21

QUICKSILVER

—¿Eres de los Hijos de Ares? —repite Raven dando un paso hacia la luz para que Quicksilver pueda verle la cara.

—Yo me quedo donde estoy. Es una afirmación ridícula.

—Mucho mejor. Me pareció reconocer tu voz. Se parece más a la de tu padre de lo que te gustaría, probablemente. Pero sí, soy uno de los Hijos. El primer Hijo, de hecho.

—Bien, pues entonces que me den hasta dejarme ciego como a una furcia rosa —grita Raven—. ¡Todo esto no es más que un malentendido! —Se precipita hacia Quicksilver y se acuclilla a su lado para alisarle la túnica—. Te asearemos de inmediato. Y te dejaremos llamar a tus hombres. ¿Te parece bien?

—Bien, porque te las has ingeniado para echar a perder algo bastante…

Raven le asesta un puñetazo al plateado en los labios carnosos. Es un gesto de violencia íntimo, familiar, que hace que me estremezca.

La cabeza de Quicksilver impacta contra el respaldo de la silla. El hombre trata de apartarse, pero Raven lo inmoviliza con facilidad.

—Esos trucos no te van a funcionar aquí, sapo rechoncho.

—No es un truco…

Raven vuelve a golpearlo. Quicksilver escupe. Un reguero de sangre le cae por la barbilla desde el labio partido. Parpadea para tratar de aplacar el dolor. Es probable que vea puntos brillantes ante los ojos. Ares le da un tercer puñetazo, sin venir a cuento, y creo que era para mí, no para el magnate, porque Raven vuelve la cabeza para mirar con insolencia hacia la oscuridad en que me oculto. Como si me estuviera lanzando un cebo moral ante las narices para que volvamos a enzarzarnos en un conflicto. Su credo moral siempre ha sido sencillo: protege a tus amigos, al demonio con todos los demás. Raven le mete un cuchillo a Quicksilver en la boca.

—Sé que crees que estás siendo inteligente, chaval —gruñe—. Diciéndonos que eres de los Hijos. Te piensas que eres muy listo. Te piensas que somos unas bestias estúpidas de las que puedes librarte con tu cháchara. Pero ya he jugado a esto con tipos más astutos que tú. Y he aprendido por las malas. ¿Entendido?

Mueve el cuchillo hacia la mejilla de Quicksilver, lo cual hace que el hombre mueva la cabeza hacia un lado siguiendo la hoja. Aun así, le hace una pequeña raja en la comisura de los labios.

—Así que, sea cual sea tu mentira, no vas a salirte con la tuya, cabeza de chorlito. Eres una rata. Un colaboracionista. Y ya es hora de que recojas lo que has sembrado. De manera que vas a decirnos cómo salir de aquí. Si tienes un barco escondido. Si puedes hacer que burlemos la armada. Y después vas a contarnos cuáles son los planes del Chacal, de qué equipamiento dispone, de qué infraestructuras; luego nos darás todo lo necesario para equipar a nuestro ejército.

La mirada de Quicksilver salta del cuchillo a la cara de Raven.

—Utiliza el cerebro, pequeña salvaje —brama Quicksilver cuando Raven le quita el cuchillo de la boca—. ¿De dónde crees que sacó Titus el dinero…?

—No pronuncies su nombre. —Ares le clava un dedo en la cara—. No te atrevas a pronunciar su nombre.

—Conocía a tu padre…

—Entonces ¿por qué nunca te mencionó? ¿Por qué Marcus no te conoce? Porque estás mintiendo.

—¿Y por qué iban a saber lo mío? Nunca se atan dos barcos en una tormenta.

Sus palabras son como un puñetazo en la boca del estómago. Titus dijo exactamente la misma frase cuando me explicó por qué no me había contado lo de Wells. Los Hijos perdieron gran parte de sus habilidades técnicas cuando él murió. ¿Y si había dos cuerpos en el cuerpo de los Hijos de Ares? ¿Los colores inferiores y los superiores? ¿Separados por si acaso uno de ellos quedaba comprometido? Es lo que yo haría. Titus me prometió que tendría mejores aliados si iba a la Luna. Aliados que me ayudarían a convertirme en soberana. Este podría ser uno de ellos. Un aliado que huyó cuando Titus murió. Que se amputó del cuerpo contaminado de los Hijos.

—¿Por qué estaba Matteo en tu habitación? —pregunto con cautela.

Quicksilver mira con fijeza hacia la oscuridad, preguntándose de quién es la voz que se dirige a él. Y sin embargo ahora hay miedo en sus ojos, no solo ira.

