En el que se dicen cosas a la cara.


Ezra quería seguir firme y serio con Hylla por lo ocurrido hace un par de días, porque, por muy justas que fueran las decisiones que hubiera llegado a tomar, cada acción tiene sus consecuencias, y algo tan grande como aquello, definitivamente iba a terminar con una grave consecuencia. La gente del otro lado del Bosque del Tiempo no solía enterarse bien de las cosas, las novedades les llegaban con tardía y su tecnología seguía unas cuantas décadas atrasadas. Les costó un par de años enterarse de la boda entre el joven rey Agnarr y la preciosa Iduna, les tomó bastante tiempo antes de saber que los reyes de Arendelle ya habían tenido a su primogénito, y tan solo se enteraron de la muerte de sus antiguos monarcas cuando el actual llevaba dos años de reinado, pero ahora todo era diferente con Hylla, había llamado la atención, se había metido directamente con dos cuatro miembros de su comunidad, ahora la gente del otro lado del Bosque del Tiempo sabía de ella.

Y lo peor era que estaban enojados. Las gentes del otro lado nunca habían apreciado a los extranjeros, sentían un importante resentimiento por la gente pagana y jamás habían respetado de todo a las reinas desde que hace varias monarquías atrás una de ellas había intentado prohibirles por completo la ruta hacia Arendelle... Ahora tenían una reina que había dejado sin vástagos a cuatro de sus hombres, que era extranjera, una vikinga pagana, y que parecía pasarse las leyes de su propio marido, el mismísimo rey, por donde el sol no pasa. Ezra sabía a la perfección que tenía que mantenerse firme y serio con Hylla por todo lo que había ocasionado en tan poco tiempo.

Pero no parecía haber una respuesta correcta en aquella situación.

Porque barrer por debajo de la alfombra toda esa caótica situación significaría que la gente del otro lado del Bosque del Tiempo estaría tremendamente encabronada con él por no ser una rey y un esposo lo suficientemente digno como plantarle unos lógicos límites a su esposa tal y como habían hecho muchos otros monarcas antes que él, le acusarían de dejarse pisotear por aquella esposa vikinga, le acusarían de no tenerles el respeto que se merecían por ser los fundadores de aquel trono y corona que disfrutaba, podrían incluso traspasar el bosque y decidir crear estragos en la parte más tranquila de Arendelle.

Pero castigar de una forma y otra a Hylla era imposible. No solo porque sus propias leyes dejaban muy en claro que cualquier hombre que osase a forzar a cualquier mujer, sobre todo a la maldita reina, recibiría un castigo ejemplar que, mira tú por donde, solía significar la castración. No solo eran las propias leyes quienes le estaban dando la razón a su esposa, sino también su tratado de alianza. Según el pacto ninguna otra cosa que no fuera una infidelidad justamente demostrada podría ser motivo de que alguna parte del matrimonio castigue a la otra, nuevamente, sus padres habían asumido muchas cosas. Habían asumido que se querrían, habían asumido que serían felices, habían asumido que ambos conocerían bien las normas de ambas patrias como para que algo como esto jamás ocurriera.

Ambas partes tenían razón en este conflicto, lo horrible es que una parte estaba pidiendo la cabeza de la otra.

Realmente tenía que mantenerse firme y serio con Hylla con respecto a todo este asunto, tenía, si hacía falta, que forzarla a ayudarle a buscar una solución antes de que toda la gente del otro lado del Bosque se presentara con la guillotina francesa.

Pero es que no podía... hoy llegaba su dragón.

Estaba como niño en navidad, jugueteando constantemente con sus dedos, dando pequeños brinquitos emocionados cuando nadie lo veía y se ponía a pensar cómo sería su siguiente animalito, congelando por accidente las esquinas de algunas estancias por su emoción que rápidamente arreglaba para que nadie notara su emoción, apretando los labios para que formaran la sonrisa tan infantil que quería mostrar.

Su dragón llegaría el día de hoy.

Ya tenía un nombre para él, uno provisional en el caso de que, al verlo, pensara que no quedaba muy bien con su apariencia.

Leviatán, un monstruo bíblico, comúnmente descrito como físicamente similar a un dragón. Sabía que no sería un dragón de clase marina, pero aún así le gustaba ese nombre. Además, de cariño podría llamarlo Levi. Todo estaba perfectamente pensado.

