En el que los dragones difieren con las órdenes de sus jinetes [primera parte].
Luego de que todos se fueran, cuando Ezra estaba a punto de salir siguiendo la misma ruta que los otros, Hylla lo detiene sosteniendo con fuerza su muñeca izquierda, clavando levemente sus cortas uñas, aguantándose todos los insultos y gritos que quería soltar de golpe, provocándole al soberano de esas tierras un leve respingo por la sorpresa. El rey se da media vuelta y cuestiona a su mujer con una mirada.
–¿Por qué me defendiste cuando Catriel se quiso burlar de la muerte de mi padre? –cuestionó como si él acabara de hacer algo indiscutiblemente terrible contra ella. Ezra se mostraba abiertamente confundido y algo molesto por el tono que usaba Hylla para reclamarle.
–Porque eres mi esposa –contestó con simpleza, dudando no por su respuesta sino por el simple hecho de ser cuestionado–, mi deber es defenderte de cualquier manera, creía que te lo había dejado muy en claro durante los juramentos de la boda.
Hylla frunce el ceño, incapaz de creerle ni una sola palabra.
–Hipócrita –escupe con rabia, Ezra alza una ceja.
–¿Perdona? –es todo lo que logra pronunciar, confundido por todo el veneno que tenía el tono de Hylla.
–Tú mismo te has burlado de la muerte de mi padre y del hecho que hubiera aceptado esta unión ridícula –le recuerda mientras le pica con el dedo índice en el pecho, tirándolo constantemente un poco para atrás, irritando levemente a su marido por mucho que su expresión no delatase molestia alguna–. ¿Y ahora quieres hacerte el bueno defendiéndome en público? ¿A qué narices estás jugando, Ezra? ¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres que el resto del mundo te vea como el fantástico esposo que no eres? Si vas a ser un maldito idiota ten las agallas para serlo en todos lados.
Para molestia de la vikinga, el cristiano suelta un buen par de carcajadas mientras ella parece estar a punto de echar humo por las orejas. Es entonces, mientras se sigue riendo aunque bajando el volumen, que el rey de Arendelle comienza a caminar hacia delante, obligándola a dar torpes pasos hacia atrás, intentando mirar de reojo para no caerse a la vez que intentaba mantener la dura mirada sobre él, gruñendo cada vez que él parece estar a punto de pisarla, pues no intentó en lo absoluto adecuarse a su ritmo.
En algún momento su cadera choca contra la madera de la larga mesa y, antes de que ella pudiese detenerse, las manos frías de Erza sujetaron firmemente la parte trasera de sus muslos para así alzarla sobre la mesa y dejarla allí tendida. El rey se recuesta sobre el cuerpo de su esposa, entre sus piernas, apretando sus muñecas con una sola mano sobre su cabeza mientras ella reniega por la cercanía.
–Parece que no comprendéis mi amabilidad, mi señora –dice sonriente.
–¡Suéltame, imbécil! –ordena mientras patalea con fuerza.
Ezra solo se acerca más. –Te lo pondré de esta manera, querida –comienza mientras pasa su mano libre por todo su cuerpo–, no me gusta compartir mis juguetes, mucho menos mis favoritos… solo yo puedo cuidarte –murmura dándole un beso en la mejilla derecha–, solo yo puedo tocarte –continúa, ahora besando su otra mejilla, cuando vuelve a mirarlo a los ojos, todo lo que ve es una mirada llena de lujuria y crueldad. De repente, siente sus dedos helados apretando sus piernas debajo de la falda–. Solo yo puedo lastimarte, solo yo puedo destrozarte o arreglarte. Eres mi muñeca… eres mi posesión… y como ya te lo he dicho… odio compartir.
Hylla escupe en la cara del rey mientras le mete un rodillazo en el costado derecho. Ezra apenas parece molesto cuando se da cuenta tiene saliva en el puente del nariz, resbalándose por sus mejillas bastante rápido, goteando hasta el vestido de la persona que le escupió. Suelta un carcajada algo amarga mientras saca bruscamente un pañuelo de su bolsillo para limpiarse el desprecio de su esposa de la cara. No la suelta en ningún momento, no retrocede ni un solo centímetro.
