Part 22. Arrepentimiento.

Corrió como nunca antes había hecho, su corazón latía tan aprisa que consideró tarde o temprano terminaría por desfallecer mientras en su pecho se forjaba un hueco, producto del temor que lo dominaba y hacía que sus disparos perdieran toda asertividad contra su objetivo. Sika Eto'o no se había sentido así desde que su primo Bassel murió y se vio obligado a presenciar momento tan traumático, obligado a elegir entre su vida y el Adalkitta a quien tanto admiraba. Quizás para entonces sólo había sido un adolescente que desconocía las verdaderas consecuencias de sus actos pero eso no lo absolvía de tan terrible condena. Durante mucho tiempo se culpó por ello, por haber preferido vivir que proteger los intereses del clan entero, pues por ello se encomendó a sí mismo la tarea de terminar lo que Bassel nunca pudo sin importar nada, ni las criticas de los mayores por ejecutar métodos tan deplorables, o siquiera preocuparse de los sacrificios que deberían hacerse en el trayecto.

Pero una vez más cometió un error grave. Nuevamente había perdido el rumbo y arruinado a su valiosa manada. Y lo que era más importante: estaba por perder a su única familia sanguínea. El único que se quedó con él hasta sus últimas consecuencias.

—¡Keita! —exclamó disparando por enésima vez contra el cuervo que arrastraba sin ningún pudor a la malherida hiena, quien no podía retener sus gritos de dolor a medida que un nuevo choque insensato perjudicaba su pierna destrozada.

El hermano mayor no tenía idea de cuánto más seguirían corriendo o cuántas balas le quedaban de su cartucho final. Se dio cuenta muy tarde que estaba solo y que había hecho justo lo que la Hermandad quería para atraerlo pero ya no había vuelta atrás. Se esforzaría en recuperar a su hermano pequeño si era el único consuelo que podría quedarle de su reducido honor, después de todo existían peores cosas que la perdida de estatus. Disparó las balas que le quedaban, dejando su dedo en el gatillo sin importar que los crujidos que le siguieron sólo se burlaron de su situación. Por eso se sorprendió mucho al ver que Aleksey soltaba a Keita a mitad del camino, acto que sólo pudo animarlo apresurarse llegar hasta él para revisarlo, comprobar que todavía tendría una forma de tratar su estado; simplemente sentir su calor bastaría para seguir luchando. Casi se arrastró cuando llegó a su posición.

—Hermanito. Creí que no te alcanzaba —dijo al sostenerlo de los hombros y ayudarle como soporte en su espalda para mantenerlo medianamente erguido, sintiendo un gran alivio por tenerlo cerca otra vez—. No te preocupes, saldremos de aquí.

—Joder, Sika. No hagas promesas que no puedes cumplir —se quejó el menor jadeando con pesadez debido al dolor—. Para tu información, casi me das a mi mientras disparabas como loco. ¿Quién dijo que no debíamos gastar municiones?

—Perdóname por enloquecer de la preocupación. ¿Sabes lo que es un cuervo?

—No... pero me enteré gracias a ti, muchas gracias.

—¿Alguna vez dejarás de reprocharme?

—N-No cuentes... con ello... —sonrió sin gracia.

—Ugh, eres un... —Sika trató de insultarlo por su arrogancia pero al final se arrepintió, así que en su lugar trató sostener a su hermano de pie—. Levántate. Nos vamos.

El proceso de apoyar el peso del menor en él y mantenerlo consumió toda su atención, así que sólo se percató que habían sido rodeados cuando el ruido de los pasos estaban muy cerca. Miró lentamente a sus costados, advirtiendo a toda la Hermandad del Desierto reunida, cada uno armado y bloqueando la entrada hacia todos los pasillos al alcance. Sika sintió a su sangre helarse, aterrorizado con lo que ya sospechaba: cayó directo en la trampa.

