En el que Hylla Haddock, la nueva reina de Arendelle, conoce a sus damas [parte 2]


Samantha y Ofelia estaban pensando seriamente en cual sería la manera más sencilla de poder renunciar a sus puestos como damas de la cohorte de la nueva y joven reina de Arendelle, ya lo sentían muchísimo por aquellas jóvenes que asistieran al baile y no pudieran luego escaparse del trabajo, pero ellas no pensaban quedarse ni un solo segundo más, no estaban tan desesperadas. Samantha estaba considerando la idea de hablar seriamente con su madre y así mostrarle en persona las locuras de la reina Hylla, eso seguramente haría que la comprendiera de inmediato y estuviera completamente de su lado. Ofelia, que sabía que jamás podría escapar de todo ello convenciendo a su hermana mayor, decidió comenzar a buscar desesperada con la mirada otro camino húmedo que la guiara directamente con cicutas de agua que pudiera tragar hasta morirse. Porque así era como las mujeres de altas cunas de las tierras cristianas arreglaban todos y cada uno de sus problemas.

Llevaban ya un par de minutos intentando seguirle el ritmo a la reina, pero, mientras más se escuchaban aquellos gritos de ayuda, más se alejaba la vikinga. Definitivamente, a pesar de que no les gustaba en lo absoluto, agradecían haber estado vistiendo pantalones en aquel momento, haberse desplazado tan solo un paso a esa velocidad en aquel parámetro definitivamente hubiera significado arruinar por completo sus costosos y maravillosos vestidos dignos de la cohorte real.

No fue hasta que un pequeño cuerpo paliducho y delgaducho chocó repentinamente contra el cuerpo de la reina vikinga que se detuvo por completo toda esa locura. Para sorpresa de las tres otras jóvenes allí presentes, a pesar de que no había visto llegar a la chica y realmente el impacto fue fuerte, Hylla no terminó en el suelo, ni siquiera pareció que había perdido la estabilidad en ningún momento, dio unos pasos atrás, sujetó a la desconocida para que no se cayera e hizo una leve y rápida mueca de incomodidad por un golpe que debió de haberle dolido bastante más que solo eso.

–¿Estás bien? ¿quién te persigue? –preguntó rápidamente, moviendo sus manos para sostener a la pálida muchacha de sus angostos hombros y así tenerla frente a frente, la desconocida, que tiene el rostro rasgos húmedos que prueban que había estado sollozando, parpadea confundida por unos largos segundos, como si realmente estuviera sorprendida de que alguien hubiera escuchado sus suplicas y lamentos–, venga, no te quedes muda.

–Ah... ah, unos cuatro muchachos, me persiguen cuatro muchachos.

Hylla mira en dirección de dónde había llegado la muchacha por unos segundos, con el ceño fruncido y ganas de pelea brillando en su mirada, luego de unos segundos finalmente suelta a la muchacha para así recoger la daga que, felizmente, había tirado en el choque en lugar de clavársela por accidente.

–Tu nombre –exige saber la vikinga.

–Jackie, Jackie Frost –le responde la joven de ojos azules y cabello liso blanco. Por un momento, Hylla no puede evitar comparar a esa completa desconocida del otro lado del Bosque del Tiempo con su marido, sus pieles eran igual de pálidas, ambas melenas eran igual de blancas, aunque tal vez las de Jackie tenían tonos más grises que rubios, y sus ojos brillaban del mismo azul. Si uno se fijaba solo en eso podría considerarlos mellizos, pero con tan solo darle una mirada a sus rasgos faciales cualquiera podía notar que, definitivamente, no tenían relación sanguínea alguna, sobre todo teniendo en cuenta que, por lo que había llegado a ver entre los hermanos, la familia real de Arendelle tenían la tendencia de ser casi idénticos si no fueran por los colores que los cubrían–. ¿Ustedes quienes sois?