–Vas a pagar por eso –avisa entre risillas sádicas–, muñequita, voy a hacer que pagues por eso.
Finalmente la suelta y se separa de ella, Hylla se baja de la mesa en cuanto pude y se aleja todo lo posible, pero una de las gélidas manos de Ezra se lo impide. Tira de ella y vuelve a acercarla a su cuerpo. Sus dedos largos aprietan su cuello y ella solo puede arañar su pecho, sin conseguir absolutamente nada.
–Solo que no pagaras hoy –murmura contra sus labios–, pero te haré pagar, muñequita.
Hylla le gruñe. –No soy tu muñeca, no soy un objeto que puedas manipular a tu antojo.
Mientras presiona con más fuerza la piel de su esposa, Ezra ríe encantado.
–Claro que lo eres –sisea sonriente–, y mientras antes lo aceptes será mejor para ti, Hylla.
Ezra consideraba que Hylla exageraba al negarse por completo a volver a dormir en la alcoba que debían de compartir, eso de dormir en el establo con su dragón le parecía tan barbárico que quería tomarla de los hombros y zarandearla hasta que entrara en razón, pero tenía que perdonárselo y permitírselo puesto a que lo hacía a la perfección. Se sentaba durante horas para mirar a través del ventanal, con un hacha en manos para apartarlo a él todo lo posible, se quedaba hasta que el palacio se quedase en completo silencio, era entonces y solo entonces que se marchaba hacia los establos, donde dormía lo poco que le quedaba de noche y se despertaba nada más cantaban los primeros gallos para subir a su habitación y fingir que había pasado allí la noche.
Hubiera escuchado los bruscos consejos de Murdoch y hubiera amarrado a Hylla a la cama para que no se siguiera escapando, si no fuera porque había estado pasando por días tan cansados y exigentes que cuando llegaba a su habitación, luego de una larguísima jornada de amenazas, ataques e infinito papeleo, y veía a una Hylla enfurruñada y dándole la espalda ni siquiera tenía ganas de gruñirle orden alguna. Llegaba, se tumbaba como un muerto sobre su lecho y sencillamente agradecía en su mente que Hylla tuviera la dignidad de fingir que seguía durmiendo con él en la misma cama.
No era nada fácil controlar a una esposa vikinga al mismo tiempo que manejabas no solo a tu propio reino, sino también a idiotas e incompetentes de otros lares. Porque en los últimos días Ezra se había tenido que hacer cargo de la estúpida familia del imperio germánico que se había atrevido a enviar al menor de sus hijos a su oficina, tuvo que hacerse cargo de su castigo y su amenaza debido a que el gobernador germano se negaba rotundamente en meterse en aquella problemática porque insistía que él no había tenido nada que ver y que fue mediante Ezra que se había enterado de lo ocurrido. El rey de Arendelle se vio tremendamente tentado en clavarle una púa de hielo entre ceja y ceja mientras el hombre se cruzaba de hombros y se negaba a tomar acción o responsabilidad alguna, pero, mágicamente, pudo contenerse.
Terminó enterándose, para su disgusto, que no era la primera vez que aquel muchachillo tenía que servir como objeto sexual de regalo para la gente que sus padres querían contentar. Intentó convencer al muchacho que se quedará por el tiempo necesario en su reino o en alguno de la Santa Alianza, bajo el cuidado de las familias reales o de alguna familia aristócrata o burguesa de confianza, pero el jovencito parecía enfermizamente aferrado a su familia, fue entonces que todo lo que le quedó por hacer fue rodear los cuellos de esos imbéciles con el cabello negro de Raphael, obligarles a jurar por su vida que no volverían a hacerle algo así a ninguno de sus vástagos y mandar a gente a vigilarles por el resto de sus vidas.
