15

LA CAZA

Floto en la parte trasera del camión de la basura con los Aulladores. Está oscuro. La visión nocturna de mis ópticos muestra la basura que orbita a nuestro alrededor en un color verdoso. Pieles de plátano. Envoltorios de juguetes. Restos de café molido. Oigo una arcada de Octavia por el intercomunicador cuando un trozo de papel higiénico se le pega a la cara. Su máscara es un demoniyelmo. Al igual que el mío, es negro como una pupila y sutilmente moldeado como un rostro demoníaco que grita. Titus se las ingenió para robarlos de las armerías de la Luna hace más de un año y entregárselos a los Hijos. Con ellos podemos ver la mayoría de los espectros, amplificar el sonido, rastrear las coordenadas de nuestros compañeros, acceder a mapas y comunicarnos en silencio. Todos los amigos que me rodean van de negro. No llevamos armaduras mecanizadas, solo unas finas pieles de escarabajo sobre nuestros cuerpos que detendrán los cuchillos y algún proyectil esporádico. No tenemos gravibotas ni armaduras de pulsos. Nada que nos haga más lentos, haga ruido o dispare los sensores. Llevamos tanques de oxígeno con aire suficiente para cuarenta minutos. Termino de ajustarle el arnés a Ragnar y consulto mi terminal de datos. Los dos rojos que tripulan el camión de la basura hacen una cuenta atrás. Cuando llega a uno, Raven dice:

—Sujetaos las pelotas y poneos las capas.

Activo mi espectrocapa y el mundo se comba, distorsionado por ella. Es como mirar a través de agua sucia y refractada, y siento la batería calentándose contra la parte baja de mi espalda. La capa va bien para las incursiones cortas. Pero quema las baterías pequeñas como las que llevamos y necesita tiempo para enfriarse y recargarse. Busco a tientas las manos de Raven y Octavia y consigo agarrarlas a tiempo. El resto también forma grupos. No recuerdo haberme sentido tan asustada antes de la Lluvia de Hierro. ¿Era más valiente entonces? Tal vez solo más ingenua.

—Agarraos fuerte. Estamos listos para unos cuantos tajos —dice Raven—. Salimos disparados en tres… dos… —Me aferro a su mano con más fuerza—. Uno.

La puerta del camión de la basura se abre con sigilo y nos baña en la luz ambarina de la pantalla de un holodispositivo situado en un rascacielos cercano. Una ráfaga de aire nos alcanza y mi mundo comienza a dar vueltas cuando el camión eyecta la carga de basura que lleva en la parte de atrás. Somos como las ahechaduras de las semillas lanzadas sobre la ciudad. Giramos acompañados de los desperdicios por un mundo caleidoscópico de torres y vallas publicitarias. Cientos de barcos que circulan a toda prisa por las avenidas. Todo un borrón destellante, líquido. Seguimos girando cabeza abajo para ocultar nuestras huellas. A través del intercomunicador, oigo las quejas de un controlador de tráfico azul, molesto por la basura vertida. Enseguida aparece un cobre de la empresa en la línea, amenazando con despedir a los conductores incompetentes. Pero lo que me hace sonreír es lo que no oigo. Los canales de la policía continúan con su cantinela habitual, informando de un secuestro aéreo del sindicato en la Colmena, de un asesinato macabro en el viejo museo cerca del parque Plaza, del robo de un centro de datos en la Agrupación Banquera. No nos han visto entre los desechos. Poco a poco reducimos el ritmo de nuestros giros utilizando los pequeños propulsores de nuestros cascos. Las corrientes de aire nos estabilizan. Silencio en el vacío. Estamos sobre el objetivo. Junto con el resto de la basura, estamos a punto de chocar contra el lateral de una torre de acero. Tiene que ser un aterrizaje limpio. Octavia no para de soltar imprecaciones a medida que nos acercamos cada vez más. Me tiemblan los dedos. No rebotes. No rebotes.

—Soltaos —ordena Raven.