Samantha es la primera en hablar. –Estás hablando con la reina muchacha, la nueva reina de Arendelle –dice señalando levemente a Hylla, con un tono algo brusco hacia la desconocida al notar en ella el hosco acento de la gente del otro lado del Bosque del Tiempo–, vuestra gente no muestra respeto ante tal puesto, pero teniendo en cuenta tu actual situación no os mataría al menos inclinaros.

Hylla, a pesar de la seriedad de Samantha y el apoyo inmediato de Ofelia ante esa idea, gira los ojos y suelta un pesado bufido. –No hagas caso, no hace falta que hagas eso –le asegura a la pálida muchacha dándole unas palmaditas en el hombro derecho para luego dar unos pasos hacia la dirección de donde había venido–, ¿qué tanto has logrado alejarte de ellos?

–No mucho... les he despistado por un momento, pero creo que no faltara mucho hasta que lleguen hasta aquí.

Las dos mujeres de alta cuna tiemblan y se ponen blancas como la nieve.

–Su majestad, deberíamos irnos de inmediato –masculla Ofelia acercándose hacia Hylla y atreviéndose a sostenerle un antebrazo, Hylla le dedica una sonrisa algo burlona.

–¿Te aterran un cuarteto de descerebrados? –pregunta burlesca, como si no se hubiera dado cuenta de que ya no está hablando con guerreras vikingas domadoras de dragones, sino con mujeres delicadas de cohortes europeas que todo cuchillo que había levantado era para untar el pan con mermelada.

Ofelia asiente con rapidez y una mueca de irritación dibujada en todo el rostro. –No dudo de vuestras habilidades para el combate, su majestad.

–No me llames así –la intenta interrumpir, Ofelia está tan espantada que no le importa en lo absoluto todas las consecuencias terribles que podría traer para ella el hecho de ir directa y abiertamente contra las normas que había establecido su reina tan firmemente.

–Pero usted no tiene aquí ni a su dragón ni una verdadera espada con la que defenderse apropiadamente –le recuerda con obviedad y nerviosismo en el tono de voz–, solo tiene una daga, ¿qué puede hacer con tan solo una daga?

Hylla sonríe de oreja a oreja, disfrutando la enorme diferencia entre mujeres cristianas y mujeres vikingas que se remarcaba entre esas dos y ella misma, preguntándose que sería de esas pobres muchachas cuando alguien del porte y la personalidad de Eret llegara finalmente a quedarse como su dama de la cohorte vikinga. –Oh, cielo, si tan solo supieras la de cosas que se puede hacer con incluso menos serías mucho más feliz de lo que eres ahora mismo –ríe dándole unas palmaditas en la espalda para luego juguetear con el arma en su mano libre.

Justo cuando la reina termina de decir aquello, unos pasos empiezan a escucharse peligrosamente cerca de ellas, partiendo ramitas, chapoteando por el barro que seguramente habían pisado, acompañándose de crueles risas amenazantes. Hylla empieza a estirar sus brazos en espera de la llegada de aquellos sujetos que recibirían una buena paliza de parte de una vikinga que llevaba ya demasiado tiempo aguantándose toda la rabia en su interior, sin realmente ninguna forma saludable de expulsarlo todo. La reina de Arendelle les indica con una sonrisa que se mantengan detrás de ella, que no hacía falta ni quería su intervención en el enfrentamiento que se les acercaba, mientras tomaba una rama caída que le serviría si llegaba a perder su daga, siempre se tenía que estar bien preparada. Tal y como había escuchado decir algunos cristianos, mujer precavida vale por dos.

Ofelia y Samantha no dejan de pensar en buenas formas de salir de aquel horrible infierno que suponía ser una de las damas de cohorte de la reina Hylla, sin embargo, la muchacha del otro lado del bosque observaba completamente maravillada, embelesada y asombrada de buena manera por la mujer que ocupaba el puesto que no se respetaba mucho en su pueblo, pero que ahora mismo le mostraba que la corona se la había ganado.

