En el que Hylla Haddock, la nueva reina de Arendelle, conoce a sus damas [parte 1].


Hylla frunce levemente el ceño mientras termina de escuchar el anuncio de su esposo, mientras se acerca para que le ayude a anudar las cuerdas de su corsé, la vikinga agradece en su mente que aquella extraña tregua le aseguraba no recibir toques ni caricias repentinas que ella no disfrutaba.

–¿Damas de compañía? –repite una vez su esposo termina el nudo–, ¿a qué te refieres exactamente?

Él alza una ceja. –Tu expresión me dice que no me has entendido en lo absoluto –Hylla asiente–, mejor llamadas damas de la cohorte, ellas son las mujeres que te acompañaran en todo momento, consejeras y amigas. Muchas mujeres se presentan como candidatas a damas de la reina para así lograr un lucrativo matrimonio con miembros importantes de la nobleza o burguesía, pero siempre habrá una que otra que desee quedarse junto a la reina para ser considerada su consejera personal, lo cual es muy común cuando se sabe que el rey realmente no es muy eficiente cumpliendo su papel y es su mujer quien mueve todos los hilos.

–Ah, así que en lugar de pagarles para follar se les paga para hacer de amigas, que encanto.

Erza le da un manotazo en la cabeza mientras ella se ríe. –En serio, deja ya ese lenguaje, ahora vas a estar todo el tiempo acompañada de mujeres de muy altas cunas e importancia, has el favor de no hacer que ellas se desmayen, no será tan fácil reemplazarlas a ellas, querida.

Hylla, a pesar de la seriedad de Ezra, se remueve un poco. –¿Van a estar conmigo todo el tiempo? ¿no voy a poder descansar nunca de ellas?

–Querida, se supone que deberías llevarte bien con tus damas, por lo que estar todo el tiempo con ellas no debería ser algo negativo para ti –explica mientras acomoda otras partes del vestido que ella intentaba ponerse–, por regla necesitas siete, yo te impondré dos por un tema de alianzas y tú tienes todo el derecho del mundo a elegir a quien quieras sin importar qué.

Hylla parece emocionada. –¿Quién yo quiera? ¿De verdad? ¿Quién sea?

–Quien tú quieras –asiente Ezra esbozando una leve sonrisilla tranquila–. Aunque he de señalar que la cohorte insiste con que solo elijas a una vikinga y que el resto sean europeas por la que dentro de un par de meses llevaremos a cabo un baile para que conozcas a las candidateas, sería mucho más fácil para ambos que lo hicieras así, pero comprenderé que no lo quieras de esa manera, si hace falta hablaré con la cohorte del reino por ti.

Pero su esposa le resta importancia al asunto moviendo la mano de un momento a otro.

–Con una está bien, y creo que ya me hago una idea a quien se lo pediré. Y no –dice en cuanto ve la expresión de terror nada disimulada de su marido–. No será Ruffnut. Se me ha ocurrido que podría ser un amiga reciente que vendrá para traerte tu dragón, Eret, hija de Eret.

Una sonrisilla se le escapa a Ezra. –¿Eret hija de Eret? –Hylla asiente ante su pregunta aunque después le dedica una mirada inquisitiva–. ¿Es nieta de Eret también? ¿Acaso su bisabuela tiene el mismo nombre? Porque suena como una familia tremendamente interesante, seguro que es todo una confusión al momento de llamar a mandar a alguien, pero debe ser tan sencillo mandar al demonio a todos.

Hylla se aguanta la sonrisa que se le quiere formar en el rostro solo para no darle la satisfacción de saber que esa en verdad era una buena broma a pesar de lo mucho que ya la había escuchado. –Pensé que te interesaría más el tema que involucraba al dragón por el que te pasaste una semana entera preguntándome cuándo llegaría.

