En el que se habla de promesas y felicidades imposibles.


Hylla se sentía un poquillo mal por cómo habían acabado sus pobres damas luego de una tarde entera de borrachera, solo un poquillo en verdad, si era completamente honesta consigo misma tendría que admitir que verlas sujetándose la cabeza, mareadas, tropezándose con sus propios pies de vez en cuando y con el rostro con algunos tonos verdes que avisaban de las bilis que estarían a punto de soltar en cualquier momento era mucho más divertido de lo que jamás se hubiera imaginado. Luego de tener que quedarse el resto de la noche en el mismo cuarto que su desastroso esposo que en segundo le trataba de una forma y al siguiente de otra, luego de calmar la propia bilis que parecía querer formarse en el fondo de su garganta cada vez que quería tener algo de comprensión o empatía por los sentimientos tan extraños que Ezra le había confesado tan bruscamente, Hylla realmente creía que se merecía un buen descanso lejos del rey de Arendelle, el hombre que la obligó a casarse con él –dato que últimamente tenía que forzarse a recordar–, al menos hasta que pasara la hora de la comida familiar por la tarde y tuviera que volver a encerrarse con su marido para resolver el tema de aquellos cuatro sujetos a los que les había dado un escarmiento.

Jackie estaba aferrada a una almohada dura, recostada en el suelo y con un cubo muy cerca de ella por si acaso, tenía nuevamente puesto ese sencillo vestido con el que la habían encontrado, solo que ahora está mejor parchado y mucho más limpio de lo que había estado alguna vez en toda su historia. La pobre muchacha del otro lado del Bosque del Tiempo tenía un paño húmedo en la cabeza que supuestamente ayudaría a lidiar con el dolor de cabeza de la resaca. Las sirvientas le insistían en que intentara recostarse en otro lugar, uno tal vez más cómodo, aunque en verdad les preocupaba que fuera más digno, pero la pobre sencillamente miraba de vez en vez alguno de los sofás, soltaba un lastimero gruñido, y parecía marearse por la simple idea de tener que levantarse.

Eret, vikinga y ruda como ella sola, se había puesto varios paños fríos en toda la cabeza, se había desparramado en un sillón personal con las piernas abiertas y los brazos colgando fuera del mueble, con una de sus hachas sobre una pequeñísima mesa auxiliar y un cubo entre sus piernas. Había mirado a todo el mundo con una rabia horrible y había advertido que el primero que le dirigiera la palabra saldría de la habitación con los pies por delante, y así había logrado que absolutamente ni un solo sirviente le tocara las narices.

Samantha estaba enfurruñada, rabiosa e indignadísima con todo el mundo. La mayor de los Bjorgman era un mujer comprensiva y, por mucha sangre noble de sus venas, siempre había respetado a todo miembro de la servidumbre. Pero con tal resaca que llevaba encima ladraba sus respuestas secas y firmes a cualquier pobre desgraciado que hubiera sido obligado a hablarle. Al igual que todas las demás tenía un trozo de tela en la frente frío por el agua pensado para aliviar de alguna forma su dolor de cabeza, pero además su melena rubia, siempre suelta y preciosamente peinada, estaba bien atada de forma bruta porque de todas las damas de la cohorte de la joven reina, ella era la única que había tenido la terrible suerte de verse forzara a devolver la bilis de su estómago cada cuanto.

Ofelia estaba... confundida. No entendía porque el corsé al que estaba tan acostumbrada le molestaba de una manera tan insistente, no entendía por qué uno de sus vestidos favoritos le parecía espantoso y odioso, no entendía por qué incluso los peinados más sencillos le hacían sentir como si le hubieran puesto una corona de hierro oxidado y se la hubieran clavado a base de martillazos. Ofelia sabía perfectamente lo que era una resaca, todas esas molestas y ruidosas fiestas de su hermana mayor, la reina Catriel de las Islas del Sur, y la manera en la que siempre terminaban le habían mostrado en tercera persona lo que era una resaca, se había dicho muchas veces que jamás caería en las filosas y podridas manos de la embriaguez, quería tener eso sobre su odiosa hermana mayor, pero había terminado cayendo en aquel vicio tan repulsivo por culpa de la nueva y joven reina de Arendelle. Definitivamente Ofelia, octava princesa de las Islas del Sur, única dama de la cohorte extranjera –Eret no contaba como extranjera puesto a que Berk ahora era parte del territorio de Arendelle– de la reina Hylla de Arendelle, estaba confundida.