Estaba en su oficina, intentando tranquilizar su corazón y centrarse en toda la problemática que su esposa había provocado en un paseo por el reino con sus damas de la cohorte, cuando Hylla entró sin llamar y sin dejar de sonreír, dejando ambas puertas abiertas y apoyándose en el marco de una.

–Buenos tardes –le saluda juguetona, mirándolo fijamente, disfrutando de todas las fuerzas que empleaba para no mostrarle sus verdaderos sentimientos–, ¿recuerdas que pasa hoy?

Apretándose las piernas para disimular su temblor emocionado, Ezra suspira lentamente antes de responder. –Lo recuerdo sí, lo has comentado al despertarnos y en el desayuno. Aunque agradezco que vengas aquí para volver a mencionármelo, justamente te necesitaba para poder hablar del tema de los cuatro sujetos...

Pero ella elude ese tema descaradamente, como la ha hecho en los últimos días. –Ya está aquí.

Ezra suspira pesadamente, cubriendo su rostro con una mano, recostándose en el respaldar de su silla e intentando apretar lo máximo posible sus labios para no soltar ni un solo atisbo de sonrisa. La risa algo burlona de Hylla ayuda bastante en sus intentos de no verse contento.

–Puedes emocionarte delante de mí, Ezra, no pienso juzgarte –bromea con los brazos cruzados, recibiendo únicamente una mirada indignada de su marido. Por tenerle un mínimo de aprecio, decide no carcajearse cuando lo ve enderezándose, inhalar profundamente y levantarse con forzada elegancia–. Lo apropiado primero sería conoce a esa tal Eret hija de Eret, que reciba una adecuada bienvenida al palacio de Arendelle dado a que será tu nueva dama de la cohorte.

Ezra avanza calmadamente hacia su esposa, con las manos tras la espalda y el mentón en alto, pero Hylla le quita importancia al tema y, mientras ríe, dice.

–No, no quiero que te sigas metiendo en el tema de mis damas de la cohorte...

Ezra la interrumpe. –Soy el rey por linaje, mientras que tú eres la reina consorte, las normas, el protocolo establecido hace muchísimos años atrás dictan que...

–Yo me encargo –insiste, ahora interrumpiéndola ella a él–. Además, como saludes "como se debe" a Eret seguramente terminarás con la nariz rota, y tu amiguito el reycito con cabello mágico ya no está para curarte las heriditas –Ezra parece querer seguir debatiendo con su esposa, pero ella continúa con sus argumentos–. Quiero tener tiempo a solas con mis damas, arreglar como se pueda el temita este de que quieren librarse de mí... dijiste que se suponía que tenían que convertirse en mis amigas, eso estoy intentando, que sean mis amigas, a mi manera. ¿Podrías saltarte el protocolo por eso?

Ezra juguetea con sus dedos detrás de su espalda mientras se piensa lo propuesto por la vikinga, tantea qué tanto daño en verdad podría llegar a ocasionar si le permitía ese simple capricho que tenía una buena intención de por medio.

–Podrás pasar más tiempo con tu dragona –añadió sonriente, intentando tentar más a su marido.

Ezra tose para ocultar el chillido emocionado que no puede contener. –Es hembra –murmura por lo bajo, pero Hylla lo escucha a la perfección para reafirmar aquel hecho. Tomando mucho aire, alzando una mano para pedirle unos segundos, Ezra logra tranquilizarse y volver a forzar su elegancia–. Con una condición.

Hylla bufa, pero asiente.

–Salga como salga tu intento de arreglar las cosas con tus damas de la cohorte, al alba de mañana comenzaremos a ver cómo arreglamos el problema que has causado del otro lado del Bosque del Tiempo.

Suspirando con pesadez Hylla se queja un poco, pero termina extendiendo su mano derecha hacia su marido. –De acuerdo, seguiremos hablando del dichoso tema.

–¿Eres consciente de que seguramente todo el pueblo del otro lado del Bosque del Tiempo ahora mismo quiere exigir tu cabeza? –pregunta frustrado el rey, inclinándose hacia su esposa.

Ella vuelve a bufar. –Estás muy equivocado si piensas que pienso disculparme por lo que hice.

