8
HOGAR
Estoy sola, lejos del horror, ingrávida y limpia en un camino que huele a musgo y tierra. Toco el suelo con los pies, pero no lo siento debajo de mí. A ambos lados se extiende la hierba de los páramos azotados por el viento. Los relámpagos iluminan el cielo en la distancia. Mis manos están desprovistas de emblemas y acarician el murete empedrado que serpentea a uno y otro lado. ¿Cuándo he empezado a caminar? A lo lejos, se eleva el humo de una hoguera. Sigo el camino, pero siento que no tengo elección. Una voz me grita desde detrás de una colina.
Oh tumba, oh cuarto nupcial, casa
hueca que contemplará para siempre el
lugar adonde voy.
Hacia mi propia gente, que está casi
toda allí;
Perséfone se los ha llevado con ella.
Soy el último de todos, mi condena ha
superado a la de los demás,
descenderé antes de que mi existencia
se complete.
Cuando llegue allí espero encontrar
calma.
Acudo como un buen amigo para mi
amado padre,
para ti, para mi madre y también para
mi hermano.
Los tres habéis conocido mi mano en la
muerte,
lavo vuestros cuerpos…
Es la voz de mi tío. ¿Esto es el valle? ¿Es este el camino que recorro antes de morir? No puede ser. En el valle no hay dolor, pero mi cuerpo sufre. Me escuecen las piernas. Aun así, oigo esa voz por delante de mí, atrayéndome hacia ella a través de la niebla. El hombre que me enseñó a bailar después de que mi padre muriera, que me custodió y me envió con Ares.
Que murió en un pozo minero y mora ahora en el valle.
Pensé que sería Costia quien me recibiría. O mi padre. No Gustus.
—Sigue leyendo —susurra otra voz—. La doctora Virany dijo que puede oírnos. Solo tiene que encontrar el camino de vuelta.
A pesar de que estoy caminando, noto una cama bajo mi cuerpo. El aire que penetra en mis pulmones es frío y vigorizante. Las sábanas, suaves y limpias. Los músculos de las piernas se me crispan. Es como si un montón de abejas pequeñas me las aguijonearan. Y con cada picotazo, el mundo onírico se desvanece y regreso poco a poco a mi cuerpo.
—Bueno, si vamos a leerle a esta pichona, bien podría ser algo de rojos, y no esta mierda violeta y cursi.
—Marcus dijo que era uno de sus libros favoritos.
Abro los ojos. Estoy en una cama. Sábanas blancas. Vías intravenosas clavadas en los brazos. Bajo las sábanas, toco los nódulos del tamaño de una hormiga que me han adherido a las piernas para enviar una corriente eléctrica por mis músculos y combatir así la atrofia. La habitación es una cueva. Está atestada de equipamiento científico, máquinas y terrarios. Resulta que sí era el tío Gustus quien hablaba en el sueño. Pero no está en el valle. Está vivo. Está sentado junto a mi cama, mirando con los ojos entornados uno de los viejos libros de Becca. Está lleno de canas y demasiado enjuto incluso para ser un rojo. Sus manos callosas tratan de ser delicadas con las frágiles páginas de papel. Está calvo y tiene los antebrazos y la nuca muy quemados por el sol. Su aspecto sigue siendo el de un hombre improvisado a partir de retales de cuero resquebrajado. Ahora tendrá cuarenta y un años. Parece más viejo. Más salvaje. Tiene un aire amenazadoramente peligroso; sus únicos dientes, los del cañón de riel que lleva en la pistolera del muslo. Lleva una falce cosida a la chaqueta militar negra, encima de un logo de la Sociedad al que le han dado la vuelta. El rojo en la parte superior. El dorado en los cimientos.
Este hombre ha estado en la guerra.
Mi madre está sentada a su lado. Una mujer encorvada y frágil desde que sufrió la apoplejía.
¿Cuántas veces me he imaginado al Chacal cerniéndose sobre ella con unos alicates en la mano? Y sin embargo ha estado a salvo durante todo este tiempo. Sus dedos retorcidos pasan la aguja y el hilo por unos calcetines andrajosos, zurciendo agujeros. No se mueven como solían hacerlo. La edad y la enfermedad la han hecho más lenta. Su cuerpo roto no representa lo que es en realidad por dentro. Interiormente, es tan alta como cualquier dorado, corpulenta como un obsidiano.
