucho que el cerebro lo mande. Las manos viajan según lo indican los deseos más primarios, los labios prueban toda aquella piel que los llama desesperadamente, y los corazones buscan juntarse de cualquier manera posible. Las almas gemelas impuestas por los cambios de los humanos son un poco diferentes a las que el destino por sí mismo elige pues estas últimas responden a los llamados románticos de los sentimientos y caen encantadas en la danza del amor más puro, por otro lado, las almas gemelas seleccionadas por el ser humano se arrastran unas a otras a las garras del deseo y la lujuria, caen enamoradas, sí, pero lo que las atrae es el deseo desenfrenado que sienten ambas partes, la intimidad y el entregarse es aquello que los junta es lo que les ayuda a darse cuenta que se quieren. Es por estos motivos que el destino se está burlando en esos precisos momentos de los nuevos reyes de Arendelle, porque esperan que un amor llegue antes de saciar sus deseos más bajos.
Es un ciclo destructivo. Ellos se rechazaran y por ello se desearán. Se desearán, pero no cumplirán esos caprichos carnales. Y entonces se frustrarán, y por frustrarse se frustrarán más. Crearán que esa frustración es odio hacia el contrario y se volverán a rechazar.
No hay fin alguno sino cambian su actitud, porque volver a cambiar las negras marcas de su cuerpo no es una posibilidad.
Hylla jadea descontroladamente mientras cierra los ojos para no ver como Ezra relame los dedos que hace unos segundos complacían al cuerpo de la vikinga. Ella se aferra a las ropas de él porque sus piernas fallan incluso si una de ellas es hierro puro.
Ezra rebusca y rebusca el sabor de ella en sus dedos, deseando conseguir un poco más de aquella adictiva droga. Piensa por un momento en buscarlo en esa gloriosa fuente de producción, pero sabe que estaría tentando demasiado a la poca suerte que ha tenido en ese momento. Se limita a dar una última lamida mientras la observa temblar, jadear, sudar y aferrarse al mueble y a él, le complace tener todo ese poder, le complace tenerla tan indefensa, agachando la cabeza, intentando pelear contra sí misma para negarse a él pero fallando terriblemente.
Ezra se pregunta si está sería la primera herida que le hacía en su nueva muñequita.
Lo que no nota es que es él quien terminará completamente destrozado. No nota la obsesión que está creciendo no en su mente, donde suelen crecer todas sus obsesiones, sino en el corazón, ese delicado órgano de su frío ser que nunca antes había dejado que se tocara. No nota que todavía no la ha lastimado porque quiere disfrutar más de lo que es actualmente. No nota que le está gustando tal y como es, sin las alteraciones que su atención conlleva. Le gusta como es ella, sin alteración ninguna, sin cambio alguno. Le gusta y ya.
Nunca le habían gustado las cosas que él no alteraba, porque siempre tenían el potencial de ser peligrosas para él. Porque cambiar algo, lo más mínimo, siempre significaba poder infundir el temor que lo protegía. Pero… ahora no quería infundir aquel temor, ahora quería que aquel respeto, aprecio o lo que sea que quisiera de ella viniera de manera natural. No notaba que se estaba dejando llevar por sus sentimientos, que, poco a poco, estaba mostrando esa inocencia y credulidad de cuando era niño, cuando todavía pensaba que el malo era él por los poderes terribles con los que había nacido. No notaba que se estaba haciendo vulnerable ante Hylla.
Y esa ignorancia no le traería otra cosa que absoluto dolor.
La pregunta de qué narices había permitido que pasara la noche anterior le azotó en cuanto abrió los ojos, junto con el autodesprecio, la incomodidad y el asco. Fue entonces que la oscuridad, la luna y las estrellas brillantes le indicaron que no había sido la noche anterior, sino que había sido apenas hace unas horas. Se sentía enferma, y lo que más le molestaba es que no se sentía enferma por los toques, como había pasado cuando Ezra le había dicho lo perfecta que era para él hace dos días, se sentía enferma por haberlo disfrutado tanto e incluso haber querido más. Ya no tenía ganas de limpiarse hasta rasgar su piel, sino que quería conseguir saciar su apetito sexual sin sentirse culpable después.
Menudo asco de vida ¿por qué tenía que soportarlo ella?
