22
EL PESO DE ARES
Raven dobla el pulgar hacia el interruptor del detonador. Pero antes de que lo apriete, activo un campo inhibitorio con el inhibidor de señales que llevo en el cinturón y evito que la señal salga de la habitación.
—Pedazo de hija de puta —gruñe, y se precipita hacia la puerta para escapar del campo inhibitorio.
Trato de impedírselo. Se me escapa de las manos. Mi inhibidor no tiene mucha potencia, así que no necesita alejarse mucho de mí. Se lanza hacia el pasillo, salgo en tropel tras ella.
—¡Raven, detente! —digo cuando llego al pasillo.
Ya está a diez metros de distancia, corriendo a toda velocidad para liberarse de mi campo inhibitorio y que su señal pueda salir. Es más rápida que yo en estos pasillos tan pequeños. Va a escaparse. Saco mi puño de pulsos, apunto con él más arriba de su cabeza y disparo, pero mi mira está desenfocada y casi se la vuelo. Le brota humo de la cresta. Se detiene en seco y se vuelve para mirarme con una expresión feroz dibujada en la cara.
—Raven… No pretendía…
Con un aullido de rabia, carga contra mí. Me pilla por sorpresa, así que trato de apartarme de ella tambaleándome. Está frenética y enseguida salva la distancia que nos separa. Intercepto su primer puñetazo, pero consigue asestarme un gancho en la mandíbula que casi me salta los dientes. Estoy a punto de caerme de espaldas. Me muerdo la lengua. Noto el sabor de la sangre y casi me desplomo. Si Becca no me hubiera hecho unos buenos huesos, Raven podría haberme partido la mandíbula. Sin embargo, suelta una palabrota y se agarra el puño, dolorida. Me dejo llevar por la inercia del gancho y doy una patada con la pierna izquierda. Le sacudo con tanta fuerza en las costillas que sale despedida de lado contra la pared y abolla el mamparo de metal. Le lanzo un golpe directo con el puño derecho. Pero ella se agacha y mi mano impacta contra el duroacero. El dolor me atenaza el brazo. Gruño. Se abalanza contra mí, bajo el codo izquierdo con el que intento alcanzarle la cabeza y me asesta una salva de puñetazos en el vientre, intentando darme en las pelotas. Me vuelvo, logro cogerlo de un brazo y le doy la vuelta con todas mis fuerzas hasta que se estampa de cara contra la pared y se derrumba sobre el suelo.
—¿Dónde está? —La registro en busca del detonador—. Raven…
Enreda sus piernas con las mías y consigue que caiga al suelo enredada a ella. Ya no intercambiamos puñetazos, sino que forcejeamos. Ella es mejor luchadora en tierra. Y tengo que esforzarme mucho para que no me asfixie desde atrás formando un triángulo con las piernas, con los tobillos entrelazados ante mi cara y las pantorrillas apretándome ambos lados del cuello. Lo levanto del suelo, pero no consigo liberarme. Está colgada bocabajo a mi espalda, su columna contra la mía y los talones aún en mi cara, tratando de darme un codazo en el coño a través de mis piernas. No logro alcanzarla. No puedo respirar. Así que lo agarro por los gemelos, apoyados en mi cuello, y comienzo a dar vueltas. Se estampa contra el metal. Una vez. Dos. Y entonces se suelta, al
fin, y cae en el suelo. Me abalanzo sobre ella a la velocidad del rayo y le lanzo una rápida serie de codazos de kravat contra la cara. Accidentalmente, me golpea en la barbilla con la coronilla.
—Estúpida… hija de puta —mascullo al apartarme.
Raven se lleva las manos a la cabeza dolorida.
—Gilipollas larguirucha…
Me lanza una patada contra la barriga.
Encajo el golpe y le agarro la pierna con el brazo izquierdo. Le pego un derechazo en la cabeza, lanzando todo mi peso contra ella. Cae con fuerza, como si yo fuera un martillo insertando un clavo en el suelo. Intenta levantarse, pero se lo impido con la bota. Se queda allí tumbada, resollando. Yo estoy mareada y jadeante. Mi cuerpo me odia por lo que le estoy haciendo.
—¿Has acabado? —le pregunto.
Asiente. Aparto la bota y le tiendo una mano para ayudarla. Ella se da la vuelta para ponerse boca arriba y la acepta. Y a continuación me pega una patada con el tacón de la bota izquierda en plena entrepierna. Me caigo al suelo a su lado mientras trato de contener el vómito. Las arcadas me suben desde la parte baja de la espalda hacia la entrepierna y luego al estómago. A mi lado, Raven jadea como un perro. Al principio pienso que se está riendo, pero cuando levanto la mirada me asombra verle los ojos húmedos. Está tumbado de espaldas.
Los incontenibles sollozos hacen que le tiemblen las costillas. Se da la vuelta, trata de esconderse de mí para evitar que las lágrimas broten libremente, pero solo consigue empeorarlo.
