18
ABISMO
—¿Qué ha querido decir con que Orión está viva? —le pregunto a Kavax.
Él está tan aturdido como yo y no deja de mirar con nerviosismo a los Aulladores vestidos de negro que rondan por la sala. No hemos perdido a ninguno, pero estamos hechos una mierda.
—¡Kavax!
—Lo que ha dicho —contesta él—. Exactamente lo que ha dicho. El Lincoln está a salvo.
—¡Lexa! —grita Raven cuando vuelve a entrar en la habitación con Octavia.
Salieron detrás de Bellamy por la puerta oscura del extremo más alejado de la sala de juntas, pero regresan con las manos vacías y cojeando.
—¡A mí!
Quiero hacerle más preguntas a Kavax, pero Octavia está herida. Me acerco a ella a toda prisa cuando se apoya en la destrozada mesa de ónice, encorvada sobre el profundo corte que tiene en el bíceps. Se ha quitado la máscara, contrae el rostro sudado cuando se inyecta analgésicos y coagulantes sanguíneos para detener la hemorragia de la herida. A través de la sangre, veo el reflejo de un hueso.
—Octavia…
—Mierda —replica con una carcajada oscura—. Tu amiguito es más rápido que antes. Casi lo atrapo en el pasillo, pero me parece que Indra le ha enseñado tu Método del Sauce.
—Eso parece —digo—. ¿Estás bien?
—No te preocupes por mí, querida.
Me guiña un ojo justo cuando Raven grita otra vez mi nombre. Payaso y ella están agachados sobre los restos humeantes de Moira. El caudillo terrorista ni siquiera se inmuta ante la carnicería que nos rodea.
—Una de las Furias —explica Payaso—. Asada.
—Buen plato, Segadora —me felicita Raven—. Crujiente por los bordes, cruda en el centro. Justo como a mí me gusta. Indra se va a cabrear mucho…
—Me has cortado la señal de salida del intercomunicador —la interrumpo enfadada.
—Te estabas comportando como una zorra. Confundiendo a mis hombres.
—¿Comportándome como una zorra? ¿Qué demonios pasa contigo? Estaba utilizando la cabeza en lugar de disparar a todo lo que se mueve. Podríamos haber pasado sin asesinar a la mitad de la maldita sala.
Sus ojos son más oscuros y crueles que los de la amiga que recuerdo.
—Esto es la guerra, chavala. El asesinato forma parte del juego. No te sientas mal porque se nos dé bien.
—¡Era Mustang! —replico acercándome a ella—. ¿Y si la hubiéramos matado? —Se encoge de hombros. Le clavo un dedo en el pecho—. ¿Sabías que Clarke iba a estar aquí? Dime la verdad.
—No —contesta despacio—. No lo sabía. Ahora, apártate, chavala.
Levanta la mirada hacia mí con descaro, como si no le importara enzarzarse en una pelea. No retrocedo.
—¿Qué estaba haciendo aquí?
—¿Cómo demonios quieres que lo sepa? —Mira a Ragnar, que, detrás de mí, empuja a Kavax hacia los Aulladores reunidos en el centro de la habitación—. Que todo el mundo se prepare para largarse. Vamos a tener que traspasar un ejército para salir de este agujero de mierda. El punto de evacuación está diez plantas más arriba en la parte negra.
—¿Dónde está nuestra presa? —pregunta Octavia mientras observa la matanza.
El suelo está cubierto de cadáveres. De plateados que tiemblan de dolor. De cobres que se arrastran por el suelo con las piernas rotas.
—Probablemente frito —contesto.
—Seguro —conviene Payaso, que me lanza una mirada de conmiseración cuando nos apartamos de Raven para hurgar entre los cuerpos—. Esto es un puñetero desastre.
—¿Sabías que Mustang estaría aquí? —le pregunto.
—En absoluto. De verdad, jefa. —Vuelve la cabeza para mirar a Raven—. ¿Qué has querido decir con lo de que te ha interceptado la comunicación?