—¿Cómo… cómo has sabido que estaba en mi habitación?

—Responde a la pregunta —exige Raven, que vuelve a golpearlo.

—¿Le habéis hecho daño? —pregunta Quicksilver furioso—. ¿Le habéis hecho daño?

—Contesta a la pregunta —repite Raven, que esta vez le asesta una bofetada.

Quicksilver tiembla de rabia.

—Estaba en mi habitación porque es mi esposo. Hijo de puta. ¡Es uno de los nuestros! Si le habéis hecho daño…

—¿Cuánto tiempo lleváis casados? —pregunto.

—Diez años.

—¿Dónde estuvo hace seis años, cuando trabajó con Marcus?

—Estuvo en Yorkton. Fue él quien instruyó a tu amiga, Raven. Él instruyó a Lexa. El tallista hizo el cuerpo. Matteo esculpió a la mujer.

—Está diciendo la verdad.

Penetro en el círculo de luz para que Quicksilver pueda verme la cara. Me mira sin dar crédito.

—Lexa. Estás viva. Yo… creía… No puede ser.

Me vuelvo hacia Raven.

—Es un Hijo de Ares.

—¿Porque ha acertado unos cuantos datos? —ruge Raven—. Y lo peor es que lo dices en serio.

—Estás viva —murmura Quicksilver casi para sí mientras intenta comprender lo que está sucediendo—. ¿Cómo? Te mató.

—Está diciendo la verdad —repito.

—¿La verdad? —Raven mueve la boca como si tuviera una cucaracha dentro—. ¿Qué demonios quiere decir eso? ¿Cómo es posible que lo sepas? Crees que puedes sacarle la verdad a un tiburón de los tratos encubiertos como este. Se mete en la cama con la mitad de los Marcados como Únicos de la Sociedad. No es simplemente su herramienta. Es su amigo. Y te está engañando como lo hizo el Chacal. Si es un Hijo, ¿por qué iba a abandonarnos? ¿Por qué no se puso en contacto con nosotros cuando murió mi padre?

—Porque vuestro barco se estaba hundiendo —contesta Quicksilver, que sigue mirándome desconcertado—. Vuestras células estaban en apuros. No tenía forma de saber hasta qué punto llegaba la contaminación. Sigo sin saber cómo te descubrió el Chacal, Lexa. Mi único contacto con las células de los colores inferiores era Titus. Del mismo modo en que yo era su único contacto con las células de los colores superiores. ¿Cómo iba a tratar de ponerme en contacto con vosotros cuando no sabía si había sido el propio Marcus quien había informado sobre ti en una jugada para eliminar a Titus y hacerse con el poder?

—Marcus nunca haría algo así —replica Raven con desdén.

—¿Cómo iba a saberlo? —dice Quicksilver, la frustración patente en su voz—. No lo conozco de nada.

Raven niega con la cabeza, abrumada por lo absurdo de la situación.

—Tengo vídeos. Conversaciones entre tu padre y yo.

—No pienso permitir que te acerques a un terminal de datos —asegura Raven.

—Ponlo a prueba —sugiero—. Haz que te lo demuestre.

—Una vez conocí a tu madre, Raven —dice Quicksilver rápidamente—. Se llamaba Bryn. Era roja. Si no fuera un Hijo, ¿cómo iba a saber todo eso?

—Podrías haberlo averiguado de diez maneras distintas. Eso no demuestra una mierda —replica Raven.

—Se me ocurre algo —digo—. Si eres de los Hijos, lo sabrás. Si perteneces a la facción del Chacal, lo habrías utilizado. ¿Dónde está Tinos?

Quicksilver esboza una gran sonrisa.

—A quinientos kilómetros al sur del Mar Térmico. Tres kilómetros por debajo del antiguo nexo minero de la Estación de Vengo. En una colonia minera abandonada cuyos registros se eliminaron de los servidores internos de la Sociedad gracias a mis piratas informáticos. Se utilizaron los taladros láser de acarón-19 de mis fábricas para tallar pasillos en espiral dentro de las estalactitas manteniendo la integridad estructural. El hidrogenerador de atalio se construyó con planos diseñados por mis ingenieros. Puede que Tinos sea la ciudad de Ares, pero yo la diseñé. Yo la pagué. Yo la construí.

Raven se balancea a un lado y a otro, atónita.

—Tu padre trabajaba para mí, Raven —continúa Quicksilver—. Primero para el consorcio de terraformación de Tritón, donde conoció a tu madre. Luego… de maneras menos legítimas. Por aquel entonces yo no era lo que soy ahora. Necesitaba a un dorado. A un Marcado como Único terco, y toda la protección legal que eso conlleva. A alguien que estuviera en deuda conmigo y dispuesto a jugar duro en contra de mis competidores. Por debajo de la mesa, ya sabes.