—Raven…
Me siento. Verla así me destroza. No la abrazo, pero le pongo una mano sobre la cabeza. Y ella me sorprende no apartándose, sino ovillándose para apoyar la cabeza sobre mi regazo. Le pongo la otra mano en el hombro. Al cabo de un rato los sollozos se calman y Raven se suena la nariz. Pero no se mueve. Es como un instante después de una tormenta eléctrica. El aire cinético y vibrante. Varios minutos más tarde, se aclara la garganta y se incorpora para quedar sentada con las piernas cruzadas debajo de ella en mitad del pasillo. Tiene los ojos hinchados, la mirada abochornada. Juguetea con sus manos, y los tatuajes y la cresta hacen que tenga el aspecto de algo sacado de un demente libro infantil.
—Si le cuentas a alguien que he llorado, cogeré un pez muerto, lo meteré en un calcetín, lo esconderé en tu habitación y dejaré que se pudra.
—Me parece bien.
El detonador está tirado en el suelo a su lado. Lo bastante cerca para que ambas podamos alcanzarlo. Ninguna de las dos lo intenta.
—Odio esto —dice en voz baja—. A la gente así. —Levanta la mirada hacia mí—. No quiero que Quicksilver sea de los Hijos. No quiero ser como él.
—No lo eres.
Raven no se lo cree.
—En el Instituto, me levantaba por las mañanas y creía que todavía estaba soñando. Luego notaba el frío. Y poco a poco empezaba a recordar dónde estaba, y que tenía tierra y sangre bajo las uñas. Y lo único que quería era volver a dormirme. Estar calentita. Pero sabía que tenía que levantarme y enfrentarme a un mundo al que le importaba una mierda. —Hace una mueca—. Así es como vuelvo a sentirme ahora todas las mañanas. Estoy constantemente asustada. No quiero perder a nadie. No quiero decepcionarlos.
—No lo has hecho —le digo—. Si alguien te ha decepcionado, he sido yo. —Intenta interrumpirme—. Tenías razón. Las dos lo sabemos. Es culpa mía que tu padre esté muerto. Todo lo que sucedió aquella noche es culpa mía.
—Aun así, he sido una capulla al decírtelo. —Da un golpe con los nudillos en el suelo—. No paro de decir gilipolleces.
—Me alegro de que me lo hayas dicho.
—¿Por qué?
—Porque las dos nos hemos olvidado de que no llegamos solos hasta aquí. Tú y yo deberíamos ser capaces de decirnos cualquier cosa. Así es como funciona. Como funcionamos nosotras. No andamos con pies de plomo. Hablamos las cosas. Aunque nos digamos mierdas difíciles de escuchar.
Veo lo sola que se siente. Cuánto peso ha soportado. Se siente como yo cuando Bellamy me apuñaló y me dio por muerta en el Instituto. Tiene que compartir la carga. Ya no sé de qué manera decírselo. Su tozudez, su intransigencia, parecen una locura desde el exterior, pero por dentro se siente exactamente igual que yo cuando Monty me cuestionó. O cuando me preocupaba por algo.
—¿Sabes por qué te ayudé en el Instituto cuando Bellamy y tú estabais a punto de ahogaros en aquel lago? —me pregunta—. Fue por cómo te miraban. No pensaba que fueras precisamente una buena primus. Eras tan inteligente como un saco de pedos mojados. Pero los veía a ellos. A Guijarro. A Payaso. A Harper… A Monty. —Casi se traba al pronunciar el último nombre—. Os observaba a la luz de vuestras hogueras en los barrancos cuando Wells estaba en el castillo. Te vi enseñar a Zoe a degollar una cabra a pesar de que le daba miedo hacerlo. Yo también quería formar parte de eso. Unirme.
—¿Por qué no lo hiciste?
Se encoge de hombros.
—Me daba miedo que no me quisierais.
—Ahora es a ti a quien miran de esa forma —le digo—. ¿No lo ves?
Suelta un bufido.
—No, no es así. Durante todo este tiempo he intentado ser tú. O ser mi padre. No ha funcionado. Me daba cuenta de que todo el mundo deseaba que el Chacal me hubiera capturado a mí. Y no a ti.
—Sabes que eso no es verdad.
—Sí lo es —asegura con firmeza al tiempo que se echa hacia delante—. Tú eres mejor que yo. Te vi. Te vi cuando te asomaste a Tinos por primera vez. Vi tus ojos. El amor que transmitían. La necesidad de proteger a esa gente. Yo también intenté sentirla. Pero cada vez que bajaba la mirada hacia los refugiados, no sentía más que odio por ellos. Por ser débiles. Por hacerse daño los unos a los otros. Por ser estúpidos y no saber lo que hemos tenido que pasar para ayudarlos. —Traga saliva con dificultad y se quita las cutículas de los dedos regordetes—. Sé que es asqueroso, pero es lo que siento.