—Dejad de cotorrear y encontrar a ese maldito plateado —ladra Raven desde el centro de la habitación—. Que alguien coja al rosa del pasillo.
Payaso encuentra a Quicksilver en el extremo opuesto de la sala, el más apartado de la puerta del pasillo, a la derecha del gran ventanal con vistas a Fobos. Está en el suelo, inmóvil, atrapado bajo una columna que se ha desprendido de su base en el suelo para caer de lado contra la pared. La sangre de otros empapa su túnica turquesa. De los nudillos heridos le sobresalen trozos de cristal. Le tomo el pulso. Está vivo. Al menos la misión no ha sido un maldito desperdicio. Pero tiene una herida de metralla en la frente. Llamo a Ragnar y a Octavia, los dos miembros más fuertes de nuestra expedición, para que me ayuden a levantar la columna de encima del hombre. Ragnar calza bajo la columna el filo que le ha clavado al Caballero de la Muerte en la cabeza, utiliza una piedra como punto de apoyo y está a punto de tirar hacia arriba con mi ayuda cuando Octavia nos pide que esperemos.
—Mirad —dice.
Donde la parte alta de la columna toca con la pared hay un débil resplandor azul a lo largo de una juntura que sube desde el suelo para formar un rectángulo en el muro. Es una puerta oculta. Quicksilver debía de dirigirse hacia ella cuando se cayó la columna. Octavia pega la oreja a la puerta y entorna los ojos.
—Antorchas de pulsos. ¡Jo, jo! —ríe—. Los guardaespaldas de Silver están ahí dentro. Debió de esconderlos por si las cosas se ponían tensas. Están hablando en tagna. La lengua de los obsidianos. Y están intentando abrirse paso a través de la pared. Estaríamos muertos si la columna no se hubiera
caído y hubiera bloqueado la puerta.
La suerte nos ha salvado el pellejo. Los tres lo sabemos, y eso hace que mi enfado con Raven se intensifique y calma un poco la locura de los ojos de Octavia. De repente ha visto lo temeraria que ha sido la misión. Nunca deberíamos haber irrumpido en este lugar sin sus cianotipos. Raven ha hecho lo que habría hecho yo hace un año. El resultado ha sido el mismo. Los tres compartimos un pensamiento común mirando hacia la puerta principal de la sala de juntas. No nos queda mucho tiempo. Ragnar y Octavia me ayudan a liberar a Quicksilver. Octavia traslada al hombre inconsciente, cuyas piernas rotas se arrastran tras él, hacia el centro de la habitación. Allí, Raven da instrucciones a Payaso y Guijarro para que salgan de la sala con nuestros prisioneros, Matteo y Kavax, que me mira boquiabierto. Pero Guijarro ni siquiera puede mantenerse en pie. Estamos todos en unas condiciones horribles.
—Tenemos demasiados prisioneros —digo—. No podremos movernos deprisa. Y esta vez no contamos con ningún pulso electromagnético.
Aunque tampoco es que fueran a servir de mucho en una estación espacial cuando lo único que nos separa del vacío son unos mamparos de un par de centímetros de grosor y los recicladores de aire.
—Entonces nos cargamos al gordo —dice Raven encaminándose hacia Kavax, que está sentado en el suelo, herido y con las manos atadas a la espalda. Le apunta a la cara con su puño de pulsos—. No es nada personal, grandullón.
Raven aprieta el gatillo. Yo lo empujo. El proyectil de pulsos no impacta en la cabeza de Kavax, sino en el suelo junto a la forma desvencijada de Matteo, a punto de arrancarle una pierna. Raven se vuelve bruscamente hacia mí, con el puño de pulsos apuntándome a la cabeza.
—Quítame eso de la cara —digo tras el cañón caliente.
El calor se me mete en los ojos y el escozor me obliga a mirar hacia otro lado.
—¿Quién te crees que es? —me espeta Raven—. ¿Tu amigo? No lo es.
—Lo necesitamos con vida. Es una ficha que podemos intercambiar. Y es posible que Orión esté viva.