–Me quiero morir –lloriqueaba Jackie mientras una sirvienta remojaba el pañuelo de su cabeza–. Oh, mi reina, clavad una daga en mi corazón, acabad con este terrible dolor, no os pido nada más, escuchad mis plegarias, os lo ruego.

Hylla se carcajeó levemente todo lo bajo que pudo por respeto al dolor de cabeza de sus damas. –Bueno, no hay nada mejor que una buena borrachera para formar lazos afectivos.

–Oh, por todos los santos y por el manto de la Virgen –gruñe Samantha, a penas alzando la mirada hacia ella–, ¿puedes irte tú y tu ruidosa respiración a otro lado? –masculla con el ceño tan fruncido que Hylla tiene que contenerse para no romper a carcajear como loca.

–Sí –masculla Ofelia, mientras le colocan otro paño frío en la frente–, o te vas o te callas, reina suertuda que no tiene resaca.

–Vaya, menudo humor me lleváis todas, ¿eh? –bromea mirándolas detenidamente a cada una de ellas, deleitándose tan solo un poquillo por las horribles expresiones que todas ellas tenían.

Eret gruñe. –Tengo un hacha, Hylla, y la suficiente fuerza.

–Eso, eso –asiente levantando levemente una mano Jackie desde el suelo–, acaba con la reina burlona, para que se entere.

–Hylla –la llama acusatoriamente Ofelia, quien parece ser la única que puede alzar el rostro por más tiempo–, ¿por qué no nos dejas solas con nuestra miseria?

–Eso sería aburrido –confiesa con simpleza, hundiéndose en hombros–. Además si no estoy con vosotras tendría que pasar tiempo con mi queridísimo marido, y eso no me apetece en lo absoluto.

–Pues ve con tu dragón, que para algo lo tienes –ladre enfurruñada Eret.

Hylla suspira pesadamente, no solo por el comentario, sino también por como sus damas asienten ante las simples y duras palabras de la antigua cazadora de dragones. Las llama traidoras, ellas le repiten que se vayan ella y su suerte a otro lado. Hylla termina cruzándose mientras suelta un largo resoplido, bastante fuerte para molestarlas un poco, y comenzar su caminata hacia el establo dónde sabía que su dragón la estaba esperando.

Habían tenido su vuelo matutino, eso era cierto, siempre lo hacían, pero con sus damas de la cohorte con esos dolores de cabeza y esas ganas de ponerle el filo de un hacha entre ceja y ceja, su marido estando más insoportable de lo normal, y sin ninguna otra persona con la que pasar el tiempo en aquel palacio... pues realmente no le quedaba ninguna otra opción que volver a los cielos en lomos de su querido amigo escupe-fuego.

Seguía preguntándose por qué había algo de culpabilidad queriendo llegar a su firme corazón. Ezra no había hecho absolutamente nada para ser considerado una buena persona, estaba intentando ser soportable, ni siquiera decente, el rey de Arendelle era tan solo soportable, y ni siquiera todo el tiempo, ni siquiera con todo el mundo, solo con aquellos que él mismo consideraba que se lo merecían o no. ¿Qué se suponía que hacer? ¿Agradecerle y estar a su disposición solo porque no se había aprovechado de ella en una situación vulnerable? Él a penas estaba haciendo lo mismo y honestamente estaba esperando que ella le diera una especie de premio o recompensa por ello.

Ella era Hylla Haddock, la hija de Estoico El Vasto, la hija del Jefe de Berk, la hija de la primera mujer en vivir con los dragones. Era una Haddock, maldita sea, le habían enseñado muy temprano y muy bien que no tenía porque aceptar un falso amor, un amor a medias y mucho menos un amor tan repugnante como el que Ezra le ofrecía. Apostaría lo que sea a que el estúpido rey de Arendelle ni siquiera tenía verdaderos sentimientos hacia ella, seguramente estaba cansado de no tenerla bajo su control absoluto, cansado de no poder tener relaciones sexuales con nadie y sencillamente estaba aplicando algo de chantaje emocional para que ella cediera. Ezra hacía tantas cosas tan horribles todo el tiempo, Hylla por lo menos tenía la calma de saber que forzarla era un límite que no cruzaría en lo absoluto.