El primer hombre que aparece es apenas unos centímetros más alto que Hylla, es extremadamente delgado, pero de anchos hombros y habilidosas manos tanteando cada una los dos cuchillos a cada lado de la cadera. –Hasta que hemos encontrado a la pequeña furcia –ríe en cuanto Jackie, quien retrocede espantada, se aparece en su campo de vista, detrás de él aparecen dos hombretones gigantescos que necesitan agachar la cabeza para no darse golpes con las ramas de los árboles, y uno un tanto más bajo pero mucho más musculoso que el otro. Aquellos serían intimidantes si Hylla no le hubiera dado ya buenas palizas a tipejos el doble de fuertes y grandes que esos cuatro... y bastante más listos, con solo verlos un segundo le bastaba para saber que muchas luces no tenían y que seguramente nadie los consideraba los listos del pueblo–. Y tiene nuevas amiguitas –la mirada oscura de ese hombre se dirige hacia la reina de Arendelle y sus dos damas–, amiguitas con lindas joyas, ¿eh?

El más musculosos de ellos se acerca al bajo. –Esa de allí tiene ropas de la ciudad –señala con la cabeza a Samantha, que se aferra a una brazo de Ofelia, quien hace lo mismo con Jackie–, y la otra es extranjera –son sus labios los que apuntan a la princesa de las Islas del Sur.

–Y esta de aquí no es cristiana –ríe el bajo, mirando de pieza a cabeza a Hylla–, le falta una pierna y todo.

–Ya me estaba preguntando cuánto os costaría daros cuenta de ello –bromea Hylla, jugueteando más descaradamente con la daga para que los hombres presentes no se creyeran ni por un momento que no estaba preparada para un enfrentamiento–, sois un poco lentos, la verdad.

Ofelia se lamenta por lo bajo al ver los rostros furiosos de aquel cuarteto. –Esta vikinga hará que nos maten luego de forzarnos.

–Calla, calla, que quiero enterarme bien de esto –le dice Jackie aun mirando fijamente a la reina, sin tan siquiera molestarse por la mirada furiosa que le dedica por unos largos segundos la octava princesa de las Islas del Sur.

–Muévete, puta tullida –gruñe el más musculoso–, tenéis suerte de que solo la queremos a ella –dice, señalando con una mano a Jackie–... por ahora, pero como nos toquéis mucho los cojones pues –suelta una risa tonta–, supongo que no tendréis más opción que realmente tocar unos buenos pares de cojones.

Hylla asiente conteniendo las sonrisas burlescas que quiere dedicarles, solo alza una ceja. –¿Buenos? –repite apenas aguantando la risa, el rojo de ira en el rostro de ese sujeto fue espectacular–. Anda, mírate, pero si recién estás madurando de verdad, ¿no vendréis de a cuatro porque por vuestra cuenta no podéis ni con media mujer?

El musculoso se truena los nudillos con rabia mientras empieza a avanzar hasta ella. –Tú te lo has buscado, pedazo de desgraciada. Voy a hacerte gritar.

Finalmente, Hylla se permite reírse, sujeta mejor la daga en su mano izquierda y con la derecha motiva al sujeto a acercarse más, el hombre no podría estar más furioso incluso si lo intentara.

–Venga, cabeza de músculo, siquiera inténtalo.

Jackie observó maravillada como la supuesta nueva reina de Arendelle tomaba fácilmente el puño que iba directamente hacia su rostro a gran velocidad y llevando consigo mucha fuerza. Fue algo extrañísimo ver a una monarca, tomando la muñeca y el codo de un hombre para retorcerlo en dos segundos para dejarle completamente destrozado. El hombre musculoso aulló mientras se arrodillaba pesadamente, quedándose con el cuerpo arriba porque la reina seguía sosteniéndolo.