–Decidí darte un descanso de mi inmensa emoción –responde sonriente hundiéndose de hombros, finalmente alejándose de ella para buscar en su tocador diferentes anillos que comenzó a ponerse con delicadeza y elegancia, disimulando perfectamente el temblor emocionado de todo su cuerpo y la sonrisa que no paraba de dibujarse en su rostro, sonrosando levemente sus pálidas mejillas. Hylla llega a notarlo, pero decide no molestarle, no fuera a ser que matara por completo su buen ánimo–. Aunque ahora no voy a poder descansar bien pensando en ello, será clase piedra ¿verdad?

–Uno muy colorido y encantador, me ha dicho Fishlegs.

Una sonrisa infantil se le cruza a Ezra por toda la cara. –¿Colorido? Me gustan los animales coloridos, suelen ser los más letales... que encanto. Seguro que es una dulzura de dragón, tengo que conseguir la comida adecuada para él, también ir pensando en un nombre, me has comentado que necesitaría una silla de montar que se adecuara a su tamaño así que también tengo que pensar en ello...

–Dioses benditos, eres como un crío cuando se trata de animales.

Él coloca una mano en su pecho con orgullo. –Por supuesto que lo soy, los animales son una maravilla de este mundo, es más –de momento a otro pega un pequeño salto emocionado para alejarse del tocador–, ahora tengo ganas de visitar a mis muchachos –dice sonriente, refiriéndose a su manada de perros–, ¿vienes? Tal vez hoy no sean tan brutales a la hora de comer como la última y primera vez que los visitaste, aunque comprenderás que no puedo asegurarte ni prometerte nada, querida.

–¿Y saltarme cualquier obligación mañanera? –pregunta con un tono divertido que le arranca otra sonrisilla a su marido–. Por supuesto.

Fue una mañana sumamente encantadora, era algo que ambos tuvieron que admitirse aunque sea para ellos mismos. Ambos estuvieron sumamente relajados y no discutieron en lo absoluto, Ezra estaba demasiado emocionado por todo el tema relacionado con su futuro dragón y extremadamente ensimismado en mimar todo lo posible a su enorme cantidad de perros por lo que a penas y le estaba prestado atención a Hylla para alguna otra cosa que no fuera, con una sonrisa algo burlona, proponerle alimentar a alguna de sus sádicas bestias con conejos o liebres vivos. Le insiste varias veces con que no quiere hacerlo, pero cada cuantos minutos él le repite la pregunta solo para jugar un poco con ella, aun así no discuten por algo tan tonto como eso, es cierto que Hylla llega a patear un ojo lleno de sangre contra la pulcra ropa de Ezra, pero él se limita a responder lanzando a la siguiente presa en su dirección de tal manera que uno de los perros más jóvenes terminó devorando uno de esos pobres animalejos cerca de Hylla, quien retrocedió asqueada pero aun así podía jurar que el conejo le dedicó una mirada de súplica mientras tenía los colmillos de esa fiera en el cuello.

–Realmente eres de lo peor –masculló con una mueca de asco extendiéndose por todo su rostro.

Él le guiña un ojo. –Lo sé, querida, lo sé –le contesta juguetón, dejando de mirarla casi de inmediato pues estaba demasiado interesado en consentir todo lo posible a sus queridos perros, sonriéndoles mientras rascaba sus cabezas, lomos o barrigas. A Hylla le encantaría negar que se veía tierno jugando con tantos animales peludos y tiernos –cuando no devoraban pobres conejos vivos– como si fuera un niño pequeño.

Por un momento piensa que, tal vez, Ezra en verdad no era tan malo como todo el mundo parecía estar tan seguro, era cierto que el rey de Arendelle era un completo idiota, pero tal vez y solo tal vez con el trato adecuado una versión más tierna, comprensiva y cuerda de él podría salir a la luz. Hylla quería seguir aferrándose a la idea de que, si no hubiera sido por todo el daño que le hicieron de pequeño, no existiría tal cosa como el tirano de las nieves, solo un rey con poderes que iban más allá de lo humano, tal vez un poco presumido, pero definitivamente no al nivel actual. No habría monstruo...

