20
DISIDENCIA
Estamos metidos en un buen lío y Raven lo sabe. Pasando por encima de mí, se hace de nuevo con el mando en cuanto aterrizamos en el destartalado atracadero de una casa franca de los Hijos situada en lo más profundo de un sector industrial, y ordena que envíen a Matteo y Quicksilver, todavía inconscientes, a la enfermería para que los reanimen, a Kavax a una celda, y les dice a Rollo y al resto de los Hijos que se preparen para un ataque. Los hijos se nos quedan mirando, atónitos. Nuestros disfraces de obsidianos están destrozados. Especialmente el mío. Las prótesis de mi cara se han caído durante la batalla. El vacío me ha arrancado las lentes de contacto. El tinte negro del pelo se ha aclarado a causa del sudor. Sin embargo, aún llevo los guantes. Pero estos Hijos ya no están mirando a un grupo de obsidianos. Está contemplando un cuadro de dorados y, al menos, un fantasma.
—La Segadora… —susurra alguien.
—Mantén la boca cerrada —le espeta Payaso—. Ni una palabra a nadie.
No importa lo que le diga, el rumor se extenderá de inmediato entre ellos. La Segadora está viva. Sea cual sea el efecto que la noticia produzca, este no es el momento adecuado. Puede que hayamos escapado de la persecución de la policía, pero el secuestro de una persona tan preeminente, por no hablar del asesinato de dos Únicos de alto nivel, nos garantiza que todo el peso analítico de las unidades contraterroristas del Chacal se concentrará en las pruebas. Los escuadrones técnicos antiterroristas de pretorianos y agentes de seguridad estarán ya estudiando el metraje del ataque. Descubrirán cómo conseguimos acceder a las instalaciones, cómo logramos escapar y quiénes eran nuestros probables colaboradores. Rastrearán el origen de todas y cada una de las armas, elementos del equipo y naves usadas. Las represalias de la Sociedad contra los colores inferiores a lo largo y ancho de la estación serán rápidas y brutales. Y cuando analicen las pruebas visuales de nuestra fuga hacia el vacío, verán mi cara y la de Raven. Y entonces será el Chacal en persona quien acuda, o enviará a Echo o Lilath para que me den caza con sus Montahuesos.
Se nos agota el tiempo.
Pero eso es suponiendo que las autoridades sospechen que solo hemos secuestrado a Quicksilver. No sé por qué Mustang y Bellamy estaban celebrando una reunión, pero debo asumir que el Chacal no sabía nada al respecto. Por eso utilicé nuestros inhibidores. Para que las cámaras de seguridad fuera del control de Quicksilver no pudieran identificar a Kavax. Si el Chacal lo viera aquí, sabría que algo va mal en su alianza con la soberana y Quicksilver. Y quiero guardarme esa carta bajo la manga hasta que averigüe la mejor forma de utilizarla, y hasta que pueda hablar con Mustang. Pero ¿qué pensará la soberana cuando Bellamy la llame para decirle que Moira está muerta? ¿Y qué papel desempeña Mustang en todo esto? Hay demasiadas preguntas. Ignoro demasiadas cosas. Pero lo que me obsesiona mientras corremos por los pasillos de metal, mientras mis amigos van a remendarse las heridas y pasamos ante armerías donde docenas de rojos, marrones y naranjas cargan armas y abrochan armaduras, son las palabras de Clarke: «Tengo el Lincoln. Orión está viva».
Siendo ella, eso podría significar diez cosas distintas, y el único que lo sabrá con certeza es Kavax. Necesito preguntárselo, pero Ragnar ya se lo ha llevado por otro pasillo hacia la cárcel de los Hijos y Raven ha dejado de disparar órdenes a los demás para dirigirse a mí.
—Segadora, van a ir a por nosotros, y atacarán con todas sus fuerzas —me dice—. Tú conoces mejor que yo los procedimientos militares de la Legión. Vete a un centro de datos, deprisa. Consígueme un calendario y su plan de ataque. No podemos detenerlos, pero sí ganar tiempo.
—¿Tiempo para qué? —pregunto.
—Para hacer estallar las bombas y encontrar una forma de salir de esta roca. —Me pone una mano sobre el brazo, tan consciente como yo de la presencia de los Hijos que nos observan—. Por favor. Ponte en marcha.