–¿Ya estás llorando y chillando? –pregunta con crueldad, una crueldad que está imitando más que nada de Dagur y que aprendido peleando contra los hombres de Viggo, una crueldad que le hizo falta contra Drago y que nunca más se le olvidaría–. Esto solo está empezando –le susurra mirándolo directamente a los ojos antes de clavarle la daga en la entrepierna, arrancándole otro atroz alarido–. Creo que es algo obvia la enseñanza que quiero darte con esto –dice, sacándose sin piedad alguna la daga, dejándolo desplomado en el suelo, desangrándose. Usando un pañuelo que le había forzado a traer, Hylla limpia con normalidad la sangre en su daga parra luego, con algo de pereza incluso, levantar la mirada hacia los tres restantes–. Bueno, ¿quién sigue?

Los tres hombres restantes se empujan para saber quién sería el primero en salir corriendo lejos de aquella peligrosa mujer, Hylla alza los brazos y frunce el ceño ofendida.

–¿Ni siquiera vais a recoger a vuestro amigo? –pregunta en voz alta, dándole leves pataditas al hombre que seguía llorando por sus heridas–. ¡COBARDES!

–¡Hylla! –la regaña Samantha, ganándose su atención–. Vámonos ya, por favor.

Pero la reina se lo piensa por unos segundos hasta que decide negar con una sonrisa terrible en el rostro para luego empezar a correr detrás de los hombres que intentaban huir de ella. Samantha suelta un chillido cuando se da cuenta que Ofelia se acaba de desmayar.


Ezra relame un poco sus labios y acaricia una de sus sienes mientras toma aire con toda la calma que puede. Inhala y exhala por unos largos minutos hasta que, luego de volver a relamer sus congelados labios, alza el rostro, tira sus mechones para atrás y encara a las cuatro mujeres que tenía delante de él, en su despacho, manchándolo todo de barro y sangre ajena.

–Déjame ver si te he entendido, linda Ofelia –logra de decir, era Ofelia, quien era lo suficientemente doble cara y rígida como para estar dispuesta a decirle exactamente lo que había pasado en esas horas de ausencia de Hylla y sus damas. Su esposa intentaría defenderse, Samantha no podría ir en contra ir de su propia reina y a la muchacha pálida no la conocía en lo absoluto–, me estás diciendo que mi esposa aquí presente, luego de haberse chocado con una completa desconocida que venía huyendo de cuatros descerebrados, decidió romperle el brazo y clavarle la daga que por alguna razón llevaba consigo...

–Por si acaso –explica Hylla con normalidad, con sangre ajena goteándole de la barbilla.

Ezra alza la mano para que se calle, sabe que la ha liado bastante por lo que la vikinga acepta la orden de su marido, le permite ser así por todo el estrés por el que está pasando.

–Como decía, le clavó a uno de esos hombres la daga en su miembro y, después de que los cómplices huyeran despavoridos como cualquier idiota que se enfrenta a una jefa vikinga lo haría, luego de que ustedes le pidierais volver al palacio de inmediato... ella le dio caza a los tres restantes, les rompió las muñecas a cada uno y los castró para después, con barro, escribirles "violadores" en la frente... ¿es eso lo que ha pasado?

Con el rostro pálido pero verde por las ganas de vomitar, Ofelia asiente.

–Sí, así fue, mi señor.

Ezra se pasa una mano por el rostro.

–Hylla –le regaña no como si hubiera sido una bárbara pagana que había efectuado de los peores castigos contra tres hombres de las antiguas familias, sino como si tan solo fuera una cachorrita recién nacida que, por no estar entrenada aún, se hubiera puesto a morder unas botas viejas, no eran un gran problema, pero debía ser corregido a tiempo–, no puedes hacer eso. No puedes darle caza a cuatro tíos para castrarlos, querida.

–¿No? –pregunta sinceramente sorprendida–. Pero intentaron violarme, a mí y a las otras.

–Querida, no te digo que no merecían castigo, te digo que debiste haber escuchado a tus damas, haber vuelto a palacio y encargarte oficialmente del asunto –le explica con paciencia, como si en verdad fuera solo una niña que había hecho una travesura tonta–. Claro que puedes castrar a cualquier imbécil que intente forzarte, pero tienes que hacerlo legal, por favor, tenlo en cuenta si esto vuelve a pasar.

