En el que se narran buenas decisiones y complicados sentimientos.


Ezra seguía sonriendo como tonto para cuando abrió la puerta de aquella sala de estar, estaba cerrada, eso era indudable, pero la terminó volviendo inútil luego de hacer uso de sus poderes de hielo. Congeló la cerradura, bastó un golpe para destrozarlo por completo, y entró sin importarle cómo de alocados de veía su melena, las arrugas de su traje ni la sonrisilla infantil en su rostro. Tampoco se contuvo cuando finalmente cayó en cuenta de qué era exactamente lo que tenía delante de él. Se encontró con aquella muchacha del pueblo del otro lado del Bosque del Tiempo hecha bolita sobre la alfombra, abrazando como si fueran juguetes dos jarras de madera tumbadas que habían dejado manchas sobre la tela, su cabello estaba completamente despeinado, ella estaba descalza y tenía una sonrisa tonta en la cara. Luego estaba la honorable primogénita de la casa Bjorgman, la destacada señorita Samantha, tan conocida por todo Arendelle por ser un encanto de dama que siempre sabía como comportarse en todo momento sin importar las circunstancias y por lo mucho que empatizaba con las clases más bajas, ella también estaba dormida, pero en su caso tenía parte del torso recostado sobre uno de los elegantes sillones, sentada en el suelo con el vestido lleno de manchas de vino y con una copa aun en mano que había terminado de derramar todo su contenido sobre el sofá de terciopelo. Una mujer robusta y mucho más alta que ninguna que hubiera conocido hasta ese entonces estaba desparramada sobre un antiquísimo y carísimo sofá de cuero, a penas consciente de lo que pasaba a su alrededor, a diferencia de las otras tenía la decencia de no estar manchando nada con el contenido de su ja... y había caído rendida bruscamente soltando su jarra y desparramándolo todo sobre la alfombra... tendría que mandar a cambiarla, eso sin duda, la pregunta era si lo haría con sus fondos personales o con los de su esposa, la causante de todos estos problemas.

Luego estaba algo que jamás había pensado ver ni en esta vida ni en las siguientes. A una de las refinadas y rígidas princesas de las Islas del Sur con las mejillas enrojecidas por el licor, sin importarle lo arrugado que estaba su vestido o lo mucho que se le habían levantado las faldas, riendo tontamente y con toda la libertad del mundo, contando tonterías al lado de la reina de Arendelle, su esposa.

Hubiera sido algo incluso tierno de ver, dos mujeres de alta cuna con demasiada presión sobre ellas tan solo teniendo un momento agradable la una con la otra, pero la conversación que mantenían a cabo entre hipos y carcajadas tontas era sencillamente terrible según el punto de vista de Ezra.

–Espera, espera, espera –repetía entre risas Hylla–, ¿lo viste desnudo? ¿has visto a mi marido desnudo antes que yo?

Con una sonrisa de oreja a oreja, Ofelia asentía una y otra vez.

–No vi... uh... su... ¿cómo decirlo? –intentaba la princesa pasándose su mano libre por el rostro, intentando recordar como demonios se hablaba a pesar de la manera en la que el alcohol le nublaba la cabeza.

–¿Polla?

Ambas mujeres rompen en carcajadas mientras los colores se le suben a Ezra al rostro.

A pesar de las risas, Ofelia niega tanto que parece que eso hace que se maree un poco más de lo que ya está. –Digamos... entrepierna.

–Al menos di pene.

Ofelia vuelve a negar con la cabeza aguantando las carcajadas para poder darle otro sorbo a su copa lleno de vino. –¿Qué te parece falo?

Hylla resopla. –Venga, va, falo. La cosa es que no lo viste –Ezra se siente un tanto espantado al notar la decepción en el tono de su esposa. ¿Por qué diantres quería que otra mujer le hablara de sus partes más privadas y nobles? Aunque, bueno, después de esta conversación ya no podía definirlas así en lo absoluto.

–No, no lo vi –la decepción en el tono de Ofelia le pone incómodo–, estaba bocabajo, tendido en la cama de Catriel cuando yo entré para acusar a una de mis hermanas mayores por haber manchado con té uno de mis vestidos favoritos –dice, y da un nuevo trago a su bebida alcohólica, sin importarle, irónicamente, que unas cuantas gotas se resbalan desde su boca por su cuello, llegando al leve escote de su vestido–. Vi su paliducho trasero, si eso te compensa de alguna forma.