Aparto mis manos de la suya y la de Octavia y los tres chocamos con estruendo contra el acero. Los desperdicios que nos rodean rebotan contra el metal y salen disparados dando volteretas hacia atrás. Raven y Octavia se quedan adheridas gracias a los imanes que llevan en los guantes, pero uno de los desechos que impactan antes que yo contra el metal choca contra mi muslo al retroceder y me desvía de mi trayectoria. Hace que me tuerza y mueva las manos como un molinete al tratar de agarrarme, así que empiezo a girar de nuevo. Mis pies son lo primero que toca el acero y salgo despedida de nuevo hacia el espacio.

—¡Raven! —grito.

—Octavia. Cógela.

Una mano me agarra del pie y hace que me detenga. Bajo la mirada y veo una forma retorcida e invisible que me sujeta la pierna. Octavia. Con cuidado, atrae de nuevo mi cuerpo ingrávido hacia la pared para que pueda fijar mis imanes al acero. Unos puntos brillantes invaden mi campo de visión. La ciudad nos rodea por todas partes. Es horripilante en su silencio, en sus colores, en su inhumano paisaje de metal. Da la sensación de ser más un viejo artefacto alienígena que un lugar para humanos.

—Baja el ritmo —restalla la voz de Octavia en mi casco—. Lexa. Estás hiperventilando. Respira conmigo. Inspira. Espira. Inspira…

Obligo a mis pulmones a respirar al ritmo que ella me marca. Los puntos brillantes desaparecen enseguida. Abro los ojos, tengo la cara a pocos centímetros del acero.

—¿Te has cagado en el traje o algo así? —pregunta Raven.

—Estoy bien —contesto—. Solo un poco oxidada.

—Puf. Seguro que el juego de palabras ha sido intencionado.

Ragnar y el resto de los Aulladores aterrizan unos treinta metros por debajo de nosotras en la torre. Guijarro me saluda con la mano.

—Nos faltan trescientos metros para llegar a nuestro objetivo. A trepar, florecillas.

Las luces brillan tras el cristal de las torres en doble hélice de Quicksilver. Casi doscientos niveles de despachos conectan las dos hélices. Distingo siluetas que se mueven en el interior ante terminales informáticos. Enfoco mis ópticos para observar a los corredores de bolsa sentados en sus oficinas, a sus ayudantes moviéndose de un lado a otro, a los analistas señalando furiosamente tableros holográficos de operaciones que se comunican con los mercados de la Luna. Todos plateados. Me recuerdan a abejas diligentes.

—Me hace echar de menos a los chicos —comenta Octavia.

Tardo un instante en darme cuenta de que no se refiere a los plateados. La última vez que ella y yo intentamos poner en práctica esta táctica, Roan y Monty estaban con nosotros. Nos infiltramos en el buque insignia de Karnus desde el vacío mientras él repostaba en una base situada en un asteroide durante la guerra fingida de la Academia. Rajamos el casco con intención de secuestrarlo para eliminar a su equipo. Pero era una trampa y escapé por los pelos gracias a la ayuda de mis amigos y con un brazo roto como única recompensa por la maniobra. Tardamos cinco minutos en trepar desde nuestro punto de aterrizaje hasta la cima de la torre, donde se convierte en una enorme luna creciente. No ascendemos mano tras mano, así que «trepar» no es el término exacto. Los imanes que llevamos en los guantes tienen corrientes positivas y negativas fluctuantes que nos permiten subir rodando por el lateral de la torre como si tuviéramos ruedas en las palmas de las manos. La parte más difícil del ascenso, o del descenso, o de como quieras llamarlo, en una atmósfera sin gravedad es la pendiente de la luna a la extrema altura del final de la torre. Tenemos que sujetarnos a una estrecha viga de metal que sobresale de un techo de cristal, algo parecido al tallo de una hoja. Bajo nuestros vientres y al otro lado del cristal está el famoso museo de Quicksilver. Y por encima de nosotros, justo encima de la cima de la torre de Quicksilver, se alza Marte. Mi planeta parece más grande que el espacio. Más grande de lo que cualquier otra cosa podría serlo jamás. Un mundo de miles de millones de almas, de océanos, montañas y más acres irrigables de tierra seca de los que la Tierra ha tenido nunca. En este lado del mundo es de noche. Y nadie podría averiguar que hay millones de kilómetros de túneles serpenteando entre los huesos del planeta, que aun cuando su superficie destella con las luces de las Mil Ciudades de Marte, hay una palpitación invisible, una marea que crece. Pero ahora tiene un aspecto tranquilo. La guerra es algo distante, imposible. Me pregunto qué diría un poeta en este preciso instante. Qué palabras susurraría Monty en el aire. Algo acerca de la calma antes de la tormenta. O un latido en las entrañas. Pero entonces se produce un destello. Me sobresalta. Un espasmo de luz que se torna blanca y luego se transforma en un neón demoníaco cuando un hongo nuclear crece en la negrura del planeta.