Se aleja por el pasillo en compañía del resto de los Aulladores y me deja sola con Holiday. Me vuelvo hacia ella.
—Holiday, tú conoces los procedimientos de la Legión. Ve al centro de datos. Ofréceles a los Hijos el apoyo táctico que necesiten. —La gris vuelve la mirada hacia el pasillo, pero Raven ya ha doblado una esquina—. ¿Te parece bien? —le pregunto.
—Sí, señora. ¿Adónde vas?
Me ajusto los guantes.
—A obtener respuestas.
—Clarke nos dijo que después de dejarte eras roja. Por eso no asistimos a tu Triunfo —me dice Kavax.
Está atado a una tubería de acero, con las piernas estiradas en el suelo. Todavía lleva puesta la armadura y su barba roja con matices dorados parece oscura en la penumbra. Tiene un aspecto amenazador, pero me sorprende la franqueza de su rostro. La ausencia de odio. La obviedad de su entusiasmo cuando se le ensanchan las fosas nasales al narrarnos su historia a Ragnar y a mí. Raven les ha dicho a los Hijos que nadie debe ver a Ragnar. Pero al parecer ellos no creen que la Segadora deba acatar las normas. Bien por ellos. Todavía no he trazado ningún plan, pero tengo claro que el de Raven no está funcionando. No tengo tiempo para reconducir sus sentimientos o pelearme con ella. Las fichas están en movimiento, y yo necesito información.
—Aún no sabía qué hacer, así que recurrió a nuestro consejo como hacía cuando era niña —prosigue Kavax—. Estábamos en mi barco, el Reynard, comiendo cordero asado con salsa ponzu con Sófocles, aunque a él no le gustaba la salsa, cuando llamó el centro de mando de Agea para informar de que las fuerzas partidarias de la soberana habían atacado el Triunfo en Agea. Clarke no pudo contactar ni contigo ni con su padre, así que se temió un golpe de Estado y nos envió a Daxo y a mí desde la órbita con nuestros caballeros.
»Ella se quedó allí con las naves y finalmente se puso en contacto con Monty cuando Daxo y yo ya descendíamos a través de la atmósfera. Monty le dijo que la soberana había atacado el Triunfo y os había herido de gravedad a ti y a su padre. La instó a acudir a uno de sus nuevos barcos, donde iba a acogerte porque la superficie ya no era segura. Recuerdo a Monty hablando en la lanzadera cuando el Chacal se agachó sobre mí, pero no fui capaz de oír lo que dijo. Aterrizamos en un barco. La soberana estaba allí. No se había marchado de Marte. Estaba escondida en la flota de Monty. Justo delante de mis narices.
—Pero Clarke no acudió corriendo a la cabecera de tu cama. —Esboza una jovial sonrisa—. Eso sería lo que haría una idiota enamorada. Pero ella es muy lista. Detectó la deshonestidad de Monty. Sabía que la soberana no atacaría el Triunfo sin más, sino que sería un plan dentro de un plan. Así que puso sobre aviso a Orión y a la familia política de la Casa de Arcos de que se estaba perpetrando un golpe de Estado. De que Monty era un conspirador. Así pues, cuando los asesinos arremetieron, tratando de matar a Orión y a los capitanes leales en su puente, estaban preparados. Se produjeron tiroteos en los puentes. En los camarotes. Orión sufrió una herida de bala importante en un brazo, pero sobrevivió. Y entonces los barcos de Monty abrieron fuego contra los nuestros y la flota se fracturó…
Durante todo ese tiempo, Raven y Ragnar descubrieron que Titus estaba muerto y que la base de los Hijos de Ares había sido destruida. Y yo tumbada en el suelo de Indra, paralizada, mientras todo se desmoronaba. No.
Todo no.
—Le salvó la vida a mi tripulación.
—Sí —contesta Kavax—. Tu tripulación está viva. La que liberaste con Raven. Incluso muchos de los miembros de tu legión, pues la organizamos y conseguimos evacuarla de Marte antes de que las fuerzas del Chacal y la soberana se hicieran con el poder.
—¿Dónde están encarcelados mis amigos? —pregunto—. ¿En Ganímedes? ¿En Ío?