–Su majestad –lo llama Ofelia, incrédula por la conversación que presenciaba, negándose a mirar en lo absoluto a aquella loca y sádica vikinga que ocupaba el respetable puesto de reina de Arendelle, mancillando el buen nombre de la mujer que antes lo ocupó–, quiero renunciar al puesto de dama de la cohorte de la reina Hylla... creo que mi hermana comprenderá que esto... todo lo que ha pasado en estas primeras horas... es sencillamente inamisible.

Ofelia mira espantada como el rey Ezra le tiende un papel. –Tu hermana dice que te tendrás que quedar pase lo que pase –el rey se quiere compadecer un poco de la pobre princesa que llegó sin saber absolutamente nada de su esposa–, mira dale una oportunidad a mi querida Hylla por dos semanas, si aun así quieres renunciar te buscaremos un nuevo puesto en la cohorte, ¿de acuerdo?

Ofelia titubea antes de asentir, Ezra entonces mira a Samantha, la mayor de los Bjorgman, con apenas una seña de manos y una mirada que no sabía dónde posarse, le indica al rey que ni siquiera sabe qué es lo que quiere hacer con su vida después de haber visto todo lo que vio.

Con normalidad e ignorando que sus únicas damas por el momento quieren mantenerse lo más alejadas posibles de ella, Hylla apunta a Jackie. –¿Puedo convertirla en mi nueva dama?

–¡Genial! –dice Jackie animada–. ¡Me encantaría!

Ezra quiere estrangular a su esposa, está tan ida ahora mismo que no encuentra más solución a todos los problemas que ha causado en un par de horas que estrangularla con todas sus fuerzas.

–¿Aún tienes esa daga contigo? –Hylla asiente y saca la daga para reafirmar su respuesta–. Haz lo que quieras, entonces, querida, haz lo que quieras, pero primero límpiate esa sangre –Hylla asiente y es entonces que el rey se fija en la muchacha pálida–. Tu nombre –exige.

–Jackie Frost, alteza –responde, aún con una sonrisa en el rostro.

–Así que ahora serás una dama de compañía –la muchacha asiente–, hazme el favor de pedirle a alguna sirvienta que te tome las medidas... ah, y que vengan a limpiar esto –dice, señalando con algo de enojo el charco de sangre que Hylla había formado en el suelo alfombrado de su oficina.

Pero Jackie frunce el ceño. –No soy una criada, y no respondo ante usted –le dice con firmeza y simpleza, espantando a Ofelia y haciendo que Samantha se sintiera a punto de darse cabezazos contra la pared de aquella fina y elegante oficina–. Solo ante la reina, pídale su "favor" a otra.

Ezra alza las cejas, luego mira a la orgullosísima y sonriente Hylla. –Juraba que la gente tras el Bosque del Tiempo solo respondía ante el rey –comenta sin tener realmente muy claro como sentirse ante aquel comportamiento tan osado.

Hylla se hunde en hombros, no disimulando en lo absoluto su sonrisa victoriosa. –Jackie ha decidido solo responder ante mí.

–Oh –es todo lo que logra decir al comienzo–, comprendo... –miente, disimulando a la perfección, una de esas cosas que hace bastante mejor que su esposa–. Por favor, que alguien llame a una sirvienta para limpiar esto y tomarle las medidas a la señorita Frost... si ella así lo quiere –añade con delicadeza, mirando directamente a lo muchacha, esta asiente y casi de inmediato Ofelia anuncia que ella se encargaría de ese encargo.

Ofelia se retira pensando en qué pasará con ella a partir de ese momento, preguntándose que significaría para ella y su seguridad haber repudiado a la propia reina de Arendelle de manera tan directa y a la vez indirecta, lo dijo delante de ella, lo dijo sin tapujo alguno, pero no la miró en ningún solo momento. Si tan solo la hubiera observado en ese momento, Ofelia tal vez se hubiera hecho una idea de lo que pasaba por la mente de Hylla.