Al verla ahí sentada respirando tranquilamente, concentrada en su tarea, deseo protegerla más que nada en el mundo. Quiero curarla. Darle todo lo que nunca ha tenido. La quiero tanto que no sé qué decir. No puedo hacer nada que consiga demostrarle cuánto la quiero.
—Madre… —susurro.
Ambos levantan la vista. Gustus se queda paralizado en su silla. Mi madre posa una mano sobre la de él y se levanta despacio para acercarse a la cabecera de la cama. Sus pasos son lentos, cautelosos.
—Hola, niña.
Se queda de pie a mi lado, abrumándome con el amor que transmite su mirada. Una de mis manos es más grande que su cabeza, pero le toco la cara con cuidado como si quisiera probarme a mí misma que es real. Acaricio las patas de gallo que van desde las comisuras de sus ojos al pelo cano de sus sienes. De pequeña, no le tenía tanto cariño como a mi padre. A veces me pegaba. Esta mujer lloraba a solas y fingía que no pasaba nada. Y ahora lo único que deseo es escucharla tararear mientras cocina. Lo único que quiero son aquellas noches en que teníamos paz y yo era una cría. Quiero que el tiempo retroceda.
—Lo siento… —me sorprendo diciendo—. Lo siento mucho…
Me besa en la frente y apoya su cabeza en la mía. Huele a óxido, sudor y aceite. A casa. Me dice que soy su hija. Que no hay nada por lo que disculparse. Que estoy a salvo. Que me quieren. Toda la familia está aquí. Nyko, Luna y sus hijos. Esperando para verme. Sollozo incontrolablemente, compartiendo todo el dolor que mi soledad me ha forzado a acumular. Las lágrimas son un lenguaje más profundo que el que mi lengua puede permitirse en estos momentos. Estoy exhausta cuando vuelve a besarme en la cabeza y se aparta. Gustus se sitúa a su lado y me pone una mano sobre el brazo.
—Gustus…
—Hola, cabroncete —saluda con aspereza—. Sigues siendo una digna hija de tu padre, ¿eh?
—Creía que estabas muerto —digo.
—No. La muerte me dio unos cuantos mordiscos. Y luego escupió a toda prisa mi maldito culo. Dijo que aún tenía que cometer unas cuantas masacres más y también que una pariente mía un tanto salvaje necesitaba que la salvaran.
Sin dejar de mirarme, esboza una gran sonrisa. A la vieja cicatriz de sus labios se han sumado dos nuevas.
—Hemos estado esperando a que despertaras —dice mi madre—. Hace dos días que te trajeron de vuelta en la lanzadera.
Aún noto el sabor del humo de la carne quemada en el fondo de la garganta.
—¿Dónde estamos? —pregunto.
—En Tinos. La ciudad de Ares.
—Tinos… —susurro. Me incorporo a toda prisa—. Raven… Ragnar…
—Están vivos —gruñe Gustus, que me empuja para que vuelva a tumbarme—. No te arranques los tubos ni la carne resonante. La doctora Virany tardó horas en suturarte después de ese maldito desastre de huida. Se suponía que los Montahuesos estarían en el radio del pulso electromagnético. No fue así. Nos hicieron pedazos en los túneles. Ragnar es el único motivo por el que sigues viva.
—¿Estabas allí?
—¿Quién crees que dirigió el equipo de perforación que abrió el suelo de Ática? Ha sido sangre de Lico, Lambda y ómicron.
—¿Y qué hay de Octavia?
—Tranquila, chica. —Me pone una mano en el pecho para impedir que intente levantarme de nuevo—. Está con el médico. Igual que la gris. Están vivas. Las están remendando.
—Tenéis que examinarme, Gustus. Diles a los médicos que me examinen en busca de rastreadores de radiación. De implantes. Puede que me hayan dejado escapar a propósito para encontrar Tinos… Necesito ver a Raven.
—¡Eh, te he dicho que tranquila! —me espeta Gustus con brusquedad—. Ya te hemos registrado. Tenías dos implantes. Pero el pulso electromagnético se los ha cargado. No han podido rastrearte. Y Ares no está aquí. Sigue ahí fuera con los Aulladores. Volvió solo para entregar a los heridos y papear. Había casi una docena de capas de lobo.
Así que Raven ha reclutado nuevos miembros. Cardo nos ha traicionado, pero Vixus mencionó a Guijarro y Payaso. Me pregunto si Muecas también estará con ellos.
