17

MATAR DORADOS

—¡No disparéis! —grito al tiempo que obligo a Octavia a bajar su arma.

Pero Raven no para de ladrar órdenes, y Octavia vuelve a levantarla. Formamos una hilera escalonada con nuestros puños de pulsos y achicharradores apuntando a los dorados. Mantenemos el alto el fuego porque necesitamos a Quicksilver con vida, y sé que Raven está tan asombrada como yo de encontrarse con Mustang, Bellamy y los Telemanus aquí.

—¡Al suelo u os liquidamos! —vocifera Raven con una voz inhumana y magnificada por su demoniyelmo.

Los Aulladores se suman a ella y llenan el aire con un coro de órdenes de arpías. Se me hiela la sangre. La alarma no para de palpitar sobre las voces rugientes. Sin saber muy bien qué hacer, apunto mi puño de pulsos hacia el dorado más peligroso de la sala, Bellamy, consciente de lo que debe de estar pasando por la mente de Raven al ver al asesino de su padre en carne y hueso. Mi casco se sincroniza con el arma para iluminar los puntos débiles de su armadura, pero mis ojos se empapan de Mustang cuando la chica deja sobre el tablero una taza de café, tan elegante como siempre, y se aparta de la mesa mientras el puño de pulsos que lleva implantado en el guantelete izquierdo de la armadura empieza a abrirse lentamente. Mi cerebro y mi corazón mantienen una lucha encarnizada. ¿Qué demonios está haciendo ella aquí? Se suponía que estaba en el Confín. Al igual que ella, el resto de los dorados no nos prestan atención. No saben quiénes se esconden tras los cascos. Hoy nadie lleva la capa de lobo. Retroceden, con la mirada cautelosa, evaluando la situación. El filo de Bellamy se enreda en torno a su brazo derecho. Kavax se levanta despacio de su asiento al mismo tiempo que Daxo. Quicksilver agita las manos con frenesí.

—¡Quietos! —grita a pesar de que su voz casi se pierde en el caos—. ¡No disparéis! ¡Estamos celebrando una reunión diplomática! ¡Identificaos!

Me doy cuenta de que nos hemos colado en medio de algún tipo de negociación. ¿Una rendición de las fuerzas de Mustang? ¿Una alianza? La ausencia del Chacal es llamativa. ¿Lo está traicionando Quicksilver? Eso debe de ser. Y supongo que la soberana también. Por eso este lugar está tan desierto. No hay criados, seguridad mínima. Quicksilver solo quería la presencia de hombres en los que confiara en una reunión que se celebra prácticamente ante las narices de su aliado.

Se me encoge el estómago al pensar que el resto de la habitación debe de creer que somos del Chacal. Lo cual quiere decir que imaginan que estamos aquí para matarlos y que esto solo puede terminar de una manera.

—¡Al maldito suelo! —brama Octavia.

—¿Qué hacemos? —pregunta Guijarro por el intercomunicador—. ¿Segadora?

—Me pido al Belona —dice Raven.

—¡Utilizad las armas aturdidoras! —exclamo—. Es Mustang…

—No servirán de una mierda contra esa armadura —me interrumpe Raven—. Si levantan las armas, matad a estos capullos. Cargas de pulsos al máximo. No voy a poner en riesgo a ningún miembro de nuestra familia.

—Raven, escúchame. Tenemos que hablar con…

Interrumpe mis palabras utilizando el mando maestro incorporado en su yelmo para detener mi señal de salida en el intercomunicador. Yo puedo oírlos a ellos, pero ellos a mí no. Lo insulto inútilmente.

—¡Belona, deja de moverte! —grita Payaso—. Te he dicho que te estés quieto.

Frente a Mustang, Bellamy serpentea con sigilo entre los plateados utilizándolos como parapeto para acortar la distancia que lo separa de nosotros. Está a solo diez metros. Cada vez más cerca. Noto que Octavia se tensa a mi lado, ansiosa por que le demos rienda suelta con uno de los hombres a los que culpa de la muerte de su madre, pero hay civiles entre nosotros y los dorados, y Quicksilver es una presa que no podemos permitirnos perder. Examino con la mirada las mejillas rechonchas de los plateados y los cobres. Aquí no hay ni una sola alma oprimida. Ninguno de estos vientres ha pasado hambre en su vida. Son colaboracionistas. Raven les arrancaría la cabellera uno a uno si le dieran un cuchillo oxidado y unas cuantas horas libres.

Segadora—dice Ragnar en voz baja, mirándome en busca de orientación.

—¡Aparta la mano del filo! —le grita Octavia a Bellamy.

