16

AMANTE

Las luces están apagadas. Reina un silencio sepulcral. La entrada está vacía. Una medusa verde fosforita flota en una pecera sobre una mesa y proyecta sombras extrañas. Continuamos hacia el dormitorio e irrumpimos a través de las puertas con filigranas doradas. Vigilo la puerta junto con Guijarro, apoyado sobre una rodilla, con el achicharrador entre los brazos y el filo enredado en torno a uno de ellos. Detrás de nosotros, un hombre duerme en una cama con dosel. Ragnar lo agarra por los pies y tira de él. Cae al suelo despatarrado. Al despertarse, grita en silencio bajo la mano de Ragnar.

—Mierda. No es él —dice Octavia a mi espalda.

Miro al hombre, pero Ragnar está arrodillado sobre el rosa y me intercepta el campo de visión. Raven le da un golpe al dosel y lo parte en dos.

—Son las tres de la madrugada. ¿Dónde demonios está?

—Son las cuatro de la tarde para el mercado de la Luna —señala Octavia—. Puede que esté en su despacho. Pregúntale al esclavo.

—¿Dónde está tu señor?

La máscara de Raven hace que su voz chirríe como un cable de acero golpeado por una vara de hierro. Mantengo la mirada clavada en el salón hasta que un gemido del rosa me hace dirigirla hacia ella. Raven tiene la rodilla apoyada en la entrepierna del hombre.

—Bonito pijama, chaval. ¿Quieres ver cómo te queda el rojo?

Me estremezco ante la frialdad de su voz. Adopta un tono que conozco demasiado bien. Se lo oía al Chacal mientras me torturaba en Ática.

—¿Dónde está tu señor?

Raven le clava la rodilla. El rosa suelta un alarido de dolor, pero sigue negándose a contestar. Los Aulladores contemplan la tortura en silencio, agachados, manchas sin rostro en la habitación oscura. No hay discusión. No hay ninguna cuestión moral en juego, no después de poner las bombas. Pero sé que ya han hecho esto antes. Me siento sucia al darme cuenta, al oír los sollozos del rosa sobre el suelo. Esto guarda mayor relación con la guerra que las trompetas o los cruceros estelares. Momentos de crueldad silenciosos, olvidados.

—No lo sé —responde—. No lo sé.

La voz. Recuerdo esa voz de mi pasado.

Aturdida por la sorpresa, abandono mi posición junto a la puerta y me acerco a Raven para apartarla del rosa con brusquedad. Porque conozco a este hombre y sus rasgos elegantes. Su nariz larga y angular, sus ojos rosa cuarzo y su piel oscura como la miel. Es tan responsable como Becca de haberme convertido en lo que soy. Es Matteo. Hermoso y frágil, jadea en el suelo con un brazo roto. Sangra por la boca y se sujeta la entrepierna en el lugar donde Raven lo ha golpeado.

—¿Qué demonios pasa contigo? —me gruñe Raven.

—¡Lo conozco! —exclamo.

—¿Qué?

Se aprovecha de mi distracción y, sin ver nada más que los negros rostros de demonio de nuestros cascos, Matteo se abalanza sobre un terminal de datos que descansa en la mesilla de noche. Raven es más rápido que él. Con un golpe seco y carnoso, la densidad ósea más dura de la especie humana choca contra la más blanda. El puño de Raven hace pedazos la frágil mandíbula de Matteo, que cae al suelo entre convulsiones y con los ojos en blanco. La miro como envuelta por una neblina; la violencia me parece irreal, y sin embargo fría, primitiva y fácil. Solo músculos y huesos moviéndose como no deberían hacerlo. Me sorprendo tratando de alcanzar a Matteo, cayendo sobre su cuerpo crispado, apartando a Raven.

—¡No lo toques!

Afortunadamente, Matteo ha perdido el conocimiento. No soy capaz de saber si tiene una lesión en la columna o un traumatismo cerebral. Acaricio los rizos suaves de su cabellera ahora oscura, de tonalidad azul. Tiene la mano cerrada con fuerza, como la de un niño, y veo que lleva un fino anillo plateado en el dedo anular. ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Por qué está aquí?

—Lo conozco —susurro.

Ragnar se agacha a su lado con ademán protector, aunque aquí no podemos hacer nada por Matteo. Payaso le lanza el terminal de datos a Raven.

—Botón del pánico.