—Hola, Sika Eto'o —le saludaron varios de aquellos que se habían convertido en luchadores frecuentes de la arena mientras le abrían paso a su líder, cuyo semblante fue el más terrorífico que el jefe de las hienas hubiese visto antes con su expresión seria y mirada penetrante, matizada con el odio que se había mantenido alejada del dueño del auditorio hasta ese preciso momento.

—Estamos muertos —susurró Keita presa del pánico—. De esta no nos salvamos.

—No aún, todavía puedo hacer algo —murmuró Sika de vuelta, tratando conservar la calma.

—No arrulles esperanzas estúpidas. ¿Qué más puedes ofrecerle? Todo lo tiene en su poder, ambos sabemos que perdimos la batalla, ya no somos dueños ni siquiera de nuestras propias vidas. Abre los ojos, Sika. No nos queda más que rogar morir lo más rápido posible.

— …Todavía hay algo —insistió Sika en conclusión. Y el tiempo que se tardó en encontrar ese pequeño trazo de posibilidad, fue el que se permitió Taras perder para quedar frente ambos hermanos, permitiendo que un insoportable silencio se instalara entorno a ellos unos instantes mientras el primogénito se obligaba hablar—. H-Hey... —saludó después de tragar saliva con aspereza—. ¿No es un alivio que todo haya ido según el plan? Haz sometido a mis hienas y ninguna fuerza externa se ha entrometido. Todo gracias a tu inigualable poder de liderazgo.

—Así es, todo marchó a la perfección, excepto que mi paga personal huyó de aquí.

—¿Te refieres a Leon? —inquirió sin saber cómo era capaz de mantener una sonrisa jovial en sus labios tensos—. Entiendo, es un camaleón muy escurridizo pero no te preocupes, ya lo atraparás. Está herido y no irá lejos. De hecho, ¿qué te parece si por el momento te diviertes con alguno de los esclavos de mi granja? ¿No te lo he dicho? Tengo una generosa cantidad ocultos en las entrañas de este edificio, seguro encuentras otro que te entretenga.

—¿Hay otros? Creí que Lyheomcragh era el único.

—¡Por supuesto que hay más! Sin embargo, se necesita de mi ayuda para llegar hasta ellos, no obedecen a nadie que no sean mi hermano y yo, así que no puedes matarnos todavía.

—¿Ah si? —La sonrisa que se dibujó en el rostro del basilisco rápidamente inspiró escalofríos en el cuerpo de Keita, Sika por su parte fingió ser inmune a sus gestos.

—Sé lo que estás pensando y juro que te equivocas, no estoy tratando de crear una distracción ni nada por el estilo. Lo digo en serio. Hay una sección especial donde guardo a mis camaleones más fuertes. Los del subterráneo no se comparan a ellos, por eso son resguardados por un sistema más sofisticado.

—¿Cómo cual?

—Ya sabes, reconocimiento dactilar, claves y contraseñas especiales, cosas por el estilo. Entonces, ¿tenemos un trato?

—Aleksey —llamó Taras a su segundo al mando, paralizando a las dos hienas al reconocer el aleteo justo detrás suyo, creyendo que podría significar malas noticias. Sin embargo, el cuervo sólo se quedó de pie a sus espaldas sin realizar movimiento alguno contra los Eto'o.

—A tus órdenes, líder —dijo ejecutando un saludo burlón.

—¿Hicieron la formación tal y como lo ordené?

—Si. Alabi se quedó atrás para enfrentar al lobo. Sólo será cuestión de tiempo para que te traiga a esas dos crías de camaleón.

—¿Oíste eso, hiena? —Taras devolvió su atención a Sika, quien se había reconocido horrorizado con la información, pues sabía perfectamente que el peor contrincante que podrían usar contra Darren era una serpiente—. Parece que al final no necesito tu ayuda. Con un venomiano real me basta.

—¿Real?

—Conozco tus juegos, querías insinuar que hay otros camaleones venomianos en tu pequeño escondite para después decir que fuí yo quien lo supuso, todo con el fin de justificarte. Aunque no estoy seguro de qué podría servirte ese tiempo que pretendías hacerme perder.