No contesta. Se acerca cada vez más, tan inexorable como un glaciar. Moira y el Caballero de la Muerte lo siguen. El yelmo de Kavax comienza a deslizarse hacia arriba para cubrirle la cabeza. El rostro de Mustang ya está tapado. Su puño de pulsos activados y apunta hacia el suelo. Conozco lo bastante bien a la muerte para oírla cuando contiene el aliento.

Activo mis altavoces exteriores.

—Kavax, Mustang, deteneos. Soy yo. Soy…

—¡Deja de moverte, pedazo de mierda! —gruñe Octavia.

Bellamy sonríe cordialmente y se abalanza contra ella. A mi izquierda, Ragnar realiza un extraño movimiento giratorio y uno de los dos filos que lleva vuela por el aire y se ensarta en la frente del Caballero de la Muerte. Los plateados ahogan un grito al ver que el famoso Caballero Olímpico cae al suelo tambaleándose.

—KAVAX AU TELEMANUS —ruge Kavax, e inicia el ataque con Daxo.

Mustang se hace a un lado. Moira carga hacia el frente levantando su puño de pulsos.

—Aniquiladlos —dice Raven con desdén.

La sala entra en erupción. El aire queda hecho jirones por las partículas sobrecalentadas cuando los Aulladores abren fuego a quemarropa en la habitación atestada. El mármol se convierte en polvo. Las sillas se funden y se transforman en pedazos de metal nudoso y ruedan por el suelo. La carne y los huesos explotan tiñendo la atmósfera con una neblina carmesí cuando el fuego cruzado atrapa a los plateados y los cobres. Raven falla al disparar a Bellamy, que se oculta tras una columna. Kavax recibe una docena de impactos, pero no se inmuta ni siquiera cuando sus escudos se recalientan. Está a punto de destrozar a Raven y Octavia con su filo cuando Ragnar lo embiste de lado con el hombro y choca con tanta fuerza contra el hombre de menor tamaño que él que Kavax sale disparado por los aires. Daxo ataca a Ragnar desde atrás, y los tres gigantes se tambalean hacia un extremo de la sala, aplastando por el camino a dos cobres que no les llegaban siquiera a la altura de la cintura. Los dos hombres gritan en el suelo, con las piernas despedazadas. Detrás de Kavax, Mustang recibe dos disparos en el pecho, pero su escudo de pulsos resiste. Se tambalea y responde con varios disparos que alcanzan a Guijarro en el muslo. Tras el impacto, la Aulladora sale despedida hacia atrás e impacta contra la pared con la pierna destrozada por la explosión. Grita y se sujeta el muslo con las manos. Payaso y Octavia la cubren disparando contra Mustang y ocultan a Guijarro tras una columna. Muecas y otros cuatro Aulladores que vigilaban la puerta y a Matteo en el exterior irrumpen en la sala de juntas desde el pasillo. Me hago a un lado dando traspiés, perdida en el caos, cuando el mármol sobre el que me encontraba se hace añicos. Los plateados se meten a gatas bajo la mesa. Otros se alejan a toda prisa de sus sillas en pos de la imaginada seguridad de las columnas que bordean la sala. El fuego de pulsos hipersónico desgarra el aire entre ellos, por encima de sus cabezas, a través de ellas. Revienta las columnas. Quicksilver corre detrás de dos cobres, utilizándolos como escudos humanos, cuando la metralla los alcanza y los tres caen al suelo en un revoltijo de miembros y sangre. Moira, la Furia, se abalanza tras Raven con la intención de ensartarla por la espalda con su filo cuando mi amiga trata de superar a Ragnar, que está luchando con los dos Telemanus, para llegar hasta Bellamy. La apunto con mi puño de pulsos y disparo a quemarropa contra su costado justo antes de que la alcance. El escudo de pulsos de su armadura absorbe los primeros impactos y se tiñe de azul al formar una burbuja protectora a su alrededor. La mujer se tambalea tratando de alejarse y, si no continuara disparándole, mañana por la mañana no tendría más que un buen moratón. Pero mi dedo corazón no se aparta del gatillo del arma. Moira es una ingeniera de la opresión, y una de las mejores mentes de los dorados. Y ha intentado matar a Raven. Mala jugada. Sigo disparando hasta que su escudo se comba hacia dentro, hasta que cae sobre una rodilla, hasta que se retuerce y grita cuando las moléculas de su piel y sus órganos se sobrecalientan. De los ojos y la nariz le mana sangre hirviendo. Su armadura y su carne se funden y siento que la rabia se desboca en mi interior insensibilizándome contra el miedo, contra la razón, contra la compasión. Esta es la Segadora que derrotó a Bellamy. Que acuchilló a Karnus. Al que los dorados no pueden matar. El puño de pulsos de Moira comienza a disparar descontroladamente cuando sus dedos se contraen por el calor. Sus proyectiles impactan contra el techo a toda velocidad. Después se tuercen hacia un lado y fustigan la sala con una oleada de muerte. Dos plateados que corrían para refugiarse estallan por los aires. El cristal del ventanal del otro extremo de la habitación, con vistas a la ciudad del espacio, se agrieta peligrosamente. Los Aulladores tratan de ponerse a cubierto hasta que el puño de pulsos se derrite en la mano izquierda de Moira y el cañón se sobrecalienta y se deforma con un siseo corrompido. Con un último grito de rabia, la más lista de las tres Furias de la soberana se queda inmóvil como un caparazón chamuscado.