—¿Qué quieres decir con eso de que lo conoces? —pregunta Raven.

—Es un Hijo de Ares —digo confundida—. O lo era. Fue uno de mis profesores antes del Instituto. Me enseñó cultura áurea.

—Demonios —masculla Muecas.

Octavia señala la muñeca de Matteo con el pie, allá donde unas flores pequeñas adornan sus emblemas de rosa.

—Es un rosáceo de los jardines. Como Teodora. —Le lanza una mirada a Ragnar—. Cuesta tanto como tú, Sucio.

—¿Estás segura de que es el mismo hombre? —pregunta Raven.

—Pues claro que estoy segura, maldita sea. Se llama Matteo.

Entonces ¿por qué está aquí? —inquiere Ragnar.

—No parece un prisionero —comenta Octavia—. Ese pijama es caro. Probablemente sea un amante. Al fin y al cabo, Quicksilver no es precisamente conocido por su castidad.

—Debe de haberse convertido —dice Raven con desdén.

—O estaba cumpliendo una misión para tu padre —replico.

—Entonces ¿por qué no se puso en contacto con nosotros? Ha desertado. Y eso quiere decir que Quicksilver se ha infiltrado en los Hijos. —Raven se vuelve para mirar hacia la puerta—. Mierda. Podría saber dónde está Tinos. Podría saber lo de esta maldita incursión.

Se me acelera el pensamiento. ¿Acaso mandó Ares aquí a Matteo? ¿O salió Matteo huyendo de un barco que hacía aguas? Tal vez fuera Matteo quien les habló de mí… Imaginar eso es como que me claven un cuchillo en las entrañas. No lo traté durante mucho tiempo, pero era importante para mí. Era una buena persona, y no quedan muchas así. Y mirad lo que le hemos hecho ahora.

—Deberíamos salir de aquí cagando leches —dice Payaso.

—No sin Quicksilver —replica Raven.

—No sabemos dónde está —le recuerdo—. Se nos está escapando algo. Tenemos que esperar a que Matteo se despierte. ¿Alguien tiene una dosis de estimulantes?

—Una inyección de las nuestras lo mataría —apunta Octavia—. El sistema circulatorio de los rosas no soporta las drogas militares.

—No tenemos tiempo para charlas —brama Raven—. No podemos arriesgarnos a que nos pillen aquí. Nos largamos ya. —Intento hablar, pero ella no se detiene y se dirige a Payaso, que está manipulando el terminal de datos de Matteo—. Payaso, ¿qué tienes?

—Tengo una comanda de alimentos en la subsección de la cocina del servidor interno. Parece que alguien ha solicitado un banquete de sándwiches de cordero, mermelada y café en la habitación C19.

Segadora, ¿qué opinas? —me pregunta Ragnar.

—Podría ser una trampa —contesto—. Tenemos que ajustar…

La risa desdeñosa de Octavia me interrumpe.

—Aunque sea una trampa, mira qué jauría. Podremos con ello.

—Tienes toda la maldita razón, Julii. —Raven avanza hacia la puerta—. Muecas. Coge al rosa y tráelo con nosotros. Colmillos fuera. Ragnar, Octavia, delante. Va a haber sangre.

Un nivel más abajo, nos topamos con el primer equipo de seguridad. Media docena de lurchers montan guardia ante una enorme puerta de cristal sobre la que se forman ondas como en la superficie de un estanque. Llevan trajes negros en lugar de armaduras militares. Unos implantes con forma de alas plateadas les sobresalen de la piel detrás de las orejas izquierdas. Hay más haciendo rondas en este nivel, pero ni un solo criado. Hace unos cuantos minutos, varios grises ataviados con trajes similares han entrado en la habitación con un carrito de café. Es extraño que no utilicen a rosas o marrones para repartir el café. Las medidas de seguridad son fuertes. Así que quienquiera que esté en el despacho de Quicksilver debe de ser importante. O al menos bastante paranoico.

—Vamos a hacerlo rápido —dice Raven tras asomarse a la esquina del pasillo donde esperamos, a unos treinta metros de distancia del grupo de grises—. Neutralizamos a esos caraculos y luego irrumpimos a toda prisa.

—No sabemos quién hay ahí dentro —señala Payaso.

—Y solo hay una manera de averiguarlo —ladra Raven—. Adelante.