–No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo en que me ayudes a buscar una manera para que dejen de odiarte... necesito que hagamos esto juntos, no solo porque ni idea de cómo arreglar esto, sino porque si solo me ven a mí pensarán que me estoy rebajando por mi mujer, entonces estarán enojados con los dos –Ezra insiste en acercarse aún más a Hylla, ella se limita a cruzarse de brazos, permitiéndole acercarse más–. Realmente necesitamos hacer este tipo de cosas juntos, ¿de acuerdo?

Finalmente lo mira directamente a los ojos, aún sin decir ni una sola palabra, aún sin aceptar del todo los hechos que él le presenta, suspira levemente para luego volver a extender la misma mano hacia Ezra. El rey de Arendelle toma la mano de su mujer y la alza hasta sus labios para dejar un beso allí, Hylla se aparta rápidamente de él, decidiendo darle un fuerte manotazo en la en el brazo para quitárselo de encima.

Ezra sisea del dolor e intenta regañar a su esposa, pero esta rápidamente sale de la habitación, sin tan siquiera tener la decencia de despedirse apropiadamente. Suspira pesadamente mientras la ve marcharse, permitiéndose volver a preguntarse qué haría con una mujer tan alocada, caótica y problemática. No es que no le gustara alguna de esas características, para cada día terminaban ambos embarrados en un nuevo problema y todo aquello ya empezaba a cansar.

Solo podía rezar para que en verdad esa reconciliación con sus damas de la cohorte fuera bien, solo podía rezar para que aquel día, el día que finalmente conocería a su dragona, fuera tranquilo y sin discusiones.

Por el momento, tomaría aire, se tranquilizaría un poco y se encaminaría a conocer a su dragona.


La conocieron en una pequeña sala de estar que desde ayer los sirvientes habían dejado en claro que sería propiedad absoluta de la reina y de su pequeña cohorte personal. Y en cuanto la conocieron se dijeron mudamente que, definitivamente, habían juzgado a su reina demasiado pronto.

Porque si Ofelia y Samantha habían pensado que Hylla era un peligro para la sociedad tal y como la conocían, Eret, hija de Eret, antigua cazadora de dragones y ex-aliada de Drago Manodura, era infinitamente peor que la nueva y joven reina de Arendelle.

La nueva vikinga se había presentado con tantas armas repartidas por todo su cuerpo que a cada paso que daba todas ellas tintineaban unas contra otras, haciendo que su caminar no solo fuera intimidante por su aura peligrosa y espantosa, sino también por ese sonido tan aterrador que Samantha pudo jurar que aquel era el ruido que la muerte hacía cuando se dejaba ver por sus víctimas.

Había llegado montada en un inmenso dragón, con uno incluso más gigantesco detrás de ella que pronto enviaron a los establos para dragones al dejar en claro que aquella sería la nueva –y extremadamente terrorífica– mascota del rey de Arendelle. Sus prendas eran negras o estaban terriblemente manchadas de hollín, no lo tenían del todo claro ninguna de las mujeres de alta cuna, su chaleco de piel tenía tal forma que parecía que la propia vikinga acababa de arrancarle el pelaje a un pobre animal y se lo había puesto encima. Su cabello era un completo desastre de apretadas trenzas, sucios mechones sueltos, coletas y Ofelia juraba que por alguna parte había visto una ramita.

Además de todo eso, Eret, hija de Eret, llegó, para colmo de todos los males, cargando sobre uno de sus fuertes hombros un enorme barril de madera que parecía pesar una tonelada pero ella lo llevaba como si no fuera nada.

–Después de todo lo que ha pasado –había dicho en cuanto la reina le preguntó que narices era ese barril–, di por hecho que unos buenos tragos te vendrían de perlas.

–¿Tragos? –Jackie es la primera en entrometerse en la conversación de las vikingas, permitiendo que las cristianas salieran de su trance de espanto para empezar a preguntarse cómo escapar de esa situación.

Hylla tiene una sonrisa de oreja a oreja que las dos nobles temen como si fuera la representación más leal del diablo mismo. –Genial, hace tiempo que no me tomo una buena jarra de hidromiel –celebra, haciendo señas a su amiga para que dejara en el suelo en barril. Una vez estuvo reposando sobre el pulcro piso, todas pudieron ver como Hylla frotaba sus manos con impaciencia antes de voltearse hacia sus tres damas de la cohorte ya establecidas–. Tomaréis con nosotras.

–Ni lo piense.

–Me niego rotundamente.

–¡Genial!