Pero aquello, además de que eso era tener la barra horriblemente baja, tampoco era algo puramente bueno y bondadoso. Ezra no la había forzado la noche anterior solo porque prefería humillarla, solo porque prefería que ella llegara al punto de que pidiera ser tomada, que fuera capaz de dejar atrás su orgullo y admitir que lo deseaba.

Y eso era lo que más asco le daba de toda la situación, que realmente deseaba estar de esa forma con Ezra. Ayer no, definitivamente ayer no, ayer solo quería divertirse con sus damas de la cohorte, con las mujeres que se suponía tenían que convertirse en sus amigas y mejores aliadas dentro de este palacio frío y repulsivo. Pero otras veces, para su horror, sí que lo había deseado, otras veces su cerebro tenía problemas para recordar que frente suyo no solo había un hombre endemoniadamente atractivo, sino un demonio con todas sus letras. Tenía suerte de que su marido era un completo imbécil sádico, eso le ayudaba bastante a pensar en frío y poder recuperar la compostura. Porque en una que otra ocasión estuvo a punto de ceder, en una que otra ocasión eso de pedirle que lo hicieran le había llegado a parecer incluso racional. Esas ocasiones eran un peso asqueroso y aberrante en su memoria, pero sumamente necesarias para cuando nuevos acercamientos ocurrieran y ella necesitara fuerza para negarse a él.

Cuando finalmente tuvo el establo dónde dormía Toothless a la vista, lo primero que llamó su atención fue la enorme dragona que correteaba por todas partes siendo perseguidas por la camada de perros del rey Ezra. Por un momento le asustó pensar que ambas partes se veían como rivales o peligros, pero de inmediato pudo notar que la situación no era esa en lo absoluto. Contentísima, la dragona correteaba por todas partes con la lengua afuera, al igual que los canes, que incluso daban saltos de vez en cuando por la emoción del juego. La dragona tenía la cola bien recogida y constantemente en su mirada para asegurarse no darle ni por accidente a ninguno de los mamíferos que la perseguían tan alegremente.

Tan impresionada como estuvo cuando Ezra se había conseguido la aprobación de todos los dragones defensores de Berk sin problema alguno, Hylla se encaminó en completo silencio hasta los animales, saliendo a tiempo fuera de su zona de juego para llegar al establo, moviéndose cuidadosamente sin dejar de mirarlos en ningún momento hasta que escuchó un pesado bostezo. Al no encontrar nada dentro del establo, Hylla alzó la mirada al plano tejado, encontrándose con un Toothless acurrucado en la madera del techo, observando perezosamente a todos los animales del rey de Arendelle.

–¿Muy cansado amigo? –le pregunta con algo de gracia mientras ladea la cabeza, teniendo buenos recuerdos de años atrás en los que Toothless la despertaba dando pisadas un tanto fuertes al techo de su hogar.

Sonríe por eso mismo, por los buenos y viejos tiempos. Aquellos en los que solo tenía que preocuparse por el loco de Dagur, aquellos en los que la vida junto a Aster se veía casi inevitable, aquellos en los que su padre seguía con vida y la batalla contra Drago no lo había alterado todo para siempre. Aquellos tiempos buenos y pasados en los que ni siquiera sería capaz de pronunciar correctamente el nombre de Arendelle, aquellos tiempos buenos y pasados en los que jamás sería tan siquiera capaz de imaginarse que existiera alguien como Ezra.

Si tan solo su padre y los reyes de Arendelle hubieran cumplido de verdad su tratado, si tan solo se hubieran tomado la molestia de hacer que se conocieran antes, tener algo de antelación, al menos haber mencionado la existencia del otro y lo que todo aquello significaba. Todavía le costaba comprender cómo su padre había permitido su relación con Aster, que era tan obvia y tan poco disimulada, llegará hasta donde llegó, ¿cómo es que nunca se le ocurrió contarle la verdad? ¿cómo es que nunca se le ocurrió prepararle para esto?