—¿Veis eso? —pregunto a través del intercomunicador mientras parpadeo para acabar con la quemadura de cigarro que la detonación distante ha creado en mi campo de visión.

Las palabrotas restallan en los intercomunicadores cuando los demás se dan la vuelta para mirar.

—Mierda —masculla Raven—. ¿Nueva Tebas?

—No —contesta Guijarro—. Es más al norte. Es en la Península del Aventino, así que es probable que se trate de Ciprión. Nuestros últimos datos decían que la Legión Roja avanzaba hacia la ciudad.

Entonces captamos otro destello. Y los siete nos encogemos y nos quedamos inmóviles en la cima del edificio viendo como estalla una segunda bomba nuclear a escasa distancia de la primera.

—Maldita sea. ¿Somos nosotros o son ellos? —pregunto—. ¡Raven!

—No lo sé —contesta ella con impaciencia.

—¿No lo sabes? —insiste Octavia.

¿Cómo no va a saberlo? Quiero gritar. Pero entiendo la respuesta porque recuerdo las palabras de Marcus. «Raven no dirige esta guerra —me dijo hace varias semanas, después de otra misión fracasada de los Aulladores—. No es más que una mujer que añade leña al fuego». Puede que yo no hubiera entendido hasta qué punto se ha extendido esta guerra, el enorme alcance de este caos.

¿Es posible que me haya equivocado al confiar en ella tan ciegamente? Me fijo en su máscara impávida. La piel de su armadura bebe de los colores de la ciudad que nos rodea y no refleja ninguno de ellos. Es un abismo para la luz. Lentamente, le da la espalda a la explosión y comienza a trepar de nuevo. Ya está otra vez en marcha.

—Las holonoticias ya lo están comunicando —dice Guijarro—. Qué rapidez. Dicen que la Legión Roja ha lanzado misiles nucleares contra las fuerzas doradas cerca de Ciprión. Al menos eso cuentan.

—Malditos mentirosos —suelta Payaso—. Están volviendo a dar gato por liebre.

—¿De dónde iban a sacar misiles nucleares los de la Legión Roja? —pregunta Octavia.

Ontari los utilizaría si los tuviera. Pero apostaría a que más bien han sido los dorados quienes han lanzado las bombas contra la Legión Roja.

—Ahora mismo, todo eso no nos importa una mierda. Olvidadlo —dice Raven—. Aún tenemos que hacer lo que hemos venido a hacer. Poned los culos en marcha.

Incapaces de reaccionar, obedecemos.

Cuando llegamos a nuestra zona de entrada, en la luna creciente de la torre de doble hélice, entra en juego la rutina ensayada. Saco un pequeño bote de ácido de la mochila que Octavia lleva a la espalda. Raven suelta en el aire una nanocámara que no es más grande que mi uña y el aparato planea sobre el cristal tratando de detectar vida en el interior del museo. No encuentra nada… normal a las tres de la madrugada. Saca un generador de pulsos y espera a que Guijarro termine su trabajo en su terminal de datos.

—¿Qué pasa, Guijarro? —pregunta en tono impaciente.

—Los códigos han funcionado. He entrado en el sistema —contesta ella—. Solo tengo que encontrar la zona adecuada. Aquí está. La red de láser está… apagada. Las cámaras termales, congeladas. Los sensores de latidos… también. ¡Enhorabuena a todos! Ya somos oficialmente fantasmas. Siempre y cuando nadie dispare una alarma manualmente.