Se llega a preguntar si hubiera sido capaz de amarlo si él hubiera sido un príncipe de cuentos de hadas y no el monstruo del que se suponía debía escapar. Se llega a preguntar si hubiera sido capaz de olvidarse de su relación con Aster en esas condiciones.

¿Qué tanto hubiera cambiado si no lo hubieran lastimado de la forma en la que lo hicieron?


Con Catriel caminando en lentas vueltas alrededor suyo, la joven princesa Ofelia de las Islas del Sur se mantuvo en todo momento lo más recta posible, a pesar de que tenía a todo el resto de sus hermanas observándola, exceptuando a la menor de ellas que estaba constantemente en Arendelle, como si analizaran a una posible enemiga, Ofelia logró mantenerse digna e imperturbable a pesar de toda la presión que su familia ejercía en ella.

–Eres aquella con la misma edad que el rey y la reina de Arendelle –habla su hermana, la reina, mientras pasa levemente la punta de sus dedos por su vestido, comprobando que ni el más terrible toque fuera capaz de alterarla–, por tanto, eres aquella que tendrá el enorme privilegio de servir en el palacio de nuestros aliados como la dama de compañía de la reina, la representante de nuestra patria, con más poder internacional que el de ningún embajador.

Ofelia asiente con delicadeza. –Por supuesto, mi señora, llevaré con gran orgullo esta responsabilidad y honor.

Escucha las risas de alguna de sus hermanas mayores, risas burlones preparadas y pensadas únicamente para distraerla y hacerla fallar a propósito, eran una molestia, pero nadie que viera su rostro sería capaz de adivinar lo que en verdad pensaba de todas ellas. Ser la octava de trece hermanas y una de las pocas que a pesar de su correcta edad no tenía un compromiso ya establecido así que su día a día no fuera tan sencillo como muchas de las menores podría asegurar. Las últimas de las hermanas siempre se quejaban que por su edad eran constantemente olvidadas y miradas por encima, de vez en cuando las gemelas, Bianca y Ruth, las cuales iban justo después de Ofelia en la línea de sucesión, solían quejarse de que eran vistas como una simple broma y que a nadie parecía importarle comprometerlas correctamente, olvidándose por completo que su joven edad las alejaría de los matrimonios arreglados hasta al menos dentro de cuatro años, olvidándose por completo que el único motivo por el cual la menor de todas, la pequeña Hazel, se había comprometido tan pronto era porque alguien de la edad adecuada debía comprometerse con el príncipe Anne para fortalecer la alianza entre Arendelle y las Islas del Sur.

–Con suerte conseguirás un buen marido de la cohorte arendeliana, con suerte ni un solo vikingo se fijara en ti y así no traerás desgracia a esta familia –continúa hablando Catriel, las demás princesas siguen riéndose, aunque ahora su volumen ha aumentado–. Porque escúchame atentamente, Ofelia, ya estás en edad de casarte, ya estás en edad de encontrar un buen marido, no estás en posición de negar ninguna propuesta, ni en posición de quedarte eternamente como dama de la reina. Aceptarás lo que se te ofrezca y si llega a ser un vikingo, Dios no lo quiera, será lo que aceptarás, ¿te ha quedado claro?

–Por supuesto, su majestad –asiente a pesar de las ganas que tiene de arañarle la cara y clavar sus dedos en los malditos ojos de la reina hasta matarla.

Ella ¿casada con un puto vikingo? ¿casada con un pagano? ¿una digna cristiana como ella? ¡Ni pensarlo! Preferiría morir en un terrible accidente antes que acabar desposada con uno de esos salvajes. Ni siquiera era capaz de comprender cómo era posible que un rey tan imponente y bélicamente poderoso como el rey Ezra había acabado atado por el resto de su vida a una mujer de ese tipo, que en verdad no podía ser llamada ni mujer ni nada. No quería insinuar que ella se merecía algo mejor de lo que el rey Ezra se merecía... bueno, en verdad sí, sí que se merecía algo muchísimo mejor. Ella era un digna princesa, un perfecta hermana, y una cristiana modelo, por otro lado aquel rey era un sádico depravado que disfrutaba haciendo sufrir a todo lo que se le presentase por delante, con la excepción de sus dichosos pulgosos y si penoso hermanito menor, el rey Ezra era un monstruo por mucha corona de oro que tuviera en la cabeza, así que sí, Ofelia se merecía algo mucho mejor de lo que él tenía.