La reina en ese momento se veía algo aliviada, segura de que desde ese momento, ya que había sido capaz de ser tan sincera con sus sentimientos, la princesa Ofelia de las Islas del Sur se dejaría de tantas tonterías de protocolo y normas sociales para aceptar la idea de tratarse como iguales.


Cuando Ezra llega al cuarto de baño, manda a salir a todas las mujeres que insisten en intentar ayudar a la terca reina a bañarse y cierra la puerta con su hielo para evitar que nadie entre o salga. Hylla se hunde bajo la espuma formada, atrayendo algunos pétalos aromáticos hacia su cuerpo para cubrirlo y frunce el ceño en su dirección. Ezra se limita a formar una silla de hielo y sentarse al lado de la tina. Hay agua teñida de rojo sangre deslizándose con lentitud hacia el desagüe del cuarto, algunas manchas de barro dibujan el recorrido que había hecho Hylla hasta la tina y la pierna postiza de la vikinga, aquel trozo de metal manchado por algo de barro seco y sangre oscura reposa contra la pared, por la forma en la que está tirada parece que primeramente intentaron mantenerla parada apoyándola en la pared pero que poco a poco terminó deslizándose hasta el suelo.

Sus dedos pálidos tomaron con delicadeza el mentón de Hylla, obligándola a alzar el rostro y verlo directamente a los ojos. Sigue intentando cubrir su cuerpo desnudo lo mejor posible, aprieta los labios con incomodidad al notar que el rey no parece muy dispuesto a compartir ni uno solo de los pensamientos que están cruzando por su cabeza. Intenta alejarse pero el rey toma uno de los trapos húmeros que colgaban de los bordes de la tina para limpiarle la suciedad del cuello con delicadeza y algo de ternura.

–Un día de estos lograrás que te maten –le reprocha con un tono de voz que choca con sus intenciones, su mano que sigue limpiándola es tremendamente gentil, tanto que a Hylla le está costando gruñirle o alejarlo violentamente.

La vikinga rueda los ojos. –Sé defenderme.

–No, querida mía, no me estoy refiriendo a que algún día encontrarás alguien en estas tierras que no puedas vencer, dudo que eso pueda llegar a pasar. Solo te advierto de que estás ganando demasiados enemigos –le explica con calma, sumergiendo el trapo en un cubo de agua cercana para exprimirlo y luego continuar limpiando el cuello, y ahora también los hombros, de su esposa–. Tus damas de la cohorte acaban de llegar y ya quieren salir corriendo, acabas de faltar a la hombría de cuatro cerdos que, cerdos o no, forman parte de las familias antiguas, es como meterte directamente con los primeros cimientos de este reino... Hylla si sigues por esta ruta llegará una situación, un punto... en el que no pueda protegerte de las decisiones de nuestros aliados extranjeros ni de la Santa Sede, por favor, ten eso en cuenta antes de decidir que a alguien le sobra una o dos partes del cuerpo.

Pero a pesar de la verdadera preocupación que podía observar en la mirada azul y delicada de Ezra, que había tenido la amabilidad de no intentar mirar demasiado para abajo, Hylla hizo una mueca disgustada. –Eres el rey de estas tierras –le dice tomándole del antebrazo cuando él hace amago de retirarse, mojando un poco la ropa del rey por el proceso–, mi marido, ¿no era tu responsabilidad cuidar de mí o algo así? La gente de los terrenos cristianos te tema, entonces, ¿cómo podrías entonces permitir que alguien me lastimara?

Él se inclina un poco sobre ella, finalmente dejando el trapo a un lado, obligándola a no retirar en ningún momento la mirada de sus ojos, aunque en verdad ella no planeaba hacerlo. Una de sus manos, sin embargo, sigue apoyada, sin realmente ejercer presión, en su cuello. Puede sentir la mayoría de sus dedos fríos acariciando disimuladamente parte de su hombro y la totalidad de cuellos mientras que el pulgar subía y bajaba en el centro.