Y antes de que se dieran cuenta, los reyes de Arendelle pronto vieron que en sus tierras solo quedaban los jinetes de Berk y los soberanos de los países que conformaban la Santa Alianza. Por lo que Hylla se deshizo de los vestidos y los adornos incomodos e imprácticos, se colocó su traje de vuelo y le informó del próximo cambio de vida a su esposo.
–Mañana comenzaremos con tu entrenamiento para que aprendas a domar un dragón –le avisó luego de entrar en su oficina sin pedir permiso, interrumpiendo una charla que estaba teniendo con Raphael sin importarle en lo más mínimo–. ¿Qué experiencia tienes con animales con la capacidad de matarte?
Raphael solo podía alzar las cejas por la impresión del momento.
–Su majestad –intentó interceder el rey sol para tratar de explicarle a la nueva reina de Arendelle que no había tal cosa como una animal capaz de matar a alguien como el tirano de las nieves.
Pero Hylla solo chasqueó la lengua antes de decir. –No hablo contigo, cállate –silenció de inmediato, sin dejar de ver directamente a su esposo. La risa que el rey Ezra intentaba contener solo provocó la indignación de Raphael.
–¡No puedes permitirle que me hable así! ¡Ese tipo de comportamiento…!
Ezra alzó una ceja. –El invitado eres tú, Raphael, y ella es la reina. Puede mandarte a callar cuando quiera y puede hablarte como le dé la gana, porque es mi esposa, es la reina de estas tierras y tú solo eres un amigo mío que está de paso aquí –le deja en claro con una sonrisa cansada que viajaba de oreja a oreja en su rostro. El rey de Corona se plantea seguir discutiendo con su viejo amigo, pero con tan solo una mirada fría de parte del soberano de aquellas tierras sabe deducir que lo mejor sería quedarse callado. Ezra lleva su mirada hacia Hylla–. Desde niño he criado y cuidado de mis perros de caza, querida, esa es la única experiencia que tengo.
Hylla frunce el ceño.
–Eso es nada en comparación con un dragón.
–¿Qué esperabas? ¿Qué me pasará las mañanas con un maldito Leviatán?
–No sé qué es un Leviatán –por pura costumbre, Raphael está a punto de explicar, pero Hylla vuelve a cortarlo–. ¿Ni siquiera te has topado con un lobo en alguna ocasión?
La sonrisa que Ezra le dedica es burlesca. –Por supuesto, querida, porque cualquier imbécil permitiría que el heredero a un trono se la pasará correteando con bestias salvajes. Eso es algo que definitivamente hacemos por estos lares –la escucha bufar y él solo puede sonreír más–. Tampoco es como si mis perros fueran tiernas criaturas incapaces de lastimar, son animales adiestrados para matar, querida.
A pesar de la justa defensa, Hylla solo rueda los ojos. –Ya, claro.
Ezra suspira pesadamente.
–¿Voy a tener que mostrártelos, querida? –pregunta cansado, Raphael parece querer recordarle a su viejo amigo que todavía no han concluido el tema que los había llevado a aquella reunión, pero nuevamente la mirada de Ezra lo mandó a callarse. Hylla parece pensarse por unos momentos la propuesta, hasta que asiente.
–Ahora.
–Tengo asuntos más importantes que atender, querida –le informa señalando con una mano a Raphael
Hylla chasquea nuevamente la lengua.
–Ahora –insiste de brazos cruzados.
Raphael siente que no reconoce a Ezra cuando este le mira con falsa pena. Él nunca había dado su brazo a torcer o había sucumbido de ninguna manera a los deseos de otra persona. Las cosas que involucraban de una forma u otra a Ezra se hacían de una sola manera y esa era su manera, nadie podría refutarle, nadie podía ordenarle ni exigirle nada. El rey de Arendelle era un hombre con puño de hierro que se había ganado a base de firmeza el apodo de tirano… aquel hombre con argolla de casado, cabeza levemente agachada y suspiros llenos de cansancio no era el rey al que admiraba, no era el aliado en el que confiaba con los ojos cerrados… no era el amante que había llegado a adorar con todo su corazón.