—Ares siempre está en movimiento —explica mi madre.
—Mucho por hacer. Y un solo Ares —replica Gustus a la defensiva—. Siguen buscando supervivientes. Volverá pronto. Al amanecer, con un poco de suerte.
Mi madre le lanza una mirada severa y mi tío se queda callado. Me recuesto sobre la cama, abrumada por el mero hecho de hablar con ellos. De verlos. Apenas soy capaz de formar frases. Tengo tantas cosas que decirles. Tantas emociones desconocidas que me recorren por dentro. Y lo único que consigo hacer es permanecer aquí tumbada mientras respiro aceleradamente. El amor de mi madre llena la habitación, pero aún siento la oscuridad que se agita fuera de aquí en estos momentos. Que oprime a esta familia que creía que había perdido y que ahora temo no ser capaz de proteger. Mis enemigos son demasiado fuertes. Demasiado numerosos. Y yo demasiado débil. Niego con la cabeza y acaricio los nudillos de mi madre con el pulgar.
—Pensaba que no volvería a verte jamás.
—Y sin embargo aquí estás.
De algún modo, consigue que sus palabras suenen frías. Es muy típico de mi madre ser la que tiene los ojos secos cuando los demás a duras penas son capaces de hablar. Siempre me he preguntado cómo conseguí sobrevivir al Instituto. Está jodidamente claro que no fue por mi padre. Él era un hombre tierno. Mi madre es mi columna. El hierro. Y me aferro a su mano como si ese simple gesto pudiera explicar todo esto.
Alguien llama a la puerta con suavidad.
Marcus asoma la cabeza al interior. Tan endemoniadamente guapo como siempre, es uno de los pocos rojos con vida que hacen que la ancianidad parezca atractiva. Oigo los ligeros roces del pie que arrastra tras él por el pasillo. Tanto mi madre como mi tío lo saludan con deferencia. Gustus se hace respetuosamente a un lado cuando Marcus se acerca a mi cama, pero mi madre permanece en su sitio.
—Parece que esta sondeainfiernos no está del todo acabada. —Marcus me agarra la mano con fuerza—. Pero nos has dado un susto de mil demonios.
—Maldita sea, me alegro de verte, Marcus.
—Y yo de verte a ti, chica. Y yo.
—Gracias. Por cuidar de ellos. —Señalo a mi madre y a mi tío con la cabeza—. Por ayudar a Raven…
—Para eso está la familia —replica él—. ¿Cómo te encuentras?
—Me duele el pecho. Y el resto del cuerpo.
Se ríe con calma.
—No me extraña. Virany dice que ese chute que te metieron los Nakamura casi te mata. Has sufrido un infarto.
—Marcus, ¿cómo lo descubrió el Chacal? No he dejado de preguntármelo. Lo he repasado todo. Las pistas que le dejé. ¿Me delaté yo misma?
—No fuiste tú —contesta Marcus—. Fue Ontari.
—Ontari… —repito en un susurro—. Ella no… Odia a los dorados.
Pero aun cuando lo estoy diciendo, me doy cuenta de lo irreflexivo que es su odio. De las ansias de venganza que debió de sentir cuando no detoné la bomba que me dio para matar a la soberana y a los demás en la Luna.
—Cree que hemos traicionado la revolución —me explica Marcus—. Que estamos transigiendo demasiado. Ella le dijo al Chacal quién eras.
—Así que él ya lo sabía cuando estuve en su despacho. Cuando le di el regalo…
Marcus asiente con aire cansado.
—Tu presencia confirmó las acusaciones de Ontari. Así que el Chacal nos permitió rescatarla a ella y a los demás. La llevamos de vuelta a la base y, una hora antes de que aparecieran los escuadrones de la muerte del Chacal, se esfumó.
—Titus está muerto por su culpa. Él le dio un propósito en la vida… Comprendo que Ontari pudiera traicionarme a mí, pero ¿a él? ¿A Ares?
—Descubrió que era dorado y lo entregó. Debió de facilitarle las coordenadas de la base al Chacal.
Ares era el héroe de Ontari. Su dios. Después de que sus hijos murieran en las minas, él le dio una razón para seguir viviendo, una razón para luchar. Y más tarde descubrió que él era el enemigo e hizo que lo mataran. Me destroza pensar que ese es el motivo por el que Titus ha muerto.