—¿Encarcelados? —Kavax me mira con los ojos entornados y luego prorrumpe en una carcajada—. No, muchacha. No. Ni un solo hombre o mujer ha abandonado su puesto. El Lincoln está tal como lo dejaste. Orión al mando, el resto la sigue.
—No lo entiendo. ¿Mustang está dejando que una azul comande el barco?
—¿Crees que Clarke os habría permitido a Ragnar y a ti seguir viviendo cuando os tuvo de rodillas en aquel túnel si no creyera en tu nuevo mundo? —Niego con la cabeza, aturdida, sin saber la respuesta—. Os habría matado en el acto si hubiera pensado que erais enemigos suyos. Pero cuando de pequeña se sentaba ante mi chimenea junto a Lincoln y a mis hijos, ¿qué historias les leía yo? ¿Les leía los mitos de los griegos? ¿Cuentos de hombres fuertes que conseguían la gloria para sí mismos? No. Les contaba las historias de Arturo, del Nazareno, de Visnú. Héroes fuertes que tan solo deseaban proteger a los débiles.
Y eso es lo que ha hecho Mustang. Más que eso. Ha demostrado que Costia no se equivocaba. Y no ha sido por mí. No ha sido por amor. Ha sido porque era lo correcto, y porque el gigantesco Kavax ha sido más un padre para ella de lo que el suyo lo fue jamás. Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Tenías razón, Lexa —dice Ragnar. Me pone una mano en el hombro—. La marea está creciendo.
—Entonces ¿por qué estáis aquí hoy, Kavax?
—Porque estamos perdiendo —contesta—. Los señores de las Lunas no resistirán ni dos meses. Clarke sabe lo que está sucediendo en Marte. La exterminación. El salvajismo de su hermano. Los Hijos son demasiado débiles para luchar en todas partes. —Sus enormes ojos reflejan el dolor de un hombre que ve arder su hogar. Marte es tan patrimonio suyo como mío—. El coste de la guerra es demasiado alto para pagarlo por una derrota segura. Así que cuando Quicksilver propuso la paz, lo escuchamos.
—¿Y cuáles son las condiciones? —pregunto.
—La soberana indultaría a Clarke y a todos sus aliados. Se convertiría en archigobernadora de Marte y a Finn y su facción los encerrarían de por vida. Y se llevarían a cabo ciertas reformas.
—Pero la jerarquía permanecería.
—Sí.
—Si esto es verdad, debemos hablar con ella —dice Ragnar de inmediato.
—Podría ser una trampa —digo mirando a Kavax, pues conozco la mente que trabaja detrás de su cara de póquer.
Quiero confiar en él. Quiero creer que su sentido de la justicia es equivalente a mi amor por él, pero nos movemos en terreno pantanoso, y sé que los amigos pueden mentir tanto como los enemigos. Si Mustang no está de mi lado, esta sería la jugada perfecta. Me desenmascararía, y no me cabe la menor duda de que, llegara como llegase a esta estación, habrá tenido una compañía repugnante.
—Hay algo que no tiene sentido, Kavax. Si esto es verdad, ¿por qué no os pusisteis en contacto con Raven?
Kavax me mira con sorpresa.
—Lo hicimos. Hace meses. ¿No te lo ha dicho?
Cuando Ragnar y yo nos unimos a ellos en la sala de mando, los Aulladores ya están recogiéndolo todo.
—Esto es una mierda —dice Raven mientras Octavia le tapa con carne resonante un corte profundo en la espalda.
Un humo acre se eleva desde la herida cuando comienza a cauterizarse. Raven tira al suelo su terminal de datos, que va dando saltos hasta una esquina. Muecas la recoge y se la devuelve a mi amiga.
—Han interrumpido el tráfico, incluyendo los vuelos públicos.
—No pasa nada, jefa, encontraremos una forma de salir —la tranquiliza Payaso.
He entrado en la habitación en silencio, haciéndole un gesto a Raven para darle a entender que me gustaría hablar con ella. Me ha ignorado. Su plan es un desastre. Se suponía que debíamos meternos todos en uno de los camiones de helio vacíos que regresaban a Marte. Nos habríamos marchado antes de que nadie supiera siquiera que Quicksilver ha sido secuestrado y luego habríamos detonado las bombas desde fuera de la estación. Ahora, como dice Raven, todo es una mierda.
