En el que se narran sentimientos e intentos de calma.
El hielo de Ezra cerró por completo la puerta de su alcoba en cuanto Hylla hizo amago de querer salir. La vikinga suspiró pesadamente para luego pasar ambas manos por su cabello hasta su cuello, suelta un gruñido en cuanto escucha sus pasos, pero se sorprende al notar que se alejan. Finalmente se da media vuelta para enfrentarlo, lo encuentra descamisado sentado al borde de la cama, tiene un parde raspones por aquí y por allá que dejaban muy en claro que eso de ser el juguete de varios dragones no era el mejor de los destinos para alguien que tenía su primer encuentro con ese tipo de criaturas.
–Quédate esta noche –le dice mirándola fijamente a los ojos, con un tono que no le deja muy en claro a Hylla si es una orden o una sincera petición–, necesito que te quedes esta noche –la confusión por la suavidad de su tono está rodeando toda su mente, cuando él palmea suavemente el colchón, todo parece tener menos sentido. En nombre de la amabilidad y decencia básica que Ezra está mostrando, ella asiente y comienza a caminar hacia él, un poco como el entramiento del cachorro de cualquier especie, si quieres que el comportamiento se repita, solo tienes que actuar positivamente ante él.
Se sienta justo a su lado, ignorando la pequeña sonrisa que le forma en su pálido rostro.
–Quiero un Gronckle –dice en cuanto sabe que Hylla le está prestando completa atención, una sonrisa algo burlona pero muy confundida se dibuja en los labios a la vikinga.
Alzando una ceja y acomodándose mejor, repite para estar segura. –¿Quieres un Gronckle? –Ezra asiente con firmeza–, ¿por qué? Hay dragones más poderosos, veloces e intimidantes, ¿no era algo así lo que querías?
La mirada de aburrida decepción de Ezra regresa después de tanto tiempo. El rey rueda los ojos mientras se aparta un poco de Hylla, ¿estaba acaso él usando la misma técnica de crianza con ella?
–Eso es lo que quiere Catriel –responde con un resoplido y un movimiento de cabeza despectivo–, quiere que sea el asqueroso monstruo que ellos han temido toda la vida, que lo soy, no lo negaré, pero también quiero ser un rey internacionalmente respetado por aprecio, no siempre por temor. Quiero que la gente sepa que puedo ser bueno mientras sean buenos conmigo –la sonrisa se le extiende–, también me gustaría que tú aprendieras eso, muñequita –murmura mientras acerca una mano para acomodar cuidadosamente un mechón rebelde de Hylla tras su oreja, a ella le llega un escalofrío, pero prefiere ignorarlo–. Lamento mi comportamiento de hace unos días –susurra con delicadeza mientras vuelve a acercarse a ella.
Hylla parpadea.
–¿Ah sí? –suelta impactada, cuando él asiente, Hylla hace una mueca–, ¿te estás disculpando solo para que vuelva a dormir aquí?
–Me estoy disculpando porque estoy harto de revivir la soledad y la rabia de las que juraba que ya había escapado al desposarte, Hylla –responde con simpleza, hundiéndose en hombros–. Mira, no voy a amarte jamás, no vas a amarme jamás porque ese condenado vikingo de rubia melena va a estar en tu corazón toda tu vida, lo entiendo ¿de acuerdo? –comienza a sincerarse de tal manera que Hylla no sabe tan siquiera cómo sentirse–. Por el momento soy consciente de que te deseo, ¿por qué lo hago? Todavía no lo tengo claro. Sé que es refrescante tener a mi lado una mujer que es desaprobada tanto como yo lo soy, es un alivio no tener que fingir incluso en mi alcoba, nuestras peleas me divierten, los momentos en los que puedo tocarte y a ti te gusta...
–A mí no me gusta –corta con las mejillas rojas por la rabia y la vergüenza.