Ofelia y Samantha voltearon a ver a Jackie con muecas acusatorias, pero la muchacha solo les sonrió y se encaminó contentísima hacia las dos vikingas mientras admitía sin tapujo alguno que en verdad no había probado alcohol alguno en su vida, pero que iría a por todas esa tarde.

Mientras Eret ríe y sirve la primera jarra para Jackie mientras Hylla sigue observándolas con los brazos cruzados.

–No hace falta ni que toméis más de un trago –dice mientras se encamina hacia ellas, haciéndolas retroceder levemente–, solo quiero daros una buena excusa por si alguien os quiere echar algo en cara.

Mientras permiten que la reina tome una mano de cada una, las dos mujeres nobles se miran con una ceja alzada para luego observar confundidas a su monarca.

Es Ofelia la primera que logra mostrar su confusión. –¿A qué os referís con eso?

Mientras las sienta en un sillón más cercano al barril, Hylla responde. –Ya os he dicho que no me gusta el estresante y limitante protocolo de estas tierras, os he dicho que os veo como iguales y que todas deberíamos tratarnos como tales.

–Sois la reina –la corta Samantha–, os guste o no, siempre estaréis por encima de nosotras, su voz siempre tendrá más importancia.

–Esas son normas que pueden llevarse todo lo que queráis de puertas para afuera –dice, señalando con la cabeza las puertas de aquella elegante sala. Antes de que ninguna de las muchachas pudiera debatirle nada, Hylla toma las dos jarras de hidromiel que Eret ya había servido y las reparte entre ambas cristianas–. Dad un sorbo y usad el alcohol como excusa de ponerme tan verde como queráis, ¿renunciaréis después de todo verdad? Entonces, ¿qué más da que hoy, con mi permiso, os desahoguéis aunque sea un poco?

Mientras Samantha buscar la manera en la que una mujer de su clase debería sujetar un envase de ese tipo, Ofelia apoya la jarra sobre su regazo, entre la espuma de aquel alcohólico brebaje puede encontrar su reflejo... todo lo que vio fue a una mujer apretujada entre los estándares imposibles que su cruel y despiadada hermana mayor había impuesto con la ayuda de la loca de su madre, todo lo que ve es alguien frustrada, deseosa de ser escuchada... envidiosa de aquellos que con corona de rey en cabeza podían decir lo que quisieran. Alza entonces la vista a la reina, toma aire y da un buen trago a la hidromiel.

–¡Su majestad! –exclama alarmada Samantha cuando, al segundo de que la bebida toque su paladar, la princesa no puede evitar escupirlo todo en la elegante alfombra.

–¡Qué asco! –escupe indignada Ofelia, apartando rápidamente aquella jarra de horrible bebida de ella–. ¿Intentas envenenarnos?

–Si pudiera envenenar a alguien no serías tú, Ofelia –le responde con gracia, tomando finalmente su propia jarra–. Bueno, ¿tienes algo que decirme?

–Estás loca –dice directamente, haciendo que Samantha pegue un respingo–. Y honestamente no sé que debí de haber esperado de ti teniendo en cuenta lo mucho que el idiota de Ezra te adora.

–Oh, él también te cae mal –bromea encandilada por finalmente escuchar lo que en verdad opinaba la princesa de las Islas del Sur.

–No sabría decirte si es pena, rabia o temor. Tal vez son las tres combinadas, tal y como le pasa a la mayoría de soberanos –empieza a hablar sin pausa alguna, levantándose también del sillón porque nunca antes le habían dado carta blanca para decir todo lo que pensaba y pensaba aprovecharlo al máximo–. Lo que sí que tengo muchas ganas de decirte es que, por muy vikinga luchadora, digna e independiente que seas –pronuncia las últimas palabras con burla, aterrando cada vez más a Samantha consiguiendo las risillas de Eret y Jackie– eres una grandísima quejica, una niña llorona que en verdad se cree que ha venido a parar a la peor cohorte de toda la Europa cristiana.

–Déjame adivinar –empieza a bromear Hylla–, tu palacio es el peor.