Mientras lo ve salir tras su esposa, con esa sonrisa que muestra un alegría que jamás había llegado a ver en él, se preguntaba cómo hubieran sido las cosas si alguno de ellos hubiera nacido como mujer. No era la primera vez que lo hacía, se había pasado todas las noches de su primer año de casado sin pegar ojo por vagar en sus hipótesis, en cómo hubiera sido todo si fueran del género opuesto o si su matrimonio fuera factible… pero ahora ambos estaban casados, cada uno con una mujer diferente por pura conveniencia y necesidad de su pueblo, Ezra comenzaba a cambiar por su nuevo estatus, Raphael hace mucho años se había acostumbrado a estar a atado a una mujer que poco o nada le importaba.
El rey de Corona tiembla de pieza a cabeza al sentir como una de las frías manos de Ezra le sujeta con firmeza el antebrazo. Raphael siente los nervios invadirle porque sabe a la perfección que la reina de Arendelle sigue ahí, pero el rostro tranquilo de Ezra logra calmarlo un poco.
–Luego continuaremos con nuestra discusión, mi querido Raphael –murmura contra su oído con tal sutileza que el rey de corona tiene que luchar contra sus instintos más bajos para dejarse caer en sus rodillas ante aquel hombre, ante aquel ángel cruel lleno de lujuria que podría tomar a quien quisiera con tan solo chasquear los dedos.
–Por supuesto su majestad –responde con un leve asentimiento, sin la valentía suficiente como para devolverle una mirada directa a los ojos. Sabe que, al igual que todas las veces que ya ha ocurrido antes de la aparición de la mujer vikinga, como le mire a los ojos volverá a sucumbir a los deseos del tirano de hielo, por mucho que se diga a sí mismo que ya lo ha superado, que ha aprendido a querer a su esposa y a apreciar a sus concubinas, por mucho que se ha esforzado en mantener en el olvido la historia que tuvieron… Raphael sabe que, al igual que cualquiera de todas las personas que pasaron por la cama del rey de Arendelle, si así lo quiere Ezra él volverá estar a su completa disposición.
Hylla lo intentó, pero no pudo quitar la sonrisa que se le formó en el rostro en cuanto vio a todos esos canes juguetones que babean y movían su cola de lado a lado en cuanto vieron a su amo. Tampoco pudo evitar que la sonrisa sincera y ladina de Ezra le conmoviera un poco. Le parecía un poco irónico que el desagradable y cruel hombre solo pudiera mostrar verdadero cariño y aprecio a unos canes que ni siquiera serían capaces de comprender lo especiales que eran… irónico también era que la vikinga que como mejor y primer amigo tuvo un dragón mortífero conocido como el hijo bastardo del relámpago y la muerte.
–Se ven muy… amigables –comenta mientras se arrodilla para dejar que los perros la olisqueen un poco, uno que otro le gruñe, otros le dan lamidas en los nudillos.
–Bueno, querida, no tienes ni cuernos, ni cola, tampoco pelaje… no te ven como una presa –responde juguetón el rey mientras rasca detrás de las orejas de un perro particularmente grande–. Oh, este es Malvavisco, el mayor de la manada.
–Se ve encantador.
–Por ahora –sonríe el rey con sadismo para luego levantarse, los perros intentan seguirle, pero Ezra apunta con un dedo al suelo y exclama–. Sentados –los perros obedecen, pero están tan emocionados que dan pasitos hacia adelante y se relamen el hocico constantemente, expectantes de qué ocurriría. Eran una manada de al menos quince perros, por lo que, en ese momento, eran un gran cúmulos de babas, colas emocionadas y ojitos esperanzados. Ezra se encamina hasta unas jaulas pequeñas con agujeros en las tapas que habían pasados desapercibidas para la vikinga que, a regañadientes, avanza hacia el rey cuando este así se lo pide.