—¿Una ficha que intercambiar? —repite con desprecio—. ¿Y qué hay de Moira? A ella no has tenido problema en dejarla frita, pero a él le perdonas la vida. —Raven me mira con los ojos entrecerrados y baja el arma. Sus labios dejan al descubierto unos dientes bastante estropeados—. Vaya. Es por Mustang. Claro que sí.
—Es el padre de Lincoln —digo.
—Y Lincoln está muerto. ¿Por qué? Porque dejas que tus enemigos conserven la vida. Esto no es el Instituto, chavala. Esto es la guerra. —Me clava un dedo en la cara—. Y la guerra es realmente simple, maldita sea. Mata al enemigo cuando puedas, como puedas, lo más rápido que puedas. O ellos te matarán a ti y a los tuyos.
Raven me da la espalda, consciente de que los demás nos observan cada vez más inquietos.
—Estás cometiendo un error —insisto.
—No podemos llevárnoslos con nosotros.
—Los pasillos están a tope, jefa —dice Muecas, que regresa del corredor principal—. Más de cien miembros del personal de seguridad. Estamos jodidos.
—Podemos superarlos si vamos ligeros —asegura Raven.
—¿A cien? —dice Payaso—. Jefa…
—Comprobad vuestras baterías —ordena Raven examinando su puño de pulsos.
No. No permitiré que la falta de visión de mi amiga acabe con nosotros.
—A la mierda —digo—. Guijarro, llama a Holiday. Dile que la evacuación se ha ido al traste. Dale nuestras coordenadas. Que aparque a un kilómetro del cristal, con el culo apuntando hacia nosotros. —La chica no saca su terminal de datos. Mira a Raven, dividida entre los dos, sin saber a quién seguir—. He vuelto —le digo—. Ahora, hazlo.
—Hazlo, Guijarro —interviene Ragnar.
Octavia asiente con la cabeza. Guijarro mira a Raven con expresión de abatimiento.
—Lo siento, Raven.
Me dedica un gesto de asentimiento y abre su intercomunicador para contactar con Holiday. El resto de los Aulladores me miran, y me duele saber que los he hecho elegir de esta manera.
—Payaso, coge el terminal de datos de Moira, si no está frito, y saca los datos de la consola si eres capaz. Quiero saber qué contrato estaban negociando —digo a toda prisa—. Muecas, llévate a Dormilón y cubrid el pasillo. Ragnar, Kavax es tuyo. Si intenta escapar, córtale los pies. Octavia, ¿te queda algo de cuerda de escalada? —La dorada comprueba su cinturón y asiente—. Empieza a atarnos a todos. Todo el mundo al centro de la habitación. Tenemos que apretarnos mucho. —Me vuelvo hacia Raven—. Pon cargas en la puerta. Vamos a tener compañía.
No dice nada. No es rabia lo que veo tras sus ojos. Lo que empieza a florecer en ellos son las semillas secretas de la desconfianza en una misma y del miedo. Es odio lo que se filtra en su mirada. La conozco. La he sentido incontables veces en mi propia cara. Le estoy arrebatando lo único que de verdad le ha importado en la vida. A sus Aulladores. Después de todo lo que ha hecho, los obligo a elegirme a mí antes que a ella, cuando no confía en que yo esté lista. Es un mazazo a su liderazgo, una validación de las profundas dudas sobre sí misma que sé que debe de albergar tras la muerte de su padre. No debería haber sido así. Le dije que la seguiría y no lo he hecho. Es culpa mía. Pero este no es momento para consolarla. Lo he intentado con palabras, he intentado utilizar nuestra amistad para que entrase en razón, pero desde que he vuelto solo la he visto reaccionar con violencia y por la fuerza. Así que ahora hablaré su maldito idioma. Doy un paso al frente.
—A no ser que quieras morir aquí, mueve el culo y ponte en marcha.
Su carita arrugada se endurece cuando ve que sus Aulladores corren a obedecer mis órdenes.
—Si consigues que los maten, jamás te perdonaré.
—Pues ya somos dos. Y ahora, muévete.