–Si ellos deciden que tú eres peligrosa, si ven vital para su seguridad el sacarte de sus caminos... será una perfecta excusa para sacarme a mí también.

–Tú tienes poderes de hielo, yo soy una vikinga con el dragón alfa... ¿realmente crees que un montón de cristianitos asustados llegarían a suponer un verdadero peligro? He enfrentado cachorros de dragón mucho peores.

Ezra no puede contener la risa maliciosa que se le escapa entre los dientes. –Oh, querida mía... tengo que admitir que es sencillamente delicioso oírte hablar de nosotros como un dúo mortal para nuestros enemigos –murmura algo jadeante contra los labios de Hylla, haciéndola temblar, sobre todo cuando se dio cuenta de que realmente aquella idea no parecía tan terrible en su imaginación–. No te niego que podríamos dar una buena batalla –sigue murmurando mientras se acerca más a ella, su respiración jadeante y deseosa va contagiándola, obligándola a presionar las piernas bajo el agua. Intenta escapar en aquella mirada intensa pero la mano en su cuello no permite que se mueva en lo absoluto. La respiración fresca que choca contra ella la hace temblar de formas que no debería–. Pero esa gente sabe cómo combatirme, y son muchos más... podría acabar mal para nosotros –Ezra está tan inclinado hacia ella que la espalda de la vikinga esta apoyada contra el frío material de la tina, está tan inclinado que tiene que apoyar su mano libre en el costado más alejado de la tina para mantener el equilibrio–. Aunque... si tan solo me permitirías unirme un poco más –dice con doble significado, rozando sus labios con los de ella–, si te permitieras a ti misma confiar un poco más en mí –la mano del cuello sube hasta sus labios para mantenerlos separados, en la posición perfecta para que él los devorase con sus tóxicos besos–. Podríamos lograr tanto, Hylla querida.

Ella intenta mantener la firmeza. –¿Si me dejo follar por ti ganaríamos grandiosas guerras? –intenta sonar irónica, pero no lo consigue.

–Imagínate un niño con nuestros genes –le dice emocionado–. Alguien con tu fuerza, tu habilidad casi innata con los dragones... con mi magia... Alguien que realmente domine el fuego y el hielo –él separa un poco más los labios de Hylla–. Mi querida esposa... ese niño dominaría el mundo porque nosotros dos unidos seríamos capaz de conquistarlo para él.

Es entonces que se inclina contra su oído y su mano empieza a descender bajo el agua, avisando de cierta manera que, a menos que ella se lo prohibiera o se lo negara directamente él llegaría a sus zonas más privadas. Hylla no puede evitar aferrarse a los hombros de su marido por inercia.

–Podríamos conseguir tanto juntos, tú y yo –susurra mientras regresa hacia los labios de la vikinga, volviendo a rozarlos–. Solo tendrías que permitirme –sonríe de oreja a oreja, tanteando con sus finos y largos dedos la entrepierna de la vikinga.

A pesar del calor de su cuerpo, a pesar de la manera en la que su mente se había nublado por las acciones de Ezra, Hylla logra aferrarse más a sus hombros para apartarlo lejos de ella. Con ambas respiraciones jadeando, con la mirada intensa de Ezra fija en ella pero los ojos de Hylla desviados por completo, con el cuerpo de ella goteando por el agua de la tina y la ropa de él marcándose contra su cuerpo por el agua que llegó a salpicarle. El rey insistió en acercarse un poco a su reina, pero ella mantuvo con firmeza la distancia que necesitaba para tranquilizarse y empezar a pensar en frío.

–Creo que sería mejor que regresaras a tu oficina... o a tu habitación, o a dónde sea, pero sal de aquí por favor.