Solo desearía que hubiera sido Indra.

Me vuelvo hacia la sala sintiendo que es la gélida mano de la rabia quien me guía, hambriento de sangre. Pero todos los que quedan son amigos míos. O lo fueron una vez. Me estremezco, vacío por dentro, cuando la rabia me abandona tan rápidamente como llegó. Sustituida por el pánico cuando veo a mis amigos intentando matarse unos a otros. Las formaciones ordenadas se han roto para convertirse en una reyerta de alta tecnología. Pies que resbalan sobre el cristal. Omóplatos que chocan contra paredes. Batallas de puños de pulsos entre las columnas. Manos y rodillas que se arrastran por el suelo mientras los puños de pulsos gimen y las hojas silban y tajan. Y es solo en este momento, solo con esta aterradora claridad, cuando me doy cuenta de que solamente hay un hilo conductor que los une. No es una idea. No es el sueño de mi esposa. No es la confianza, ni las alianzas, ni el color.

Soy yo.

Y sin mí, esto es lo que harán. Sin mí, esto es lo que Raven ha estado haciendo. Qué desperdicio tan inevitable me parece. La muerte engendra muerte, que engendra muerte, que engendra muerte.

Tengo que acabar con esto.

En el centro de la habitación, Bellamy persigue a Octavia entre sillas retorcidas y cristales hechos añicos. Bajo sus pies, el suelo resbala a causa de la sangre. La espectrocapa dañada de Octavia se enciende y se apaga y ella cambia con un destello de fantasma a sombra como un demonio indeciso. Bellamy vuelve a cortarla en el muslo y se da la vuelta cuando Payaso le dispara para hacerle un tajo en un lado de la cabeza antes de agacharse para esquivar un proyectil que Guijarro le lanza desde el suelo del otro lado de la habitación. Octavia rueda bajo la mesa para escapar de Bellamy y le rebana los tobillos. Él se sube de un salto a la mesa y dispara contra el ónice con su puño de pulsos hasta que cede en el centro y la atrapa debajo. Está a escasos centímetros de matarla cuando Raven le dispara por la espalda. El escudo de Bellamy absorbe el impacto, pero aun así sale varios metros despedido hacia un lado. A la derecha, Ragnar, Daxo y Kavax disputan un duelo de titanes. El obsidiano utiliza su filo para clavarle a Kavax el brazo a la pared, suelta el arma, se agacha y dispara a Daxo a quemarropa con su puño de pulsos. Los escudos de este absorben los golpes, pero su filo no alcanza a Ragnar, sino que arranca un pedazo de pared. Ragnar lo golpea en las articulaciones y está a punto de partirle el cuello cuando Kavax le atraviesa el hombro con un filo mientras grita su apellido. Me apresuro a socorrer a mi amigo Sucio, pero de pronto noto a alguien a mi izquierda. Me vuelvo justo a tiempo para ver a Mustang volando por el aire en mi dirección, con el yelmo cubriéndole la cara y el filo descendiendo para partirme en dos. Empuño mi propio filo justo a tiempo. Las hojas entrechocan. Las vibraciones me recorren el brazo. Soy más lenta de lo que recuerdo, he perdido gran parte de mi instinto muscular en la oscuridad, a pesar del taller de Becca y de mis entrenamientos con Octavia. Y Mustang se ha vuelto más rápida. Me obliga a retroceder. Intento rodearla, pero Mustang mueve el filo como si se hubiera pasado el último año en la guerra. Intento deslizarme hacia un lado, como Charles me enseñó a hacer, pero no hay forma de escapar. Mi oponente es inteligente, utiliza los escombros y las columnas para arrinconarme. Me acorrala con el metal destellante. Mis defensas no ceden, pero flaquean en los contornos cuando decido proteger mi núcleo. La hoja me hace un tajo profundo en el hombro izquierdo. Me escuece como la mordedura de una víbora. Maldigo y Mustang me desgarra de nuevo. Le gritaría que se detuviera. Chillaría mi nombre, cualquier cosa, si tuviera al menos medio segundo para respirar, pero lo único que puedo hacer es seguir moviendo los brazos. Me echo hacia atrás en el momento preciso en que consigue hacerme un corte superficial en el cuello de la piel de escarabajo. Lo siguen tres incisiones rápidas en los tendones de mi brazo derecho, aunque fallan por poco. Va marcando el ritmo. Mi espalda toca la pared. Corte. Corte. Cuchillada. El fuego me abre la piel. Voy a morir aquí. Pido ayuda por el intercomunicador, pero mi línea sigue bloqueada por Raven.