De una de las jaulas, Ezra saca por las orejas a un conejo blanco que se mueve desesperado y lloriquea por la brusquedad del rey. Hylla aprieta los labios, incómoda, ante la imagen.
–Malvavisco –llama tiernamente, el perro de inmediato se encamina hasta su dueño y, cuando así él lo ordena se sienta–. ¡Atrapa! –Hylla se aparta cuando Ezra tira el conejo lejos del perro. El animal parece transformarse, pues el pelaje se le tensa en algunas zonas de la espalda, los colmillos se le remarcan de una forma terrible y todo el encanto se le esfuma de un plumazo.
Antes de que siquiera el conejo pudiera empezar a correr lejos de aquella bestia, las fauces de Malvavisco ya estaban apretando su cráneo. Hylla retrocedió un poco y sintió la bilis palpitando en su garganta mientras observaba al can reventar los huesos del animalillo con sus fauces, llenándose el hocico de sangre, sacándole los ojos por presión y aplastando cada parte de su cuerpo al punto que pudo tragárselo sin esfuerzo.
Las manos frías de Ezra sujetando su cintura le hicieron saltar del susto.
–¿Tienes a un dragón como mascota pero te aterra ver a un perrito comerse un conejo? –cuestiona con sorna a la par que ella se quita sus manos de encima.
–Los dragones no comen conejos –escupe sin pensárselo demasiado bien–, comen pescados… y no lo hacen como esa bola de pelos.
Le sorprende la manera en la que Ezra frunce el ceño. –No puedes llamarlo bola de pelos. Tiene sentimientos, ¿sabes? –dice mientras el perro se le acerca para recibir caricias–, y valoro mucho más sus sentimientos que los tuyos.
–Lo sé.
–Es bueno recordártelo –responde, aun molesto, mientras se vuelve a acercar a la jaula con conejos para sacar varios animalillos que intentan escapar de su agarre… Hylla se pregunta si algún humano alguna vez intentó escapar de Ezra con tanta esperanza y fuerza. Mientras observaba a la manada devorar con la misma brutalidad a sus propios conejos, Hylla sentía empatía por aquella persona sin rostro ni nombre que alguna vez hubiera intentado imponerse sobre la figura del tirano de las nieves.
Una vez todos los perros habían terminado de devorar a los conejos que les habían otorgado, Ezra se sacudió las manos y miró con sorna a su esposa.
–Bueno, ¿cuándo comenzaremos con el entrenamiento de dragones, querida Hylla?
Ella se aguanta un gruñido mientras se ve incapaz de desviar la mirada de los restos de lo que alguna vez fue un precioso conejo blanco, ahora solo quedaba un manchurrón de sangre y babas sobre el cual se alzaba de la manera más espantosa y grotesca un solo ojo rojo lleno de venas y bañado en sangre… un solo ojo rojo que declaraba todo el sufrimiento y espanto con los que lidiaban todos aquellos que intentaban escapar del destino que el cruel regalo de Dios dejaba para ellos.
Nuevamente sus manos frías la sujetan por la cintura, tal vez es porque sigue viendo aquel ojo ensangrentado, tal vez es poque hay algo en su agarre que le alerta que ese también podría ser su final, no sabe realmente por qué es, pero deja la sujete con fuerza y la acerque a su cuerpo helado y posesivo. Con el corazón encogido y los nervios a flor de piel, mientras esos dedos se clavan en su cuerpo como agujas envenenadas y ese aliento fresco choca contra su cuello, Hylla no puede evitar cuestionarse si realmente algún día llegaría a tener la posibilidad de escapar con vida de aquel terrible hombre.
Tal vez, con toda la suerte del mundo, ese mismo día algún dragón tendría la amabilidad de hacerle el favor de tragarse de un solo bocado al maldito rey de Arendelle. Era solo una fantasía algo infantil que no podía dejar su cabeza, pero realmente rezaba a sus dioses, por mucho que creía firmemente que disfrutaban viéndola sufrir, para que algo así pasara.