—¿Me estás diciendo que mi padre trabajó de mercenario? ¿Para ti?

—Estoy diciendo que trabajó de asesino. Yo estaba creciendo. El mercado ofrecía resistencia a ese crecimiento. Así que había que hacer espacio en ese mercado. ¿Crees que todos los plateados actúan de manera segura y legal? —Se echa a reír—. Puede que algunos. Pero los negocios en una sociedad capitalista de amigotes es un oficio para tiburones. Si dejas de nadar, los demás se quedan con tu comida y luego se alimentan de tu cadáver. Yo le di dinero a tu padre. Él contrató a un equipo. Trabajaba por su cuenta. Hacía lo que yo necesitaba que hiciera. Hasta que descubrí que utilizaba mis recursos para un proyecto paralelo. Los Hijos de Ares.

Pronuncia las últimas palabras en tono burlón.

—Pero ¿no lo denunciaste? —pregunto con escepticismo.

—Los dorados tratan la sedición de la misma manera que el cáncer. Me habrían extirpado a mí también. Así que estaba atrapado. Pero él no quería tenerme así, él quería un co-conspirador. Y poco a poco fue convenciéndome. Y aquí estamos.

Raven se aleja unos pasos tratando de encontrarle un sentido a todo esto.

—Pero… hemos… caído como moscas. Y tú has estado aquí arriba… follándote a tus rosas. Fraternizando con el enemigo. Si fueras uno de nosotros…

Quicksilver levanta la cabeza y recupera el aplomo perdido durante la paliza.

—¿Qué habría hecho en ese caso, señora Barca? Dímelo. Recurriendo a tu extensa experiencia en estos subterfugios.

—Habrías luchado con nosotros.

—¿Con qué? ¿Eh? —Espera una respuesta. No obtiene ninguna. Raven se ha quedado sin palabras—. Cuento con una fuerza de seguridad privada de treinta mil agentes para mí y mis empresas. Pero están desperdigados desde Mercurio hasta Plutón. Y no soy el dueño de esos hombres. Son trabajadores grises. Solo una pequeña parte son obsidianos que me pertenecen. Tengo las armas, pero no tengo fuerza para enfrentarme a los Marcados como Únicos. ¿Estás loca? Yo uso el poder blando. No el duro. Ese era el terreno de tu padre. Hasta una casa menor podría aniquilarme en un combate directo.

—Eres el dueño de la empresa de programación más grande del Sistema Solar —dice Raven—. Eso quiere decir que dispones de piratas informáticos. Posees plantas de fabricación de municiones. De desarrollo de tecnología militar. Podrías haber espiado al Chacal en nuestro nombre. Habernos proporcionado armas. Podrías haber hecho mil cosas.

—¿Puedo ser franco?

Esbozo una mueca.

—Si alguna vez hubo un momento adecuado…

Quicksilver se recuesta para mirar a Raven por encima de la nariz torcida.

—Hace más de veinte años que formo parte de los Hijos de Ares. Eso requiere paciencia. Visión a largo plazo. Tú eres miembro desde hace menos de un año. Y mira lo que ha pasado. Tú, señora Barca, eres una mala inversión.

—¿Una mala… inversión?

Suena ridículo viniendo de un hombre encadenado a una silla de metal y con la boca reventada. Pero hay algo en los ojos de Quicksilver que convence de sus palabras. No es una víctima. Es un titán de otro nivel. Señor de su propio dominio. Equivalente en cuanto a su genialidad, al parecer, al propio Titus. Y tiene más carácter, más matices, de los que me habría imaginado. Pero de momento me reservo mis simpatías hacia él. Ha sobrevivido gracias a la mentira durante veinte años. Todo es una actuación. Esto también, probablemente.

¿Quién es el verdadero hombre que se esconde tras esa cara de bulldog? ¿Qué lo motiva? ¿Qué quiere?

—Estuve observando. Esperando a ver qué hacías —le explica a Raven—. A ver si estabas cortada por el mismo patrón que tu padre. Pero entonces ejecutaron a Lexa. —Levanta la mirada hacia mí, aún confuso al respecto—. O fingieron hacerlo. Y tú te comportaste como una cría. Iniciaste una guerra que no podías ganar, con una infraestructura, materiales, sistemas de coordinación y líneas de suministro insuficientes. Lanzaste a los mundos, a las minas, el vídeo de propaganda del proceso de talla de Lexa con la esperanza de… ¿qué? ¿Un glorioso alzamiento del proletariado? —Resopla—. Creía que entendías la guerra.