Ragnar y Octavia son los primeros en doblar la esquina, con las espectrocapas deformando la luz. Los demás los seguimos corriendo a gran velocidad. Uno de los grises entorna los ojos para escudriñar la zona del pasillo en que nos encontramos. Los ópticos termales que lleva implantados en los iris emiten un destello rojo cuando se activan y detectan el calor que irradian nuestras baterías.

—¡Espectrocapas! —grita.

Seis pares de manos entrenadas se lanzan hacia los achicharradores. Demasiado tarde. Ragnar y Octavia se precipitan sobre ellos. Ragnar blande su filo y le corta un brazo a uno y le secciona la yugular a otro. La sangre salpica las paredes de cristal. Octavia dispara su achicharrador silenciado. Las balas magnéticamente detonadas impactan contra dos cabezas. Avanzo serpenteando entre los cuerpos que caen. Atravieso con mi filo la caja torácica de un hombre. Siento el estallido y el parón de su corazón. Hago que mi filo se repliegue en forma de látigo para liberarlo. Antes de que el hombre toque el suelo, lo enrigidezco de nuevo para convertirlo en mi falce. Los grises no han conseguido disparar una sola arma. Pero uno de ellos ha presionado un botón en su terminal de datos y el pitido grave e intermitente de la alarma de la torre resuena por el pasillo. Las paredes adquieren un tono rojizo que señala una emergencia. Raven acaba con el último de los lurchers.

—Entrad en la habitación. ¡Ya! —grita.

Algo va mal. Me lo dice mi instinto. Pero Octavia y Raven siguen adelante. Y Ragnar comienza a patear la puerta. Siempre esclavo de la inercia, me lanzo tras él. La sala de reuniones de Quicksilver es menos ostentosa que las habitaciones del nivel superior. El techo tiene diez metros de altura y las paredes son de cristal digital con sutiles volutas de humo gris. Dos hileras de columnas de mármol corren paralelas, una a cada lado de una gigantesca mesa de conferencias de ónice con un árbol muerto y blanco alzándose en el centro. En el extremo opuesto de la habitación, un enorme ventanal ofrece vistas a las industrias de la Colmena. Regulus ag Sol, conocido desde Mercurio hasta Plutón como Quicksilver, el hombre más rico del Sistema Solar, está de pie ante la ventana, vapuleando una copa de vino tinto con una mano rolliza. Está calvo. Tiene la frente tan arrugada como una tabla de lavar. Labios de púgil. Unos hombros encorvados y simiescos que desembocan en unos dedos de carnicero que sobresalen de las mangas de una túnica venusina turquesa, de cuello alto y con bordados de manzanos. Tiene más de sesenta años. La piel achicharrada por un bronceado que parece llegarle hasta la médula. Una pequeña perilla y un bigote le realzan la cara en un infructuoso intento de darle forma, pero parece que se ha mantenido bastante alejado de los tallistas. Lleva los pies descalzos. Pero son sus tres ojos los que llaman la atención. Dos de ellos son plateados y tienen unos párpados pesados. Un matiz terroso y eficiente. El tercero es dorado y está implantado en un sencillo anillo de plata que el hombre lleva en el dedo corazón de la carnosa mano derecha. Hemos interrumpido su reunión. Casi una treintena de cobres y plateados atestan la sala. Están divididos en dos grupos y sentados unos enfrente de otros a la enorme mesa de ónice cubierta de tazas de café, redomas de vino y terminales de datos. Un holodocumento azul flota en el aire entre las dos facciones, y obviamente era en lo que estaba centrada su atención antes de que la puerta se hiciera añicos. Ahora se apartan de la mesa, la mayoría aún demasiado asombrados para sentir miedo, o incluso para ver a los Aulladores cuando entran en la sala con sus espectrocapas. Pero a la mesa no hay solo cobres y plateados.

—Oh, mierda —balbucea Octavia.

Entre los colores profesionales se elevan seis caballeros dorados con armaduras de pulsos completas. Y yo los conozco a todos. A la izquierda, un hombre mayor, de semblante oscuro y ataviado con la negrísima armadura del Caballero de la Muerte. Está flanqueado por la cara regordeta de Moira —una de las Furias, hermana de Indra— y por el bueno de Bellamy au Belona. A la derecha están Kavax au Telemanus, Daxo au Telemanus y la chica que me dejó de rodillas en los viejos túneles mineros de Marte hace ya casi un año.

Mustang.