La única respuesta que le parecía mínimamente posible es que su padre hubiera estado avergonzado. Que aquel tratado se firmó en un momento de desesperación que poco después se deshizo y, cuando nadie vino a pedirle cuentas, decidió dejar para siempre en el olvido, agradeciendo a los dioses por no tener que confesarle a su única hija que, siendo tan solo una bebé, la había entregado a otro pueblo y a otras tierras, que la había entregado a un hombre que no conocía.

Si hubiera conocido a Ezra antes este matrimonio no sería su mayor dolor y martirio, si hubiera conocido a Ezra antes tal vez no hubiera pasado la mayor parte de su infancia y adolescencia sintiéndose tan sola en su propia isla, entre su propia gente, si hubiera conocido a Ezra antes tal vez se hubieran enamorado de verdad, tal vez se hubieran querido de una forma hermosa.

Si hubiera conocido a Ezra antes lo hubiera salvado. Del odio, del desprecio, del asco, de todo ese maldito dolor. Hubiera estado ahí para él, para que las palabras de viejos con vestidos estúpidos no le hubieran obligado a ser el monstruo que era ahora, para que la muerte de sus padres no le hubiera dejado una marca tan profunda, para que supiera en aquel entonces que podía confiar en alguien y que aquello jamás lo lastimaría, que se podía mostrar indefenso

Lo podía imaginar a la perfección, sabiendo desde pequeña que algún día se casarían con él, fascinándose con su magia, invitándole a mandar a tomar por viento a cualquiera que le dijera que estaba maldito o algo por el estilo, adorando tanto todo lo que era capaz de hacer que seguramente hubiera hecho que se valorara un poquito más. Hubiera estado ahí en el funeral de sus padres, siendo su hombro para llorar, siendo el abrazo que necesitaba, siendo el pilar que lo habría mantenido lejos del abismo horrible que solo ese tipo de dolor puede causar. Hubieran estado allí, ella y su padre, guiándolo, protegiéndolo, alejando todas esas malas influencias de él. Seguramente él hubiera estado para ellos también, seguramente siendo capaz de librarse de problemas como Dagur y Viggo con un movimiento de muñeca.

Ezra pudo haber salvado la vida de su padre.

Él y su magia de hielo.

Hubiera visto que los intentos de Hylla para regresar a Toothless a la normalidad no funcionaban y su hielo los hubiera protegido tanto a ella como a Estoico. Seguramente hubiera matado a Drago sin importarle una soberana mierda si Hylla quería intentar la forma diplomática o no, le hubiera importado más la seguridad de su, para aquel entonces hubiera sido así, esposa y su suegro.

Las cosas hubieran sido tan malditamente diferentes si sus padres lo hubieran hecho bien.

Y el destino, se reía y reía de la vikinga que se había quedado un buen rato pensando en todo, apoyada contra la madera del establo. Se reía y reía, porque tenía toda la razón del mundo, porque todo hubiera sido ideal si sus padres no hubieran sido gilipollas, incluso hubiera salido de perlas si nunca se hubiera firmado aquel tratado. Pero Agnarr, Iduna y Estoico habían sido unos idiotas de gran nivel, habían sido los mayores subnormales que alguna vez se hubieran presentado para pedirle un cambio de almas gemelas al destino y la tontería, en casos como estos, tiene consecuencias muy graves cuando juegas con poderes que te superan.

En algún punto Toothless bajó del tejado para poder recibir unos cuantos mimos de su compañera de vuelo, que seguía viendo lo que pudo haber sido la mejor opción de su vida porque al destino le parecía muy divertido que pudiera verlo todo mediante lo que ella creía que era su propia imaginación.

Había partes que ella no conocía, algunos problemas por los que nunca se hubiera imaginado que habría tenido que pasar, pero tenía bastante clara la mayoría de las partes, tenía claro que todo hubiera sido mejor si tan solo aquellas promesas firmadas en papel se hubieran cumplido correctamente y no con tantas años de retraso como terminó sucediendo.