–¡Un palacio de trece mujeres! ¡Trece hermanas! ¡Ni un solo varón! Cualquiera pensaría que eso significaría una libertad femenina sin parangón ¡Pero no! –toma un poco de aire para continuar, porque eso de hablar y hablar sin pausa le estaba pasando factura–. Catriel, no sé si lo habréis notado, es una reina cruel y enfermiza, una reina desinteresada de las necesidades de su pueblo, y una hermana mayor terrible –masculla aquello último tirando de su pelo, arruinando su perfecto peinado–. Todas esas cosas que despreciáis del rey Ezra, todas esas cosas que repudiáis, ¿sabéis quien se lo enseñó? ¡Mi hermana! Maldigo el día que terminaron en el mismo lecho.

Eret casi escupe el trago que tenía en la boca.

–No fastidies, ¿tu marido se acostaba con su hermana? –pregunta incrédula Eret, bastante perdida en todo lo referente a la vida privada del rey de Arendelle por obvias razones. Cuando ocurrió todo de la boda ella estaba liderando una redada que se alargó mucho más de lo esperado, por lo que todo lo que sabía es que había una Santa Alianza que era demasiado poderosa, que Hylla se estaba casando contra su voluntad y que el sujeto con el que se casaba formaba parte de susodicha alianza. Que nada más llegar se enterase que este sujeto que había forzado su unión con Hylla había tenido una aventura con la hermana de aquella pobre cristiana que parecía estar a punto de un infarto a cada segundo... era sencillamente mucho de golpe.

–Con la mayoría de sus aliados, en verdad –le responde con algo de gracia, consiguiendo que Eret abra más la boca–. Te estás quejando mucho de tu hermana, y no te digo que pares, pero, ¿a mí no quieres dedicar unas palabritas? Me siento olvidada –bromea con una voz dulzona que hace reír a Jackie.

Ofelia la mira por un larguísimo rato en completo silencio, intentando buscar algo que le disgustase de la reina que no simbolizara su completa libertad al haber sido criada en el mundo pagano y vikingo. Intenta e intenta sin parar encontrar una buena razón para despreciarla... pero no encuentra nada.

–No... no tengo mucho... Lo único que se me ocurre es que eres un poco subnormal por haberle dado caza a esos malditos cerdos –masculla con rabia esas dos últimas palabras–, y que realmente pareces que intentas librarte de nosotras dos –dice aquello señalando a Samantha, que todavía estaba impactada, hasta aquel momento.

–Concuerdo con Ofelia –asegura firme, levantándose casi de golpe–. Parece que cada locura peligrosa que lleváis a cabo lo hacéis para espantarnos y renunciemos a nuestros puestos.

Eret se entromete antes de que una confundida Hylla intente defenderse. –Oigan, no tengo ni idea de qué ha hecho está loca hasta ahora –dice, rodeándole el cuello con uno de sus musculosos brazos–, pero, hiciera lo que hiciera, fue porque es tremendamente gilipollas.

Las cristianas parpadean asombradas. Hylla, intentando liberarse del apretado agarre, se limita a asentir.

Cuando logra escapar de Eret, la reina de Arendelle habla claramente con sus damas. –Realmente jamás quise haceros a un lado, nunca quise espantaros... lo que quería era mostraros cómo son las cosas para mí, cómo me manejo yo, qué suelo hacer y qué no... quería mostraros todo lo que había para que os fuerais mentalizado con respecto a todo lo que podría venir después –toma un poco de aire antes de continuar–. Admito que en aquel paseo nos expuse a peligro innecesario, que pensé más en qué me divertiría en lugar de qué era lo que tenía que hacer para que estuviéramos a salvo... Me disculpo por ello.

Hylla sonríe a sus damas cristianas, Samantha por unos momentos se muestra completamente congelada por estar presenciando a una reina dedicarle una sincera disculpa con respecto a su comportamiento, a Ofelia también le cuesta unos cuantos segundos salir de la sorpresa, pero consigue recobrar la calma lo suficiente como para tomar aire profundamente y sonreír sinceramente a la reina.

–Si puedes prometer no exponernos a más peligros como los de aquel día... creo que esto podría funcionar –logra decir luego de unos segundos la octava princesa de las Islas del Sur, haciendo que una sonrisa genuina y deslumbrante se extendiese por todo el rostro pecoso de la reina.

–¡Brindemos! –exclama contenta Jackie, alzando en el cielo su jarra de hidromiel, derramando casi la mitad del contenido. Por la sonrisa que tenía y los sonrosadas que estaban sus mejillas, Eret pudo adivinar que el alcohol se le había subido muy rápido.