Raven activa el generador de pulsos y una leve burbuja iridiscente se eleva a nuestro alrededor. Con ella se crea un precinto que impedirá que el vacío del espacio invada el edificio junto a nosotros. Sería una manera muy rápida de que nos descubrieran. Coloco una pequeña ventosa en el centro del cristal, abro el frasco de ácido y aplico la espuma sobre la ventana formando un cuadrado de dos metros por dos en torno a la ventosa. El ácido burbujea mientras devora el cristal y genera una abertura. Con una pequeña ráfaga de aire salido del edificio hacia nuestro campo de pulsos, el trozo de cristal se levanta y Octavia lo sujeta para que no salga volando hacia el espacio.

—Ragnar primero —ordena Raven.

Hay unos cien metros hasta el suelo del museo.

El obsidiano fija un anclaje de rápel al borde del cristal y engancha su arnés al cable magnético. Desenfunda su filo, reactiva su espectrocapa y se deja caer por el agujero. Resulta perturbador para los sentidos vislumbrar que su forma casi invisible desciende a toda prisa hasta el suelo, sujeto por la gravedad artificial del pequeño gancho de escalada, mientras yo aún floto en el aire. Parece un demonio formado a partir del calor que resplandece sobre el desierto en un día de verano.

Despejado.

Raven es el siguiente.

—Mucha mierda —me dice Octavia al empujarme hacia el agujero tras ella.

Me acerco flotando, pero enseguida noto el tirón de la gravedad cuando cruzo la frontera hacia la sala. Me deslizo por el cable, cada vez a más velocidad. Se me revuelve el estómago por el repentino influjo del peso y lo que he comido comienza a chapotear en sus jugos. Aterrizo con brusquedad en el suelo, a punto de torcerme el tobillo, y empuño mi achicharrador silenciado mientras busco contactos. El resto de los Aulladores aterrizan detrás de mí. Nos acuclillamos unos al lado de otros en el grandioso recibidor. El suelo es de mármol gris. Es imposible estimar la longitud de la sala, porque se curva siguiendo el contorno de la luna creciente, asciende hasta desaparecer de la vista, juega con la gravedad y me provoca sensación de vértigo. Sobre nuestras cabezas se ciernen antigüedades de metal. Viejos cohetes de la Era de los Pioneros. El escudo de armas de la Compañía Luna marca el casco de una sonda gris cercana a Ragnar. Definitivamente se parece mucho al blasón de la casa de Abby au Lune.

—O sea que esto es lo que se siente al estar gorda —dice Raven con un gruñido al tiempo que da un pequeño salto en la intensa gravedad—. Asqueroso.

—Quicksilver es de la Tierra —señala Octavia—. La aumenta todavía más cuando está negociando con cualquiera que proceda de un lugar con una fuerza de la gravedad menor.

Es tres veces más fuerte de la que estoy acostumbrada a soportar en Marte, ocho veces más de la que tienen en Ío o Europa. Pero al reconstruir mi cuerpo, Becca ajustó los simuladores al doble de la gravedad de la Tierra. Pesar más de trescientos cincuenta kilos es una sensación desagradable, pero ayuda mucho a trabajar la musculatura. Nos quitamos las botellas de oxígeno y las guardamos en el hueco del motor de una vieja lanzadera espacial pintada con la bandera de los Estados Unidos anteriores al imperio. Así, tan solo llevamos nuestras pequeñas mochilas, las pieles de escarabajo, los demoniyelmos y las armas. Raven saca los toscos mapas del interior de la torre trazados por Octavia y le pregunta a Guijarro si ha encontrado ya a Quicksilver.

—No lo consigo. Es raro. Las cámaras de los dos niveles superiores están apagadas. También los lectores biométricos. No puedo localizarlo como teníamos planeado.

—¿Apagados? —pregunto.

—Tal vez esté celebrando una orgía o haciéndose una paja y no quiere que los de seguridad lo vean —refunfuña Raven encogiéndose de hombros—. Sea como sea, algo esconde, así que ahí será precisamente adonde nos dirijamos.

Conecto la línea personal de Raven para que los demás no puedan oírnos.