Le vendría bien seguir durmiendo, pero está completamente despierta… lo cual, cuando lo piensa bien, es bastante extraño ¿por qué demonios se ha despertado de golpe cuando todavía es de noche?
Se responde inmediato. El frío absoluto que recorre todo su cuerpo a pesar de las gruesa manta que cubre su cuerpo, el frío que rompe sus labios, lastima sus dedos y quiebra sus huesos, es eso lo que la despierta.
Ezra se remueve entre tristes jadeos, gruñidos angustiosos y sollozos descorazonadores. Su piel gélida está cubierta de perlas de sudor, sus mejillas están bañadas por lágrimas ardientes, sus extremidades se mueven como si entes invisibles tiraran cruelmente de ellas frenéticamente. Estaba en medio de una pesadilla, una terrible, definitivamente, que le obligaba a balbucear ruegos y a congelar las esquinas de la habitación. Hylla se pregunta de inmediato si acaso en su pesadilla se está intentando defender de algo horrible y, si es así, qué diantres es lo suficiente aterrador como para espantar de esa manera a un ser monstruoso con el poder de un dios.
Se siente tentada, por una vocecilla cruel, a dejarle estar, pero la empatía le dice que eso sería un acto asqueroso y que ni siquiera Ezra se merecía ser abandonado de tal manera, y la lógica le dice que de todas formas ella no podría descansar por la culpa ni por el hielo que el rey formaba a su alrededor. Por lo que toma aire y acerca delicadamente su mano derecha a una de sus mejillas.
En cuanto toca su piel suave se lamenta de inmediato, ¿por qué el rostro? ¿por qué no un hombro? ¿por qué tenía que hacer algo con toques tan estúpidamente romántico? ¿es que acaso era tonta perdida?
Ezra se levanta de golpe y eso la espanta.
Jadea como si hubiera estado corriendo por tres días seguidos, se sienta de golpe en la cama, empujándola un poco de por medio sin tan siquiera darse cuenta de que ella estaba ahí, y aferra sus manos a su pecho mientras sigue llorando. Hylla se queda callada por completo por unos segundos, con el corazón desbocado por el movimiento tan repentino. Lo ve mirándose las manos espantado, y eso le preocupa por motivos que ni ella misma sabe explicar.
–¿Ezra? –lo llama delicadamente, intentando volver a tocarlo, él pega de inmediato un respingo violento, alejándose y volteándose para verla, casi cayéndose de la cama, lo cual hubiera sido gracioso si no fuera por la alarmante situación que se estaba llevando a cabo. Ahora son las manos de Hylla las que Ezra mira con terrible pánico–. Dioses… menuda pesadilla debiste haber tenido.
Es todo lo que logra decir, ganándose una mirada confundida de Ezra.
–¿Qué? –es toso lo que puede decir mientras parpadea constantemente–. ¿De qué estás…? ¿Qué estás…?
–Intento consolarte, rey de hielo –le corta de inmediato con algo de burla y malhumor, apuntando el hielo que por el techo sigue extendiéndose. El rey de Arendelle observa con horror su propia creación, su cuerpo entero tiembla y, por primera vez desde que se conocen, a Hylla le parece que Ezra es alguien delicado a quien se tiene que proteger–. ¿Te encuentras bien? –cuestiona con amabilidad, tomándole un mano sin pensarlo muy bien. Él aparta su cuerpo de ella nuevamente, como si tuviera miedo de lo que pudiese hacerle ella, como si él no fuera el peligroso de la relación.
–No me toques –le indica firmemente, mirándola a los ojos. Hylla se ofende por esas palabras.
–Oh, así que ahora eres tú quien…
Él la corta. –Puedo hacerte daño ahora –masculla mientras se levanta de la cama, alejándose de ella, caminando hasta el mueble donde hace unas horas ocurrieron todos aquellos toques. Hylla, luego de desviar su mirada de aquel trozo de madera, nota en el suelo como los pies descalzos de Ezra dejan marcas de hielo–. Mis sentimientos mantienen en raya mis poderes –explica entre murmullos mientras le da la espalda–, si mis sentimientos están descontrolados, lo mismo pasará con el hielo –concluye apuntando con un dedo el hielo que no deja de crecer y crecer–. Dame unos minutos, querida, para que pueda calmarme.