–Nuestra primera noche de casados llegaste al clímax, no oses mentirme –masculla con petulancia y el ceño fruncido–. A lo que quería llegar antes de que, como de costumbre, me interrumpieras, querida mía, es que disfruto más los momentos en los que ambos estamos cómodos... hoy creí que el tiempo con mis mascotas había sido uno de ellos porque, básicamente, yo había estado cómodo y tú no habías renegado –el rey se toma unos minutos para suspirar pesadamente–… pero cuando me enseñabas a lidiar con los dragones... eso fue diferente... se sintió mucho mejor de lo que ningún placer carnal o emocional se había sentido hasta ahora –lo ve apretar los labios y aferrarse a las blancas sábanas, suelta una risilla algo amarga–, estaba volando por los cielos por culpa de esos malditos cuellilargos, pero, demonios, me recordó a cuando mi padre me lanzaba un poco por los aires antes de que toda la mierda del tirano de las nieves comenzara... hoy se sintió tan bien –uno de sus fríos dedos llega a rozarle la mano, ella no tiembla–. Esa linda dragona, la Gronckle... fue, fue como cuando conocí al San Bernardo favorito de mi madre y este se me tiro encima para lamerme, quiero volver a experimentar eso, Hylla, quiero tener algo de paz por lo menos dentro de esta alcoba para luego tener que rechinar los dientes y tener ganas de matar a los idiotas que están fuera de ella –el rey extiende su mano derecha hacia ella–, ¿podemos hacerlo?
Hylla hace una leve mueca antes de mirarle a los ojos y cuestionar. –Entonces... ¿qué cambiará? ¿Solo seremos amables el uno con el otro y ya? ¿Así se arregla todo?
Ezra suspira con algo de pesadez. –¿Y qué más quisieras?
Ella mordisquea su labio inferior, Ezra frunce el ceño furioso al saber en qué piensa.
–No, no puedes tenerlo de amante –gruñe quitando su mano. Hylla aprieta los puños.
–Tú mismo has aceptado que le amo a él, ¿cuál es el maldito problema?
Lo ve tirando su pelo hacia atrás por la frustración. Ezra no ve manera alguna en la que alguna vez lleguen a ser capaz de entenderse, se siente a punto de estallar por haber hecho tan bajo como ofrecer él la paz y haber sido rechazado de una forma tan patética.
–¿Por qué siempre quieres hacerme enojar? –masculla luego de haber desordenado por completo su perfecto peinado–. No me molestan las tontas discusiones, te aseguro que no, son divertidas, me recuerda que puedo jugar todo lo que quiera contigo... pero ahora te estoy proponiendo paz, calma, respeto ¿y tú me estás pidiendo permiso para dejar que otro te folle? ¿por qué insistes tanto en hacerme enojar, Hylla?
Ella parpadea confundida. –Tú mismo dijiste que el hecho de que nunca nos amaramos no te importa –acusa señalando con ambas manos.
–No estoy pidiendo amor, Hylla –regaña con los dientes apretados–, ¡te estoy pidiendo respeto! ¡Decencia básica! Te estoy pidiendo que sigas las normas establecidas por tu padre –al ver que ella desvía la mirada, Ezra pierde un poco la paciencia–, fue tu padre quien dejó en claro que no podíamos tomar amantes, fue tu padre quien estableció que habría un castigo terrible en caso de infidelidad, fue tu padre quien te ató a mí para luego dejar en escrito que no podrías atarte a nadie más. Te lo he dicho mil veces...
Hylla lo corta molesta. –Sí, sí, sí. Que si quiero reclamar hable con mi padre el muerto, búscate otra burla, ¿quieres? –lo ve rodar los ojos y ella responde con un resoplido–. Venga, no me trates como si tú no quisieras volver a la alcoba de ese rey sol.
Ezra pega un respigo para luego mirar con el ceño fruncido a su esposa. ¿Qué tenía que ver Raphael en todo esto?
–¿Qué? –escupe con un tono ofendido.
Hylla alza una ceja. –¿Te crees que soy ciega? ¿Qué no vi lo raros que sois el uno con el otro? Por las barbas de Odín, no sé quién se comporta más como un perro obediente, Malvavisco o él. Te lo has tirado y no te atrevas a negarlo.
Ezra alza una ceja mientras una sonrisa ladina se le forma, una forma de ignorar la furia e indignación. –¿Qué pasa? ¿Tienes celos, mi reina?
–No –bufa aburrida mientras pone los ojos en blanco–, solo digo que ambos podríamos nombrar como amantes a quien realmente queramos y así no tendríamos que...
–Esa opción también se toma en cuenta en el tratado, Hylla. Y, obviamente, está prohibida. Lo leíste miles de veces, deberías recordarlo.
–Podríamos simplemente ignorar ese maldito tratado –estalla frustrada.