Ezra se limita a disfrutar la falta de pelea de su esposa, no tiene ni idea si está tan mansa por el espectáculo que formó su manada, si es que intenta recompensarlo por todo el tiempo que ha pasado durmiendo en otro lecho o porque poco a poco está aceptando que tiene que dejar de enfrentarse a él, le importa un comino sus motivos, se limita a disfrutar cada segundo que puede apretarla en un posesivo agarre. Lo goza por completo hasta que ella finalmente se aleja de su cuerpo, argumentando que ya era hora de dirigirse a la zona alejada del palacio donde los dragones habían encontrado un refugio alejado de humanos molestos y posibles aperitivos ecuestres. Accede a soltarla solo porque ella accedió a ser aprisionada por unos segundos, se encaminan en completo silencio, aunque Ezra juraría que podía escuchar a la perfección los pensamientos llenos de quejas y frustración de su esposa, quien se negaba a mirarle en lo más absoluto e incluso rehuía de todas las formas posible del más leve roce que pudiese ocurrir entre ellos.
Era un silencio definitivamente incómodo para ella, pero él se limitó de disfrutarlo hasta que algunas voces empezaron a resonar desde un puerta cercana. Antes de que Ezra tuviese la oportunidad de frenar a Hylla para ver qué era lo que ocurría, aquella puerta guardiana de gritos incomprensibles se abrió de par en par para revelar a los miembros de la Santa Alianza siendo liderados por un Murdoch muy enojado.
–¡Ezra! –lo llama colérico en cuanto lo ve, por mucho que el pobre Raphael, quien se encuentra a su izquierda, trata de calmarlo–. ¿Qué diantres es eso que te adecuaras a las formas paganas?
Susodicho se limita a ladear la cabeza.
–¿De qué me estás hablando, Murdoch? –cuestiona cruzándose de brazos y avanzando unos cortos pasos hacia el rey britano mientras Hylla intentaba fingir que si no se ofendía y no se movía tal vez, solo tal vez, no la meterían en aquella ridícula discusión.
Hylla se limitó a observar a como la reina Catriel rodeaba uno de los brazos anchos de Murdoch para darle unas palmaditas para tranquilizarlo.
–Tranquilo, pequeño osito…
–¡Deja de llamarme así! –berrea como un niño pequeño.
Pero Catriel decidió ignorarlo. –Sucede, mi lindo muñequito de nieve –continúa la reina, ahora dirigiéndose a Ezra–, que le comenté a nuestro buen amigo Murdoch el consejo que te di con respecto a aprender a domar dragones.
Una sonrisa ladina y burlesca se forma en ese preciso momento en el rostro de Ezra. –Entiendo, a nuestro buen rey oso le parece que comprender a esas criaturas…
–Bestias –corrige Murdoch con un gruñido, Ezra se aguanta un resoplido.
–Lo que sean, amigo mío –responde de inmediato antes de continuar–. Le parece que comprender a esas criaturas significaría aceptar la cultura vikinga.
Raphael deja escapar una falsa toz. –Si me lo preguntáis, su majestad, os diría que concuerdo con la opinión del rey Murdoch.
Hylla toma toda su fuerza de voluntad para no reírse en cuanto ve la sonrisa dulzona y falsa de Ezra.
–Pues menos mal que no os lo he preguntado, rey Raphael.
El hombre de Corona desvía la mirada con las mejillas enrojecidas una vez el rey termina de hablar, la reina de las Islas del Sur se limita a contener sus risas tras sus manos enguantadas y a ignorar como una campeona las miradas indignadas de los otros dos reyes cristianos.