—O-Oye, jamás trataría jugar contigo. No tengo esas agallas. Sólo te estoy ofreciendo lo que queda de mis riquezas, ¿entiendes? Para mantenernos convida. Ya que después de todo necesitan a mis esclavos para el negocio ¿o, no?

—Bien, te daré la razón en eso. —Taras sujetó la mano libre de Eto'o, consiguiendo que el miedo se filtrara en las temblorosas pupilas de la hiena, algo que complació enormemente al trastornado reptil por la sinceridad que había estado reacio a demostrar con su voz—. Quiero esos esclavos, quiero todo lo que hay en este lugar... incluida la basura.

Aleksey esta vez si se acercó, empujando a Keita para que los demás integrantes de la hermandad se hicieran cargo de sujetarlo y amordazar sus gritos, mientras él se encargaba de inmovilizar al desconcertado hermano mayor con ayuda de otros más, sólo para que el brazo que Taras había elegido fuera extendido en el suelo y el propio líder se tomara la libertad de desenvainar de su colección un cuchillo de carnicero, cual brillo cegó el raciocinio de la hiena.

—¿¡Qué estás haciendo!? ¡Para! ¡Te lo ruego! ¡No!

—Tú lo dijiste, los candados necesitan reconocimiento dactilar. Dudo que quieras decirme cuál dedo es el correcto, bueno, pues tendré que llevarme todos y probar con cada uno. La clave... supongo que improvisaré, tu mente no debe ser difícil de explorar.

—¡No! ¡Detente! —suplicó Sika al borde de las lágrimas mientras veía impotente cómo Taras alzaba el cuchillo a una altura considerable con una sonrisa adornando sus labios, los bordes del artefacto reflejando el brillo emitido por las alargadas barras eléctricas. Keita desvió la mirada y cerró los párpados con fuerza sabiendo lo que se avecinaba, pues no había manera que luchase contra quienes lo tenían capturado—. ¡Cooperaré! ¡Por favor! —exclamó Sika, agitándose con desespero ante la aberrante falta de movilidad en su cuerpo, sintiéndose ahogar por el miedo—. ¡Basta! ¡No lo hagas! ¡No puedes hacerme esto a mi! ¡No! ¡No!

El basilisco dejó caer el filo contra la carne y el hueso con un golpe sordo, el cual fue opacado por el grito desgarrador que liberó Sika al ver su miembro amputado a sangre fría.

.

Después de asegurarse que el espacio estaba completamente despejado, Leon siguió avanzando, apretando lo mejor que podía la mano suelta de Johari, quien no había dejado de sollozar desde que habían dejado a Darren atrás. La esclava se había esforzado en retener las lágrimas pero fue inútil cuando poseía un apego y cariño irremplazable con el lobo que decidió dejarlos ir a su suerte; ella realmente esperó que los acompañaría. Powalski por su parte prefirió ocupar su mente con el objetivo que tenía delante, pues distraerse le costaría caro y no planeaba perder el progreso ya logrado. La puerta estaba justo ahí, libre de guardias y mecanismos explosivos. Sólo un paso más y estarían más cerca de la salida.

Ni siquiera se molestó en poner a su compañera sobre aviso, simplemente tomó el metal entre sus dedos y jaló. Estaba abierto. Sólo un microsegundo consideró lo sospechoso que era este hecho pero de un impulso se olvidó de todo para ser capaz de sentir el viento gélido de la noche, esa preciosa sensación de libertad que muchas veces probó pero que por primera vez logró sentir con semejante fuerza. No se retuvo de dar un paso y otros más, volverse uno con las sombras del exterior.

Por unos instantes se reconoció eufórico, completo e incomparable, más cualquier sentimiento o sensación recién experimentada fue interrumpida abruptamente por las poderosas luces incandescentes del patio que les calaron directo a las retinas, encendidas por una fuerza oculta que al siguiente instante tomaron formas adultas entre el brillo cegador. Su instinto impulsó a Leon prepararse para el combate pero su carne viva punzó de dolor, obligándolo encogerse sin remedio mientras las criaturas enfrente suyo se burlaban de su estado. Respirando con pesadez sabía que tenía a quien proteger, sin su fuerza ambos estaban indefensos y era algo que el joven asesino no podía permitir, no cuando estaban tan cerca de escapar.