–¿Y si quieres ignorarlo por qué no pedirme el divorcio? –cuestiona con gracia cruel, las mejillas de la vikinga se sonrojan por la vergüenza–. ¿Por qué siquiera nos hemos casado?
–El tratado ordenaba la guerra si no nos casábamos –responde con obviedad desesperada, se frustra mucho más al ver como Ezra alzaba un ceja con diversión–. ¿Qué? ¿Qué otra opción teníamos? Incluso si hubiéramos sido capaces de venceros, ninguno de nosotros quería entrar en guerra, estamos hartos de terribles guerras para vivir en paz.
–Querida mía, Hylla, muñequita –empieza a nombrarla con dulzura empalagosa que es mucho más falsa que esa tierna sonrisa y esa delicada caricia que utiliza para volver a recolocarle el mismo mechón rebelde detrás de la misma oreja–, tener un amante también simboliza un gran daño a "tu vida pacífica". Tu padre ordenó tortura medieval en caso de que alguno cometiéramos adulterio estuviese el otro cómodo con ello o no –de pronto, la mano de Ezra se coloca debajo del mentón de la vikinga–, ¿sabes qué es lo que significa eso para...? –él mismo se corta para parpadear con confusión, cuando finalmente cae en algo que había ignorado hace unos momentos –. Espera un momento... eso que dijiste antes... tú... ¿tú crees que quiero a Raphael?
Hylla frunce un poco el ceño, eso no lo esperaba.
–¿No le quieres? ¿No le quisiste al menos?
Ezra suelta una carcajada estridente que casi lo tira hacia atrás. Hylla se sienta tonta por haber realmente llegado a creer que Ezra sería capaz de querer de verdad a alguien.
–Oh, querida, Raphael solo era un niño lindo con muchas ganas de ser amado por un hombre y con una boca que hacía maravillas –ronronea lo último mientras su mirada se perdía en un punto perdido de la habitación, como si a su mente estuvieran volviendo recuerdos completamente placenteros y llenos de lujuria y pasión. Ella también desvía la mirada, sobre todo por lo incomoda que está por el comportamiento de su esposo–. ¿Te contaron que había sido secuestrado, verdad? Encarcelado por una anciana loca, le costó verle lo positivo a las mujeres por mucho que ya lo habían comprometido con la muchacha que lo rescató –sus mejillas se sonrojan levemente mientras su sonrisa se ensancha, Hylla sigue avergonzada por tener que escuchar las antiguas vivencias de su marido–. Necesita aprender tantas cosas... demasiadas, quería alguien que lo protegiera y le consintiera, un pobre niño mimado dispuesto a todo, y yo estaba harto de las princesas que traían... quería desahogarme con algo nuevo, supongo –concluye hundiéndose en hombros–. A quien sí que te le tuve bastante cariño fue a Murdoch, me gustaba tenerlo a mi completa disposición, me gustaba que ambos podíamos consolarnos de todas las maneras posibles, él siempre se mantuvo regio y masculino conmigo, me puso mis límites cuando necesite tener mis límites, le agradezco por eso.
Hylla pega un respingo.
–¿Espera? ¿Con él también? ¿En verdad te acostaste con él?
Ezra asiente. –¿Te molesta?
Ella parpadea. –No... no me molesta... solo... solo no me lo esperaba –confiesa completamente incómoda e impresionada por haber escuchado todas esas confesiones sexuales–. ¿Con quién no has tirado? –suelta sin pensárselo demasiado.
–Contigo, pero eso cambiará pronto, no te preocupes. Aceptes esta paz o no, sé que algún día podré tenerte.
Ella ignora su propuesta por algo que le parece mucho más importante y preocupante- –Espera, ¿eso la incluye? –al ver la confusión en la mirada de Ezra, Hylla se da cuenta que no ha explicado nada–. Quiero decir... ¿tú y Catriel...?
–Oh, a Catriel siempre le han gustado los jovencitos, lo intentó con los tres pero fui el único que estuvo de acuerdo en la idea de meterse en su alcoba y cerrar con llave.
Un escalofrío le recorre todo el cuerpo. –¿Qué... qué edad tenías en ese entonces?
–Si mal no recuerdo termine accediendo varios meses después de haberme convertido en rey... así que para ese entonces estaría cerca de los dieciséis años.
Hylla hace una mueca de asco, Ezra le contesta alzando una ceja.
–¿Algo que comentar?
–¿No eras muy joven para estar con una mujer tantos años mayor?