–No entiendo por qué hacéis caso al terrible consejo de Catriel, rey Ezra –masculla Murdoch una vez logra escaparse del agarre falsamente tierno de la reina–. ¿Qué pensáis conseguir en verdad montándoos en los lomos de una bestia de esa clase? Aún podéis aferrados a la aceptación de la Santa Sede y la mejora de vuestra imagen con el resto de los países fuera de la Alianza.
Catriel niega con firmeza. –Ese niño que enviaron aquellos idiotas germanos le ha arrebatado cualquier posibilidad existente para algún día quitarse el estigma de monstruo que lleva consigo desde su primer día con vida.
–Que cariñosa –masculla con sorna, y al parecer algo de rencor, el rey de Corona mientras ignora la enojada mirada de la reina y desvía su rostro hacia otro lado.
El rey Murdoch parece irritado por cualquier cosa que pronunciara o hiciera la reina de las Islas del Sur. –Aún podemos hacer algo para que su imagen sea arreglada, no podemos desperdiciar todo el esfuerzo que ha tomado hacer que este matrimonio no sea su absoluta perdición.
A Hylla le encantaría recomendarles la idea de disolver el matrimonio si en verdad suponía tantos problemas, pero en ese preciso momento no quería estar en la mira de ni uno solo de esos monarcas… además de que sabía que rechazarían por completo su lógica aportación, por lo que prefirió quedarse callada a escuchar como esos cuatro hablaban de ella como si no estuviera ahí en realidad.
–Murdoch, cuida tus maneras –advierte Ezra a la vez que alza su mentón, el rey de cabello rojo se limita a bufar y poner los ojos en blanco–. Aunque no te negaré que aún podría existir una ínfima oportunidad, sin embargo, sigo viendo correcto aprender el noble arte de la doma de dragones.
–¿Noble? –cuestiona Murdoch alzando una ceja.
A pesar de que la vikinga quisiera decir algo, es la reina Catriel la siguiente en hablar. –Puede que aún podáis mejorar vuestra imagen, su majestad, pero la Santa Sede es más que consciente de que queréis esa aceptación de su parte, por ahora es solo convertir a esa pagana al cristianismo –Hylla, sencilla, prefiere seguir ignorando el asco con el que pronuncian la palabra pagana–, pero ¿qué ocurrirá mañana o dentro de un mes? ¿qué más os llegarán a pedir para que puedas asegurar que la Santa Sede te mira con buenos ojos? Además, ¿qué es exactamente lo que nuestro querido rey de Arendelle obtendrá ahora de la Santa Sede? La imagen de un soberano respetuoso con los dogmas de Dios y pacifico suele confundirse con la imagen de un soberano débil.
–¿Sabéis por casualidad la cantidad de países reacios a comerciar con Arendelle a causa del rechazo de la Santa Sede? –cuestiona Raphael con los brazos cruzados–. Si la situación no mejora, dentro de poco será mi patria la única aportadora de dinero extranjero pues el comercio de DunBroch aún tiene muchos pasos por delante con el transporte y los productos de las Islas del Sur no son precisamente los más preciados o deseados de todo el continente… o siquiera del norte. Domar dragones empeorará la imagen de Ezra, si su imagen empeora, emporará los comercios extranjeros de Arendelle.
–O no –añade sin poder evitarlo Hylla, llevada por lo divertido que le parecía que ahora también hablaran de Ezra como si no estuviera presente. Los cristianos voltean a verla, con cejas alzadas y muchas ganas de mandarla a callar.
Ezra sonríe encantado ante la participación de su esposa. –Por favor, querida, expláyate.
Hylla rueda los ojos y bufa con molestia, pero accede a la petición de su marido.
–Solo digo que vuestros problemas comerciantes pueden ser fácilmente solucionados con la presencia de dragones domesticados y adaptados a la vida común y corriente de vuestros reinos –comienza a hablar con tranquilidad, procurándose de mostrarse lo más calmada tranquila y de tomar las pausas necesarias al saber perfectamente que tiraría mucha información nueva para ellos de golpe–. Transportarse mediante dragones es sumamente sencillo y mucho más que veloz que otras formas de movilización, eso es algo que los nuestros llevan confirmando todos estos años; también existen formas de comerciar con los dragones sin lastimarlos ni usarlos como objetos en lugar de compañeros, sus escamas crean asombrosas armaduras y ellos se desprenden de ellas naturalmente, su veneno, grasa o saliva tienen miles de usos que podéis aprovechar.