Si su hermana pensaba que ella sencillamente asentiría y aceptaría ser encadenada a un maldito salvaje entonces estaba subestimando muchísimo toda la rabia y frustración que llevaba acumulando por diecinueve malditos años, estaba subestimando a un nivel peligroso lo dispuesta a estaría a quitarse la vida sin tan siquiera lamentarlo en lo más mínimo.

–Traerás orgullo, Ofelia, de una manera u otra, cueste lo que cueste –la dulzona voz de su hermana mayor, de su reina, se escucha más tenebrosa a cada palabra–, ¿has comprendido todo a la perfección, Ofelia?

–Por supuesto, su majestad –responde negándose a verla a los ojos a pesar de la que tenía a tan solo dos palmos de la cara.

Catriel asiente de tal manera que parece estar contenta, de tal manera que Ofelia cree por un momento que su hermana mayor, la reina, estaba verdaderamente convencida de que ella mantendrá el buen nombre de su familia, pero las risillas ridículas del resto de sus hermanas, tanto menores como mayores, siguen resonando por toda la estancia, burlándose de ella, juzgándola, deseándole lo peor, dejándole saber que es una gran tonta por tan siquiera soñar con la verdadera aprobación de Catriel.


Al paso de tres días desde que Ezra se lo comentó, dos de sus damas de compañía finalmente se presentaron en el palacio de Arendelle, con hermosos vestidos cubriéndolas, grandes tocados extravagantes, collares y anillos de plata, oro y diamante, rostros preciosamente maquillados y, en definitivamente, completamente diferentes a la reina, quien había sido avisada con poco tiempo para preparación y se había presentado en su traje de vuelo al encuentro con sus futuras damas de compañía. Mientras las muchachas intentaban disimular su sorpresa por las pintas de la reina, el soberano de Arendelle se limitó a reír mientras Hylla caminaba algo incómoda hacia las desconocidas, sintiendo sus miradas confundidas y escandalizadas sobre ella, gruñendo levemente ante las burlas nada disimuladas de su marido, quien, en cuanto llega a su lado, la toma de la cintura y la apega a su cuerpo.

–Hoy te ves encantadora, querida –le dice con sorna, sonriendo de oreja a oreja.

–Pues tú te ves perfecto para recibir una buena hostia en la cara –le responde con el ceño levemente fruncido, pero imitando su sonrisa burlona, dándole de paso un codazo en las costillas para librarse finalmente de su agarre posesivo, de esos que supuestamente habían estado de acuerdo en no volver a llevar a cabo.

Las damas de compañía, a pesar de realmente no tener una excelente relación entre ellas, se miran algo desesperadas, intentando confirmar que ambas estaban viendo la misma locura, intentando confirmar que aquella extraña pareja tan informal y poco educada estaba en verdad conformada por los actuales reyes de la gran nación de Arendelle. No necesitan asentir ni decirse nada en leves susurros, solo necesitan mirarse, volver a mirar a los reyes y regresarse una mirada angustiada acompañada por una disimulada mueca de extremo desagrado.

–Permíteme que te las presente, querida –dice el rey de Arendelle una vez concluye el tonto juego con su esposa, quien se cruza de brazos y lo mira levemente mosqueada para dejarle en claro que luego piensa continuar con la charlita de las cosas que puede y no puede hacer–. Esta de aquí es Ofelia Westergaard, la octava de las trece hermanas de la familia real de las Islas del Sur.

Antes de que el rey pudiera continuar, Hylla suelta la siguiente tontería.