Una sonrisa burlona se le forma al rey de Arendelle de oreja a oreja. –Pero, bueno querida mía, ¿acaso en verdad eso te importa? ¿te molesta que haya buscado un buen lugar entre las piernas de una mujer experimentada antes de siquiera saber que debía desposarte?
Hylla suspira pesadamente.
–Odio decirlo... pero más bien me preocupa. Por como yo lo veo, parece que una mujer bastante mayor que tú esperó a que fueras considerado un adulto para poder tomar ventaja de ti.
Él llega a soltar una carcajada burlesca.
–¿Ahora te parezco un niño digno de tu protección? ¿Una pobre alma desprotegida necesitada de una salvadora?
Hylla niega con seriedad, todos los recuerdos que tiene de diferentes conversaciones con Ezra están volviendo torpemente a ella, dándose empujones, combinándose entre ellas. El desprecio inmediato que recibió, la temprana muerte de sus padres, el estigma de monstruo que él lleva abrazando y despreciando al mismo tiempo, su temprana sexualización, el haber acabado en la cama de alguien que definitivamente había sacado ventaja de él, su soledad y su corta edad. Ezra ya no le parece un monstruo como lo fue Viggo o Dagur, quienes parecían haber nacido de esa forma para luego intentar rechazar su naturaleza, Ezra no era como ellos... era un monstruos que habían creado y luego habían señalado como repulsivo, como si hubiera surgido de esa manera y no fuera consecuencia de las acciones de otros.
–No –responde luego de un largo rato en el que Ezra solo la observó algo confundido–, ya no lo eres. Pero no hay duda alguna de que lo fuiste. Y, ¿sabes qué? Me hubiera gustado estar allí antes de que no te dejaran más opción que abrazarte a la imagen de monstruo que en aquel entonces no te merecías en lo absoluto. Me hubiera gustado allí antes de que te hicieran tanto daño, de verdad que me hubiera gustado estar allí, para cuidar de ti todo lo posible, para evitar todo lo que eres ahora.
Ve al rey removiéndose lejos de ella, incómodo, rechazando por completo todo lo que ella aseguraba.
–No... no tienes ni la más remota idea de qué estás hablando –es lo último que dice antes de volver a dirigirle la palabra en todo lo que quedaba de noche.
Me hubiera gustado estar allí antes de que te transformaran en lo que eres ahora, Ezra.
Me hubiera gustado estar allí...
Antes de que te transformaran en lo que eres ahora...
Antes de que te hicieran tanto daño...
De verdad que me hubiera gustado...
El rey mira con algo de rabia el cuerpo dormido de su esposa mientras la furia, por motivos que no logra entender, se le traduce en vergüenza y frustración. Que le hubiera gustado estar allí, dice, que le hubiera protegido, que hubiera evitado todo lo que es ahora.
¡Ja! Sí claro, como si ella hubiera podido hacer algo, es más ¿qué hubiera evitado, eh? ¿qué es aquello tan terrible que ella se lamenta? Es cierto que él se había defendido toda la vida tras la imagen de monstruo, pero no es como si en algún momento él mismo hubiera aceptado en su día a día o a nivel personal tal injusta etiqueta. Él sabía que no era aquello de lo que le acusaban, él sabía que era humano, él sabía que jamás había hecho nada que permitiera a alguno de esos enfermos llamarlo monstruo.
No, sus pesadillas recurrentes no significaban nada, no ha interiorizado nada, no se ha convertido en nada, ha jugado toda su vida con ese falso papel, divirtiéndose ante el terror de otros, rectificando cuando hacía falta –como ahora–, usándolos él a ellos, no al revés... No se había convertido en nada, era todo un juego, un juego que él manejaba, un juego al que él le ponía las normas... Hylla no tenía ni las remota idea de que hablaba, ella no entendía nada, no entendía ese divertidísimo juego que hace tanto tiempo atrás había iniciado para sobrevivir en las cortes europeas... ella no lo entendía, no sabía nada.
Se levanta al verse incapaz de seguir acostado a su lado, avanza hacia su tocador, iluminado tan solo por la luz fría de la noche y la luna. Se apoya un largo rato en el mueble, intentando que sus temblorosas manos no congelaran la madera bien pulida.
¿Qué sabría ella de lo que le pasaba por la cabeza? ¿qué sabría ella de qué fue lo que lo llevó hasta este lugar?