A pesar de que la reina parece considerar seriamente aquellas posibilidades, los otros dos reyes cristianos no lucen muy encantados con las ideas planteadas por las vikingas.
–¿Por qué alguien en su sano juicio querría consumir nada que viniera de los paganos y sus terribles bestias? –pregunta asqueado Murdoch, intentando dar unos pasos hacia ella pero siendo inmediatamente detenido por una mirada fría y amenazante del rey de Arendelle.
Hylla, ignorando la reacción confundida del rey oso al recibir una mirada tan severa de Ezra, responde con tranquilidad. –Incluso los cazadores de dragones reconocieron que comerciar con ellos eran increíblemente rentable, simplemente digo que gente que los odiaba más que vosotros aceptaron las ventajas, entonces, ¿por qué no?
–Por el sencillo hecho de que su moral no se veía afectada, paga–
–Raphael –corta de inmediato Ezra, el rey de Corona aprieta con fuerza los labios para luego seguir con su frase.
–… su majestad.
Ezra sonríe. –Eso está mejor.
Hylla, a diferencia de la mayoría de las ocasiones, logra contenerse la sonrisa que amenaza con dibujarse en su rostro.
–Aunque, honestamente, a lo que en verdad quería llegar es que el hecho de que aprenda a domar a un dragón no tiene por qué ser estrictamente negativo –comenta y de inmediato recibe miradas confundidas y algo interesadas–. Los dragones no son estas bestias salvajes y terribles que os creéis, son criaturas sumamente inteligentes… si lográis mostrar eso, si lográis romper su estereotipo podríais vender la idea de que los dragones solo aceptan ser domados por aquellos que son verdaderos líderes sensatos y virtuosos. Incluso así seriáis capaces de limitar quien puede montarse en los lomos de un dragón y quien no.
La negación de Ezra la interrumpe, para sorpresa de todos, es lo que la interrumpe. –Los dragones se han vinculado durante mucho tiempo a bestias asesinas y dignas del averno, sería complicado quitarles esa imagen.
–Bah, bastaría con un par de escenitas aquí y allá de los dragones comportándose como esos canes que tanto queréis, los dragones, sobre todo los más jóvenes, pueden llegar a ser incluso más tiernos.
Raphael lucha por no soltar una risilla. –¿Comparáis a unos monstruos escupe fuegos con cachorrillos que como mucho pueden dejarte una mordida en el cuerpo?
Hylla suspira pesadamente.
–Puedo insistiros todo el día –dice mientras despeina su cabello–, o… podría mostrároslo –propone, señalando con la mano la ruta que deberían de haber seguido solo ella y Ezra–. Nos están esperando –añade, mirando únicamente a su esposo, quien sonríe de oreja a oreja al ver que sus aliados se plantean seriamente ser ilustrados por la vikinga.
–Vamos, pues, continuemos con nuestra caminata.
Los otros reyes se miran entre ellos, inseguros de seguir a la nueva reina de Arendelle.
–¡Venga! –los llama luego de haber avanzado unos cuantos pasos–. ¡He convencido a peores lunáticos, os puedo convencer a ustedes!
Y mientras el rey Ezra suelta unas cuantas carcajadas, Murdoch se cruza de brazos y dibuja una mueca en su rostro a la vez que comienza su caminar.
–¿Acaba de llamarnos lunáticos?
–Lo ha hecho –asiente Catriel.
–¿Y no podemos hacer nada al respecto?
–El rey de estas tierras lo ha dejado muy claro. No, no podemos –responde Raphael dejando escapar un leve suspiro.