–¡Joder! ¿Trece? Os aburrís muchísimo por aquí, ¿eh?

Ezra se limita a presionar sus labios para no reírse por el imprudente comentario de su esposa, intentando disimular todo lo posible frente a la hermana de Catriel que todavía no sabía nada con respecto al comportamiento de la nueva reina vikinga del reino cristiano de Arendelle. Samantha Bjorgman no tiene ni la más remota idea de dónde meterse ante aquella situación, no sabe cómo es que tiene que reaccionar ante el brutal comentario jocoso de la reina, ¿era su deber cómo dama de cohorte reírse de sus palabras? ¿debería de mostrarse inmutable ante tales palabras? ¿o tal vez lo adecuado era dedicarle otra mirada incrédula a su nueva compañera de oficio? Samantha estaba sumamente confundida y pérdida, carente de cualquier tipo de protocolo correcto que seguir. Ofelia, por otro lado, estaba intentando comprender por qué el rey de Arendelle parecía estar completamente dispuesto a permitir que su esposa, que no dejaba de ser una vikinga, una bárbara y una pagana, le hablara de esa manera, teniendo en cuenta que ella era una digna princesa cristiana, se merecía mucho más respeto a pesar de que no había corona de gobernante alguna en su cabeza. Ofelia se mantiene con el ceño levemente fruncido, apretando con fuerza sus manos en aquella simple posición de manos frente al vientre, disimulando todo lo posible la furia que estaba sufriendo y que nunca antes hacía experimentado.

Toma un poco de aire para luego suspirar pesadamente, dándose cuenta entonces de la mirada de reojo que el rey le dedica por unos cortos segundos luego del pequeño silencio incómodo que se ocasionó entre los presentes.

–Querida, creo que has incomodado a nuestra invitada con tu comentario –le comenta en voz alta el rey a su mujer, sonriendo con sorna para la princesa de las Islas del Sur, como si en lugar de advertir a la nueva reina estuviera burlándose de ella directamente. Sin embargo, la nueva reina de Arendelle lleva una mirada preocupada inmediatamente hacia la princesa Ofelia.

–Perdona, no pretendía ofenderte –se disculpa honestamente la reina, llegando a confundir aún más a las mujeres de la nobleza presentes. ¿Una reina disculpándose tan sinceramente frente a sus damas de la corte? Nunca antes se había algo de ese estilo, mucho menos frente a un rey, se podía comprender de una reina consorte como la era la reina Hylla, pero aun así, el rey no debió de haberla incitado a disculparse, eso, sencillamente, no se hacía.

Luego de tomar un poco de aire para evitarse balbuceos indebidos, la princesa Ofelia asiente ante la reina y le asegura que no tiene nada de lo que disculparse, aquello se queda ahí pero realmente nadie siente que la pequeña incomodidad se haya ido en verdad.

–Como te decía, querida –empieza nuevamente el rey de Arendelle, quien realmente parece ser el único que no nota o no le interesa en lo absoluto la tensión presente en aquella sala–. Esta es una de las hermanas menores de la reina Catriel, al mismo tiempo, una de las doce hermanas mayores de la prometida de Anne, la princesa Hazel –la reina solo asiente, intentando lo mejor posible recordar los sencillos lazos sanguíneos, deseando profundamente jamás tener que recordar los trece nombres–. Por otro lado, esta es lady Bjorgman, mayor de la descendencia de la familia noble y burguesa Bjorgman. Su padre desciende de burgueses, su madre de una familia noble muy antigua aquí en Arendelle, su hermana menor, la pequeña Kristine Bjorgman, en el futuro será la dama de la cohorte de la princesa Hazel.

Ambas mujeres tomaron con delicadeza los costados de sus vestidos y se inclinaron frente a la reina del respetado reino de Arendelle, agachando las cabezas, disimulando todo lo posible la mala impresión que la nueva soberana les había dado, intentando calmar todas los comentarios mentales inadecuados que no dejaban de pulular en sus cabezas.