–Pensé que estarías con tus damas de la cohorte –la voz de Ezra hace que pegue un gran respingo. Le hubiera gustado que Toothless también reaccionara ante la repentina presencia del rey de Arendelle, pero el dragón seguía medio dormido, dispuesto a ignorar las necesidades de su compañera de vuelo–. Supongo que tan solo escapabas de mí, a menos claro que quieras que crea que tu dragón cuenta como una dama de la cohorte

Hylla frunce levemente el ceño. –Hola a ti también, Ezra –es todo lo que dice, dándole de la espalda y fingiendo estar tremendamente interesada en acariciar la escamosa piel de su dragón, a pesar de que aquel reptil inútil la miraba levemente enfurruñado porque quería volver a recostarse y ella se lo negaba–. Déjame adivinar, vienes a nuevamente dedicarme una simplonas disculpas por tu comportamiento del día anterior que esperas que acepte hasta que cometas, otra vez, el mismo estúpido error, ¿me equivoco?

No se voltea en su dirección, pero sabe que aprieta sus puños con rabia.

–Te equivocas, querida –le masculla de tal forma que le está dejando en claro que intenta mantener la compostura–. Venía a comentarte algo que no tuve tiempo de hacer anoche con respecto a... una conversación que tuviste con la princesa Ofelia.

Hylla finalmente se gira hacia él, con las cejas alzadas. –¿Qué conversación?

Para su confusión, Ezra le dedica una leve sonrisilla.

–Anoche parecías estar muy interesada en cómo describiría Ofelia mi... ¿cómo lo dijiste tú? Oh, sí, polla.

Los colores empiezan a subirle levemente hasta las mejillas, se expanden con delicadeza por su piel como el goteo de acuarelas sobre un lienzo en blanco, el rojizo de la vergüenza se extendió hasta sus orejas, cubriendo su rostro por completo. La vikinga se quedó completamente enmudecida por unos largos segundos, con el cuerpo tenso y los labios bien apretados. Le encantaría fingir que no tenía ni la más remota idea de qué estaba hablando ese loco, pero en verdad sí que lo sabía, sí que se acordaba –recién ahora, en realidad–. Recuerda vagamente como Ofelia le había comentado que ella había descubierto el affaire entre su hermana mayor, la reina de las Islas del Sur y un joven Ezra al entrar en la habitación de Catriel y encontrarlo a él completamente desnudo. Recuerda que le había tocado un poquillo las narices –tan poco que había logrado no hacerlo notar– que Ofelia hubiera visto a Ezra completamente desnudo antes que ella, recuerda que había estado tremendamente interesada en tener toda la información posible acerca de... esa parte de la anatomía de su marido. Lo recuerda a la perfección y es por eso que ni siquiera pudo pensar en fingir que no tenía idea de qué estaba hablando Ezra para evitar del tema.

Aún así intentó mentir. –No... no tengo ni idea de qué hablas.

–Y por eso te sonrojas, ¿verdad?

–No has usado un vocabulario muy propio de un caballero que digamos.

Ezra suelta una ruidosa carcajada que rápidamente cubre con una mano. Hylla bufa molesta y se cruza de brazos mientras lo ve riéndose con ganas por unos largos segundos, con todo su cuerpo moviéndose por sus estúpidas risas.

–¿Quién eres tú y qué le has hecho a mi esposa? –pregunta con gracia, a penas y aguantándose las ganas de seguir carcajeándose en su cara. Hylla se acerca tan solo para darle un puñetazo en el brazo derecho, nota a la perfección la mueca de dolor que se le dibuja momentáneamente, pero el rey prefiere seguir burlándose–. Bueno, eso sí que es más propio de ti –ríe sobando su brazo herido–. Ahora, querida, dime, ¿por qué estabas tan interesada en conocer incluso la parte más privada de mi cuerpo?

–Estoy completamente segura de que viniste hasta aquí con otras intenciones.

Él vuelve a soltar una risilla, más tranquila ahora. –Venía a pasar un poco de tiempo con Vesta –le confiesa, señalando con la cabeza a la gigantesca dragona que seguía siendo correteada amistosamente por aquellos enormes canes–. Pero al verte he decidido que podríamos tocar aquel temilla que anoche no me dejaste.