El rey de Arendelle tiembla de pieza a cabeza al ver como los ojos de su esposa brillan con increíble emoción.

–¿Cómo era? –pregunta apresuradamente Hylla.

Ofelia necesita terminarse aquella copa para empezar con su relato. –Pecoso –responde con simpleza y algo de orgullo por su sinceridad.

–¡Queridas damas! –suelta de golpe y porrazo, con toda la alegría del vuelo completamente esfumada, las mejillas enrojecidas por una extraña combinación de la vergüenza y la ira que estaba sintiendo en esos momentos, a pesar de que hacía unos segundos había entrado en la habitación e incluso se había colocado frente a ellas, parecía que solo con aquel bramido lleno de reproche había sido capaz de hacerse notar por la reina de Arendelle y una de sus damas, la octava princesa de las Islas del Sur. Da zancadas hacia ellas, colocándose justo al lado de Hylla, para así sujetarla con fuerza de la cintura con un solo brazo y alzarla con algo de brusquedad del sofá, haciendo que la jarra de la vikinga se resbalara de sus manos, por fortuna no manchó nada por la falta de contenido de aquel recipiente. Entre risillas tontas, para sorpresa de Ezra, Hylla abraza su cuello para mantener el equilibrio, a pesar de lo bien que se siente tener a su esposa aferrada a su cuerpo, Ezra logra mantenerse firme ante ella–. Creo que habéis tomado demasiado.

Pero Ofelia, demasiado borracha para comprender que estaba hablando con el rey de Arendelle, el tirano de las nieves, el cruel regalo de Dios, el hombre que su hermana le había advertido miles de veces que no podía hacer enojar, sola logra seguir con sus risillas tontas, asegurando que a penas y estaban comenzando por lo que era imposible haber tomado demasiado.

–Venga ya –dice Hylla tomando el rostro de su marido para voltearlo en su dirección cuando este intenta responderle firmemente a la princesa de las Islas del Sur–, no seas tan amargado, ¿no quieres tomar algo?

A pesar de que su aliento apestaba a alcohol y, extrañamente, a miel, tenerla tan cerca de él, sujetándole con cierta firmeza, marcando ella la cercanía, la sonrisilla que le regalaba en ese preciso momento, aunque era tonta y torpe, le pareció en aquel instante en el gesto más hermoso que jamás le hubieran dedicado, la manera en la que sus ojos brillaban era como tener dos hermosos faros iluminando el futuro que ante él se presentaba pacíficamente, el agarre de sus callosas manos se sentía cálido... incluso cariñoso, mucho más de lo que nadie le había acariciado después de la muerte de sus padres... todo eso hizo cosas demasiado extrañas en Ezra, cosas tan extrañas que lo llevaron a cometer actos extraños como lo fueron sujetarla con más fuerza de la cintura, bajar levemente su cuerpo para poder sujetar sus piernas y levantarla del suelo para cargarla de la misma manera que lo había hecho el día de su boda siguiendo la costumbre comenzada en la Antigua Roma. Mientras Ofelia reía y preguntaba a dónde iban, Hylla se quedaba completamente muda, dejando que Ezra la llevara dónde él quisiera. El rey quería pensar que se estaba dejando llevar porque en verdad quería que algo pasara, pero una voz en el fondo de su cabeza le dice bruscamente que se está dejando llevar de esa manera por él sencillamente porque el alcohol la ha dejado completa vulnerable.

Se detiene ya cuando están a medio camino de su habitación, casi de golpe, como si le acabaran de dar un manotazo en la cara y él necesitara unos segundos para comprender qué era exactamente lo que había pasado. Piensa seriamente en que lo mejor sería bajarla, pero por la manera en la que sus brazos siguen aferrados a su cuello considera que tal vez no fuera así.

Es entonces que se percata de tan importante que no tiene ni idea de cómo no se pudo haber percatado antes, algo que siempre le llamaba la atención antes de la boda, algo que todo el mundo miraba de inmediato, fue una sorpresa para él notar que algo como eso se había convertido en una constante que ya daba por hecho en su vida. Se da cuenta en ese momento que no tiene puesta su pierna de metal aquella prótesis tan barbárica y poco femenina. Se da cuenta en este momento de el leve susto que se muestra en su rostro, del nerviosismo que le recorre el cuerpo, de lo claridad con la que le estaba diciendo mudamente que entendía a la perfección que pretendía hacer y que no quería aquello en lo absoluto.

Un poco como su matrimonio, como la primera vez que se miraron, como la primera vez que puso una mano sobre ella.