Con muecas de desagrado en el rostro, las dos cristianas niegan.

–Nosotras no vamos a beber eso –asegura rápidamente Samantha, alejando de sí todo lo posible la jarra de hidromiel que le habían dado–. Iré a pedir algo de vino.

–¡Vino! –exclama contenta Jackie, volviendo a alzar su jarra, ahora salpicando de paso a Hylla, quien se limita a reír mientras le da unas palmaditas en la espalda.


Anne suspira pesadamente mientras pellizca el puente de su nariz. Siente las manos de Hazel sujetando uno de sus brazos y sabe que el sirviente que tiene delante de él está esperando que se encargue de todas las problemáticas que se han llevado a cabo en tan poco tiempo. Ni siquiera habían pasado tres horas desde que vio a los reyes por última vez en el almuerzo de aquel día y ya había demasiados problemas.

El príncipe leal observa fijamente al pobre Kai, que está a punto de romperse a llorar por el estrés. –Dices que la reina y sus damas se han encerrado en su sala luego de haber pedido unas seis botellas de vino... y que no encontráis a mi hermano, vuestro rey, por ningún lado, ¿verdad? –temblando, Kai asiente ante la pregunta–. Kai, querido, hazme un favor.

–Lo que deseéis, mi príncipe –responde apresuradamente.

–Quedaos para hacer compañía de Hazel, encargad los postres que ella quiera –dice levantándose finalmente del cómodo mueble en el que estaba para luego inclinarse hacia la más joven de las princesas de las Islas del Sur, toma su mano derecha y allí deja un delicado beso–. Enseguida vuelvo, querida, he de arreglar esto.

–Id con cuidado –le pide la princesa, con una expresión de pena exagerada pero que le hacía ver encantadora–, no quiero ni imaginar qué estará haciendo esa reina vikinga con mi pobre hermana.

Anne asiente con elegancia mientras coloca sus manos tras su espalda. –Le mandaré saludos de tu parte –Hazel tan solo asiente antes de que el príncipe de Arendelle saliera con paso apresurado de la biblioteca en la que se encontraban, se despidió de sus dos chaperonas con una leve inclinación de cabeza, ellas se levantaron y se inclinaron por completo ante el príncipe leal.

El más joven de los hermanos de la familia real del reino de Arendelle apresura un poco más el paso en cuanto sale de la biblioteca y no tiene a ni un solo guarda o miembro de la servidumbre observándolo. Tiene los puños apretados con fuerza al igual que sus dientes, sus nervios están a flor de piel y desearía tener una buena forma de poder desahogarse de toda la locura que involucraba convivir en un mismo palacio con esos dos lunáticos. Adoraba a su hermano mayor, claro que lo hacía, pero adorarlo también significaba tirarte de los mechones con fuerza cada vez que se le venía una espantosa idea a la cabeza y no podías detenerlo porque él era el rey de Arendelle y los demás se fastidiaban.

Se detiene casi de golpe cuando llega a estar frente a los enormes retratos de sus padres. El cuerpo entero se le congela de momento a otro cuando cree sentir que esos ojos pintados lo observan fijamente a él. No recuerda en lo más mínimo a sus padres, pero es tan solo con compañía a su lado que puede evitar que el corazón se le rompa cada vez que pasa por delante de esos cuadros. Reanuda su caminata, queriendo ignorar esos sentimientos asfixiantes, intentando recuperar su dignidad y elegancia para encarar correctamente a su problemática cuñada.

Sabe, a pesar de lo mucho que se parecen todas las salas de estar, a la perfección cuál es la estancia designada para Hylla y sus damas, no solo porque la ha aprendido de memoria, sino por las risas tontas que sonaban tras las puertas. Aguantándose las ganas de aporrear la puerta, se limita a tocarla dos veces. Espera unos segundos en los cuales solo puede escuchar más risillas tontas y uno que otro cuchicheo.

Vuelve a tocar, más irritado ahora. Escucha unos pasos torpes acercándose por lo que toma aire para tranquilizarse y verse lo menos estresado posible.

La chica que habían traído del pequeño pueblo al otro lado del Bosque del Tiempo, que creía que se llamaba Jackie o algo así, asomó entonces el rostro sonrosado y sonriente por un pequeño espacio que abrió de la blanca puerta de madera.

–Buenas tardes –saluda elegantemente Anne–, quisiera poder...