Alza la mirada frustrado, intentando ignorar el reflejo de ella acostada. Tiene ganas de darle un puñetazo al espejo pero no quiere darle a Hylla la satisfacción de verlo herido de ninguna manera posible. Porque estaba equivocada, estaba completamente equivocada.
Él no es ninguna victima patética, es un rey brillante que no solo se ha protegido lo mejor posible de todo el odio que le rodea, sino que utilizó todas sus desventajas a su favor, ganó el juego hace mucho tiempo y era por eso por lo que ahora las reglas las ponía él, era por eso por lo que ahora los juguetes eran ellos.
–Ya no soy un juguete de otros –masculla con los dientes duramente apretados–, ninguno mantiene su maldito poder, ahora soy yo quien manda –sus uñas, de manera dolorosa, se clavan en la madera–. Yo soy el rey, este es mi juego, ellos son mis putos juguetes... este es mi reino, estas son mis reglas... ¡Yo soy el rey!
Gruñe frustrado cuando se da cuenta que sus manos se han quedado atascadas en el grueso bloque de hielo que creo por accidente alrededor de todo el mueble. Forcejea para liberarse, se le escapan una que otra lágrima llena de ardiente rabia, da patadas y cortos puñetazos para salir de su propia prisión pero no consigue absolutamente nada.
Pelea y pelea, intenta huir de su propio frio atroz... intenta escapar de la prisión que su propia magia creó... no logra nada, absolutamente nada.
Encerrado para siempre, por su propia culpa, por esa maldición que ni tan siquiera él era capaz de ver como algo positivo.
Se vuelve a preguntar quién sería el ente poderoso que estuviese tratándolo como su maldito muñeco y por qué se divierte tanto haciéndolo sufrir a él, por qué se divierte tanto haciendo que él haga sufrir a otras personas. ¿Cuál es el maldito propósito de toda la porquería que lo rodea?
–¿Qué te has hecho?
Ezra pega un respingo al oír la voz algo ronca de su esposa. Aprieta los dientes se niega a verla, creyendo que así pasaría más rápido la humillación.
Pero ella parece negarse a dejarlo así. –Ezra, dioses, ¿qué te has hecho? –vuelve a preguntar, ahora tocando sus brazos luego de haber avanzado apresuradamente hacia él. Odiaba admitirlo, pero se sentía divinamente tenerla tan preocupada por él–. Estás sangrando –dice, haciendo que él finalmente note el rojo dentro de su hielo–, maldita sea, ¿qué estabas haciendo? ¿cómo coño te ayudo ahora?
Él finalmente separa los labios.
–¿Por qué querrías ayudarme? –pregunta mordazmente, receloso de su repentina preocupación a pesar de que quería disfrutarla por más tiempo.
–¿No eras tú el que hablaba hace poco de una tregua? –contesta algo frustrada, todavía analizando sus manos.
Ezra frunce el ceño. –Eres tú la que hace poco la he rechazado.
La escucha suspirar pesadamente.
–Como esto sea una forma de chantaje emocional, Ezra –a penas la oye mascullar, pero se queda viéndola fijamente, sintiendo que su respiración y el latir de su corazón se tranquilizaba inmensamente–. Acepto tu tregua, Ezra, con todas sus condiciones.
El hielo empieza a gotear mientras esos ojos verdes tan firmes parecen brillar de la manera más mágica posible. Él asiente con delicadeza, sin quitarle los ojos de encima en ningún momento, aceptando encantado la delicada con la que ella sigue sujetando uno de sus brazos, como si eso pudiera ayudar de alguna forma –aunque en verdad si que estaba sirviendo de mucho su tacto firme y a la vez suave–. Cuando finalmente sus manos son liberadas, ella las levantas hasta el nivel de su rostro para analizarlas.
–Te has clavado trozos de madera, Ezra –le comunica sin dejar de ver sus manos.
A él le cuesta un poco hablar. –No me había dado cuenta –murmura con un tono que a ella le parece un tanto infantil, por lo que pone los ojos en blanco mientras retira cuidadosamente las pocas astillas que aún quedaban en sus dedos.
–No tengo ni la más remota idea de cómo sigues vivo siendo tan descuidado –masculla luego de finalizar y comenzar a buscar algo para encender una vela para así encontrar algún pañuelo o algo con lo que pueda limpiarle las heridas.