Marcus me escudriña en silencio. Está claro que no soy lo que se esperaba. Mi madre y Gustus lo observan casi con tanta atención como a mí y llegan a la misma conclusión.
—Sé que no soy la que era —digo despacio.
—No, chica. Has pasado por un infierno. No es eso.
—Entonces ¿qué es?
Intercambia una mirada con mi madre.
—¿Estás segura?
—Tiene que saberlo. Cuéntaselo —contesta ella, y Gustus también asiente.
Aun así, Marcus titubea. Busca una silla con la mirada. Mi tío se apresura a ofrecerle una y colocarla junto a la cama. Marcus le da las gracias con un gesto de la cabeza y luego se inclina hacia mí juntando los dedos de ambas manos.
—Lexa, la gente te ha ocultado cosas durante demasiado tiempo. Así que a partir de ahora quiero ser totalmente sincero contigo. Hasta hace cinco días, creíamos que estabas muerta.
—No me ha faltado mucho para estarlo.
—No. No, lo que quiero decir es que hace nueve meses que dejamos de buscarte.
La mano de mi madre se tensa sobre la mía.
—Tres meses después de tu captura, los dorados te ejecutaron por traición en la holopantalla. Arrastraron a una chica idéntica a ti hasta los escalones de la Ciudadela en Agea y enumeraron tus delitos. Fingieron que seguías siendo dorada. Intentamos liberarte. Pero era una trampa. Perdimos miles de hombres. —Su mirada salta de mis labios a mi pelo—. Tenía tus mismos ojos, tus cicatrices, tu maldita cara. Y tuvimos que quedarnos mirando mientras el Chacal te cortaba la cabeza y destruía tu obelisco en el Campo de Marte.
Los miro con fijeza, sin comprender del todo lo que intentan decirme.
—Lloramos por ti, niña —dice mi madre con un tono de voz débil—. Todo el clan, toda la ciudad. Yo misma encabecé la Endecha Fúnebre y enterramos tus botas en los túneles más profundos de Tinos.
Gustus se cruza de brazos para tratar de protegerse del recuerdo.
—Era igual que tú. Los mismos andares. La misma cara. Creí que te había visto morir una vez más.
—Probablemente fuera una careta de músculo o alguien tallado, puede que incluso efectos digitales —explica Marcus—. Ahora ya no importa. El Chacal te mató como a una áurea. No como a una roja. Habría sido una estupidez por su parte revelar tu identidad. Nos habría facilitado una herramienta. Así que más bien moriste como otra dorada que creía que podía ser la reina. A modo de advertencia.
El Chacal prometió que haría daño a todos los que quiero. Y ahora veo lo profundamente que ha logrado herirlos. La fachada de mi madre se ha derrumbado. Toda la pena que ha contenido en su interior se acumula detrás de sus ojos cuando me mira. La culpa le tensiona el rostro.
—Te di por perdida —dice con la voz entrecortada—. Te abandoné.
—No es culpa tuya —la tranquilizo—. Era imposible que lo supieras.
—Raven lo sabía —responde.
—Jamás dejó de buscarte —aclara Marcus—. Creí que estaba loca. Decía que no estabas muerta. Que podía sentirlo. Que lo sabría si fuera así. Incluso le pedí que le cediera el timón a otra persona. Ella estaba demasiado descentrada buscándote.
—Pero esa cabrona te ha encontrado —interviene Gustus.
—Sí —confirma Marcus—. Lo ha conseguido. Yo me había equivocado. Debería haber creído en ti. Y en ella.
—¿Cómo me encontrasteis?
—Teodora diseñó una operación.
—¿Está aquí?
—Trabaja para nosotros en inteligencia. Esa mujer tiene muchos contactos. Uno de sus informadores oyó en un club de Perlas que los Caballeros Olímpicos iban a trasladar un paquete de Ática a la Luna para entregárselo a la soberana. Raven pensó que tú serías ese paquete y dedicó una inmensa parte de nuestros recursos de reserva a este ataque, quemó dos de nuestros activos encubiertos…
Mientras habla, observo a mi madre, que tiene la mirada clavada en una bombilla que crepita en el techo. ¿Qué representa todo esto para ella? ¿Qué siente una madre al ver a su hija destrozada por otros hombres? ¿Ver el dolor escrito en las cicatrices de su piel, explicado en silencios, en miradas perdidas? ¿Cuántas madres han rezado por ver a sus hijos e hijas regresar de la guerra para después darse cuenta de que la guerra los retiene para siempre, de que el mundo los ha envenenado y nunca volverán a ser los mismos?
