19
PRESIÓN
A través del ventanal roto, irrumpimos en el vacío a ochenta kilómetros por hora. El silencio devora nuestros aullidos. Una conmoción me sacude el cuerpo, como si me hubiera caído en agua helada. Me retuerzo. El oxígeno se expande en mi sangre, obliga a mis labios a boquear en busca de un aire que no existe. Los pulmones no se hinchan. Son unas bolsas fibrosas colapsadas. Convulsiono, desesperada por respirar. Pero a medida que pasan los segundos y veo el metal inhumano de los rascacielos de Fobos, que mis amigos están unidos en la oscuridad, sujetos por manos y trozos de cuerda, me invade una especie de calma. La misma calma que sentí en la nieve con Mustang, que llegó cuando los Aulladores y yo nos acurrucamos en los barrancos del Instituto para asar una cabra y escuchar a Harper contar sus historias. Me sumerjo lentamente en otro recuerdo. No de Lico, ni de Costia ni de Mustang. Sino del frío hangar de la Academia donde Octavia, Roan, Monty y yo aprendimos por primera vez de un profesor azul pálido lo que le hace el espacio al cuerpo de un hombre.
«El ebullismo, o la formación de burbujas en los fluidos corporales debido a la presión atmosférica reducida, es el elemento más grave de la exposición al vacío. El agua de los tejidos de vuestros cuerpos se vaporizará, lo cual provocará una gran hinchazón…».
«Mi querida cabeza hueca, estoy muy acostumbrado a las grandes hinchazones. Y si no pregúntaselo a tu madre. Y a tu padre. Y a tu hermana», oigo que dice Roan en el recuerdo.
Y me acuerdo de la carcajada de Monty. De que se le sonrojaron las mejillas ante la crudeza del chiste, y eso me lleva a preguntarme por qué siempre estuvo tan cerca de Roan. Por qué le preocupaba tanto el consumo de drogas de nuestro soez amigo y después sollozó junto a su lecho de muerte. El profesor continúa…
«… y un incremento exponencial en el volumen del cuerpo al cabo de diez segundos, seguido por un fallo circulatorio…».
A pesar de que se me acumula la presión en los ojos, se me deforma la visión y se me distiende el tejido de los globos oculares, siento sueño. También noto la presión en los dedos congelados y en los tímpanos doloridos y estallados. Tengo la lengua enorme y fría, como una serpiente de hielo que repta desde mi boca hasta mi estómago mientras el líquido se evapora. La piel se me hincha y estira. Mis dedos son plátanos. El gas de mi estómago me infla el vientre. La oscuridad viene a reclamarme. Atisbo a Raven a mi lado. Su rostro es grotesco, pues la hinchazón hace que haya doblado su tamaño. Con las piernas aún enredadas en torno a ella, Octavia parece un monstruo. Está despierta y la mira con unos ojos que parecen de dibujo animado, inyectados en sangre, boqueando en busca de aire como un pez fuera del agua. Ambas se agarran con fuerza a la mano de la otra.
«El agua y el gas disuelto en la sangre forman burbujas en las venas principales. Esas burbujas se distribuyen por todo el sistema circulatorio obstruyendo el flujo sanguíneo y provocando la pérdida de conciencia al cabo de quince segundos…».
Mi cuerpo se apaga. Los segundos se transforman en un crepúsculo eterno, ralentizado, todo me parece sin sentido y patético cuando me percato de lo ridícula que es al final nuestra fuerza humana. Nos sacas de nuestras esferas de vida, y ¿qué somos? Las torres de metal que nos rodean parecen talladas en hielo. Las luces y las holopantallas que centellean son como las escamas de los dragones congelados en su interior. Marte está sobre nuestras cabezas, avasallador y omnipotente. Pero en la rápida rotación de Fobos, empezamos a acercarnos a una zona del planeta donde germina el amanecer y la luz talla una luna creciente en la oscuridad. Las heridas líquidas aún destellan donde han estallado las dos bombas nucleares. Y yo me pregunto, en mis últimos instantes, si al planeta no le importará que lastimemos su superficie o saqueemos su botín, porque sabe que nosotros, criaturas estúpidas y cálidas, no somos siquiera un suspiro en su vida cósmica. Hemos crecido y nos hemos expandido, y también nos arrasaremos y moriremos. Y cuando lo único que quede de nosotros sean nuestros monumentos de acero e ídolos de plástico, sus vientos susurrarán, sus arenas se moverán, y el planeta seguirá dando vueltas y más vueltas hasta olvidar a los simios osados y lampiños que pensaron que se merecían la inmortalidad.
Estoy ciega.
Me despierto sobre algo metálico. Noto plástico en la cara. Resuellos a mi alrededor. Cuerpos que se mueven. La frialdad del motor de una lanzadera retumbando bajo la cubierta. Mi cuerpo convulsiona y se estremece. Trago oxígeno con avidez. Me siento como si se me hubiera hundido la cabeza. El dolor está por todas partes y se disipa con cada uno de los latidos de mi corazón. Mis dedos han recuperado su tamaño normal. Los froto unos contra otros mientras intento orientarme. Estoy temblando, pero estoy tapada con una manta térmica y unas manos libres de sentimentalismos me masajean para favorecer la circulación. A mi izquierda, oigo que Guijarro llama a Payaso. Todos estaremos ciegos durante varios minutos, hasta que nuestros nervios ópticos se recalibren. Él le contesta aún atontado y ella está a punto de romper a llorar.
—¡Octavia! —farfulla Raven—. Despierta. Despierta. —Cuando la zarandea, las piezas de su equipo tintinean—. ¡Despierta!
Le da una bofetada en la cara. Ella se despierta con un grito.
—… demonios. ¿Acabas de darme una torta?
—Creía…
Octavia se la devuelve.
—¿Quién eres? —pregunto dirigiéndome a las manos que me masajean los hombros por encima de la manta.
—Holiday, señora. Hace cuatro minutos que os recogimos hechos un polo.
—¿Cuánto tiempo… cuánto tiempo hemos pasado ahí fuera?
—Unos dos minutos treinta segundos. Ha sido un puñetero desastre. Tuvimos que vaciar la plataforma de carga y hacer que el piloto volara marcha atrás hasta vosotros. Luego, hemos tenido que presurizar en el aire. Estos zanahorias son incapaces de combatir, pero está claro que lo suyo es manejar malditos barcos de basura. Aun así, si no hubierais estado atados, la mayoría estaríais más muertos que una piedra. Ahora mismo hay escombros y cadáveres flotando por el sector. Equipos de HP fisgando por todas partes.
—¿Ragnar? —pregunto asustada, pues aún no lo he oído.
—Estoy aquí, amiga mía. El abismo no nos reclamará todavía. —Comienza a reírse—. Todavía no.