–Es todo un placer conocerla, su majestad –dice Samantha una vez alza su torso.

Ofelia, por otro lado, se mantiene tan solo unos segundos aun inclinada. –Será todo un honor poder acompañarla y servirla, mi señora.

Hylla se remueve levemente, no muy contenta por tener que aceptar las inclinaciones y el trato exageradamente servicial de las nobles mujeres delante de ella. Por otro lado Ezra le sonríe, como disfrutando lo mal que estaba llevando toda la situación y lo fatal que se están desenvolviendo estas mujeres preparadas para desenvolverse con perfección en cualquier situación social. Hylla se da cuenta en ese instante que Ezra seguramente jamás dejara de ser un idiota sádico que disfruta poner en las situaciones menos esperadas a todo el mundo tan solo para disfrutar sus reacciones, como un crío maquiavélico que tortura sin parar a insectos o animalejos solo porque tiene demasiadas preguntas que únicamente se responden con práctica.

Cuando finalmente ambas mujeres la observan fijamente, Hylla se le ocurre dar por acabada aquella tensión.

–Una pregunta –le dice a su marido, aprovechando para quitarse de encima su agarre en su cintura–, ¿ellas responden ante los dos o solo ante mí?

Ambas voltean a ver entonces al rey, como haciéndole la misma pregunta, pero de una forma más silenciosa y disimulada. Ezra sonríe de oreja a oreja ante el repentino interés de todas.

–Son tus damas, tus más leales consejeras, solo responden ante ti, querida.

Hylla alza ambas cejas y una leve sonrisa se le forma en el rostro. –¿Y qué si les pido que te maten? ¿Tiene que obedecer incluso eso?

El rey se mantiene callado a la par que las damas de la cohorte abren los ojos por completo y se quedan pasmadas viendo a la vikinga, cuestionándose si aquella pregunta es tan solo una de esas raras bromas y jugueteos que ambos llevan a cabo con tanta naturalidad o si en verdad estaba hablando completamente en serio.

Ezra logra soltar una leve risilla para luego decir. –Los homicidios no se suelen planear frente a la víctima, querida, eso es un error de principiante.

–Míralo mejor como una amenaza muy sincera, casi un aviso. Entonces, ¿puedo o no?

La fría mirada del rey se dirige por unos momentos a las damas presentes, sus ojos azules las analizan de hito a hito por unos pesados segundos. Ezra entonces sonríe y da un leve asentimiento de despedida.

–Diviértete, querida –se despide con sencillez y una sonrisa viajándole de un lado a otro, Hylla sigue su caminar con el ceño levemente fruncido, se cruza de brazos y pregunta.

–¿Eso es un sí o un no?

–Solo diviértete.

Las tres se quedan mirando al rey saliendo con elegancia de la sala, sencillamente dejando una respuesta tan importante en el aire, no solo no contestando a la pregunta/broma de su esposa, sino también haciendo que las damas presentes siguieran cuestionándose si aquello era normal o no entre los reyes. Por lo que, tan solo para salir de dudas, lady Samantha llamó a la reina.

–Disculpe, su majestad –dice con delicadeza, consiguiendo de inmediato la atención de Hylla–... solo quisiera dejarle en claro que realmente ninguna de nosotras estamos dispuestas a tan siquiera intentar... acabar con la vida de su majestad el rey Ezra.

A pesar de que esperaban que la reina hiciera indicios de haber estado solo bromeando o molestando un poco a su marido, ella resopló pesadamente para luego poner en blanco los ojos, justo como una reina consorte no debería de hacer.

–Que aburridas –la escuchan murmurar–, pero bueno, me esperaba esa respuesta de vosotras.

Ofelia a penas frunce levemente el ceño. –¿Es eso algo bueno, su majestad?