—Está claro que no podemos quedarnos aquí —señala Octavia al tiempo que suelta el aplicador de carne resonante—. Ahí dentro hemos dejado suficientes pruebas de ADN para cien escenas del crimen. Y nuestras caras están por todas partes. Finn enviará a toda una legión a por nosotros en cuanto descubran que estamos aquí.
—O borrará Fobos del cielo —masculla Holiday.
Está sentada en una esquina, sobre un contenedor de suministros médicos, estudiando mapas en su terminal de datos con ayuda de Payaso. Guijarro los observa desde su posición junto a la mesa. Tiene un apósito de escayola en gel sobre la pierna, pero el hueso no está soldado. Necesitaremos a un amarillo y toda una enfermería para arreglar lo que Mustang ha destrozado con un solo disparo. Ha sido una suerte que Guijarro llevara una piel de escarabajo, pues ha minimizado el daño de las quemaduras. Aun así, está sufriendo. Tiene las pupilas dilatadas a causa de la alta dosis de narcóticos que se ha administrado. También ha hecho que pierda las inhibiciones, y me doy cuenta de que Octavia se ha percatado de lo descaradamente que la dorada de cara rechoncha mira a Payaso inclinarse sobre Holiday para señalar el mapa.
—El helio-3 es la sangre de Finn. No pondrá esta estación en riesgo —asegura Octavia.
—Raven… —digo—. Concédeme un minuto.
—Ahora mismo estoy ocupada. —Se vuelve hacia Rollo—. ¿Hay alguna otra forma de salir de esta maldita roca?
El rojo se apoya contra la pared gris de la sala, junto a un recorte de revista de una modelo rosa en una de las playas de arena blanca de Venus.
—Aquí abajo solo hay camiones de carga —responde sin decir una palabra respecto a nuestros olvidados disfraces de obsidianos. Si le sorprende descubrir cuántos de nosotros somos dorados, no lo deja traslucir. Probablemente lo supiera desde el principio. Es en mí en quien posa la mirada durante más tiempo—. Pero les han prohibido circular. En las Agujas tienen cruceros de lujo y yates privados, pero si subís ahí arriba os pillarán en un minuto. En dos, como mucho. Hay cámaras de reconocimiento facial en las puertas de todos los tranvías. Escáneres de retina en los holos publicitarios. Y aun en el caso de que llegarais a uno de sus barcos, tendríais que superar los piquetes navales. No es como si pudierais teletransportaros a un lugar seguro.
—Pues nos vendría muy bien —farfulla Payaso.
—Secuestramos una lanzadera y atravesamos los piquetes —dice Raven—. Ya lo hemos hecho otras veces.
—Nos abatirán —digo en tono tenso.
Me está cabreando que haga caso omiso una y otra vez de mis intentos de hablar con ella a solas.
—La última vez no lo hicieron.
—La última vez teníamos a Lisandro —le recuerdo.
—Y ahora tenemos a Quicksilver.
—El Chacal sacrificará a Quicksilver para matarnos a nosotros —le advierto—. Por descontado.
—No si nos lanzamos en vertical contra la superficie —dice Raven—. Los Hijos han escondido las entradas de los túneles. Caeremos desde la órbita e iremos directos al subsuelo.
—No pienso hacer eso —interviene Ragnar—. Es imprudente. Y deja a estos nobles hombres y mujeres desamparados ante una masacre.
—Estoy de acuerdo con Ragnar —dice Holiday, que se aparta de Payaso y continúa mirando su terminal de datos, donde monitoriza las frecuencias de la policía.
—Imaginemos que conseguís escapar. ¿Qué pasa con nosotros? —pregunta Rollo—. Si el Chacal se entera de que la Segadora y Ares han estado aquí, hará pedacitos esta estación. Todos y cada uno de los Hijos que queden aquí estarán muertos dentro de una semana. ¿Habéis pensado en eso? —Pone cara de asco—. Sé quiénes sois. Lo supimos en cuanto Ragnar puso un pie en el hangar. Pero no creía que los Aulladores huyeran. Ni que la Segadora acatara órdenes.
Raven da un paso hacia él.
—¿Tienes alguna otra alternativa, caraculo? ¿O simplemente piensas seguir parloteando?
—Sí, la tengo —contesta Rollo—. Quedaos. Ayudadnos a tomar la estación.
Los Aulladores se echan a reír.