—No podemos dedicarnos a merodear por el edificio buscándolo. Si nos sorprenden en los pasillos sin ventaja…

—No merodearemos. —Interrumpe la comunicación conmigo y se dirige a los Aulladores—. Activen las capas, señoritas. Filos y achicharradores silenciados. Puños de pulsos solo si esta mierda se complica. —Se torna invisible—. Aulladores, a mí.

Salimos con sigilo del museo hacia un laberinto de pasillos fantasmales siguiendo los pasos de Raven. Los suelos son de mármol negro. Las paredes, de cristal. Techos de diez metros de altura hechos de campos de pulsos y que contienen acuarios donde vibrantes arrecifes de coral se extienden como tentáculos fúngicos. Sirenas reptiles de treinta centímetros de largo, con caras humanoides, piel gris y cabezas con forma de corona nadan en un reino de un azul hirviente y un naranja violento. Nos fulminan con la mirada de sus ojitos llenos de odio cuando pasan sobre nosotros. Las paredes son de cristal anímico y palpitan con sutiles colores alternos. Ahora, latidos de magenta que pronto desaparecen bajo una ondeante cortina de cobalto plateado. Es como una ensoñación. Diseminadas por el laberinto hay pequeñas hornacinas. Galerías de arte en miniatura que exhiben obras del puntillismo holográfico contemporáneo y del ostentacionismo del siglo XXI después de Cristo en lugar del reservado romanismo neoclásico tan de moda entre los Marcados como Únicos. Tras reconectar las baterías a nuestras espectrocapas, nos internamos en una galería donde nos acecha un perro metálico, morado y bastante chillón con forma de globo de animal.

Octavia suspira.

—Demonios. Este hombre tiene el mismo gusto que una de esas celebridades del papel cuché.

Ragnar agacha la cabeza para examinar el perro.

—¿Qué es?

—Arte —contesta Octavia—. Se supone.

El tono de condescendencia que emplea Octavia me intriga, al igual que el edificio. Es tremendamente artificioso. Las obras de arte, las paredes, las sirenas, todo muy en la línea de lo que los Marcados como Únicos esperarían de un nuevo rico plateado. Quicksilver debe de conocer muy en profundidad la psicología de los dorados para haber sido capaz de hacerse tan rico. Y por eso me pregunto: ¿acaso esta extravagancia es algo aún más astuto? ¿Una máscara tan obvia y sencilla de aceptar que a nadie se le ocurriría jamás mirar debajo de ella?

A Quicksilver, a pesar de su reputación, nunca se le ha llamado estúpido. Así que tal vez este paisaje onírico tan de mal gusto no sea para él, sino para sus invitados. Y eso me hace pensar que aquí hay algo que no va bien cuando llegamos a un atrio sin iluminación y con los suelos de arenisca sin pulir y perforados por árboles de jazmín rosado. Avanzamos en formación de «V» hacia las puertas dobles que dan paso a los aposentos de Quicksilver. Con las capas desactivadas para poder ver mejor. Con los filos rígidos y bajos, el metal a escasos centímetros del suelo de arenisca.

Esto no es un hogar. Es un escenario.

Creado para manipular. Siniestro en la frialdad calculadora con que se construyó. No me gusta. Vuelvo a conectar la frecuencia de Raven.

—Hay algo que no encaja. ¿Dónde están los criados? ¿Los guardias?

—Puede que le guste conservar su intimidad…

—Creo que es una trampa.

—¿Una trampa? ¿Hablas con la cabeza o con el corazón?

—Con el corazón.

Guarda silencio durante un segundo y me pregunto si estará hablando con alguien más por la otra línea. Quizás esté hablando con todos ellos.

—¿Qué me recomiendas?

—Retroceder. Evaluar la situación para ver…

—¿Retroceder? —repite con aspereza—. Hasta donde nosotros sabemos, acaban de lanzar bombas nucleares sobre nuestra gente. Necesitamos hacer esto. —Intento interrumpirla, pero aplasta mis palabras como una apisonadora—. Mierda, he dirigido trece operaciones solo para conseguir la inteligencia sobre este agujero plateado. Si nos largamos ahora, todo eso se va a la mierda. Sabrán que hemos estado aquí. No volveremos a tener esta oportunidad. Él es la clave para llegar al Chacal. Tienes que confiar en mí, Segadora, ¿de acuerdo?