—¿A dónde pensaban ir sin permiso, camaleones?

Entre risas, los integrantes de la Hermandad se dirigieron a las indefensas crías. Leon no sabía cuántos individuos eran, no podía contarlos, sus sentidos yacían entorpecidos por el dolor que le aquejaba. Johari había parado de llorar ante el nuevo y aterrador escenario que les amenazaba, así que miró a su amigo, consternada por los esfuerzos inmensos que realizaba pretendiendo mantener su papel como protector. Podía ver en la falta de color pintando sus escamas y la respiración laboriosa lo mal que en realidad se encontraba, así que en un arrebato se impulsó ponerse delante de Leon después de tomar una cuchilla que sobresalía de los ropajes contrarios, maniobrándola torpemente en el aire en su intento por causar una reacción conveniente en sus agresores.

—¡No se acerquen! —exclamó ella con todas sus fuerzas—. O juro- ¡Juro que los mataré!

Sus espectadores se rieron con descaro de su patética actuación. Sin embargo, Leon no contuvo su sincera admiración por el valor repentino que la joven esclava estaba mostrando, aún cuando no podía dejar de temblar conforme los criminales se aproximaban más y más. Johari cortó el viento con el filo de la cuchilla sin intimidar a nadie, continuando su letanía con desesperación porque no tenía idea qué otra cosa podría hacer para asegurar su supervivencia de aquel tenso momento.

—Basta de juegos, niños —espetó un conejo con aspecto desafiante—. Habrá una gran celebración adentro y ustedes, como nuestros invitados de honor, no se lo pueden perder.

El mamífero planeó inclinarse hacia los camaleones, listo para arrebatarle el arma blanca a la esclava cuando un gemido de dolor tras él lo interrumpió. Mirando a sus espaldas, los cinco delincuentes advirtieron la figura de una serpiente dorada que se desplazó lejos de su compañero muerto a una velocidad impresionante, motivo por el que no tardaron desenfundar sus pistolas para darle muerte. Sin embargo, el intruso no les dio tiempo de siquiera posicionarse, ya que con agilidad salvaje había comenzado a enfrentarlos entre chicotazos de su larga cola mientras a otros los estrangulaba con facilidad gracias a sus delgadas extremidades. Aquellos que dispararon no acertaron gracias a la luz que los colocaba en una posición desfavorecida debido al angulo, siendo presas fáciles del raudo reptil que pronto estaba encima inyectándoles su veneno a través de su cuello.

Los camaleones que habían quedado olvidados en el mismo sitio observaron a sus posibilidades la violenta batalla que se desarrollaba frente a ellos antes de que cayera el último guardia con el cuello torcido ciento cuarenta grados, los huesos sobresaliendo como un tendón de hierro mal ajustado. La serpiente se alzó con la majestuosidad que Leon ya había reconocido, asemejando la imagen a muchas que estuvo obligado presenciar en el pasado pero que esta vez le generaba un sentimiento nuevo, uno que le hizo sentirse atraído cuando él se acercó a ellos a pesar de las advertencias sin sentido que Johari empezó a vociferar, horrorizada con la idea de convertirse en los siguientes, al menos hasta que escuchó a Leon llamarlo por su nombre.

—¿Diya? ¿Qué... qué haces aquí?

—Verás... esa es una excelente pregunta.

—No... no debiste venir... no debiste —declaró pero no dejó de caminar hacia él.

Shigmansh frizdetsh cyem shash [Estaba este niño solitario en problemas]. —La cobra detuvo su andar—. Shymemem cyuez shi hum [No podía dejarlo solo por esta vez].