—¿Tomar la estación? Claro, ¿con qué ejército? —pregunta Payaso.
—Con el de ella —responde volviéndose hacia mí—. No sé exactamente cómo has conseguido sobrevivir, Segadora. Pero… estaba solo comiendo fideos a medianoche cuando los Hijos filtraron el vídeo de tu proceso de talla en la holored. La ciberpolicía de la Sociedad cerró la página en dos minutos. Pero una vez que vio la luz… pude encontrarlo en un millón de páginas antes de terminarme la cena. No pudieron contenerlo. Y entonces el servidor de Fobos se cayó. ¿Sabes por qué?
—Porque la ciberdivisión de la Seguridad tiró del enchufe —dice Octavia—. Es el protocolo estándar.
Rollo niega con la cabeza.
—Los servidores se cayeron porque treinta millones de personas intentaron acceder a la holored al mismo tiempo en mitad de la noche. No pudieron asumir el tráfico. Los dorados lo desconectaron después de eso. Lo que estoy diciendo es que si entras en la Colmena y les dices a los colores inferiores que la habitan que estás viva, podemos conquistar esta luna.
—¿Así de sencillo? —pregunta Octavia con escepticismo.
—En efecto. Hay unos veinticinco millones de colores inferiores aquí, pisándose unos a otros, luchando por los metros cuadrados, por los kits de proteínas, por las drogas del Sindicato, por todo. Si la Segadora asoma la jeta, todo eso se esfuma. Todas esas luchas. Todas esas peleas. Quieren un líder, y si la Segadora de Marte decide regresar aquí de entre los muertos… no tendréis un ejército, tendréis una marea pisándoos los talones. ¿Lo entendéis? Esto cambiará la guerra.
Sus palabras hacen que un escalofrío me recorra la columna vertebral. Pero Octavia se muestra escéptica y Raven guarda silencio. Está herida.
—¿Sabes lo que un escuadrón de legionarios de la Sociedad es capaz de hacerle a una muchedumbre de gentuza? —pregunta Octavia—. Las armas que habéis visto están preparadas para acabar con hombres con armaduras. Puños de pulsos. Filos. Cuando usan cañones de bobina o armas de impacto contra las turbas, un solo hombre puede disparar mil proyectiles por minuto. Suena igual que un papel que se desgarra. El cuerpo humano ni siquiera sabe que ese ruido puede ser aterrador. Pueden sobrecalentar el agua de vuestra estructura celular con microondas. Y eso son solo los escuadrones antimotines de los grises. ¿Y si traen a los obsidianos? ¿Y si vienen los dorados con sus armaduras? ¿Y si os cortan el flujo de aire? ¿El agua?
—¿Y si les cortamos nosotros el suyo? —pregunta Rollo.
Frunzo el entrecejo.
—¿Podéis hacer eso?
—Dadme una razón para ello. —Mira a Octavia, y por la mordacidad de su tono me doy cuenta de que saber perfectamente cuál es su apellido—. Puede que ellos sean soldados, domina. Puede que sean capaces de meterme suficiente metal en el cuerpo para que me desangre. Pero antes de cumplir los nueve años yo ya podía desmontar una gravibota y volver a ensamblarla en menos de cuatro minutos. Ahora tengo treinta y ocho y puedo matarlos a todos de diez maneras diferentes con un destornillador y un kit eléctrico. Y estoy harto de no ver a mi familia. De que me pisoteen y me cobren por el oxígeno, por el agua, por vivir. —Se echa hacia delante con los ojos vidriosos—. Y hay veinticinco millones como yo al otro lado de esa puerta.
Octavia pone los ojos en blanco ante la bravata.
—Eres un soldador con delirios de grandeza.
Rollo da un paso al frente y tira un juego de llaves inglesas de una mesa. Caen al suelo con gran estrépito y sobresaltan a Payaso, que levantan la vista del terminal de datos. Rollo levanta la vista hacia Octavia, indignado. Ella le saca fácilmente treinta centímetros, pero él no se amilana.
—Soy ingeniero. No soldador.
—¡Basta! —ruge Raven—. Esto no es un maldito debate. Quicksilver nos sacará de esta roca. O empezaré a cortarle los dedos. Luego detonaré las bombas…
—Raven… —lo interrumpe Ragnar.