Se da la vuelta y se encamina hacia la puerta para depositar en ella los explosivos que le quedan en el cinturón. Yo me quedo mirando la habitación destrozada y, con mis amigos trabajando juntos, al fin veo que el orden reemplaza al caos. A estas alturas, todos han deducido ya mi plan. Saben que es una locura. Pero la confianza con que se afanan me insufla vida. Ellos depositan en mí la fe que Raven no siente. Aun así, sorprendo tres veces a Ragnar mirando hacia el ventanal. Todos nuestros trajes están deteriorados. Ni uno solo de nosotros podrá presurizarse en el vacío. Yo ni siquiera tengo máscara. Depende de Holiday que conservemos la vida o muramos. Ojalá existiera alguna forma de poder controlar las variables, pero si algo me ha enseñado el tiempo que pasé en la oscuridad es que el mundo es más de lo que puedo abarcar. Tengo que confiar en los demás.
—Que todos enciendan los inhibidores de señal —digo mientras manipulo mi propio cinturón.
No quiero que las cámaras del exterior detecten la cara descubierta de ninguno de mis compañeros.
—Holiday está en posición —anuncia Guijarro.
Miro por la ventana para ver el transporte planeando a un kilómetro de ella. A esta distancia es apenas más grande que la punta de un lápiz.
—A mi señal, vamos a disparar contra el centro del ventanal —les digo a mis amigos haciendo un esfuerzo por impedir que el miedo se refleje en mi voz—. ¡Muecas! ¡Dormilón! Volved aquí. Ponedles vuestras máscaras a los prisioneros inconscientes.
—Oh, demonios —masculla Octavia—. Esperaba que tuvieras un plan mejor que ese.
—Si intentáis contener la respiración, os explotarán los pulmones. Así que exhalad en cuanto el ventanal se haga añicos. No opongáis resistencia si os desmayáis. Tened dulces sueños y rezad por que Holiday sea tan rápida al volante como Payaso en la cama.
Se echan a reír y se aprietan unos contra otros para que Octavia pase su cuerda de escalada por las trabillas de nuestros cinturones de municiones. Quedamos tan apelotonados como uvas en un racimo. Raven termina de poner los explosivos en la puerta. Dormilón y Muecas se suman a nosotros y le hacen gestos para que se dé prisa.
«Atención —brama una voz desde unos altavoces ocultos en la pared cuando Octavia se inclina sobre mí para atarme a Ragnar—. Soy Alec ti Yamato, jefe de seguridad de Industrias Sol. Estáis rodeados. Tirad las armas. Liberad a vuestros rehenes. O nos veremos forzados a disparar contra vosotros. Tenéis cinco segundos para hacer lo que os pedimos».
No hay nadie en la sala, aparte de nosotros.
Las puertas principales están cerradas. Raven corre hacia nosotros desde allí.
—¡Deprisa, Raven! —grito.
Ni siquiera está a medio camino cuando se desploma sobre el suelo como una lata vacía aplastada por un pie. La misma fuerza me estampa contra el mármol. Rodillas que se doblan. Huesos, pulmones, garganta, todo pisoteado por la inmensa fuerza de la gravedad. Se me nubla la visión. La sangre asciende lentamente hacia mi cabeza. Intento levantar un brazo. Pesa más de cien kilos. El personal de seguridad ha aumentado la gravedad artificial de la sala y el único que no está tumbado en el suelo es Ragnar. Resiste sobre una rodilla, con los hombros encorvados y tensos, como Atlas sujetando el mundo.
—¿Qué demonios es eso…? —consigue articular Octavia, que mira por encima de mí hacia la puerta.