Lo escucha respirar pesadamente, con cuidado, lentamente, como si tuviera miedo de que hacerlo de manera incorrecta provocase que toda la habitación quedará sumida en nieve. Tira desesperado de su cabello, se pasa constantemente las manos por la cara y su cuerpo entero tiembla, está hecho un completo desastre.
–¿Qué has soñado? –pregunta mientras se sienta en el borde de la cama.
–No quiero hablar –habla en voz baja, por lo que Hylla se tiene que inclinar un poco para escucharle mejor.
–Tal vez hablar te ayude un poco.
–Vete a dormir, Hylla –le gruñe, sin mirarla en lo absoluto–. Descansa, ha sido un largo día y vendrán peores.
La vikinga frunce el ceño ante la testarudez de su marido. –Quiero ayudarte –insiste molesta, lo que le faltaba era tener que aguantar las excentricidades de ese hombre.
–Vete a dormir –le repite, aún sin dignarse a voltear en su dirección. Hylla, enfurruñada con la aptitud de su esposo, se levanta sin titubear de la cama y comienza a caminar hacia él–. Hylla –la llama con un tono amenazante, mirándola por encima del hombro–, acuéstate –ordena con una voz profunda y rabiosa, ella no es capaz de notar el hielo que comienza a formarse en la madera de aquel mueble que guarda su ropa–. Hylla, ¡acuéstate!
–¡Solo quiero ayudarte! –le grita ella con el mismo tono enojado–, maldita sea ¿por qué estás rechazando mi ayuda?
Hylla intenta tomarle un brazo, pero él rechaza el tacto con un brusco movimiento.
Es en ese momento en el que la vikinga es capaz de ver la capa de hielo y sudor que se ha formado en el propio cuerpo del rey de Arendelle, no le puede prestar mucha atención pues lo que más llama su atención es la absoluta furia que los ojos de Ezra transmiten.
–¡No puedes ayudarme! –brama colérico–. ¡Nadie puede!
Hylla se ve tentada a retroceder, sin embargo, logra contenerse para no dar ni un solo paso lejos del iracundo rey cristiano que congela más y más centímetros de su habitación en cada segundo. La temperatura no deja de descender y Hylla sabe que tiene que hacer algo para no morir congelada por culpa de una estúpida pesadilla.
–¿Cómo sabes que no puedo? –le pregunta seria y firme. Él le responde con una sonrisa amarga que se esboza de un solo lado.
Avanza un paso hacia ella, obligándola a sentir todo el frío que puede emanar de su cuerpo. Hylla recuerda de inmediato al Espectro Invernal y se pregunta, por su tonta curiosidad, si acaso Ezra podría pasar desapercibido por la vista de aquel imponente dragón que se guía por el calor y la temperatura.
–¿Puedes ayudarme? –la cuestiona con sorna–, ¿cómo? ¿con tus habilidades con las bestias? –aquello la confunde, pero nota de inmediato la rabia en las palabras de Ezra–. ¡Por supuesto! ¡La excelente domadora de dragones! ¡Obviamente ella podría controlar al monstruo que Arendelle tiene como rey!
Intenta evitarlo, pero Hylla termina poniendo los ojos en blanco.
–No desahogues tus inseguridades conmigo –masculla mientras se cruza de brazos, Ezra la mira confundido–. No sé qué te hace pensar eso, pero definitivamente no es mi culpa. No te veo como un maldito dragón, idiota.
–Pero sí como un monstruo –le responde inmediato, retándola con una fría mirada a contradecirle–, como una terrible bestia a la que debes de temer y despreciar… cuando lo piensas bien, estoy incluso por debajo de un dragón bajo tu punto de vista
Hylla aprieta los labios con rabia, su cuerpo tiembla por las ganas de darle una buena paliza a ese imbécil.
–¿Y cómo esperas que vea al hombre que me alejó de todo lo que amaba?
La rabia de esos orbes azules se combinan horriblemente con la sorna. –Bueno –comienza a hablar con una voz melosa–, hasta ahora lo has visto como un padre.
Ezra retrocede al sentir su mejilla derecha escocer como el mismo infierno. Con los ojos abierto por completo y la cabeza llena de confusión, el rey de Arendelle toca su rostro con una mano, consiguiendo algo de alivio con el frío de su propio cuerpo. Eso… eso definitivamente no se lo esperaba.