»A pesar de todos sus fallos, tu padre era un visionario. Me prometió algo mejor. ¿Y qué nos ha dado su hija en realidad? Limpiezas étnicas. Guerra nuclear. Decapitaciones. Pogromos. Ciudades enteras destrozadas por las facciones de rojos rebeldes y las represalias de los dorados. Desunión. En otras palabras: el caos. Y el caos, señora Barca, no es en lo que yo invertí. Es malo para los negocios, y lo que es malo para los negocios es malo para el hombre.

Raven traga saliva despacio, sintiendo el peso de sus palabras.

—Hice lo que tenía que hacer —dice con la voz empequeñecida—. Lo que nadie se habría atrevido a hacer.

—¿Ah, sí? —Quicksilver se echa hacia delante con maldad—. ¿O hiciste lo que querías hacer porque habían herido tus sentimientos? ¿Porque querías desahogarte?

Raven tiene los ojos vidriosos. Su silencio me duele. Quiero defenderla, pero necesita escuchar esto.

—Tú crees que yo no he estado luchando. Pero te equivocas —prosigue Quicksilver—. Parece que tras vuestra fuga la opinión de la soberana sobre el Chacal ha empeorado.

—¿Por qué? —pregunto.

—No lo sé. Pero vi una oportunidad. Hice venir a Clarke au Augusto y a los representantes de la soberana para negociar una paz que le concedería a Clarke el archigobierno de Marte, apartaría al Chacal del poder y lo metería en la cárcel de por vida. No es el final que yo quería. Pero si nos dejamos guiar por lo que estamos viendo en el Marte del Chacal, él es la mayor amenaza para los mundos y nuestros objetivos a largo plazo.

—Y, sin embargo, tú lo ayudaste a consolidar su poder en un primer momento —señalo.

Quicksilver suspira.

—En aquel momento, lo consideré una amenaza menor que su padre. Me equivoqué. Y tú también. Hay que apartarlo del poder.

Entonces, el Chacal ha sido traicionado por dos aliados.

—Pero ahora tus planes para una alianza se han ido al traste.

—En efecto. Pero no lloro por la ocasión perdida. Estás viva, Lexa, y eso significa que esta rebelión también está viva. Quiere decir que el sueño de Titus, el sueño de tu esposa, no ha desaparecido aún de este mundo.

—¿Por qué? —pregunta Raven—. ¿Por qué demonios ibas a querer tú una guerra? Eres el hombre más rico del Sistema, no un anarquista.

—No. No soy anarquista, comunista, fascista, plutócrata, ni siquiera demócrata. Hijas mías, no os creáis lo que os cuentan en el colegio. El gobierno nunca es la solución, casi siempre es más bien el problema. Soy capitalista. Y creo en el esfuerzo, el progreso y la ingenuidad de nuestra especie. La evolución y el avance continuo de nuestra raza basada en la competitividad justa. El meollo de la cuestión es que los dorados no quieren que el hombre continúe evolucionando. Desde la conquista, han reprimido constantemente los avances para mantener su paraíso. Se han rodeado de un aura de mito. Han llenado sus inmensos océanos con monstruos que perseguir. Han cultivado bosques negros privados y Olimpos para ellos solos. Tienen armaduras que los convierten en dioses voladores. Y preservan ese ridículo cuento de hadas manteniendo a la humanidad congelada en el tiempo. Frenando el ingenio, la curiosidad, la movilidad social. El cambio amenaza todo esto.

»Mirad dónde estamos. En el espacio. Por encima de un planeta al que nosotros dimos forma. Aun así, vivimos en una Sociedad que toma como modelo los pensamientos de unos pedófilos de la Edad de Bronce. Organizada en torno a la mitología como si esas gilipolleces no se las hubiera inventado un granjero ático deprimido porque su vida era repugnante, salvaje y corta.

»Los dorados les aseguran a los obsidianos que son dioses. Pero no lo son. Los dioses crean. Si acaso son algo, los dorados son reyes vampiros. Parásitos que beben de nuestra yugular. Quiero una Sociedad libre de esta pirámide fascista. Quiero quitarle las cadenas al mercado libre de la riqueza y las ideas. ¿Por qué deberían los hombres matarse a trabajar en las minas cuando podemos construir robots que lo hagan por nosotros? ¿Por qué nos hemos detenido en este Sistema Solar? Merecemos más de lo que nos han dado. Pero primero, los dorados deben caer y la soberana y el Chacal deben morir. Y creo que tú eres la señal que he estado esperando, señora Andrómeda.