La verdad es que entre su borrachera y la falta de su prótesis, él perfectamente podría hacer todo lo que quisiera con ella. Tenía esa posibilidad literalmente en las palmas de sus manos, podría hacerlo sin ningún problema... no sería algo extraño en una cohorte europea, puede recordar a la perfección a todos esos señores y señoras que, a espaldas de la reina Arianna, siempre le entregaban una que otra copa de más al punto que todo lo que podía recordar después de ello era despertarse desnudo en una habitación que no era suya. Recuerda todas esas manos mayores tocándolo por todas partes, recuerda todas las veces que le recomendaron que no se metiera y que mirara para otro lado. Recuerda las veces que le dijeron que aquello era el orden natural de las cosas. Pero también recuerda lo sucio que se sentía después de ello, lo mal que se sentía al decirle a Arianna que no había pasado absolutamente nada y que no tenía motivos para preocuparse, lo mucho que se había forzado a convencerse de que todo estaba bien, que no era nada preocupante, que había disfrutado esos grotescos espectáculos y que había estado cómodo por esos egoístas toques.

Ahora tenía a Hylla entre sus brazos, sin formar de escapar de él y con el suficiente alcohol en el cuerpo como para no ser capaz de quitárselo de encima, sin mencionar que seguía aferrada con fuerza a su cuello y que sus ojos verdes seguían clavados en los suyos.

Hace unos meses le hubiera dado todo igual, hace unos meses había hecho lo que le diera la gana, se hubiera justificado mentalmente decidiendo que si él se había merecido algo como eso ¿por qué no una vikinga cualquiera?

Incluso, la parte más cruel de su cabeza, le decía que si se tratara de otra persona le daría por completo igual.

Pero se trataba de Hylla, se trataba de una de esas pocas personas que, para su espanto, ahora mismo no quería lastimar en lo absoluto. No quería hacerle ningún tipo de daño, no quería aprovecharse de ella en estos momentos, no quería forzarla a nada... no quería perder todo lo que habían conseguido con ella, no quería que volviera a odiarlo.

Cuando supo que se casarían estaba fascinado por las posibilidades de cómo podría lastimarla, de cómo podría jugar con ella, quería ver cuánto podría tocar y maltratar hasta que ella se rompiera por completo, hasta que pudiera deshacerse para siempre de ella y saltar a la siguiente... pero ahora que la tenía entre sus brazos, ahora que la tenía a su completa merced, tan solo quería apegarla a su cuerpo para alejarla de todo aquella asquerosidad que conformaba el mundo exterior... su mundo exterior.

Suspira pesadamente, la acomoda mejor en su agarre y, con mucha más calma, retoma su caminar hacia su habitación.

Cierra la puerta con candado detrás de él, la recuesta delicadamente sobre el colchón, ella se sigue viendo levemente intranquila, pero todo lo que hace es sentarse a su lado, deshacerle el peinado y guiarla levemente hasta que recostase la cabeza en su regazo. No sabe por qué diantres lo hace, pero Hylla se aferra con ganas a su pierna y se permite dibujar una sonrisa completamente honesta en su rostro sonrojado y pecoso. Intenta pensar en alguna forma de pasar el tiempo, de ignorar que la tiene recostada sobre su regazo, pero no se le llega a ocurrir nada, por lo que recuesta la espalda en el suave respaldar e intenta echarse una siesta. No se había dado cuenta de lo tremendamente cansado que estaba hasta que empezaron a pesarle los párpados, era cierto que venía de un intensa sesión de entretener a su camada de perros de caza, y que acababa de conocer y volar por primera vez a su nueva dragona, pero realmente no esperaba estar tan extremadamente cansado.

Hubo un momento en el que Hylla empezó a retorcerse incómoda, sin soltarle la pierna en ningún momento, pero, por sus movimientos, parecía querer quitarse algo de la espalda. Incluso llegó a despertarse a medias para mover su mano hacia esa zona de manera torpe. Balbucea en una voz muy baja, fue todo un milagro poder comprenderla luego de un rato de estar incómodamente inclinado en su dirección por la esperanza de que la proximidad le ayudara a escucharla mejor.

–Maldito corsé –maldecía con el ceño fruncido.