Durante nueve meses, mi madre ha estado de duelo por mí. Ahora se asfixia en la culpa por haber renunciado a su propia hija y en la desesperación al oír que la guerra la engullirá de nuevo, consciente de que no puede hacer nada por evitarlo. A lo largo de los últimos años, he pisoteado a muchas personas para conseguir lo que creo que quiero. Si esta es mi última oportunidad de vivir, quiero hacerlo bien. Lo necesito.
—… pero ahora el verdadero problema no es el material, lo que necesitamos son hombres…
—Marcus…, para —le pido.
—¿Que pare? —Frunce el entrecejo, confundido, y mira a Gustus—. ¿Qué pasa?
—No pasa nada. Pero hablaremos de esto mañana por la mañana.
—¿Mañana? Lexa, el mundo se tambalea bajo tus pies. Hemos perdido el control del resto de las facciones rojas. Los Hijos no sobrevivirán a lo que queda de año. Tengo que transmitirte la información. Necesitamos que vuelvas…
—Marcus, estoy viva —digo mientras pienso en todas las preguntas que quiero formular: acerca de la guerra, de mis amigos, de cómo me capturaron, de Mustang. Pero eso puede esperar—. ¿Sabes acaso la suerte que tengo de ser capaz de volver a veros a todos en este mundo? Hace seis años que no veo a mi hermano y a mi hermana. Así que mañana escucharé todo lo que tengas que contarme. Mañana me entregaré de nuevo a la guerra. Pero esta noche me debo a mi familia.
Oigo a los niños antes de que lleguemos a la puerta y me siento como una invitada en el sueño de otra persona. No apta para el mundo de los pequeños. Pero no puedo opinar mucho sobre el asunto mientras mi madre empuja mi silla de ruedas hacia el interior de una habitación atestada, llena de literas de metal, críos, olor a champú y ruido. Cinco de los niños de mi familia, recién salidos de la ducha a juzgar por el aspecto de sus cabelleras y las chanclas que hay en el suelo, están apelotonados en una de las literas: dos criaturas de nueve años, más altas, aliadas contra otras dos de seis años y una minúscula angelita que no deja de darle cabezazos en la pierna al chico más mayor. Él aún no se ha dado ni cuenta. Recuerdo a la sexta niña que hay en la habitación de cuando visité a mi madre en Lico. Es la pequeña que no podía dormir. Una de las de Nyko. Desde otra litera, observa al resto de los críos por encima de su libro de fábulas y es la primera en reparar en mi presencia.
—Pa —llama con los ojos abiertos de par en par—. Pa…
Nyko abandona con brusquedad su partida de dados con Luna cuando me ve. Luna lo sigue, más lentamente.
—Lexa —dice corriendo hacia mí y deteniéndose justo delante de mi silla de ruedas.
Él también lleva barba ahora. Ronda los veinticinco años. No tiene los hombros caídos como solía. Sus ojos irradian una bondad que antes me hacía pensar que era un poco tonto, ahora me parece salvajemente valiente. Tras recuperar la compostura, les hace gestos a sus hijos para que se acerquen.
—Reagan, Iro, niños. Venid a conocer a mi hermana pequeña. Venid a conocer a vuestra tía.
Los niños se arremolinan en torno a él, un tanto vergonzosos. Un bebé se ríe al fondo de la habitación y una madre joven se levanta de la litera donde le estaba dando de mamar.
—¿Costia? —susurro.
La mujer es una visión del pasado. Bajita, con la cara en forma de corazón. Su pelo es una maraña espesa, alborotada. De esas melenas que se encrespan durante los días húmedos, como la de Costia. Pero no es Costia. Sus ojos son más pequeños; su nariz, de duende. En ella hay más delicadeza que fuego. Y esta mujer no es una niña, como lo era mi esposa. Ahora debe de tener unos veinte años, según mis cálculos.
Todos me miran con extrañeza.
Se preguntan si estoy loca.
Excepto Dio, la hermana de Costia, cuyo rostro se abre en una sonrisa.
—Lo siento, Dio —me disculpo a toda prisa—. Eres… exactamente igual que ella.
No permite que la situación se vuelva más incómoda y acalla mis disculpas. Me dice que es lo más bonito que podría haberle dicho.
—¿Y esa quién es, entonces? —pregunto refiriéndome al bebé que tiene en brazos.