–Terquedad, supongo, tampoco es que tuviera mucha gente que me quisiera vivo.
Cuando finalmente enciende una vela, Hylla lo observa con una mueca angustiada.
–Dioses, tu infancia ha sido una completa porquería.
Él intenta bromear. –Tal vez podrías hacer que a partir de ahora mi vida sea mucho mejor, querida Hylla.
Ella le da un pequeño golpe en la frente con un dedo. –No te emociones, solo acordamos una tregua.
–Tienes que dejar de agredirme –masculla él intentando sobar su frente pero siendo interrumpido por las manos de Hylla que lo detienen para seguir atendiendo sus dedos lastimados.
–Estás casado con una vikinga, te tendrás que acostumbrar.
Justo unas horas antes de que sus amigos finalmente se fueran, Hylla se reunió con ellos para dejar en claro las siguientes redadas que llevarían a cabo. Harían unas cuantas a la zona sureste del archipiélago, donde Eret, hija de Eret, había llegado a ver en repetidas ocasiones barcos que emitían rugidos no muy amistosos en su anterior. Hunter y Aster estaban encargados de conseguir más información sobre este grupo desclasificado de raptores de dragones mientras que los gemelos buscaban por más islas cercanas en las que los dragones pudieran refugiarse por falta de espacio en Berk, que se estaba quedando cada vez más pequeño con cada nueva carga de dragones rescatados.
–Tengo que hablar con Ezra a ver qué posibilidades de meter dragones aquí o en algún país aliado tengo –murmura mientras ve el mapa lleno de barquitos de madera pequeñísimos que representaban los lugares donde Eret había visto al menos dos veces barcos cargados de dragones. Tenían que encontrar el lugar donde guardaban todos esos dragones y tenían que hacerlo rápido.
Su concentración se pierde cuando sus amigos resoplan irritados ante la mención del rey, Hylla pone los ojos en blanco.
–Las quejas luego, señoritas, no tenemos todo el día –los regaña seriamente mientras regresa su mirada al mapa–. ¿Os ha llegado algo de las nuevas construcciones en islas deshabitadas?
–Al parecer los Terrores Nocturnos siguen leales a nosotros y bien entrenados, la Orilla del Dragón es perfecta para todos esos dragones que no pueden quedarse más tiempo en Berk –comenta Fishlegs, leyendo las anotaciones que hizo de todos los datos importantes de las varias cartas que le habían enviado–. La isla Melodía, al parecer, ha sido retomada por los Cantos Mortales, tal vez podríamos usarla.
–¿La isla llena de dragones come dragones? –cuestiona con una ceja alzada Snotlout–, ¿esa isla?
–Garf no tiene una dieta basada en otros dragones, además tengo entendido que con los años se ha convertido en el líder de su grupo –añade con orgullo Aster, quien era el que más cariño le tenía al dragoncillo que hace tanto habían criado entre todos y habían rescatado de varios enemigos.
–Como un alfa de su propio grupo –comenta Fishlegs, fascinado.
La puerta de la sala de reuniones se abre entonces bruscamente, revelando a un serio Anne que rápidamente es adelantado por Murdoch. Al darse cuenta de a quien tiene delante, el rey oso frunce el ceño y voltea hacia atrás, para ver a Ezra. Hylla agradece en su mente haber establecido esa tregua hace unos cuatro días, las cosas eran mucho más sencillas ahora entre los dos.
–Pensaba que los vikingos se irían hoy –acusa Murdoch como si la gente de la que hablaba no estuviese allí presente. Ezra se hunde en hombros, dejando en claro en su rostro que realmente no le importaba en lo absoluto la presencia de ninguno de ellos, no en el buen sentido, Hylla sabía perfectamente que no es que Ezra soportara o empezara a comprender a sus vikingos, sencillamente los veía como molestias tan minúsculas que no le parecía necesario estresarse o enfadarse por ellos.
–Supongo que partirán más tarde –dice con simpleza hacia Murdoch.
–Supone bien –añade sonriente y burlesco Tuffnut, recibiendo de inmediato un golpe silenciador de parte de su gemela.
Al ver que ninguno de los soberanos presentes hacia amago de irse, le sorprendió no ver a Catriel por ninguna parte luego de hacer un rápido recorrido con la mirada, le alzó una ceja a su marido, él se dispone a explicar la situación.