Hylla se vuelve a cruzar de brazos, ladea la cabeza y alza las cejas en dirección de Ezra. –Perdona pero, ¿por qué suena a que insinúas que yo hice algo mal anoche?

Su marido le sonríe como si acabara de escuchar a un niño pequeño hacer la pregunta más tonta del mundo entero. –Porque acabamos peleando, querida.

–¿Y si peleamos es directamente porque hice algo malo?

–Bueno, yo no hice nada malo anoche –se defiende rápidamente, dando unos pasos hacia ella. Hylla, negándose a cederle nada de terreno, hace lo mismo, alzando el mentón para que la diferencia de estatura no se marcara tanto–. Así que dime, ¿hemos discutido porque ninguno ha cometido ninguna acción que vaya en contra de nuestra tregua?

–¿De verdad crees que no hiciste nada malo?

Lo ve inhalando profundamente, con los puños levemente temblando, definitivamente intentando controlar todo la ira que quería soltar contra ella. –¿Sabes qué? Explícamelo, necesito que me lo expliques porque lamentablemente soy incapaz de comprender qué fue lo que hice mal anoche. Porque tal vez tenemos recuerdos diferentes, algo perfectamente posible considerando lo ebria que estabas anoche. Todo lo que hice fue llevarte a nuestra habitación, acomodarte para que estuvieras cómoda y quitarte el corsé porque así me lo pediste, también intenté recolocarte el vestido, pero me estaba durmiendo y tú no me dejaste hacerlo, así que, por favor, realmente quiero entender qué hice mal, qué fue lo que te molestó, qué es lo que tengo que mejorar para que cada acción que haga no produzca una furiosa discusión.

Se quedan ambos en completo silencio por unos largos segundos, ella con los brazos cruzados y el ceño levemente fruncido, mientras que él parece no tener ni idea de qué hacer con su cuerpo, abre y aprieta los puños, mira a una lado y otro, intenta encontrar el lugar correcto, pero parece ser que es un trabajo muy complicado para él.

–El problema es que sigues queriendo hacerme daño.

–Yo no...

–Es tu primer pensamiento, tu primer instinto –le interrumpe rápidamente, haciendo que retrocediera el paso que intentó dar en su dirección–. Vale, te lo acepto, has estado intentando cambiar pero los pasos que has dado son tan pequeños que no acreditan ni felicitación ni agradecimiento alguno, y es lo que dije ayer, no me vale que cambies solo por mí porque cuando se te quite el capricho volveremos a lo de siempre –lo mira a los ojos por a penas unos segundos, nota lo incómodo lo está, nota que seguramente nunca ha estado una posición como esta, que seguramente nadie jamás se ha dignado a ponerle las cosas claras–. Ezra, me niego rotundamente a perdonarte ahora para que en el futuro me partas el corazón... me niego rotundamente a vivir en un matrimonio que acabara destrozándome y del que jamás podré salir. Así que piénsatelo bien, pregúntate a ti mismo cómo quieres ser y qué quieres hacer contigo, y cuando tengas eso claro... cuando tengas eso claro creo que podremos hablar de la posibilidad de algo más que una tregua.

Él se pasa lentamente una mano por su blanca cabellera antes de responderle. –¿Partirte el corazón? ¿Eso es lo que crees que quiero hacer ahora mismo?

–No quiero darte esa posibilidad.

–Así que, mientras tanto, la tienes tú –le dice bruscamente, con un hilillo de voz–. ¿Por qué me esfuerzo yo tanto y tú tan poco?

Hylla tomó aire para no responderle enojada. –Eres tú quien me forzó a casarme contigo.