Con aquellas palabras, Leon se dejó caer hacia al frente y Diya lo atrapó, arrodillándose al instante para dejar a ese invasivo peso acoplarse a su cuerpo, sin poder inadvertir la condición como el camaleón se había presentado, tan sólo para rendirse contra él. Pero la cobra no comentó nada al respecto, dejó que los hechos determinaran la razón de su encuentro mientras disfrutaba de tener al niño débil pero seguro entre sus brazos.

— …Hirdek, Daeyaa […Gracias, Diya] —dijo Leon en un murmullo.

Colmado de alivio el camaleón se permitió retirarse a la debilidad unos instantes más, antes de que debiera volver aparentar fortaleza para decirle a su amiga que no había nada qué temer, que estaban a salvo junto a Diya, que todo mejoraría a partir de ahora, que podían olvidarse del peligro y seguir avanzando hacia la paz prometida. Y cuando estuvieran lejos de alcance, donde todo pareciera incierto como una fantasía, desconocerían que cierta serpiente se había detenido a observar el desorden de cuerpos adornando la entrada, identificando el estado post mortem de sus subordinados enseguida. Admirando con una mueca seria las singulares marcas en hombros y cuellos, sólo para bufar en la soledad mientras daba una mirada el paisaje nocturno para culparlo de tan curiosa situación.

Nunca se hubiese imaginado que Lyheomcrag poseería un aliado tan interesante.

.

El extraño sueño que lo había invadido fue el causante de su abrupto despertar, más no se resistió al hecho después de que el dolor volviera atormentar su sistema. Gimió y se removió toscamente, incapaz de tolerar la hórrida sensación porque jamás había sido bueno aguantando reacciones naturales, no comenzaría ahora. Sin embargo, de todos modos Sika se permitió identificar la figura recargada en el mismo muro a su lado, quien además le dedicó una sonrisa derrotada e irónica. Keita hizo un gesto con su cabeza a manera de saludo, algo que él habría correspondido a sus posibilidades si no hubiese notado a las otras hienas o la habitación donde se reunían.

—Carajo —susurró, el agotamiento haciéndose presente junto a la irritación en la carne de sus dos muñecas -carentes de manos- vendadas—. Me desmayé, ¿no es así?

—Me habría preocupado que no lo hicieras. No usaron anestesia.

—Dudo que alguna vez tuviesen la intención.

—Cierto —bufó Keita con desgano—. ¿Qué crees que sigue? ¿Veremos a nuestra manada sufrir antes de que llegue nuestro turno? ¿O nos usarán de ejemplo para sembrar el terror?

—No me preguntes... mierda. No quiero que comience siquiera. Estuve presente cuando mataron a varios de mis esclavos... son unos jodidos enfermos.

—No quiero oírlo.

—Sólo pensar que yo les abrí las puertas... debí escucharte. Me merezco morir así por mis pésimas decisiones pero tú no, nadie de nuestra gente en realidad, pero me cegó la ambición... sólo espero que Darren haya logrado escapar. No soportaría verlo morir así, él siempre fue un buen hombre.

Keita no respondió, en su interior desarrollándose una sensación alarmante de calma y quietud. Ni siquiera le dolía escuchar a su hermano mayor lamentarse sin parar, de alguna manera sentía que ya no le importaba nada, mucho menos el paradero de Darren. No sentía interés por el traje con el que Taras cruzó la puerta segundos más tarde o la actitud cantarina con la que Aleksey pasó a burlarse de la manada entera antes de acomodarse en una esquina mientras otros integrantes de la Hermandad se distribuían por el terreno. Keita veía sin mirar sus alrededores, miles de recuerdos naufragando en su mente como un reproductor dañado.

—Sika... tal vez no sea muy tarde para decirte esto —dijo con la vista perdida en un punto muerto, como espectador indiferente hacia una obra de teatro—. Todo este tiempo estuve celoso, celoso de tu poder de persuasión, celoso de tus habilidades físicas, de tu carisma... pero era a tí a quien yo admiraba, por lo tanto estaba más celoso de Bassel. —El hermano mayor alzó la vista con interés, removiéndose mínimamente del muro en que recargaba su cabeza—. Odiaba que él me robara tu atención y... lo cierto es que me alegró mucho el día en que murió, así que verte tan destrozado esa vez fue... un alivio.