Qué vulnerable parece aquí, en este pasillo.
La pelea nos ha arrebatado la rabia. No está buscando un sermón. El liderazgo la ha desgastado, la ha alienado incluso de sus Aulladores. Ahora mismo intenta sentir que no es como Quicksilver o el Chacal, o como cualquiera de los dorados contra los que luchamos. Ha asumido erróneamente que yo soy mejor que ella. Y parte de eso es culpa mía.
—Yo también los odio —confieso.
Niega con la cabeza.
—No…
—Sí. Al menos odio que me recuerden lo que era, o lo que podría haber sido. Mierda, no era más que una idiota. Me habrías odiado. Vivía de rodillas, pero me sentía cómoda, era arrogante y egoísta. Me gustaba estar ciega a todo lo demás porque estaba enamorada. Y por alguna razón creía que morir por amor era lo más valiente de todos los mundos. Incluso convertí a Costia en mi cabeza en algo que no era. La idealicé a ella y la vida que compartíamos… probablemente porque vi a mi padre morir por una causa. Y vi todo lo que él dejó atrás, así que yo intentaba aferrarme a la vida que él abandonó.
Trazo las líneas de mis manos.
—Pensar que empecé a hacer todo esto por ella me hace sentir pequeña. Costia lo era todo para mí, pero yo no era más que un fragmento de su vida. Mientras estuve en poder del Chacal, no podía pensar en otra cosa. Que yo no le bastaba. Que nuestro hijo no le bastaba. Parte de mí la odia por eso. Ella no sabía que pasaría todo esto, ni siquiera era consciente de que se habían terraformado los mundos. Tan solo podía saber que estaba defendiendo una causa para el par de miles de personas de Lico. ¿Y merecía la pena morir por ello? ¿Merecía la pena asesinar a una criatura por ello?
Señalo hacia el otro extremo del pasillo.
—Ahora toda esta gente piensa que era divina o algo así. Una mártir perfecta. Pero no era más que una niña. Y era valiente, pero también estúpida y egoísta, y abnegada y romántica; pero murió antes de poder ser algo más. Piensa en todo lo que podría haber hecho con su vida. Tal vez podríamos haber hecho esto juntas. —Río con amargura y apoyo la cabeza contra la pared—. Creo que la parte más asquerosa de crecer es que ahora somos lo bastante listos para ver las grietas de todo.
—Tenemos veintitrés años, tonta del culo.
—Pues yo me siento como si tuviera ochenta.
—Los aparentas. —Le hago un gesto obsceno con el dedo que le arranca una sonrisa—. ¿Crees…? —Casi no termina el pensamiento—. ¿Crees que te está observando? ¿Desde el valle? ¿Y tu padre?
Estoy a punto de decir que no cuando capto la intensidad de su mirada. No pregunta tanto por mi familia como por la suya, tal vez incluso por Harper, a quien siempre amó, aunque nunca tuvo el valor de decírselo. Con toda esta brutalidad es difícil recordar lo vulnerable que es. Está perdida. Aislada tanto de los rojos como de los dorados. Sin hogar. Sin familia. Sin una perspectiva del mundo tras la guerra. En este momento le diría cualquier cosa para hacerla sentir querida.
—Sí. Creo que me está viendo —sigo con mayor confianza de la que siento—. Y mi padre. Y también el tuyo.
—O sea que en el valle hay cerveza.
—No seas blasfemo —la reprendo dándole una patada en el pie—. Solo whisky. Arroyos de whisky hasta donde alcanza la vista.
Su carcajada cicatriza otra parte más de mis heridas. Poco a poco, siento que mis amigos vuelven a mí. O quizá sea yo la que regresa a ellos. Supongo que en realidad es lo mismo. Siempre le decía a Octavia que permitiera que la gente se acercase a ella. Yo nunca pude aplicarme mi propio consejo porque sabía que un día tendría que traicionarlos, que nuestra amistad estaba cimentada en una mentira. Ahora estoy con gente que sabe quién soy, y tengo miedo de permitirles que se acerquen porque me asusta perderlos, decepcionarlos. Pero el vínculo que compartimos Raven y yo es lo que nos hace más fuertes de lo que lo éramos antes. Es lo único que nosotros tenemos y el Chacal no.
—¿Sabes qué pasará después de esto? —le pregunto—. ¿Si matamos a Abby, al Chacal? ¿Si de alguna manera conseguimos ganar?
—No —contesta ella.
—Eso es un problema importante. No tenemos la respuesta. No fingiré tenerla. Pero no permitiré que Augusto se salga con la suya. No traeré el caos a este mundo sin tener al menos un plan mejor. Y para eso necesitamos aliados como Quicksilver. Tenemos que dejar de actuar como terroristas. Y necesitamos un ejército de verdad.
Raven vuelve a coger el detonador y lo parte en dos.
—¿Cuáles son tus órdenes, Segadora?