Está abierta, y por ella entra no un gris, un obsidiano o un dorado, sino un huevo negro gigante, del tamaño de un hombre bajito, que rueda de lado. Es liso y brillante, y tiene unos números blancos y pequeños en un costado. Es un robot. Tan ilegal como los pulsos electromagnéticos o las cabezas de guerra nucleares. El gran miedo de Augusto. Como si emergieran de un vertido de crudo, el metal se transforma en los extremos del huevo para dejar al descubierto un pequeño cañón que apunta a Raven. Intento levantarme. Intento apuntarlo con mi puño de pulsos. Pero la gravedad es demasiado intensa. Ni siquiera puedo alzar el brazo para empuñar el arma. A pesar de lo fuerte que es, Octavia tampoco lo consigue. Raven gruñe en el suelo, arrastrándose para intentar escapar de la máquina.
—¡El ventanal! —logro decir—. Ragnar. Dispara al ventanal.
Tiene el puño de pulsos pegado a un costado. Con gran esfuerzo, comienza a levantarlo pese a la tremenda fuerza de la gravedad. Le tiembla el brazo. En su garganta gargarea ese espeluznante canto de guerra que parece una avalancha lejana. Va aumentando de volumen hasta convertirse en un bramido sobrenatural que hace que todo su cuerpo convulsione por el esfuerzo. Su brazo alcanza la altura adecuada y la más minúscula de las estrellas nace en la palma de su mano cuando el puño de pulsos reúne su temblorosa carga fundida. Mi amigo se estremece de pies a cabeza y se le resbalan los dedos del gatillo. Se le hunde el brazo. El fuego de pulsos avanza para chocar con estruendo contra el centro del cristal. Un montón de estrellas se propagan cuando el ventanal se comba hacia fuera y las grietas resquebrajan el cristal.
—Kadir njar laga… —brama Ragnar.
Y el cristal estalla en mil pedazos. El espacio absorbe el aire de la habitación. Todo resbala. Una cobre pasa a toda velocidad a nuestro lado, gritando. Guarda silencio en cuanto alcanza el vacío. Algunos de los que se escondieron durante la reyerta se aferran a la mesa rota del centro de la habitación. Se abrazan a las columnas. Les sangran los dedos, se les saltan las uñas. Las piernas les dan bandazos en el aire. Los asideros ceden. Los cadáveres salen dando volteretas hacia el espacio, pues el abismo ansía todo lo que contiene el edificio. Raven sale despedida por los aires en dirección contraria al robot, más ligero que nuestro grupo atado. Tiendo la mano hacia ella y la agarro por la cresta corta hasta que Octavia consigue rodearla con las piernas y atraerla hacia sí. Estoy aterrorizada cuando nos deslizamos hacia el ventanal roto. Me tiemblan las manos. Ahora que la miro a la cara, dudo de mi decisión. Raven tenía razón. Deberíamos habernos internado en el edificio. Haber matado a Kavax o usarlo como escudo. Cualquier cosa menos este frío. Cualquier cosa menos la oscuridad del Chacal de la que acabo de escapar. Solo es miedo, me digo a mí misma. Es el miedo lo que hace que me entre pánico. Y se ha extendido entre mis amigos. Veo el horror en sus rostros. Que me miran y se dan cuenta de que ese miedo se refleja en el mío. No puedo estar asustada. He pasado demasiado tiempo asustada. Demasiado tiempo sintiéndome empequeñecida por la pérdida. Demasiado tiempo siendo cualquier cosa menos lo que necesito ser. Y ya sea la Segadora o se trate tan solo de otra máscara, es la que tengo que lucir, y no solamente por ellos, sino también por mí.
—Omnis vir lupus! —grito, y echo la cabeza hacia atrás para emitir un aullido que me vacía los pulmones.
A mi lado, los ojos de Ragnar se agrandan en un éxtasis salvaje. Abre su ingente boca y prorrumpe en un aullido que sus ancestros bien podrían haber oído desde sus criptas heladas. Después se suman Guijarro y Payaso, e incluso la majestuosa Octavia. La rabia y el miedo abandonan nuestros cuerpos. A pesar de que el espacio nos arrastra por el suelo hacia sus brazos. A pesar de que la muerte podría venir a por nosotros. Esta vociferante masa de humanidad es mi hogar. Y mientras fingimos ser valientes, conseguimos serlo.
Todos excepto Raven, que permanece en silencio mientras volamos por el vacío.