Hylla ignora abiertamente la pregunta. –Primero que nada, nada de llamarme "su majestad", "mi señora", ni nada similar, no me gusta –las damas se vuelven a mirar entre sí por unos segundos para luego volver a mirar a su reina y asentir–. Tampoco me gusta que os inclinéis, me ponéis nerviosa cuando hacéis eso, así que nada de eso. Llamadme Hylla o como os venga en gana, solo no quiero que os vengáis muy arriba con la formalidad y el dichoso protocolo.

Ambas asienten.

–De acuerdo... Hylla –responde con dificultad Ofelia, jugueteando con sus dedos tras su espalda–. Entonces... ¿qué es lo que quieres hacer el día de hoy? Podemos contarte todo lo necesario de tus potenciales futuras damas de corte, hacerte algunas recomendaciones con respecto a la organización de la fiesta para recibirlas, o sencillamente podemos pasear por el castillo, los jardines de este palacio son preciosos, encantan a cualquier miembro de realeza extranjera, aunque seguramente ya sabéis eso.

Antes de que Samantha intentara también proponer sus propias ideas de como pasar su primer día con la reina, Hylla comenta.

–Prefiero pasear por el reino –dice, sonriéndoles con algo de malicia a ambas, haciendo que Samantha frunza un poco el ceño por la confusión y Ofelia se ponga un poco más nerviosa–. Venid conmigo, necesitareis –las mira de hito a hito–, algo diferente.

Hylla empieza a caminar sin tan siquiera preocuparse si sus damas la están siguiendo. Samantha empieza a sentir un poco de miedo rodeándole el cuerpo al no tener en lo absoluto claro a que se refería exactamente la reina con "algo diferente", Ofelia gritaba internamente, intentando descifrar en su mente si su hermana era consciente de la actitud de la reina o no.

–¿A dónde hemos venido a acabar? –se cuestiona con Ofelia entre dientes mientras comienza a seguir lentamente a la reina de Arendelle.

–Sea fuerte, alteza –le responde Samantha, siguiendo la ruta como podía–, si una princesa como usted no puede mantenerse fuerte frente a esta mujer, no sé que podría ser de mí... que Dios y la Virgen María nos salven de cualquier locura.

–Amén, lady Bjorgman, amén.


Dios y la Virgen María eran unos traidores muy crueles que podían fácilmente olvidarse de sus más fieles y leales seguidoras sin tan siquiera sentir remordimiento alguno. Así tenía que ser porque si no ni Samantha ni Ofelia podrían jamás llegar a entender por qué habían acabado en una situación como aquella. Paseándose por el tenebroso bosque que rodeaba la parte más central del reina de Arendelle y separaba del burgos a las familias más antiguas que preferían una vida completamente alejada y en lo absoluto cristiana. Susodicho bosque no era tan temido como el Bosque Encantado, terreno con una historia casi puramente basada en relatos y fabulas para niños, el bosque de los alrededores de Arendelle, aquel que llamaban El Bosque del Tiempo pues visitar a las antiguas familias era como retroceder siglos en el pasado, era temido por todos sus animales salvajes y por toda su peligrosa flora.

Samantha tira de la reina en cuanto ella parece acercarse un poco a un sendero no muy recomendable. –Hylla, por favor, deja en paz las zonas húmedas.

–¿Cómo es que aún no os han explicado que zonas debéis de evitar? –cuestiona entonces Ofelia, aun removiéndose incómoda por los pantalones que la reina había insistido con que se pusieran para facilitar toda su caminar, no negaría que era mucho mejor pasearse por el bosque con ellos, pero se moriría de vergüenza si tenía que volver a caminar con ellos frente a todo el reino de Arendelle–. En las zonas húmedas crecen las cicutas de agua y en este bosque son mucho más mortíferas que las comunes. Apártese de cuerpos de agua estancados y no camine por tierra húmeda, mucho menos barro.

Hylla simplemente asiente mientras acepta la desviación que marca Samantha. –¿Cómo viven las gentes del otro lado del bosque? –pregunta entonces, volviéndose a preguntar en silencio cuánto faltaría para que se acabara el bosque.