–¿Acabas… acabas de abofetearme? –cuestiona incrédulo, sin soltar su propia cara en ningún momento.
Hylla, por primera vez desde que se conocieron, asusta un poco al monarca cristiano con su expresión furiosa y sus ojos envenenados con odio puro.
–¿Qué? ¿Tengo que repetirlo para que lo notes? –gruñe dando pasos en su dirección, obligándolo a retroceder torpemente.
Ezra no sabe explicar lo que está sintiendo en ese preciso momento, jamás le habían tratado de esa forma. Había odio, y al mismo tiempo no, había violencia, y al mismo tiempo no, había seriedad… y al mismo tiempo no. Hylla, se le ocurrió por un momento, más que ser una muñequita de trapo parecía un puzle al que le habían cortado algunas partes para que todo encajara en el molde de otros.
Se siente un poco encantado por esa idea, así que se apunta a ese dualismo. –No, no, me ha quedado clarísimo.
–Metete en la cama y deja de lloriquear –ordena señalando el colchón la cabeza.
Ezra alza una ceja, incrédulo por el trato que estaba recibiendo.
–¿Lloriquear…? –repite con fingida indignación.
–¡Metete en la cama Ezra!
El rey da un respingo en cuanto la vikinga alza la voz. Una risilla se le escapa de entre sus labios curvados en una sonrisa confundida, eso enoja aún más a Hylla, quien lo toma del cuello de su ropa y lo acerca a su rostro.
–¿Te burlas de mí?
–No, querida, en lo absoluto.
–Pues mueve tu culo hasta la cama, niño mimado.
–¿Niño mimado? –repite mientras se le escapa otra risa. Entonces la mano de Hylla suelta la tela y sube hasta su oreja. Ezra suelta un siseó aguado en cuanto los dedos callosos de la vikinga aprieta su piel, y las cosas empeoran cuando ella, con su baja estatura, lo arrastra hacia el colchón que se ha quedado frío por su ausencia. El rey avanza entre quejas y muecas de dolor, pero la nueva soberana de Arendelle no se detiene hasta que ambos tienen las rodillas pegadas a la cama.
Ella le obliga a acostarse primero, y así lo hace, acariciando su oreja para aliviar el escozor y el dolor y aguantándose todas las ganas de convertirla en miles de cubitos de hielo. Ella se acuesta poco después, tira de la manta de manera que apenas le deja un canto y se acomoda de lado para volver a dormir.
Él la mira algo indignado por unos segundos hasta que, cuando ya ha aliviado un poco su oreja, le dice.
–¿He perdido mis privilegios de tener una manta acaso?
–Tú tienes poderes de hielo, tú has congelado la habitación, este frío es tu culpa –enumera sin abrir los ojos–. La manta, por lo tanto, me la quedo yo.
–Que poco imparcial.
–Duérmete.
–¿Sin manta? –ella asiente con firmeza–, si es así no tendré más opción que abrazarme a ti para sentir algo de calor.
Ella de inmediato le cede más tela.
–No, olvídalo –bromea, mientras se acerca a ella–, me gusta más la idea de abrazarte.
–Vete a la…
–Eh, quieta ahí –la corta colocando uno de sus pulgares sobre sus labios–, ¿qué hemos dicho de tu vocabulario, querida?
Hylla se ve muy tentada a morderle el dedo, pero cuando él la suelta y se limita a recostarse en la cama con una sonrisilla victoriosa, la vikinga se limita a rodar los ojos y aceptar su cercanía, por mucho frío innecesario que esta aportase.
Ya no hace tanto frío como antes, el hielo se derretía sin esto tener que significar que el suelo bajo aquellos trozos se mojará –un detalle muy lindo para el servicio, si se lo preguntaban a ella–, parecía que el tiempo iba hacia atrás porque, de la misma forma que crecieron, los picos sencillamente redujeron su tamaño hasta desaparecer por completo.
Todo mientras Ezra se cubría por el mismo manto que ella, todo mientras su helado brazo parecía querer rodearla con delicadeza, todo mientras Hylla lo miraba respirar con calma.
Al final, claramente, ella había tenido razón, sí que podía ayudarle a superar el miedo y el estrés que lo estaba invadiendo y robándole el sueño.