El pelo de la criatura es absurdo. De color rojo óxido y recogido con una cinta en lo alto de la cabeza, de manera que sobresale como una pequeña antena. Me mira entusiasmada con sus ojos granates.
—¿Esta cosita? —pregunta Dio acercándose a mi silla—. Es alguien a quien he querido presentarte desde que Deanna nos dijo que estabas viva. —Le lanza una mirada amorosa a mi hermano. Siento una punzada de celos—. Es nuestra primogénita. ¿Te gustaría cogerla?
—¿Cogerla? —repito—. No… Yo…
La niña tiende sus manitas regordetas hacia mí y Dio me la pone en el regazo antes de que pueda apartarme. La cría se agarra a mi jersey y gruñe mientras se da la vuelta y se contonea para quedar sentada a su gusto sobre mis piernas. Da palmas y se echa a reír. Completamente ajena a lo que soy. A por qué tengo las manos tan llenas de cicatrices. Encantada con lo grandes que son y con los emblemas dorados, me agarra un pulgar e intenta mordérmelo con las encías. Su mundo no guarda ninguna relación con los horrores que yo conozco. Lo único que ve esta niña es amor. Siento la suavidad de su piel pálida sobre la mía. Ella está hecha de nubes y yo de piedra. Tiene los ojos grandes y brillantes como su madre. Su porte y los labios finos son de Nyko. Si esta fuera otra vida, podría haber sido hija mía y de Costia. Mi esposa se habría reído solo de pensar que serían mi hermano y su hermana quienes acabarían juntos al final, y no nosotras. Nosotras fuimos una pequeña tormenta que no podía durar. Pero tal vez Dio y Nyko lo consigan.
Mucho después de que las luces se hayan atenuado en todo el complejo para rebajar las cargas de los generadores, me siento con mi tío y mi hermano a la mesa que hay en el fondo de la habitación y escucho a Nyko contarme sus nuevas obligaciones como aprendiz de los naranjas en el mantenimiento de alas ligeras y lanzaderas. Hace mucho rato que Dio ha ido a acostarse, pero me ha dejado a la niña, que ahora duerme en mis brazos moviéndose de vez en cuando mientras sus sueños la llevan allá donde les apetece.
—Le verdad es que aquí las cosas no son tan malas —está diciendo Nyko—. Mejor que en esas chimeneas de ahí abajo. Tenemos comida. Duchas de agua. ¡Se acabaron los ventiladores! Dicen que tenemos un lago encima. Las malditas duchas son algo deslumbrante. A los niños les encantan. —Mira a sus hijos en la penumbra. Dos por cama, tranquilamente dormidos—. Lo más difícil es no
saber qué les espera a ellos. ¿Serán mineros? ¿Trabajarán en la hilandería? Siempre pensé que así sería. Que les dejaba un legado, una misión, un oficio. ¿Me comprendes? —Asiento—. Supongo que quería que mis hijos fueran sondeainfiernos. Como tú. Como papá. Pero…
Se encoge de hombros.
—Eso carece de sentido ahora que tienes ojos —interviene el tío Gustus—. Es una vida vacía cuando sabes que te están pisoteando.
—Sí —contesta Nyko—. Morir a los treinta para que esos tipos puedan vivir hasta los cien. Maldita sea, eso no está bien. Solo quiero que mis hijos tengan algo más que esto, hermana. —Me mira con intensidad y recuerdo que mi madre me preguntó qué vendría después de la revolución. ¿Qué mundo estamos construyendo? Eso fue lo que quiso saber Mustang. Algo que Costia nunca se planteó—. Tienen que tener algo más que esto. Y yo quiero a Ares tanto como los demás. Le debo la vida. Las vidas de mis hijos. Pero…
Niega con la cabeza, quiere decir algo más, pero nota el peso de la mirada de Gustus sobre él.
—Sigue —lo animo.
—No sé si ella sabe lo que viene a continuación. Por eso me alegro de que hayas vuelto, hermanita. Sé que tú tienes un plan. Sé que tú puedes salvarnos.
Lo dice con muchísima fe, con total confianza.
—Claro que tengo un plan —digo, porque sé que es lo que Nyko necesita oír.
Pero mientras mi hermano se llena de nuevo la taza alegremente, mi tío me mira a los ojos y sé que detecta la mentira y que ambos sentimos la oscuridad que se cierne sobre nosotros.