–Contraseña –le interrumpe entre risas. Anne no puede contener la mueca de asco y sorpresa que se dibuja en su rostro.

Con el ceño fruncido, repite. –¿Contraseña?

–¡Esa no es! –dice, antes de dar un portazo para cerrar la puerta.

–¿Qué? ¡Abrid la puerta! –exige con las mejillas rojas de la indignación, la puerta se vuelve a abrir, solo un canto, para nuevamente mostrar a la muchacha del otro lado del Bosque del Tiempo.

–Tampoco es esa –se ríe para luego volver a cerrar la puerta apresuradamente.

–¡Soy el príncipe de este palacio! ¡Miembro de la honorable familia real de Arendelle! ¡Abrid la puerta ahora mismo!

Jackie vuelve a asomarse. –Ni si quiera estás cerca.

La volvió a cerrar en su rostro.

Anne iba a asesinar a alguien.

O tal vez le pediría a su hermano mayor que lo hiciera por él.

Con la frustración a punto de reventar su cuerpo, Anne se encaminó hacia los establos para los dragones, a probar suerte allí para encontrar a su hermano mayor.


Dos horas atrás.


No tenía ni idea de qué tipo de dragona tenía delante, todo lo que sabía es que era mucho más enorme de todos los dragones que le habían presentado hasta entonces y que era una dragona preciosa. Era una dragona gigantesca y robusta, tan solo una de sus patas delanteras eran mucho más fuerte y grande que él, no cabía en lo absoluto en el establo que hicieron para los dragones, debería de mandar a hacer uno privado para su hermosa dragona de inmediato. Tenía astas enormes idénticas a las de un alce, sus escamas eran idénticas a rasposas piedras coloridas, sus alas eran tan extensas y fuertes que sin duda alguna podía destrozar parte importante del palacio, y, por lo poco que pudo llegar a ver, su larga cola parecía acabar como con forma de hacha.

Era preciosa, con su vientre de tonalidades grises, sus preciosos ojos amarillos, sus colores naranja y morados combinándose tan hermosamente. Era la criatura más bella que había visto en toda su vida, era tan preciosa que seguramente iba a romperse a llorar de lo magnifica que era.

Tomó aire y se tranquilizó todo lo posible, no quería espantar a aquella maravillosa criatura que lo observaba con algo de recelo. Mostró sus manos vacías, demostró que no le haría daño alguno, dio solos dos leves pasos a ella, para confirmar que no le rehuiría, y no lo hizo, se limitaba a observarlo fijamente. Se inclinó manteniendo en todo momento la cabeza agachada para mostrarle respeto. Alzó brazo derecho hacia su hocico, aun con la mirada baja, confiando plenamente en que no le arrancaría el brazo.

Abrió la palma derecha, esperando a que ella se acercará.

Sintió la respiración húmeda y cálida de la dragona sobre su piel fría, lo estaba olisqueando. No puedo evitar temblar de la emoción.

Sintió su piel escamosa y su calidez natural apoyándose en la palma de su mano, casi pega un brinco de la alegría.

Voltea para observarla y se queda simplemente maravillado por todo lo que tiene justo delante de él. Lentamente se atreve a acercar su otra mano a ella mientras empieza a acariciar con la otra mano. La ve cerrando los ojos y no puede contener una risilla emocionada cuando la ve recostándose en el suelo por completo para darle más facilidad.

–Eres la criatura más hermosa del mundo entero –susurró encantando, atreviéndose a abrazarle el rostro, recibiendo de inmediato un rugidito contento de la dragona. Se sentó en ese momento y ella se removió para dejar su cabeza reposando sobre sus piernas flexionadas. Pesaba como un demonio, pero que diantres, estaba contento apreciándola, toqueteando sus astas, dejándose fundir por su calidez–. Leviatán no es un nombre adecuado para ti en lo absoluto, Levi tampoco suena bien –empieza a hablarle con calma–. Tal vez algo referente a tu color... ¿Te gusta Rubí?

La dragona resopló indignada, sacándola risas al rey.

–Vale, vale, Rubí no... Tienes también partes moradas, ¿tal vez Zafiro te gusta más?

Al negar con la cabeza, la dragona casi le da a Ezra con sus astas.

–De acuerdo... esto es más complicado de lo que creía –rio levemente, acariciando nuevamente el hocico de su dragona–. ¿Qué te parece Vesta?