–Tenemos un asunto pendiente que tratar, querida mía, pensábamos que esta sala estaba libre, ¿deberíamos buscar otra o estáis a punto de terminar?
–No nos queda mucho en verdad –responde con simpleza a pesar de las miradas enojadas que la mayoría de sus amigos le dedican a su esposo–, estamos aclarando algunas cosas de las siguientes redadas –explicó levemente, volviendo su mirada al mapa–. Teniendo en cuenta la terrible impresión que nuestros aliados tienen de mí –comenta con gracia mirando de reojo al rey oso y al rey sol–, ¿por qué no os sentáis a esperar aquí mismo? Si sois buenos incluso os podríamos dejar jugar –añade apuntando uno de los barcos de madera. Para su sorpresa, Ezra se ve, a penas por unos segundos, genuinamente emocionado por el tema de los barcos.
Escucha a Murdoch resoplar y ve a Raphael avanzar hasta las sillas elegantes y cómodas que había pegadas a la pared tapizada. Llega a oír algo de que aquello era un asiento indigno de reyes, pero decide ignorarlo.
–Por cierto, Ezra –lo llama al recordar lo que habían comentado antes–. ¿Podría traer dragones aquí?
El rey alza una ceja mientras se sienta con una delicadeza elegante en medio de los otros reyes a la par que su hermano menor cierra las puertas de la sala de reuniones, retirándose del lugar alegando que tiene algunos asuntos pendientes con su joven prometida.
–¿Cuántos? –pregunta con recelo.
Hylla voltea a ver a Hunter para hacerle la misma pregunta con la mirada, el Berserker hace una leve mueca. –Puede que tres docenas, tal vez cuatro, no estoy muy seguro de cuántos necesitaran ser movilizados hasta acá.
–¿A dónde irían unos cuarenta y ocho dragones en este reino, su majestad? –cuestiona incrédulo Raphael, inclinándose hacia el rey de Arendelle, quien tiene la mano sobre el mentón mientras piensa en la idea.
–Podrías traer dragones que necesiten climas fríos y se podrían quedar en la montaña del norte –su respuesta es apenas un murmullo que cuesta trabajo escuchar correctamente–, tal vez incluso se podrían encargar del problema con lobos que hemos tenido últimamente.
–¿Cambiar lobos por dragones? –cuestiona Hylla, finalmente girándose en su dirección con los brazos cruzados–, me parece un cambio para peor.
–Me has dicho miles de veces que los dragones no se entrometen en la vida de los humanos si no son provocados, estarían tan lejos de la población que no harían daño alguno, los lobos últimamente han estado adentrándose demasiado a zonas habitadas. Los dragones se ven como una opción mucho mejor.
Ella no puede evitar reírse a pesar de las muecas de sus amigos. –Alguien ha estado haciendo sus tareas de investigación.
Ante el espanto de todos los demás presentes, Ezra suelta una risilla mientras, con falsa pedantería, coloca una mano en su pecho inflado.
–Oh, ¿qué puedo deciros? Soy un alumno ejemplar.
–Tal vez lo suficiente para tener tu propio dragón –añade sonriente, disfrutando el pánico en los rostros de los otros dos reyes, sintiendo algo de hastío por las inmediatas negativas de sus amigos–. Traedle un dragón bonito de clase piedra si os encontráis con alguno, ¿de acuerdo?
Hunter alza una ceja. –¿Clase piedra? ¿Por qué clase piedra? –pregunta, saltándose las preguntas que cuestionarán directamente las decisiones de su amiga.
Es Ezra quien contesta. –Oh, son un encanto, me parecen tan adorables que me muero por tener uno.
–No estaría mal que te murieras –masculla furioso Aster, Hylla suspira frustrada, descargando por accidente toda la frustración causada por sus amigos contra su antigua pareja.
–Aster, maldita sea, ¿cuántas veces tengo que decirte que no le hables? –cuestiona completamente cansada del comportamiento del muchacho Hofferson–. Dioses, parece que quieres meterte en problemas con él.
Mientras lo observa apretar los puños con ira e impotencia, Ezra sonríe de oreja a oreja por haber sido espectador de esa maravillosa escena de su esposa en contra del hombre que supuestamente amaba con todo su ser. Bueno, también sonreía por la posibilidad de tener un dragón dentro de poco, pero el temita del vikingo rubio le gustaba aún más.
Oh, como adoraba viéndolo sufrir.