—¡Yo soy Ares! —gruñe—. No tú. —Le clava un dedo a Ragnar en el pecho y luego me señala a mí—. Ni tú. Terminad de empaquetar el maldito equipo. Ya.
Sale hecha una furia de la habitación, dejándonos sumidos en un silencio incómodo.
—No abandonaré a estos hombres —insiste Ragnar—. Nos han ayudado. Son nuestro pueblo.
—Ares está chiflada —dice Rollo dirigiéndose a toda la sala—. Ha perdido la cabeza. Tenéis que…
Me vuelvo hacia él, lo levanto con una mano y lo estampo contra el techo.
—No se te ocurra decir ni una maldita palabra sobre ella. —Rollo se disculpa y vuelvo a dejarlo en el suelo. Me aseguro de que todos los Aulladores estén escuchando—. Que todo el mundo se quede donde está. Volveré enseguida.
Alcanzo a Raven antes de que entre en la celda de Quicksilver, situada en un garaje viejo y destartalado que los Hijos utilizan ahora para almacenar generadores. Raven y los guardias se vuelven cuando me oyen acercarme.
—¿No confías en dejarme a solas con él? —pregunta con un gruñido—. Qué bien.
—Tenemos que hablar.
—Claro. En cuanto lo haga él.
Raven abre la puerta con brusquedad. Suelto una palabrota y la sigo. La sala es de un desolador color herrumbre. Hay máquinas más antiguas que algunas de las herramientas de Lico. Una de ellas traquetea detrás del orondo plateado para escupir la electricidad que alimenta las lámparas que bañan al hombre en un círculo de luz y que impiden que vea más allá del mismo. Quicksilver está sentado con los hombros hacia atrás en la silla de metal que ocupa el centro de la habitación. Tiene los brazos atados a la espalda. Su túnica turquesa está llena de sangre y arrugada. La mirada de sus ojos de bulldog es paciente y calculadora. Tiene la amplia frente cubierta por una gruesa capa de sudor y grasa.
—¿Quién eres? —sisea fastidiado en lugar de con miedo.
La puerta se cierra de golpe a nuestras espaldas. El hombre parece bastante molesto por la situación en que se encuentra. No se muestra irrespetuoso ni enfadado, sino profesionalmente irritado por nuestra escasa hospitalidad y por las molestias que le hemos provocado. Es incapaz de distinguir nuestros rostros debido a la luz que le ciega los ojos.
—¿Matones del sindicato? ¿Enviados de los señores de las Lunas? —Como no contestamos, traga saliva con dificultad—. Finn, ¿eres tú?
Varios escalofríos me recorren la columna. No decimos nada. Quicksilver solo parece verdaderamente asustado ahora que comienza a sospechar que somos hombres del Chacal. Si tuviéramos tiempo, podríamos sacarle partido a ese miedo, pero necesitamos información rápidamente.
—Tenemos que salir de esta roca —dice Raven con aspereza—. Y vas a ser tú quien consiga que eso ocurra, chaval. O te arranco los dedos uno a uno.
—¿Chaval? —murmura Quicksilver.
—Sé que tienes una embarcación de escape, de contingencia…
—Barca, ¿eres tú? —La pregunta pilla a Raven por sorpresa—. Eres tú. Me cago en las estrellas, hijo. Me has dado un susto de muerte. Creía que eras el condenado Chacal.
—Tienes diez segundos para darme algo que me sirva o me pondré tu caja torácica de corsé —le espeta Raven desconcertado por la familiaridad de Quicksilver.
No es su mejor amenaza.
Quicksilver niega con la cabeza.
—Tienes que escucharme, señora Barca, y escucharme muy bien. Todo esto es un malentendido. Un tremendo malentendido. Sé que tal vez no te lo creas. Sé que es posible que pienses que estoy loco. Pero tienes que prestarme atención. Estoy de vuestro lado. Soy uno de los vuestros, señora Barca.
Raven frunce el entrecejo.
—¿Uno de los nuestros? ¿Qué quieres decir?
—¿Que qué quiero decir? —Quicksilver suelta una risotada—. Quiero decir exactamente lo que estoy diciendo, jovencita. Yo, Regulus ag Sol, caballero de la Orden de la Moneda, director ejecutivo de Industrias Sol, también soy miembro fundador de los Hijos de Ares.