Hace un gesto con la cabeza en dirección a mis manos enguantadas.

—Yo pagué tus emblemas. Pagué tus huesos, tus ojos, tu carne. Naciste del ingenio de mi mejor amigo. Eres la alumna de mi esposo. La suma de los Hijos de Ares. Así que mi imperio está a tu disposición. Mis piratas informáticos. Mis equipos de seguridad. Mis transportes. Mis empresas. Todo tuyo. Sin excepciones. Sin condiciones. Sin póliza de seguridad. —Mira a Raven—. Señoras. En otras palabras, soy todo suyo.

—Estupendo —aplaude Raven burlándose de Quicksilver—. Lexa, solo está intentando comprarte para poder escapar.

—Puede ser —digo—. Pero ya no podemos detonar las bombas.

—¿Bombas? —pregunta Quicksilver—. ¿De qué estáis hablando?

—Hemos puesto explosivos en las refinerías y los muelles de descarga —contesto.

—¿Ese es tu plan? —El plateado nos mira alternativamente a una y a otra como si estuviéramos locas—. No podéis hacerlo. ¿Tenéis alguna idea de cuáles serían las consecuencias?

—Un colapso económico —respondo—. Entre cuyos síntomas se contarían la devaluación de los activos de mercado, la congelación de los préstamos comerciales bancarios, una gran demanda en los fondos de los bancos locales, y una eventual estanflación. Y una ruptura del orden social. Muestra algo de respeto hacia nosotros cuando nos hables. No somos aficionadas ni crías. Y ese era nuestro plan.

—¿Era? —pregunta Raven apartándose de mí—. Así que ahora vas a dejar que sea él quien decida lo que hacemos.

—Las cosas han cambiado, Raven. Tenemos que reevaluar la situación. Disponemos de nuevos activos.

Mi amiga me mira como si no reconociera mi cara.

—¿Nuevos activos? ¿Él?

—No solo él. Orión —digo—. No me dijiste que Mustang se había puesto en contacto contigo.

—Porque habrías permitido que te manipulara —dice sin el más mínimo atisbo de disculpa—. Como ya hiciste en su día. Como estás dejando que Quicksilver haga ahora. —Me sopesa y me señala con un dedo cuando cree que da con la clave—. Tienes miedo, ¿no es así? Te asusta apretar el gatillo. Cometer un fallo. Por fin tenemos una oportunidad de hacer sangrar a los dorados y tú quieres reevaluar la situación. Quieres tomarte un tiempo para repasar tus opciones. —Se saca el detonador del bolsillo—. Esto es la guerra. No tenemos tiempo. Podemos llevarnos a este cabrón con nosotros, pero no podemos desperdiciar esta ocasión.

—Deja de comportarte como una terrorista —gruño—. Somos mejores que eso.

La miro con fijeza, furiosa ante su actitud.

Raven debería ser mi amistad más sencilla, más fuerte. Pero la pérdida lo ha complicado todo entre nosotras. Incluso con ella hay muchísimas capas hasta el dolor. Muchos niveles de miedo, recriminación y culpa tanto en la una como en la otra. Hace tiempo decían que Raven era mi sombra. Ya no lo es. Y creo que a lo largo de estas últimas horas he estado resentido con ella porque son prueba de ello. Es una mujer independiente con sus propias mareas. Y creo que ella también ha estado resentida conmigo porque no volví como la Segadora. Regresé convertida en una mujer que ella no reconocía. Y ahora que estoy intentando transformarme en la fuerza que ella quería, en la fuerza que toma decisiones, duda de mí porque percibe debilidad, y eso siempre le ha dado miedo.

—Raven, dame el detonador —exijo con frialdad.

—No.

Abre la carcasa protectora del interruptor y deja al descubierto el botón rojo que contiene. Si lo aprieta, mil kilogramos de explosivos de alto rendimiento estallarán a lo largo y ancho de Fobos. No destruirán la luna, pero acabarán con su infraestructura económica. El helio tardará meses en volver a fluir. Años. Y todos los miedos de Quicksilver se harán realidad. La Sociedad sufrirá, pero nosotros también.

—Raven…

—Tú hiciste que mataran a mi padre —dice—. Tú hiciste que mataran a Harper, a Lincoln, a Hierbajo, a Arpía y a Zoe porque creías que eras más lista que nadie. Porque no mataste al Chacal cuando tuviste oportunidad de hacerlo. Porque no mataste a Bellamy cuando tuviste oportunidad de hacerlo. Pero, al contrario que tú, yo no titubeo.