La dragona entonces lo ve animada.

–¿Vesta? –la dragona asiente–. ¿Te gusta Vesta, hermosa? –la dragona insiste con emoción–. Pues Vesta será, mi preciosa dragona.

En otros momentos maldeciría, pero realmente le pareció encantador que su dragona le lamiera la cara e intentara juguetear con él. No podía parar de reír, no podía contenerse de intentar seguirle el ritmo mientras la seguía acariciando. Todo aquello era maravilloso.

–Oye, oye –la llama quitándose algo de baba de encima–, ¿quieres conocer a mis cachorros? –la dragona ladea la cabeza–. Venga, ven conmigo, te encantarán. Solo ten cuidado donde pisas, ¿estás bien?

Logra levantarse algo tembloroso por la emoción y por lo mucho que había pesado la cabeza de Vesta sobre sus piernas. Empieza a caminar en cuanto se siente algo mejor, dejando escapar una que otra risilla cuando, al voltear la cabeza, se da cuenta de la delicadeza con la que Vesta está caminando, como si realmente se estuviera fijando cuidadosamente donde pisaba. Le fascinaba lo inteligente que era aquella criatura.

La guio lentamente hacia donde sus perros descansaban, sabía que sus muchachos sabrían como actuar frente algo tan colosal, eran buenos siguiendo sus indicaciones, Vesta parecía realmente ser muy cuidadosa al saber lo enorme que era. Confiaba en que fuera una reunión buena.

La dragona observaba con extraña fascinación a todos los canes que Ezra le puso delante de ella. Se inclinó para olisquearlos, dejó que la lamieran y que la olisquearan también a ella. Malvavisco fue el primero en correr hacía rey y dragona en búsqueda de atención y mimos, los más jóvenes del grupo estuvieron un largo rato jugueteando tontamente con Vesta quien seguía teniendo mucho cuidado donde pisaba y que tan fuerte eran sus toques.

Solo los observó sonriente hasta que algunos de sus canes empezaron a tirar de sus ropas para que se uniera al juego que se había montado de perseguirse.

Por primera vez vio a su jauría cansándose. Podían seguirle el ritmo a lobos, renos y cualquier tipo de roedor, pero una dragona gigantesca y enérgica como Vesta fue, sin duda alguna, aquello que acabó por vencerlos. Alimentó a cada uno de sus hambrientos muchachos con paciencia para luego volver a centrarse en su dragona.

–Y bueno, ¿qué te apetece hacer ahora? –le pregunta pasando sus dedos por su hocico con cuidado–. Puedo conseguirte un buen banquete para ti sola, o tal vez tengas ganas de ¡AH!

El rey grita espantando en cuanto Vesta lo toma del cuello de su ropa para alzarlo varios metros sobre el aire. Maldice su suerte mientras grita aterrorizado al pensar que tenía la mala suerte de volver a experimentar el juego de ese dragón de dos cabezas lunático. Pero no ocurre eso, sino que termina cayendo sobre el lomo de la dragona, que da saltos emocionados que no le ayudan a calmarse en lo absoluto.

–¿Qué intentas hacer? –le pregunta con alguna idea ya en la cabeza pero deseando que no fuera eso.

La dragona apunta al cielo.

–Oh no... ¡Ah!

Y antes de que se diese cuenta, estaba volando con ella sobre los cielos de Arendelle.


De regreso en la actualidad


Anne quiere darse cabezazos contra la pared más cercana en cuanto su hermano mayor le cuenta dónde había estado todo este tiempo.

En el cielo.

Volando.

Montado en esa cosa gigantesca que Ezra juraba era preciosa.

Anne toma aire para no romperse a llorar de la frustración. –Tu esposa se ha encerrado con sus damas en su sala de estar con botellas de vino y creo que otras bebidas más –el príncipe quiere zarandear a su hermano cuando él, con todo el pelo revuelto, una sonrisa tan enorme que le dejará dolor de mejillas y el pecho subiendo y bajando de la emoción, no muestra una reacción correcta a esa información–. Haz algo, yo no puedo más.

Ezra solo niega riéndose. –Está bien, está bien. Por cierto, encarga un nuevo establo para mi hermosa dragona, no cabe en el otro.

El menor se aguanta toda la rabia. –Por supuesto –es todo lo que masculla antes de irse tirando humo por las orejas de la rabia.