Nunca hubiera esperado pedirle algo tan serio y supuestamente firme a él con un por favor de por medio, como si le estuviera rogando que no le hiciera caer en la tentación que él suponía para ella. Nunca hubiera esperado que él reaccionaría tan pacífica y calmadamente ante una petición tan ridícula. Con delicadeza, Ezra toma las muñecas de su esposa para soltarse de su agarre, se aleja lentamente y con los ojos aún clavados en ella, como dándole la opción de arrepentirse de la decisión que tomaba en ese momento, pero Hylla pudo contenerse de esa estúpida que se paseaba tentadora por su mente.

–Entonces te dejo en paz, querida –dice en cuanto está completamente enderezado, tirando de la tela mojada de su ropa para alejarla de su cuerpo, lo cual no sirve mucho–, pero no creas que esta será la última vez que te ofrezca esta oferta... la tregua era por tu bien, esto –señala con dos dedos sus cuerpos– es capricho mío que espero puedas complacer.

Ella aprieta los puños y los labios.

–Nunca puedo entender qué es lo que pasa por tu cabeza cada vez que haces este tipo de idioteces –masculla sin una intención muy clara en su tono.

Él le sonríe y, por como remueve levemente sus brazos, parece que se ha detenido antes de volver a inclinarse hacia ella con el mismo coqueteo de hace unos minutos. –No tengo realmente muy claro si alguna vez quiero dejar de confundirte de esa manera, querida, me gusta poder ser siempre capaz de sorprenderte... ¿no te parece más divertido de esa manera?

Por el chasqueo de su lengua, Hylla puede adivinar que la manera que rodó los ojos como respuesta no le gustó en lo absoluto.

–Dime una cosa, querida Hylla, respóndeme a una duda que no deja de martillear cruelmente mi mente –nuevamente, se inclina sobre la tina, teniendo el detalle de no tocarla a ella en lo absoluto–. He dicho desde que te desposé que no tomaría tu virginidad, que no tomaría tu honra hasta que tú no estuvieras completamente dispuesta a ello... pero, teniendo en cuenta lo tuyo y lo de ese rubio tan desagradable... ¿en verdad hay algo que tomar?

La única razón por la que no se levantó a gritarle con comodidad en la cara es porque seguía desnuda, pero sí que se enderezó y lo encaró.

–El niñato que se ha metido en todas las camas reales habidas y por haber ¿me está pidiendo a mí explicaciones de mi vida sexual? –cuestiona gruñendo y mostrando los dientes, Ezra ni siquiera parece interesado en fingir que ella lo intimida en lo más mínimo.

–Oh no, querida mía, no te exijo explicación alguna... solo quiero saber si tendré que demostrarte que puedo ser mucho mejor que ese esperpento de sujeto –la mueca desinteresada de su rostro hace que le hierva la sangre a Hylla–. Me preguntaba si solo tenía que ganarme tú corazón o tendría que ganarme también tu cuerpo...

–Cuando creo que empiezas a ser un tío decente...

–Solo tenía una duda, querida Hylla, duda que realmente no has respondido.

Ella golpea el agua para salpicarlo. –¡No tengo que darte explicaciones!

Él frunce el ceño mientras se seca con enfado las gotas de agua de la cara. –No te estoy pidiendo explicaciones, quiero saberlo y ya está, míralo como mera curiosidad.

Hylla bufa y le da bruscamente la espalda apoyándose en el costado contrario de la tina. Ezra la llama con delicadeza, pero también con un tono exasperado y lleno de frustración.

–Nunca llegamos a hacer nada –gruñe sin tan siquiera hacer el amago de voltearse hacia él–, mi padre nos tenía muy vigilados y realmente nunca tuvimos un descanso de las guerras.

Hylla pega un respingo al sentir los dedos de Ezra repasando su espalda. Cuando intenta alzar el rostro, él le sujeta el cuello y levanta su mentón para así revelarle la sonrisa victoriosa dibujada por sus labios. Quiere gruñirle y mandarle a tomar por viento, pero él besa sus labios de momento a otro, arrebatándole por completo el aire de golpe, sumergiéndola de nuevo en ese océano de toxinas adictivas. Teme algún día ahogarse por completo en esas venenosas caricias.