Contengo una palabrota y corto la comunicación, sin tener muy claro si estoy enfadada con ella o conmigo misma, o porque sé que el Chacal me arrebató la chispa que me hacía sentir diferente. Todas mis opiniones son débiles y maleables para los demás. Porque sé que, en lo más profundo de mi ser, debajo de la intimidante piel de escarabajo, debajo de la máscara de demonio, hay una cría imberbe que lloraba porque le daba miedo estar solo en la oscuridad. De repente, una luz morada inunda la sala cuando una embarcación de lujo pasa ante la pared de ventanales que tenemos a nuestras espaldas. A toda prisa, nos colocamos en fila a ambos lados de las puertas de las habitaciones de Quicksilver y nos preparamos para traspasarlas. A través de mis ópticos, veo que la embarcación continúa su camino. Las luces parpadean en una de sus cubiertas mientras varios cientos de florecillas bailan al compás de la música de la Luna, se retuercen al ritmo de lo que se pincha en algún club etrusco que es lo último en la lejana Luna como si la guerra no asolara el planeta que hay bajo esta luna. Como si nosotros no estuviéramos a punto de destruir su forma de vida. Beberán champán de la Tierra vestidos con ropa hecha en Venus en barcos abastecidos por Marte. Y se reirán, y se drogarán, y follarán y no se enfrentarán a ninguna consecuencia. Demasiados parásitos.

Siento que la justificada ira de Raven arde en mi interior.

El sufrimiento no es algo real para ellos. La guerra no es real. No es más que una palabra de seis letras relacionada con otra gente que ven en los noticiarios digitales. Es una sarta de imágenes incómodas que pasan con rapidez. Todo un negocio de armas, artefactos, barcos y jerarquías que ellos ni siquiera perciben, y todo para proteger a estos idiotas de la verdadera agonía de lo que significa ser humano. Pronto lo sabrán. Y en sus lechos de muerte, recordarán esta noche. Con quién estaban. Lo que estaban haciendo cuando esa palabra de seis letras los agarró para no volver a soltarlos jamás. Este crucero de placer, esta espantosa decadencia es el último estertor de la Edad Dorada.

Un estertor sin duda patético.

—Claro que confío en ti —digo, y aprieto con más fuerza la empuñadura de mi filo.

Ragnar nos observa, aunque no puede escuchar lo que decimos. Octavia espera para derribar las puertas.

La luz se atenúa y desaparecen en el paisaje urbano. Me sorprende descubrir que no siento satisfacción por lo que está a punto de suceder. Al saber que su era va a acabar. Tampoco me alegra pensar en que todas las luces de todas las ciudades de este imperio del hombre se oscurecerán, ni en que todos los barcos se detendrán, ni en que todos los dorados brillantes se apagarán cuando su edificio se oxide y se desmorone. Ojalá pudiera escuchar la opinión de Mustang sobre este plan. Antes, echaba de menos sus labios, su olor, pero ahora extraño el consuelo que me produce saber que su mente está en consonancia con la mía. Cuando estaba con ella no me sentía tan sola. Probablemente nos regañaría por concentrarnos en el mundo que estamos destruyendo en lugar de en el que estamos construyendo.

¿Por qué me siento así ahora? Estoy rodeado de amigos, luchando contra los dorados como siempre he deseado. Aun así, en algún recoveco de mi cerebro hay algo que me inquieta. Como si me estuvieran observando.

Diga Raven lo que diga, aquí hay algo que va mal. No solo en este edificio, sino también en su plan. ¿Lo habría hecho yo así? ¿Cómo lo habría hecho Titus? Si sale bien, ¿a qué daremos paso una vez se asiente el polvo y el helio ya no fluya? ¿A una edad oscura? Raven es una fuerza que actúa por sí misma. Su rabia, capaz de mover montañas.

Yo fui así una vez. Y mirad en lo que me he convertido.

—Matad a sus guardias. Atontad a los rosas. Destrozad, atrapad y largaos —les dice Raven a sus Aulladores.

Tenso la mano sobre la hoja. Raven da la señal y Ragnar y Octavia franquean las puertas. Los demás los seguimos hacia la oscuridad.