—¿ …Qué?

—Yo pensaba que con eso nada se interpondría entre nosotros dos, podríamos ser inseparables de nuevo. Y así fue —agregó con orgullo—. Por eso, cuando te dije que todo lo que hacía era por la memoria de Bassel, estaba mintiendo. Porque fui yo quien abrió la boca y lo delató con sus enemigos.

—Keita... —Consternado por la confesión, Sika no supo qué decir.

—Te superé, hermano. —Keita se rió sin gracia, lágrimas mojando sus mejillas—. Soy el peor de nosotros dos. Soy la razón de todo el sufrimiento que tuviste que pasar.

— …Idiota. Esto no ayudará que disfrute verte siendo masacrado —le recriminó el hermano mayor, luchando por superar el nudo que acababa de forjarse dentro de su garganta—. No importa que tan malintencionadas hayan sido tus acciones, sólo eras un niño. Eres y seguirás siendo mi hermanito.

—Por favor, Sika...

—No —declaró— …No —repitió en un susurro.

Keita sollozó en respuesta, tratando retener inútilmente el llanto que amenazaba con apoderarse de su cuerpo y Sika se esforzó en guardar compostura por el bien de su propia sanidad, pues dudaba poseyera mucha resistencia emocional de asimilar por completo la testificación que su hermano acababa de hacerle. Mientras tanto Aleksey se aburría, ya que era acostumbrado que junto a su líder esperasen la presencia de Alabi para iniciar con las torturas y -ciertamente- ya se estaba tardando, ayudando alimentar su impaciencia. Por fortuna no pasó más de unos minutos antes de que las puertas al subterráneo volvieran a emitir señales, adornando con pasos metálicos las sombras que descendían por las escaleras.

—Oh, ¡por fin aquí estás! —celebró el cuervo la llegada de la serpiente cascabel, confundiéndose por su falta de compañía, un hecho que también llamó la atención del basilisco—. Un momento, ¿dónde está el lobo? —quiso saber mirándola de pies a cabeza automáticamente—. Acordamos que lo traerías junto a esos camaleones.

—No fue posible —dijo ella con simpleza.

—¿Qué quieres decir?

—Alguien más intervino en el escape de esos niños, alguien de mi especie, o al menos similar a mi. Mató a todos mis ayudantes antes de que yo llegara. Y el señor O'Donnell... —Alabi cambió la dirección de su oración al notar la dulzura con la que nombró al macbethiano—, decidí que el lobo muriese en un ambiente libre de dolor, sin espectadores ni penas.

—¿Oh, si? No es usual que alguien se gane tu compasión —comentó Aleksey siguiendo con la vista los pasos de su amiga rumbo a una de las víctimas cercanas, frente a la cual se arrodilló, provocando que esta se agitara horrorizada—. ¿O no será que te estás suavizando?

—No digas estupideces. Mi visión de las cosas no ha cambiado y no lo hará, tomarme un descanso de vez en cuando no arruinará el equilibrio que forjamos.

—Debes estar muy segura que no habrá consecuencias por tu fallo —dijo Taras de pronto, causando que la atmósfera se tornara más fría de lo normal entre los tres.

Y aunque sus palabras habían logrado impactar contra la nativa con una fuerza incalculable, prefirió usar los sentimientos inspirados en enterrar unas pinzas especiales en el ojo izquierdo de la hiena a su alcance, la cual no tardó comenzar a gritar y retorcerse bajo sus ataduras frente a las atemorizadas miradas de la jauría entera, causando sonidos poco agradables mientras trabajaba, extrayendo por fin el órgano que necesitaba entre sus rojos fluidos. Luego de su gran hazaña, Alabi cortó el nervio óptico con el filo de una de sus hoz, dejando intacto lo mejor posible los músculos protegiendo el tejido. Se puso de pie mientras la hiena chillaba en el suelo, acercándose hasta su amigo cuervo para ofrecerle su trofeo recién adquirido.