Soltando una risilla, él se inclinó levemente hacia ella, retiró tan solo lo necesario su vestido, deshizo el apretante agarre del corsé, disfrutó tal vez demasiado el suspiro de alivio que ella soltó y, cuando quiso recolocarle mejor la ropa, ella se volvió a aferrar a su regazo. Estuvo otro largo tiempo intentando pensar en alguna manera en cómo terminar de recolocarle correctamente la ropa sin despertarla en el proceso, pero terminó rindiéndose cuando el más leve movimiento que hacia provocaba que Hylla soltara uno que otro gruñido cansado y ronco.

Terminó cayendo en los brazos de Morfeo mientras le rogaba a Afrodita y a Eros algún día comprender exactamente cómo funcionaba todo ese tema del corazón y los sentimientos.


Hylla se despertó cuando el sol había terminado de ocultarse bajo el horizonte, cuando los primeros tonos oscuros tomaban control de todo el escenario, cuando la belleza de la luna empezaba a relucir que sus pequeñas y divinas acompañantes llamadas estrellas... también despertó con la cabeza doliendo como si un Salvajibestia se la hubiera pisoteado con rabia por horas, por lo que todo el bello escenario fue ignorado sin pena alguna. Hylla también se despertó con algo de dolor de el cuello, una leve incomodidad en los hombros y el viento frío afectando específicamente a su espalda.

Fue tan solo cuando se sentó en la cama que se dio cuenta que había estado recostada sobre el regazo de su marido, quien estaba profundamente dormido en una incómoda posición.

Le hubiera dado algo de ternura y pena, si no estuviera preguntándose por qué su vestido estaba abierto por detrás.

Lo despertó de un brusco empujón que, por la forma en la que estaba sentado y el susto que se llevó, terminó tirándolo de la cama. Quiso reírse, mas que nada porque no había esperado aquella consecuencia de sus actos, pero logró mantenerse seria... sin embargo no pudo evitar al menos una carcajada cuando el volvió a asomarse desde el suelo, mirándola profundamente confundido y terriblemente ofendido por sus acciones.

Ezra, enfurruñado, se levantó del suelo dando manotazos a la cama. –¿Te parece divertido tirar a alguien al suelo mientras duerme? –pregunta mientras la mueca del rostro se le remarca aún más e intenta acomodar su desastroso peinado–. ¿Se puede saber por qué has hecho eso?

–¿Se puede saber por qué tengo el vestido medio abierto?

Fue algo divertido, pero más que nada confuso, cuando su indignación aumentó, sus rostro se tiñó en rojos colores y se inclinó para recoger algo del suelo que, antes de que Hylla pudiera saber que era, fue arrojado furiosamente a su cara.

–¡Porque te ayudé a quitarte el corsé para que durmieras cómoda y luego no me dejabas reacomodarte el vestido! –le explica una vez ella logra quitarse la prenda de la cara. Ella no puede evitar mostrar algo de desconfianza en su rostro y eso parece molestarle aún más al rey de Arendelle–. Dime, querida –masculla con los puños temblando por lo fuerte que los mantenía apretados–, ¿qué narices piensas tú que podría hacer solo con tu maldita espalda, eh?

Hylla se pasa las manos por el rostro, lo cual la alivia un poco el dolor de cabeza gracias, seguramente, a que dormir sobre el regazo del tirano de las nieves había hecho que sus manos estuvieran frías. Gruñó levemente y muy por lo bajo cuando Ezra alzó demasiado la voz para exigirle que le respondiera de alguna manera, que estaba muy equivocada si creía que podía simplemente faltarle el respeto de esa forma luego de que hubieran establecido límites y mínimos gracias a la tregua que ambos aceptaron.

–Oh vamos –finalmente le dijo mientras se frotaba las sienes–, como si estuviera loca por dudar de ti.

Fue entonces y solo entonces que se dio cuenta que todas las esquinas de la habitación estaban llenas de escarcha y que la temperatura solo bajaba y bajaba con el paso de los segundos. Cuando finalmente levantó su cansada mirada hacia él, se dio cuenta de algo rarísimo.

Ezra se veía dolido.

Lo vio cerrar los ojos para respirar profundamente, lo vio pasarse ambas manos varias veces por el rostro para luego subirlas hasta su blanca melena y tirar levemente de sus lisos mechones. Lo ve temblando levemente, no sabe identificar exactamente por qué tiembla, pero es algo que nota a la perfección.