–Y ha sido tu familia la que me abandonó cuando estaba obligada a estar conmigo –contraargumenta dando unos rápidos pasos hacia ella–. Las promesas se cumplen, los tratados se respetan, debiste estar aquí cada año y no lo hiciste. Yo estoy devolviéndonos al sendero correcto y tú sigues demostrándome que Berk es el peor aliado que cualquier territorio podría tener. Le has faltado el respeto a todo y a todos con lo que te has encontrado desde que llegaste, intentas librarte vulgarmente de un pacto firmado por tu propio padre, y cada vez que has tenido oportunidad has intentando convencerme de que te deje traer a otro hombre a la alcoba –se detiene con la respiración alterada, mucho más cerca de ella de lo que estaba antes, retándola incesantemente con la mirada–. Y yo, como un rey idiota, te doy carta blanca para todo –continúa, un tanto más tranquilizado, pero aún con su cuerpo emitiendo esa atroz frialdad–. ¿Sabes qué es lo que pienso, querida Hylla? Que no se trata de que no me esfuerce lo suficiente para hacerte feliz... se trata de que no quieres ser feliz a mi lado... Y lo peor es que lo entiendo, no querías casarte conmigo, tenías otro amor, soy yo el que necesitaba este matrimonio, soy yo quien no tenía otra opción... El problema es que, nuevamente, tu padre, y los míos seamos justos, no nos dejaron escapatoria, no nos dejaron más opciones. Mis padres podrían tener la excusa de que murieron muy pronto, pero, ¿y el tuyo? ¿Por qué jamás te contó de mí? ¿Por qué dejó que los años pasaran y pasaran? ¿Por qué ignoró a unos niños huérfanos luego de jurar que los protegería?

Hylla lo aparta en cuanto nota que el frío de su cuerpo es demasiado. –Eso es algo que yo también quisiera saber, Ezra –le confiesa algo a regañadientes, sorprendiéndolo levemente–. Y sí, tienes razón en eso, mi padre fue un idiota al jamás decirme nada, comprendo que le diera la espalda a este matrimonio, pero no entiendo que os diera la espalda a vosotros dos. Pero ni tú ni yo sabíamos de nada de esto, nunca estuvimos de acuerdo, ¿por qué seguimos apresados en los límites que ellos trazaron? ¿por qué tendríamos que respetar promesas que no hicimos?

Ezra tan solo desvió la mirada ante esa pregunta. –Tenía presión para casarme de una buena vez, busqué si por casualidad mis padres entendieron la necesidad de forzar a alguien a casarse con el monstruo que tenían por hijo y fue así que supe de nuestro pacto, del juramento que hicieron. Uno no puede sencillamente ignorar eso, un líder no puede darle la espalda a lo que sus antepasados juraron, no puedo faltar de esa manera la palabra de mis padres. Te lo repito, las promesas se tienen que cumplir, sobre todo si gobiernas, la firma de tu líder, el juramento de tu patria y los pactos que aceptas tienen que significar algo, ¿de qué sirve alguien que asiente y no hace nada después? Un pacto no es algo que sencillamente puedas aceptar a lo idiota y luego olvidar cuando te lo piensas mejor.

–¿Qué hubiera pasado si esto se hubiera hecho bien? –le repite la pregunta que no dejaba de hacerse en su cabeza–. Si nuestros hubieran sido responsables, si en verdad se hubiera cumplido correctamente este maldito tratado.

Tembló levemente al sentir las congelados dedos de Ezra acariciando su mejilla derecha, respiró con tranquilidad en cuanto dejó de hacerlo.

–Solo sé que seríamos felices.


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¿Qué tal?

Me parece interesante como no puedo evitar que este fanfic sea más que nada conversaciones y sentimientos gritados a la cara, me gusta cómo lo estoy llevando la verdad, pero incluso yo terminó frustrándome un poco porque siento que no avanzo con las mismas situaciones impactantes como en otras historias que tengo.

Estos dos serían tan felices si las cosas se hubieran dado bien, ay, ¿por qué siempre terminó escribiendo tanto drama?

Reviews (estoy volviendo a hacer esto porque no se me ocurre mejor manera de responder)

ShirayGaunt Me alegro de tenerte comentando a pesar de las complicaciones, no sabía que a veces Fanfiction se ponía tonto xd Créeme, esos dos terminaran siendo unos tortolitos insoportables, solo que tendrán mucho camino por delante y sus momenticos complicados. Y sí, sé que estuve perdida por un tiempo, pero últimamente esta novela me está costando un poco más que las demás, además de que estoy de trabajos de la uni hasta el cuello y prioridades son prioridades, este capítulo lo he escrito lo más pronto posible, yo también necesito que esta historia continúe.

Bueno, eso sería todo, muchas gracias por leer.