—Abre el pico.

—¿Perdona? —inquirió sin mucha gracia.

—Me gustaría comprobar algo. Alguna vez dijiste que este era el alimento principal de tu dieta en el pasado, así que tengo morbo por verte comerlo.

—Bueno, e-eso fue hace mucho tiempo. Dudo que consumirlo ahora despierte mi apetito.

—Anda, sólo un bocado ¿si? —Aún inconvencido Aleksey miró a la serpiente y luego el ojo crudo en cuestión, memorias poco gratas junto a su hermana mayor llenando su mente, así que echó la cabeza hacia atrás para respirar hondo antes de animarse obedecer indicaciones, recibiendo sobre su lengua dicho órgano de manera poco entusiasta. Y cuando hubiese molido el ojo dentro de su cavidad, Alabi interrogó con expresión excitada—. ¿Qué tal está?

—Hum… su textura es igual como la recordaba. Sabroso de una manera no muy agradable.

—Ya veo... gracias. Fue estimulante.

—No es nada, dulzura. Ahora, si me disculpan... —El cuervo se cubrió el pico con cierta brusquedad, mostrando un semblante enfermizo pero no por ello indiscreto—, iré a vomitar.

—Malditos locos —susurró Keita para sí mismo, siguiendo con la vista el paso del cuervo hasta un rincón, donde comenzó a escupir los restos apresados en su pico para proceder a vomitar de verdad por el desagradable sabor inundándolo. Fue en ese momento que Taras se alejó de su posición inicial mientras se ajustaba los guantes de látex en sus manos, luciendo en sus facciones una sonrisa ansiosa que superaba lo psicótico.

—Entonces, ¿qué les parece si comenzamos? —inquirió con retorica.

.

La frialdad del amanecer ya perpetraba la estación de tren cuando Diya volvía de comprar los boletos de la casilla. En todo el tiempo que estuvieron esperándolo, ambos camaleones se habían encontrado en un banco con las manos entrelazadas, acurrucados entre sí para formar un calor inexistente por las situaciones vividas. Y aunque la cobra dorada les había concedido una manta, no parecía funcionar para volver más cálida la cercanía. Johari seguía temblando al igual que Leon, quien aún se empecinaba en mostrar un semblante serio, el cual parecía quebrarse de momentos por las ideas que invadían su cabeza mientras admiraba las vías de tren. Diya se detuvo delante de ellos causando que la esclava se encogiera asustada mientras Leon le devolvía la vista antes de volver a desviarla, luchando contra algo invisible que la víbora era capaz de ver aunque no lo mencionara.

—Veo que necesitan otra manta —comentó en su lugar.

—Estaremos bien —aseguró Leon, tratando de ignorar cómo Johari luchaba por ocultarse, motivo por el cual la serpiente decidió ponerse a prueba arrodillándose para dirigirse a ella.

—Me parece que no nos presentamos apropiadamente antes —dijo dedicándole una sonrisa—. ¿Qué tal? Me llamo Diya Yarur. Como ya lo habrás notado soy amigo de Leon, pero no uno cualquiera ¿eh? Sino uno del mismo planeta y con una cultura muy similar.

—¿Planeta? —repitió Johari apenas mirando a través de la barrera de tela.

—Así es, ¿no te lo dijo? Los dos somos originarios de Venom, pero claro, yo llegué primero que él. ¿Sabías que lo venomianos somos alienígenas con un agudo sentido de pertenencia? Es difícil abandonar nuestras raíces por lo que no es fácil adaptarnos a otros mundos. Leon tuvo la ventaja de llegar aquí a una edad temprana, yo arribé cuando me encontraba en mi etapa rebelde. Tardé mucho tiempo en aceptar las costumbres de mi alrededor.

—Detente, Diya —exigió Leon—. Esa historia no es buena para ella ahora.

—Tranquilo, omitiré las partes malas —declaró el aludido con diversión. Escuchar aquello generó un agravado rechazo por la historia que pudo haberle interesado a Johari.