–Llevo semanas intentando ser amable, cordial y respetuoso –empieza a mascullar a la par que abre los ojos para dedicarle una mirada llena de rabia y rencor–. He intentando lidiar yo solo con tus gilipolleces del otro lado del Bosque del Tiempo, llevo días alejando a los miembros de la cohorte de ti porque sé que odias tener que lidiar con ellos, he dejado que lleves el asunto de tus damas de la cohorte con mucha más libertad que ninguna otra reina europea ha tenido jamás, me he limitado a insinuarme y jamás forzarte a nada, ¡maldita sea! Incluso estoy cortando las libertades que Anne siempre ha tenido tan solo para contentarte a ti. ¿¡Cómo te cuesta tanto ver que estoy intentando ser un buen esposo para ti mientras tú solo haces lo que quieres!?

–¡Dioses! Deja de gritar la cabeza me está matando –le gruñe tapándose las orejas, ignorando a propósito todo lo que había dicho solo para tener unos segundos para pensar en todo lo que significaba aquella extraña confesión que le acababa de hacer.

Hubiera profundizar correctamente en por qué todas esas palabras le trajeron cierta culpabilidad extraña al corazón, pero el frío no hacía otra cosa más que aumentar mientras que Ezra sacaba toda la frustración de su cuerpo.

–¿Es eso todo lo que tienes que decir? –masculla mientras vuelve a subirse a la cama para tomarla de los hombros y apretarla bruscamente contra el colchón. Atrapada bajo su frío y tembloroso agarre, Hylla no tiene nada más que hacer que ver algo espantada toda la frustración y dolor que Ezra muestra con su mirada–. ¿Todo lo que te digo, todo lo que hago...? ¿es esa en verdad tu única reacción? ¿te parezco una especie de broma? –el agarre que tiene sobre sus hombros cada vez es más tembloroso, a Hylla le encantaría saber por qué. Podría ser porque estaba tan furioso que sencillamente no podía evitar que su cuerpo reaccionara de esa manera, tal vez estaba lastimándola poco a poco con sus poderes, o tal vez era todo lo contrario, tal vez se estaba dando cuenta que sus sentimientos estaban tan fuera de control que tenía que luchar contra ellos para no herirla.

–¿Por qué se supone que tengo que agradecerte por no ser tan cruel como podrías? –le pregunta acusatoriamente–. ¿Quieres un premio por no lastimarme? ¿por intentar ser un tipo mínimamente decente? Sigues pensando en hacer daño, en controlarme como quieres, en utilizarme como te venga conveniente, la única diferencia es que ahora te contienes, no porque en verdad hayas cambiado, no has cambiado nada en lo absoluto –se calla al sentir como el agarre se endurecía.

–Jamás he tratado a nadie cómo te he tratado a ti –murmura en un suspiro pesado y doloroso.

–No estás mejorando por ti, no estás intentando ser una mejor persona –le responde seria, quitándose finalmente sus frías manos de encima–. No sé por qué lo estás haciendo por mí, pero es así como es, solo te estás poniendo una careta y esperas que considere eso como algo bueno.

–¿Por qué cambiaría por nadie más? –le pregunta con una rabia un poco más tranquilizada, pero aún presente–. Tú eres mi esposa, la mujer con la que tendré que convivir el resto de mi vida, ¿por qué debería de cambiar por alguien que no fueras tú?

Es entonces que Hylla toma la suficiente seguridad e impulso para apartarlo un poco de ella y poder sentarse en la cama. Ezra se niega a alejarse demasiado, se niega a marcar más distancia, Hylla sencillamente está agradecida de cuánto ha reducido el frío y el hielo de la habitación.

–Porque cuando deje de importarte todo volverá a ser tal y como el primer día que nos conocimos.

Ezra suelta un suspiro pesado, la mira fijamente a los ojos y, mientras habla, se pregunta por qué se está mostrando tan vulnerable frente a ella. –No creo que algún día pueda volver a esos tiempos en los que no me preocupa por ti.

Ella se queda completamente muda por unos largos segundos en los que todo lo que sucede es que Ezra decide desviar su mirada para no tener que confrontar cual sea la reacción de su esposa a tal confesión, sabe que hay algo raro –raro y malo para él– con respecto a sus sentimientos de ella. No sabría decir si la ama, pero definitivamente le hace feliz en una manera que pensó que jamás volvería a sentir, definitivamente quiere hacerla sentir cómoda, que sea feliz... que sean felices ambos.

No le importa seguir siendo un monstruo ni que lo vean como tal, es cierto que es cansado, pero tiene muchas ventajas. Pero lo importa lo que ella piense, le importa lo que ella sienta. No le molesta ser un monstruo mientras ella no lo vea como tal.

Pero todo ahora mismo duele, y duele muchísimo. Y Ezra jamás ha sido ningún tipo de masoquista.