Hemos querido abarcar demasiado.

Grito en vano cuando la hoja de Mustang me araña tres costillas. Le da la vuelta al arma en la mano. La empuña de revés para cortarme la cabeza. Consigo desviar el filo hacia la pared con el mío y lo sujeto sobre mi cabeza de manera que su yelmo queda a tocar de mi máscara. Le asesto un cabezazo. Pero su yelmo es más fuerte que el duroplástico compuesto de mi máscara. Mustang echa hacia atrás la cabeza y la estampa contra la mía, adueñándose de mi táctica. Una punzada de dolor me atraviesa el cráneo. Estoy al borde del desmayo. Mi vista se enfoca y se desenfoca. Aún estoy de pie. Noto que parte de mi máscara se resquebraja y se desprende de mi cara. Tengo la nariz rota otra vez. Veo puntos brillantes. El resto de la máscara se descompone y clavo la mirada en los ojos muertos del caballo del yelmo de Mustang mientras ella se prepara para aniquilarme. Hace retroceder el brazo con que sujeta el filo para asestar el golpe mortal. Y lo deja inmóvil sobre su cabeza. Tiembla cuando ve mi cara destapada. Su yelmo se retrae para descubrir la suya. Los mechones de pelo empapado en sudor que se le pegan a la frente oscurecen su lustre dorado. Su mirada es salvaje, y me gustaría poder decir que lo que veo en sus ojos es amor o alegría, pero no es así. Si acaso, es miedo. Tal vez sea pánico lo que le arrebata el color de la cara cuando se aparta dando trompicones y haciendo gestos con la mano libre, incapaz de pronunciar palabra.

—¿Lexa…?

Vuelve la cabeza para mirar hacia el caos que asola la habitación. Nuestro momento de silencio es una pequeña burbuja en la tormenta. Bellamy huye, desaparece por una puerta lateral y deja atrás los cadáveres del Caballero de la Muerte y Moira. Nuestras miradas se cruzan antes de que se desvanezca. Octavia lo persigue hasta que Raven se lo impide tirando de ella hacia atrás. El resto de los Aulladores se vuelven hacia Mustang. Doy un paso para acercarme a ella y me detengo cuando la punta de su filo se posa en mi clavícula.

—Te vi morir.

Retrocede hacia la puerta principal; sus botas se deslizan sobre el mármol y hacen crujir trozos de cristales de las paredes.

—¡Kavax! ¡Daxo! —grita con una vena del cuello hinchada por la tensión—. ¡Retiraos!

Los Telemanus se revuelven para separarse de Ragnar, confundidos respecto a quién es el hombre enmascarado contra el que están luchando y a por qué sangran por tantos sitios. Intentan reagruparse con Mustang, ambos corriendo hacia ella en una retirada apresurada, pero cuando pasan junto a mí para unirse a ella en la puerta comprendo que no puedo verla marchar sin más. Así que convierto mi filo en látigo y lo enredo en torno al cuello de Kavax. El gigante jadea y trata de zafarse, pero no lo permito. Con tan solo apretar el botón, podría retraer el látigo y cortarle la cabeza. Pero no tengo ningún interés en matar a este hombre. Solo se estampa contra el suelo cuando Ragnar le da una patada en las piernas y le clava una rodilla en el pecho. Muecas y los demás se abalanzan sobre él para contenerlo.

—No lo matéis —grito.

Muecas conocía a Lincoln. También ha coincidido en otras ocasiones con los Telemanus, así que contiene su filo y ordena a los Aulladores más recientes que hagan lo mismo. Daxo trata de acudir en ayuda de su padre, pero Ragnar y yo le cerramos el paso y Raven y Octavia se suman enseguida a nosotros. Confuso, me mira a la cara con los ojos brillantes.

—¡Vete, Clarke! —ruge Kavax desde el suelo—. ¡Huye!

—Orión está viva. La tengo yo —dice Mustang con la vista clavada en los Aulladores ensangrentados que, a mi espalda, se disponen a atrapar tanto a Daxo como a ella—. No lo mates. Por favor.

Y entonces, lanzándole una mirada llena de pesar a Kavax, huye de la sala.