—Si no le molesta, no quiero escuchar.

—Está bien, entonces.

Diya volvió a ponerse de pie sin romper su gesto carismático, mirando detrás suyo cuando escuchó al tren estacionar frente a la plataforma; un vehículo alargado y pintado de un color oscuro brillante que al instante llenó los ojos de los menores. Leon había visto el tren en fotografías pero nunca había entrado en la estación, por eso le fue imposible apartar la mirada durante unos largos instantes, así que el adulto les indicó lo siguieran al interior, algo que acataron sin separarse aún el uno de otro al caminar. Abordo el aire acondicionado les entregó la calidez que necesitaban para considerarse seguros, y la vista de los asientos acolchonados los hizo sentir cómodos incluso antes de probarlos, por eso fue en cierto modo satisfactorio cuando llegaron al vagón asignado. Ya que habían dos asientos frente a frente, los camaleones aceptaron la sugerencia de Diya sobre sentarse delante suyo, tranquilos de que la víbora les sonriera justo en el momento que cualquiera cruzaba miradas con él, ganándose lentamente la confianza de Johari.

—¿Tardará mucho? —quiso saber Leon, hosco—. Llegar a la capital, me refiero.

—Oh, es verdad, eso nunca lo aclaramos. Con suerte estaremos allá dentro de dos días.

—¿¡Dos días!? —Leon se exaltó—. ¿Y qué se supone que haremos mientras tanto?

—Relajarnos —obvió Diya, estirando los brazos para colocar las manos tras su nuca sin dejar de sonreír sin novedad alguna—. Este tren cuenta con todo lo necesario para sus pasajeros, así que nada puede sofocar nuestro viaje.

—Diya, yo... no puedo... no puedo esperar tanto.

—Pues es lo que harás. Créeme que lo necesitas más que nunca... y tú amiga también. —Leon miró de reojo a Johari, quien no había dejado de cubrirse con la manta desde que se la concedió en su totalidad—. No es como si tuviesen algo importante que hacer ¿o, si?

—Lo tengo.

—¿Y qué es?

—Yo... tengo mucho... yo debo... —balbuceó, sin conocer realmente la respuesta.

—Lo que debes hacer primero es calmarte, Leon. Estoy seguro que este tiempo te servirá para ese objetivo. El taller de mi amigo no irá a ninguna parte, ¿cuál es la prisa?

—Pero... pero, Diya...

—Leon. —El joven asesino se petrificó cuando notó la severidad en el tono de la serpiente, así que instintivamente tumbó su peso en el respaldo para perder la vista en la nada. Intrigada, Johari observó a su amigo pero fue fácilmente distraída por la voz del militar

—Johari, ¿cierto? —La aludida se sobresaltó, Diya trató apaciguarla un poco más con una sonrisa agradable y pronunciada—. ¿Es tu primera vez en tren?

—S-Si... Jamás imaginé que me subiría a uno, ni siquiera en mis sueños, yo... —comentó entusiasmada, más las lágrimas no tardaron en hacer acto de presencia sobre su rostro, cortando sus palabras de forma abrupta.

Diya borró su sonrisa y cerró los ojos confidente cuando la chica inútilmente luchó contra sus sentimientos antes de comenzar a llorar desconsolada mientras se cubría el rostro con ambas manos. Vio a Leon tragar saliva con dolor, perdiendo la mirada al otro lado del cristal, pues él mismo experimentaba un nudo en la garganta difícil de desatar y no creía soportar mirar directamente hacia su amiga más tiempo sin romperse. Así permaneció el ambiente dentro del vagón en el momento que el tren por fin avanzó, los mecanismos crujiendo durante los primeros impulsos de marcha rumbo a campo abierto, el cual les devolvió los paisajes secos tanto como repetitivos del basto desierto una vez habiendo emergido del pequeño pueblo.

Titania una vez más se mostraba calmada, ocultando entre sus calurosos rayos la realidad que enfrentaba cada habitante, dura y silenciosa, pues era con la incertidumbre que funcionaba el universo.