–Aunque me encantaría –continúa luego de aquel extenso e incómodo silencio–. Esos tiempos eran más fáciles, más cómodos... mucho menos complicados –de momento a otro, Ezra se inclina hacia Hylla para tomarla, con mucha más delicadeza de la que ambos hubieran imaginado, del mentón, apretando de paso sus mejillas, obligándola a acercarse un poco más él–. Quisiera que no tuvieras el efecto que tienes sobre mí, pero realmente no es como si pudiera hacer nada, ¿no es así? Esto es lo causado tú y solo tú, aunque me preguntó si serías capaz de acabar con todo esto.

La suelta lentamente, sin dejar de mirarla fijamente a los ojos en ningún momento, aún en aquel complicado proceso de comprender por qué se había sincerado de esa manera con ella, por qué estaba admitiendo todas esas cosas que todavía no comprendía del todo, por qué seguía tan furioso por todo lo malo que había dado por hecho nada más despertar, por qué le afectaba tanto pensara que algún día dejaría de ser importante para él, por qué le afectaba tanto que ella no supiera ya que tan diferente era para él del resto del mundo.

La había llamado muchas veces la mujer perfecta para él, lo había dicho en aquel entonces refiriéndose a ella como una posesión, como una simple muñeca con la que jugar tan cruelmente como deseara porque nadie se tomaría la molestia de pedirle u ordenarle con se que contuviera con una vikinga cualquiera. Pero ahora diferente, seguía considerándola perfecta para él, completamente ideal, destinada, incluso se atrevería a decir, pero más que un juguete perfecto ahora le parecía una compañera de juegos. Una compañera a la que estaba dispuesta de dejarle sus juguetes y poner ella de vez en cuando las reglas, una compañera que le enseñaba nuevos juegos y que le hacía sonreír con demasiada honestidad. Una compañera que tenía que aprender tarde o temprano que no había nadie más con quien jugar en este mundo, que solo podría tenerlo a él, una compañera que tarde o temprano tendría que comprender que a él le gusta ser un tanto cruel con sus juguetes y que eso es algo que jamás podrá cambiar de él.


.

.

.

A ver, que tenemos una que otra cosita que comentar para este capítulo que me parecen importantes. Yo ya he comentado que esta historia es tóxica, que los comportamientos de Ezra son, en su gran mayoría, un asco, pero creo que en este capítulo tengo que repetir el discursillo más que nada por mi propia comodidad. Dios sabe el mal que fanfics y novelas que romantizan este tipo de comportamientos han causado en la población joven –os estoy mirando a vosotros After, A través de mi ventana y 3 Metros Sobre el Cielo–, y que me parta un rayo ahora mismo si yo alguna vez me olvido de traer consciencia en mis propias novelas.

Creo que es algo que ya se puede ver por la respuesta de Hylla, pero verlo de cierta forma desde la perspectiva de Ezra puede causar confusión. Nuestro queridísimo rey de Arendelle solo hace lo mínimo para ser una persona decente, es cierto que todo lo que es ahora mismo es el resultado directo de los tratos que recibió de joven y todo su trauma, pero eso no es excusa para ser tan idiota como lo es. Ezra hace daño porque quiere y puede, sigue sintiéndose tentado de hacer daño, y hasta que no cambie de verdad esta será una relación dolorosa y destructiva en la que Hylla constantemente se sentirá asqueada consigo misma cuando lleven a cabo cualquier avance romántico o sexual. Que sí, que Ezra cambiará y lo hará de verdad, pero por el momento os aguantáis con esta cosa.

...

¡Ahora con asuntos más tranquilos! :D

Un agradecimiento a ShirayGaunt por los comentarios, siempre me alegra saber que a alguien le ha gustado tanto lo que escribo como para decirle en un mensajito. Justamente quería comentar que en un inicio sí que tenía planeado que Vesta se llamara Leviatán, de ahí venía la mención que se hace en capítulos anteriores, pero precisamente porque no quería que el apodo recordarse a cierto personaje de anime decidí buscarme otro. Es más, los nombres descartados en el capítulo son rechazados porque no quiero que recuerden ni parezcan referencias a Steven Universe, sencillamente porque son contenido que realmente no he consumido por completo y no quiero hacer creer que se tocarán a fondo o en más ocasiones.

Creo que vamos a tener un poquillo más de los damas soltándose la melena, que se lo merecen.

No creo que haya nada más que comentar, espero que hayáis disfrutado este capítulo.