–No ha de preocuparse por ello, su majestad. La gente del otro lado solo contesta ante el rey, y tampoco le obedecen correctamente –le responde Samantha, apartando una rama de su camino.

Ofelia asiente. –Las familias antiguas nunca aceptan a las reinas, suelen despreciarlas en verdad, será incluso peor en su caso, siendo extranjera.

Hylla les sonríe con algo de sorna a las dos. –Habladme con sinceridad, sería por ser extranjera o por ser vikinga.

–Por extranjera, Hylla –le responde rápidamente Samantha–. En verdad, no sé si alguna vez os lo comentaron, pero Arendelle fue territorio de vikingos convertidos a las formas cristianas. Según dicen las familias más respetadas y muestran las familias antiguas, este reino fue primeramente una pequeña aldea de vikingos que habían huido de sus tierras para poder practicar el catolicismo sin ser perseguidos ni señalados por el resto de gente de sus tribus, fundaron Arendelle con la intención de alejarse del paganismo y vivir siguiendo los designios de Nuestro Señor y Salvador.

Hylla se detiene de golpe, consiguiendo que sus damas se pararan justo a cada lado de ella.

–¿Arendelle fue fundada por vikingos? –Samantha asiente, ella suelta un silbido sorprendido–. Vikingos que querían alejarse de los dioses de Asgard... había oído antes de gente que emigraba a terreno cristiano y terminaban convirtiéndose, o algunos que sencillamente adoraban ambas religiones porque no pierden nada rezándole a todos los dioses posibles –fue entonces, con una nueva sonrisa burlona que puso aún más de los nervios a sus damas, Hylla preguntó–. ¿Cómo me puedo aprovechar de esa información?

Ofelia alza una ceja. –¿A qué se refiere? –pregunta mientras la ve alzarse de hombros y retomar su caminar.

–No sé, sería divertido que la próxima vez que uno de esos amargados vejestorios de la cohorte insista con que no merezco el trono por ser una "asquerosa vikinga" podría mencionarle que muy seguramente el descienda de una.

Hylla decide ignorar el incómodo silencio que se ha formado por la necesidad de sus damas de tomar aire y procesar el terrible vocabulario de su reina, se limita a esperar por una respuesta que le sirva, es Ofelia, que luego de cansarse de gritar internamente, le dice.

–Bueno, seguramente si intente responder a esos ataques le respondan con que al menos esas gentes eran cristianas y no paganas como usted.

Hylla rueda los ojos. –¿Por qué la religión os importa tanto? No lo entiendo –suelta sin realmente querer una verdadera respuesta, simplemente quiere soltarlo, dejarles saber que nunca estarían de acuerdo con respecto a la importancia de la religión–. No sé de qué tribu vendrían los fundadores de Arendelle, pero eso de que huían para poder creer con libertad en el cristianos no me suena muy verídico.

Samantha es la que más frunce el ceño. –¿A qué os referís? ¿Insinuáis que lo que se ha dicho todo este tiempo es una mentira?

–Tiene pinta sí, ya os he dicho, los vikingos no le damos tanta importancia a qué se le reza o qué se le deja de rezar.

Antes de que ninguna de las dos cristianas pudiera responder de ninguna manera a las formas tan poco amistosas de la reina pagana de Arendelle, algo se escucho a la distancia, un grito femenino lleno de desesperación que alertó a las tres mujeres y fue rápidamente seguido por risas crueles.

–¿Qué narices ha sido eso? –suelta Hylla mirando hacia la izquierda, de dónde provenía aquel grito.

–Deberíamos volver a palacio –se apresura a decir Samantha–. Esto podría ser peligroso para usted, su majestad, lo mejor será...

–Lo mejor será ayudar a quién necesite algo de ayuda en estos momentos –la corta con brusquedad, sacando de un costado de su traje una daga que ninguna de las dos cristianas sabía que tenía escondida.

–¡Su majestad! –la llaman las dos damas.

–¡No me llaméis majestad! –les recuerda apresurando el paso, dejándolas atrás.